12 de Marzo de 2025
Beato Valentín Paquay
Muy estimados Amigos :
El Papa san Juan Pablo II veía en la pobreza voluntaria de la vida religiosa una respuesta a la idolatría del dinero que padece nuestro mundo, marcado por « un materialismo ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza. La respuesta de la vida consagrada está en la profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad » (Exhortación apostólica Vita consecrata, núm. 89). El beato Valentín Paquay abrazó un tipo de vida consagrada basada especialmente en la práctica de la pobreza.
Jean-Louis Paquay nace en Tongres, en el Limburgo belga, el 17 de noviembre de 1828. Tongres es una ciudad antigua dominada por la iglesia de Notre-Dame, del siglo xiii, centro de peregrinación mariana.. El padre del pequeño, Henri, de origen valón, es agricultor; su madre pertenece a una familia local acomodada. Después de casarse, en 1821, regentan una posada en la localidad, lo que les permite vivir con modesto desahogo. Primero ven nacer a tres hijos, que fallecen muy jóvenes a causa de una epidemia, y luego viene una hija, María, y Juan Luis, quien es bautizado el mismo día de nacer. En el hogar Paquay nacerán otros cinco hijos.. La principal preocupación de esos padres profundamente cristianos es la educación religiosa y moral de sus hijos. Juan Luis posee un carácter impetuoso, que procuran reformar, pero que se manifestará incluso a veces cuando sea religioso.
A la edad de cinco años el niño es escolarizado en la escuela municipal de Tongres. Destaca por su aptitud hacia los estudios, pero también por su devoción, docilidad y amabilidad. En 1835, unos padres Redentoristas (miembros de una Orden fundada en 1732 por san Alfonso de Ligorio) acuden a predicar en una misión parroquial de quince días en la iglesia de Notre-Dame de Tongres. Son numerosos los fieles que asisten, escuchando los sermones, participando en las ceremonias y confesándose con los religiosos. Juan Luis se confiesa por primera vez, esperando largo tiempo su turno y dejando pasar sistemáticamente a los adultos. El confesor se da cuenta, le llama y le escucha. Afectado por la gracia, el niño percibe que su vocación es ejercer un ministerio semejante. Una atracción por la oración se manifiesta desde entonces en Juan Luis. Tras una seria preparación toma la primera Comunión en 1840, a la edad de doce años.
En 1845, el adolescente entra en clase de retórica en el seminario menor de Saint-Trond. Asiste asiduamente a los estudios, pero no es un alumno brillante, aunque su devoción y espíritu religioso impresionan en su entorno. En cuanto queda vacante un puesto de monaguillo en Notre-Dame, es designado para ocuparlo. Cada mañana, antes de acudir a clase, ayuda con fervor en una Misa.. Su delicadeza de conciencia degenera en escrúpulo. Más tarde contará que, en aquella época y durante dos meses, llegó a confesarse todos los días.
El escrúpulo es un temor infundado de cometer pecado. En los Ejercicios Espirituales, san Ignacio describe con finura su manifestación: «Llaman vulgarmente escrúpulo al que procede de nuestro propio juicio libre, es a saber, cuando yo libremente juzgo que es pecado lo que no es pecado; así como sucede que alguno después que ha pisado una cruz de paja casualmente piensa con su propio juicio que ha pecado; y éste, propiamente, es juicio erróneo y no verdadero escrúpulo. Después que yo he pisado aquella cruz, o después de que he pensado o dicho o hecho alguna otra cosa, me viene un pensamiento de fuera: “he pecado”; y por otra parte me parece que no he pecado; no obstante, siento en esto turbación, es a saber, en cuanto dudo y en cuanto no dudo; el así descrito es escrúpulo propiamente dicho y tentación que pone el enemigo» (núm. 346-347).
Al ser el verdadero escrúpulo involuntario y espontáneo, se podrá curar no impidiendo que nazca, sino tratándolo con desprecio, «procurando consolidarse en el medio» (Ejercicios de san Ignacio, núm. 350). Con esa finalidad, la obediencia total y confiada en las directrices de un confesor experimentado es una preciosa ayuda y, al menos durante un tiempo, necesaria. De hecho, el escrúpulo se esconde en juicios erróneos que engañan con apariencia de bien, por lo que la ayuda del confesor resulta muy útil para rectificar esos juicios y no dejarse llevar por ellos por caminos nocivos. Además, el sacerdote enseñará poco a poco a su penitente a prescindir de su ayuda. La oración y la renuncia de sí mismo disponen también potentemente a liberarse del escrúpulo.
No hacer las cosas a medias
La oración mariana de Juan Luis es intensa. Un año después de su primera Comunión, a la edad de trece años y después de un sermón, hace voto de castidad perpetua a los pies de Nuestra Señora de Tongres. Es asiduo de los sermones, sobre todo en tiempo de cuaresma en que los hay todos los días, y se emociona especialmente cuando se evoca la Pasión de Nuestro Señor, que suscita en él profundos sentimientos de amor hacia su Salvador. El único defecto de su vida en el seminario menor es su rechazo constante a participar en los juegos de los compañeros, pero su manera de rehusarlo es tan graciosa que nadie se lo tiene en cuenta. Prefiere la lectura y, sobre todo, las visitas al Santísimo. En 1847, la muerte de su padre lo sume en un gran dolor, haciéndolo todavía más serio.. Juan Luis siente en esa época cierto temor de ser llamado a la vida religiosa, y pasa rápidamente los pasajes de los libros espirituales que tratan de ello. Pero el pensamiento de la muerte le hace reflexionar: «¿Tendré ocasión de confesarme en el momento de morir? No lo sé… ¿Cuáles serán entonces mis disposiciones interiores? ¿Dónde moriré? ¿Será en un claustro? ¿Será con el hábito de san Francisco? Un misterio para mí, pero suceda lo que suceda voy a prepararme para la muerte a partir de este momento». De hecho, sus superiores perciben muy pronto en él una vocación religiosa. Así pues, en 1849, una vez conseguida la bendición de su madre, acaba confesando a sus condiscípulos del seminario que desea una vida más austera y más perfecta al servicio de Dios: al día siguiente ingresa en los Franciscanos. Tiene veintiún años. Después de un tiempo de prueba es admitido, junto con otros siete jóvenes, para tomar el hábito, lo que marca el principio del noviciado. Lo realiza en Tielt, cerca de Gante, uno de los centros de la provincia franciscana belga. En sus disposiciones fervientes escribe: «Quien se hace religioso con otro objetivo que el de convertirse en santo es un necio con toda la fuerza del término…», y: «No hay que hacer las cosas a medias… No nos contentemos con una buena voluntad».
«Como expresión de la santidad de la Iglesia ―escribe el Papa san Juan Pablo II―, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del finalidad de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. La vida consagrada anuncia y, en cierto sentido, anticipa el tiempo futuro, cuando, alcanzada la plenitud del Reino de los cielos presente ya en germen y en el misterio, los hijos de la resurrección no tomarán mujer o marido, sino que serán como ángeles de Dios (cf. Mt 22, 30)» (Vita consecrata, 25 de marzo de 1966, núm. 32).
Una enorme responsabilidad
Cuando el 4 de octubre de 1850 profesa sus votos, Juan Luis se convierte en fray Valentín. Antes había escrito una carta a su madre y a sus tías para pedirles perdón por todos los disgustos que había podido ocasionarles; considera, en efecto, el compromiso de los votos religiosos como el principio de una nueva vida que desea abordar con la mayor pureza. Después sigue el curso de filosofía en Rekem, y luego el de teología en Saint-Trond. Dejará en esas casas el recuerdo de un joven religioso sediento de progreso espiritual y de conocimientos útiles para la salvación de las almas. La víspera de su ordenación sacerdotal, aterrado ante la responsabilidad que está a punto de asumir, se esconde. Pero lo encuentran y él acepta convertirse en sacerdote. La ceremonia tiene lugar en Lieja el 10 de junio de 1854. Fray Valentín tiene veintiséis años.
Unos días después lo envían al convento de Hasselt (Bélgica), donde ejercerá su ministerio durante unos cincuenta años. En el mes de agosto recibe los poderes de la confesión (es decir, la autorización de impartir el sacramento de la Penitencia), así como el permiso para predicar, empezando inmediatamente esos ministerios en los que sobresale. Por eso, cuando sus superiores lo envían en 1857 a Thielt, los fieles de Hasselt se muestran disgustados: insisten tanto ante los superiores que les devuelven al padre al cabo de diez meses.. Él mismo recibe la orden y la contraorden con gran espíritu de fe, viendo en ello la voluntad de Dios. Muy pronto, su gran dedicación y su profunda humildad hacen que reciba el sobrenombre de “Heilig Paterke” (el “santo padrecito”).
Le asignan un confesionario en la basílica de Notre-Dame, donde pasa la mayor parte de sus jornadas. Su acogida y su misericordia atraen a la multitud hasta el punto de que, al igual que el Cura de Ars, ese ministerio se convierte en su principal apostolado. Además de su ciencia y de su prudencia, es favorecido con dones sobrenaturales y con cierta aptitud para leer en las almas, liberándolas a veces de un gran peso. Por eso hay siempre una larga cola de espera ante su confesionario. Varios penitentes atestiguan que, en su presencia, se les ha abierto la conciencia como nunca antes. Generalmente es breve y muy reservado en sus admoniciones, pero los penitentes se levantan conmovidos y convertidos. Otras veces es él mismo quien enumera los pecados del penitente como si hubiera estado presente, o bien recuerda algunos pecados olvidados, aunque no como acusador sino siempre con gran discreción; el penitente no se siente ni humillado ni agobiado, sino comprendido y perdonado.
El servidor del perdón
«Cuando celebra el sacramento de la Penitencia ―enseña el Catecismo de la Iglesia Católica―, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador. El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo. Debe tener un conocimiento probado del comportamiento cristiano, experiencia de las cosas humanas, respeto y delicadeza con el que ha caído; debe amar la verdad, ser fiel al magisterio de la Iglesia y conducir al penitente con paciencia hacia su curación y su plena madurez. Debe orar y hacer penitencia por él confiándolo a la misericordia del Señor» (CEC, núm. 1465-1466).
Por su parte, el penitente debe disponerse a recibir la gracia, que nunca actúa sin la libre cooperación de la persona. La primera disposición es la contrición, que es un dolor del alma y una aversión hacia el pecado con la resolución de no volver a pecar. En segundo lugar, la confesión de los pecados al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la Penitencia: en la confesión los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de los que son conscientes tras haberse examinado seriamente, incluso si esos pecados son muy secretos. Sin ser estrictamente necesario, la Iglesia recomienda sin embargo vivamente la confesión de los pecados cotidianos (pecados veniales), pues la confesión regular de nuestros pecados veniales nos ayuda a formar nuestra conciencia, a luchar contra nuestras malas inclinaciones, a dejarnos curar por Cristo y a progresar en la vida espiritual. La absolución elimina el pecado, pero no pone remedio a los desórdenes que el pecado ha causado (cf. CEC, núm. 1451, 1456 y 1458). Para reparar el daño causado por el pecado, el penitente aún debe cumplir algunos actos impuestos por el confesor, que es la satisfacción, llamada también penitencia, que constituye el tercer acto del penitente (cf. Compendio del Catecismo, núm. 303). «Toda la fuerza de la Penitencia ―añade el Catecismo― consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios… Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura (CEC, núm. 1468-1469)».
La disposición del padre Valentín para dirigirse al confesionario no procede de un gusto personal. Como en todo lo demás, sus motivaciones proceden de la fe y la obediencia sobrenaturales. Su principal preocupación son los pecadores más arraigados en el mal o en la ignorancia. Tras confesar durante varias horas, a veces se pone de rodillas para rezar; el padre sacristán, que ha llegado para cerrar la iglesia, lo halla dormido de cansancio en los escalones del altar… También ejerce el ministerio de confesor ordinario o extraordinario de varias comunidades religiosas. En ocasiones hay almas en busca de vocación que se ponen bajo su dirección; esta destaca por su gran discreción. Algunas personas le deben el haber encontrado la luz, y por ello haberse convertido en sacerdotes, religiosos o religiosas. Predica igualmente misiones y retiros espirituales, donde sus oyentes sienten que les transmite el fruto de su oración.. Su ministerio se extiende a los enfermos y a los moribundos. Cuando llaman por la noche al monasterio en busca de un confesor para ayudar a un moribundo, es casi siempre a él a quien solicitan expresamente. Entonces permanece normalmente, tanto de día como de noche, largo tiempo con el enfermo. Un día hablan al padre Valentín de un enfermo que se niega a ver a un sacerdote, pero él se dirige igualmente al domicilio. Pide que le anuncien, solicitando permiso para visitarlo, y sorprendentemente el enfermo acepta. Cuando se marcha, el enfermo está lleno de gozo tras haberse confesado. En 1864 se desencadena una epidemia de viruela en Hasselt. Víctima de su dedicación, el padre es alcanzado por la enfermedad, debiendo permanecer en cama durante cinco semanas. Un fraile que lo ha cuidado diligentemente cae pronto enfermo. Apenas convaleciente, el padre Valentín pide cuidarlo él mismo.
Orar siempre
En sus homilías se muestra apóstol de la devoción por el Sagrado Corazón de Jesús y la Eucaristía. Anima a todos los que puedan a la comunión frecuente, anticipándose a los decretos de san Pío X. Practica de una manera poco habitual el precepto del Señor según el cual hay que orar siempre (Lc 18, 1). Teniendo siempre a mano el rosario o el breviario, reza el uno o el otro en cuanto puede. Cuando se desplaza fuera del convento, nada más franquear la puerta empieza el Rosario, lo que no resulta siempre conveniente para quienes le acompañan y que, a veces, habrían preferido aprovechar la ocasión para conversar con él. El padre Valentín desea abandonar Hasselt para escapar de la veneración que le tienen. Cuando debe alojarse en otro convento siempre busca el último lugar, junto a los hermanos conversos. Lo nombran varias veces vice-guardián de su convento, e incluso guardián (es decir, superior), cargo que ejerce con gran bondad y profunda humildad. En 1890 es elegido visitador de la provincia. Cuando hablan de su santidad, la mayoría de las veces consigue devolver el cumplido con una broma. No obstante, recibe favores extraordinarios que intenta esconder, pero algunos de sus éxtasis tuvieron testigos. Esas gracias extraordinarias no lo desvían de la práctica de la obediencia. En cualquier cosa que haga, en cuanto suena la primera campanada lo interrumpe, viendo en esa llamada la voz de Dios. Cuando predica un retiro espiritual a una comunidad de monjas, obedece a la superiora de la misma manera que a su propio superior. Su obediencia hacia las prescripciones de los médicos es tan perfecta que ellos mismos quedan sorprendidos.
Habiendo entrado en la Orden de san Francisco, que hace especialmente gala de pobreza, el padre Valentín no posee absolutamente nada. En su celda encuentran solamente algunos libros que le son necesarios. Usa la ropa hasta el desgaste completo, y cuando la decencia le obliga a sustituirla, pide recuperar los viejos hábitos que otro fraile ha entregado al ropero. En contrapartida, cuando le piden ejercer de hermano limosnero acepta esa ingrata tarea con gozo. Si alguna vez debe desplazarse a una localidad cercana para oír confesiones, a siete kilómetros, realiza el trayecto a pie. Cuando va a predicar retiros espirituales o misiones lo hace sin maleta, llevando solo el breviario.
La verdadera riqueza
«Antes aún de ser un servicio a los pobres, la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre. Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano. Pero justamente por esto, la pobreza evangélica contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de las cosas» (Juan Pablo II, Vita consecrata, núm. 90). En un discurso sobre la vida económica, el Papa Francisco afirmaba: «El dinero es importante, sobre todo cuando no hay y de eso depende la comida, la escuela, el futuro de los hijos. Pero se convierte en ídolo cuando se convierte en el fin. La avaricia, que no es por casualidad un pecado capital, es pecado de idolatría porque la acumulación de dinero en sí se convierte en el fin del propio actuar… Cuando el capitalismo hace de la búsqueda del beneficio su único fin, corre el riesgo de convertirse en una estructura idolátrica, una forma de culto» (4 de febrero de 2017).
Después de cuarenta años de servicios pastorales en la basílica de Notre-Dame Virga-Jessé, y de diez años en la iglesia Saint-Roch, ambas en Hasselt, el padre Valentín presiente que su fin está próximo. Anuncia incluso a uno de sus penitentes que solo le quedan ocho meses de vida. Padece una bronquitis crónica. El invierno de 1904-1905 es especialmente penoso, pero el padre intenta esconder sus sufrimientos. El 11 de diciembre se dirige todavía a su confesionario, pero sus penitentes se dan perfectamente cuenta de que está agotado. Al día siguiente su estado es tal que no puede levantarse.. A un visitante que expresa compasión afirma: «No es nada; ¡alguna cosa habré de padecer, pues lo he merecido! Las piernas me fallan, es verdad… pero es la voluntad de Dios». El 15 de diciembre recibe los últimos sacramentos. Haciendo un esfuerzo considerable comulga de rodillas, y luego pide perdón a la comunidad por los escándalos que haya podido ocasionar. La mañana del 1 de enero de 1905, temprano, asiste a una Misa celebrada en la enfermería. A mediodía aún contesta a las plegarias del Ángelus; deja de respirar a las 15 horas, a la edad de 76 años. Su sepultura atrae a gran número de peregrinos.. Fue beatificado por san Juan Pablo II en 2003.. Su conmemoración litúrgica es el 1 de enero.
«El padre Valentín Paquay ―afirmaba el Papa san Juan Pablo II― es verdaderamente un discípulo de Cristo y un sacerdote según el Corazón de Dios. Apóstol de la misericordia, pasaba largas horas en el confesionario con un don particular para hacer que los pecadores volvieran al camino recto, recordando a los hombres la grandeza del perdón divino. Poniendo en el centro de su vida de sacerdote la celebración del misterio eucarístico, invitaba a los fieles a acercarse frecuentemente a la comunión del Pan de vida» (Homilía de la beatificación, 9 de noviembre de 2003). Al recurrir regularmente a los sacramentos de Penitencia y Eucaristía, sacaréis agua con gozo de los hontanares de salvación (Is 12, 3) que brotan del Corazón de Jesús.











