Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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30 de noviembre de 2017
fiesta de san Andrés, apóstol


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Sin aquellos que nos precedieron, nada seríamos » —decía Zita de Borbón-Parma pensando en su madre y en sus tías, mujeres ejemplares y radiantes, princesas de la familia real de Portugal, que tenían como principio : « Nada es duradero en este mundo, nada es más aleatorio que el poder temporal. Lo que cuenta es el amor, y nada más ». Sin embargo, el agradecimiento de Zita iba dirigido sobre todo a su esposo Carlos de Habsburgo-Lorena, sobrino nieto del emperador de Austria Francisco José. Tras convertirse en emperador en medio de la tormenta de la Gran Guerra, Carlos, respaldado fielmente por su esposa, intentó lo imposible para devolver la paz a sus pueblos y al mundo entero. Después de su muerte en el exilio en 1922, fue beatificado por san Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004. Zita, última emperatriz de Europa, le sobrevivió valientemente durante sesenta y siete años.

Zita María de Borbón-Parma, la quinta de doce hijos, nace el 9 de mayo de 1892 en Pianore (Italia). Es hija de Roberto de Parma y de María Antonia de Braganza, su segunda esposa. La cuestión de los orígenes de la familia se plantea con frecuencia : « Para las gentes de Pianore —relata Zita— éramos de los suyos. Nuestros amigos de Schwarzau-am-Steinfeld consideraban que éramos austríacos. En Chambord nos reivindicaban como franceses (los Borbón-Parma son descendientes directos de Luis XIV). Todo ello nos parecía a la vez extraño y hermoso, pero papá debía precisar de vez en cuando nuestra situación : somos príncipes franceses que han reinado en Parma ». El ejercicio del poder político, que durante mucho tiempo fue el destino de la familia de Zita, está al servicio del bien común : « El compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás. La búsqueda del bien común con espíritu de servicio ; el desarrollo de la justicia con atención particular a las situaciones de pobreza y sufrimiento ; el respeto de la autonomía de las realidades terrenas ; el principio de subsidiaridad ; la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad : éstas son las orientaciones que deben inspirar la acción política de los cristianos laicos » (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, CDSE, núm. 565).

El mejor remedio

Zita guarda un recuerdo excelente de su juventud : « Tuve una infancia extremamente feliz y alegre… La doble mudanza de Austria a Pianore y el regreso, en primavera, a Schwarzau, donde pasábamos el verano, era para nosotros, que éramos niños, el mayor de los acontecimientos ». Y recuerda : « Si, durante las vacaciones, estudiábamos muy poco según nuestros preceptores, teníamos que coser, remendar y reparar. Y no solamente nuestra propia ropa, sino también la ropa de las personas mayores y de los enfermos de Schwarzau ». Las chicas se encargaban también de los enfermos sin familia : « Por la tarde, regresábamos con frecuencia agotados y debíamos desinfectarnos como medida preventiva hacia los más jóvenes. Cuando esa limpieza duraba demasiado, nuestra madre nos recordaba : “La caridad es el mejor remedio contra los riesgos de contagio” ».

También hay momentos de distracción, en que los niños príncipes pueden hacer picnic a su antojo y entregarse hasta la noche a actividades como montar a caballo, bañarse y jugar con los niños del pueblo. La educación es estricta, pero llena de amor : « Para nosotros, el peor castigo —raramente infligido— era quedarnos sin postre. Nuestras comidas eran sencillas, de tal manera que cualquier cosita dulce extra era una fiesta… Mi madre era severa, pero la adorábamos. Papá era todo alegría y bondad. Nunca nos pegó, pero cuando tenía que reprender a uno de nosotros, eso nos afectaba grandemente ». Entre ellos, los niños ríen y charlan, pero, cuando hay invitados, hay que respetar el orden jerárquico y hacer reverencia. Las jóvenes altezas aprenden enseguida a captar la importancia de los huéspedes observando el volumen de polvo que levanta el carruaje o el cortejo que los conduce. « ¡ Evidentemente —confesará Zita—, preferíamos a menudo a aquellos que levantaban menos polvo ! ».

Zita está interna en el convento de Zangberg, en Alta Baviera, cuando se entera de que su padre está moribundo ; éste recibe la llamada de Dios el 16 de noviembre de 1907, antes incluso de que ella pueda volver a verlo. En 1909, su madre la envía a estudiar a Ryde, en la isla de Wight, con las monjas de Solesmes, entonces exiliadas. Su abuela materna, que había ingresado en el monasterio antes de enviudar, es la priora, y también está su hermana Adelaida, monja desde hace poco. Allí, Zita recibe una educación de enorme valor en filosofía, teología y música. En su alma nace la atracción por la clausura.

Profecía

Sin embargo, Zita y Carlos, que se conocen desde la infancia, se frecuentan con gozo creciente. En 1911, el archiduque pide la mano a la joven princesa regalándole un anillo de compromiso que Zita guarda en el bolsillo con un « ¡ Gracias ! » travieso. El 24 de junio, Zita y su madre son recibidas por el Papa Pío X. En el transcurso de esa audiencia, éste declara a la joven, con una sonrisa : « ¿ Así que va a casarse con el heredero al trono ? ». Zita intenta desengañarlo en tres ocasiones : « Santo Padre, mi novio es el archiduque Carlos ; el archiduque heredero es Francisco Fernando ». Pero el Papa no modifica su observación : « Me alegro infinitamente de que Carlos sea la recompensa que Dios concede a Austria por los servicios que ella ha aportado a la Iglesia ». A la salida de la entrevista, Zita suelta lo siguiente a su madre : « ¡ Gracias a Dios el Papa no es infalible en cuestión de política ! ». « Con motivo del proceso de beatificación de Pío X —dirá Zita—, atestigüé que se trataba de una profecía que se había cumplido plenamente ».

Durante un encuentro al aire libre cerca de Viena, los jóvenes novios reciben una ovación, pero Zita se entristece y señala : « Esas aclamaciones parecen clamores de insurrección ». Carlos se extraña de ello, pero ella evoca entonces la caída de su familia en Parma y la de los Braganza en Portugal : « Hay que ser realista ; nuestra vida es frágil y el poder, efímero ». Carlos calla durante unos minutos, sopesando esas palabras. « Creo entender lo que quieres decir… pero en Austria no ocurre lo mismo. Te lo ruego, ¡ no hablemos más de ello ! ». Zita señalará : « Durante años, dejamos de hablar de ello. Pero el 24 de marzo de 1919, justo después de franquear la frontera para alcanzar el infierno del exilio, Carlos me dijo : “Tenías razón…”. Entendí inmediatamente lo que quería decir y le musité en voz baja : “¡ Cómo me habría gustado equivocarme !”. Y aquella fue la última frase de nuestra discusión, o, mejor dicho, de la mayor divergencia en nuestros puntos de vista que jamás tuvimos ».

La boda se celebra el 21 de octubre de 1911 con todo el fasto que reclama una de las mayores cortes de Europa. El viaje de novios de las altezas consiste en recorrer en automóvil el imperio austro-húngaro. Carlos puede expresarse en las diecisiete lenguas habladas en el imperio, seis de las cuales conoce a la perfección ; Zita aprende con fervor los rudimentos de las que le faltan. El 20 de noviembre de 1912, da a luz a Otto, el primero de sus ocho hijos. Carlos ha retomado su vida de oficial de dragones, a la vez que intensifica sus relaciones con su tío Francisco Fernando. Hace ya mucho tiempo que el archiduque heredero expone de buen grado sus opiniones políticas al sobrino y le prepara de ese modo para sus responsabilidades venideras.

« En el contexto del compromiso político del fiel laico —apunta el Compendio— requiere un cuidado particular la preparación para el ejercicio del poder, que los creyentes deben asumir… El ejercicio de la autoridad debe asumir el carácter de servicio, se ha de desarrollar siempre en el ámbito de la ley moral para lograr el bien común : quien ejerce la autoridad política debe hacer converger las energías de todos los ciudadanos hacia este objetivo, no de forma autoritaria, sino valiéndose de la fuerza moral alimentada por la libertad » (CDSE, núm. 567).

El ultimátum

Una noche, con motivo de una cena familiar, Francisco Fernando confía a su sobrino : « ¡ Van a asesinarme ! Carlos : te he dejado unos documentos, bajo llave en un cofre. Son reflexiones, proyectos, ideas, que quizás te resulten útiles. Pero guarda silencio, pues no quiero que Sofía esté triste ». El heredero había contraído matrimonio con Sofía Chotek (en matrimonio morganático, pues la esposa carecía de abolengo suficiente para convertirse en emperatriz ; como consecuencia de ello, sus hijos no podían heredar el trono). Zita comprende enseguida que es probable que Carlos suceda a su tío a la cabeza del imperio mucho antes de lo previsto. El 28 de junio de 1914, Carlos y Zita se enteran con dolor del asesinato del príncipe heredero y de su esposa en Sarajevo, de manos de un nacionalista serbio. « Nos encontrábamos en medio de un extraño dilema —recordará Zita—. Por una parte, había que hacer todo lo posible para obtener la paz, y ello iba en el sentido del heredero al trono asesinado. Por otra, cosa que se olvida demasiado fácilmente con el paso del tiempo, una gran potencia como Austria-Hungría no podía permitirse que asesinaran impunemente al heredero al trono que encarnaba el futuro. En semejante situación, ¡ ningún gobierno habría podido actuar como si nada hubiera ocurrido ! ». Así pues, el emperador Francisco José considera ineludible el deber de justicia y, creyéndose capaz de circunscribir localmente el conflicto, lanza a Serbia el ultimátum que desencadenará, de hecho, el engranaje de las alianzas ofensivas y la guerra europea. La familia de Zita se encuentra dividida : tres hijos combatirán en el ejército imperial aliado de Alemania, mientras que los dos mayores, Sixto y Javier, rechazados por la República Francesa por ser príncipes borbones, se alistarán en el ejército belga. Zita disimula su conmoción durante la última velada en familia en la terraza de Schwarzau. Javier anota en su diario : « Jamás antes de ese momento habíamos sido tan conscientes de la solidez de nuestros lazos. Combatimos en frentes completamente diferentes, y, sin embargo, estamos todos en el bando de quienes defienden Europa contra quienes pretenden demoler nuestro continente ».

Durante la guerra, Zita se encarga de inspeccionar los hospitales y de realizar un informe detallado. Las condiciones se tornan enseguida deplorables. Tras haber predicho un final desastroso de la guerra, el emperador Francisco José intenta una manera de restablecer la paz, pero sus consejeros y el espíritu del pueblo, influenciado por la propaganda alemana, se oponen a ello. Seguía trabajando con ese propósito cuando expira, a la edad de ochenta y seis años, el 21 de noviembre de 1916. Carlos se convierte entonces en emperador. A Zita le anima el mismo espíritu de fe que a su esposo : « ¡ Mil poderes, poder único ! —dirá ella—. Todas las fuerzas que, a nuestro alrededor, se agitan, empujan o frenan, no son nada al lado del Único Poder (Dios) que nos domina. Y el emperador Carlos estuvo a su servicio ». La coronación como soberanos de Hungría en Budapest, el 23 de diciembre de 1916, hace pensar en la transfiguración de Jesús en el monte Tabor antes de la Pasión. La cabeza de Zita recibe la corona de las reinas de Hungría ; luego, tras ser ceñido su esposo con la corona de san Esteban, primer rey de Hungría, el arzobispo primado se la pone a ella sobre el hombro derecho y dice : « Recibe la corona de la soberanía, para que sepas que eres la esposa del rey y que siempre debes cuidar al pueblo de Dios. Cuanto más alto te encuentres, más humilde debes ser y más debes permanecer en Jesucristo ». Esas fastuosas ceremonias no hacen que la pareja real olvide los sufrimientos del pueblo afectado por la guerra : los dieciocho platos del banquete de ese día se presentan solamente a los invitados y se envían a los heridos del hospital de guerra de Budapest, suprimiéndose además el baile tradicional.

Zita reconforta al pueblo

El nuevo emperador toma rápidamente el mando efectivo del ejército ; con su prudencia, ahorra cientos de miles de vidas. Por su parte, Zita reconforta al pueblo y le procura todo el apoyo material que ostenta. A partir de 1917, el emperador intenta firmar una paz separada entre Austria y los aliados (Francia, Inglaterra e Italia). Con ese propósito, manda varias veces a los príncipes Sixto y Javier para tratar con los gobernantes de Francia y de Inglaterra. Desgraciadamente, diversos avatares políticos hacen fracasar esas tentativas que tantas vidas habrían salvado.

« El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa » (CEC, núm. 2307-2308).

En octubre de 1918, una revolución de inspiración comunista estalla en Budapest, y el imperio se fragmenta rápidamente. El 3 de noviembre, se firma un armisticio entre Austria-Hungría y las potencias de la Entente. Mientras la revolución alcanza la capital austríaca, la mayoría de los guardias imperiales abandonan su puesto. Los cadetes de la escuela militar se presentan espontáneamente para asegurar la protección del palacio imperial de Schönbrunn, con gran consuelo de Zita, emocionada por esos jóvenes cuya fiel bravura supera la de sus mayores. Algunos miles de obreros socialistas, hábilmente manipulados por agitadores republicanos, reclaman “en nombre del pueblo” la salida de los Habsburgo. El emperador rechaza el derramamiento de sangre de sus pueblos que tanta han derramado ya, y, el 11 de noviembre de 1918, renuncia a ejercer sus funciones, pero sin abdicar. La familia imperial se retira a una residencia de caza, donde está expuesta a la inseguridad, al frío, a la desnutrición y a la enfermedad. El teniente coronel inglés Strutt, encargado por el gobierno británico de mejorar las condiciones de vida de Carlos y Zita, se convierte en un valioso amigo. Frente a las amenazas revolucionarias, aconseja a los soberanos que abandonen el país. Carlos se decide a ello el 24 de marzo de 1919. El exilio comienza en Suiza. De allí, con el apoyo del Papa Benedicto XV, intenta restaurar en dos ocasiones la monarquía en Hungría, pero resulta en vano. Los aliados exilian entonces a Carlos y a Zita a la isla de Madeira (Portugal), donde se instalan el 19 de noviembre de 1921 con algunos sirvientes, pero sin sus hijos, que se unirán a ellos más tarde. Sus bienes personales son expoliados y no cobran ninguna de las compensaciones económicas que les habían prometido. El clima invernal es frío y húmedo, y la casa está mal calentada. El 9 de marzo de 1922, el emperador sufre una congestión pulmonar, muriendo el 1 de abril, primer sábado del mes, día dedicado al Corazón Inmaculado de María.

Un gran deber

El 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, Zita consagra su familia al Corazón Inmaculado de María, antes de abandonar Madeira hacia España. En adelante, es regente de su hijo Otto : « Tengo un gran deber político, y quizás solamente ése. Debo educar a mis hijos siguiendo el espíritu del emperador, hacer de ellos hombres buenos temerosos de Dios. La historia de los pueblos y de las dinastías —que no calcula el tiempo tomando como referencia la vida humana, sino según medidas mucho más largas— debe inspirarnos confianza ». En agosto de 1922, la familia imperial se establece en Lekeitio, en el País Vasco español, bastante cerca de Lourdes, que tanto ama Zita. En 1929, Zita fija su residencia en Bélgica, cerca de Lovaina, donde lleva una vida campestre reglada por una etiqueta simplificada, cultiva rosas y se encarga ella misma, a veces, de las veinticinco cabras y ovejas. Para sus hijos, elige escuelas católicas francófonas. Otto obtendrá, en 1935, en la Universidad de Lovaina, un doctorado en ciencias políticas y sociales. El 20 de noviembre de 1930, alcanzada la mayoría de edad, se convierte en jefe de la Casa de Habsburgo.

En 1938, Hitler invade Austria para realizar el Anschluss (anexión para la unificación política de los pueblos de la “Gran Alemania”). El dictador, nacido en Austria, ha odiado siempre a los Habsburgo. El 22 de abril, Otto es condenado a muerte por alta traición, en razón de su hostilidad hacia el Reich. El 9 de mayo de 1940, aniversario del nacimiento de la emperatriz, los alemanes atacan Bélgica. El día 10 al alba, los bombarderos de la Luftwaffe sobrevuelan la residencia imperial. Los diecisiete ocupantes parten precipitadamente hacia Francia en tres automóviles. Dos horas más tarde, la casa arde en llamas ; según Otto, se trata de « un regalito de Hitler ». La familia se embarca para Nueva York, estableciéndose después cerca de Quebec, donde los cuatro benjamines acabarán sus estudios en la Universidad Católica. Los cuatro mayores se ganan la vida y defienden los intereses de sus pueblos en los Estados Unidos o en Inglaterra. La emperatriz representa a Otto ante el presidente Roosevelt ; el 11 de septiembre de 1943, éste la recibe en Hyde Park. Zita aboga en favor de Austria y de un proyecto de federación de los pueblos danubianos. De otra parte, se dedica a recolectar fondos y a apoyar a sus súbditos mediante toda suerte de ayudas. En Navidad de 1948, se instala cerca de Nueva York y hace un último favor político a Austria : al enterarse de que el Senado considera excluir a su país del Plan Marshall, a causa de su pretendida acogida entusiasta a Hitler en 1938, la emperatriz convence a unas cincuenta mujeres de senadores con objeto de que influyan en sus esposos para restablecer la verdad. Gracias a ella, se aprueban subvenciones para Austria.

Entre las monjas

Los matrimonios de tres de sus hijos reconducen a la familia a Europa. En 1953, Zita decide establecerse en el castillo de Berg, propiedad de los grandes duques de Luxemburgo. Como oblata benedictina de Santa Cecilia de Solesmes desde 1926, siente una renovada atracción por la clausura. Sin embargo, el Abad de San Pedro de Solesmes la disuade de abandonar el mundo a causa de su posición social, que le permite actuar en favor de una Europa cuya identidad no puede entenderse sin el cristianismo. No obstante, gracias a un indulto de Pío XII, Zita podrá realizar varias estancias entre las monjas, que sumarán en total más de tres años. Su nieta Catalina, al verla un día detrás de la reja del oratorio, exclama : « Abuela, ¿ está Vd. en la cárcel ? ». A lo que responde la emperatriz : « Hija mía, ¿ soy yo quien está en la cárcel o eres tú ? ». En 1959, las autoridades políticas no le permiten asistir a las exequias de su madre, que tienen lugar en Alta Austria, en una propiedad de los Borbón-Parma. En esa época, Zita reside alternativamente en casa de sus hijos, en Baviera y en Bruselas. En 1962, se establece en Zizers, en el cantón suizo de los Grisones.

Tras levantarse a las cinco de la mañana, la emperatriz asiste cada día a varias Misas, medita sobre la Pasión de Jesús ayudada por las quince oraciones de santa Brígida y reza asiduamente el Rosario. En 1982, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia Administrativa reconoce que la ley de exilio anti Habsburgo no debería haber afectado a Zita, miembro aliado de esa dinastía, por lo que su regreso triunfal a Austria, ese mismo año, después de sesenta y tres años de exilio, representa una de sus mayores alegrías. El 13 de noviembre, más de 20.000 personas asisten a la Misa celebrada en su presencia en la catedral de San Esteban de Viena. Habiendo considerado que ser forzada al exilio no autoriza a abandonar la misión encomendada por Dios, nunca renunció a sus títulos. Sin embargo, su salud se deteriora : pierde la vista y se desplaza con dificultad. Pero sus allegados dan testimonio de su enorme paciencia, a la espera serena de la muerte que le permitirá reencontrarse con su esposo. Tras fallecer el 14 de marzo de 1989, a la edad de 96 años, es inhumada en la cripta de los Capuchinos de Viena, con la magnificencia propia del ritual imperial que corresponde a su rango. Su corazón reposa con el de Carlos en la abadía de Muri, en la diócesis de Basilea. El proceso de beatificación de la emperatriz se inauguró en 2009. Los favores obtenidos mediante su intercesión pueden enviarse a la Association pour la béatification de l’impératrice Zita, Abbaye Saint-Pierre, 1 place Dom Guéranger, 72300 Solesmes (Francia).

Roguemos para que, siguiendo su ejemplo, aprendamos a servir a Dios y a su reino por el bien de nuestro país y de Europa, incluso en medio de las circunstancias humanamente más desfavorables.


Dom Antoine Marie osb

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