Carta

Blason   Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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30 de octubre de 2019
fiesta de san Marcelo de León


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Al término de una representación organizada, en pleno siglo xx, por una actriz que cosecha grandes aplausos en las parroquias y patronatos católicos, un director de teatro profesional, sorprendido y admirado, le pregunta : « Señora, ¿ esa risa suya, que llena de alegría toda la sala, es aprendida o natural ? ». La respuesta brota en un estallido de esa risa magnífica y espontánea : « Señor, ¡ solamente tengo una risa y es ésta ! ». Hacia el final de su vida, el éxito que habría podido tener en el cine pasará un momento por el pensamiento de Gabriela Bossis, pero la voz de Jesús enseguida la interrumpirá : « ¡ Te guardo para mí ! ». En efecto, ya que Gabriela es favorecida, desde mediados de los años 1930, por una vida mística mediante frases interiores de Jesús, quien le llama a mantener con Él una intimidad muy especial.

Gabriela nace el 26 de febrero de 1874 en el palacete de sus padres en Nantes (Francia), y es la última de una familia de cuatro hijos. Su hermano Augusto y sus dos hermanas, Clemencia y María, son mucho mayores que ella. Además del patrimonio inmobiliario de la familia, su padre gestiona un negocio de piezas para la reparación de barcos. Cada verano, los Bossis dejan Nantes para pasar las vacaciones en su propiedad a orillas del Loira, en Ingrandes (Le Fresne-sur-Loire). La señora Bossis se prodiga en atenciones hacia su benjamina, dándole una excelente educación cristiana. Es una mujer tan piadosa que su marido dice de ella riendo : « Creo que reza el Rosario incluso cuando estamos comiendo ». Sin embargo, su pequeña es demasiado tímida y, durante muchos años, se asusta de los juegos ruidosos, llora sin cesar y teme las reuniones con mucha gente en las que debe hacer acto de presencia. Pero no la presionan, y su sensibilidad encuentra un refugio en Jenny, la niñera al servicio de la familia.

El ambiente cristiano que rodea a la pequeña “Gaby”, como la llaman en familia, permite que la fe recibida en el Bautismo florezca espontáneamente en forma de oraciones infantiles que a veces anota en un cuaderno : « ¡ Habla, Señor, que tu sierva escucha ! ». El Señor no olvida ninguno de los impulsos de su corazón hacia Él, y se los recordará más tarde : « ¿ Te acuerdas ? Cuando eras pequeña me dijiste : “Señor, haz que mi corazón se incline ante las palabras de tu boca”. Y yo te dije : “Cuéntame lo que has hecho hoy”. Pero no te creíste que fuera mi voz… ».

El amigo más querido

Jesús está ansioso de mantener una relación personal con cada uno de nosotros, como nos lo enseña san Alfonso María de Ligorio : « Acostumbraos a hablar a solas con Dios, familiarmente, con confianza y amor, como con el amigo más querido que tengáis, y el más afectuoso… Preguntad a las almas que lo aman con verdadero amor, y os dirán que, en las tribulaciones de la vida, hallan el mejor y más sólido consuelo hablando amorosamente con Dios. No se os reclama que apliquéis continuamente el pensamiento, de forma que pueda distraeros de vuestros asuntos, ni siquiera en vuestros descansos. La única cosa que se os pide es que, sin desatender vuestras obligaciones, os comportéis con Dios del mismo modo que actuáis, en las diferentes circunstancias que puedan presentarse, con las personas que os aman y a las que amáis » (Manera de conversar con Dios, 6-7).

En Nantes, Gabriela se educa en una escuela gobernada por religiosas, donde hace la primera Comunión a la edad de doce años, el 10 de junio de 1886. Ese día, lo que la mantiene recogida no es su timidez, sino la presencia de Jesús : « El día de tu primera Comunión —le recordará el Señor— no osabas moverte, pues sabías perfectamente que yo estaba en ti ». Y en una ocasión en que Él le suplica : « No me abandones nunca, pues deberíamos ser siempre uno para el otro », ella protesta dulcemente : « Pero, Señor, ¿ acaso no ha sido siempre así desde el día de mi primera Comunión ? ».

Al sobrepasar la adolescencia, convertida ya en una joven de cabellos morenos, se exterioriza poco a poco. Su padre muere en 1898 ; su madre la lleva entonces a pasar los inviernos a Niza, con su hermana Clemencia, que debe cuidar de su salud. Gabriela desarrolla las más diversas habilidades : le gustan los paseos a pie, a caballo o en bicicleta, asiste a clases de danza y de piano, de escultura y de pintura. La timidez de su infancia se transforma en una rigurosa discreción sobre su persona, pues se olvida de sí misma y propaga la alegría a su alrededor. Sin embargo, su vida interior está a prueba : « Se me consideraba ligera en mi juventud, pero era el momento en que sufría las mayores penas del alma ». Busca de todo corazón la voluntad de Dios, y un sacerdote le sugiere que ingrese en el convento de las clarisas. No obstante, comprendiendo que no es el camino por el que el Señor quiere conducirla, elige permanecer soltera en el mundo. Gabriela, que sin embargo sigue vinculada a la espiritualidad franciscana, se hará terciaria de San Francisco, con el nombre de sor María del Corazón de Cristo. Se esfuerza en vivir pobremente : se alimenta frugalmente y evita cualquier gasto superfluo. Ya septuagenaria, con motivo de una peregrinación a Lourdes, se contentará con dormir en un pequeño reducto iluminado por un tragaluz y donde apenas cabe una cama plegable. Algunos la tachan de avariciosa, pues su generosidad para con las misiones y los más pobres es discreta. Sin embargo, su caridad “olvida” a veces recibir los alquileres de sus inquilinos que se encuentran en apuros. « ¿ Sabes cuál es mi enemigo ? —le preguntará un día Jesús—. ¡ Es el dinero ! No se piensa más que en él. No se vive más que para él. El dinero endurece el corazón sin llenarlo. Solamente yo, entiéndelo, solamente yo doy alegría ».

El genio de la alegría

Gabriela es una joven resplandeciente, esbelta y graciosa, que no deja indiferente a nadie ; de ella emana un encanto conquistador en su sencillez. Por eso debe rechazar a numerosísimos pretendientes : más de setenta. Se ha hecho muy sociable, pero no es insensible a los atractivos del mundo, de los que deberá defenderse a menudo. Un día, Jesús le llegará incluso a suplicar que le guarde su corazón : « Cuando no haces recogimiento, te estás privando de mí. Que tu vida sea un constante recogimiento, una incesante conversación con tu Señor. ¿ Por qué me abandonas ? Yo no te abandono. No regreses al mundo, pues me faltaría tu pensamiento ». Sin embargo, no por ello desea que esa intimidad le impida comunicarse a los demás mediante su alegría : « Debes aportar alegría… ¿ No sientes que esa es tu misión ?… ¡ Sé el genio de la alegría ! ».

En 1908, su madre entrega el alma a Dios ; cuatro años más tarde, fallece también su hermana Clemencia. Estando su otra hermana y su hermano casados desde hace años, Gabriela experimenta mucho más la soledad. El patrimonio inmobiliario heredado de los padres le procura recursos económicos suficientes, pero no permanece ociosa y ocupa su tiempo en un taller de confección de ornamentos litúrgicos para las misiones. Tras obtener el título de enfermera, se dedica, durante la Primera Guerra Mundial, al cuidado de los enfermos y heridos, primero en los hospitales de la región y luego en Verdún. En todas partes su servicio es apreciado por su inteligencia, su prontitud y el calor humano que aporta. Sin embargo, la familia no está a salvo de la terrible hecatombe del conflicto mundial : en 1918, Gabriela llora la pérdida de su sobrino Juan Caron, su preferido, caído en Verdún. Todos sus sobrinos y sobrinas, y después sus hijos, hallan buena acogida en su generoso corazón, siendo bienvenidos en casa de la “tía Gaby” durante las vacaciones, en Le Fresne-sur-Loire. En el jardín que da al río Loira, interrumpe a veces una merienda o los juegos de sus pequeños huéspedes para decirles : « ¡ Chito ! ¡ Escuchad el silencio ! ».

Cambiar los elefantes por gacelas

En 1923, el cura de Fresne le pide que escriba una obra de teatro para los jóvenes de la parroquia. Ella lo cumple, interpretando y bailando con los jóvenes. El éxito es abrumador, por lo que Gabriela es solicitada para que representen la obra en otras parroquias, y después para escribir más. Así pues, entre 1923 y 1936 escribe trece comedias en tres actos, y catorce sainetes o ballets, que interpretará hasta 1948. Sus dotes de actriz, su sentido de la representación, su gusto original y su gracia por la danza conquistan al público. A través de las lágrimas y la risa, transmite el mensaje del Evangelio en el seno de patronatos, muy numerosos en la época. Gabriela confecciona ella misma los ropajes y pone a punto la escenificación, disponiendo a veces de muy poco tiempo para formar a los jóvenes actores improvisados. « No se preocupe por los ballets —escribe a una persona—. Los enseñaré en un cuarto de hora. Estoy acostumbrada a los elefantes que se transmutan en gacelas ». Cuando en 1929, en París, el padre Parvillez, jesuita, asiste por primera vez a una de sus representaciones, comparte plenamente el comentario aportado por el párroco del lugar : « Es de admirar el espíritu de la señorita Bossis, pero es de admirar sobre todo el espíritu de fe que la anima ». A partir de ese momento, se establece una correspondencia escrita entre Gabriela y el jesuita.

Además de la inversión personal que supone preparar esas giras, cuyos gastos asume ella misma, Gabriela soporta con buen ánimo todas las incomodidades de los viajes, las noches pasadas en las estaciones o en los trenes, así como dormir sobre las maletas o en un banco, renunciando a veces al sueño y a las comidas regulares. « Los sufrimientos que has pasado se pierden en tu memoria —le señalará un día Jesús—, pero resultan fructíferos ante mí. Ya has olvidado las fatigas de los viajes, las molestias de las temperaturas, la sed de los desiertos, los temores, los lejanos exilios, los lentos retornos, los largos ánimos y los momentos de enfermedad. Recuerda que me lo has ofrecido todo y que lo he guardado todo ». Muchas de las personas que se topan con esa dama elegante y original, siempre vestida de blanco, con sus sombreros de anchas alas y sus blusas pasadas de moda, se quedan en las apariencias, envidiándola y pensando que todo resulta fácil para esa actriz que se ha hecho famosa. Otras personas la critican, pero Gabriela sigue el consejo de Jesús : « No te preocupes del qué dirán ; haz lo que debes hacer ». Su secreto radica en una vida de oración intensa, al mismo tiempo que escondida. Incluso cuando se desplaza, jamás deja de participar, cada vez que le es posible, en la Misa diaria, incluso a costa de levantarse aún de noche para recorrer a pie varios kilómetros. Además de los Rosarios, del víacrucis y de la oración de cada día, se esfuerza cada jueves en pasar una hora santa en la iglesia en compañía de Jesús presente en el sagrario. Le gusta contemplarlo en su dolorosa Pasión, en los Evangelios o en los escritos de los místicos, especialmente en los de la beata Ana Catalina Emmerich o de sor Josefa Menéndez.

¡ Es muy sencillo !

Para olvidarse de sí misma y pensar continuamente en Jesús, Gabriela hace que su cuerpo participe de los sufrimientos padecidos por Cristo durante su vida terrenal. De ahí que se haya acostumbrado a dormir enrollada en una colcha en el propio suelo, en su casa, que nunca caldea. Un día, animada por el propósito de exhortar a un sacerdote al fervor, abandona su rigurosa discreción acerca de ella misma y exclama : « ¡ Pero, padre, hay que mortificarse para ir al Cielo ! Hay que mortificarse… ¡ es muy sencillo ! ». Junto a esas palabras, muestra un instrumento de penitencia que lleva en contacto con la piel. Tales mortificaciones no son en absoluto producto de una inclinación natural, sino la señal de una fidelidad ante una inspiración de Cristo, su Bien Amado, que a veces deberá darle ánimos : « No hay que llegar nunca hasta el final de una satisfacción, sino reservar una parte a la mortificación : mi parte ». Y una vez que siente pereza de retomar la costumbre de dormir en el suelo, le dice : « ¿ Acaso crees que no hice un esfuerzo para morir en la Cruz ? ». O incluso, cuando deje de llevar el cilicio, le dirá : « ¡ Yo no me quité la corona de espinas ! ».

En 1934, prepara su tumba y manda poner una inscripción : « Oh, Cristo, hermano mío. Trabajar a tu lado. Sufrir contigo. Morir por ti. Sobrevivir en ti ». Y anota en un diario : « Estoy preparando mi tumba. Quisiera que, al pasar cerca de mí, la gente tuviera un buen pensamiento, que Cristo hablara a través de mis huesos resecos ». Dos años más tarde, en el transatlántico Île-de-France que la lleva de gira por Canadá, Jesús empieza a hablarle claramente en el fondo de su alma, e inicia el diario de su viaje. Después de una Misa, escribe : « Bien sabes [Jesús] que todo es por ti, aunque no te lo diga. —Jesús : “Debes decírmelo, porque me gusta oírlo. Dilo a menudo. Del mismo modo que, cuando sabes que alguien te ama, estás contenta de que te lo digan” ». Las transcripciones de esas conversaciones se hacen cada vez más frecuentes durante esa larga gira al otro lado del Atlántico. Pronto el Señor se lo ordena : « Solamente te pido eso : escribir. No es nada difícil. Estoy contigo. Sé fiel a mí. Yo soy fiel a ti ». No obstante, después de ello no redactará más el diario de sus numerosas giras, que no solamente la llevan a través de Francia hasta Córcega, sino incluso a Italia, África, Estambul y Palestina. Su silencio es obediencia : « No hables más de tus viajes, pues son para mí ».

« ¡ Cuánto te he amado ! »

Desde hacía mucho tiempo, Jesús había preparado a Gabriela para esa gracia mística especial de las locuciones interiores. En enero de 1941 le dirá : « ¿ Te acuerdas ? Cuando eras pequeña y me buscabas, ibas a esconderte a la habitación oscura, detrás de la cocina de tu abuela… Y cuando preguntaban “¿ Dónde está Gabriela ?” tú pensabas : “Estoy con Dios”. Y recuerda también que, durante las tardes de verano en Fresne, ibas sola a la terraza, a buscarme entre el Loira y las estrellas, y decías : “Voy a pensar…”. Era a mí a quien buscabas. Y yo me dejaba tomar, pero aún no lo sabías. ¡ Ah ! ¡ Cuánto te he amado, hija mía ! ». Sin embargo, cuando ese diálogo interior se hace más claro e intenso, Gabriela se turba y se pregunta si no es fruto de su imaginación. Se confía al padre Parvillez, y ese sacerdote, de discernimiento prudente, le confirma su origen divino. « El progreso espiritual —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos » (CEC, núm. 2014). De ese modo, las frases recibidas por Gabriela procurarán el bien espiritual de gran número de personas cuando se publiquen.

En 1938, sus peregrinaciones teatrales la llevan a Argelia, donde visita la tumba de Carlos de Foucauld. En junio de 1940, la invasión alemana sorprende a los franceses. La ocupación, la toma de rehenes y las confiscaciones de inmuebles fuerzan a los habitantes a un éxodo repentino. Gabriela deja su casa, huye en un camión de ganado y se refugia en Curzon, en el departamento de Vendée, donde sigue transcribiendo los diálogos con Jesús : « Como yo rezaba para obtener la victoria, Jesús me preguntó : “¿ Quieres la salvación del país o la salvación de las almas ? Considera esto último como lo más importante… No temas. Si los alemanes vienen, soy yo en ti quien los recibirá” ». A final de año, los oficiales alemanes dejan su apartamento de Nantes, donde ella puede regresar para pasar el invierno, antes de unirse en Ancenis con su hermana María, para asistirla en su agonía. En 1943, los bombardeos aliados devastan la ciudad de Nantes y multiplican el número de personas sin hogar. Gabriela acoge a una de aquellas desgraciadas familias en su piso.

El padre Parvillez desea que se edite una selección de las conversaciones de Gabriela con Jesús, y consigue la aprobación entusiasta del obispo de Nantes, Monseñor Villepelet. Gabriela es consciente de que esas frases no van destinadas exclusivamente a ella, pero preferiría que se publicaran después de su muerte. Sin embargo, su interlocutor divino la convence para que trabaje ella misma en esa edición. A pesar de las condiciones difíciles de la guerra, el padre Parvillez encuentra un editor entusiasta al que confía los cuadernos de Gabriela. Horas más tarde, éste es asesinado en plena calle. Se recupera el manuscrito, pero habrá que esperar cuatro años para que se presente una nueva posibilidad de edición. El primer volumen de esas conversaciones espirituales tituladas Él y yo es prologado por Monseñor Villepelet y el padre Jules Lebreton, decano de la facultad de teología de París ; el obispo regalará un ejemplar al Papa Pío XII en 1950. A petición expresa de Gabriela, la publicación es anónima. En julio de 1948, recibe las pruebas de imprenta de la obra, y Jesús la anima a rezar por su éxito sobrenatural : « ¡ Oh !, hija mía, ¿ acaso puedes saber el camino que emprenderá ese pequeño libro ? Pídeme que vaya hacia los más miserables, hacia esos paralizados espirituales, esos apenados sin esperanza, esos mudos ante Dios, esos poseídos por los deseos del dinero. Pídeme que pase por ese pequeño libro como pasaba en otro tiempo, curando, atrayendo hacia mí ». El éxito es considerable, de manera que la primera edición se agota al cabo de seis meses ; el libro conocerá otras sesenta ediciones y será traducido a varias lenguas. Pero aquello no altera en nada el día a día de Gabriela ; la que ya es conocida como “la eterna juventud de Ingrandes” sigue siendo alegre y graciosa al atardecer de su vida.

Todavía un poco

Por primera vez, a pesar de todo, su actividad desbordante conoce un freno. En agosto de 1949, unas semanas después de la publicación del libro, debe afrontar una operación quirúrgica a causa de un cáncer de pecho. Está del todo dispuesta a morir por su Señor, pero Jesús le pide que trabaje todavía un poco por Él. Así pues, Gabriela comienza de nuevo, llena de ímpetu, y se dedica a preparar el segundo volumen de Él y yo. A mediados de marzo de 1950, se siente cansada y enferma ; cree estar afectada de una bronquitis, pero no hace demasiado caso. Los médicos constatan que el tumor canceroso ha alcanzado los pulmones, por lo que Gabriela debe permanecer en cama. Sin embargo, se conforma de mala gana : « Pero, doctor, ¿ cuándo me sacará de esta cama ? ». La respuesta retruena en el acto : « ¡ No la sacaré ! ». Y todo se acepta sencillamente, en silencio. « Salgo para el largo viaje. He recibido la Extremaunción. ¡ Magníficat ! ¡ Es hora de regresar a la Casa del Padre de familia ! ». Sin embargo, la enfermedad evoluciona demasiado lentamente, en contra de lo que gustaría a esa alma ardiente, que debe armarse de paciencia : « Ya que esta muerte está decidida, ¡ que se decida ya ! ». Conserva hasta el final la vivacidad de los gestos, una sorprendente presencia de ánimo y la valentía de consolar a quienes acuden a llorar a la cabecera de su cama, incluidos sus sobrinos y sobrinas, a quienes pide que la entierren con su hábito de terciaria franciscana. Se halla sola, sin embargo, en el momento de la gran partida, el 9 de junio de 1950, en la noche del Corpus. Jesús viene a cumplir lo que le había prometido siete años antes, en un aniversario de su primera Comunión : « En el momento de tu muerte, seré tu canto de cisne, pues la fuerza te faltará : ya no tendrás ninguna atadura en la tierra ni ninguna visión sobre el más allá. Será el abandono del Gólgota : te unirás más que nunca a mi Corazón abandonado, y estaremos juntos en el paso al otro lado ». En la tumba de Gabriela está grabada una inscripción que ella misma había redactado : « ¡ Oh, Cristo, hermano mío ! Trabajar junto a ti. Sufrir contigo. Morir contigo. Sobrevivir contigo ».

El recorrido terrenal de Gabriela Bossis sigue siendo un testimonio elocuente de la extraordinaria fecundidad de cualquier alma que busque, sin desanimarse nunca, la intimidad con Jesús. Todos pueden oírle decir en el fondo del corazón, como a Gabriela, incluso sin el sonido de la voz : « Exponme tus suspiros, pues me resultarán dulces como los céfiros de la llanura. Los acogeré con corazón gozoso como si no existiera más que un alma en el mundo, la tuya, y, a cada alma, le prepararé la misma fiesta, pues cada alma puede considerarse la elegida de mi Amor. En eso consiste el milagro del Corazón de tu Dios : en elegir a todas y a una sola, en el más íntimo secreto de cada una. Yo soy la Respuesta ».


Dom Antoine Marie osb

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