Beato Clemens-August von Galen

8 de Octubre de 2025

Beato Clemens-August von Galen

Muy estimados Amigos :

El 3 de agosto de 1941, cuando el tercer Reich alemán se encontraba en el apogeo de su poder, monseñor Clemens August von Galen, desde el púlpito de la catedral de Münster, osó denunciar públicamente el monstruoso proyecto de la dictadura nazi para la eliminación de “vidas sin valor”, entre otras las de los niños discapacitados y las personas mayores que padecían también una discapacidad, así como los enfermos mentales : « Actualmente se mata a inocentes indefensos, se les mata de forma bárbara, y también se suprime a personas de otras razas, de origen diverso. Estamos ante una locura asesina sin igual… ¡ Ya no puedo pertenecer al mismo pueblo de esos criminales que pisotean con orgullo nuestras vidas ! ». Aquel pastor, que arriesgaba la vida con sus valientes intervenciones, fue proclamado beato el 9 de octubre de 2005.

Beato Clemens-August von GalenClemens August nace el 16 de marzo de 1878 en el castillo de Dinklage, en la diócesis de Münster en Westfalia (centro-oeste de Alemania). Es el undécimo de los trece hijos del conde Ferdinand Heribert von Galen y de su esposa Elisabeth. La vida en Dinklage es dura, sin calefacción ni agua corriente, pero esa educación austera es iluminada por una fe católica ardiente. La asistencia a la Misa es diaria, y la propia condesa enseña el catecismo a sus hijos, inculcándoles a imitar a Jesucristo y a considerar la vida terrenal como una preparación para la vida eterna. En esa familia noble es una tradición participar en los asuntos públicos; Ferdinand von Galen fue durante treinta años diputado del partido católico “Zentrum” en el parlamento imperial. Tanto para él como para toda la familia, no se trata de un privilegio sino de una responsabilidad: “nobleza obliga”.

Clemens August estudia en los jesuitas, en Feldkirch (Austria). En octubre de 1897, durante un retiro espiritual en la abadía benedictina de María Laach, siente la llamada de Dios al sacerdocio. Después de realizar estudios teológicos en Innsbruck, es ordenado sacerdote el 28 de mayo de 1904 por el obispo de Münster. En 1906 lo envían a Berlín, una diócesis con falta de sacerdotes, donde ejercerá diversos ministerios parroquiales. Durante la crisis económica de 1923, que arruina a millones de familias alemanas, el padre von Galen se pone al servicio de sus parroquianos en dificultades, fundando en su favor una asociación de ayuda mutua. Socorre con frecuencia a los más necesitados empleando sus ingresos personales. Sin embargo, por encima de todo, su principal objetivo es velar por la salvación de las almas.. Esa concepción de la vida eterna, que habita en él constantemente, será el pedestal inquebrantable de los combates que deberá emprender.

A principios de 1929, Clemens August es llamado a Münster y nombrado párroco de San Lamberto. Al constatar cierta tibieza, publica en 1932 un opúsculo titulado «La peste del laicismo y sus manifestaciones», en el cual exhorta a los fieles a luchar contra la secularización y la descristianización de la sociedad. Alemania está inmersa en una grave crisis política; el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler es nombrado canciller del Reich. Clemens August no confía nada en el jefe del NSDAP (partido nacionalsocialista), cuya ideología y métodos violentos han condenado los obispos alemanes. Sin embargo, Hitler, que por entonces necesita a los católicos, procura seducirlos. El 20 de julio de 1933 se firma un concordato entre la Santa Sede y Alemania. Con la firma de ese tratado, el Papa Pío XI quiere intentar conservar para la Iglesia Católica un espacio de libertad en ese país entregado al totalitarismo. Von Galen aprueba esa estrategia, pero el 3 de abril, en el transcurso de la Misa de entronización del consejo municipal de Münster, y ante una asistencia compuesta por numerosos dignatarios nazis, recuerda los dos fundamentos del orden social cristiano: la justicia y la fraternidad.

La diócesis de Münster está vacante desde enero de 1933. El 18 de julio, el capítulo catedralicio elije por unanimidad al padre von Galen. En su primer mensaje pastoral, el nuevo obispo comenta su divisa Nec laudibus, nec timore a sus 1,8 millones de diocesanos: «Ni la alabanza ni el miedo a los hombres me impedirán transmitir la Verdad revelada, distinguir entre la justicia y la injusticia, las buenas acciones y las malas, ni tampoco avisar y advertir cada vez que resulte necesario».

Un engaño del diablo

Monseñor von Galen, que es de gran estatura, es sencillo y afectuoso en su vida privada, pero lleno de majestad cuando celebra pontificalmente. Le gustan las procesiones en las que la Iglesia puede, mediante sus fastos religiosos, contrarrestar la mística neopagana de las manifestaciones nazis. A partir de 1934, el obispo condena la obra de Alfred Rosenberg El mito del siglo xx.. La ideología oficial del NSDAP ensalzaba en ella la Sangre alemana, «fuente de una humanidad superior» que había que construir por la fuerza vital. En su carta pastoral de la Cuaresma de 1934, el obispo de Münster califica esa doctrina de «engaño del diablo» y recuerda que solamente la Sangre preciosa derramada por Jesucristo en el Calvario tiene el poder de salvarnos, porque es la sangre de Dios hecho hombre. El obispo reincide un año más tarde proclamando: «No podemos renunciar a confesar que existe algo más elevado que la raza, el pueblo y la nación: el todopoderoso y eterno Creador y Señor de los pueblos y de las naciones, al que todos los pueblos deben adhesión, adoración y servicio, que es el fin último de todas las cosas».

La actitud del obispo de Münster frente a la persecución de los judíos es inequívoca. Al denunciar, a partir de 1934, la exaltación de la «raza aria» en detrimento de las otras razas, rechaza toda legitimidad del antisemitismo; como obispo, no desaprovecha ninguna ocasión para subrayar que el cristianismo tiene sus raíces en la religión de Israel.. Recuerda que el deber de la caridad fraterna se extiende a todos los hombres, cualquiera que sea su raza y religión. Después de la Noche de los cristales rotos del 9-10 de noviembre de 1938, un pogromo (acción violenta contra los judíos) en el transcurso del cual la sinagoga de Münster es incendiada por la policía, monseñor von Galen ofrece ayuda a la esposa del rabino de la ciudad, que ha sido encarcelado. Tras la liberación de este unos días más tarde, renuncia a intervenir para no agravar la situación de los judíos.

El régimen hitleriano quiere asegurarse el monopolio de la educación de la juventud suprimiendo la clase de religión, obligatoria en todas las escuelas. El obispo de Münster se opone victoriosamente a esa supresión apoyándose en el artículo 21 del Concordato de 1933. En noviembre de 1936, el delegado de educación de Oldenburg (norte de la diócesis de Münster) ordena suprimir todas las cruces y símbolos religiosos de las escuelas y edificios públicos. Esa medida suscita, por iniciativa de monseñor von Galen, una verdadera «cruzada» de plegarias y de peticiones a favor del mantenimiento de las cruces. El «Gauleiter» (jefe de la policía) de Oldenburg se ve obligado finalmente a retirar la medida propuesta.

Contra el neopaganismo

Entre 1933 y 1937, la Santa Sede protestó cuarenta y cuatro veces contra violaciones del Concordato. Ante la inutilidad de esas gestiones, el Papa Pío XI publica una encíclica redactada en alemán y titulada Mit brennender Sorge («Con ardiente preocupación»), en la que condena la divinización del pueblo y de la raza. La encíclica es publicada por el obispo de Münster en su diario diocesano, quien, en el más estricto secreto, manda imprimir 120.000 ejemplares, es decir, el 40% de los que la Iglesia conseguirá difundir en Alemania. El domingo 21 de marzo de 1937, todos los párrocos, por orden del obispo, leen ese texto desde el púlpito en la Misa mayor. La Gestapo (policía política), viéndose superada, se vengará con represalias. No obstante, la encíclica despierta un eco favorable en algunos medios protestantes, por lo que monseñor von Galen concibe el proyecto de formar un frente común de los cristianos alemanes contra el neopaganismo.. Este último será combatido en un terreno más amplio, es decir, con la defensa de los derechos naturales de la persona humana: derecho a la vida, a la integridad, a la libertad religiosa, derecho de seguir la propia conciencia y derecho de los padres sobre la educación de sus hijos.

A principios de 1939, el poder nazi considera que ha llegado el momento de suprimir toda enseñanza confesional y cualquier curso de religión en la escuela. El 26 de febrero, en su catedral abarrotada, el obispo de Münster pide a todos sus diocesanos que protesten, mediante una petición contra «la escuela pagana». Su llamada es seguida por decenas de miles de personas, quienes, al firmarla, arriesgan su seguridad y sus bienes. El 1 de septiembre de 1939, Alemania invade Polonia, lo que provoca la declaración de guerra franco-británica. Monseñor von Galen, lejos de retomar el discurso belicista oficial, prescribe a sus diocesanos plegarias por la patria y por la paz, que concluyen con el deseo de que «todos los pueblos reciban la seguridad de la paz con justicia y libertad».

A partir de la segunda mitad de 1940, las medidas de persecución contra la Iglesia se suceden: apertura de las iglesias retrasada hasta las 10 horas de la mañana «por el peligro de ataques aéreos», detención y deportación de numerosos sacerdotes, e invasión de los monasterios y expulsión de sus ocupantes. Monseñor von Galen siente el deber de levantar la voz. Después de un tiempo de lucha interior, el 13 de julio de 1941 pronuncia en su catedral la primera de las tres grandes homilías que darán la vuelta al mundo. Tras reprobar la expulsión de los religiosos, protesta contra el régimen reinante de arbitrariedad y de terror, pidiendo justicia. Al domingo siguiente exhorta a su pueblo a resistir la persecución: «Igual que un yunque que no pierde su fuerza a pesar de la violencia de los golpes de martillo, los prisioneros, los excluidos y los desterrados inocentes reciben de Dios la gracia de conservar la firmeza cristiana».

El 3 de agosto, el obispo pronuncia en la iglesia de San Lamberto la homilía que denuncia la matanza de los enajenados decretada por el poder: el «programa T4» que se realiza en los centros médicos prevé que se conceda la «gracia de morir» a los enfermos incurables e improductivos. El número de víctimas de ese programa criminal se estimará en 70.000 personas. Monseñor von Galen da muestras de su indignación: «¡Se trata de hombres y mujeres, de nuestro prójimo! De pobres seres humanos enfermos. Son improductivos, si se quiere… Pero ¿eso significa que han perdido el derecho de vivir?… Si se plantea y pone en práctica el principio según el cual los hombres están autorizados a matar a su prójimo improductivo, entonces será una desgracia para todos nosotros, ¡pues algún día nos convertiremos en viejos y seniles!… Entonces ningún hombre estará seguro, y cualquier comisión podrá ponerlo en la lista de las personas “improductivas”, convertidas en “indignas de vivir”. Y no habrá policía alguna para protegerlo, ningún tribunal para vengar su asesinato. ¿Quién, pues, podrá confiar en su médico? Él decidirá quizás si ese enfermo se ha convertido en “improductivo”, lo que acabará condenándolo a muerte. No podemos imaginarnos la depravación moral, la desconfianza universal que se extenderán en el mismo seno de la familia, si se tolera, se admite y se pone en práctica esa terrible doctrina. ¡Desdichados los hombres, desdichado el pueblo alemán si el sagrado mandamiento de Dios No matarás, que el Señor entregó en el Sinaí en medio de truenos y relámpagos, que Dios nuestro Creador escribió en la conciencia del hombre al principio de los tiempos, si ese mandamiento no solamente es violado sino que, además, su violación es tolerada y ejercida impunemente!».

Un camuflaje lenitivo

La eutanasia, por desgracia, no desapareció con el nazismo. En nuestros días se practica en numerosos países; las leyes comportan generalmente disposiciones restrictivas, pero no son respetadas y el número de eutanasias aumenta de manera exponencial año tras año. La realidad de la eutanasia, que es el acto en que se da la muerte, se camufla con expresiones lenitivas de «ayudar a morir» o de «suicidio asistido». En nombre de la Iglesia Católica, san Juan Pablo II emitió el juicio siguiente: «Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la “cultura de la muerte”, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno… confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita» (Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, núm. 64-65).

La homilía de monseñor von Galen contra la eutanasia se publica clandestinamente y se difunde muy ampliamente, tanto en Alemania como en el extranjero. El obrero Karol Wojtyla, futuro Papa Juan Pablo II, recordará haberla leído. El «León de Münster» recibe una reprimenda del mariscal Goering, quien le acusa de «sabotear la capacidad de resistencia del pueblo alemán en plena guerra, mediante sus diatribas y panfletos». Hitler considera la posibilidad de detener al obispo que osa resistírsele, pero el ministro de propaganda Goebbels le aconseja esperar, para ello, a la victoria militar, para evitar provocar disturbios en Westfalia y desagradar a los soldados cristianos. El Führer resuelve, a finales de agosto de 1941, paralizar oficialmente el programa de eutanasia. No obstante, en los campos de concentración del este, numerosos enfermos “incurables” serán eliminados en secreto hasta la caída del régimen.

El valor de cada persona

Muy recientemente, la declaración Dignitas infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, aprobada por el Papa Francisco, ha confirmado la opinión de la Iglesia sobre la eutanasia: «Hay un caso particular de violación de la dignidad humana, más silencioso pero que está ganando mucho terreno. Tiene la peculiaridad de utilizar un concepto erróneo de la dignidad humana para volverla contra la vida misma. Esta confusión, muy común hoy en día, sale a la luz cuando se habla de eutanasia. Por ejemplo, las leyes que reconocen la posibilidad de la eutanasia o el suicidio asistido se denominan a veces “leyes de muerte digna”. Está muy extendida la idea de que la eutanasia o el suicidio asistido son compatibles con el respeto a la dignidad de la persona humana. Frente a este hecho, hay que reafirmar con fuerza que el sufrimiento no hace perder al enfermo esa dignidad que le es intrínseca e inalienablemente propia, sino que puede convertirse en una oportunidad para reforzar los lazos de pertenencia mutua y tomar mayor conciencia de lo preciosa que es cada persona para el conjunto de la humanidad.

«Ciertamente, la dignidad del enfermo, en condiciones críticas o terminales, exige que todos realicen los esfuerzos adecuados y necesarios para aliviar su sufrimiento mediante unos cuidados paliativos apropiados y evitando cualquier encarnizamiento terapéutico o intervención desproporcionada. Estos cuidados responden al constante deber de comprender las necesidades del enfermo: necesidad de asistencia, de alivio del dolor, necesidades emotivas, afectivas y espirituales. Pero tal esfuerzo es totalmente distinto, diferente, incluso contrario a la decisión de eliminar la propia vida o la de los demás bajo el peso del sufrimiento. La vida humana, incluso en su condición dolorosa, es portadora de una dignidad que debe respetarse siempre, que no puede perderse y cuyo respeto permanece incondicional» (Declaración Dignitas infinita, 2 de abril de 2024, núm. 51-52).

A partir de 1942, la guerra se vuelve desfavorable para Alemania y los bombardeos aliados sobre el país son cada vez más frecuentes. El obispo se esfuerza en atenuar entre la población civil los horrores de la guerra. Advierte a sus diocesanos de no ceder a la sed de venganza, excitada por la propaganda; el 4 de julio de 1943, durante la peregrinación mariana a Telgte, declara: «Tengo el sagrado deber de proclamar el mandamiento de Dios de renunciar al odio y a la venganza… ¿Acaso sirve de consuelo a una madre alemana cuyo hijo ha muerto en un bombardeo que le digan: “Pues bien, pronto mataremos nosotros al hijo de una madre inglesa?”. No, el anuncio de semejante venganza no puede ser un consuelo; semejante actitud no sería ni cristiana, ni alemana».

El 1 de febrero de 1944, en su carta pastoral de Cuaresma, el obispo de Münster subraya que la causa profunda de las catástrofes presentes reside en el rechazo por parte del hombre moderno de la autoridad de Dios. El remedio consiste en someterse a Jesucristo. Y el prelado termina con la siguiente súplica: «¡Pueblo alemán, presta atención! ¡Escucha la voz de Dios!». Desde octubre de 1943 hasta octubre de 1944, una serie de ataques aéreos destruyen la ciudad de Münster, incluida la catedral; diezmada por la muerte o el exilio, su población ha disminuido de 150.000 a 25.000 habitantes. Monseñor von Galen, que ha escapado por poco a la muerte durante el bombardeo de su palacio episcopal, debe refugiarse en el campo; asiste, el 31 de marzo de 1945, a la entrada victoriosa de las tropas angloamericanas. El obispo se convierte entonces en el padre de los pobres y de los desdichados, que son innumerables, sin alojamiento ni trabajo. Asume su defensa frente a las fuerzas de ocupación aliadas, que dejan que la población sea presa de los pillajes y del hambre, con el pretexto de una «responsabilidad colectiva» del pueblo alemán.

Esperar un futuro mejor

El 23 de diciembre de 1945 se hace pública la elevación por Pío XII al cardenalato de treinta y dos prelados, entre los cuales se halla Clemens August von Galen. El Papa quiere mediante ello rendir homenaje a la voz más valiente del episcopado alemán bajo el nacionalsocialismo; al promover a tres alemanes, el Santo Padre pretende poner de manifiesto ―lo explica públicamente― que el pueblo alemán no puede considerarse en su conjunto responsable de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Después de un penoso viaje de siete días en tren, el obispo de Münster recibe el capelo cardenalicio el 21 de febrero de 1946, en Roma. El cardenal norteamericano Spellman suministrará a los tres cardenales alemanes un avión militar norteamericano para que regresen a casa.

El 16 de marzo, el cardenal von Galen hace su entrada en Münster en ruinas, en medio de una multitud de 50.000 personas que ven en él motivos para esperar un futuro mejor. Expresa su pesar por no haber sido considerado digno del martirio; si no fue arrestado por la Gestapo, lo debe al amor y a la fidelidad de sus diocesanos: «Estabais detrás de mí, y los que detentaban el poder sabían que el pueblo y el obispo de la diócesis de Münster estaban unidos por un lazo inseparable, y que, si golpeaban al obispo, todo el pueblo se sentiría golpeado.. Eso fue lo que me fortificó interiormente y lo que me dio seguridad». Es el último acto público del «León de Münster». A partir del día siguiente, sufre una perforación intestinal de la que morirá el 22 de marzo de 1946.

El 9 de octubre de 2005, al término de la ceremonia de beatificación, el Papa Benedicto XVI declaró: «En esto consiste el mensaje siempre actual del beato von Galen: la fe no se reduce a un sentimiento privado, que quizás habría que esconder cuando molesta, sino que implica la coherencia y el testimonio igualmente en el ámbito público, en favor del hombre, de la justicia y de la verdad».

Pidamos a Dios, para nosotros y para todos los pastores de la Iglesia, mediante la intercesión de la Virgen María, Madre de los Vivos, y del beato Clemens August, que nos conceda la valentía de no dejarnos impresionar, en el testimonio de nuestra vida cristiana, «ni por la alabanza ni por el miedo» a los hombres. De ese modo podremos expandir por todas partes el Evangelio de la Vida, para la gloria de Dios y la salvación eterna de las almas.

Beato Miguel Pro

Beato Enrique Suso

Beata Conchita Cabrera de Armida

San José Hernández Cisneros