San José Hernández Cisneros

17 de diciembre de 2025

San José Hernández Cisneros

Muy estimados Amigos :

«¡Ha muerto un santo!» –exclaman conmocionados los habitantes de Caracas (Venezuela) ante el anuncio del fallecimiento accidental del doctor José Gregorio Hernández Cisneros, el 29 de junio de 1919. Los funerales de ese médico son triunfales, pues constan en primera página en los periódicos y atraen a las autoridades civiles, científicas y religiosas, así como a varios miles de personas. Adelantándose al veredicto de la Iglesia, las multitudes le rezan para obtener favores; su sepultura se convierte en un lugar de peregrinación y, ante el testimonio de numerosos milagros, su fama de santidad no deja de crecer. Se establece un culto popular, sea mediante la veneración de estatuas con su efigie, sea mediante novenas; incluso se extiende más allá de la Iglesia Católica.

San José Hernández CisnerosEl alcance de esa veneración insta a las autoridades de la Iglesia Católica a iniciar, en 1949, el proceso canónico para una eventual beatificación. El 16 de enero de 1986, el Papa Juan Pablo II declara venerable al doctor Hernández Cisneros. A partir de 2018, relacionada con una curación atribuida al venerable, se lanza una investigación canónica. Una niña venezolana de 10 años, Yaxury Solórzano, ha sido alcanzada en la cabeza por una ráfaga de escopeta de perdigones, durante un robo en la casa de su padre en marzo de 2017. Trasladada urgentemente al hospital de San Fernando de Apure por una herida en el cráneo, se somete a una operación en neurocirugía, retirándosele una parte del hueso craneal parietal. Ha salvado la vida, pero según los médicos las consecuencias neurológicas serán catastróficas. Durante la intervención, la madre de la pequeña implora con fervor la intercesión ante Dios del doctor José Gregorio Hernández; inmediatamente siente su presencia, nota una mano en el hombro y oye una voz: «¡Tranquila, que todo irá bien!». Unos días después de la operación, contra toda esperanza, la niña recupera de forma sorprendente y sin ninguna secuela todas sus facultades neurológicas. El 9 de enero de 2020, la junta médica de la Congregación para las Causas de los Santos reconoció esa curación como inexplicable para la ciencia; el Papa Francisco declaró como auténtico ese milagro y firmó, el 19 de junio de 2020, el decreto de beatificación de José Gregorio Hernández Cisneros. Ya fue canonizado por el Papa León XIV el 19 de octubre de este año.

José Gregorio Hernández Cisneros nace el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, una localidad del estado de Trujillo en Venezuela, siendo el primogénito de seis hermanos y hermanas.. Por parte de madre, José Gregorio pertenece a la familia del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), que fue el confesor de Isabel la Católica, reina de Castilla y de España (1451-1504), y el fundador de la Universidad de Alcalá; por la vía paterna es pariente del santo hermano Miguel Cordero Muñoz (1854-1910), Hermano de las Escuelas Cristianas, educador y escritor ecuatoriano. José Gregorio es bautizado tres meses después de su nacimiento, el 30 de enero de 1865.

El padre de familia gestiona una farmacia-droguería. «Mi madre me enseñó la virtud desde la cuna –afirmará José Gregorio–, me hizo crecer en el conocimiento de Dios y me dio la caridad como guía». El Papa Francisco comenta: «Estemos atentos: son las madres las que transmiten la fe. La fe se transmite en dialecto, es decir con el lenguaje de las madres, ese dialecto que las madres saben hablar con los hijos. Y a vosotras madres: estad atentas en el transmitir la fe en ese dialecto materno» (Audiencia general del 13 de septiembre de 2023). A los tres años de edad, como se acostumbra entonces, José recibe el sacramento de la Confirmación. A la edad de ocho años muere su madre. Después de avanzar correctamente en su escolaridad, desea estudiar derecho, pero su padre le sugiere que se oriente más bien hacia la medicina; José Gregorio lo considerará como una vocación. Así pues, deberá trasladarse a la capital, Caracas. Para él, que jamás ha abandonado su pueblo natal, supone un largo viaje, a lomos de una mula y después en barco y en tren, en un país que acaba de salir de un período de guerra civil..

Es escolarizado, entre 1878 y 1882, en el colegio Villegas, dirigido entonces por su fundador, el doctor Guillermo Tell Villegas; este y su esposa se convierten pronto en sus amigos. El alumno tiene el aprecio de sus profesores y consigue buenos resultados. A los diecisiete años obtiene el bachillerato en filosofía. Se matricula entonces en la Universidad Central de Venezuela (UCV) para iniciar los estudios de medicina. Las valoraciones de sus profesores son elogiosas: buena conducta, aplicación, asistencia regular a las clases y éxito en los exámenes. Además de ser sobresaliente en gran parte de las asignaturas, estudia lenguas y llega a hablar inglés, alemán, francés, italiano y portugués; también tiene un buen conocimiento de latín. Obtiene el doctorado en medicina el 29 de junio de 1888, tras desarrollar ante el rector de la Universidad y un tribunal examinador cuestiones relacionadas con las enfermedades bacterianas: un campo en el que su profesión médica se concentrará más tarde, pues será considerado como el fundador de la bacteriología en Venezuela..

«Mi puesto no está aquí»

El doctor Dominici, rector de la Universidad, ofrece ayuda económica a José Gregorio, ya médico, para que abra un gabinete médico en Caracas. «Apreciado doctor Dominici –le responde–: agradezco mucho su propuesta, pero tengo el convencimiento de que mi puesto no está aquí. Debo regresar a mi pueblo. En Isnotú no hay médico, y allí es donde debo ir, allí es donde mi propia madre me pidió que regresara para aliviar el dolor de las pobres gentes de nuestra tierra. Ahora que soy médico me doy cuenta de que mi sitio está entre los míos». Así pues, regresa a Isnotú en agosto de 1888, cuando tiene veinticuatro años. El 18 de septiembre escribe a su amigo: «He recibido una buena acogida de mis pacientes, pero aquí es difícil curar a la gente, porque hay que luchar contra muchos prejuicios fuertemente arraigados: creen en algunos remedios consistentes en pronunciar ciertas frases. La clínica es muy pobre: todo el mundo sufre de disentería… Las terapias aún son más deplorables…».

Un año después se desplaza a los tres estados de Venezuela (Trujillo, Mérida y Táchira), donde intenta en vano establecer un centro a partir del cual podría expandirse. De regreso a Isnotú encuentra una carta de uno de sus antiguos profesores, el doctor Calixto González, informándole de que lo ha recomendado al gobierno para la concesión de una beca de estudios en Europa. En efecto, ante la penuria de médicos dedicados a la investigación experimental, el presidente de la República, Juan Pablo Rojas Paúl (1826-1905, presidente de 1888 a 1890) ha decretado que un joven médico venezolano sería enviado a Francia durante el año 1889.. A continuación, debería regresar a Caracas y beneficiar al país con su ciencia adquirida. Ávido de conocimientos y de mente inquisitiva, José Gregorio demuestra ser un investigador de vocación, pues posee todas las disposiciones deseables para sacar provecho de ese viaje de estudios.

Nada más llegar a París en noviembre de 1889, José Gregorio se dedica a la investigación en el laboratorio de Charles Richet (premio Nobel en 1913), profesor de fisiología experimental en la Facultad de Medicina. Se interesa especialmente por los trabajos de Mathias Duval, especialista en histología de bacteriología y en embriología. Por otra parte, se pone en contacto con obras cristianas sociales como la Sociedad de San Vicente de Paúl fundada por el beato Federico Ozanam y sus amigos. Deseoso de conocer las innovaciones científicas alemanas, se dirige a Berlín antes de volver a Venezuela. José Gregorio es nombrado entonces, a sus veintiséis años, profesor en la Universidad de Caracas; a petición del gobierno, hace venir de Europa a varios médicos para el hospital de Vargas. En 1890 participa en la fundación de una escuela de enfermeras. Al año siguiente, tras un nuevo viaje a Europa, inaugura, como titular, la cátedra de histología, así como la de fisiología experimental en la Universidad de Caracas. Funda también la primera cátedra de bacteriología de América. El gobierno le concede una ayuda económica importante para que pueda adquirir el material necesario y las obras esenciales sobre esas nuevas materias. Sin embargo, su penoso trabajo de pionero colisiona a veces con incomprensiones.

Unas obras científicas

El joven profesor introduce en Venezuela el uso del microscopio, instrumento indispensable para la investigación; consigue igualmente otros aparatos científicos, en particular para el estudio de la microbiología. En 1893 escribe varios artículos en la Gaceta Médica, y en 1906 publica Elementos de Bacteriología, obra clasificada por los expertos como un prodigio de concisión y de claridad. Publicará además once obras científicas (otras dos permanecerán inéditas) y, entre 1907 y 1912, cinco obras literarias. Por temperamento y por inclinación, José Gregorio es un filósofo profundo, pero también un artista de refinada sensibilidad. De carácter reflexivo y dotado de un delicado sentido crítico, se preocupa por los grandes problemas del hombre. En sus Elementos de Filosofía (1912) expone su visión del mundo y de las relaciones de los hombres entre ellos y con Dios.

Como católico activo a nivel local y nacional, José Gregorio entra en la Tercera Orden Franciscana el 7 de diciembre de 1899, en el seno de la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Caracas. Su vida privada y profesional está impregnada por completo del espíritu de san Francisco. Es paciente y pobre en todo, y se dedica a ver y a servir a Jesús en cada persona. La “Tercera Orden” fue fundada por san Francisco de Asís en 1221 para los laicos de ambos sexos que quisieran vivir en lo posible de su espiritualidad, pero permaneciendo en el mundo; los sacerdotes diocesanos también pueden formar parte de ella. Entre los miembros ilustres de esa tercera orden está el rey san Luis de Francia y varios papas, entre ellos León XIII. Esos “terciarios” se dedican a alimentar su vida de oración mediante el estudio de las verdades de la fe, así como a obtener, con gran devoción hacia la Pasión de Cristo, un amor concreto del prójimo. Esa institución ha servido de modelo para otras asociaciones de laicos dependientes de órdenes religiosas.

La intimidad con Dios

«¿De dónde le venía a José Gregorio todo este entusiasmo, todo este celo? ―pregunta el Papa Francisco. Venía de una certeza y de una fuerza. La certeza era la gracia de Dios. Él escribió que “si en el mundo hay buenos y malos, los malos lo son porque ellos mismos se han hecho malos: pero los buenos no lo son sino con la ayuda de Dios” (27 de mayo 1914). Y él era el primero en sentir la necesidad de gracia, que mendigaba en las calles y tenía necesidad extrema del amor. Y esta es la fuerza a la que recurría: la intimidad con Dios. Era un hombre de oración –está la gracia de Dios y la intimidad con el Señor–, era un hombre de oración que participaba en la Misa» (13 de septiembre de 2023).

José Gregorio respondía al amor gratuito de Dios, quien nos ha creado y nos llama a ejercitar la virtud de la fe. «El Concilio Vaticano II –escribía san Juan Pablo II– enseña que “cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe” (Constitución Dei Verbum, núm. 5). Con esta afirmación breve pero densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo. Se dice, ante todo, que la fe es la respuesta de obediencia a Dios. Ello conlleva reconocerle en su divinidad, trascendencia y libertad suprema. El Dios, que se da a conocer desde la autoridad de su absoluta trascendencia, lleva consigo la credibilidad de aquello que revela. Desde la fe el hombre da su asentimiento a ese testimonio divino. Ello quiere decir que reconoce plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante… Por esto el acto con el que uno confía en Dios siempre ha sido considerado por la Iglesia como un momento de elección fundamental, en la cual está implicada toda la persona… En la fe, pues, la libertad no sólo está presente, sino que es necesaria. Más aún, la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad.. Dicho con otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios… La persona, al creer, lleva a cabo el acto más significativo de la propia existencia; en él, en efecto, la libertad alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma» (Juan Pablo II, encíclica Fides et ratio, 14 de septiembre de 1998, núm. 13).

En 1907, José Gregorio decide orientarse hacia la vida religiosa. Después de haber consultado al arzobispo de Caracas, monseñor Juan Bautista Castro, escribe al Prior de la Cartuja de Farneta, cerca de Luca, en Italia (los Cartujos, monjes puramente contemplativos, fueron fundados en el siglo xi por san Bruno). Tras ser recibido en el noviciado, José Gregorio toma el nombre de fray Marcelo. Pero al cabo de unos meses contrae una enfermedad tan grave que el prior considera preferible enviarlo de vuelta a Venezuela para que se restablezca. De regreso a Caracas en abril de 1909, es admitido en el seminario Santa Rosa de Lima; sin embargo, el deseo de la vida monástica permanece anclado en su alma. Tres años más tarde se dirige al Colegio Pío-Latino-Americano de Roma, para seguir los cursos de teología. Considera que el sacerdocio es «la cosa más grande que existe en la tierra». No obstante, de nuevo, una afección pulmonar le obliga a regresar a su país natal..

Curar y proteger

El 14 de septiembre de 1909, José Gregorio es nombrado profesor titular de la cátedra de anatomía patológica, ciencia que consiste en identificar diversas enfermedades examinando pequeñas muestras a simple vista o al microscopio, lo que permite diagnósticos de gran precisión. Para ello tendrá que cooperar en la fundación de un laboratorio de análisis asociado con los servicios del hospital Vargas; se hará cargo de ello hasta 1911. Allí impulsa la investigación y la enseñanza en materias médicas importantes, de las que es el único especialista. Es considerado también el introductor en el país de la aplicación de la química y de las matemáticas en las disciplinas biológicas y fisiológicas. Entre los grandes profesores de medicina, destaca como un docente excepcional, pues inaugura una enseñanza verdaderamente científica y pedagógica, basada en la observación de los fenómenos vitales y de las pruebas de laboratorio. Forma una escuela de investigadores que desempeñarán un papel muy importante en la medicina del país, entre los cuales se halla Rafael Ragel, el fundador de la parasitología. Las aplicaciones de las experiencias de José Gregorio se orientan hacia la finalidad suprema de la medicina, que no es otra que curar las enfermedades y proteger la vida que se recibe de Dios.

En nuestros días –como afirmaba el Papa san Juan PabloII–, «En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no solo se ha alejado de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relación con la visión metafísica y moral. Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su interés la persona y la globalidad de su vida» (ibíd., núm. 46).

A finales de 1912, el gobierno dictatorial del general Juan Vicente Gómez decreta el cierre de la Universidad, que se ha mostrado hostil a su régimen. En 1914 y 1915, con Inocente Carvallo, el doctor Hernández imparte clases de medicina en privado sin remuneración en el Colegio Villavicencio. Durante el tiempo libre ejerce en un gabinete médico privado, disponiendo además de una sala de consulta en su domicilio. Entre 1915 y 1917, cuando la Universidad reabre sus puertas, participa en la restauración de la enseñanza médica. En 1917 realiza un nuevo viaje científico a los Estados Unidos, y después a Madrid. Tras su regreso al año siguiente, es el primero en enseñar a sus estudiantes cómo se mide la presión arterial. Pone fin a su docencia universitaria en enero de 1918, pero retoma el servicio, como simple médico, con motivo de la pandemia de gripe española de 1918-1919.. Continúa también curando gratuitamente a los pobres, comprándoles personalmente, si es preciso, medicamentos que necesitan.

En el transcurso de la audiencia general del 13 de septiembre de 2023, el Papa Francisco afirmará: «José Gregorio era un hombre humilde, un hombre gentil y disponible. Y al mismo tiempo estaba movido por un fuego interior, por el deseo de vivir al servicio de Dios y del prójimo. Impulsado por este ardor, en varias ocasiones trató de hacerse religioso y sacerdote, pero varios problemas de salud se lo impidieron. Pero la fragilidad física no lo llevó a cerrarse en sí mismo, sino a convertirse en un médico aún más sensible a las necesidades de los demás… Este es el verdadero celo apostólico: no sigue las propias aspiraciones, sino la disponibilidad a los designios de Dios. Y así el beato comprendió que, a través del cuidado de los enfermos, pondría en práctica la voluntad de Dios, socorriendo a los que sufren, dando esperanza a los pobres, testimoniando la fe no de palabra sino con el ejemplo. Llegó así a acoger la medicina como un sacerdocio».

En contacto con Jesús, que se ofrece para todos en el altar, en la Misa, José Gregorio se siente llamado a ofrecer su vida por la paz, en un momento en que el primer conflicto mundial está en curso.

El 29 de junio de 1919, un amigo que le visita lo encuentra muy feliz. En efecto, José Gregorio se ha enterado de la firma del tratado de paz que pone fin a la guerra. Su ofrenda –piensa– ha sido acogida, y presiente que su tarea en la tierra ha terminado. Esa mañana, como de costumbre, asiste a Misa y después entra en una farmacia para comprar medicamentos para un enfermo. Al cruzar la calle, a la salida del establecimiento, es atropellado por un vehículo; trasladado al hospital, recibe la Extremaunción y muere tras haber murmurado: «¡Oh, Virgen Santa!». Tiene cincuenta y cuatro años de edad. Mientras recibía los últimos sacramentos, la madre Candelaria de San José, religiosa fundadora de Orden, que será declarada beata en 2008 por san Juan Pablo II, hospitalizada en el mismo centro y advertida del accidente, rezaba por él. Su viaje terrenal acaba de ese modo, cumpliendo una obra de misericordia, y en un hospital donde había hecho de su labor de médico una obra maestra de competencia y de caridad..

Estrella polar

«Verdaderamente la caridad fue la estrella polar que orientó la existencia del beato José Gregorio –decía el Papa Francisco–: persona buena, de carácter alegre, estaba dotado de una fuerte inteligencia; se hizo médico, profesor universitario y científico. Pero sobre todo fue un doctor cercano a los más débiles, hasta el punto de ser conocido en la patria como “el médico de los pobres”. Cuidaba a los pobres, siempre. A la riqueza del dinero prefirió la del Evangelio, gastando su existencia para socorrer a los necesitados. En los pobres, en los enfermos, en los migrantes, en los que sufren, José Gregorio veía a Jesús. Y el éxito que nunca buscó en el mundo lo recibió, y sigue recibiéndolo, de la gente, que lo llama “santo del pueblo”, “apóstol de la caridad”, “misionero de la esperanza”» (13 de septiembre de 2023).

¡Que el beato nos enseñe a ejercer todos los actos de nuestras jornadas a la luz del Evangelio! Entonces, nuestro prójimo podrá percibir la acción de Dios en los acontecimientos, y llegar a conocer a Cristo, único Salvador. «Que el Trono de la Sabiduría, que es María, sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría» (san Juan Pablo II, Fides et ratio, núm. 108).

Beato Clemens-August von Galen

Beata Conchita Cabrera de Armida

Beato Miguel Pro

Beato Enrique Suso