3 de diciembre de 1997
San Francisco Javier


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Dentro de unos días celebraremos la Navidad, una fiesta que los niños viven intensamente en cada fami- lia. Navidad es la fiesta de un niño. Jesús, que quiso compartir la condición de ser niño, demostró siempre un extraordinario afecto hacia los niños. Se complace en concederles gracias escogidas, como lo hizo por la sierva de Dios, María del Carmen (llamada normalmente Mari Carmen) González-Valerio y Sáenz de Heredia. El 12 de enero de 1996, el Santo Padre Juan Pablo II reveló la heroicidad de las virtudes de esa niña, que había vivido en este mundo 9 años y 4 meses, y le concedió el título de "Venerable".

Un manantial de fuerza

Mari Carmen, la segunda de cinco hermanos, nace en Madrid el 14 de marzo de 1930. Cae gravemente enferma nada más nacer, por lo que es bautizada sin demora. Dios no quería esperar en borrar de su alma el pecado original, en enriquecerla con su gracia y convertirla de ese modo en hija suya. Como consecuencia de circunstancias del todo inesperadas, recibe la Confirmación a la edad de 2 años, el 16 de abril de 1932, gracias a una iniciativa de Monseñor Tedeschini, Nuncio apostólico de España y amigo de la familia. El Espíritu Santo tenía prisa por darle la fortaleza que tanto necesitaría.

La primera Comunión la recibió con sólo seis años. La fecha se había adelantado a petición de su madre, que declara: «Estaba en el convencimiento de que se acercaban momentos duros para España y para nosotros, ante el cariz de persecusión religiosa que se aproximaba y quería mucho que la niña recibiese al Señor cuanto antes». «La primera comunión es sin duda un encuentro inolvidable con Jesús; es un día que hay que recordar como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo la víspera de su Pasión, en el trascurso de la última Cena, es un sacramento de la Nueva Alianza, y es incluso el mayor de los sacramentos. En ella el Señor se entrega como alimento de las almas bajo la forma del pan y del vino. Los niños lo reciben de manera solemne una primera vez -precisamente en la primera comunión- y se les invita a que lo reciban después con la mayor asiduidad posible, para mantener una relación de amistad íntima con Jesús... Durante la historia de la Iglesia, la Eucaristía ha sido para muchos niños un manantial de fuerza espiritual, incluso a veces de heroísmo» (Juan Pablo II, Carta a los niños, 21 de noviembre de 1994). Por eso precisamente el Papa San Pío X permitió y fomentó la recepción de la sagrada comunión desde que se tuviera uso de razón. Mari Carmen se benefició de aquello, como lo atestigua su madre: «En realidad empezó a santificarse después de hacer la primera comunión». Y es precisamente con motivo de una comunión cuando hará su ofrenda completa a Dios.

El 15 de agosto de 1936 unos milicianos comunistas arrestan a su padre, quien dice a su esposa: «Los niños son pequeños, no entienden; pero cuando sean mayores diles que su padre luchó y dio la vida por Dios y por España para que ellos se pudiesen educar en una España católica, con el crucifijo presidiendo en las escuelas». Poco después cae asesinado. Tras la muerte de su marido, la vida de la doña Carmen Sáenz de Heredia corre grave peligro a causa de su fe cristiana. Ella se refugia en la embajada de Bélgica, mientras que sus hijos son acogidos por una de sus tías. Un día se enteran de que los cinco niños van a ser enviados a la URSS, como tantos otros, para educarlos en el marxismo. A pesar de la falta de espacio, el embajador accede entonces a admitirlos en la embajada. Es el 11 de febrero de 1937.

Una dignidad propia al hombre

Mari Carmen se toma mucho interés por ayudar a su madre, aunque sigue siendo «una niña muy niña». Sin embargo, destaca por tener un gran pudor incluso en los detalles más insignificantes: «Recuerdo un día que iba a ir a una fiesta de niñas en San Sebastián y que le puse un traje escotadito y sin mangas y le encargué que no se arrugase; y mientras me entretuve en arreglar a otra de sus hermanas más pequeñas, la encontré que se había puesto una chaqueta. Me enfadé mucho con ella y la reñí. Ella llorando me dijo que con aquel traje no iba. Mi madre, que presenciaba la tragedia, me llamó aparte y me dijo que no tenía derecho a ahogar los sentimientos modestos que ya en otras ocasiones había notado en ella, y que ante Dios daría yo cuenta de educarla de esta manera. Y Mari Carmen fue con la chaqueta a la fiesta». Su abuela tenía razón: «Ese pudor instintivo es cosa de Dios».

Esa especial delicadeza, inspirada por Dios, explica la actitud de Mari Carmen en circunstancias que no tienen ninguna importancia para los demás niños. A los dos años de edad, por ejemplo, no permite que la desnuden delante de su hermano, un año mayor que ella, que está en la habitación y que ni siquiera se percata de ella. En verano, sufre tanto al ir a la playa que tienen que dejarla que juegue en el jardín de la casa. «Entonces empecé advertir, dice su madre, que había algo especial en el proceder de mi hija».

Aquel apasionado amor por el pudor proviene de una vivísima luz que Dios le dio acerca de la grandeza y de la fragilidad de la virtud de la castidad. La divina Providencia ha querido dar un noble ejemplo a esta época de dejadez. El Catecismo de la Iglesia Católica llama nuestra atención en el mismo sentido cuando habla del pudor: «El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas. El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.

«Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad... El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitudes de la moda y a la presión de las ideologías dominantes. Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana» (2521-2524). En una instrucción del 8 de diciembre de 1995, el Consejo Pontificio para la familia se alza contra ciertas tendencias impúdicas difundidas en la sociedad contemporánea: «Incluso si son aceptadas socialmente, hay algunas maneras de hablar y de vestirse que son moralmente incorrectas y que representan una manera de banalizar la sexualidad, reduciéndola a un objeto de consumo. Así pues, los padres deben enseñar a sus hijos el valor de la modestia cristiana, de vestirse sobriamente, de la necesaria libertad frente a las modas, características todas de una personalidad masculina o femenina maduras».

Una noche en el hotel

Mari Carmen se distingue también en la caridad para con los pobres. Cuando uno de ellos llama a la puerta y es ella quien abre, le da primero sus pequeños ahorros y después le dice: «Ahora llame otra vez para que mi madre le dé otra cosa». Su delicadeza con respecto a las personas que ayudan a su madre no pertenecen a su edad: «Mamá, tienes que tratar bien a los criados. Bastante es que nos sirven. Y piensa que tú también sirves, porque tú sirves a Dios». Su abuela nos cuenta lo que sigue: «Le dábamos dinero a Mari Carmen para que se comprara juguetes, pero ella se daba al ama para que les comprara juguetes a sus niñas, advirtiéndole que no nos dijera nada a su mamá o a mí».

La piedad de Mari Carmen se manifiesta muy pronto, pues a los cuatro o cinco años de edad ya le gusta dirigir el Rosario en familia y recita de memoria las letanías de la Santísima Virgen. Como Santa Teresita, se ha hecho un "Rosario de prácticas" en el que cuenta sus actos de virtud. Se consagra de esa manera, de forma parecida, al «examen particular» de las virtudes y de los defectos propuesto por San Ignacio de Loyola. Con la misma intención, elabora un cuaderno de "Actos", con el fin de comprobar las virtudes y obligaciones de cada día: obediencia, mortificación, pasillos, clases, estudio, Rosario, comunión, Misa, jaculatorias, etc.

En una ocasión, al ver a su madre agobiada por las preocupaciones domésticas, le dice: «Mamá, te afanas demasiado de las cosas de la tierra. Tienes que rezar más, pues estamos de paso. -Hija mía, tengo que arreglar la casa. -Pero mamá, tu casa es el cielo. Mamá, cuando vas de viaje y pasas la noche en un hotel no te preocupas de adornar el cuarto ni pones la foto de papá. Es que una noche se pasa de cualquier modo. Pues, mira, mamá, así es la vida, así es como estamos en este mundo».

A Mari Carmen le gusta ofrecer pequeñas mortificaciones al Sagrado Corazón de Jesús. Su profesora de religión cuenta lo siguiente: «Cuando preparaba a las niñas para la confesión, podía ver en su rostro el horror que le causaba el pecado y su empeño en hacer bien el acto de contrición». A pesar de su temprana edad, todos sus actos brotan, como de un profundo manantial, de su intimidad con Dios.

Un secreto y una entrega

Mari Carmen tiene secretos. En su cuaderno de "Actos" escribe tres veces: «Privadísimo». Pide con frecuencia su cartera, que contiene la agenda donde ha escrito estas palabras que sólo ella entiende: «Me entregé (sic) a Dios en la parroquia del Buen Pastor, 6 de abril 1939». Y anota igualmente: «Mataron a mi pobre padre». En una de las últimas páginas: «¡Viva España! ¡¡¡Viva Cristo Rey!!!», el grito con que caían en los labios los mártires de la guerra. Y también: «Por papá, 7 de mayo de 1939 -Privadísimo». Le dirá a su enfermera: «Mi padre murió mártir, pobre mamá, y yo muero víctima».

Su tío Javier explica: «Mari Carmen deseaba la conversión de los pecadores, como lo prueba el hecho de que ofreció los sufrimientos de su enfermedad y de su muerte por la conversión de Azaña, el presidente de la República, que se consideraba un símbolo de la persecución religiosa de los que asesinaron a su padre». «Mamá, ¿Azaña se salvará?, pregunta ingenuamente. -Si haces penitencia y rezas por él, sí, se salvará». Mari Carmen lo ha entendido perfectamente. A veces le dice a su tía: «Tía Fifa, recemos por papá y por todos los que lo han matado». La oración de los niños resulta especialmente eficaz en el Corazón de Nuestro Señor: «Parece como si el Redentor de la humanidad compartiera con ellos su solicitud por los demás, por sus padres y por sus compañeros, chicos y chicas. ¡Y espera realmente su oración! ¡Qué inmenso poder tiene la oración de los niños! Resulta un modelo para los propios adultos: rezar con sencilla y total confianza significa rezar como saben hacerlo los niños» (Juan Pablo II, Carta a los niños, 21 de noviembre de 1994).

El 3 de noviembre de 1940, Azaña muere en Montauban (Francia). Según el testimonio escrito de Monseñor Théas, obispo de la diócesis, que le prestaba asistencia espiritual en aquel momento, Azaña recibió, a pesar de los que le rodeaban y con toda lucidez, el sacramento de la Penitencia, así como la Extremaunción y la Indulgencia Plenaria, expirando dulcemente en el amor de Dios y en la esperanza de contemplarlo. Ignoraba que en el camino de su vida se había cruzado una niña de nueve años que había orado y sufrido por él.

« Jesús, José y María... »

Poco después de la "entrega" del 6 de abril de 1939, empieza el calvario de Mari Carmen, pues debe guardar cama. En primer lugar aparece una otitis que se complica y degenera en septicemia (infección de la sangre). El 27 de mayo se la llevan en automóvil a Madrid, donde es operada; pero, como la enfermedad se prevé larga, la devuelven a su casa. Algunos días le ponen más de veinte inyecciones, y le resulta especialmente penosa una fuerte y pertinaz diarrea. Cada dos horas tiene que tomar una especie de purés de bellotas, que eran repugnantes, y en ocasiones su repugnancia es tan grande que no puede evitar el vómito, aunque media hora después se encuentra lista para tomarlo de nuevo sin ninguna protesta.

El mal le ataca un oído, y pierde el otro por haber estado demasiado tiempo acostada de ese lado. A esos males han que añadir una doble flebitis. Está llena de llagas gangrenosas, y se desmaya de dolor cuando le cambian las sábanas. Solamente el nombre de Jesús le ayuda a soportarlo todo, pues nadie piensa en darle calmantes. «Mari Carmen, pídele al Niño Jesús que te cure, le dice su madre. -No, mamá, yo no pido eso; pido que se haga su voluntad». Expresa el deseo de que le lean a menudo plegarias para los moribundos, y vive con el pensamiento más en el cielo que aquí en la tierra.

Es el 17 de julio de 1939. Había predicho varias veces que moriría el 16 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen y día de su santo. Pero al enterarse de que su tía Sofía se casa ese día, anuncia que no morirá hasta el día siguiente. Efectivamente, el día 17, hacia las 15 horas, se recoge en presencia de los ángeles, cuyos cantos puede escuchar. «Muero mártir... ¡Déjeme, doctor, déjeme ir ya! ¿No ve que viene la Virgen con los ángeles a buscarme?». En efecto, ante el asombro de todos, junta sus manitas y dice: «Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía; Jesús, José y María, haced que cuando muera, expire en paz y con Vos el alma mía». Son sus últimas palabras. E incorporándose un poco, como para tomar algo, cae sobre la almohada y rinde el último suspiro, sin agonía y sin ninguna alteración del rostro. Desfigurada por la enfermedad, recupera en la muerte toda su hermosura, y su cuerpo exhala un suave olor. El médico forense confirma su muerte, pero constata con sorpresa que el cuerpo de la niña no presenta el aspecto de un cadáver.

Un punto de referencia

El ejemplo de Mari Carmen nos presenta un fruto de la gracia de Dios, fecundada mediante una buena educación. La labor educadora requiere una atención cariñosa y delicada para con los hijos, como lo recomienda San Benito: «Tengamos siempre cuidado con la debilidad de los niños... Usaremos con ellos una tierna condescendencia» (Regla, cap. 37). Pero también resulta necesaria una santa firmeza, según nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresados son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a sus hijos a subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales. Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos... Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de los que ellos son para sus hijos los primeros heraldos de la fe. Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia... Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios» (2223-2226).

Una nodriza electrónica

En una época de lo audiovisual como la nuestra, resulta fundamental que los padres protejan a sus hijos contra la influencia de una "cultura de muerte" a base de pornografía y de violencia. En su mensaje sobre la familia y la televisión, el Papa Juan Pablo II precisaba: «Los padres deberían participar activamente en la formación en sus hijos de hábitos de uso de la televisión que los condujeran a un sano desarrollo humano, moral y religioso. Los padres deberían informarse con antelación del contenido de los programas y realizar a partir de ello una escrupulosa elección, por el bien de la familia, y elegir lo que deben ver y lo que no deben ver... Los padres deberían también hablar de la televisión con sus hijos, incitándolos a regular la cantidad y la calidad de su uso, y a percibir y juzgar los valores éticos que subyacen en ciertos programas...

«Formar hábitos de uso en los niños significará a veces simplemente apagar el televisor: porque hay otras cosas mejores que hacer, porque así lo pide el respeto debido a otros miembros de la familia, o porque el uso indiscriminado de la televisión puede ser peligroso. Los padres que usan regularmente y durante mucho tiempo la televisión como si fuera una especie de nodriza electrónica, abdican de su papel de primeros educadores de sus hijos. Una dependencia semejante de la televisión puede impedir que los miembros de la familia estén en contacto unos con otros mediante la conversación, las actividades compartidas y la oración en común. Hay padres sensatos que saben también que incluso algunos buenos programas pueden substituirse por otras fuentes de información, de diversión, de educación y de cultura» (24 de enero de 1994).

Los padres de Mari Carmen no tuvieron que afrontar el problema de la televisión, propio de la sociedad actual. Pero el Espíritu Santo ilumina en todas las épocas a los padres y a las madres de familia para que sepan discernir lo que conviene a la educación de sus hijos, con vistas a la salvación eterna de las almas.

Pidámosle a la Venerable Mari Carmen que interceda muy especialmente por las familias, ahora que se acerca la Navidad. Nosotros rezamos por Usted y por todos sus seres queridos, vivos y difuntos.

Dom Antoine Marie osb

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