24 de Junio de 2025
Santa Philippine Duchesne
Muy estimados Amigos :
«Hoy ―escribía el Papa san Juan Pablo II― la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación» (Redemptoris missio, 7 de diciembre de 1990, núm. 46). Al canonizar a santa Rosa Felipa Duchesne, el 3 de julio de 1988, el propio Papa presentaba un ejemplo de entusiasmo misionero. En el siglo xix, esa santa misionera contribuyó a la misión de la Iglesia en América del Norte.
Rose Philippine Duchesne nace en Grenoble el 29 de agosto de 1769. Es hija de Pierre-François Duchesne, abogado en el Parlamento del Delfinado, y de Rose-Euphrasine Périer. Por parte de madre, pertenece a una familia de gran fortuna. En el Bautismo, ponen a la niña bajo el patrocinio de santa Rosa de Lima, primera santa de las Américas, y del apóstol san Felipe. Desde su infancia, la niña da muestras de la rigidez y de la tenacidad del carácter de los Duchesne, que ella se esforzará en suavizar mediante esfuerzos perseverantes. No obstante, sabe olvidarse de sí misma para dedicarse a los demás, y afirma: «¡El mayor de mis placeres es hacer el bien!». Llena de deseos hacia la grandeza y la generosidad, siente una gran estima por las misiones: «Mi primera estima por el estado de misionera ―escribirá― se produjo a partir de las conversaciones con un buen padre jesuita que había sido misionero en Luisiana… Yo solo tenía ocho o diez años y, sin embargo, consideraba felices a los misioneros».
Felipa ingresa como interna en las Hermanas de la Visitación, orden monástica fundada en 1610 por san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal. Son monjas de clausura, pero gestionan escuelas paras chicas jóvenes. Una de esas escuelas, Sainte-Marie-d’en-Haut (“Santa María de lo Alto”), se encuentra en Grenoble. La fe echa entonces profundas raíces en el alma de Felipa, y el temor de Dios hace que rehúya todo aquello que podría ofender a la mirada divina. El amor al Corazón de Jesús se imprime en su alma. Son muchas las pinturas e inscripciones en el monasterio que traducen estas enérgicas palabras de san Francisco de Sales: «En la Santa Iglesia de Dios todo pertenece al amor, todo se basa en el amor, todo desemboca en el amor y todo es amor. Dios, que creó al hombre a su imagen y semejanza, quiere que en el hombre, como en Dios, todo esté ordenado mediante el amor y por el amor».
A la edad de doce años, la joven toma la primera Comunión, percibiendo entonces la llamada a entregarse por completo a Jesús en la vida religiosa, y se hace muy fervorosa. «A partir de entonces ―cuenta su hermana― ya solo miró al mundo como un lugar de exilio, y la vida religiosa le pareció la única capaz de responder al deseo de su alma». Sus padres, al percatarse del deseo de su hija, hacen que regrese a casa y la introducen en la vida mundana, pero en medio de los conciertos y del baile, donde se muestra cómoda, Felipa piensa en seguir su vocación. Estando en casa se encarga de los mendigos que llaman a la puerta, mientras prosigue sus estudios. Se esmera especialmente en el latín, a fin de entender mejor la Sagrada Escritura. Al cumplir diecisiete años, rehúsa un matrimonio ventajoso que le proponen, y después renuncia a todo lo mundano. Un año después, en 1787, Felipa ingresa en el convento de la Visitación, a pesar de la oposición de sus padres. El deseo de ejercer algún día la función de educadora de la juventud en los internados le ha incitado a preferir la Visitación antes que el Carmelo, aunque le gustaba mucho… Allí edifica a sus hermanas monjas mediante su amor incondicional a Jesús y la vivacidad de su caridad. Por la tarde, tras una jornada bien completa y con el permiso de sus superioras, permanece en vigilia y reza largo tiempo durante la noche. Al acabar el noviciado, su padre rechaza concederle el permiso para profesar sus votos religiosos, pidiéndole que espere a cumplir veinticinco años; sin embargo, le permite vivir en el convento. Siguiendo el consejo de un sacerdote prudente, ella se somete.
En 1789 estalla la Revolución en Francia; a partir de 1791, las Visitandinas de Grenoble son dispersadas y su convento se cierra. Felipa regresa a vivir con la familia en una hacienda de los Duchesne situada en el departamento de Drôme, donde se dedica a ayudar a prisioneros y a sacerdotes refractarios. Al final de la tormenta revolucionaria, en 1801, requerida para encargarse de niños abandonados o huérfanos, Felipa alquila el antiguo convento de Sainte-Marie-d’en-Haut, donde se instala con algunos niños, invitando a las religiosas visitandinas expulsadas a que regresen. Algunas antiguas monjas lo hacen, pero resulta imposible restablecer la vida religiosa. Oye hablar entonces de Magdalena Sofía Barat (1779-1865 – ya canonizada), que acaba de fundar en 1802 en Amiens las Damas del Sagrado Corazón, así que se ofrece a ella y ofrece también su convento. Magdalena Sofía Barat acepta y se dirige a Sainte-Marie en 1804 con tres de sus religiosas. Tras un breve noviciado, Felipa Duchesne profesa sus primeros votos religiosos en 1805, a la edad de treinta y seis años. Como quiera que la Sociedad del Sagrado Corazón se dedica a la enseñanza, la casa de Sainte-Marie es transformada en internado.
Una noche en el nuevo continente
En 1806, el padre Agustín de Lestrange, abad del monasterio cisterciense de la Trapa, es invitado a predicar en la comunidad. Impresionada por la evocación de la misión de América del Norte de donde ha regresado el predicador, Felipa siente de nuevo la llamada de ser misionera. En el transcurso de la noche de adoración eucarística del Jueves Santo, recibe una gracia especial, que confía a la madre Barat: «Durante toda la noche he estado en el nuevo continente… Llevaba a todas partes mi tesoro (el Santísimo)… Me esperaba una gran tarea con muchos sacrificios que ofrecer: una madre, hermanas, parientes, una montaña… En cuanto usted me diga “Voy a enviarla”, enseguida responderé “Me voy”». Durante doce años, la madre Sofía la moldea pacientemente para convertirla en una religiosa misionera consumada. La anima en la dulzura: «Ya que tanto ama al buen Francisco de Sales ―le escribe―, ¿por qué no adoptó su mentalidad cuando estaba en su escuela? ¡Cuánta dulzura enseñaba a tener consigo mismo y con todos!». A finales de 1815, Felipa se dirige a París para asistir a un consejo general de la Sociedad… Allí es elegida secretaria general, y se le confía el encargo de fundar una comunidad en la ciudad, en la calle Postes. En enero de 1817, monseñor Guillermo Valentín Dubourg, primer obispo de Luisiana, se presenta allí y pide religiosas para educar a chicas en su diócesis (en aquella época, Luisiana es un vasto territorio que se extiende desde los Grandes Lagos de América del Norte hasta el sur del golfo de Méjico, a lo largo del río Mississipi, que tiene una longitud de más de 3.700 km). Felipa está preparada para partir.
Una idea ilusoria
En 1818, tras ser nombrada superiora de todas las misiones que puedan fundarse en América, la madre Felipa se dirige a Burdeos junto a cuatro religiosas. Zarpan para el Nuevo Mundo el 21 de marzo. Después de setenta días de viaje penoso a causa de las tormentas, llegan a Nueva Orleáns en la festividad del Sagrado Corazón. El primer acto de la madre Duchesne es ponerse de rodillas y besar la tierra, con los ojos llenos de lágrimas… Tras cuarenta y dos días suplementarios de viaje para remontar el curso del Mississipi, en barco de vapor con ruedas laterales, las cinco religiosas llegan finalmente a Saint-Louis, modesta localidad de seis mil habitantes fundada por los franceses en 1764, situada aproximadamente a unos 1.000 km más al norte. Monseñor Dubourg las acoge muy cálidamente. Después van a Saint-Charles, a algunos kilómetros de allí, una de las dos ciudades mas antiguas al oeste del Mississipi y fundada en 1765. Es allí donde las monjas abren la primera casa de la congregación fuera de Europa. Es tan solo una cabaña de madera, donde las religiosas se someten a todas las austeridades de una vida propia de pioneras: el frío extremo, la dureza del trabajo, la falta de dinero y la lentitud del correo entre América y Francia. Además, la madre Felipa tiene gran dificultad para aprender inglés. El centro es doble: internado y escuela gratuita para las jóvenes pobres. Sin embargo, la penuria, el hambre y la falta de alumnas obligan a las religiosas a cerrar uno y otro al año siguiente. «En aquel tiempo teníamos la idea ilusoria de instruir a jóvenes del país dóciles e inocentes, pero la pereza y la embriaguez alcanzan tanto a las mujeres como a los hombres…» ―escribe con nostalgia la madre Felipa.
En los Estados Unidos la Iglesia Católica no es floreciente. Los inmigrantes son a menudo aventureros desprovistos de sentido moral. Los Jesuitas, restablecidos por el Papa Pío VII en 1815, se desarrollan con rapidez, pero se limitan a fundar colegios de chicos en la costa atlántica. No hay ningún centro educativo para las chicas. Aún existe en la sociedad el régimen de la esclavitud, y las religiosas, al no poder por sí mismas abolir esa institución inhumana, utilizan esclavos para sus diversos trabajos. Sin embargo, dirá el concilio Vaticano II: «El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos» (Gaudium et spes, núm. 41).
Invitadas por monseñor Dubourg, la madre Duchesne y sus religiosas cruzan el río y llegan en pleno invierno à Florissant. Ese municipio, en la confluencia del Mississipi y del Missouri, se parece a un pueblo francés. El obispo ha elegido residir allí para estar más cerca de las tribus amerindias. Se ha puesto a disposición de las monjas una granja, a la que pronto acuden alumnas y donde se construye una capilla con ocasión de la festividad navideña de 1819. Ingresan en la comunidad algunas postulantas, y la madre Felipa abre sin demora un noviciado, donde propaga el culto al Sagrado Corazón. Bajo su influencia, el obispo dedica al Sagrado Corazón la iglesia que manda construir en Florissant. La madre Sofía había dicho a sus hijas que partían hacia América: «Aunque elevarais únicamente un altar al Sagrado Corazón de Jesús, ello sería suficiente para la felicidad de vuestra eternidad». Entablan conversaciones con los algonquinos y los osages; los iroqueses, sin embargo, influidos por los protestantes ingleses, no resultan accesibles.
Unas alumnas recalcitrantes
En 1821, una viuda rica les ofrece un extenso terreno en Grand Coteau, cerca de Nueva Orleáns. La madre Felipa viaja hasta allí e instala un internado en el que se inscriben diecisiete jóvenes. Esa fundación permitirá recibir a las hijas de familias acomodadas de Nueva Orleáns. A continuación la madre regresa a Florissant, donde el trabajo es difícil porque las alumnas son recalcitrantes y poco inclinadas a cumplir las reglas. En 1823 llega un grupo de once jesuitas belgas, entre quienes está el padre De Smet, que considerará a la madre Felipa como «la santa más grande de Missouri y, sin duda, de todos los Estados de América». Bajo la dirección del padre Van Quickenborne, esos sacerdotes dan un gran impulso a la misión de Missouri. Otras congregaciones misioneras, convencidas por el entusiasmo de monseñor Dubourg, se instalan igualmente en la región, como por ejemplo los Lazaristas.
Creer o no creer en Jesucristo no es indiferente… Quien no conoce al Señor carece de una verdad esencial. «A veces ―escribe el Papa Francisco― perdemos el entusiasmo por la misión al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas» (Exhortación Evangelii gaudium, 2013, núm. 265).
«La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina… cada hombre tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y ha reconciliado a los hombres con Dios… La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres» (Redemptoris missio, núm. 11). Por ello, compete a todo creyente anunciar a Cristo mediante el testimonio de vida y con la palabra (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 904-905). «No se puede ser cristiano sin abrazar el mundo en su ambición, sin desear ardientemente el día en que Cristo congregará a todos los hombres bajo la invocación de su Nombre» (Padre Lacordaire, 1802-1861, Carta a un joven).
El padre Delacroix, párroco de una parroquia próxima a Nueva Orleáns, reitera en 1826 su llamamiento a la madre Duchesne para acometer una fundación en Saint-Michel, no lejos de la gran ciudad. Esa fundación se realiza en unas condiciones de gran pobreza y de confianza extraordinaria en la Providencia Divina. En 1827, la madre Felipa se hará cargo de un centro de las Hermanas de la Cruz en Bayou-la-Fourche, cerca de Saint-Michel, junto a las nueve religiosas de la casa y las nueve internas.
Dolorosa soledad
En 1827 igualmente, el párroco de Saint-Louis ofrece una casa, donde la madre Felipa abre un orfanato, un internado y una escuela externa. Sin embargo, el gran apoyo de la madre que es monseñor Dubourg, enfrentado desde hace mucho tiempo a innumerables dificultades, colmado de amarguras y víctima de traiciones, regresa a Francia y es nombrado obispo de Montauban. La madre siente muy dolorosamente su marcha, pues la deja con un gran sentimiento de soledad: «Ya no nos queda ningún amigo entusiasta salvo Jesucristo ―escribe―, pues cualquier otro apoyo languidece y se aleja de nosotras». En octubre de 1828, a petición de los Jesuitas, la escuela de Saint-Charles vuelve a la vida. Son seis las casas que ahora se escalonan en el valle del Mississipi. La madre Felipa renueva como superiora de las casas de la congregación del Sagrado Corazón en Luisiana. Tiene sesenta años y se resiente de una salud a menudo deficiente. Además, se considera incapaz. Por ello escribe a la madre Barat en la primavera de 1829: «Ya no soy más que un bastón usado que se tira a la primera ocasión… Todo va mal en mis manos. Me veo como un viejo león al que no le quedan medios para actuar y al que todo abruma e incomoda».
En 1834 se encuentra en Florissant… Sus responsabilidades no le impiden pasar, a menudo, las noches junto a los enfermos. También cumple tareas de la vida cotidiana, como reparar ropa, encargarse del corral y de la huerta, sin abandonar por ello la instrucción religiosa. Las alumnas reconocen: «Conseguía que las verdades divinas nos resultaran vivas y reales». Ante todo, respeta la prioridad del Oficio Divino, de tal manera que, nada más oír la campana que anuncia el Oficio, se dirige a la capilla con recogimiento. El amor que manifiesta por su congregación es intenso. Durante el recreo relata a las monjas jóvenes los comienzos del instituto y las obras de la santa madre Magdalena Sofía Barat en los tiempos heroicos de Francia.
En 1840 nombran a una nueva superiora general para las misiones de América. Libre de responsabilidades, la madre Felipa regresa a Saint-Louis para consagrarse sobre todo a la oración. En 1841 consigue, junto a tres compañeras, autorización para abrir una fundación deseada por el padre De Smet, con los potawatomis, un pueblo autóctono de la región del Alto Mississipi desplazado a la fuerza hacia el oeste y parcialmente convertido. Son muchos los que aluden al deterioro de la salud de la madre Felipa, pero el padre jesuita que dirige la misión insiste: «¡Debe venir! Ya no es capaz de trabajar mucho, pero garantizará el éxito de la misión mediante la oración. Su presencia atraerá toda suerte de gracias divinas sobre nuestras tareas». Un centenar de indios a caballo acogen a la madre con entusiasmo, rindiéndole grandes honores hasta la casa de la Misión Santa María de Sugar Creek, fundada en marzo de 1839 por los Jesuitas, en forma de escuela para los potawatomis y de explotación agrícola.
Unos santos amerindios
«Allí hay mestizos ―relatará la madre Felipa― que son santos. También los hay entre los “salvajes”. En esa misión se ve lo que no se ve en otros lugares, hasta tal punto que la fe que allí reina recuerda a los primeros tiempos de la Iglesia… Una vez bautizados, los antiguos paganos dejan las borracheras, los robos y los bandidajes… Los potawatomis se reúnen por la mañana para rezar en grupo, para la Misa y la instrucción, y también hacen en grupo la oración de la tarde». La superiora local relata que la sagrada Hostia, escapándose de las manos del sacerdote, había ido a parar en dos ocasiones a los labios de una pobre mujer. La madre Duchesne observa que el cristianismo transforma no solamente las almas de los indígenas, sino también los rasgos de su fisionomía. Una mujer amerindia narraba que había sido instruida en la religión por la propia Virgen, a la que veía con frecuencia, y las virtudes sublimes de su vida y de su muerte confirmaron la sinceridad de su ingenuo testimonio… Además, un buen “indio” había oído a su ángel de la guarda enseñarle de principio a fin la historia de la Pasión de Cristo. Muy pronto, la devoción a los Corazones de Jesús y de María se extiende a la nación de los cabezas-chatas. Pero hay otras tribus vecinas que aún siguen entregadas a la práctica del canibalismo.
Sin embargo, una vez pasados los primeros momentos de gozo, la evangelización resulta difícil, aunque la valentía de la madre no disminuye, hasta tal punto que sus largas horas de oración contemplativa hacen que los amerindios la llamen «la mujer que siempre reza». «Señor, solo Tú eres el centro donde hallo mi descanso ―dice a Jesús. Dame tu brazo para sostenerme, tus hombros para llevarme, tu pecho para apoyarme, tu Cruz para sostenerme, tu cuerpo para alimentarme… En ti, Señor, duermo y descanso en paz». No obstante, debe renunciar a hacerse entender en la lengua india: «Es difícil y completamente bárbara. Hay palabras interminables de ocho y hasta diez sílabas, sin diccionario, ni gramática, ni libro… ¡No creo poder aprender una lengua semejante!». Su salud no resiste mucho tiempo a la vida dura y al clima helado del lugar, por lo que, a partir de julio de 1842, regresa a Saint-Charles. Allí, su apostolado mediante la oración edifica y anima a sus monjas y alumnas. La Eucaristía le proporciona grandes gracias que traslucen al exterior. Muere en Saint-Charles el 18 de noviembre de 1852 hacia el mediodía, murmurando los nombres de Jesús, María y José. Tiene entonces ochenta y tres años…
«La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia ―escribía el Papa san Juan Pablo II… Es cada vez más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad… Todos los creyentes en Cristo deben sentir como parte integrante de su fe la solicitud apostólica de transmitir a otros su alegría y su luz. Esta solicitud debe convertirse, por así decirlo, en hambre y sed de dar a conocer al Señor, cuando se mira abiertamente hacia los inmensos horizontes del mundo no cristiano» (Encíclica Redemptoris missio, núm. 40). El ejemplo y la intercesión ante Dios de santa Rosa Felipa Duchesne nos ayudarán a anunciar a Cristo, allí donde el Señor nos ha situado.












