15 de julio de 1998
San Buenaventura


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros, escribe el apóstol San Juan (1 Jn 1, 8). Así pues, todos necesitamos de la misericordia de Dios. Ahora bien, lo temible es que este desbordamiento de misericordia no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido; pues, al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2840). Por eso en el Padre Nuestro, Jesús nos hace pedir lo siguiente: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos... Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor insiste y explicita en el Sermón de la Montaña: Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6, 12, 14).

Una gran victoria

El perdón es una gran victoria contra el odio y el desencadenamiento de los instintos humanos. Mediante él, una nueva fuerza más poderosa que el mal penetra en la vida de los hombres. «El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado» (Juan Pablo II, encíclica Dives in misericordia, DM, 14). El valor inestimable del perdón cristiano se nos presenta de una forma sobrecogedora en el relato que sigue. La historia, contada por un misionero de China, transcurre en un pueblo chino después de una sangrienta persecución contra los cristianos.

«El día de la masacre, cuenta el misionero, pereció una familia entera de ocho personas, salvo los dos ancianos que estaban ausentes. Cuando, después de la tormenta, consiguieron al fin encontrar la choza, ésta se encontraba vacía. El anciano abuelo creyó volverse loco. Corría por las calles del pueblo, con ojos aterrados, buscando a sus hijos y a sus nietos. Tan grande fue su conmoción que conservó un temblor nervioso hasta la muerte.

El hecho de que el asesino de su familia fuera uno de sus antiguos alumnos, especialmente estimado con respecto a los demás, y a quien había hecho muchos favores, lo hacía estar fuera de sí, pareciéndole el crimen aún más horrendo. Al enterarse del regreso de los cristianos, el criminal había huido, considerando que el primero en encontrarlo no podía hacer otra cosa sino matarlo.

O somos cristianos o no los somos

Un día, cinco meses después de aquello y encontrándome en el pueblo, el catequista, guía de los cristianos, acudió a mí: "Padre, tengo una mala noticia: el asesino pide que se le permita entrar en el pueblo, y yo no puedo negárselo. No tenemos derecho a impedírselo y, además, no podemos vengarnos. O somos cristianos o no lo somos. Avisaré a las familias cristianas y estoy seguro que todo el mundo le perdonará de todo corazón. Pero está ese pobre anciano Wang. ¿Cómo actuar para que pueda sobrellevar el golpe? -¿Pero qué puedo hacer yo?... -Tendría que persuadirle para que perdonara, Padre. -Menuda tarea me espera, amigo mío; en fin, se intentará".

Así que llamé al bueno de Wang: "Amigo mío, nobleza obliga. Tienes santos en tu descendencia, y hay que ser digno de ellos. -¿Qué quiere decir, Padre? -Si el asesino de tu familia regresara al pueblo y te encontraras con él, ¿qué harías? -Me abalanzaría sobre él y le saltaría al cuello".

Daba pena verlo. Lo agarré por las manos y le dije: "Ya sabes lo que decimos siempre, que o somos cristianos o no lo somos... No le saltarías al cuello..." Le vino como un sollozo, vaciló un momento, se secó dos lágrimas y dijo: "De acuerdo, Padre, que vuelva". Y como quiera que yo lo miraba sin decir palabra, añadió: "Sí, sí, dígale que vuelva: así verá si soy cristiano".

Al atardecer, los cristianos estaban reunidos a mi alrededor, como todas las tardes, en el patio del catecista. Platicábamos juntos bebiendo té y fumando enormes pipas. Era el mejor momento del día. Pero había algo pesado en el ambiente y no teníamos valor para hablar de ello. El pobre Wang estaba a mi lado, tembloroso y pálido. Los demás formaban un círculo ante mí, conmovidos. El asesino iba a venir y todos lo sabían.

De súbito, el círculo se abre. Al fondo, bajo el resplandor de los faroles que tiemblan en los árboles del patio, veo avanzar al asesino, con la cabeza baja y paso lento, como si llevara el peso de las maldiciones de todos aquellos hombres. Se presenta ante mí y cae de rodillas, en medio de un silencio espantoso. Yo tenía un nudo en la garganta, y apenas pude decirle lo siguiente: "Amigo, ya ves la diferencia. Si hubiéramos mutilado a tu familia y volvieras aquí como vencedor, ¿qué harías?". Oímos primero un gemido y luego se produjo un silencio. El viejo Wang se había levantado: se inclinó temblando hacia el verdugo de los suyos, lo levantó hasta su altura y lo abrazó.

Dos meses más tarde, el asesino acudía a mí: "Padre, antes no entendía su religión, pero ahora lo veo claro. Me han perdonado de verdad. Soy un miserable, pero ¿yo también podría hacerme cristiano?". No hace falta que os diga cuál fue mi respuesta. Entonces, me pidió: "Padre, quisiera pedir algo imposible. Quisiera que el viejo Wang fuera mi padrino. -Amigo mío, prefiero que se lo pidas tú mismo". Algún tiempo después, Wang, ya sin descendencia, aceptaba como hijo espiritual al asesino de su familia...».

Un mundo más humano

Este ejemplo heroico nos muestra de qué modo, en la línea del Evangelio, el perdón de las ofensas y la misericordia pueden cambiar el mundo y hacerlo más humano. «Un mundo del que se eliminase el perdón, escribe el Papa Juan Pablo II, sería solamente un mundo de justicia fría e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás; así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros.

Por eso, la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús. Este misterio, no sólo para la misma Iglesia en cuanto comunidad de creyentes, sino también en cierto sentido para todos los hombres, es fuente de una vida diversa de la que el hombre, expuesto a las fuerzas prepotentes de la triple concupiscencia que obran en él, está en condiciones de construir» (DM, 14).

Jesucristo subraya con insistencia la necesidad de perdonar a los demás. Cuando Pedro le pregunta: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Jesús responde: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 21-22). En hebreo, setenta veces siete significa lo mismo que "siempre". «Además, Nuestro Señor no limita el perdón a un número fijo de veces, sino que declara que ese perdón debe ser permanente y total» (San Juan Crisóstomo). No todos los días debemos perdonar ofensas graves a nuestro prójimo. Sin embargo, el perdón es nuestro pan de cada día, pues, a pesar de toda la confianza que podamos tener unos con los otros, siempre hay palabras que hieren, actitudes obstinadas o situaciones en las que chocan las susceptibilidades, lo que exige un constante esfuerzo y un perdón mutuo diario. San Benito pide a sus monjes que canten cada día el Padre Nuestro al final de los Oficios de Laudes y de Vísperas, «a causa de las espinas de escándalo que suelen producirse, a fin de que los hermanos, unidos en la promesa que hacen mediante esa oración, al decir Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, alcancen a purificarse de esa suerte de faltas» (Regla, cap. 13).

No obstante, «es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo la finalidad del perdón. En ningún pasaje del mensaje evangélico el perdón, y ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injusticia, el ultraje cometido» (DM, ibíd.). En todo caso, la reparación del mal y del escándalo, el resarcimiento por el daño causado y la satisfacción del ultraje son necesarios.

El amor gratuito

Pero quien perdona no ha de esperar la reparación para empezar a hacer misericordia. El perdón procede de un amor espontáneo y gratuito. El Señor nos pide que perdonemos desde el fondo de nuestro corazón a todos los que nos han ofendido, a los que hacemos responsables de nuestros contratiempos, de nuestras dificultades, de nuestros fracasos, aun cuando sus intenciones no estén de acuerdo con la justicia. Jesús no esperó a que sus verdugos se arrepintieran de su pecado para perdonarlos. El perdón se justifica totalmente por el deseo de obedecer a Dios, que nos da ejemplo de ello. Y al igual que Dios al perdonarnos desea llegar a una perfecta reconciliación con nosotros, del mismo modo debemos hacer lo que podamos para reconciliarnos con los que nos han ofendido.

El perdón, imposible por nuestras propias fuerzas, es una gracia que Dios pone a nuestra disposición para podernos colmar nosotros mismos. Si la pedimos con sinceridad, Dios nos concederá esa gracia de perdonar desde el fondo de nuestro corazón, como él mismo nos perdona. «La certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús. Si nuestra oración está resueltamente unida a la suya, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre» (Catecismo, 2614, 2741). En efecto, el mismo Jesús nos dice: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca halla; y al que llama, se le abrirá (Mt 7, 7-8). Estas palabras se aplican en primer lugar a las gracias necesarias para nuestra salvación, como la del perdón. Así pues, presentémonos ante Dios para que sea testigo de nuestra voluntad de perdonar cuando decimos quiénes son los que nos ofenden y lo que queremos perdonarles. Depositemos nuestra carga al pie de la Cruz de Jesús y pidámosle que colme nuestro corazón de confianza y de paz. De ese modo, libraremos a los que nos ofenden de su deuda para con nosotros y disiparemos nuestra propia amargura.

Si nos negamos a conceder el perdón a una persona, la recluimos en su culpa. La negativa a perdonar o la ira son un veneno que impide que nos curemos (cf. Si 28, 3), que oremos y alabemos a Dios. Quien no perdona se tortura a sí mismo. Pero si decide hacerlo, Dios acude a restaurar la caridad y a conducir delicadamente a las dos partes hacia la reconciliación. Una vez iniciado el proceso, es necesario que nosotros mismos pidamos perdón a Dios por nuestros pecados, que perseveremos en el perdón setenta veces siete, que demos muestras concretas de nuestro amor hacia el que nos haya ofendido, cuando ello sea posible.

Un lucha interior

Para ayudarnos a perdonar, Jesús quiso ser Él mismo nuestro modelo y el manantial del perdón. Abandonado en la Cruz a los más crueles sufrimientos, oró así a su Padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34), y mereció así para nosotros la gracia de perdonar. Sin embargo, pese a ese ejemplo divino, no nos resulta fácil ser misericordiosos con los que nos hacen sufrir. A despecho de generosos esfuerzos, puede que sintamos siempre en nosotros y a pesar nuestro cierta aversión hacia la persona que nos ha agraviado. La voluntad de perdonar puede en efecto chocar con las reticencias de los sentimientos y de las emociones. Por eso es necesario distinguir lo que en nosotros es "sentimiento" y lo que es "voluntad". El sentimiento de rebelión, que nos ha embargado al ver a quienes nos han ofendido, es natural y no hay que ver en ello ningún pecado. Lo que se nos pide es que nos esforcemos por no aceptarlo y, sobre todo, por no actuar conforme a ese sentimiento. Poco importa si nuestra memoria no puede olvidar la ofensa. Pidámosle a Dios la gracia de poder perdonar y, con su ayuda, dispongámonos a perdonar. Es una lucha interior de la que tenemos a continuación un bello ejemplo.

Juana Francisca Frémiot, nacida en Dijon (Francia) en 1572, contrae matrimonio a la edad de veinte años con el barón de Chantal. Su hogar, donde nacen cuatro hijos, conoce durante ocho años una profunda felicidad, brutalmente interrumpida por una tragedia en 1600. El señor de Chantal ha convenido realizar con uno de sus primos, el señor de Anlezy, una partida de caza en los bosques próximos a su castillo. Su indumentaria se asemeja al color de una cierva, y su amigo, al verlo a través de la maleza, lo confunde con un animal salvaje, dispara sobre él y le secciona un muslo: «¡Me muero!, grita el señor de Chantal en el suelo; amigo mío, primo, te perdono de todo corazón, pues tu disparo ha sido por imprudencia». Enseguida envía a un criado para avisar a la señora de Chantal: «Pero ¡ay!, dice con lágrimas en los ojos, no le digas que estoy herido de muerte; dile solamente que estoy herido en el muslo».

"Honremos a la divina Providencia"

La joven baronesa, que se repone del parto de su cuarto hijo, presagia lo peor y parte hacia allí con el corazón compungido. Al verla de lejos, el señor de Chantal grita: «Amada mía, la sentencia del Cielo es justa, hay que aceptarla y morir. -¡No, agrega ella, debes curarte! -Será en vano, dice despacio el herido, que siente cómo se muere». Con tan terrible golpe, la señora de Chantal rompe en sollozos, y de su corazón se escapan gritos de reproche contra el señor de Anlezy. «¡Ah!, dice el herido interrumpiéndola, honremos a la Divina Providencia y contemplémoslo todo desde un punto de vista más elevado».

Los médicos acuden de todas partes. La baronesa, entre el temor y la esperanza, va de uno a otro: «Es preciso curar al señor de Chantal», repite en medio de las lágrimas. Es tan grande su dolor que no se hace a la idea de aceptar su desgracia. Una y otra vez se escapa sollozando de la habitación donde descansa el enfermo y, corriendo por los pasillos del castillo, grita con fuerza: «Señor, toma todo lo que poseo en el mundo, pero déjame a mi esposo». Pero tan ardientes y puras plegarias no serán satisfechas. Después de recibir los sacramentos con singular piedad, el señor de Chantal pide a su mujer y a su hijo que no piensen nunca en vengar su muerte, les dice que de nuevo perdona a quien le ha matado sin querer y manda que ese perdón quede por escrito en el registro de la iglesia. Fue un modelo de paciencia en sus últimos sufrimientos y se extinguió a los treinta y cinco años, ocho días después del accidente, dejando un hermoso ejemplo de misericordia cristiana.

Las damas de los castillos vecinos acuden con frecuencia para intentar consolar a la señora de Chantal, pero es en vano. Está emocionada y agradecida, pero por la noche, cuando vuelve a su habitación: «¡Ah! No me dejan llorar a gusto. Creen aliviarme pero me están martirizando». Cae entonces de rodillas envuelta en sollozos, y pasa toda la noche llorando... Al cabo de tres o cuatro meses, su salud es tan débil que está irreconocible. Solamente cuidando de sus pobres pequeños, que sin entender su tristeza multiplican sus caricias, encuentra poco a poco valor para vivir. Pero el homicida de su marido no ha dejado la región, y la desconsolada viuda carece de valor para volverlo a ver. No consigue perdonarlo. Para ello tendrá que pasar por su vida San Francisco de Sales.

El difícil perdón de una santa

Cinco años más tarde, ese gran santo, que se había convertido en su confesor, le escribe lo siguiente: «Me pide que le aconseje cómo debe actuar en la entrevista con la persona que mató a su marido... No es preciso que busque ni el día ni la ocasión; pero si ésta se presenta quiero que muestre un corazón bondadoso, afectuoso y compasivo. Bien sé que, sin lugar a dudas, se emocionará y se derrumbará, que su sangre hervirá; pero ¿y qué? También le sucedió lo mismo a nuestro querido Salvador ante la visión de Lázaro muerto y de la representación de su Pasión. Sí, pero ¿qué dicen las Sagradas Escrituras? Que en uno y otro caso alzó la vista al cielo. Eso es, hija mía, Dios hace que vea en esas emociones hasta qué punto somos de carne, de hueso y de espíritu... Creo que me he explicado lo suficiente. Lo repito: no espero que vaya al encuentro de ese pobre hombre, sino que sea condescendiente con quienes quieran procurárselo...».

La señora de Chantal obedece y consiente en mantener una entrevista con el señor de Anlezy. Se muestra tan afectuosa como su corazón se lo permite, pero esa entrevista le resulta extremadamente penosa. Puede decirse que la frase de perdón que sale entonces de sus labios le cuesta más que todos los demás esfuerzos de santificación juntos. Además, queriendo llegar más lejos en su propósito de perdonar, le propone al señor de Anlezy, que acaba de tener un hijo, llevar al recién nacido a la pila sagrada del bautismo. Así fue el perfecto perdón de las ofensas de quien llegó a ser Santa Juana de Chantal.

Cuando perdonamos, la gracia de Dios nos transforma. Poco a poco, el amor que llena nuestro corazón se desborda y puede conseguir la conversión de los que nos han ofendido, convirtiéndonos en perfectos canales de la gracia de Dios. Sin embargo, cuando perdonemos a los demás no debemos creernos mejores que ellos. Eso sería orgullo, pues no olvidemos que somos pecadores. Pedir perdón por nuestros pecados, por nuestras ofensas contra Dios y contra los hombres, perdonar nosotros mismos a los que nos ofenden, nos hace avanzar por el camino de la felicidad eterna. Por eso San Gregorio de Nisa nos dice: «Si las Escrituras llaman a Dios misericordioso, si la verdadera bienaventuranza es el propio Dios, resulta evidente, en consecuencia, que un hombre que llega a ser misericordioso es digno de la bienaventuranza divina, pues ha conseguido lo que caracteriza a Dios: Misericordioso y justo es el Señor, nuestro Dios se apiada (Sal 114-115, 5)» (Homilía sobre la 5ª bienaventuranza).

Pedimos a la Santísima Virgen, Madre de misericordia, y a San José, la gracia de la vida eterna, para vosotros y para todos vuestros seres queridos, vivos y difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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