25 de marzo de 1999
Anunciación


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En el transcurso de las Jornadas Mundiales de la Juventud, en agosto de 1997, el Papa Juan Pablo II decía: «Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor (1 Jn 4, 7-8). Esta frase del apóstol es verdaderamente el núcleo de la Revelación». Así pues, para dar un ejemplo tangible de amor a Dios y al prójimo, el Santo Padre procedía a la beatificación de Federico Ozanam en la catedral de Notre-Dame de París.

En la mirada de una madre...

Aunque son franceses, Juan Antonio Ozanam y su esposa María viven en Milán cuando, en 1813, llega al mundo su hijo Federico. Regresarán a Lyón en 1816. La educación que Federico recibe de sus padres, consagrados de manera incansable a Dios y a los pobres, lo marca profundamente: «En las rodillas de mi madre aprendí a temerte, Señor, y en sus miradas tu amor». Pero el niño había nacido muy enclenque; a los seis años es abatido por una fiebre tifoidea, pero consigue curarse de esa grave enfermedad gracias a la milagrosa intervención de San Juan Francisco Régis, al que se habían encomendado todos sus familiares.

A pesar de su pureza angelical, de su sinceridad sin artificios y de su tierna compasión hacia cualquier clase de sufrimiento, Federico no es de temperamento fácil. En una carta dirigida a un antiguo compañero de curso, se describe como sigue: «Nunca fui tan malo como cuando tenía ocho años. Me había vuelto obstinado, colérico y desobediente. Cuando me castigaban yo me sublevaba contra los castigos... Era perezoso a más no poder, y no había travesuras que no se me ocurrieran». A la edad de nueve años, su padre lo matricula en el colegio real de Lyón, para estudiar quinto curso. Gracias a la bondad de sus profesores, su carácter se vuelve más flexible.

Lo verdadero no contradice lo verdadero

A los quince años, Federico atraviesa un período de dudas contra la fe. Influenciado por el clima de incredulidad que reina entonces, acaba preguntándose por qué sigue teniendo fe. ¿Acaso los recientes descubrimientos de la ciencia no contradicen la fe? ¿Puede la razón conocer con certeza la existencia de Dios?... Son cuestiones que le preocupan. En el fragor de la prueba le promete al Señor que, si se digna hacer brillar la verdad ante sus ojos, consagrará su vida entera a defenderla. Y Dios lo escucha y lo conduce hasta el padre Noirot. Aquel sacerdote, profesor de filosofía, le enseña a apuntalar la fe mediante el uso correcto de la razón. Porque en ocasiones pensamos que hay que elegir entre la fe y la razón; pero estamos equivocados. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas, nos enseña el Concilio Vaticano I. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás lo verdadero» (Catecismo de la Iglesia Católica, 159). «Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, pues por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía (a causa de cierta semejanza), a contemplar a su Autor (Sb 13, 5) (Catecismo, 2500).

Al padre Noirot le gusta tener a Federico como compañero de paseos, y entre maestro y discípulo discuten las cuestiones acerca de la armonía entre la ciencia y la fe. Así que, poco a poco, las dudas de Federico dejan paso a la certeza. «Hacía ya algún tiempo, escribirá más tarde, que sentía en mi interior que necesitaba algo sólido donde poder sujetarme y echar raíces, para resistir así al torrente de la duda. Y he aquí que mi alma se encuentra hoy colmada de gozo y de consuelo. De acuerdo con mi fe, mi razón ha recuperado en el presente aquel catolicismo que aprendí de labios de una madre maravillosa y a la que tanto quise en mi infancia».

Los asaltos de la falsa ciencia

En 1830, el matrimonio Ozanam envía a su hijo a París para que estudie derecho. Una vez allí, Federico reúne a un grupo de jóvenes católicos inteligentes y decididos: «Sentíamos la necesidad de fortalecer nuestra fe en medio de los asaltos que le libraban los diferentes sistemas de la falsa ciencia». Además, organizan unas "Conferencias de historia y de literatura", es decir, reuniones «de amigos que trabajan juntos para la edificación de la ciencia bajo el estandarte del pensamiento católico». La formación doctrinal tiene, en efecto, una gran importancia, porque las personas inteligentes necesitan que se las ilustre, mediante las verdades reveladas, acerca de Dios, Nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia. En esa luz de la fe, el hombre es ciego, como lo escribía el Papa San Pío X: «Cuando el alma se halla rodeada de las espesas tinieblas de la ignorancia, resulta imposible que subsistan la recta voluntad o las buenas costumbres... Cuando la luz de la fe no está completamente extinguida, queda la esperanza de una enmienda de las costumbres corrompidas; pero si ambas se unen -corrupción de las costumbres y desmayo de la fe por ignorancia- apenas habrá sitio para el remedio, y el camino de la perdición permanece abierto» (Encíclica Acerbo nimis, 15 de abril de 1905). El conocimiento de las verdades cristianas se adquiere mediante el estudio de la apologética (ciencia que demuestra el origen divino del cristianismo) y de la historia, pero sobre todo con una exposición sintética de la doctrina católica, como se hace en el Catecismo.

Con motivo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Juan Pablo II escribía: «Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia, para permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de Dios... Que la luz de la verdadera fe libre a la humanidad de la ignorancia y de la esclavitud del pecado, para conducirla a la única libertad digna de este nombre: la de la vida en Jesucristo bajo la guía del Espíritu Santo, aquí y en el Reino de los cielos, en la plenitud de la bienaventuranza de la visión de Dios cara a cara» (Juan Pablo II, 11 de octubre de 1992).

«¡El catolicismo está muerto!»

Pero, muy pronto, la formación doctrinal y los intercambios de opinión históricos con sus amigos creyentes ya no le bastan a Ozanam. En el transcurso de las "Conferencias de historia", algunos asistentes le objetan: «Si se refieren al pasado tienen toda la razón, pues en otro tiempo el catolicismo hizo prodigios, pero hoy está muerto. Y, efectivamente, ustedes que alardean de ser católicos, ¿qué están haciendo? ¿Dónde están las obras que demuestran su fe y que pueden hacer que la admitamos y la respetemos también nosotros?». Afectado por aquel providencial reproche, Ozanam exclama: «Para que nuestro apostolado reciba la bendición de Dios sólo le falta una cosa: las obras de caridad, pues la bendición del pobre es la de Dios». De ese modo, sin pensarlo dos veces, se pone manos a la obra. Y ayudado por un amigo con quien comparte la habitación de estudiante, le lleva a un pobre hombre la poca leña para calefacción que le queda para los últimos meses de invierno.

«Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una vida digna del Evangelio de Cristo (Flp 1, 27). Por los sacramentos y la oración reciben la gracia de Dios y los dones de su Espíritu que les capacitan para ello. Siguiendo a Cristo y en unión con Él, los cristianos pueden ser imitadores de Dios, como hijos queridos y vivir en el amor (Ef 5, 1), conformando sus pensamientos, sus palabras y sus acciones con los sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Flp 2, 5) y siguiendo sus ejemplos» (Catecismo, 1692, 1694). «Jesús fue enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres (Lc 4, 18). Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce el hambre, la sed y la privación. Aún más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia ellos la condición para entrar en su Reino» (Catecismo, 544).

«Sois nuestros maestros»

Por lo tanto, las obras de caridad son para Ozanam el medio concreto de amar a Cristo en sus miembros sufrientes: «A los pobres los vemos con nuestros ojos de carne. Están aquí. Podemos poner el dedo y la mano en sus llagas, y las huellas de la corona de espinas son visibles en sus frentes. Deberíamos postrarnos a sus pies y decirles con el apóstol: "Sois mi Señor y mi Dios. Sois nuestros amos y nosotros seremos vuestros siervos..."». El 23 de abril de 1833, Federico y seis de sus amigos organizan una "Conferencia de caridad" bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl. Nacía de ese modo la obra de las Conferencias de San Vicente de Paúl, que en la actualidad cuenta con 800.000 miembros repartidos en 47.600 Conferencias, en 132 países. Ozanam había dicho: «Quiero aglutinar al mundo entero en una red de caridad». «Para el estudioso de la historia de la Iglesia, fue siempre un motivo de estupor-y para el creyente una confirmación de su origen divino- el hecho de que la caridad cristiana fuera tan diligente en ofrecer en todas las épocas hombres y obras para el alivio de todas las miserias», decía el Papa Pío XII el 27 de abril de 1952.

A la limosna material, los nuevos "cofrades" añaden la misericordia espiritual: «Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espirituales, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia» (Catecismo, 2447). El Papa San Pío X decía: «Ciertamente, la piedad que demostramos a los pobres al aliviar sus miserias es muy apreciada por Dios; pero ¿quién podrá negar la superioridad del celo y de la labor mediante la cual cuidamos las almas, con nuestra enseñanza y nuestros consejos, y no los efímeros bienes del cuerpo sino los bienes eternos? No hay nada que pueda resultarle más deseable ni más agradable a Jesucristo, Salvador de las almas, quien dice de sí mismo a través de Isaías: me envió a predicar el Evangelio a los pobres (Lc 4, 18)» (Encíclica Acerbo nimis).

Egoísmo o sacrificio

Los auxilios materiales y espirituales que se dan a los pobres son una muestra de la vitalidad de la caridad cristiana. Pero Ozanam llega más lejos y, frente a las circunstancias de su época, considera las exigencias de la caridad en el plano social y político: «Lo que divide a los hombres de nuestros días, nos dice, no es una cuestión de formas políticas, sino una cuestión social; se trata de saber qué prevalecerá: el espíritu de egoísmo o el espíritu de sacrificio, si la sociedad no será más que una inmensa explotación en provecho de los más fuertes o una consagración de cada persona al servicio de todos».

El pensamiento y la acción de Federico Ozanam y de sus compañeros nos ofrecen un ejemplo a imitar teniendo en cuenta los nuevos condicionantes de la sociedad contemporánea. En efecto, cuando las injusticias sociales del pasado siglo todavía no han sido superadas, hay que añadir en nuestros días otros desórdenes no menos graves. El Papa Juan Pablo II nos invita a identificarlos para poderlos remediar: «Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas (Ef 5, 8. 10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la "cultura de la vida" y la "cultura de la muerte", debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias. Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida» (Encíclica Evangelium vitae, 15 de marzo de 1995, 95).

Los males de hoy

«La explotación en provecho de los más fuertes» de la que nos hablaba Ozanam aparece hoy en día con la eliminación de los seres débiles, que son los niños que van a nacer. Por eso la Iglesia no cesa de denunciar el crimen del aborto, exhortando a todos los hombres, especialmente a los cristianos, a poner en práctica su ingenio para socorrer a las mujeres embarazadas expuestas a ese drama, y para asistirlas en la acogida y educación del hijo que esperan. Pero el desprecio por la vida se manifiesta también en la eutanasia; en este caso, la misión de la Iglesia consiste en acudir en auxilio de todos los que se ven alcanzados por ese mal: enfermos en fase terminal, personas mayores, discapacitados, etc. En ese campo, una gran ayuda puede ser tanto acompañarlos moral y espiritualmente como dedicarles cuidados especiales para mitigar el sufrimiento.

La toxicomanía o drogadicción también es un azote de la sociedad moderna, y alcanza a todas las capas y a todas las regiones del mundo. Ya desde la escuela, el uso de algunas drogas se banaliza, y la distinción entre drogas blandas y drogas duras favorece ese mal. Juan Pablo II resalta al respecto: «Una distinción semejante ignora y atenúa los riesgos inherentes a cualquier tipo de consumo de productos tóxicos, en particular "las conductas de dependencia", que descansan en las propias estructuras psíquicas, "la atenuación de la conciencia y la alienación de la voluntad y de la libertad personales", cualquiera que sea la droga». En una encuesta reciente queda demostrado que más del 90% de los heroinómanos (la heroína es una "droga dura") empezaron consumiendo drogas blandas como el cannabis. El fenómeno de la droga es un mal de especial gravedad. Muchos jóvenes y adultos han muerto o morirán, y otros se ven disminuidos en sus capacidades y en su ser íntimo, esclavos de una necesidad que los incita a buscar en la prostitución o en la delincuencia el medio con que pagar su dosis diaria. La falta de propuestas humanas y espirituales vigorosas lleva a los jóvenes a buscar en el consumo de drogas un placer inmediato que les confiere la ilusión de escapar de la realidad. Poco a poco llegan a la conclusión de que todos los comportamientos son equivalentes, sin alcanzar a distinguir entre el bien y el mal y sin captar el sentido de los límites morales. Por eso todos los educadores deben intensificar la labor de formación de las conciencias, proponiéndoles a los jóvenes la verdad sobre Dios, sobre la religión y sobre el hombre. La reforma de la civilización es ante todo una obra religiosa, pues «es una verdad demostrada y un hecho histórico que no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión» (San Pío X, Nuestra carga apostólica, 25 de agosto de 1910).

«La bondadosa hermana y el hermano feliz»

Transcurren algunos años. Ozanam ha recibido en dos ocasiones el grado de doctor; es un brillante catedrático de la Universidad de París, posee la cátedra de derecho comercial en Lyón y, más adelante, será profesor en la Sorbona. Pero no tiene decidido su estado, y duda entre la vocación religiosa y el matrimonio. Cuando, en 1839, el padre Lacordaire se dedica a restaurar en Francia la Orden dominica, Ozanam se hace con un ejemplar de la regla, llegando a intercambiar algunas cartas con el eminente predicador. Federico se siente atraído por la consagración total a Dios mediante el voto de castidad. Por otra parte, reflexiona acerca de la unión conyugal, por la que tenía en un principio fuertes reticencias.

Poco a poco, al estar en contacto con algunos amigos que contraen matrimonio, sus ideas van evolucionando. A uno de ellos le escribe: «De la ternura de aquella que se unirá a usted sacará consuelo en los días adversos, en los ejemplos de esa compañera hallará valor para los días peligrosos, usted será su ángel de la guarda y ella será el suyo». Un día, al realizar una visita al rector del distrito universitario de Lyón, el señor Soulacroix, se percata por casualidad de la presencia de una joven que cuida con ternura a un hermano suyo paralítico. «La bondadosa hermana y el hermano feliz, piensa ¡Cuánto le quiere!». Acaba de ver en Amelia Soulacroix, la hija del rector, la viva imagen de la caridad. El recuerdo de aquella escena ya no le abandonará, pues aquella joven representa para él el ideal de la mujer cristiana. El matrimonio con Amelia tiene lugar el 23 de junio de 1841.

El nombramiento, en enero de 1841, de Federico Ozanam como profesor de historia de literaturas extranjeras en la Sorbona de París le proporciona los medios de responder a su vocación de apologista, aplicándose en destacar la religión católica a través de la historia. He aquí lo que escribe en 1846: «En Francia, toda la irreligión procede todavía de Voltaire y no creo que Voltaire tenga mayor enemigo que la historia. ¡Cómo no iban a tener miedo sus discípulos de ese pasado al que ultrajan, y que los aplastaría si osaran acercarse a él!... Arranquemos la costra que la calumnia dejó sobre las figuras de nuestros padres en la fe y, cuando aquellas imágenes brillen con todo su esplendor, ya veremos si la multitud se acerca o no a honrarlas». Para Ozanam, la influencia civilizadora de la Iglesia es una prueba apologética de peso, constatable por cualquier historiador imparcial. Por eso se dedica a enseñar y después a escribir la historia de la Edad Media, del siglo V al XIII, obra que su muerte dejó inacabada y en la que dice: «Todo el pensamiento de mi libro consiste en mostrar de qué modo el cristianismo supo extraer de las ruinas romanas y de las tribus acampadas sobre sus ruinas una nueva sociedad, capaz de poseer la verdad, de hacer el bien y de encontrar la belleza». La Iglesia no tiene miedo a la verdad de la historia, y sabe que sus miembros son pecadores y no siempre se comportan según su enseñanza. Pero también sabe que su doctrina espiritual y social es divina y que ha producido abundantes frutos.

«Ya voy»

Por una misteriosa disposición de la Providencia, aquella vida tan plena debía terminarse muy pronto. En 1852, Federico tiene treinta y nueve años. Es cierto que nunca había disfrutado de mucha salud, y que todo lo que había hecho lo había hecho con sufrimiento, como lo proclama de forma evidente el color lívido de su rostro. Una pleuresía acabará con él al cabo de 18 meses. El día en que cumple cuarenta años, el 23 de abril de 1853, redacta su testamento, en el que escribe: «Sé que tengo una esposa joven y bienamada, una hija encantadora, muchos amigos, una honorable carrera y trabajos ya madurados que podrían servir de base a una obra largo tiempo soñada. Pero aquí estoy, aquejado de una grave y pertinaz enfermedad... Dios mío, ¿es preciso que abandone todos esos bienes que tú mismo me han dado? ¿No te bastaría, Señor, con una parte del sacrificio? De entre todos mis afectos desordenados, ¿cuál tengo que inmolarte? ¿Te bastaría con el holocausto de mi amor propio literario, con mis ambiciones académicas, incluso con mis proyectos de estudio, donde hay quizás más orgullo que celo por la verdad? ¿Y si vendiera la mitad de mis libros para entregar el dinero a los pobres? ¿Y si me limitara a cumplir con los deberes propios de mi cargo y consagrara todo el resto de mi vida a visitar a los indigentes, a instruir a los que quieren aprender?... Señor, ¿te sentirías satisfecho con ello, dejándome envejecer dulcemente con mi esposa y acabando la educación de mi hija? Quizás, Dios mío, no lo quieras así. No aceptas estas interesadas ofrendas... Es a mí a quien requieres... Ya voy». El 8 de septiembre de 1853, hacia las 8 de la tarde, en la festividad de la Natividad de la Santísima Virgen, Federico Ozanam exhala dulcemente un largo suspiro. Es el último. María se ha acercado a buscar a su hijo bienamado para introducirlo en el indescriptible gozo del Infinito.

« Con el sudor de nuestros rostros »

Durante la homilía pronunciada con motivo de la beatificación de Federico Ozanam, el Santo Padre decía de él: «Amaba a todos los menesterosos... Recuperaba la intuición de Vicente de Paúl: "Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a expensas de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestros rostros"... Fue valiente y lúcido en aquel compromiso social y político de primer orden, en una época agitada de la vida de su país, pues ninguna sociedad puede aceptar la miseria como fatalidad sin que su honor se vea comprometido... La Iglesia confirma hoy la opción de vida cristiana que quiso seguir».

Rezemos al Beato Federico Ozanam que nos inspire una opción de vida cristiana conforme al Evangelio para aliviar las miserias que sufren los hombres de hoy, y para nuestra salvación eterna. Encomendamos a San José a todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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