Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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9 de mayo de 2019
fiesta de san Pacomio


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El 25 de agosto de 1845, un joven misionero que aún no es sacerdote, ni siquiera diácono, se presenta ante Monseñor Provencher, obispo de los territorios del Gran Norte, en Canadá: «¡Subdiácono! ¡Pero lo que yo necesito son sacerdotes! —exclama el prelado… —¡Me mandan niños, pero lo que necesito son hombres!». A ese “niño” al que dirigía esa fría acogida, Monseñor Provencher confiará muy pronto su inmensa diócesis. Será el principio de la evangelización del Norte canadiense por los Oblatos de María Inmaculada (OMI), conocida con el nombre de Epopeya blanca.

Alexandre Antonin Taché es el tercer hijo de Charles Taché y de Louise de la Broquerie. Por parte de padre, es del linaje de Louis Joliette (1645-1700), el explorador del Mississippi; por parte de madre, está emparentado con la venerable Marguerite d’Youville, fundadora de las Hermanas Grises, que fueron la providencia de los huérfanos del Norte. Alejandro nace el 23 de julio de 1823 en Fraserville, en Quebec, recibiendo el bautismo ese mismo día. El señor Taché muere en 1826, dejando a su esposa viuda con veintiocho años. Ella no volverá a contraer matrimonio y educará a sus hijos en Boucherville, en casa de sus padres, con la ayuda de uno de sus hermanos que es soltero. En 1832, la familia se establece en la finca de Sabrevois, donde la madre mantiene su gran cultura mediante el estudio regular; de ese modo, en medio de una vida apacible y piadosa, inicia a sus hijos en la botánica, la astronomía, la historia y la filosofía.

La influencia de una mirada

En septiembre de 1833, Alejandro ingresa como interno en el colegio San Jacinto, uno de los seminarios menores donde reciben educación los jóvenes quebequeses. Alejandro es un alumno brillante y, además, un camarada lleno de entusiasmo. Termina sus estudios de filosofía a los dieciocho años, antes «de tomar al Señor como la parte de su herencia y de su copa» (cf. Sal 16 [15], 5), en el seminario mayor de Montreal. El obispo de esa ciudad, Monseñor Bourget, acaba de regresar de la vieja Francia en compañía de seis misioneros oblatos de María Inmaculada, que ha conseguido del fundador de la congregación, Monseñor Eugène de Mazenod, obispo de Marsella, en calidad de colaboradores. La mirada del joven seminarista se fija en esos misioneros: «Son miradas que influyen intensamente en toda una existencia —dirá—; las que deposité en los padres Honorato y Telmo contribuyeron mucho a la dirección de mi vida». Descubre en ellas, en efecto, una llamada a hacerse también él oblato. En 1844, mientras imparte matemáticas en Saint-Hyacinthe, a la vez que estudia teología, confiesa su proyecto a su madre, quien consiente con fe, pero, después de que su hijo ingrese en el noviciado de Longueuil, cae gravemente enferma. Para conseguir la curación de su madre, el novicio hace voto de servir en las misiones del Gran Noroeste, las más difíciles. La enfermedad cede de repente y la paciente se salva.

Los territorios del Gran Noroeste canadiense o del Río Rojo, todavía denominados “tierra de Rupert”, abarcan nueve veces la superficie de la península ibérica. La población blanca no supera entonces las cuatro mil almas. Los “ingleses” y los “franceses”, así llamados según la lengua que hablan, provienen de países muy diferentes; están al servicio de la “Honorable Compañía de la Bahía de Hudson”, sociedad de comercio de pieles que obtiene enormes beneficios y que ejerce la autoridad en nombre de Inglaterra. La población autóctona está formada por quince mil mestizos; son altos e infatigables, montan perfectamente a caballo y son especialmente diestros en la caza. Sus padres les profetizaron la llegada de hombres no casados vestidos de negro, que los conducirían a Dios; así pues, acogen favorablemente a los misioneros, constituyéndose en sus guías indispensables. Cincuenta mil indígenas, denominados indios, forman cinco grupos: algonquinos, assiniboines (sioux), pies negros, montañeses y esquimales. Viven de la caza y de la pesca, canjeando las pieles en los fuertes de comercio (establecimientos de la Compañía de Hudson) por material occidental. Los indios de las llanuras siguen a los bisontes; la abundancia de rebaños, que procuran alimento a bajo coste, la promiscuidad y la ausencia de trabajo asiduo son las causas de una extrema degradación moral. Los indios de los bosques casi siempre están aislados y ocupados constantemente en la supervivencia, por lo que acogen de buen grado el cristianismo.

La evangelización de la tierra de Rupert se había inaugurado a partir de 1818, a petición de un escocés protestante: lord Selkirk. Persuadido de que solamente la Iglesia Católica podía asegurar la perennidad de la colonia franco-inglesa, acudió a Monseñor Provencher ayudado de algunos sacerdotes. La catedral de Saint-Boniface, modesta iglesia de piedra, impresionaba a los habitantes. El rústico palacio episcopal permitía alojar también a religiosas y ejercer una hospitalidad decente. En 1844, Monseñor Provencher se desplaza a Marsella para implorar la ayuda de Monseñor de Mazenod, quien, incapaz de rehusar cuando se trata de evangelizar a los pobres, le concede al padre Aubert y al hermano Taché, quien se había propuesto para esa misión.

Rezar sobre el agua

Desde Trois-Rivières hasta Saint-Boniface (actualmente barrio de Winnipeg) se extienden más de dos mil kilómetros que deben realizarse en canoa de corteza. Se necesitan sesenta y dos días para recorrer esa distancia. Los misioneros celebran la Misa el domingo, pero los demás días rezan sobre el agua; el viaje ofrece a menudo la oportunidad de meditar acerca de las grandezas de la naturaleza. La tripulación hace escala en todos los fuertes de comercio, donde los misioneros reciben siempre una calurosa hospitalidad por parte de los empleados de la Honorable Compañía. Cuando, en 1845, el hermano Taché se presenta a Monseñor Provencher, el prelado lo ordena diácono casi enseguida, y después sacerdote. El nuevo padre profesa sus votos de oblato justo antes de su primera Misa. El invierno siguiente transcurre en el obispado, en compañía de los padres Laflèche y Belecourt, que enseñan de manera intensiva a los jóvenes misioneros la lengua de los algonquinos. Los indios son grandes oradores, por lo que los misioneros necesitan adquirir un conocimiento perfecto de sus lenguas para conseguir una verdadera y profunda influencia. El año siguiente, los padres Taché y Laflèche son enviados a 1600 km más al norte, à Île-à-la-Crosse, con la misión de llegar tan lejos como puedan hacia las tribus que se abren a la luz de la fe. La misión se dedica a san Juan Bautista. Los sacerdotes se alojan en el fuerte de comercio, donde un indio ciego les enseña dos otras lenguas. Muy pronto, el padre Laflèche, menos apto para la marcha, prepara un huerto y una cabaña que servirá de morada a los misioneros. Sin embargo, ese arduo trabajo le provocará una enfermedad que lo dejará cojo, a pesar de los cuidados asiduos del padre Taché.

Los misioneros anuncian a Cristo, que promete el Cielo a los convertidos, poniendo a estos en guardia contra los pecados que conducen al infierno. Les exponen las exigencias de la moral cristiana, especialmente las relativas al matrimonio, pues la poligamia, frecuente entre los indios, impide la recepción del Bautismo. La liturgia sagrada se celebra con todo el esplendor posible, y todos son invitados a asistir. En cuanto se levantan las primeras iglesias de tablones en lugares fijos, los indios cristianos o los paganos se dirigen a ellas con reverencia y felicidad, aterrorizados por el sonido de las primeras campanas y maravillados por los cantos religiosos. Los misioneros enseñan a leer a los neófitos más dotados, quienes transmiten a su vez sus conocimientos. Más tarde, los padres imprimirán unas oraciones y un catecismo. Gracias a sus orfanatos y escuelas, las Hermanas Grises, que se han unido a los padres en 1844, forman a los niños, y éstos tendrán mucha influencia sobre el resto de la población. Los progresos materiales y culturales conceden al cristianismo un motivo sólido de credibilidad, que ayuda a los indios a seguir las enseñanzas de los misioneros.

Con motivo de su encuentro con el mundo de la cultura, en el Colegio de los Bernardinos de París, el 12 de septiembre de 2008, el Papa Benedicto XVI puso de relieve la razón profunda de la misión: «De hecho, los cristianos de la Iglesia naciente no consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan. La universalidad de Dios y la universalidad de la razón abierta hacia Él constituían para ellos la motivación y también el deber del anuncio. Para ellos la fe no pertenecía a las costumbres culturales, diversas según los pueblos, sino al ámbito de la verdad que igualmente tiene en cuenta a todos».

Desprovistos de todo y felices

En 1848, el joven padre Faraud, oblato, llega a la misión. La vida religiosa se muestra fervorosa y el humor es jovial: historias, canciones y risas acompañan las labores manuales de los misioneros. «¡Viva el Norte y sus felices habitantes! Somos pobres y estamos desprovistos de todo, pero la felicidad y la satisfacción, que raras veces habitan en los palacios de los poderosos, reinan en nuestra cabaña» —escribe el padre Taché. No obstante, pronto la revolución de 1848 en Francia amenaza con agotar los subsidios procedentes del país, y, en su correo bianual, los superiores dan a entender a los misioneros del Gran Norte que contemplan la posibilidad de mandarlos llamar. Preocupados por la salvación eterna de aquellos a quienes evangelizan, los padres responden: «Procúrennos vino y pan para el altar, pues los animales salvajes bastarán como vestido, y los peces como subsistencia, pero, por favor, ¡no nos hagan regresar!».

Al año siguiente, el padre Laflèche es convocado a Saint-Boniface por Monseñor Provencher, quien piensa en él como adjutor, pero aquél argumenta que su discapacidad lo hace inapto para el cargo. «Aún me queda el padre Taché —piensa el viejo prelado—, pero acaba de nacer, como quien dice. Sin embargo, es un hombre de gran talento, conocedor del país, de las misiones y de las lenguas. Además, es oblato, y solamente los oblatos aceptan consagrarse durante toda la vida a esas misiones difíciles; ¿qué mejor guía que uno de esos religiosos? Ese padre aún no ha cumplido veintisiete años, pero es un defecto del que dispensa la Santa Sede, y que el elegido sabrá corregir a la carrera». Pronto solicitan a Roma el cambio de coadjutor, mientras informan a Monseñor Mazenod. Este último no recibirá la carta hasta haberse enterado del nombramiento oficial por parte de Roma, si bien acaba de decidir la retirada de los oblatos de las misiones del Noroeste. De inmediato, el humilde prelado suspende su decisión y convoca al padre Taché. Tras un largo viaje al término del cual apenas se detiene para visitar a su madre, el misionero se presenta por primera vez ante el padre de su familia religiosa, quien lo interpela: «Serás obispo. —Monseñor, quiero seguir siendo oblato. —¿Cómo? ¿Acaso la plenitud del sacerdocio excluye la perfección a la cual debe aspirar un religioso?». Levantándose, Monseñor de Mazenod añade: «¡Nadie es más obispo que yo, y nadie es más oblato tampoco! ¡Conozco perfectamente el espíritu que he querido inspirar a mi congregación! Serás obispo porque así lo quiero; te nombro también superior regular de los nuestros que están en Río Rojo». Ante las lágrimas del elegido, el obispo añade: «Consuélate, hijo mío, tu elección se ha hecho a mis espaldas, pero en cambio salva las misiones en las que tanto habéis trabajado. Me habían llegado unas cartas con una visión tan desfavorable de esas misiones que había tomado la determinación de mandaros llamar a todos, pero entonces me enteré de tu nombramiento al episcopado. Quiero que, como yo, obedezcas al Papa. Me quedará el consuelo de consagrarte yo mismo». La consagración tiene lugar el 23 de noviembre de 1851 en Viviers. Después de una peregrinación a Roma, donde regresará cuatro veces durante su vida, además de una gira de conferencias en favor de las misiones, Monseñor Taché regresa a Canadá.

Menos cuarenta

Durante cinco inviernos consecutivos, el nuevo obispo se lanza en raquetas por los 700 km que unen las misiones del lago Caribú al lago Santa Ana, llegando incluso hasta el lago Athabaska. En uno solo de sus viajes, el apóstol cuenta sesenta y tres noches al raso con un frío de menos cuarenta grados. En Île-à-la-Crosse descubre que, durante su ausencia, algunos de sus indios han abandonado la verdadera fe. Toma contacto con cada uno, les dirige reproches, advertencias, plegarias y los recupera para siempre a la fe. Enseña a sus misioneros a no esperar de los indios el refinamiento de la educación, ya que, antes de haberlos civilizado, hay que asumir que profieran groserías. En los diferentes lugares de misión, el obispo y sus compañeros ocupan el tiempo en la oración, en el estudio, en el ministerio con los indios y en el trabajo manual, especialmente la agricultura, que alcanza un rendimiento apreciable. A veces, las plagas de langostas devastan las cosechas, y los incendios reducen a cenizas años enteros de labor. Entonces, Monseñor Taché se convierte en mendicante, buscando medios para subsistir y para reconstruir en las diócesis del este de Canadá, y hasta en el viejo continente. Él mismo se dedica a las labores más humildes, aunque su preferencia sigue siendo el cuidado de las almas, y prodiga su tiempo con cada indio que desea hablarle.

El problema de los transportes es vital para las misiones. Monseñor Taché supervisa el cargamento y la distribución de los artículos que etiqueta de su propia mano, pues sabe que cualquier retraso o pérdida implica sufrimientos añadidos para sus misioneros. Si bien hasta entonces es tributario de la Honorable Compañía de la Bahía de Hudson, que había acabado abusando de su monopolio, el obispo se las ingenia para abrir nuevas rutas y establecer un sistema de comunicaciones independiente. En 1858, entra en servicio el primer barco de vapor del Norte, y el ferrocarril facilitará progresivamente los viajes.

¡Cuánto trabajo!

En 1865, al contemplar la misión de la diócesis de Saint-Albert, el obispo exclamará lleno de orgullo: «Todavía no hace cuatro años que se eligió este lugar, y ¡cuánto trabajo ya! Se han levantado bellos edificios; campos extensos y bien cultivados dan ya abundantes cosechas. Las casas que rodean la casa del Señor forman el grupo que domina todo el paisaje; el pequeño río que se cruza por un hermoso puente; el lago al pie de la montaña que suministra la madera para construir; no sabemos qué admirar más: si la belleza del país o el trabajo colosal de sus apóstoles… Sin embargo, los que sueñan en sistemas absurdos pretenden que los sacerdotes no sean los hombres de la época. Que vengan, pues, esos enemigos de la Revelación. Aún hay bastantes tinieblas para que cada uno pueda aplicar su método; que aporten a los indios ignorantes más servicios de los que aporta el pobre sacerdote; que civilicen mucho más y más rápidamente: entonces creeremos en su misión reformadora. Pero mientras disfrutan de los beneficios que el cristianismo ha sembrado en el mundo, ¡que no blasfemen contra Dios, ni contra su santa ley, ni contra sus sagrados ministros!».

En su encíclica Redemptoris missio, san Juan Pablo II subrayaba el aspecto civilizador de las misiones de la Iglesia: «Con su presencia amorosa y su humilde servicio, trabajan por el desarrollo integral de la persona y de la sociedad por medio de escuelas, centros sanitarios… En efecto, son estas numerosas obras de caridad las que atestiguan el espíritu de toda la actividad misionera: el amor… que es el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender» (7 de diciembre de 1990, núm. 60).

En los años 1860, el desarrollo de las misiones del Norte necesita una nueva organización. Monseñor Taché la aborda desde Saint-Boniface, obteniendo de Roma la fundación de nuevos obispados. Él mismo es nombrado arzobispo en 1871, cuando ya su salud flaquea seriamente. Se consagra a conseguir la unidad de espíritu y de corazón con los nuevos obispos. Las responsabilidades que asumen y los enormes problemas que se les presentan los sitúan a veces en oposición unos con otros. Por eso escribe a uno de ellos: «Deberíamos estar más unidos, y cada día estamos más divididos. Si tenéis ocasión de ello, creo que haríais un inmenso favor a la Iglesia si trabajarais para reunir a esos venerables señores». La unidad entre los obispos misioneros es una necesidad vital para la evangelización, pero también para todas las comunidades cristianas, y responde a la oración de Jesús: Padre, que todos sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 21).

Una misión delicada

En 1870, Monseñor Taché participa en el primer concilio del Vaticano. Poco después, el gobierno canadiense le confía una misión diplomática delicada. Las tierras de Río Rojo acaban de cederse por la Compañía de Hudson a la Confederación canadiense para convertirse en la provincia de Manitoba. A pesar de los trámites de Monseñor Taché, que había presentido los desórdenes que se producirían si se descuidaba preparar a las poblaciones, la operación se efectúa sin haberlas consultado. De hecho, cuando los enviados del gobierno federal acuden a tomar posesión del país, se enfrentan al gobierno provisional establecido por los mestizos. Deseoso de evitar la guerra civil, el gobierno pide a Monseñor Taché que intervenga. A cambio de la promesa de una amnistía general, éste logra primero un éxito. Sin embargo, presiones políticas de algunos ingleses de Ontario mueven al gobierno federal a renegar de sus promesas verbales, desacreditando de ese modo a Monseñor Taché y provocando una insurrección que será reprimida por el ejército.

Las escuelas siempre han ocupado un lugar preeminente entre las preocupaciones del obispo. Como respuesta a algunos políticos que le reprochan no haber hecho más por la enseñanza, escribirá: «No tengo inconveniente en afirmar que cualquier persona razonable e imparcial, al examinar lo que hacemos, deberá convenir que el resultado obtenido sobrepasa lo que nuestros recursos parecen permitirnos. El hecho es que, si no tuviéramos a personas entregadas que se consagraran gratuitamente a esa tarea tan penosa como meritoria, nos resultaría del todo imposible sostener nuestras escuelas». Hasta aproximadamente finales de los años 1880, el sistema escolar garantizaba una enseñanza confesional (católica o protestante) en la lengua de las poblaciones correspondientes cuyas escuelas financiaban ellas mismas. Pero la legislación canadiense se orienta entonces hacia una enseñanza laica, en la lengua mayoritaria, con una cuota centralizada. En 1888, Monseñor Taché consigue la promesa del primer ministro de conservar las escuelas autónomas y las dos lenguas, pero esa promesa será quebrada en 1890 y negada públicamente en 1892. El obispo asume entonces la defensa de la libertad de los padres católicos, aunque en vano, acogiendo con lágrimas y oraciones la ruina de esa obra, a la que amaba más que a su vida. El 22 de junio de 1894, Monseñor Taché acaba en esa cruz una vida enteramente consagrada a la salvación de las almas que tanto amaba. No obstante, el misionero tuvo el gozo de ver los progresos de la evangelización, ya que numerosos paganos se convirtieron, a ejemplo de sus jefes, conquistados por la caridad de los “Grandes Rezadores”.

Con ocasión de la Jornada Mundial de las Misiones de 2013, el Papa Francisco afirmaba: «Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio. Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra… Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que “cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia”; no actúa “por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre” (Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8 de diciembre de 1975, núm. 60). Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo» (mensaje del 19 de mayo de 2013).

El ejemplo de Monseñor Taché nos anima a cumplir la misión especial que el Señor confía a cada uno de nosotros. Mediante el humilde ejercicio de nuestros deberes de estado, se edifica la Iglesia para la gloria de Dios y la salvación de las almas. No nos cansemos de hacer el bien mientras tengamos tiempo de ello (cf. Ga 6, 9-10).

Dom Antoine Marie osb

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