Beata Ana de San Bartolomé

1 de Enero de 2025

Beata Ana de San Bartolomé

Muy estimados Amigos :

«Suplico, por el amor de Dios, a quien todavía no hubiera empezado a hacer oración que no se prive de un bien tan grande ―escribe santa Teresa de Jesús. No hay nada que temer en ello, sino esperarlo todo… se llegará a conocer poco a poco la vía del Cielo… No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida, cap. 8; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2709). Mediante su enseñanza sobre la oración y su ejemplo, la santa reformadora del Carmelo formó una multitud de santos y de santas. Una de las primeras fue la beata Ana de San Bartolomé, carmelita entregada al amor a Dios y al prójimo. Su corazón se abrió a todos: grandes y humildes de este mundo, militares y civiles, cardenales y obispos, jóvenes y personas mayores, hombres y mujeres, y principalmente a sus hermanas y hermanos carmelitas.

Beata Ana de San BartoloméAna García y Manzanas nace el 1 de octubre de 1549 en un pueblo de Castilla (España), El Almendral, siendo la sexta de siete hijos. Sus padres son propietarios agrícolas acomodados y muy buenos cristianos. El domingo, antes de Misa, atienden a los pobres. La madre visita a los enfermos, cuidándolos con gran compasión. La familia se reúne con motivo de la Misa diaria, de la lectura de las vidas de los santos y del rezo del Rosario. Cuando muere su madre, en 1558, Ana solo tiene nueve años. Al año siguiente pierde también a su padre, por lo que su hermano y hermana mayores hacen de padres. La situación material de los huérfanos se degrada; Ana se encarga de las ovejas mientras los hermanos trabajan en los campos. Pronto, Jesús hace sentir su presencia a la joven, a la que acompaña en su vida de pastora.

«Tenía una belleza natural, una estatura mediana y un rostro de graciosos rasgos» ―dirá Francisca, prima suya. Cuando Ana alcanza la edad de casarse le presentan al hermano de su cuñado, pero ella no acepta, decidida ya a entregarse a Dios. A sus veinte años confiesa a un sacerdote el deseo secreto de ser religiosa, y este la orienta hacia el Carmelo fundado en Ávila por la madre Teresa de Jesús. Ana cuenta entonces a sus hermanos su aspiración a la clausura, los cuales, a pesar de sus reticencias, terminan aceptándolo; será el primogénito, Hernando, quien la conduce al Carmelo. Sin embargo, hay que esperar el permiso del superior, por lo que Ana debe regresar a El Almendral durante varios meses. Ingresa finalmente en el Carmelo de San José de Ávila a principios de noviembre de 1570, donde puede vivir totalmente por Cristo y entregarse al servicio de sus hermanas.

Ese Carmelo había sido fundado, efectivamente, por santa Teresa en 1562. Doña Teresa de Cepeda y Ahumada (que se convertirá en santa Teresa de Jesús), brillante y hermosa joven de la nobleza castellana, ingresó en 1535 a la edad de veinte años en el monasterio de la Encarnación de Ávila. Habiendo descubierto la práctica de la oración mental, ya no le satisfacía el modo de vida, bastante libre, que llevaba en el monasterio. Tomó también conciencia de los males que aquejaban a la Iglesia de su tiempo: «En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos (por el hecho del protestantismo y de las guerras de religión)… Me dio gran fatiga y… lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Me parecía que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es que, pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que esos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo» (Camino de perfección, cap.. 1). Precisamente con esa perspectiva fundó el Carmelo de San José de Ávila. Las carmelitas siguen íntegramente la Regla primitiva del Carmelo y llevan una vida centrada en la oración. Teresa concede gran importancia a la soledad, a la clausura y al silencio, a fin de que nada distraiga a las hermanas de la búsqueda del Señor. La oración, en efecto, se ve muy favorecida por el silencio.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma incluso: «La contemplación es silencio…, este “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús… La oración contemplativa es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe» (CEC, núm. 2717, 2719).

« ¡ Ve, hija mía ! »

Es en ese Carmelo San José de Ávila, del que la santa fundadora se ausenta con tanta frecuencia, donde Ana ingresa. Pero la quietud de los primeros días desaparece pronto. «El Señor ―dirá― se escondió y permanecí en la oscuridad». Esa prueba durará el tiempo del noviciado. Cuando toma el hábito, la joven recibe el nombre de Ana de San Bartolomé. El convento es pobre y está todavía en obras, así que, cuando los obreros comen, las propias religiosas se ponen manos a la obra y hacen lo que pueden. Sor Ana de San Bartolomé cumple también con las funciones de portera, cocinera y enfermera. El 15 de agosto de 1571 hace su profesión religiosa como hermana conversa, es decir, dedicada principalmente, excepto en los momentos de oración, a las tareas manuales. Entre 1575 y 1577 padece una extraña enfermedad, de tal modo que, agotada por sus numerosas tareas, parece estar próxima a la muerte. Los médicos ignoran cuál es su mal, por lo que los remedios resultan ineficaces. Al regresar a San José de Ávila a finales del mes de julio de 1577, santa Teresa de Jesús la manda llamar, le da ánimos y le ordena que vaya a dar de comer a los enfermos. Ana, que se halla en un estado crítico, obedece y Cristo la reconforta, de tal manera que pronto se siente mejor. La madre le dice: «¡Ve, hija mía, sé buena enfermera… el Señor te ayudará!».

La madre Teresa, que aprecia mucho a sor Ana de San Bartolomé, desea que esté siempre a su lado. En adelante vivirán inseparablemente unidas hasta la muerte de la madre.. Ana arropa con su afecto a la fundadora, le hace compañía y le ayuda con gran prontitud. Afirmará cándidamente que «la madre se sentía perdida sin ella». En su propósito de fundar nuevos monasterios, efectuarán juntas cuatro largos viajes, yendo en carromatos cubiertos con lona para mantener la clausura, tanto en el intenso frío del invierno como en medio del tórrido calor del verano, a lo largo de senderos llenos de escollos, y a pesar de las enfermedades de la madre.

El motivo que impulsa a Teresa de Jesús a fundar monasterios es la compasión por Cristo sufriente en su Iglesia. En su «Relación» del 9 de febrero de 1570 cuenta una gracia divina recibida en el Carmelo de Malagón. El Señor le ha hecho comprender que padece entonces en su cuerpo, que es la Iglesia, grandes sufrimientos. «¿Qué puedo hacer, Señor, para poner remedio a tantos males? ―pregunta la madre. ¡Estoy dispuesta a todo!». Y Cristo le responde enseguida: «No es tiempo de descanso; apresúrate a fundar monasterios; mi gozo es estar cerca de las almas que los habitan». En una época en que el misterio de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía es especialmente rechazado, por influencia del protestantismo, Teresa arde en deseos de ver cómo se levantan nuevos conventos donde será honrado el Santo Sacramento. Su visión del infierno y la consideración de la pérdida de las almas mueven también a la madre a realizar fundaciones, con la finalidad de rezar por la salvación de los pecadores.

Cuatro viajes con una santa

El primer periplo de las dos monjas se extiende desde junio a noviembre de 1579: van a Medina, Valladolid, Alba de Tormes y Salamanca, y luego regresan a Ávila. En Salamanca, según el deseo de la madre Teresa, Ana vuelve a trabajar la escritura, que había aprendido en su infancia, tomando como modelo el de la propia santa. También desempeña el oficio de secretaria, copiando las cartas de la madre, y luego perfeccionando cartas dictadas apresuradamente. El segundo viaje va desde noviembre del mismo año hasta julio de 1580: visitan la comunidad de Malagón y emprenden la nueva fundación de Villanueva de la Jara. En el transcurso del tercer viaje, a partir del mes de agosto de 1580 hasta septiembre de 1581, van a Medina y Valladolid, y después acometen las fundaciones de Palencia y de Soria. El cuarto viaje, de enero a octubre de 1582, es el último de la madre Teresa: Medina del Campo, Valladolid y Palencia hasta llegar a Burgos, donde fundan un monasterio, el 26 de enero de 1582, tras un viaje muy penoso. La madre está muy enferma. Apenas terminada la fundación de Burgos, la casa se ve inundada bruscamente por una gran crecida del río vecino, y las monjas escapan por poco de la muerte. El 26 de julio emprenden el camino de regreso a Ávila, por Valladolid y Medina. Allí, el padre Antonio de Jesús les impone ir a Alba de Tormes, donde llegan el 20 de septiembre.. Dos semanas más tarde, la madre Teresa entrega su alma a Dios.

«La tarde del 3 de octubre de 1582 ―relata sor Ana―, el padre Antonio de Jesús fue a visitar a la fundadora y, al ver que yo no descansaba, me pidió que fuera a comer algo. Y después de haberme marchado, la santa no se apaciguaba y miraba a un lado y a otro de la habitación. Y el padre le preguntó si quería que yo estuviese a su lado, y ella dijo gesticulando que sí y me llamaron.. Y al llegar, en cuanto me vio se puso a sonreír, y me manifestó tanto agradecimiento y amor que me tomó las manos y puso su cabeza entre mis brazos; y así quedó, abrazada, hasta que expiró, y yo estaba más muerta que la misma santa».

Un ardiente celo

Ana regresa a Ávila el 3 de noviembre de 1582. La madre María de San Jerónimo, prima de la madre Teresa, es elegida priora. Un día la madre fundadora se aparece a sor Ana y le afirma que puede pedirle lo que desee. «Os pido ―responde esta― el espíritu de Dios: que siempre esté en mi alma». Nueve años más tarde, en 1591, la madre María de San Jerónimo es elegida priora en Madrid durante tres años, llevando consigo a sor Ana de San Bartolomé. Fiel a su vocación de servicio, esta se las ingenia para dar alegría y apoyo a todas las hermanas, obrando paz en la comunidad de Madrid. Las dos religiosas vuelven a Ávila en septiembre de 1594, pero enseguida parten para una fundación a Ocaña, donde permanecen tres años. Los cuatro años siguientes los viven en Ávila, mientras esperan realizar una fundación en Francia. El corazón de sor Ana, que ha heredado el celo apostólico de la fundadora por la salvación de las almas, arde de preocupación por las que se pierden en Francia.

La señora Acarie, una mujer mística madre de seis hijos, acostumbra a reunir en su mansión de París a hombres y mujeres, entre los cuales hay damas importantes de la corte y universitarios deseosos de practicar una espiritualidad exigente. Desde 1601, la señora Acarie lee los escritos de santa Teresa. Una aparición de esta la hace comprender que ha sido llamada para fundar un Carmelo en Francia, pero para que ese nuevo Carmelo posea el espíritu de la santa es preciso ir a buscar en España a monjas que hayan conocido a la fundadora. Pierre de Bérulle, que está desde el principio en el Oratorio de Francia, se involucra mucho en la realización de esa fundación, así como Michel de Marillac, que será ministro de Justicia en 1626; las gestiones necesarias prosiguen durante varios años, aunque con muchas dificultades, ya que las relaciones entre Francia y España son tensas. Además, los padres carmelitas se muestran reticentes a dejar partir a las hermanas, por lo que será necesaria una intervención del nuncio apostólico para vencer el rechazo del padre general.

El 17 de octubre de 1604, seis monjas carmelitas españolas llegan a París: Ana de Jesús, Isabel de los Ángeles, Beatriz de la Concepción, Leonor de San Bernardo, Isabel de San Pablo y una hermana de velo blanco (es decir, conversa) llamada Ana de San Bartolomé. Se les ha preparado un lugar adecuado en el priorato Notre-Dame-des-Champs. Pronto, siete aspirantes francesas toman el hábito y siguen las enseñanzas de las españolas, impresionadas por su santidad y cualidades humanas. Ana de San Bartolomé se dedica inmediatamente al humilde servicio de la cocina. Su ideal es la obediencia, y escribirá: «No tenemos nada mejor que ofrecer a Dios que la voluntad. Hace el mismo caso a las pequeñas cosas hechas por obediencia que a las grandes, pues no mira la grandeza de ello, sino el amor que se aporta y la renuncia de sí mismo».

El profundo silencio

Poco después, reconociendo los méritos y las capacidades de sor Ana de San Bartolomé, los superiores de la Orden la obligan a pasar del estado de hermana conversa al de hermana de coro (algo que la madre Teresa ya había deseado en vida, pero que sor Ana había rechazado para permanecer en el estado más humilde). Es designada entonces priora de un monasterio que se funda en Pontoise en enero de 1605. Ana se entrega por entero a la enseñanza del catecismo teresiano, especialmente mediante la práctica del silencio, y escribe: «Veamos en Su Majestad (Dios) una cosa que hay que admirar entre todas sus otras acciones: el profundo silencio con el que obraba todos los misterios de nuestra Redención. Siguiendo su ejemplo, guardemos nuestro silencio por su amor. Hagamos nuestras obras solo por Él, en silencio; es lo que más importa. El mismo Nuestro Señor dice que hablará en secreto a los humildes de corazón». Y añade: «¡Oh, bendito silencio! Con ese silencio, Señor, gritáis y trasmitís vuestra enseñanza en el mundo entero, y en ese silencio, antes que en los libros y en el estudio, toman la Sabiduría los que os aman. El Señor se ha hecho por nosotros Fuente de agua viva para que no perezcamos en el océano de las tribulaciones. Sin la fe no podemos avanzar en la vía maestra de los misterios de Dios. La fe nos abre los ojos y nos guía. Donde no hay fe no hay luz ni camino que conduzca al Bien».

Pero el 5 de octubre siguiente es elegida priora de la comunidad de París. Se aleja de Pontoise a las dos de la madrugada, en el más absoluto secreto y disfrazada para que nadie de la comunidad ni de la ciudad le impida partir. Si bien su nueva comunidad solo cuenta con una religiosa que haya profesado, sí tiene numerosas novicias.. La madre Ana se consagra por entero a la tarea de establecer una familia enardecida del amor de Cristo. Con gran satisfacción por su parte, se instaura una hermosa fraternidad, a pesar de la dificultad de la lengua. Desea vivir bajo el gobierno de los padres carmelitas, pero no se le permite. Pronto, Pierre de Bérulle se inmiscuye en la vida de la comunidad y siembra la discordia involuntariamente, al no dejar que la priora ejerza su función. La madre Ana sufre intensamente por ello. El 18 de mayo de 1608 la envían a Tours para fundar un Carmelo. En esa ciudad la situación social y religiosa es diferente de la de París. Si bien es verdad que el monasterio se libra de las influencias del señor de Bérulle, son numerosos los protestantes que, no apreciando nada la llegada de las carmelitas, hablan mal de ellas. Pero la madre Ana consigue dar un vuelco a la situación, haciéndose respetar y consiguiendo incluso algunas conversiones. «Esas teresianas que no apreciamos ―se murmura― nos convertirán a todos a la fe». El trabajo realizado en Francia por la madre Ana de San Bartolomé es considerable, hasta el punto de que el editor de las cartas del cardenal de Bérulle afirme de ella que «merece, en la historia de la restauración católica en Francia, un lugar que los historiadores todavía no le han concedido».

La madre Ana escribe numerosas cartas, siempre espontáneas y sencillas, llenas de desbordante afectividad, pero también de una destacada prudencia.. En ellas se muestra siempre preocupada por los demás, especialmente por la salud, pues no soporta verlos sufrir; muchas de esas cartas manifiestan su deseo de transmitir ánimo y alegría. Ana es una mujer llena de vida y que, como ella misma dice, no permite a nadie estar triste.

El amor y el ejemplo

Con el paso del tiempo, la madre Ana de San Bartolomé acaba abandonando toda esperanza de vivir bajo la jurisdicción de los padres carmelitas en Francia, ya que Pierre de Bérulle lo impide. Por sugerencia de los carmelitas de los Países Bajos y con la autorización del padre general, parte para Amberes, en Flandes, por entonces bajo soberanía española. El 6 de noviembre de 1612 se produce la fundación, con extrema pobreza pero con inmensa confianza en la Providencia, a la manera de santa Teresa. Tres años más tarde, la pequeña comunidad se desplaza para constituir su convento definitivo. La madre pone en práctica la pedagogía teresiana, exigiendo pureza y sencillez, obediencia y total apertura. «Si se las conduce (a las novicias) con prudencia y amor ―escribe―, se conseguirá que tomen las amarguras por dulzuras. Es bueno hablarles con franqueza y decirles a veces nuestras propias faltas o algunas de nuestras tentaciones, para animarlas a confesar las suyas. Cuando se enseña la virtud con palabras, si las obras no se ven se enseña mal.. Toda la exigencia de la vida religiosa puede mostrarse mejor mediante el amor y el ejemplo que con el rigor y las amenazas». Por otra parte, la Regla declara: «La priora empleará la ley de la dulzura, y solamente hará uso de rigor y severidad en circunstancias excepcionales». Con ese espíritu, la madre gusta de hacer esta oración: «Señor, si debéis castigarme, prefiero que sea a causa de demasiada dulzura que por demasiado rigor». Sin embargo, no le falta la firmeza requerida cuando se trata de la clara voluntad de Dios. Ella misma vive de forma austera y duerme unas tres horas por la noche, pero esas mortificaciones tienen como objetivo la humildad: «La mortificación exterior no os servirá ―afirma a sus hermanas― si no está regulada por la humildad y la mortificación interior… Caminemos en el temor de Dios y en la santa humildad. Pues los errores cometidos por pura debilidad, Dios los perdona enseguida, pero la tibieza en amor, sobre todo si es persistente, le desagrada mucho».

Cuando llega la madre Ana, Flandes goza todavía de la paz. En efecto, la “guerra de los Ochenta Años” (1568-1648), insurrección de una parte de los neerlandeses (particularmente los protestantes) contra el rey católico de España, soberano de los Países Bajos, ha sido interrumpida por una tregua de doce años establecida por el tratado de Amberes (1609). Con el final de la tregua se retoman las hostilidades.. Durante la noche del 13 al 14 de octubre de 1624, la ciudad de Amberes sufre un ataque marítimo inesperado por parte de los protestantes. A pesar de ser de noche, la priora reúne a sus hermanas para rezar, y he aquí que una tempestad acaba dispersando los navíos y arruinando los planes del agresor. Todos atribuyen esa liberación a las plegarias de Ana de San Bartolomé.

Durante los dos últimos años de su vida, la madre padece varias enfermedades. El 7 de febrero de 1626, cuatro meses antes de morir, tiene una visión de la Santísima Trinidad. Algunas damas de la corte acuden a visitar a la enferma, quien, confusa por ese exceso de consideraciones, se dirige al Señor: «¿Cómo podéis soportar que una pobre carmelita provoque tanto ruido? ¡No, Señor, no lo permitáis; llevadme con vos sin ruido ni alboroto! ¡Una pobre carmelita no debería hacer tanto ruido a su muerte!». El 7 de junio, domingo de la Santísima Trinidad, su muerte pilla desprevenidos a sus amigos y a los nobles de la corte. La madre Ana tiene setenta y seis años.

La madre Ana de San Bartolomé fue beatificada por el Papa Benedicto XV el 6 de mayo de 1917. ¡Pidámosle que nos conceda la fidelidad a la oración diaria, así como un gran celo por la salvación de las almas!

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