8 de diciembre de 1998
Inmaculada Concepción de Nuestra Señora


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Cuáles son hoy las necesidades más importantes de la Iglesia? Que no os sorprenda nuestra respuesta, que podríais considerar simplista, incluso supersticiosa o irreal: una de sus necesidades más grandes es defenderse contra ese mal al que llamamos demonio» (Pablo VI, 15 de noviembre de 1972). En efecto, el diablo no es una de esas invenciones de la Edad Media, sino un «ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor... Y los que se niegan a reconocer su existencia se alejan de la enseñanza de la Biblia y de la Iglesia» (Ibíd.). Entre las numerosas intervenciones diabólicas relatadas en la vida de los santos, he aquí una muestra referida por Sulpicio Severo, discípulo de San Martín (siglo IV).

«Yo soy Jesucristo»

En una ocasión, con aspecto resplandeciente, vestido con realeza, con el rostro sereno y sonriendo de tal modo que nada revela su identidad, el diablo se aparece de pie junto a San Martín mientras éste se encuentra rezando. El santo, como aturdido por su aspecto, guarda un profundo silencio. «Abre los ojos, Martín, dice el demonio, que soy Cristo; he decidido descender a la tierra y manifestarme a ti». El santo nada responde, y el diablo prosigue entonces: «Martín, ¿por qué dudas en creer lo que estás viendo? Yo soy Cristo». El santo, iluminado desde lo alto, responde: «Jesús nunca dijo que vendría vestido de púrpura y llevando una diadema. Yo sólo creeré en Cristo cuando se me manifieste de la manera en que sufrió por mí y con los estigmas de su Pasión». Ante aque

llas palabras, el diablo se desvanece como el humo y llena la celda de un olor insoportable. Y el narrador añade: «Este hecho lo sé por boca del propio San Martín».

Tu rostro buscaré

Así pues, ¿cuál es el objetivo del diablo? Desviar en su favor la aspiración del hombre hacia su Creador, y conseguir para él los honores que solamente se deben a Dios. Porque, como lo ha recordado el Papa Juan Pablo II a los jóvenes reunidos en París el 24 de agosto de 1997, «el hombre busca a Dios. El hombre joven comprende en el fondo de sí mismo que esa búsqueda es la ley interior de su existencia. El ser humano busca su camino en el mundo visible y, a través del mundo visible, busca lo invisible a lo largo de su viaje espiritual. Cada uno de nosotros puede repetir las palabras del salmista: tu rostro buscaré, Señor. No apartes de mí tu rostro (Sal 26, 8-9). Cada uno de nosotros tiene su historia personal y lleva en sí mismo el deseo de ver a Dios, un deseo que se experimenta al mismo tiempo que se descubre el mundo creado». Esa búsqueda de Dios corresponde a la razón de ser de nuestra vida aquí en la tierra, pues «Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1721).

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, prescribe el primer mandamiento. Ese precepto «abarca la fe, la esperanza y la caridad. En efecto, quien dice Dios, dice un ser constante, inmutable, siempre el mismo, fiel, perfectamente justo. De ahí se sigue que nosotros debemos necesariamente aceptar sus Palabras y tener en Él una fe y una confianza completas. Él es todopoderoso, clemente, infinitamente inclinado a hacer el bien. ¿Quién podría no poner en Él todas sus esperanzas? ¿Y quién podrá no amarlo contemplando todos los tesoros de bondad y de ternura que ha derramado en nosotros?» (Catecismo, 2086).

Una tentación permanente

El hombre reconoce en primer lugar la soberanía de su Creador mediante la adoración. Adorar a Dios significa reconocerlo como Dios, como el Creador y el Salvador, el Amo y Señor de todo lo que existe, el Amor infinito y misericordioso... La adoración del único Dios libera al hombre de replegarse sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo.

Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto (Lc 4, 8), dice Jesús citando el Deuteronomio (Dt 6, 13). La adoración del verdadero y único Dios excluye el culto de otros dioses. Venerar otras divinidades diferentes de la única sería caer en la idolatría. La idolatría no solamente concierne a los falsos cultos del paganismo, sino que continúa siendo una tentación permanente contra la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios, por ejemplo los demonios (satanismo), el poder, el placer, la raza, los antepasados, el Estado, el dinero, etc. Nadie puede servir a dos señores, afirma Jesús (Mt 6, 24). La idolatría no puede conjugarse con la vida de la gracia. Muy a menudo, engañados por el maligno, los hombres se extravían en sus razonamientos e intercambian la verdad de Dios por la mentira. Sirven a la criatura antes que al Creador, o bien, viviendo y muriendo en este mundo sin Dios, se exponen a la desesperanza y a la perdición eterna.

Pero el cristiano sabe que conserva en sí mismo la capacidad de desbaratar las astucias del demonio, pues las verdades de la fe lo iluminan sobre el bien y el mal. La victoria de Jesús, mediante su Cruz y su Resurrección, supone la derrota definitiva de Satanás. Bien es verdad que el diablo impera todavía mucho aquí en la tierra, pero, como nos dice San Cesáreo, «domina sobre los tibios, los negligentes, sobre los que no temen en verdad a Dios. Se encuentra encadenado como un perro que a nadie puede morder, a no ser a quien, con mortal seguridad, se acerca demasiado a él... Puede ladrar, puede tentaros, pero en absoluto puede morderos, a menos que se consienta en ello».

La gracia de Dios hace al hombre partícipe de la victoria de Jesucristo y le concede el poder de vencer a los demonios. Para consolidarnos en esta convicción, El Papa Juan Pablo II beatificó, el 26 de octubre de 1980, a Bartolo Longo, «el hombre de la Virgen», que fue varias veces esclavo de Satanás.

Los diez Mandamientos menos uno

En 1841, cerca de Brindisi, en la Italia meridional, nace un niño que recibe en el bautismo el nombre de Bartolomé, abreviadamente Bartolo. Su apellido es Longo. Desde muy pronto se revela inteligente, piadoso, repleto de vida. «Era, nos dice él mismo, un diablillo vivaz e impertinente, un tanto bribonzuelo». Es educado en un colegio religioso hasta la edad de dieciséis años. En clase, sus chiquilladas le cuestan no pocos castigos, siendo un suplicio para él mantenerse quieto durante las clases. Excepcionalmente, el día de su primera comunión permanece sin moverse hora y media en acción de gracias. Dotado de una sorprendente memoria, Bartolo empieza a los dieciséis años sus estudios de derecho en la universidad de Nápoles, donde obtiene muy buenas notas.

Por la misma época, asiste a las clases de filosofía de un sacerdote que había colgado los hábitos. Impresionado y deslumbrado por el espíritu anticlerical, se aleja poco a poco de los sacramentos y deja de rezar. Una cuestión le hostiga: «¿Jesucristo es Dios o no?». Entonces, un confidente de sus tormentos espirituales le invita: «Ven conmigo. Te conduciré a un lugar donde quedarán resueltas todas tus dudas». Y el 29 de mayo de 1864 es iniciado en los secretos del magnetismo y del espiritismo: mesas que giran y respuestas y adivinaciones de los videntes. Bartolo pregunta al "espíritu": «¿Jesucristo es Dios? - Sí, responde el médium. ¿Son verdaderos los preceptos del decálogo? - Sí, excepto el sexto (No cometerás adulterio). - ¿Cuál de las dos religiones es la verdadera: la católica o la protestante? - Ambas son falsas», pronuncia sentenciosamente el espíritu.

Una curiosidad malsana

Bartolo está perdiendo la fe. En lugar de escuchar la voz de la verdad que nos viene de Jesucristo y de la Iglesia, él se deja embaucar por el propio demonio, que sabe mezclar lo verdadero y lo falso para engañar a las almas y conducirlas al pecado. El rechazo del sexto mandamiento conduce al joven a todos los excesos de la inmoralidad, mientras la duda acerca de la verdad del catolicismo lo lleva al indiferentismo religioso. Seducido por la magia, Bartolo se entrega a la adivinación y al espiritismo, llegando a ser médium de primera clase, e incluso "sacerdote espiritista".

La adivinación pretende predecir el futuro a partir de signos procedentes del mundo de la naturaleza, o con la ayuda de medios o habilidades especiales. Forman parte de ella la astrología (pretender discernir el futuro libre de los hombres en los astros o en la disposición de las estrellas), la cartomancia (solicitar la predicción del futuro mediante los naipes), la quiromancia (descifrar las líneas de la mano), etc. La peor expresión de la adivinación, y la más grave, es la necromancia o el espiritismo, es decir, el recurso a los espíritus de los muertos para entrar en contacto con ellos y desvelar el futuro.

El cristiano no puede admitir que su vida se encuentre dominada por fuerzas ocultas manipulables a voluntad mediante ritos mágicos, o que su futuro esté escrito de antemano en los movimientos estelares o en otras formas de presagios. «Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en entregarse con confianza en las manos de la providencia en lo que se refiere al futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto» (Catecismo, 2115).

Un culto exclusivo

«Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone "desvelan" el porvenir. La consulta del horóscopo, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a médiums... están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios» (Catecismo, 2116).

El bautizado rechaza todas las prácticas mágicas en cuanto que son contrarias a la fe en Dios Creador o al culto exclusivo que le es debido. Se oponen al reconocimiento de Jesucristo como único Redentor del hombre y del mundo, así como al don de su Espíritu, y son peligrosas para la salvación eterna. «Todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque sea para procurar la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la religión... El recurso a las medicinas llamadas tradicionales no legitima ni la invocación de las potencias malignas, ni la explotación de la credulidad del prójimo» (Catecismo, 2117).

"Abrir una puerta"

De igual modo, existen grupos esotéricos y ocultistas, ya sea de origen antiguo o que han aparecido recientemente (Teosofía, New Age, etc.), que pretenden "abrir una puerta" para acceder al conocimiento de verdades ocultas y adquirir poderes espirituales especiales. Son grupos que engendran un gran desasosiego en la mente de los hombres, especialmente de los jóvenes, y que conducen a comportamientos gravemente perjudiciales desde el punto de vista cristiano. En lugar de la búsqueda de Dios y de la vida sacramental, introducen sistemas de pensamiento y de vida totalmente incompatibles con la verdad de la fe.

La búsqueda de fenómenos extraordinarios, como las visiones a distancia, los "viajes" al más allá o la producción de "fluido", pueden también ser un peligro para el justo equilibrio humano y para la vida auténtica de la fe. Quien ha descubierto a Jesucristo no necesita ir a buscar la salvación a otra parte. «Desde el momento en que Dios nos dio a su Hijo, que es su Palabra, no tiene otra palabra que darnos» (San Juan de la Cruz). Creer en Jesús, convertirse ante su palabra y seguirle, en comunión con toda la Iglesia, es el camino que hay que seguir, sin dejarse extraviar por falsas concepciones y vanos comportamientos (cf. Carta pastoral de los obispos de Toscana sobre la magia y la demonología, 15 de abril de 1994).

Penetrar en el misterio

Bartolo, agotado muy pronto por los prolongados ayunos que el demonio le pide y por toda clase de fenómenos alucinatorios, pierde la salud. Escribirá lo siguiente: «El espíritu maligno que me asistía pretendía apoderarse de mi alma, formada desde mi niñez en la piedad, y exigirme la adoración y la obediencia ciega. Se hacía pasar por el arcángel San Miguel, imponiéndome la recitación de los salmos y rigurosos ayunos. Reclamaba que su nombre, como señal de poder y de protección, constara por escrito en la cabecera de todos mis papeles y que lo llevara en mi corazón, inscrito en cifras rojas en un triángulo de pergamino».

Pero de momento, aquel joven, preocupado por lo sobrenatural y por el más allá, sigue deseoso de penetrar en el misterio del otro mundo. De hecho, nadie puede evitar por completo interrogarse sobre el enigma de la vida y de la muerte. «El hombre viene al mundo, dice el Papa Juan Pablo II, nace del seno materno, crece y llega a la madurez; descubre entonces su vocación y desarrolla su personalidad en el transcurso de sus años de actividad; después, llega el momento en que debe abandonar este mundo. Cuanto más larga es su vida, más siente el hombre su propia precariedad y más se pregunta acerca de la inmortalidad: ¿qué hay más allá de las fronteras de la muerte?» (París, 24 de agosto de 1997).

La influencia del ángel de la guarda

Pero el ángel de la guarda de Bartolo vela por él, haciendo que vuelva a encontrarse con un antiguo amigo, el profesor Vincenzo Pepe, por quien siente estima y respeto. Una vez puesto al corriente de las prácticas espiritistas de Bartolo, le aconseja que se arrepienta y que se confiese. «¿Así que quieres morir en una casa de locos y, además, condenarte?», le pregunta. La frase surte efecto. «Se habla muy poco, dice el Papa Pablo VI, de los últimos tiempos (muerte, juicio, infierno y paraíso). Pero el Concilio Vaticano II nos recuerda esas solemnes verdades que nos incumben, incluso la terrible verdad de un posible castigo eterno al que llamamos infierno y del que Jesucristo habla sin reparos (cf. Mt 22, 13; 25, 41)... Hay motivos para temblar. Escuchemos la profética voz de San Pablo: trabajad con temor y temblor por vuestra salvación (Flp 2, 12). La gravedad y la incertidumbre de nuestra suerte final siempre han sido un profuso objeto de meditación y un manantial de energía sin igual para la moral, así como para la santidad de la vida cristiana» (8 de septiembre y 28 de abril de 1971). Fortificado por las palabras del profesor Pepe, Bartolo se presenta ante el confesionario del padre Radente.

Ante la presencia de aquel extraño individuo, de rostro barbudo como el de un mosquetero, el sacerdote cree a primera vista que tendrá que vérselas con un malhechor que prepara una fechoría. Pero cuando, tras dudarlo largo tiempo, el joven se acerca y le habla, el religioso sabe encontrar las palabras que hacen caer las escamas de los ojos de su penitente. La confesión resulta sincera y profunda. A partir de entonces, Bartolo mani- festará lo siguiente ante quienes no creen en la acción del demonio en el espiritismo: «Yo lo experimenté, y pude librarme de ello gracias a un milagro de la Santísima Virgen». Una nueva vida, al servicio de la Virgen, empieza para él. Cada día reza el Rosario, oración a la que permanecerá fiel hasta el final de su vida. Bartolo ingresa en la Orden Tercera Dominica bajo el nombre de "fratel Rosario" (hermano Rosario). Tiene 31 años. Bajo la dirección del padre Radente, se inicia en el estudio de las obras de Santo Tomás de Aquino.

Lluvia de milagros

Mientras tanto, continúa ejerciendo su profesión de abogado, aunque su deteriorada salud ya no le permite realizar un trabajo regular. Pero hay personas caritativas que se preocupan de él. Así, la condesa Marianna de Fusco, ya viuda, lo invita a establecerse en su casa como preceptor de sus hijos. Ella posee, junto a las ruinas de la antigua Pompeya, cerca de Nápoles, unas tierras que no puede gobernar. Para servirla, "fratel Rosario" se ofrece a administrarlas, tomando entonces conciencia de la espantosa miseria espiritual y material de aquella región. ¿Qué hacer ante tantas necesidades? Empieza fundando una cofradía del Santísimo Rosario; recorre el campo entrando en las granjas para enseñar a las gentes a rezar, distribuyendo medallas y rosarios. Poco a poco se va recuperando la práctica religiosa. Después, siguiendo los consejos del obispo, construye una iglesia, que consagra a María. Encima de su altar mayor instala un cuadro de la Virgen que no tarda en hacer caer del cielo una verdadera lluvia de milagros. León XIII dirá: «Dios se ha servido de esa imagen para conceder innumerables gracias que han conmovido el universo».

«Hacia el ideal de la civilización»

Con la afluencia de los peregrinos junto al nuevo santuario, llegan los exvotos de agradecimiento y también las limosnas. Bartolo aprovecha la ocasión para fundar un orfanato donde acoge a huérfanos e hijos de prisioneros, asegurándoles de ese modo una educación, un oficio y una instrucción religiosa. Tres años después de aquella fundación escribe lo siguiente a los criminólogos de la época, según los cuales los hijos de criminales se convertirían sin duda en criminales: «¿Qué habéis hecho vosotros al apartar a Jesucristo de las escuelas? Habéis producido enemigos del orden social, elementos sub- versivos... Y al contrario, ¿qué hemos ganado nosotros al introducir a Jesucristo en las escuelas de los hijos de los detenidos? ¡Hemos transformado en jóvenes honrados y virtuosos a esos desdichados que queríais abandonar a su triste miseria o encerrar en manicomios!».

«No hay verdadera civilización sin civilización moral, ni verdadera civilización moral sin la verdadera religión, escribía el Papa San Pío X... Si queremos alcanzar el mayor de los bienestares posibles para la sociedad y para cada uno de sus miembros mediante la fraternidad o, como ahora se dice, mediante la solidaridad universal, es necesaria la unión de las almas en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Sin embargo, esa unión solamente es factible mediante la caridad católica, la cual es la única que, en consecuencia, puede conducir a los pueblos en progreso hacia el ideal de la civilización» (Nuestra carga apostólica, 25 de agosto de 1910).

Pero la colaboración de Bartolo con la condesa de Fusco provoca cotilleos y una verdadera campaña de calumnias, tanto a él como a ella. Consultan a León XIII, quien les responde: «Contraed matrimonio, y así nadie tendrá nada que decir». Por lo tanto, el 19 de abril de 1885, el abogado Bartolomé Longo se casa con la condesa de Fusco. Aquellos esponsales permanecen virginales, a imagen de los de María y de José, lo que no les impedirá a los esposos amarse profundamente en Dios. Gracias a ellos, la obra de Pompeya sigue y se extiende. Muy pronto se construyen unas treinta casas alrededor del santuario; después un hospital, una imprenta, una estación, un observatorio, una oficina de correos, etc. La miseria de otro tiempo ha dejado paso a una laboriosa prosperidad. «No hay más remedio que hablar de milagro», exclama quien en otra época había iniciado a Bartolo en el espiritismo.

«Morir tranquilo»

Pero las rosas no carecen de espinas. En 1905, el primogénito de la condesa es arrastrado a la bancarrota a causa de su torpeza en los negocios. Se presenta una denuncia al Papa San Pío X: «Las ofrendas de las misas acaban en los bolsillos del hijo de la señora de Bartolo Longo». Para arreglar aquel sombrío asunto, organizado artificialmente, Bartolo renuncia espontáneamente a todas sus obras en favor de la Santa Sede. «Santo Padre, le dice al Papa, ¿puedo ahora morirme tranquilo? - ¡Ah, no, replica el Papa, no debes morir sino trabajar, Bartolo nostro!» Por obediencia, pues, trabajará hasta que se le agoten las fuerzas.

Los últimos días de Bartolo transcurren en medio del recogimiento y de la oración. Alcanzado por una doble neumonía, se apaga el 5 de octubre de 1926, a la edad de ochenta y seis años. La Santísima Virgen acoge el alma de su fiel servidor: «Mi único deseo es ver a María, que me ha salvado y me salvará de las garras de Satanás». Estas son sus últimas palabras.

«Con el rosario en la mano, el beato Bartolo Longo nos dice a cada uno de nosotros: "¡Despierta tu confianza en la Santísima Virgen del Rosario. Madre mía, en ti deposito toda mi aflicción, toda mi esperanza y toda mi confianza!"» (Homilía de beatificación).

Rogamos por Usted y por todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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