Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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31 de marzo de 2017
fiesta de santa Balbina


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Durante un Vía crucis con los jóvenes en Río de Janeiro (Brasil), el 26 de julio de 2013, el Papa Francisco subrayaba : « En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer… fiémonos de Jesús, confiemos en Él. Porque Él nunca defrauda a nadie. Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la salvación y redención ».

La Cruz de Cristo fue el gran misterio que predicó el beato Federico Janssoone, un gran apóstol del siglo xix cuyo entusiasmo se extendió por tres continentes. Nació el 19 de noviembre de 1838 en Ghyvelde, localidad flamenca próxima a Dunkerque, en el extremo norte de Francia. Su padre —Pedro Antonio— es un modesto agricultor de cualidades flamencas : aprecio por el trabajo bien hecho, sentido de la familia y una fe sencilla y robusta. Su madre —María Isabel—, excelente esposa y madre de familia prudente, que dará a luz a trece hijos procedentes de dos matrimonios sucesivos, es una fervorosa cristiana que consagra a todos sus hijos a la Virgen María y que desea ardientemente tener hijos sacerdotes. En ese hogar armonioso, rezan en común y siguen el Rosario meditando los misterios de la vida de Jesús (en cada “Ave María” se añade la mención del misterio que se medita). Federico contará que, en una ocasión, tras escuchar unos pasajes de la vida de los Padres del desierto, los cuatro hermanos más jóvenes deciden hacerse ermitaños y desaparecen ; por la noche, los encuentran rezando detrás de un montón de heno. La familia Janssoone es famosa por su caridad para con los pobres, que encuentran en ese hogar alojamiento y comida. El arzobispo de Cambrai, al conocer a esa familia durante una visita pastoral, confesará : « No, no pensaba que pudieran existir, aún hoy en día, familias tan profundamente cristianas ».

Aquejado de un cáncer de estómago, Pedro Antonio Janssoone deja este mundo en 1848, murmurando a los suyos estas palabras : « Que Dios os guarde ». Federico solamente tiene diez años, es el primero de la clase en primaria y confiesa a su madre su deseo de llegar a ser sacerdote. El primogénito de la familia, Pedro, acaba de ingresar en el seminario mayor. Los estudios son caros, pero María Isabel no lo duda : se sacrificarán para que ese sueño se haga realidad. Federico empieza los estudios secundarios de manera brillante ; muy pronto, sin embargo, arruinada como consecuencia de inversiones desafortunadas, su madre cae enferma. Federico debe entonces dejar el colegio para buscar trabajo ; también su hermano Pedro ha dejado el seminario por motivos de salud. Ambos hermanos son contratados en Estaires, en un negocio de comercio de telas. Federico comienza modestamente como chico de los recados, pero su habilidad le procura un rápido progreso. Primeramente como empleado y luego como socio del hijo del empresario, puede contemplar con optimismo su futuro profesional, e incluso pensar en casarse con la hija de su patrono.

Bajo el sayal franciscano

La defunción de su madre, en 1861, le mueve a retomar los estudios, que comparte con el trabajo. La señora Janssoone se había llevado al cielo el deseo siempre vivo de contar con uno o varios hijos sacerdotes (una de sus hijas ya era religiosa). Pedro ingresará en las Misiones Extranjeras, ejerciendo durante cuarenta y dos años un apostolado en la India, donde morirá en olor de santidad en 1912. Otro de sus hijos, Enrique, que había entrado en los Franciscanos, morirá ahogado en 1867. Federico, sin embargo, ya no pensaba en la llamada de Dios, pero la muerte de su madre, de la que acaba de saber que se había entregado al Señor, le hace reconsiderar su proyecto de consagración total. Llama a la puerta de la abadía cisterciense de Mont-des-Cats, pero el padre abad, desconcertado por su aspecto mundano, le desaconseja la Trapa. Entonces, Federico dirige su mirada hacia la Orden Franciscana, ingresando en el convento de Amiens en junio de 1864, donde recibe enseguida el hábito de sayal marrón. La vida en el noviciado es austera, el frío invernal, riguroso, y la pobreza, muy real. Después de haber superado un período de dudas acerca de su vocación, profesa los votos el 18 de julio de 1865. Empieza sus estudios en Limoges y los prosigue en Bourges, donde es ordenado sacerdote en 1870, a la edad de treinta y dos años.

Francia acaba de declarar la guerra a Prusia. El padre Federico es movilizado como capellán de un hospital militar instalado en el convento de las Damas del Sagrado Corazón, en Bourges ; allí ayuda a numerosos soldados heridos o aquejados de tifus a reconciliarse con el Señor. Nada más terminar las hostilidades, en 1871, es enviado a Burdeos, a un convento de nueva fundación del que se convierte muy pronto en superior. Destaca en la organización de importantes manifestaciones religiosas ; especialmente el 2 de agosto, día de la indulgencia de la Porciúncula concedida a los fieles que visitan piadosamente una iglesia franciscana (la Porciúncula, en Asís, era el lugar que más amaba san Francisco, pues, en esa pequeña capilla, había recibido la seguridad de que sus pecados estaban perdonados), consigue reunir a 25.000 personas alrededor del santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. Hasta su muerte, el padre Federico hará de la festividad del 2 de agosto un gran acontecimiento de salvación. Sin embargo, no está hecho para ser el priorato, por lo que, a partir de 1873, le liberan de esa carga que le abruma y le encomiendan la predicación de misiones parroquiales. Dichas “misiones en el interior” tienen como objetivo una “nueva evangelización” de los cristianos que han olvidado sus deberes religiosos. No obstante, en 1876, el padre solicita y obtiene que le envíen a Tierra Santa durante seis años. Desde 1342, la Iglesia confía a los Franciscanos la “custodia”, es decir, la misión de guardar los lugares santificados por la vida y la Pasión de Cristo, así como de acoger a los peregrinos. 6.000 franciscanos han ido sucediéndose en Palestina, 2.000 de los cuales han regado Tierra Santa con su sangre. Nada más llegar a Jerusalén, el padre Federico empieza un largo retiro de cuatro meses en el convento del Santo Sepulcro, en el mismo lugar en que Jesús fue sepultado y resucitó.

Artesano de la paz

En 1878, es nombrado vicario custodial, es decir, primer asistente del custodio (superior de los Franciscanos de Tierra Santa). El vicario debe cumplir tres cometidos : un papel diplomático con respecto a Francia, el cargo de penitenciario (es decir, la responsabilidad de ofrecer servicio espiritual a las comunidades francófonas) y un papel administrativo que engloba la construcción y el mantenimiento de los conventos y de las iglesias católicas. Como tal, el padre Federico mandará edificar la iglesia de Santa Catalina de Belén, santuario destinado a compensar la pérdida de la basílica de la Natividad, ocupada por los ortodoxos a partir del siglo xviii. Dicha iglesia se terminará en 1882, tras laboriosas negociaciones con el obispo ortodoxo, el pachá turco y el cónsul de Francia. El padre Federico construirá igualmente la iglesia del Santo Salvador de Jerusalén.

En 1881, el gobierno anticlerical francés decreta la expulsión de 5.000 religiosos pertenecientes a congregaciones no autorizadas, medida que supone un duro golpe para las misiones católicas sostenidas por Francia. En el mes de agosto de ese año, el padre Federico se embarca para Canadá a fin de predicar a favor de las misiones de Tierra Santa. Víctima del invierno de Quebec, cae gravemente enfermo. Una vez curado, regresa a Palestina en junio de 1882, donde debe apaciguar las discordias, en ocasiones sangrientas, que dividen a los cristianos de diversas confesiones (católicos y ortodoxos, divididos a su vez en varios patriarcados nacionales) con motivo del uso de las basílicas del Santo Sepulcro de Jerusalén y de la Natividad de Belén. En medio de un espíritu de amplia concertación con los representantes de las diversas Iglesias, el padre Federico se dedica a expresar por escrito los reglamentos, que hasta el momento eran puramente orales. Con esa finalidad, observa minuciosamente, día y noche, con la ayuda de un fraile, los ritos en vigor en los santuarios, redactando dos obras de 500 y 300 páginas, consagradas respectivamente a los ritos del Santo Sepulcro y de Belén. Esos reglamentos todavía están en vigor actualmente. En el transcurso de sus innumerables peregrinaciones en Tierra Santa, el padre Federico adquiere también un perfecto conocimiento de la historia de los Santos Lugares. Además, se preocupa por los peregrinos católicos que, durante su estancia, habitan ese país tosco e incómodo que es la Palestina de entonces. En su intención, manda construir la Hospedería de Nuestra Señora de Francia, organizando allí retiros espirituales. En 1884, acogerá precisamente allí a su propio hermano, misionero.

Un camino de compasión

Desde el siglo xiv, los Franciscanos de Tierra Santa se han acostumbrado a recorrer con los peregrinos, el viernes, la “Vía dolorosa” (el camino seguido por Jesucristo en su Pasión desde el pretorio de Pilatos hasta el Gólgota y el Santo Sepulcro), con objeto de rezar en el mismo lugar donde el Señor padeció y entregó su vida. Esta práctica está en el origen de la devoción del Vía crucis, propagado por doquier en la cristiandad por los Franciscanos. El número de estaciones de ese camino quedará fijado en catorce en el siglo xvii. En la primera mitad del siglo xviii, san Leonardo de Puerto Mauricio, franciscano italiano, destacó como uno de los grandes promotores de esa devoción. A partir de 1878, el padre Janssoone la restaura discretamente en Jerusalén, obteniendo muy pronto de la autoridad política otomana el privilegio de predicarla solemnemente y en público el Viernes Santo. Su predicación es considerada por parte de numerosos peregrinos como la cima de su peregrinación. A partir de esa fecha, los Franciscanos dirigen cada semana el Vía crucis en la ciudad vieja de Jerusalén, en la “Vía dolorosa”.

Al abrir ampliamente el tesoro espiritual que ella custodia —tesoro constituido por los méritos infinitos del Salvador y por los méritos sobreabundantes de la Virgen María y de los santos— la Iglesia concede una indulgencia plenaria a los fieles que cumplen el piadoso ejercicio del Vía crucis (o bien, si tienen algún impedimento, se unen al del Sumo Pontífice, retransmitido por la televisión o la radio, o incluso meditando un cuarto de hora sobre la Pasión). El Vía crucis es un camino de compasión por los sufrimientos de Cristo, y más aún un camino de conversión que conlleva el reconocimiento de sus pecados, causa profunda de los sufrimientos y de la muerte de Jesús en la Cruz, así como la petición de perdón a Dios su Padre. Se estructura alrededor de dos polos : la contemplación de las escenas de la Pasión, y su corolario, es decir, nuestro caminar siguiendo los pasos de Cristo en la vida diaria, siguiendo a la Virgen. La tradición nos dice, en efecto, que María fue la primera en rehacer el trayecto seguido por su Hijo hasta el Calvario. Cada una de las catorce estaciones conlleva una meditación sobre un momento de la Vía dolorosa (no siempre mencionado en el Evangelio, como el encuentro con santa Verónica), completada por una oración y por el canto de una estrofa del Stabat Mater o de otro cántico adecuado.

Nacimiento de un santuario

Tras ser reclamado en Canadá por numerosos sacerdotes que no han olvidado su última estancia, el padre Federico recibe, en abril de 1888, mediante un breve pontificio, la obediencia de Comisario de Tierra Santa en Canadá. Su misión consiste en hallar los recursos necesarios para salvaguardar y mejorar el funcionamiento de los Lugares Santos de Palestina, para lo cual predicará, recolectará limosnas y organizará numerosas peregrinaciones. Nada más llegar a Trois-Rivières, ciudad situada entre Montreal y Quebec, el padre Federico es invitado a predicar con motivo de la consagración a Nuestra Señora del Rosario de una pequeña iglesia construida en 1720 en Cabo de la Magdalena, a orillas del río San Lorenzo. El 22 de junio de 1888, entroniza en dicha iglesia una estatua de la Virgen de la Medalla Milagrosa, profetizando que “Nuestra Señora del Cabo” se convertirá en el principal santuario de María en Canadá. Esa misma tarde, hacia las 19 h., tres hombres entran en la pequeña iglesia para rezar : el padre Federico, el padre Désilets, párroco del lugar, y Pierre Lacroix, un hombre discapacitado. De repente ven que la estatua, que normalmente tiene la mirada baja, abre los ojos por completo. La Virgen está mirando en línea recta, con una expresión de gravedad mezclada con tristeza. El prodigio dura entre cinco y diez minutos. A partir de ese día, el padre Federico será el apóstol infatigable de la peregrinación de Nuestra Señora del Cabo, que propagará por todas partes en el transcurso de sus peregrinaciones y mediante la revista Les Annales du Très Saint Rosaire (“Los Anales del Santísimo Rosario”). La creciente afluencia de peregrinos justificará que, en 1897, se acondicione un muelle en agua profunda, y luego que se construya un ramal de la vía férrea que desemboca en el santuario. En 1902, requerido por demasiadas tareas, el padre Federico confiará el santuario a los Oblatos de María Inmaculada ; dos años más tarde, la Santa Sede concederá a la estatua de Nuestra Señora del Cabo el raro privilegio de “coronación”. En el transcurso de la ceremonia, corresponderá al padre Federico llevar la corona que el obispo colocará en la frente de la estatua, como señal de la realeza espiritual de María. A partir de 1955, para dar satisfacción a la devoción de los fieles, los Oblatos construirán al lado de la “pequeña iglesia” una imponente basílica, terminada en 1964.

Sin embargo, el apostolado del padre Federico en Quebec, donde permanecerá durante veintiocho años, aborda otros muchos campos, entregándose generosamente al servicio de su patria adoptiva como predicador, misionero itinerante y periodista. Suele predicar, de parroquia en parroquia, las grandes verdades de la fe, especialmente las postrimerías del hombre (muerte, juicio, cielo e infierno), sobre los cuales dirá el beato Pablo VI : « Uno de los principios fundamentales de la vida cristiana es que debe vivirse en función de su destino escatológico, futuro y eterno. Sí, hay algo por lo que temblar. Pero de nuevo la voz profética de san Pablo nos pone en guardia : … trabajad con temor y temblor por vuestra salvación (Flp 2, 12). La gravedad y la incerteza de nuestra suerte final siempre han sido objeto abundante de meditación y fuente de energías sin igual para la moral y también para la santidad de la vida cristiana » (28 de abril de 1971). El mismo Papa resaltará : « Se habla raramente y poco de las postrimerías, pero el Concilio nos recuerda las solemnes verdades escatológicas que nos afectan, incluida la terrible verdad de un posible castigo eterno que denominamos infierno, del que Cristo habla sin reticencias (cf. Mt 22, 13 ; 25, 41. Constitución Lumen gentium, 48) » (8 de septiembre de 1971). Impresionados por la elocuencia sencilla y firme del padre Federico, numerosos fieles solicitan confesar sus pecados. Para atenderlos, le acompaña un “ejército” de sacerdotes ; en cuanto a las sorprendentes gracias que reciben las personas que recurren a su oración, el padre las atribuye a la intercesión de Nuestra Señora del Cabo y a las reliquias que ha traído de Tierra Santa.

Trayectos fecundos

Como auténtico franciscano, el padre Federico practica la más estricta pobreza, que no solamente excluye lo superfluo sino que aporta lo necesario con parsimonia. En calidad de limosnero, son grandes las sumas de dinero que pasan por sus manos ; sin embargo, su vestimenta, su alimentación, su mobiliario, todo en él da muestras del mayor de los desprendimientos. En su calidad de misionero itinerante, se impone un ritmo de vida que habría agotado a personas mucho más robustas que él. La urgencia por evangelizar las almas y salvarlas de la perdición es, para él, una evidencia. Las siguientes palabras de san Pablo se hacen eco en su corazón : Y ¡  ay de mí si no predicara el Evangelio !… Porque el amor de Cristo nos apremia (1 Co 9, 16 ; 2 Co 5, 14). Por eso no deja perder la ocasión de predicar en Santa Ana de Beaupré y en el oratorio de San José, obra del santo hermano Andrés en Montreal. Sabe aprovechar los trayectos en barco por el río San Lorenzo (veinticuatro horas desde Trois-Rivières hasta Montreal, y treintaiséis horas desde Trois-Rivières hasta Beaupré, cerca de Quebec) para predicar a los pasajeros. Un testigo lo oyó hablar durante cuatro horas seguidas sin que nadie manifestara cansancio. El padre Federico funda igualmente tres Víacrucis para desarrollar esa devoción en Canadá.

El Viernes Santo de 2005, unos días antes de la muerte de san Juan Pablo II, el cardenal Ratzinger predicaba el Víacrucis en el Coliseo : « La oración del Vía crucis puede entenderse como un camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús, sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía. A esta visión del Víacrucis se contrapone una concepción meramente sentimental, de cuyos riesgos el Señor advierte a las mujeres de Jerusalén que lloran por Él. No basta el simple sentimiento ; el Víacrucis debería ser una escuela de fe, de esa fe que por su propia naturaleza actúa por la caridad. Lo cual no quiere decir que se deba excluir el sentimiento… El Víacrucis nos muestra un Dios que padece él mismo los sufrimientos de los hombres, y cuyo amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a estar con nosotros, hasta su muerte en la Cruz. El Dios que comparte nuestras amarguras, el Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra cruz, quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir también el sufrimiento de los demás ; quiere darnos un “corazón de carne” que no sea insensible ante la desgracia ajena, sino que sienta compasión y nos lleve al amor que cura y socorre…

Así se explica también el significado de la frase que pronuncia en san Mateo : El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt 16, 24). Con todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Víacrucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo : es el camino del perderse a sí mismo, es decir, el camino del amor verdadero. Él ha ido por delante en este camino ». El Viernes Santo de 2013, el Papa Francisco resaltaba que el Víacrucis nos ayuda a decidirnos a favor (o en contra) de Jesús : « La Cruz es también juicio : Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva » (29 de marzo de 2013).

Vendedor a domicilio

El padre Federico utiliza todos los medios de que dispone para que la Buena Nueva alcance a la opinión pública. Hasta el final de su vida, va también, incansablemente, “de puerta en puerta” para conseguir donaciones, vender libros de devoción y, sobre todo, llevar a las almas la palabra verdadera. A la edad de setenta y dos años, pasa todavía un mes entero con esa “venta a domicilio”, a razón de doce horas diarias. Por la noche, le roba tiempo al sueño que tanto necesita para dedicarse al apostolado por escrito. Publica, con un estilo sencillo y popular, innumerables artículos de periódicos, más de treinta libros y folletos, en especial una vida de Nuestro Señor Jesucristo y una vida de san Francisco que, en su época, llegarán a ser best sellers en Canadá. Sin embargo, su libro preferido es Le ciel, séjour des élus (“El cielo, morada de los elegidos”).

Aunque sabe perfectamente disimularlo, mediante su encanto y excepcional resistencia, el padre Federico sigue teniendo una salud frágil. Confiesa a un íntimo sus continuos dolores de estómago, que casi le impiden alimentarse. Pero su reposo es la labor apostólica, ya que siempre acaba una misión parroquial en mejor forma que la empieza. En 1916, no obstante, se derrumba durante una peregrinación, detectándosele entonces un cáncer de estómago. En el transcurso de los cincuenta días de hospitalización en Montreal, azotado por tentaciones de desesperanza y otras vejaciones diabólicas, es reconfortado gracias al sacramento de la Extremaunción, que, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, « fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte » (CEC 1520). El padre Federico expira el 4 de agosto de 1916 ; su sepultura se halla en Trois-Rivières, en la iglesia de los Franciscanos. San Juan Pablo II lo proclamó beato el 25 de septiembre de 1988.

Pidamos a este ardiente apóstol de la Cruz que nos ayude a captar la verdad de esta frase del Papa Francisco del 26 de julio de 2013 : « ¿  Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto, en los que la han tocado ? ¿  Qué deja en cada uno de nosotros ? Deja un bien que nadie más nos puede dar : la certeza del amor indefectible de Dios por nosotros ».

Dom Antoine Marie osb

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