El 18 de octubre de 1999
San Lucas


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Tres de marzo de 1953. El médico Luis García Andrade, de Madrid, atiende en su consulta a la niña de dos años y medio María Victoria Guzmán Gascó, que padece una infección agravada con trastornos de meninge. A veces sufre convulsiones que duran entre cinco y diez minutos, con rigidez en las manos y en las piernas. El diagnóstico no deja ninguna esperanza: se trata de una meningitis tuberculosa. A pesar de llevar un tratamiento riguroso, el estado de María Victoria empeora, hasta tal punto que el 8 de marzo parece muerta: ojos hundidos, ventanas de la nariz pinzadas, respiración imperceptible, cuerpo frío como el mármol y carente de reacciones.

Entonces, una persona declara que se habría podido salvar a la niña si se la hubiera encomendado al padre Rubio. La madre, pensando que nada es imposible para Dios, pide que busquen una reliquia del sacerdote. Tomando a su hija entre sus brazos, se la aplica por todo el cuerpo implorando: «Padre Rubio, haga todo lo que pueda», queriendo decir con ello que si vuelve a la vida que sea con buena salud. En efecto, pues según los médicos, en el caso improbable de que sobreviviera, María Victoria se quedaría ciega y disminuida mentalmente.

Al cabo de un rato, ante el general asombro, María Victoria abre los ojos, se sienta en brazos de su madre y dice: «Mamá, ponme los zapatos nuevos y vamos de paseo». El 10 de marzo, llevan a María Victoria a la consulta del Dr. Andrade. Un análisis de sangre revela que los síntomas que, cuatro días antes, habían producido un diagnóstico tan alarmante han desaparecido. «Es un verdadero milagro del padre Rubio, declara el médico. No se vaya de Madrid sin pasar por la casa de los jesuitas y contárselo todo al padre Cuadrado» (vicepostulador para la beatificación del padre Rubio).

Inexplicable

Tal prodigio es estudiado por los doctores Bosch Marín, miembro de la Academia de medicina, y Torres Gost, director del Hospital de enfermedades infecciosas. A sus dos años y medio, esa niña curada milagrosamente no puede ser una neurótica, ni una impostora. Además, los análisis revelan que ha padecido una infección orgánica aguda, de la que se ha curado súbitamente y sin la más mínima secuela psíquica. Los médicos de la comisión médica de la Congregación para las causas de los santos reconocerán, el 27 de junio de 1984, que la curación fue «instantánea, completa y permanente, sin ninguna explicación natural». Aquel milagro sirvió para la beatificación del padre Rubio.

Antes de proceder a la beatificación o a la canonización de un siervo de Dios, la Iglesia espera que se produzca un milagro atribuible a la intercesión de aquél. Hoy en día, en tales causas, se tienen en cuenta esencialmente milagros de curación física. Son siete los criterios que permiten juzgar si una curación es milagrosa: 1) La enfermedad o la invalidez debe ser grave y, en opinión de los médicos competentes, incurable o, al menos, extremadamente difícil de curar. 2) El enfermo no debe estar a punto de curarse o en medio de una crisis que, generalmente, precede a la curación. 3) Los auxilios médicos no deben haberse empleado todavía, o si lo han sido no deben haber producido efecto. 4) La curación debe haber sido instantánea. 5) Debe ser perfecta, es decir, concernir a la totalidad de la enfermedad y sin dejar graves secuelas. 6) A la curación no debe precederle un período de mejora o de restablecimiento. 7) La curación debe ser estable y duradera, sin recaída ni reincidencia. Una vez se cumplen todos esos criterios y ya no queda posibilidad alguna de explicar por medios naturales la curación, entonces puede reconocerse el milagro.

Un milagro es un hecho sensible y evidente que va contra las leyes constantes y conocidas de la naturaleza, y que no resulta posible sin una especial intervención de Dios. ¿Por qué Dios hace milagros? En primer lugar para afianzar la fe. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo los milagros consolidan la fe de los fieles y producen conversiones: Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo. Y solían estar todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón, pero nadie de los otros se atrevía a juntarse a ellos, aunque el pueblo hablaba de ellos con elogio. Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres (5, 12-14). San Agustín afirma que la primera función de los milagros es establecer la fe (La ciudad de Dios, 1, 22).

Los milagros pueden también poner de manifiesto la santidad de una persona a la que Dios quiere proponer como ejemplo. En el caso de una beatificación, la Iglesia exige un milagro para confirmar el juicio previo que ha emitido sobre la práctica heroica de las virtudes del candidato.

Largos momentos con María

Pero, ¿quién es el Beato padre Rubio? José María Rubio viene al mundo en Andalucía, el 22 de julio de 1864. Sus padres, agricultores, son muy buenos cristianos y, cada noche, rezan el Rosario en familia. El Ave María es una plegaria que viene del Cielo. «Los cristianos, dice el Papa Juan Pablo II, aprenden a rezar esa oración en familia desde su más tierna infancia, recibiéndola como un precioso don que hay que conservar durante toda la vida. Esa misma plegaria, repetida una y otra vez en el Rosario, ayuda a que muchos fieles puedan entrar en la contemplación orante de los misterios evangélicos y a permanecer en ocasiones largos momentos en contacto íntimo con la Madre de Jesús... Piden a la Madre del Señor que los acompañe y los proteja por el camino de la existencia cotidiana» (15 de noviembre de 1995). De hecho, la intercesión de María produce abundantes frutos de santidad, y despierta vocaciones.

José María frecuenta la Iglesia desde muy pequeño, y cuando ésta se encuentra cerrada le pide la llave al sacristán para poder rezar ante el Santo Sacramento, revelando de ese modo en él un espíritu sobrenatural. Es muy afectuoso con los suyos -tendrá doce hermanos y hermanas, seis de los cuales morirán en edad temprana- y estudioso en la escuela. Después de sus estudios de filosofía y de teología en el seminario de Granada, José María es ordenado sacerdote en 1887. Nombrado primero vicario y después párroco, cumple además durante trece años con el oficio de capellán de las religiosas bernardinas. En su apostolado sacerdotal, cuida de los enfermos y de los pobres, a los que instruye en las verdades de la fe. «Daba gusto oírlo», dirá un testigo. A través de su lenguaje sencillo, sin afectación, es Dios mismo quien pasa. En el confesionario, ofrece una dirección espiritual exigente, pero quienes recurren a su ayuda le son fieles más tarde, incluso si su dirección exige que abandonen los malos hábitos. Consigue que sus penitentes se comprometan a realizar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, los sumerge en lo sobrenatural, enseñándoles a conversar con Dios en la meditación y en la oración, a realizar el examen de conciencia, a soportar por amor a Dios las dificultades de la vida.

La "Guardia de honor" y las "Marías"

En 1905, su padre abandona este mundo hacia la eternidad. Aquel doloroso duelo deja libre al cuadragenario Don José María, pues ya desde el seminario había deseado ingresar en los jesuitas, pero sus padres se lo habían prohibido. Así pues, en 1906 ve realizado su deseo. En el noviciado de los jesuitas, el padre Rubio se entrega con fervor a la oración y a la penitencia. Nos escribe lo siguiente: «Todo me viene de Dios y todo debe retornar a Él. Por eso mi corazón debe amar a mi dulce Señor, a Jesús, mi bien, mi reposo, mi consuelo, mi riqueza, y en el cielo, un día, mi gozo y mi gloria eternos».

Se le asignan diversos ministerios. El Congreso Eucarístico Internacional de Madrid, en 1911, suscita una renovación de la práctica religiosa y de los actos de piedad hacia la Sagrada Eucaristía. Entre ellos, se le confía al padre Rubio la «Guardia de honor del Sagrado Corazón», que reúne a sus miembros para los oficios religiosos, los primeros viernes de mes (con la hora santa la víspera), los primeros domingos de mes, en la recolecta mensual, durante la novena de la festividad del Sagrado Corazón y en los actos caritativos. El padre Rubio desvela muy pronto sus cualidades de organizador. Hay que añadir a ello otra obra: la de las "Marías del sagrario". Se trata de proveer con «Marías» adoradoras los solitarios sagrarios abandonados por los cristianos. El padre exige de esas "Marías", que representan a las santas mujeres que se hallaban en el Gólgota, cerca de la cruz de Jesús, que abandonen toda vida mundana: ni novelas, ni modas, ni bailes, enseñándoles a vivir de las virtudes sobrenaturales de la fe, la esperanza y la caridad.

Las horas santas organizadas por el padre Rubio conocen un gran éxito y suscitan profundas transformaciones espirituales. La adoración del Santísimo Sacramento es, en efecto, un ejercicio sumamente útil para las almas. Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros, está presente de múltiples maneras en su Iglesia, pero sobre todo bajo las especies eucarísticas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1373). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Catecismo, 1374).

La Iglesia Católica ha rendido y sigue rindiendo culto de adoración al sacramento de la Eucaristía, incluso fuera de la celebración de la Misa. Y lo hace conservando con el mayor de los cuidados las hostias consagradas, presentándolas con solemnidad a los fieles para que las veneren, y llevándolas en procesión. «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II, cf. Catecismo, 1380).

Una sencillez cautivadora

El éxito de los sermones del padre Rubio es tal que incluso logra asombrar a sacerdotes y jesuitas, y las multitudes se acercan para oírlo. «Conseguía penetrar en los corazones como el filo de un cuchillo», se dirá de él más tarde. Sin embargo, humanamente hablando, el padre Rubio es un predicador sin talento, y no hay nada extraordinario en su doctrina, en su estilo o en su elocución. Se expresa con una sencillez algo ingenua, como en una conversación privada, compartiendo con las almas su profunda vida interior.

Un día, hablando por ejemplo del deber de reparar las faltas cometidas, decía lo siguiente: «Queridos hermanos, ¿acaso hay una forma mejor de repararlas? Cumplid con vuestro deber. Vosotros, padres de familia, cumplid con vuestra hermosa misión. Vosotras, esposas que me estáis escuchando, cumplid cada una a la perfección con vuestro deber en la vocación en que os ha situado el Divino Corazón. El cumplimiento del deber exige sacrificio». Y, con su lenguaje sencillo y accesible a todos, no duda en afirmar que faltar gravemente a su deber de estado y rehusar el sacrificio es seguir el camino del infierno; entonces resulta necesaria una conversión sincera para volver a tomar la senda del Cielo.

En sus sermones, el padre Rubio repite sin cesar las mismas cosas, pero las almas se dejan arrebatar siempre por el arrepentimiento y el amor. Les habla de los últimos momentos del hombre: de la muerte, del juicio final, del Cielo y del infierno. En nuestros días «se habla poco de las postrimerías, decía el Papa Pablo VI. Pero el Concilio Vaticano II nos recuerda las solemnes verdades escatológicas que nos conciernen, incluso la terrible verdad de un posible castigo eterno al que llamamos infierno, del que Jesucristo habla sin reticencias» (Audiencia del 8 de septiembre de 1971). El mismo Papa decía además: «Uno de los principios fundamentales de la vida cristiana es que debe vivirse en función de su destino escatológico futuro y eterno. Sí, hay realmente de qué temblar. Escuchemos otra vez la profética voz de San Pablo: Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación (Fp 2, 12). La gravedad y la incertidumbre de nuestra suerte final han sido siempre un abundante objeto de meditación y una fuente de energía sin igual para la moral, así como para la santidad de la vida cristiana» (28 de abril de 1971).

Perspectiva...

Con motivo del 2 de noviembre de 1983, el Papa Juan Pablo II decía: «Las reflexiones que nos sugiere la conmemoración de los difuntos nos sumergen en el gran tema de los últimos momentos: muerte, juicio final, infierno y paraíso. Es la perspectiva que debemos mantener sin cesar ante nuestros ojos, es el secreto para que la vida adquiera pleno sentido y se desarrolle cada día con la fuerza de la esperanza. Meditemos con frecuencia sobre las postrimerías y comprenderemos mucho mejor el significado de la vida». Los santos creyeron en todas las épocas en la enseñanza de la Iglesia sobre los últimos momentos, incluida la existencia del infierno, dogma difícil de admitir para las mentalidades modernas, más tributarias de las apariencias y de los sentimientos que sometidas a la luz de la fe. El beato Federico Ozanam escribía lo siguiente: «Algunos contemporáneos no pueden soportar el dogma de la eternidad de las penas del infierno, y lo encuentran inhumano; pero, ¿pueden acaso amar más a la humanidad o tener una conciencia más precisa de lo que es justo e injusto que San Agustín y Santo Tomás, que San Francisco de Asís y San Francisco de Sales? Así pues, no es que amen más a la humanidad, sino que tienen un sentimiento menos intenso del horror del pecado y de la justicia de Dios».

Al mismo tiempo que enseña esas verdades de salvación, el padre Rubio no deja de exhortar a sus oyentes para que depositen su confianza en Dios, recordándoles que Él ha puesto a su disposición abundantes medios sobrenaturales para ganar el Cielo: oración, penitencia, frecuencia de los sacramentos, perdón de las ofensas, etc. Su método, basado en la confianza del poder de la gracia, desbarata los temores pusilánimes. Un día en que va a predicar a los barrios populares de Entrevías y Vallecas, le recomiendan encarecidamente que hable de cuestiones sociales sin decir ni una sola palabra sobre la confesión. A pesar de ello, el jesuita aborda únicamente ese tema y, nada más terminar, todos los hombres sin excepción se arrodillan en el barro pidiendo la confesión.

Bajo una escalera

Apoyándose en las siguientes frases del profeta Isaías: Haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos... Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán (1, 17-18), y en las del profeta Daniel: Rompe tus pecados con obras de justicia (4, 24), el padre Rubio recomienda la práctica de las buenas obras y el cuidado de los pobres. Él mismo da ejemplo de ello, y cada día recibe cartas reclamando ayuda. Tiene que encontrar asilo para unos ancianos, dotes para futuras religiosas, trabajo para unos parados, además de recomendar a mujeres como asistentas, regularizar matrimonios, resolver litigios, conseguir limosnas para mendigos, visitar lisiados, etc. Al no poder atenderlo todo, pide ayuda a los laicos. «En el locutorio, donde esperaba mantener con él una entrevista espiritual, contó una de sus penitentes, me dijo varias veces con gran delicadeza: ya hablaremos mañana. ¿Quiere substituirme en una obra de caridad? Bajo una escalera, en tal número de tal calle hay una pobre tuberculosa. Es un alma en quien Jesús se complace. Se encuentra muy angustiada».

Al padre Rubio le gusta entronizar al Sagrado Corazón (es decir, situar una de sus imágenes en un lugar de honor) -llegó a hacer 10.000 entronizaciones en 18 años- y no solamente en los palacios y en las escuelas, sino también en los más pobres tugurios. Lo hace, por ejemplo, en una vaquería, mientras el dueño duerme en el establo, colocando una imagen del Sagrado Corazón encima del comedero de los animales. Llega a fundar y a dirigir cuatro conferencias de San Vicente de Paúl. Se dedica mucho a los enfermos, diciendo que ese cuidado ayuda a quienes tienen el alma en mal estado a integrarse mejor, y , en general, a las personas que son poco simpáticas. Cuando pasea a pie con un compañero, ambos rezan el Rosario y lo terminan con una oración en una iglesia.

En una ocasión, una mujer mayor le dice: «Venga esta tarde a confesar a un moribundo», y le da la dirección. Cuando el padre Rubio llama a la puerta, le abre un joven que estaba tocando el piano. El religioso pronuncia el nombre del "enfermo", y el hombre dice: «Soy yo. - Perdone, me habían dicho que había un moribundo». El hombre se echa a reír, invitando luego al visitante, que ha subido tres pisos, a descansar un poco. Así que el padre entra y, al mirar una fotografía, reconoce a la mujer mayor que, esa mañana, le había dicho que se dirigiera allí: «Es mi madre; hace mucho que falleció. - Sí, pero esa es la mujer que me ha dado su nombre y dirección, y que me ha dicho que fuera a confesar a un moribundo. Espere un poco, dice el hombre, y confiéseme». Al día siguiente por la mañana, el músico es encontrado muerto en la cama.

El padre Rubio acude a los suburbios alejados de la capital, donde, roído por la miseria y la envidia, se amontona el desecho de la ciudad, donde los traperos viven encima de las inmundicias. Quiere evangelizar sistemáticamente a esa gente, pero una sotana no resulta bienvenida en esos barrios. No hay Misa, ni siquiera un lugar donde celebrarla, y nadie siente necesidad de ello, como tampoco la necesidad de una escuela católica. Con la ayuda de un compañero jesuita, el padre Rubio consigue comprar un terreno y construir una iglesia y dos escuelas, en medio de los traperos.

Lleno de confusión

Mediante todas esas obras, el padre Rubio mantiene en sí mismo una intensa vida espiritual. En 1917, Dios le obliga a pasar por duras pruebas interiores y por crisis de escrúpulos, a lo que hay que añadir algunas persecuciones del exterior, pues algunos compañeros están en total desacuerdo con sus proyectos y con sus métodos, burlándose de sus obras y pretendiendo que quiere acapararlo todo. A pesar de aquellas humillaciones, él manifiesta una paciencia poco común, confesando con sinceridad su insuficiencia: «No sé cómo me ve Dios. Seguro que mal, me temo. Rezad por mí. Camino lleno de confusión al ver el estado de mi alma. Mis amigos conseguirán que Jesús tenga misericordia de mí». No obstante, según él, hay que saber aprovechar los defectos y las imperfecciones de cada uno para perseverar en la humildad, y él mismo sigue los consejos de sus superiores, de sus iguales y de sus inferiores.

Desde su juventud, durante la cual tuvo que tomarse un año de descanso, el padre Rubio nunca se había cuidado, fatigándose incluso en exceso. Un día, el médico le diagnostica una angina de pecho. Su superior decide enviarlo a descansar al noviciado de Aranjuez, pero el padre Rubio no se hace ilusiones: «Me voy a Aranjuez para morir». Sin otra cosa más que su crucifijo y dos diarios personales, sube al automóvil que le han procurado dos de sus hijas espirituales, quienes se lamentan de verlo partir: «Ya no me necesitáis, les dice. Sabéis cuál es el camino que conduce al Cielo y es lo único que os falta por hacer».

«Estoy aquí para arreglar mis asuntos con Dios y para descansar», dice al llegar a Aranjuez. El 2 de mayo de 1929, víspera del primer viernes de mes, dice a su superior: «Padre, ¡qué día tan bueno el de mañana para subir al Cielo desde hoy!». Desde su ordenación sacerdotal, 41 años antes, había repetido sin cesar su deseo de morir un primer jueves de mes, para celebrar mejor en el Cielo el primer viernes. Hacia las seis de la tarde se siente muy mal, recibiendo inmediatamente los últimos sacramentos. Poco después expira, dejando su cuerpo en la tierra, mientras su alma entra en la indecible felicidad del Cielo.

Al proclamar Beato al padre José María Rubio, el 6 de octubre de 1985, el Papa Juan Pablo II lo presentó como a un «verdadero otro Jesucristo». Que podamos nosotros también, con la ayuda de la Santísima Virgen y de San José, llegar a ser unos perfectos discípulos del Salvador. Los monjes rezan por Usted y por todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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