Beato Enrique Suso

3 de Septiembre de 2025

Beato Enrique Suso

Muy estimados Amigos :

En la Vida del beato Enrique Suso se lee que su madre no podía asistir a una Misa sin derramar lágrimas de compasión por los sufrimientos de Jesús y de María en la Pasión. Convertido en dominico, Enrique desarrollará a su vez una devoción muy intensa hacia Jesús en su Pasión, adquiriendo la costumbre de seguirlo en un largo calvario..

Beato Enrique SusoHeinrich Seuse von Berg nace en el barrio pobre de la ciudad de Überlingen, a orillas del lago Constanza, hacia 1295 aproximadamente, de un padre comerciante de tejidos y de una madre procedente de una familia noble de Suabia. El padre, lleno de espíritu mundano, combate a veces con cierta violencia la manera de vivir de su dulce y piadosa esposa, llena de Espíritu de Dios.. La intensa fe de esta le permite superar esas pruebas. También le nacerá una hija, que se entregará a Dios en la Orden de Santo Domingo. Enrique y su hermana reciben una formación religiosa seria, adquiriendo gracias a ella un amor por la naturaleza, creación del Amor divino. Su madre muere un Viernes Santo a la hora de la muerte de Jesús. Después del fallecimiento del padre, Enrique habría tenido una visión de su madre suplicándole que intercediera por él, condenado a un largo purgatorio a causa de su vida mundana. Recibirá la revelación de que sus plegarias fueron concedidas.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo… Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado (2 M 12,46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos: “Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1,5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos” (san Juan Crisóstomo)» (núm. 1030, 1032).

Enrique ingresa en los Dominicos de Constanza a la edad de trece años, hacia 1310, y, según una tradición, por veneración a su madre, toma el apellido de Seuse, latinizado en Suso. Los superiores de la Orden lo aceptan excepcionalmente a una edad tan precoz, ya que disciernen en él una clara vocación divina. La Orden de los Predicadores es entonces muy floreciente y sus conventos llenan la Europa cristiana, pero la disciplina ya no es tan rigurosa como en sus comienzos, y el claustro de Constanza decae por relajación. De hecho, hasta la edad de dieciocho años, la vida religiosa de Enrique carece de fervor, como él mismo confesará. Comprende y acepta el beneficio de la obediencia religiosa y profesa sus votos con toda sinceridad, pero sin grandes deseos de ascesis personal. Se entrega a los estudios: latín, que dominará a la perfección, lógica y retórica, y después estudio de las Constituciones de los Dominicos, filosofía y teología según la enseñanza de santo Tomás de Aquino.

En el transcurso de aquellos años oye alabanzas hacia la divina Sabiduría, considerada una amiga de elección. Su corazón se enamora de esa Sabiduría, pero sigue atraído por las alegrías temporales y se produce una lucha interior en su alma. Sin embargo, desea ardientemente ver la Sabiduría. Un día, cuando tiene dieciocho años, esta se le presenta «lejana, pero muy cercana a su corazón». Y se le muestra a la vez sublime y humilde. Unas veces se le aparece con rasgos de una virgen pura y encantadora, y otras como un joven de exquisita belleza. «Hijo mío ―le dice ella―, dame tu corazón». Entusiasmado ante esa belleza, Enrique resplandece de felicidad divina. No obstante, después de esa gracia, las tentaciones regresan y lo sumergen, empujándole a amar las cosas presentes antes que las futuras..

La misericordiosa Sabiduría

Después de una nueva visión, un día de la festividad de santa Inés, Suso comprende que la Sabiduría es sobre todo atributo del Hijo en el seno de la Trinidad.

San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) también explicará: «La Sabiduría sustancial e increada, a su vez, es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, es decir, la Sabiduría eterna en la eternidad o Jesucristo en el tiempo…» (El amor de la Sabiduría Eterna, núm. 13, 19).

La Sabiduría dice a fray Enrique: «Yo soy la tierna, la misericordiosa Sabiduría que ha abierto de par en par el abismo de mi misericordia infinita para acogerte con dulzura, a ti y a los corazones arrepentidos. Yo soy la dulce Sabiduría, que se hizo pobre y miserable para reconducirte a tu dignidad; yo soy quien sufrió la muerte cruel para devolverte la vida… ¡Yo soy tu hermano, mira, yo soy tu esposo! También he olvidado por completo lo que hiciste contra mí como si jamás hubiera ocurrido, siempre que regreses por completo a mí a partir de ahora y que no te separes más de mí» (Libro de la Sabiduría Eterna, cap. 5).

Comprendiendo el peligro de los contactos con el mundo, fray Enrique solamente se dirige al locutorio en casos de necesidad. Los Padres del Desierto se convierten en sus maestros. Lee en los escritos de san Juan Casiano: «Nuestro modelo debe ser Cristo moribundo en la cruz». En su deseo de unirse lo más posible a la Pasión del Señor mediante la contemplación, sigue el consejo de la Sabiduría: «En cuanto a los otros ejercicios, como la pobreza, el ayuno, las vigilias y todas las demás mortificaciones, dirígelas hacia esa finalidad (la contemplación) y practícalas en la medida en que puedan hacerte avanzar». Como valiente soldado de Cristo, empieza a entregarse a severas penitencias. Profundamente prendado del amor a Cristo, graba en su carne (¡ejemplo que no hay que seguir!) las letras IHS, que significan Jesús.

Después de 1320, tras terminar el ciclo normal de estudios, Suso es enviado a Colonia, al estudio general de la Orden, para que profundice en el conocimiento de la Biblia y de la teología escolástica. Sigue con avidez la enseñanza de profesores ilustres, pero más especialmente los comentarios bíblicos del Maestro Eckhart, profesor al que aprecia mucho. Mediante sus consejos personales, este último ayuda a su alumno a vencer un grave escrúpulo que habría podido poner en peligro su vocación, por lo que fray Enrique le estará profundamente agradecido. Sin embargo, Maestro Eckhart está expuesto a la contradicción de algunos, entre los cuales hay dos padres dominicos, y es sospechoso, a partir de 1325, de doctrinas heterodoxas. En 1327 reclama su ortodoxia y declara retractarse de todos los errores que hubieran podido deslizarse en sus sermones y escritos. Y sin embargo, en 1329, el Papa Juan XXII, que reside en Aviñón, declara sospechosas, en la bula In agro dominico, veintiocho tesis de Maestro Eckhart. Este había muerto el 28 de enero de 1328, y probablemente Suso ya no se encontraba entonces en Colonia..

En 1992, el cardenal Ratzinger, por entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, declaró que la rehabilitación de Eckhart solicitada a la Santa Sede por el capítulo general de los Dominicos no tenía razón de ser, ya que ese autor no había sido condenado personalmente.

Suso redacta un Libro de la Verdad, donde retoma las tesis de su maestro suprimiendo cualquier equívoco.

Sufrir valientemente los desprecios

Lleno de fervor espiritual, padece la ligereza de los estudiantes y de los maestros que no buscan la santidad de la vida, sino la pretensión y la jactancia. Regresa a Constanza hacia 1327, donde recupera un estilo de vida más bien solitario, asumiendo no obstante el cargo de lector (primer grado de profesor en los Dominicos). En calidad de ello enseña y dirige los estudios de todos los frailes, misión especialmente importante en los Dominicos dedicados al estudio. Sin embargo, su enseñanza no siempre es bien aceptada, pues aún lo consideran discípulo de Eckhart. Tras ser denunciado como hereje por dos dignatarios de la Orden, lo envían a un capítulo general que tiene lugar en los Países Bajos, probablemente el de Maastricht de 1330, donde se presenta tembloroso y donde le dirigen severos reproches, amenazándolo de penas rigurosas. De regreso a Constanza le retiran el cargo de lector. Un día, viendo a un perro que juega con un trozo de tela, lo considera una señal de la Providencia que le llama a hacer penitencias interiores, y no exteriores, a ser el trozo de tela y juguete de sus hermanos. Lanza entonces al Rin los instrumentos de penitencia que utilizaba y, postrándose ante el crucifijo, pide al Señor: «Enseña pues a tu siervo a sufrir valientemente, por amor a ti, los desprecios y las burlas». La verdadera santidad pasa, en efecto, por la aceptación de las pruebas que la Providencia permite. De hecho, se convierte en objeto de calumnias y de detracciones, y se ve abandonado por varios de sus amigos.

«La penitencia ―dirá Clémence Royer, una mística de principios del siglo xx, confidente del Sagrado Corazón de Jesús― no consiste en ingeniárselas buscando sacrificios o vías extraordinarias, sino que es decir “amén” a todas las ocasiones de mortificarse que la vida se encarga sin cesar de proponernos. Es aceptar la cruz que Dios pone continuamente en nuestros hombros». En el mismo sentido, sor Lucía, la vidente de Fátima, escribirá al obispo de Leiria: «Dios está decepcionado de ver tan pocas almas en estado de gracia, y dispuestas a renunciar a todo lo que les pide para abrazar su Ley. Y es precisamente la penitencia lo que Dios exige ahora, es el sacrificio que cada uno debe imponerse… Dios quiere como mortificación el cumplimiento simple y honesto de las tareas cotidianas, y la aceptación de las penas y de los problemas. Y desea que mostremos claramente ese camino a las almas, pues muchas se imaginan que “penitencia” significa grandes austeridades, y, al no tener ni la fuerza ni la magnanimidad para llevarlas a cabo, se desaniman» (20 de abril de 1943).

Los “Amigos de Dios”

El duque Luis IV de Baviera (1286-1347) es coronado emperador del Sacro Impero Romano Germánico en 1328, sin el aval del Papa Juan XXII; este lo excomulga, lo que provoca graves consecuencias sociales. La cristiandad se divide en partidarios del Papa o del emperador. La Orden Dominica se muestra en su totalidad fiel al Papa. Suso sufre mucho con esa división. Otras plagas se abaten entonces sobre la sociedad: las langostas devoran los cultivos en 1338; tres años después, unas inundaciones causan enormes estragos. En 1348, la peste negra siembra el terror en todo Occidente y provoca la muerte de, al menos, un tercio de la población; unos terremotos causan la muerte de unas cinco mil personas. Ante esos males, los cristianos fervientes fortalecen su vida espiritual. Se sienten estimulados a consolar con mucho amor a Cristo, Dios sufriente, al que tantos otros abandonan. Una gran red de devoción se extiende por todo el sur de Alemania. Se hacen llamar “amigos de Dios”, y tiene como finalidad amar al Salvador, unirse a sus santos misterios mediante la oración y los sacramentos, aplicarse a imitar su vida y conocer, si les concede la gracia, la unión perfecta con Él.

Liberado de la misión de lector, al padre Enrique, que entonces ronda los cuarenta años, se le confía un ministerio de dirección espiritual para las religiosas de su Orden, y después para otras comunidades, como las Benedictinas. Esas religiosas aprecian mucho su dirección y sienten por él una verdadera devoción. Sor Isabel Stagel, religiosa de un convento dominico cercano a Winterthur, se convierte en su hija espiritual. Iniciada en la doctrina de Maestro Eckhart, está ávida de sus enseñanzas. Él le descubre muchos secretos de su propia vida. Escribe también numerosas cartas que dan testimonio de sus santas amistades.

Así pues, Suso recorre a pie Suiza, Alsacia y el valle del Rin. Nunca pasa cerca de una iglesia sin ir a saludar al Huésped Divino. Su alma de poeta se complace en admirar el campo y a conversar con la Sabiduría. «Amable Señor ―escribe―, si no soy digno de alabarte, mi alma desea no obstante que el cielo te alabe cuando, en su belleza más preciosa, es iluminado en su plena claridad por el resplandor del sol y la multitud innumerable de las luminosas estrellas.. Que los hermosos campos te alaben cuando, en medio de las delicias del verano, brillan según su nobleza natural en el múltiple ornamento de sus flores y su exquisita belleza… No existe en el tiempo mayor preludio en la estancia de los cielos que alabar a Dios con gozo y alegría» (Libro de la Sabiduría Eterna, cap. 4). Puede leerse además en la Vida: «Los brazos de mi alma se extienden, cargados de la multitud innumerable de criaturas, y es para estimularlas todas a que canten alegremente su agradecimiento al Creador…». En efecto, como explica san Ignacio, «las otras cosas (además del hombre) sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado», a saber: «Alabar, honrar y servir a Dios» (Ejercicios Espirituales, núm. 23).

Partir el pan

A veces, Suso parte en busca de ovejas descarriadas en los barrios pobres y en los campos. Quiere «partir el pan para la gente sencilla y distribuirlo a las multitudes». Su espiritualidad se inspira no solamente de la Biblia, sino también de los santos Padres, particularmente de san Agustín. Para él está claro que la interpretación de la Escritura debe concordar con la opinión comúnmente recibida en la Iglesia.

«La santa Tradición, la sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Vaticano II, Dei Verbum, núm. 10, § 3; cf. CEC, núm. 95).

Hacia 1348, Suso escribe el Libro de la Sabiduría Eterna, el único que no ofrece dudas sobre su total autenticidad. En los años 1330, quizás incluso en 1339, ya había publicado un libro muy parecido en cuanto al tema, El reloj de la Sabiduría, pero cuyo estilo y fondo son bastante diferentes. En el de la Sabiduría Eterna escribe para animar o desarrollar el amor de Dios en los corazones. La Sabiduría le dice: «Si quieres contemplarme en mi Deidad increada, debes aprender a conocerme y a amarme en mi naturaleza humana que ha sufrido, pues es la vía más rápida hacia la eterna beatitud». Por eso Suso propone al lector que medite con él la Pasión de Cristo. La Sabiduría continúa: «Mira: la contemplación asidua de mis amables sufrimientos transforma a un hombre simple en maestro consumado. Es un libro vivo en el cual se hallan todas las cosas. ¡Cuán feliz es el hombre que lo tiene siempre a la vista y lo estudia! ¡Cuánta sabiduría y favores puede adquirir, cuánto consuelo y dulzura! ¡Cuánta aversión al pecado y cuánto sentimiento constante de mi presencia!» (cap.. 14). Suso también evoca a la Virgen y su presencia en el Calvario en una inefable aflicción.

El diálogo con la Sabiduría comporta igualmente las visiones de los sufrimientos del infierno y del gozo inmenso del Reino de los cielos, dos verdades reveladas por el propio Jesús. El deseo de Suso es «retirar a los hombres de la profunda rutina de su vida de pecado para conducirlos a la verdadera belleza».

Muestra claramente los dos caminos de los que habla el Catecismo: «El camino de Cristo lleva a la vida, un camino contrario lleva a la perdición (Mt 7,13). La parábola evangélica de los dos caminos está siempre presente en la catequesis de la Iglesia. Significa la importancia de las decisiones morales para nuestra salvación» (CEC, núm. 1696). También el Concilio Vaticano II recuerda el reto que supone la vida aquí en la tierra: «Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena, merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos, y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos, ir al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes» (Lumen Gentium, núm.. 48).

El Catecismo enseña: «Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven tal cual es, cara a cara» (CEC, núm. 1023).

Suso describe así el cielo: «En la patria celestial, estás tan rodeado de amigos que quien te resulta más extraño, entre esa innumerable multitud, te ama con más amor y fidelidad que hayan podido testimoniar cualquier padre o cualquier madre… Mira tú mismo la hermosa llanura celestial: ¡ah!, ¡he aquí todas las delicias del verano, he aquí las praderas en la luz de mayo, he aquí el valle de los gozos verdaderos! He aquí, entre quienes se aman, intercambio de miradas alegres; he aquí unas harpas, unas violas, he aquí cantos, retozos, bailes, rondas, una alegría perfecta y sin fin; he aquí todo deseo colmado, he aquí la alegría sin sufrimiento en medio de una seguridad que durará siempre». Y concluye: «¡Ah! ¡Señor, haz que mi alma jamás pierda de vista ese doble espectáculo del infierno y del cielo, a fin de que nunca pierda tu amistad!» (cap. 12).

El Libro de la Sabiduría comprende una segunda parte donde Suso enseña el arte de bien morir. El hombre no ha de temer a la muerte cuando se ha preparado para ello: «Disponte a la partida, pues en verdad eres como un pájaro sobre una rama y como un hombre que, desde la orilla, vigila el paso del navío rápido donde debe subir y que lo llevará al país extranjero de donde jamás regresará» (cap. 21). Siguen dos meditaciones sobre el sacramento de la Eucaristía y sobre la alabanza a Dios en todo tiempo.

Las obras de Suso tuvieron gran éxito a finales de la Edad Media. Entre sus lectores conocidos están Thomas de Kempis, el supuesto autor de la Imitación de Cristo, y el mártir inglés san Juan Fisher.

« ¡ Ayúdame a rezar ! »

Al negarse a obedecer las órdenes cismáticas de Luis de Baviera, los Dominicos deben exiliarse. Abandonan Constanza y se refugian en Diessenhoven, donde Suso es nombrado prior de la comunidad. Es sometido a todo tipo de pruebas relacionadas con su apostolado, con malevolencias en su contra, con accidentes de salud y con una horrible calumnia sobre sus costumbres que le tortura interiormente. Lo envían al convento de Ulm en 1347-48, desde donde emprende numerosos viajes pastorales. Sus últimos años son serenos. El 25 de enero de 1366, Suso agoniza. En su duro lecho reza a Cristo: «¡Te ruego que me purifiques en tu preciosa Sangre, por tu gran clemencia!». Después llama a sus santos predilectos, santo Domingo, santo Tomás, san Nicolás: «¡Alzad vuestras manos y ayudadme a rezar al Cielo!». Cuando los frailes arrodillados junto a su lecho entonan la Salve Regina, él añade: «En tus manos entrego mi alma, ¡oh esposa mía, oh madre mía!… Te recomiendo a los míos en un mismo amor». A continuación, entrega su alma a Dios. Fue beatificado en 1831 por el Papa Gregorio XVI. Su festividad se celebra el 25 de enero.

Pidamos al beato Enrique Suso que nos ayude a conocer y a amar la Sabiduría Eterna, Jesucristo, Hijo único de Dios, y que nos fortifique para dar testimonio de Él.

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