Carta

Blason   Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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24 de septiembre de 2019
fiesta de Nuestra Señora de la Merced


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En 1980, una mujer del Tirol del Sur, Hildegarde Mayr-Nusser, viuda desde hace treinta y cinco años, recibe inesperadamente una carta de un antiguo soldado alemán llamado Fritz Habicher: «Su marido murió por Cristo, estoy seguro. Estoy convencido de haber vivido quince días con un santo, que desde entonces es para mí un gran intercesor ante Dios». Ese soldado de la «Sección Especial» de la Alemania nazi, había escoltado a través de Alemania un tren de prisioneros condenados a muerte. José Mayr-Nusser, detenido por haberse negado a jurar fidelidad a Hitler, formaba parte de él; no llegará nunca a su destino, muriendo de agotamiento en el camino. El 8 de julio de 2016, el reconocimiento de su martirio fue objeto de un decreto de la Congregación romana para las Causas de los Santos.

José nace en 1910 en la granja de Nusserhof, cerca de Bolzano, capital del Tirol del Sur. Su padre, movilizado en 1914, muere al año siguiente en el frente. María, la madre de José, gestiona hábilmente la explotación familiar. Aunque está muy ocupada en la educación de los hijos y en su trabajo, cada día tiene tiempo para ir a Misa. Las oraciones y el Rosario forman parte de las costumbres de esa familia de seis hijos. El hermano mayor, Jacob, será ordenado sacerdote en 1934. José, apodado Pepi, es un niño muy despierto y alegre, pero poco disciplinado. Con objeto de evitar reproches por parte de su madre, llegará a imitar la firma de su padre, por entonces fallecido, al pie de su boletín de notas. Sin embargo, se corrige rápidamente y llega a ser un buen alumno. Le gusta la naturaleza, aunque carece de sentido práctico y de habilidad en las tareas agrícolas. Los escasos recursos familiares no le permiten cursar estudios superiores, pero consigue sacarse el título de una escuela de comercio de Bolzano.

El tratado de paz de Saint-Germain, firmado en 1919, concede a Italia la parte meridional del Tirol, hasta ese momento austríaca, sin consultar a la población de lengua alemana de esa región. A partir de 1922, con la llegada al poder de Benito Mussolini, se practica una política de italianización forzada: cambio de los nombres de lugares, uso exclusivo del italiano en las escuelas y lugares públicos… La población resiste pasivamente, conservando con discreción su lengua y sus tradiciones. José estudia italiano con miras a su trabajo, pero en casa y en la iglesia se expresa en alemán o en el dialecto tirolés. Es formal y estudioso, y lee numerosos libros religiosos. La Suma Teológica de santo Tomás de Aquino y los escritos espirituales del mártir santo Tomás Moro se convierten en sus libros de cabecera. Se implica de lleno en el movimiento de Acción Católica, llegando a ser su responsable local. Su padre espiritual, don José Ferrari, es el capellán.

Ganarse los corazones

En 1931, José es llamado a filas y presta el juramento de fidelidad exigido a todos los soldados italianos; de hecho, el Papa Pío XI había autorizado a los católicos a prestar ese juramento civil con la siguiente restricción mental obvia: «salvo los mandamientos de Dios y de su Iglesia». A final de los dieciocho meses de servicio, cumplidos sin entusiasmo, Pepi regresa a Bolzano, donde trabaja como agente comercial de la firma Eccel. En 1932 se convierte en miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl; visita a domicilio a personas pobres, a menudo ancianas y abandonadas. En 1937, a pesar de su juventud, será nombrado presidente de una nueva Conferencia en Bolzano. Se le aprecia, en efecto, por su sentido de la vida social, por sus dotes de organizador y por su profundidad espiritual. En un artículo de la Revista de San Vicente, expone su experiencia para quienes visitan a los pobres: «El secreto para ganarse lo más pronto posible los corazones es la capacidad de escuchar. Muchas veces, el cofrade es la única persona a quien el pobre puede confiarse: qué bueno es ver a alguien que manifiesta comprensión por sus dificultades, que escucha con paciencia todo lo que tiene que decir. Tomemos la silla que nos señala, incluso si no está demasiado limpia, sentémonos y escuchemos con cordial disponibilidad lo que el pobre nos dice acerca de sus preocupaciones y de su angustia. Un dolor compartido se reduce a la mitad. Esa escucha es mucho más preciada que el cheque que le vamos a dar. Quien tenemos enfrente sabe discernir de qué visitador se trata: del discípulo del Salvador que nos ha enseñado la caridad fraterna, o del señor X, funcionario de la beneficencia». Pero José se encarga de precisar: «No se trata únicamente de aportar a los pobres una ayuda material. En los cofrades recae otra tarea: el apoyo espiritual a los pobres… Más que el bien temporal, lo que primero debe importarnos es el afán por su salvación eterna». En 1934, José es elegido responsable de la juventud católica masculina por la parte germano-hablante de la archidiócesis de Trento. Las reuniones de la juventud católica tienen lugar con la máxima discreción en chalets aislados, con objeto de despistar la sospechosa vigilancia de la policía. El deporte, los juegos, los cantos y la música ocupan un lugar de privilegio, pero el objetivo sigue siendo «la instauración del Reino de Cristo en nuestra patria». En 1939, funcionarán 72 asociaciones de juventud católica en la zona situada bajo la autoridad de José. Se visitan todos los pueblos, y se anima a los cristianos a perseverar en su vida de fe.

Una lúcida constatación

En 1936, con motivo de una visita a Bolzano por parte del obispo auxiliar de Trento, el joven responsable plasma una lúcida constatación de la situación: «Nuestra región es casi 100% católica, si miramos los certificados de Bautismo». Pero, ¿cuántos pueden ser considerados realmente buenos católicos? Quizá apenas el 10%. El viejo liberalismo, que tanto se ha infiltrado desde el siglo pasado, sigue dominando en fuertes posiciones. La vida económica, social y cultural se halla fuertemente contaminada por ese liberalismo. Para muchos católicos, la práctica religiosa se ha convertido en una cosa que se cumple por formalismo con la aspiración de desembarazarse de ella en cuanto sea posible… Pero somos cristianos, y el cristiano debe finalmente ser siempre optimista. Entre nosotros se yergue una juventud que siente asco de ese espíritu superficial, materialista y hedonista de la cultura moderna. Esa juventud conoce la finalidad última de la creación, que es la gloria de Dios, y rechaza toda separación entre dos visiones del mundo: la de la vida privada en la que seríamos cristianos, y la de la vida pública en la que seríamos ateos. Se esfuerza por glorificar a Dios no solamente en privado, sino igualmente en el trabajo de cada día y en la vida social… Únicamente si devolvemos a Dios el honor que le es debido, no solamente en la iglesia sino también en nuestro trabajo y en la vida pública, se cumplirá la segunda parte del mensaje de Navidad: …Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». José expresa de ese modo su adhesión a la enseñanza de las encíclicas Quas primas y Quadragesimo anno, recientemente publicadas por el Papa Pío XI.

La asistencia frecuente a Misa es un componente fundamental de su vida cristiana: «La participación en el Sacrificio de la Misa y el acceso a la Sagrada Mesa significan para nosotros retomar fuerzas para el combate cotidiano que debemos llevar contra todas las potencias oscuras que amenazan nuestra salvación». Con esa finalidad, los jóvenes de Acción Católica emprenden la restauración de una hermosa pequeña iglesia: San Juan. El padre Ferrari les hace entrega de los misales que contienen el texto latino y la traducción alemana, algo todavía poco corriente en la época.

El único “guía”

Tres años después de la ascensión de Adolfo Hitler al poder en Alemania, José alude por primera vez al entusiasmo por Hitler, hacia el que muchos tiroleses se dejan arrastrar: «Lo que presenciamos, en materia de culto al Führer (“guía”), a menudo no es otra cosa que paganismo. Para la Acción Católica, se trata hoy de mostrar a las masas al único “guía” que tiene derecho a ejercer una autoridad y un poder ilimitados: a Cristo, nuestro Guía. Dos grandes corrientes están enfrentadas: una cuyo lema es “el mundo para Cristo”, y otra que honra a Satanás como a su Führer supremo». El acercamiento político iniciado desde 1936 entre la Alemania nazi y la Italia fascista desemboca, en mayo de 1939, en el Pacto de Acero, alianza ofensiva y defensiva de las dos potencias. El Tirol del Sur, reclamado por Alemania, es el único punto de disensión. En octubre, Hitler acuerda con Mussolini un compromiso: los tiroleses del sur que lo deseen tendrán derecho a emigrar a Alemania, donde se les dotará de lo que necesiten, y los que quieran quedarse en el país deberán renunciar a su cultura para convertirse en «italianos al 100%». La población de lengua germana del Tirol del Sur, al padecer la miseria económica y las vejaciones de la Italia fascista, opta en un 80% por la emigración hacia Alemania (aunque muchos no podrán partir a causa de la guerra). La familia Mayr-Nusser, convencida por el padre Ferrari, decide quedarse. Los tiroleses del sur que no se exilian se organizan y, a partir del otoño de 1939, se funda, en el mayor de los secretos, la asociación Andreas Hofer (que lleva el nombre de un héroe de la resistencia tirolesa contra la invasión napoleónica), cuyo objetivo es defender la cultura y la identidad tirolesas. José Mayr-Nusser se une a ese movimiento de resistencia, teniendo lugar en su casa algunas reuniones secretas.

Desde 1928, José trabaja en estrecha relación con Hildegarda Straub, su superiora jerárquica en la sociedad Eccel. Hildegarda milita también en la Acción Católica. Él le pide matrimonio, pero, al pertenecer a un estatus social más elevado, ella vacila. No obstante, las cualidades de inteligencia y de corazón que descubre en José la deciden a aceptar. La boda se celebra el 26 de mayo de 1942. Gracias a la encíclica Casti Connubii de Pío XI (1930), José puede acogerse a una doctrina católica muy completa sobre el matrimonio cristiano, elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento, y sobre la complementariedad de los sexos masculino y femenino. Los jóvenes esposos van de luna de miel a Roma, alojándose en el Vaticano; allí coinciden con numerosos judíos, albergados por el Papa Pío XII, a la espera de visados para los Estados Unidos. Hildegarda aprecia las cualidades de su marido, su afecto, su amorosa presencia, su paciencia y su opinión positiva de los demás, en especial del clero, que se abstiene de criticar. El 1 de agosto de 1943, el nacimiento del pequeño Alberto colma a la joven pareja.

Pero la situación política evoluciona dramáticamente. El 9 de julio de 1943, los aliados (norteamericanos e ingleses) desembarcan en Sicilia. Quince días más tarde, Mussolini es depuesto por los dignatarios del partido fascista; en septiembre, bajo el impulso del rey Víctor Manuel III, Italia capitula y se alinea en el campo aliado. Como réplica, el ejército alemán desarma a las tropas italianas y ocupa la península. El Tirol del Sur es administrado por el Reich alemán, el cual es hostigado en adelante en tres frentes por los soviéticos y los anglosajones. Los nazis retienen para el ejército a los hombres tiroleses del sur. Si bien es ciudadano italiano por elección, José es movilizado a finales de agosto de 1944. Para evitar represalias contra su familia, renuncia a eludir esa obligación, pero expresa su temor a ser alistado en la Waffen-SS, ejército paralelo creado por Himmler, pues los SS, muy fanatizados, han destacado por numerosos abusos. José está decidido a negarse a obedecer, a cualquier precio, órdenes contrarias a su conciencia aclarada por la doctrina cristiana. El 7 de septiembre de 1944, junto con otros 80 reclutas, José parte hacia Konitz, en Prusia oriental, actualmente en Polonia. José escribe a su esposa: «No te preocupes por mí, querida, pues estamos en manos de Dios. No te enfades conmigo si te hablo de cosas muy materiales, pero me alegraría recibir alguna ropa de abrigo, así como algo con que llenar mi estómago. El estado de guerra total es visible por todas partes, aquí en el Reich».

Una espina durísima

José y sus compañeros son sometidos a un entrenamiento militar demencial y a un continuo adoctrinamiento; con gran disgusto por su parte, llevan el uniforme de las SS. Confía con mucho tacto a su esposa su intención de negarse a jurar fidelidad incondicional a Hitler, y añade: «La idea de que mi decisión podría hundirte en la desgracia es para mí una espina durísima en el corazón… Pero la certeza, querida esposa, de que me comprendes y de que compartes mi manera de verlo, representa para mí un enorme consuelo. Tu plegaria me dará fuerza en el momento decisivo». Sin embargo, José espera poder contar con la compresión de sus superiores y ser dispensado del juramento, como lo ha sido uno de sus compañeros tiroleses del sur. Al terminar el período de formación, el sargento responsable de la compañía anuncia a los 80 reclutas que al día siguiente, 5 de octubre, serán llamados a prestar el juramento de fidelidad de las SS, cuyo texto lee: «A ti, Adolfo Hitler, Führer y Canciller del Reich, juro fidelidad y valor. A ti y a los jefes designados por ti, juro obediencia hasta la muerte. ¡Que Dios me ayude!». José levanta la mano y declara que no puede prestar ese juramento. Entonces el sargento va en busca del jefe de la compañía, quien pide al joven que aporte razones para ese rechazo. José responde que no puede prestar juramento por motivos religiosos. El oficial le pregunta: «¿Entonces no eres 100% nacionalsocialista? —¡No, no lo soy!» —le contesta José con calma y de frente. El jefe de la compañía le pide entonces que exprese su rechazo por escrito, lo que realiza allí mismo indicando que rechaza el juramento «por motivos religiosos». Petrificados, los compañeros de José tienen el sentimiento de que acaba de firmar su sentencia de muerte. Unos días antes, el vecino de cama de José, Hanskarl Neuhauser, había dicho a José al confiarle éste su intención de rechazar el juramento: «No creo que Dios Nuestro Señor exija esto de nosotros». José había respondido: «Si nunca nadie tiene la valentía de decirles que no está de acuerdo con su ideología nacionalsocialista, entonces nunca cambiará la situación». Sabía que esa decisión le costaría al menos la libertad, si no la vida, pero su conciencia le dictaba que debía actuar de ese modo. Ese mismo día es encarcelado, abriéndosele un proceso por traición.

Un testimonio urgente

El 12 de noviembre, José escribe extensamente a Hildegarda para intentar tranquilizarla y consolarla. Desea ardientemente volverla a ver, a ella y a su pequeño Alberto, y se muestra seguro de que su amor resistirá esa dura prueba y de que saldrá fortalecido. «Mi profesión de fe te producirá un inmenso dolor, pero la urgencia de semejante testimonio es ineludible en adelante. Son dos mundos que se enfrentan. Mis superiores han mostrado con demasiada claridad que rechazaban y odiaban lo que para nosotros los católicos es sagrado y a lo que no podemos renunciar… ¡Hildegarda, esposa querida, sé fuerte! ¡Dios no nos abandonará, ni a ti ni a mí! Cuando el Señor pide un sacrificio, concede la fuerza para ofrecerlo. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Ni el fuego, ni la espada… (cf. Rm 8, 35). Jamás había sentido esto tan profundamente como hoy… Aquí no tengo ningún compañero con quien compartir mi fe, ni tampoco auxilio religioso; ¡cuánto me pesa esa ausencia! Pero cuánto me consuela también pensar que hay tantas personas que rezan por mí, en mi país natal». El día 14 es trasladado a Dantzig para ser juzgado por un tribunal militar. El 5 de diciembre, da gracias efusivamente a su esposa por esas cartas que el juez le ha trasmitido, y la anima a esperar y a abandonarse a la Providencia. Será su última señal de vida. El 5 de abril de 1945, Hildegarda será informada oficialmente de que «el soldado SS José Mayr-Nusser ha fallecido en la estación de Erlangen de una bronconeumonía».

La carta de Fritz Habicher a la viuda de José permitió conocer las condiciones de la muerte de su marido. A principios de febrero de 1945, Habicher, alistado a la fuerza, había recibido el encargo, junto con otros cuatro SS, de escoltar hasta el campo de concentración de Dachau un convoy de militares condenados a muerte por haberse negado a llevar armas. José Mayr-Nusser, uno de los condenados, era presentado a los cinco guardias como un traidor que había abandonado a sus compañeros en pleno combate. Pero Fritz queda impactado por la dulzura de José, su amabilidad y su manera de dar las gracias por cualquier pequeño favor; sospecha que no es el traidor que le han descrito. En la estación de Dantzig, los condenados son encerrados en un vagón y conducidos, casi sin comida ni bebida, durante diez días, a una Alemania en ruinas. El tren llega a Erlangen, cerca de Nuremberg. Como quiera que las vías están dañadas, el convoy no puede seguir. José sufre de un edema por causa del hambre, así como de una fuerte diarrea. A los detenidos se les da algo de alimento, pero se les impide abandonar el vagón. Al cabo de ocho días, el oficial del convoy obtiene autorización para trasladar a los más enfermos, uno de ellos José, a un cuartel transformado en hospital. Deben caminar varios kilómetros a través de la ciudad; al final, totalmente agotado, José debe ser transportado por sus compañeros. Tras una larga espera, el médico lo devuelve al vagón, declarando que deberá pasar consulta al día siguiente en el hospital; afirma que su caso no es tan grave. José acepta el veredicto con dulzura, así que es reconducido a la estación de Erlangen y da las gracias a sus compañeros mediante una calurosa frase: «¡Que Dios os lo devuelva por todo!». Unas horas más tarde, durante la noche del 23 al 24 de febrero de 1945, José muere solo en el vagón, sin el auxilio de un sacerdote (que los SS no han considerado necesario llamar). Cerca del cuerpo, Habicher encuentra un Nuevo Testamento, un misal y un rosario; a partir de ese momento, está seguro de que un cristiano tan ejemplar no ha podido traicionar a sus compañeros. Habicher y los demás SS lo entierran con honores militares en presencia de un sacerdote de Erlangen.

En 1947, una autopsia practicada en su cuerpo confirma la causa de la defunción: José Mayr-Nusser ha «muerto de hambre». En 1958, su cuerpo es trasladado a Bolzano; será enterrado en 1963 en el interior de la iglesia nueva de Lichtenstern, dedicada a san José. En 2005, se erigió un monumento en su memoria; al proceder a su beatificación, el obispo de Bolzano-Bozen, Monseñor Wilhelm Egger, declaró: «Hoy en día vivimos en una sociedad llamada libre, pero existe una presión moral enorme, incluso coercitiva, de la cual nuestras familias y sobre todo los jóvenes pueden difícilmente escapar, en favor de la “libertad” sexual, de la infidelidad conyugal, del divorcio… José Mayr-Nusser puede darnos un ejemplo de fidelidad a la conciencia por encima de las tendencias del momento, siempre cambiantes. Los ideales por los que murió Nusser —la caridad, la fe, la libertad— deberían ser los ideales educativos que necesita la célula familiar».

Venció

El 18 de marzo de 2017, en Bolzano, José Mayr-Nusser recibió los honores de la beatificación bajo la presidencia del cardenal Angelo Amato. Al día siguiente, el Papa Francisco, con motivo del Ángelus en la plaza de San Pedro de Roma, decía: «En razón de su gran envergadura moral y espiritual, este beato, que murió mártir porque se negó a adherirse al nazismo por fidelidad al Evangelio, constituye un modelo para los fieles laicos». Para Monseñor Ivo Muser, actual obispo de Bolzano, «José Mayr-Nusser tiene mucho que decirnos a nosotros y a nuestra época. No solamente es alguien que se negó a prestar juramento a Hitler, sino que es alguien que se alimentó y vivió de la identidad cristiana. Veo en esta figura valiente e incómoda, que nos confronta en un capítulo sombrío y penoso de nuestra historia, sobre todo un testimonio creíble y coherente de la fidelidad a su propia conciencia; una conciencia que se alinea con el Evangelio y con la enseñanza de la Iglesia. El beato José actuó con la convicción bíblica de que hay que obedecer a Dios más que a los hombres (Hch 5, 29). Y ahora debemos y podemos confesar con convicción que José Mayr-Nusser fue vencido por un sistema despreciable y destructor del hombre, pero que, a los ojos de Dios, ¡es él quien ha vencido!».

Pidamos al beato José que interceda en nuestro favor para que también nosotros tengamos la valentía de seguir su ejemplo de fidelidad perfecta al Señor.

Dom Antoine Marie osb

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