30 de Julio de 2025
Beato Miguel Pro
Muy estimados Amigos :
Por las calles de México, en 1927, un joven circula en bicicleta vestido con mono de obrero. Se dirige al trabajo… ¿ Su trabajo ? Confesar y distribuir clandestinamente la Sagrada Comunión a centenares de personas en casas particulares, pues el gobierno ha prohibido toda práctica del culto católico. Ese “obrero” es en realidad un joven sacerdote jesuita que se disfraza para burlar la vigilancia de la policía. Han puesto precio a su cabeza desde hace seis meses. « ¡ Qué despilfarro de dinero ! » ―señala Miguel Pro, no sin ironía.
Miguel Agustín Pro nace el 13 de enero de 1891 ―tercero de once hijos― en Guadalupe, ciudad minera del Estado de Zacatecas, en el centro de México. Sus padres, Miguel y Josefa, son católicos fervientes. El joven Miguel desarrolla una personalidad dinámica y atractiva, en la que su devoción se alía con la alegría y el sentido del humor. A la edad de diez años, sus padres lo envían a una escuela de renombre de México capital. Pero unas dolencias estomacales, que le acompañarán de por vida, le obligan enseguida a proseguir sus estudios en casa. A los quince años ayuda a su padre, ingeniero de minas, como secretario. A veces también desciende a la mina y habla con los mineros; sus dotes de excelente imitador le permiten enseguida hablar su lenguaje. Su madre toma la iniciativa de encargarse de los mineros enfermos, y Miguel la acompaña gustosamente en sus visitas caritativas. La familia Pro funda pronto un pequeño hospital, en el que tres médicos se ofrecen para curar gratuitamente.
A Miguel le gusta conversar con las amigas de sus hermanas. A los 18 años sale por la noche, se hace mundano y se relaja en su vida espiritual, lo que disgusta a su madre. Un día le pide que lleve al presbiterio de la parroquia un velo de sagrario que ella ha bordado. Él se hace un poco de rogar, pero accede finalmente. En el presbiterio conoce a dos sacerdotes jesuitas que van por el vecindario en una misión.. «Buenos días, joven, ¿nos acompaña?». Miguel se deja convencer y sigue los ejercicios espirituales de la misión durante una semana, saliendo transformado y habiendo recuperado la devoción y la paz del alma. En 1911 ingresa en un convento María de la Concepción, su hermana preferida, lo que provoca un verdadero drama en el corazón del joven; poco tiempo antes, otra de sus hermanas había seguido el mismo camino. Pero ese ejemplo le hace reflexionar. Unas semanas después anuncia a sus padres la decisión de hacerse sacerdote..
Su petición es aceptada por el provincial y, el 10 de agosto de 1911, a la edad de veinte años, Miguel ingresa en el noviciado de El Llano (Michoacán). A partir del 15 de agosto, festividad de la Asunción de María, viste la sotana. Pero en ese lugar húmedo contrae el paludismo. Para ayudarle a recuperar la salud, le permiten algunos paseos y añaden frutas a su menú. Más tarde, un joven novicio relatará al respecto: «El hermano Miguel tenía una conversación humilde y alegre; sin molestar a nadie, conseguía deslizar en sus frases ―más bien cómicas― reflexiones devotas. Sentía una gran devoción por el Sagrado Corazón… Lo que más admiraba en él era su espíritu de sacrificio y su paciencia frente a todas las miserias que padecíamos, por el hecho del estado caótico del país». Por su parte, el padre Pulido, maestro de novicios, testimonió lo siguiente: «Lo que más aprecié en ese novicio fue su alegría y su humor. Era el compañero ideal de los recreos y de las fiestas.. Sin embargo, había en él dos hombres: el alegre juerguista de los recreos y un religioso de profundidad excepcional».
El 15 de agosto de 1913, el padre Miguel profesa sus primeros votos religiosos. Justo cuando está a punto de iniciar sus estudios de filosofía, estalla una revolución. Desde la independencia de México, en 1810, los “Libertadores” del país se esforzaron varias veces en reducir la influencia social de la Iglesia. En 1913, Venustiano Carranza toma el poder apoyándose en los elementos anticlericales del ejército y en la masonería. Comienza una persecución contra la Iglesia: sacerdotes arrestados, iglesias profanadas y órdenes religiosas suprimidas. Junto a los jesuitas de El Llano, repartidos en pequeños grupos, el hermano Miguel debe huir en agosto de 1914 disfrazado de campesino. Atraviesa el país devastado por las bandas de soldados. Al pasar por Guadalajara encuentra a su madre Josefa, sin tener novedades de su marido y en estado de miseria. Ella, que lava ropa para ganarse el pan de la familia, le enseña un cuadro del Sagrado Corazón, que es su única riqueza, y añade: «Hijo mío, aunque me veas pidiendo limosna, sigue tu vocación. No sabemos si tu padre está vivo o muerto, pero estamos con Dios nuestro Padre».
Inalterable alegría
Tras 46 días de viaje, los jesuitas mexicanos llegan a los Estados Unidos y se embarcan pronto hacia España, donde hallarán locales adecuados.. Entre 1915 y 1918, Miguel estudia filosofía en Granada.. Sus compañeros de la época, cuando hablan de él no lo hacen aludiendo a proezas intelectuales, sino que recuerdan su devoción, su espíritu de sacrificio y su inalterable alegría. A veces, en medio de las risas que provocaba, se le veía reprimir una mueca: padecía dolores de estómago crónicos que se esforzaba en disimular para no ser una carga. Entre 1918 y 1922, conforme a los planes de estudios de su orden, el hermano Pro da clases en un colegio para niños que los jesuitas acaban de abrir en Nicaragua. Aquellos edificios inacabados lo protegen mal del clima, lo que afecta a su salud, aunque su superior valora poco esa situación. Su humildad y confianza en la divina Providencia le ayudan a tomar las cosas por el lado bueno.
Miguel regresa enseguida a España para estudiar teología durante dos años, cerca de Barcelona. Durante el verano de 1924 realiza su retiro anual en Manresa, donde san Ignacio había recibido de la Virgen la inspiración de los Ejercicios Espirituales. Entre 1924 y 1926 termina sus estudios en el “escolasticado” de Enghien (Bélgica), donde se agrupan 135 jóvenes jesuitas procedentes de trece países. Sus superiores se dan cuenta de sus dotes para las lenguas. El segundo año, con finalidad evangelizadora, Miguel obtiene permiso para visitar la cuenca minera de Charleroi; allí logra hablar con un grupo de obreros socialistas, y su capacidad de réplica da en el blanco. A pesar de sus flojos resultados escolares y de su delicada salud, pero gracias a su devoción y a su celo apostólico, Miguel Pro es ordenado sacerdote en Enghien el 31 de agosto de 1925 por un obispo francés. El nuevo sacerdote empieza su cuarto año de teología, pero su salud empeora enseguida: se le diagnostica una úlcera de estómago y debe ser hospitalizado; será operado tres veces. Una nueva prueba acontece en febrero de 1926, pues recibe un telegrama que le anuncia la muerte de su madre. Josefa sabía que su misión en la tierra había concluido y había ofrecido su vida a Dios por su hijo; estaba convencida de que el Señor Jesús la había escuchado.
Sin embargo, la salud de Miguel no mejora, por lo que le envían a una casa de convalecencia regentada por franciscanos en Hyères (Francia). Muy pronto, el médico que lo trata dice confidencialmente al religioso que le acompaña: «Es un caso desesperado. Debe informar de ello a sus superiores. No se le ha dicho nada al paciente». El padre Picard, responsable del “escolasticado”, informa entonces a Miguel de su estado y añade: «Regresa a México para morir en tu país». Le autoriza para que, al irse, realice una breve peregrinación a Lourdes, durante la cual el padre Pro recibirá grandes favores: «Lo que sentí allí no se puede describir; fue uno de los días más felices… A las nueve celebré la Misa… Pasé una hora en la gruta y lloré como un niño. Ahora parto con el alma llena de consuelo. Ir a Lourdes era para mí encontrar a la Madre del Cielo, hablarle, pedirle; y la encontré, le hablé y le pedí…». Se embarca en Saint-Nazaire, sin ningún tratamiento médico a partir de ese momento..
En la clandestinidad
El 7 de julio de 1926, camuflado con ropa de civil, Miguel desembarca en Veracruz. La Providencia le protege: en la aduana no abren su equipaje y el inspector de pasaportes no controla sus papeles. Llegado a México, se presenta al padre provincial Luis Vega, quien le envía en misión por la capital. Al pasar por su casa se entera de que su hermano Humberto, de 24 años, está en la cárcel por haberse resistido a las leyes antirreligiosas. Una hora más tarde, el padre Pro comienza su ministerio en una casa discreta, donde se halla actualmente la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de la Paz.
La crisis de relaciones entre la Iglesia y el Estado alcanza su paroxismo precisamente cuando Miguel Pro llega a México. El presidente impuesto por el ejército, Plutarco Elías Calles, masón imbuido de la ideología marxista, va más allá de las disposiciones anticlericales de la Constitución de 1917: en 33 artículos, las leyes de Calles prohíben la enseñanza religiosa en todas las escuelas, destierran a todos los sacerdotes extranjeros, suprimen las órdenes religiosas y nacionalizan los bienes de la Iglesia. Se prohíbe cualquier apostolado sacerdotal y cualquier acto del ministerio fuera de las iglesias. Al constatar que las condiciones impuestas por las nuevas leyes hacen imposible la continuación de cualquier ministerio, los obispos mexicanos deciden, con la aprobación del Papa Pío XI, suspender cualquier ejercicio público de culto en el país a partir del 31 de julio de 1926. Antes de ese día fatídico, el padre Pro es movilizado para administrar los sacramentos. Desde las 5:00 hasta las 11:00 y desde las 15:00 hasta las 20:00, su confesionario es sitiado. Unos días más tarde escribe: «¿Cómo resistí? ¿Yo el frágil, yo el delicado, yo el huésped interesante de dos clínicas europeas…? Todo ello prueba con la máxima evidencia que si el elemento divino, que solo me utiliza como instrumento, no hubiera intervenido, todo ello habría terminado desde hace mucho tiempo».
El 31 de julio, las especies sacramentales han sido consumidas y los sagrarios se encuentran vacíos en todo México. Las iglesias abandonadas son profanadas por la soldadesca. La Misa se celebra clandestinamente. El padre Pro inaugura las «estaciones eucarísticas» en las casas por donde pasa para dar la sagrada Comunión. «Administro cada día entre doscientas y trescientas comuniones. Eso me ocupa hasta las ocho de la mañana, sin contar el trabajo de las confesiones que tengo, los miércoles, jueves y viernes por la tarde». Organiza círculos de estudiantes para ayudarles a profundizar en la fe. También se encarga de los empleados y de los trabajadores domésticos; recusando el rechazo social que las margina, ayuda a las madres solteras y funda un centro para la rehabilitación de las prostitutas.
Por Cristo Rey
Para responder a la persecución, la «Liga en defensa de las libertades religiosas» decreta la huelga de la compra. Los católicos solo compran lo estrictamente necesario y retiran de los bancos todo el dinero que habían depositado en ellos. Esa huelga provoca una crisis económica y financiera. Al dictador Calles le preocupa igualmente la revuelta armada de los Cristeros (partidarios de Cristo Rey). Esos humildes campesinos han iniciado una lucha desigual contra la revolución, por la libertad de culto y el reinado social de Cristo (cuya urgencia el Papa Pío XI acababa de recordar en 1925, instituyendo la festividad litúrgica de Cristo Rey). Las medidas violentas contra los sacerdotes se agravan, llegando hasta el asesinato; los laicos que llevan panfletos contra el gobierno son fusilados sin juicio.
Jesucristo es rey. Así lo afirmó a Pilatos: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz» (Jn 18, 37). El reino de Cristo es el reino de la verdad: verdad sobre Dios, verdad sobre el hombre y su destino eterno. San Juan Pablo II constataba el 23 de febrero de 2002: «Por desgracia, a mediados del milenio pasado se inició un proceso de secularización, que se desarrolló particularmente a partir del siglo xviii, en el cual se pretendió excluir a Dios y al cristianismo de todas las expresiones de la vida humana. El punto de llegada de ese proceso ha sido con frecuencia el laicismo y el secularismo agnóstico y ateo, o sea, la exclusión absoluta y total de Dios y de la ley moral natural de todos los ámbitos de la vida humana».
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (cf. Vaticano II, Declaración sobre la libertad religiosa, núm. 1). (…) La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas» (CEC, núm. 2105; cf. encíclicas Immortale Dei de León XIII y Quas primas de PíoXI).
El rechazo por las sociedades humanas de toda verdad conduce al totalitarismo: «La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre: “Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia”» (CEC, núm. 2244).
El 31 de octubre, desafiando al gobierno, 200.000 peregrinos se dirigen al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en México: el padre Pro les anima a cantar a todo pulmón cánticos a Cristo Rey. El primer viernes de noviembre de 1926, da la Sagrada Comunión a 1.300 personas. Al describir su vida diaria, resalta con humor que el mayor peligro que corre, al ser ciclista, no es la policía sino los automovilistas «muy audaces». Con sangre fría, consigue muchas veces evitar que lo capturen. Incluso pasa un breve tiempo en prisión sin que la policía descubra su verdadera identidad..
Lo mejor que tengan como caridad
A principios del año 1927, el padre Pro funda grupos de ayuda a favor de familias que se hallan en la indigencia a causa de su fidelidad a la fe católica y de la guerra civil. Coordina la acción de una docena de personas encargadas de obtener productos alimenticios. Se le puede ver cómo lleva a los necesitados una gran bolsa de comida, mientras él mismo se contenta con un régimen muy frugal.. Asiste, tanto en lo espiritual como en lo material, a comunidades religiosas femeninas clandestinas. Estando en la cárcel, enviará a una de ellas su último dinero con una nota: «Ahora es el momento de rociar sobre mí lo mejor que tengan como caridad». Miguel ayuda también a las familias de los Cristeros, sin implicarse en el movimiento armado. Considera que los católicos tienen el derecho y el deber de defender sus derechos políticos, entre ellos el de practicar públicamente la religión. Manifiesta en cartas y mensajes su deseo de ser mártir: «¡Cuánto deseo que me consideren digno de padecer persecución por el Santo Nombre de Jesús!… Pero que se haga su voluntad… ¡Cuánto deseo volar con ímpetu al Cielo para poder tocar la guitarra y cantar con mi ángel de la guarda!».
En marzo, su superior le ordena que se esconda y que deje de salir, pues la policía le busca activamente. Él comenta: «¡Qué difícil es esa virtud de la obediencia! Creo que la obediencia es el mejor de los sacrificios». Sin embargo, objeta a su superior que la situación no es tan peligrosa y que su salud ha mejorado mucho: «Mi estómago a penas recuerda que le han operado». En cuanto le autorizan a retomar su apostolado clandestino, el padre Pro predica, siempre clandestinamente, numerosos retiros según los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Para circular por México inventa todo tipo de disfraces: músico ambulante, obrero, conductor, minero, dandi o estudiante. Escribe en su diario: «¡Qué gozo interior ha sido devolver la paz a una familia obrera rota! ¡Qué gozo poder llevar la Comunión a un anciano de 94 años! ¡Qué gozo escuchar en confesión a un jardinero italiano bajo un árbol, o enseñar el catecismo a un comunista entre las virutas y el serrín de su taller de carpintería!».
El 13 de noviembre de 1927, cuatro jóvenes católicos lanzan una bomba sobre el automóvil del general Obregón, principal ministro de Calles. Como consecuencia de ese atentado frustrado, la policía deduce que el automóvil desde el que se lanzó la bomba perteneció en otro tiempo a uno de los hermanos de Miguel Pro. Tras la indiscreción de una mujer y las revelaciones de un niño asustado, los investigadores descubren el escondite del jesuita. El 18 de noviembre a las tres de la madrugada, veinte soldados armados irrumpen, pistola en mano, en el cuarto donde duermen los tres hermanos Pro. El sacerdote dice a sus hermanos: «Arrepentíos de vuestros pecados», y, con voz firme, pronuncia la absolución sacramental, añadiendo: «Ofrezcamos nuestras vidas por la religión en México y hagámoslo juntos para que Dios acepte nuestro sacrificio».
« Como ejemplo »
A Miguel y a su hermano Roberto los llevan a una celda húmeda y maloliente (Humberto es encerrado en otro lugar). Durante los cinco días que dura la detención, el sacerdote y los demás reclusos rezan juntos las plegarias de la mañana y de la tarde, el Rosario y entonan cánticos. Miguel graba en el muro de la celda: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Al enterarse de que el padre Pro corre el riesgo de ser fusilado, Segura Vilchis, principal autor del atentado, se inculpa ante el general Roberto Cruz, inspector general de la policía, y jura que los hermanos Pro no tienen nada que ver con la organización del atentado; ni siquiera estaban al corriente de los preparativos. Miguel y sus dos hermanos habían jurado igualmente que eran inocentes, y la policía carecía de toda pista convincente. No obstante, Calles y Obregón ordenan a Cruz que mande fusilar al padre Pro «como ejemplo», sin más formalidades.
El 23 de noviembre de 1927 a las diez de la mañana, Miguel y Humberto son conducidos al paredón. Roberto sufrirá solo el exilio, a falta de cargos.. Por el camino, el sacerdote perdona a su verdugo y a los soldados. Consigue un momento para rezar, lo que realiza de rodillas y con gran recogimiento.. Frente al pelotón de ejecución, ante la mirada indiferente de Cruz fumando un puro, el joven mártir levanta los brazos en cruz y exclama: «¡Viva Cristo Rey!». Como sigue respirando tras la descarga, un soldado le dispara el tiro de gracia. Al difundir las fotos de la ejecución en la prensa gubernamental, Calles hará famoso al padre Pro en el mundo entero. Con gran disgusto por parte de las autoridades, su entierro, seguido por varias decenas de miles de personas, resulta un triunfo. Cuando el féretro es depositado en la cripta de los jesuitas, el padre del mártir, don Miguel, entona espontáneamente el Te Deum.
A pesar de los acuerdos de compromiso de 1929 entre el gobierno y el Vaticano, la persecución contra los católicos prosiguió en México hasta finales del siglo xx. Entre los numerosos mártires de la revolución mexicana, el padre Pro fue, más que cualquier otro, venerado por el pueblo católico como un símbolo de la Iglesia perseguida. El 25 de septiembre de 1988, Miguel Agustín Pro fue declarado oficialmente mártir y beato por el Papa san Juan Pablo II. Litúrgicamente, se le conmemora el 23 de noviembre en la Compañía de Jesús y en México.
Podemos unirnos en todas las circunstancias a esta plegaria escrita por el beato Miguel en su diario, poco antes de morir: «Yo creo, Señor, pero fortifica mi fe… Corazón de Jesús, te amo, pero aumenta mi amor. Corazón de Jesús, tengo confianza en ti, pero concede más vigor a mi confianza. Corazón de Jesús, te entrego mi corazón, pero enciérralo en ti para que nunca se separe de ti.. Corazón de Jesús, soy todo tuyo, pero cuida de mi promesa a fin de que pueda ponerla en práctica hasta el sacrificio completo de mi vida».












