Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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11 de julio de 2017
fiesta de san Benito, abad


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Turín, en 1814. En la octava de Pascua, la marquesa Julia de Barolo se topa con una procesión que acompaña al Santísimo en dirección a la casa de un enfermo. Ella se arrodilla. De repente, en medio de los cánticos sagrados, una voz estridente grita : « ¡ No es el viático lo que necesito, sino sopa ! ». Esa provocación, que procede de un preso de la cárcel central, muy próxima, mueve a la joven a entrar en ella. Ante el deterioro que padecen los presos, se escandaliza. En concreto, la visita al módulo de mujeres la conmociona profundamente : « Podría decirse que se echaron sobre mí —cuenta—, gritando a la vez, y su estado de degradación me causó un dolor y una vergüenza que me sigue emocionando intensamente cuando lo recuerdo… Regresé a casa con el corazón compungido de dolor y sin saber demasiado qué determinación tomar para mejorar la existencia física y moral de las presas ». Los esposos Barolo ven en aquel descubrimiento una señal de la Providencia, pues dedicarán toda su vida a las obras de misericordia.

Exilio en familia

Julia nace y es bautizada el 26 de junio de 1786, en el castillo de Maulévrier (cerca de Cholet, en Francia). Su padre, Eduardo Colbert, es embajador de Francia ante el arzobispo elector de Colonia. Es descendiente del hermano menor del célebre ministro de Luis XIV, Juan Bautista Colbert. Su esposa, Ana María de Quengo, le da cuatro hijos. La Revolución Francesa alterará la vida de la familia, que reside habitualmente en Bonn, en Alemania. A partir de 1793, empieza para los Colbert una existencia ardua y fugitiva que les conduce a Holanda y, después, a Bélgica. Julia queda traumatizada aún más por la muerte de su madre en Bruselas, en octubre de 1793, y luego por la muerte de su abuela paterna, guillotinada en 1794. Cuando, por fin, Napoleón autoriza el retorno de los emigrados a Francia, los Colbert encuentran el castillo familiar quemado, las tierras devastadas y sus habitantes reducidos a la miseria. Esa aguda tribulación no desvía al marqués de su primer deber : transmitir a sus hijos la fe y la cultura cristianas. En 1804, con la proclamación del imperio, Julia entra en la corte imperial como dama de honor de la casa de la emperatriz. En esas circunstancias conoce al joven marqués de Barolo.

Como último descendiente de la noble familia piamontesa de los Falletti de Barolo, Carlos Tancredo nace el 26 de octubre de 1782 en Turín. Tancredo destaca desde joven por su inteligencia, amor por la justicia y nobleza de sentimientos, llegando a ser un hombre piadoso, abierto y atento a las exigencias de su tiempo. Cuando Napoleón, para dar más brillantez a su corte, se propone concentrar a la vieja nobleza francesa emigrada, así como a la de las demás regiones bajo su dominio, Tancredo se ve obligado a dirigirse a París. Ingresa en el cuerpo de los pajes, convirtiéndose después en chambelán de la casa del emperador.

Tancredo y Julia descubren que tienen en común una fe profunda, una vasta cultura y el deseo de comprometerse para mejorar la sociedad. Sin embargo, son de temperamentos opuestos : ella, dotada de un carácter brillante y dado a la réplica, es impetuosa ; él, en contrapartida, es dulce, reservado y reflexivo. La boda se celebra en París el 18 de agosto de 1806. La importante fortuna de ambas familias permite que los jóvenes esposos lleven una vida despreocupada hasta la caída de Napoleón en 1814. Se instalan en Turín, pero residen a menudo en París. En el transcurso de sus viajes, visitan las nuevas instituciones sociales inspiradas por el Evangelio. No obstante, su vida está marcada dolorosamente por la esterilidad, aunque, a pesar de esa prueba, el afecto mutuo que profesan se purificará y fortificará, pues descansa en las virtudes de la fe y de la caridad. Su adhesión a la voluntad divina les hace aceptar la falta de hijos, adoptando en su lugar a los pobres de Turín ; de ese modo conocerán una amplia fecundidad espiritual.

« Muchas parejas de esposos no pueden tener hijos —escribe el Papa Francisco en la Exhortación Amoris Laetitia—. Sabemos lo mucho que se sufre por ello. Por otro lado, sabemos también que el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación. Por ello, aunque la prole, tan deseada, muchas veces falte, el matrimonio, como amistad y comunión de la vida toda, sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad. Además, la maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras. La adopción es un camino para realizar la maternidad y la paternidad de una manera muy generosa, y quiero alentar a quienes no pueden tener hijos a que sean magnánimos y abran su amor matrimonial para recibir a quienes están privados de un adecuado contexto familiar. Nunca se arrepentirán de haber sido generosos. Adoptar es el acto de amor de regalar una familia a quien no la tiene. Es importante insistir en que la legislación pueda facilitar los trámites de adopción, sobre todo en los casos de hijos no deseados, en orden a prevenir el aborto o el abandono. Los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice : Aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría (Is 49, 15) » (19 de marzo de 2016, núm. 178 y 179).

Los “Jardines de infancia”

Los Barolo acogen en su majestuosa residencia de Turín a los niños que, por necesidad o negligencia, son abandonados por sus padres. Ese es el origen de lo que se conoce como “Jardines de infancia”. El horario consiste en clases de catecismo, de lectura, oraciones, juegos, etc. El objetivo consiste en insuflar en aquellas almas maleables los principios esenciales de la vida moral, como el temor de Dios, el respeto por los padres, la obediencia y la franqueza. Las maestras, que primeramente son laicas entusiastas, serán substituidas por religiosas en 1832. Dos años más tarde, los esposos fundarán lo que llegará a ser la Congregación de las Hermanas de Santa Ana de la Providencia, destinada a la educación cristiana de esos niños.

Por su parte, Julia, que ha descubierto todo el horror del universo carcelario, y a pesar de la oposición de su familia, consigue introducirse en las cárceles. Las presas la reciben con insultos y, a veces, con golpes. Sin desanimarse, la marquesa continúa con sus visitas ; acaban por adoptarla y hablarle con calma. Pasa las jornadas con aquellas mujeres, catequizándolas, enseñándoles a leer, a rezar, a perdonar y a santificarse. Aprovechando sus relaciones, los esposos Barolo dirigen informes a las autoridades sobre las degradantes condiciones de vida de las presas, proponiendo algunas soluciones. Julia desea hablarles del tema, aunque esas visitas le cuestan mucho más que la compañía de las presas. Acogida primero con frialdad y con educación irónica, acaba convenciendo y pronto adquiere una verdadera autoridad. De tal modo es así que, en 1821, los esposos Barolo consiguen que se inaugure una cárcel reservada a las mujeres. Julia, que es nombrada superintendente, manda acondicionar una capilla y asume los cargos del culto. Las presas, que han mejorado gracias a sus instrucciones y al afecto que les profesa, expresan su alegría por dejar de ser excluidas de las ceremonias religiosas. « Hijas mías —les dice con esos motivos—, Dios sigue estando con nosotras, pero es un gran honor poder participar en el Santo Sacrificio que su amor instituyó para el perdón de nuestros pecados ». Para secundarla en esa obra, la marquesa contribuye a que se instalen en Turín las Hermanas de San José de Saboya, bajo cuya dulce y caritativa influencia perseveran en regularidad y libre sumisión las presas. Julia aporta el siguiente testimonio : « Son varias las mujeres que han muerto en prisión, y todas con santa calma y confianza inquebrantable en la misericordia divina. No he visto morir a ninguna de forma impía y, si bien en un principio se manifiesta la irreligión, va cediendo poco a poco ante las exhortaciones y los buenos ejemplos. He encontrado mucha ignorancia, pero no incredulidad, y más de una vez he oído la siguiente exclamación : “Gracias a usted, señora, estoy contenta de que me encerraran en la cárcel, pues aquí he aprendido a conocer el bien y el mal, y a encontrar consuelo en la religión” ».

Las “Magdalenas”

En 1823, el gobierno del Piamonte concede a los esposos Barolo el derecho de fundar, por sus propios medios, un hogar de acogida para antiguas presas y prostitutas arrepentidas. Confiado a las Hermanas de San José, ese hogar será la cuna, con el impulso de Julia, de dos comunidades : por una parte, un convento de religiosas contemplativas destinado a las arrepentidas que se sientan llamadas a consagrarse a Dios, las “Magdalenas” ; por otra parte, para aquellas que, sin abrazar la vida contemplativa, no deseen regresar al mundo, se fundará una orden tercera consagrada al cuidado de los enfermos en los hospitales, las Oblatas de Santa María Magdalena.

En 1816, Tancredo había entrado en el ayuntamiento de Turín. Primero será concejal y, luego, uno de los dos alcaldes entre los años 1826 y 1827. En el transcurso de veintidós años en su cargo de administrador municipal, se constituye, entre otras cosas, en promotor e impulsor de las tareas de instrucción y beneficencia, con la finalidad no solamente de socorrer a los indigentes sino de favorecer la justicia y la paz sociales. Como miembro de la comisión para la Instrucción Pública, se encarga de organizar la enseñanza primaria, que confía a los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Por otro lado, manda crear cursos de primaria superiores, inexistentes hasta entonces. Aprobadas por el gobierno en 1827, esas escuelas van destinadas a jóvenes de las clases populares que intentan completar su formación antes de entrar en la vida activa. Su objetivo es doble : en primer lugar, restringir el número creciente de alumnos que se amontonan en los colegios sin esperanza de acceder después a los estudios universitarios ; en segundo lugar, proporcionar una cultura suficiente y una buena preparación a las profesiones artesanales, comerciales, etc. Como pedagogo prudente, Tancredo se encarga de los reglamentos, de los libros, de los exámenes, de las diferentes disciplinas y de la manera de impartirlas.

Al mismo tiempo que manda renovar o construir iglesias, hospitales y escuelas, y trabajando en la mejora de las condiciones de vida de sus conciudadanos, el marqués encuentra todavía tiempo para escribir obras pedagógicas, teniendo especialmente como destinatarios a los jóvenes. Se trata de folletos de estilo sencillo que se distribuyen gratuitamente. Tancredo no desaprovecha la ocasión de suscitar en el lector pensamientos elevados y edificantes. En sus “Breves instrucciones para la juventud”, escribe : los jóvenes « volverán su mirada con fervorosas oraciones y corazón sincero hacia su Padre celestial para que les guíe con amor y sin error por el corto camino donde pongan los pies. Entonces le suplicarán que les conceda, o bien la facultad de elegir, o bien la gracia de aceptar una situación que, ante todo, esté de acuerdo con su voluntad ».

Reconvertido en simple concejal y animado por un religioso respeto hacia las almas de los difuntos, Tancredo entrega una suma considerable para acondicionar el nuevo cementerio de Turín. En contrapartida, solamente pide que se reserve un modesto emplazamiento para su familia y que una inscripción invite a rezar por el reposo de su alma y de las de los suyos.

Una profunda amistad

Julia, que ofrece lo mejor de su tiempo a las obras de misericordia, dedica más de una hora diaria a la oración y lleva un cilicio (cinturón de crin para la penitencia). Es muy culta y habla corrientemente cinco lenguas, lo que encanta a la elite intelectual y política de Turín, a la que recibe en casa. Además, los esposos Barolo acogen al poeta Silvio Pellico (1789-1854) cuando sale de la cárcel. Ese exaltado patriota trabajaba por la unidad italiana y era considerado por los austríacos como un peligroso revolucionario, por lo que había sido condenado a la pena capital, conmutada pronto por una penosa encarcelación. Así pues, los Barolo se convierten en sus benefactores, contratándolo como bibliotecario en 1834. Tancredo entabla con él una profunda amistad, confiando al poeta « que había notado en Julia una continua tendencia a perfeccionarse en la virtud », que la considera como « la criatura más natural, incapaz de orgullo y de mentira » y que, « si bien la había amado apasionadamente desde el primer encuentro, la ama cada vez más ». En 1838, Silvio Pellico, convertido en secretario de Julia, la acompañará en sus visitas a los pobres y a las casas de caridad.

En 1835, una epidemia de cólera azota el Piamonte y después Turín. Al contrario que otros miembros de la nobleza que se apresuran en huir de la ciudad, los esposos Barolo, que se hallan entonces en el campo, regresan sin demora. Tancredo organiza la ayuda a los enfermos, fundando centros de socorro y enfermerías abiertas día y noche. Atormentado por el temor de que Julia se contagie, solamente le permite aportar ayuda y consuelo a las viudas y huérfanos, pero sin acercarse a los enfermos contagiosos. Más tarde, tras desvanecerse su temor, consiente que su esposa prodigue directamente cuidados a los enfermos. Durante aquellas trágicas semanas, en que muchos turineses destacan por su valor y generosidad, los concejales hacen un voto solemne ante la Virgen de la Consolata, patrona de la ciudad, con objeto de obtener de la divina misericordia el final del cólera. Tancredo prepara el texto en cuestión. El consejo municipal se encargará de restaurar la capilla subterránea de la iglesia de San Andrés (la actual cripta de la Consolata), de erigir en esa plaza una columna con una estatua de la Santísima Virgen, de establecer la plegaria de las Cuarenta Horas y de participar cada 30 de agosto, durante siete años consecutivos, en una Misa de acción de gracias a Nuestra Señora del Consuelo. El pergamino, sobre el cual se ha consignado el voto, es entregado por parte del consejo municipal al arzobispo en el transcurso de una Misa solemne. El voto, junto a las plegarias, obtiene el final de la epidemia, que se limita a unos casos aislados, desapareciendo pronto por completo. En recompensa por la dedicación de la que han dado prueba, Julia recibe la medalla de oro de la ciudad y Tancredo es nombrado “Comendador de los Santos Mauricio y Lázaro”.

¿ Quién partirá primero ?

Después de aquello, sin embargo, la salud de los esposos Barolo empieza a decaer : la de Julia, con bastante gravedad en apariencia ; la de su marido, de manera taimada. Éste declara un día a su mujer : « Confío en la Providencia, pues seré yo quien partirá primero ». Cuando los dolores le azotan, la epidemia de cólera había desaparecido hacía tres años. Por indicación de los médicos, los esposos se dirigen al Tirol para disfrutar de cierto reposo. Desde el principio del viaje, la salud de Tancredo se ve gravemente alterada y deciden regresar. En Chiari, cerca de Brescia, está en las últimas. El párroco del lugar le da el sacramento de la Extremaunción o Unción de los enfermos. Apaciblemente, en los brazos de Julia que está colmada de aflicción, entra en la verdadera Luz el 4 de septiembre de 1838.

El cuerpo del marqués es conducido a Turín. Las autoridades, los amigos y toda una multitud de pobres que quieren dar testimonio de su gratitud acuden para rendir homenaje al difunto. Las exequias se celebran en la iglesia de San Dámaso y con gran sencillez, tal como lo había especificado en su testamento. Solamente le importaban las oraciones por el descanso de su alma, por lo que había dispuesto que se celebraran numerosas Misas con esa intención y que se distribuyeran limosnas a los pobres y a obras de caridad. En su tumba, Julia manda grabar este epitafio : « Hizo mucho bien a mucha gente, y habría querido hacerlo a todos ».

A la muerte del marqués, las “Palomas” —como llamaba a las Hermanas de Santa Ana, que había fundado cuatro años antes para educar a los niños abandonados— se cobijan todavía en un nido pequeño y tibio a la espera de emprender el vuelo. Julia acaba de precisar el carisma de esa joven institución y redacta sus constituciones, que el arzobispo de Turín aprueba en 1841. A finales de 1845, pasa seis meses en Roma para conseguir la aprobación de la Santa Sede, que será concedida el 8 de marzo de 1846. Desde ese momento, la congregación se expande por toda Italia ; después, a partir de 1871, por los países de misión. Julia se sentirá siempre muy próxima a las “Palomas”, visitando los centros y preocupándose por los recursos económicos, aunque también por la vitalidad espiritual de las comunidades.

Para educar a las jóvenes de la alta sociedad, la marquesa manda llamar a Turín a las Damas del Sagrado Corazón, fundadas en Francia por Santa Sofía Barat (1779-1865), con quien entabla amistad. Del mismo modo, apoya la obra de san José Benito Cottolengo (1786-1842), fundador, en la misma ciudad, de la Pequeña Casa de la Divina Providencia. En 1832, Tancredo, entonces administrador del hospital de Moncalieri, había dispuesto que un anexo del centro se destinara a los niños pobres, por lo que Julia, fiel a las intenciones de su marido, vela por esa obra y manda trasladarla a Turín. Su inauguración tiene lugar en 1845, y allí son hospitalizadas las niñas huérfanas o procedentes de familias pobres. Julia llama a Don Bosco (1815-1888), entonces joven sacerdote, para que sea el capellán, aunque también para asumir la dirección espiritual de las jóvenes del Refugio fundado en 1823. La colaboración entre el capellán y la marquesa no durará más que dos años. El motivo es que Don Bosco prioriza su apostolado en los muchachos de la calle, que reúne en locales de las obras de la marquesa. Esa vecindad no deja de causar problemas. Además, Don Bosco, que no dosifica sus fuerzas, cae enfermo. Como quiera que no acepta renunciar a ocuparse de sus muchachos, Julia se ve en la tesitura de despedirlo. No obstante, continuará sosteniendo económicamente su obra, de manera anónima y mediante una persona intermediaria.

Un camino para subir al Cielo

En 1848, Europa se ve sacudida de nuevo por revoluciones. En Turín, las manifestaciones callejeras tienen como objetivo formar un Estado italiano unificado, sin consideración por los derechos inmemoriales de la Santa Sede sobre los Estados Pontificios. Los manifestantes atacan a la Iglesia Católica y a sus instituciones. La marquesa de Barolo es amenazada de gravedad, por lo que se le aconseja que abandone la ciudad. « No puedo llevar conmigo a mis quinientas hijas adoptivas —replica con energía—. Así que debo quedarme para hacer de madre hasta el final. Y si acaso me quieren cortar la cabeza, pues ese también es un camino para subir al Cielo. El Señor concedió a mi abuela la valentía de morir en la guillotina, así que seguro que no me abandonará. ¡ Ni las amenazas, ni las persecuciones, ni los tormentos me forzarán a desertar del puesto donde me retiene mi deber ! ». Esa tribulación no hace más que acrecentar en ella la paciencia y la firmeza. Sin embargo, su serenidad, incluso cuando se restablece el orden público, no consigue borrar cualquier temor por el futuro.

Preocupada por conservar todo lo que había emprendido con su marido, Julia agrupa el conjunto de sus obras en el seno de una institución denominada “Opera Pia Barolo”, reconocida por decreto y dotada de personalidad civil. En el ocaso de su vida, en 1863, la marquesa financia en buena parte la construcción, en un barrio popular de Turín, Borgo Vanchiglia, de una iglesia dedicada a santa Julia, su patrona. En octubre, tras caer de nuevo enferma y sintiendo próxima su muerte, se prepara con gran espíritu de fe a comparecer ante Dios ; aguarda ese momento con el corazón henchido de esperanza, con la mirada puesta en el crucifijo y sosteniendo una imagen de la Virgen que le había enviado el santo Cura de Ars. Finalmente, entrega apaciblemente el alma a Dios el 19 de enero de 1864. Los restos mortales de los esposos Barolo reposan hoy en día en el coro de la iglesia de Santa Julia. En 1991 se inició el proceso de beatificación de Julia, y en 1995, el de Tancredo. El 5 de mayo de 2015, se reconoció la heroicidad de las virtudes de Julia ; por ello, se ha convertido en “Venerable”, primera etapa en el camino de la beatificación.

Gratis lo recibisteis ; dadlo gratis (Mt 10, 8) —dijo Jesús—. Y afirmó igualmente : Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca… Lo que os mando es que os améis los unos a los otros (Jn 15, 16-17). De ese modo, los bienes que el Señor nos da van destinados al bien del prójimo. Los esposos Barolo supieron poner a disposición de los pobres las grandes riquezas que el Señor les había dado gratuitamente. A ejemplo suyo, ojalá nosotros podamos poner a disposición de nuestros hermanos nuestros talentos, por muy pequeños que sean.

Dom Antoine Marie osb

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