Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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17 de enero de 2017
fiesta de san Antonio, abad


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás —escribía el Papa Francisco—, surgen las verdaderas vocaciones. Entre éstas no deben olvidarse las vocaciones laicales a la misión. Hace tiempo que se ha tomado conciencia de la identidad y de la misión de los fieles laicos en la Iglesia, así como del papel cada vez más importante que ellos están llamados a desempeñar en la difusión del Evangelio » (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 2014). En el siglo xx, la vida de Marcello Candia ilustra muy bien esas frases ; después de haber vivido en el seno de una familia acomodada de la alta burguesía milanesa, se comprometió como laico en las misiones y construyó, gracias a la venta de sus bienes, un hospital para los pobres en Brasil.
Marcello Candia nace en 1916 en Portici (Campania, Italia), tercero de cinco hijos. Su padre, Camillo, es industrial y ha fundado en Milán, y después en Nápoles, Pisa y Aquilea, una serie de fábricas de ácido carbónico. Si bien no practica la religión, ha conservado de su educación católica un sentido elevado de la rectitud, del respeto por las personas y de la justicia profesional y social. Es un entregado cabeza de familia y un dedicado jefe de empresa, con gran sentido del deber y de la responsabilidad. Se opone al fascismo desde sus inicios, confiando a sus hijos a escuelas privadas para que no les alcance la ideología totalitaria dominante.


Pasión por los pobres

Marcello aprende de su madre, Luigia Bice Mussato, los primeros rudimentos de la fe. Es una mujer culta y dotada de grandes cualidades humanas, que se consagra por entero a los suyos así como a los pobres mediante obras caritativas, en especial en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Marcello acompaña con gusto a su madre, con quien visita a los pobres, pero pasando previamente por una iglesia para encontrar a Jesús en la Eucaristía. En su corazón se desarrolla una verdadera pasión por los desheredados y los que sufren, lo que representará la principal orientación de su vida. A partir de los doce años de edad, ayuda a los padres capuchinos de la vía Piave de Roma a distribuir sopa a los pobres. Pero su madre fallece el 7 de febrero de 1933, a los 42 años de edad. Marcello tiene entonces diecisiete años, y su pena es tan profunda que cae enfermo. A partir de ese día, sufrirá frecuentes dolores de cabeza e insomnios.
La profunda devoción de Marcello impresiona a sus allegados, que le acusan de llevar una “doble vida”, pues se muestra, por una parte, como joven rico, elegante y seductor, alumno brillante y buen compañero, mientras que, por otra parte, todos constatan que se halla inmerso en un incesante diálogo con Dios. En 1939, Marcello obtiene el doctorado en química. A principios de la Segunda Guerra Mundial, ocupa por un tiempo un puesto de químico en una fábrica de explosivos, siendo luego desmovilizado. Prosigue entonces sus estudios, trabajando profesionalmente con su padre. En 1943, obtiene los doctorados en biología y en farmacia. Durante esos tiempos de guerra, participa en la resistencia contra el ocupante alemán, poniendo en riesgo varias veces su libertad e incluso su vida, y se compromete con los padres capuchinos en la ayuda a los judíos amenazados de deportación. Al final de la guerra, asiste a los deportados y prisioneros que regresan al país. Junto con tres amigos, organiza una acogida a la vez médica y humanitaria en las estaciones, además de mandar instalar en el parque del palacio Sormani, en gran parte asumiendo él los gastos, refugios provisionales prefabricados. En una ocasión, un capellán capitán autoritario anuncia : « La Misa va a empezar ; quienes no vengan, no tendrán comida ». Marcello se apodera del micrófono y rectifica : « ¡ No, todos tendrán comida ! ».
Con objeto de poder dedicar todo su tiempo a aliviar los sufrimientos de los demás, Marcello renuncia a casarse. Con Elda Scarsella Marzocchi, funda el “Pueblo de la madre y el niño” para asistir a las madres solteras en dificultades. Al principio, esconde esta iniciativa a su padre, sabiendo que no se mostrará favorable a ella, pero éste será consciente, después, de todo el bien realizado por su hijo y la aprobará. El señor Candia es exigente, pero respeta las decisiones de su hijo ; aunque considera que su vida devota y su apego a la Misa diaria son exagerados, no pone objeción alguna. Sin embargo, el director espiritual de Marcello se muestra desfavorable a la colaboración con Elda Marzocchi, pues el ambiente de una casa de madres solteras no conviene a un joven que ha elegido el celibato para el Reino de Dios. Por ese motivo, y por obediencia, Marcello pone fin a ese compromiso y se lanza a ayudar a las misiones, primeramente mediante el envío de medicamentos a países pobres y fundando la revista titulada La Misión. Junto a Monseñor J. B. Montini, el futuro Papa Pablo VI, por entonces arzobispo de Milán, y el profesor Lazzati, de la Universidad de Milán, funda un colegio para los estudiantes procedentes de ultramar. En efecto, los obispos de los países de misión comienzan a enviar a Italia sacerdotes para completar su formación sacerdotal, y el destino de esos estudiantes es convertirse en profesores en los seminarios de África, Asia y América Latina. Con frecuencia, el primer contacto se establece directamente entre el obispo del país y Marcello para concertar el alojamiento, conseguir una beca de estudios, etc. El joven participa igualmente en la fundación de varias obras y asociaciones en favor de las misiones.


« ¡Ven! » y «¡ ve! »

En 1950, a sus treinta y cuatro años de edad, Marcello hereda de la empresa de su padre. Poco a poco madura en él la idea de abandonarlo todo para convertirse en misionero laico a tiempo completo. Sin embargo, para realizarla deberá esperar al año 1961, pues su presencia en las fábricas es útil, incluso necesaria, con motivo de la difícil situación de los obreros durante el período de la postguerra. Además, su director espiritual se opone a dicho proyecto.
« La misión es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve” —escribía el Papa Francisco. Quien sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él… ¿ Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico ? La respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio : los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen cómo pagarte (cf. Lc 14, 13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer : existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos » (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 2015).
En 1955, la explosión accidental de un depósito de 60.000 litros de ácido carbónico en estado líquido mata a dos personas y destruye una fábrica que acaba de ser completamente renovada. Marcello ve en ese accidente un obstáculo para emprender su proyecto de abandonarlo todo. Ayuda de su bolsillo a las dos familias de las víctimas y asume la reconstrucción y las entregas, a fin de que ningún obrero o cliente se vea perjudicado por el desastre. No obstante, se interesa especialmente por los pobres de Brasil, tras conocer al padre Alberto Beretta, capuchino, hermano de santa Juana Beretta Molla, que se preparaba para partir hacia Brasil. En 1957, Marcello realiza su primera visita a Macapá, al norte del delta del Amazonas. Esa pequeña ciudad cuenta entonces con 18.000 habitantes, parte de los cuales viven en la miseria, sin ninguna asistencia material ni espiritual. Con el obispo de la diócesis, Monseñor Aristide Pirovano, de las Misiones Extranjeras de Milán, estudia los problemas locales. Manda construir una hermosa iglesia para la parroquia de San Benito, y luego le llega la inspiración de edificar un vasto hospital, desproporcionado con respecto a la talla de la ciudad en aquel momento. El futuro le dará la razón, pues la población supera en la actualidad los 400.000 habitantes (2010). El centro, previsto para 150 camas, incluirá también una leprosería.


¡ Vende cuanto tienes !

Marcello comienza las obras en 1961, con el dinero procedente de la venta de las fábricas heredadas de su padre. Es su deseo que el hospital sea dedicado a los santos Camilo y Luis, para honrar la memoria de sus padres. En aquella época, Monseñor Pirovano es reclamado a Milán para tomar las riendas de su Instituto misionero. En 1965, al día siguiente de una audiencia privada que les ha concedido el beato Pablo VI, el prelado entrega a Marcello la cruz de misionero. En junio de ese mismo año, Marcello Candia se instala en Macapá. Después de haber ejercido durante varios años el cargo de director de fábricas, en una época de gran prosperidad económica, está próximo a la cincuentena. Su cambio de vida es radical : de una vida cómoda, pasa a una vida pobre en medio de los pobres. En un auténtico proceso de fe, lo abandona todo por Dios y responde a los que le ponen objeciones que « no solamente hay que dar a los pobres ayuda económica. Debemos compartir su vida en la medida de lo posible. Me resultaría demasiado fácil permanecer aquí en medio de una vida apacible y confortable, y luego decir que envío allá lo superfluo. Soy llamado a vivir con ellos ».
No obstante, Marcello se expone a incomprensiones y contradicciones en los propios ambientes misioneros, lo que le afecta grandemente. « ¿ Para qué construir un hospital tan grande en ese lugar —se preguntan algunos—, si con el mismo gasto se habría podido establecer una decena de centros de asistencia sanitaria ? ¿ Sabrá realmente perseverar ese patrón milanés y quedarse —murmuran otros—, o bien, después de iniciar una obra colosal, se marchará dejando la obra inacabada ? ». En ausencia de Monseñor Pirovano, Marcello se siente aislado espiritualmente. La administración, influenciada por la desconfianza, le rechaza los permisos necesarios. Varios años después, cuando su perseverancia le consiga un mínimo de benevolencia, un funcionario dirá acerca de él : « Hace ya años que estudio a ese Candia y no consigo entenderlo. Debe de estar algo loco, aunque parece cuerdo ». La locura de la Cruz siempre será un misterio para quienes carecen de la fe. Pero él no se da por vencido : « ¡ Dios quiere que haga algo de penitencia ! » —confiesa. De hecho, el aprendizaje de la pobreza le cuesta muchos esfuerzos, pues debe aceptar las privaciones de comodidad, el alimento de los pobres o la promiscuidad con gente inculta en locales miserables. Uno de sus amigos italianos cuenta lo siguiente : « Candia era dinámico, seguro de sí mismo, acostumbrado a mandar y a hablar como patrón…, pero cada vez que regresaba de Amazonia lo encontraba cambiado. Se daba cuenta de que necesitaba la ayuda de los demás para llevar a cabo sus grandes proyectos, cosa a la que no estaba acostumbrado ». Efectivamente, pues Marcello era testarudo por naturaleza, impaciente, perfeccionista, exigente en exceso y persuadido de tener siempre razón. Sin embargo, su espíritu misionero y su dedicación le ayudan a corregir poco a poco esos defectos.


No ser ya necesario

En 1967, sufre un infarto y su salud empieza a decaer. Sin embargo, tras recuperarse, prosigue valerosamente con su trabajo. En 1969, se inaugura el hospital de Macapá, que dispone en un principio de un servicio de pediatría y, algunos meses después, de un centro de investigación sobre las enfermedades tropicales, con especial atención a la lepra, así como de un centro social y otro de acogida. Marcelo lo ha ideado todo, financiado casi solo y realizado contra viento y marea. No obstante, la intuición inicial se la debe al cardenal Montini : « Si funda un hospital en Brasil, hágalo realmente brasileño —le había aconsejado el prelado. Evite cualquier forma de paternalismo, no imponga sus ideas a los demás, incluso si es con las mejores intenciones. Haga el hospital no solamente para los brasileños sino con los brasileños, y propóngase como objetivo final no ser ya necesario. Cuando llegue el momento en que se sienta inútil porque el centro pueda funcionar sin usted, entonces podrá decirse que habrá realizado una verdadera obra de solidaridad humana ». Esas opiniones suponen para Marcelo una gran dosis de paciencia, ya que, en ese país, la mayor parte del personal estable que emplea en el hospital siente inclinación por la apatía y la irresponsabilidad. El cardenal le había recomendado igualmente construir un hospital escuela, ya que, en los países donde hay misiones, es importante curar a los enfermos, pero es más importante aún enseñar seriamente cómo curarlos. Y había añadido : « Debe ser un centro que no rechace nunca a nadie ». Marcello aplica con gran precisión esa recomendación, estableciendo que el personal del hospital no preguntará jamás a un paciente, en el momento de la admisión, si está en condiciones de asumir los gastos.
En el mundo tendréis tribulación —nos previno Jesús (Jn 16, 33). En 1973, el gobierno federal convoca al generoso amigo de los pobres para que responda a la acusación de importación ilegal de medicamentos a Brasil. También debe vigilar incesantemente para que el hospital siga al servicio de los más menesterosos. Afortunadamente, su experiencia como jefe de empresa le ayuda mucho a gestionar con acierto los bienes ; de hecho, no basta con ser generoso, sino que hay que actuar también de manera competente y prudente.
« El fiel laico debe actuar según las exigencias dictadas por la prudencia : es ésta la virtud que dispone para discernir en cada circunstancia el verdadero bien y elegir los medios adecuados para llevarlo a cabo. La prudencia capacita para tomar decisiones coherentes, con realismo y sentido de responsabilidad respecto a las consecuencias de las propias acciones. La visión, muy difundida, que identifica la prudencia con la astucia, el cálculo utilitarista, la desconfianza, o incluso con la timidez y la indecisión, está muy lejos de la recta concepción de esta virtud, propia de la razón práctica, que ayuda a decidir con sensatez y valentía las acciones a realizar, convirtiéndose en medida de las demás virtudes… Es, en definitiva, una virtud que exige el ejercicio maduro del pensamiento y de la responsabilidad, con un conocimiento objetivo de la situación y una recta voluntad que guía la decisión » (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 547-548).


Una lógica diferente

En su calidad de industrial, Marcello tiene la costumbre de llevar y de hacer que se lleve una contabilidad rigurosa, pero en las obras de Dios hay que ir, a veces, más lejos : « Poco a poco —dirá—, me di cuenta de que, cuando se trataba de Dios, había que aplicar una lógica diferente. Las cuentas salen enseguida, pues los enfermos que pueden pagar sus cuidados son aproximadamente uno de cada diez, y aquellos que están asegurados en una mutua suponen el 40%. Los demás no pueden aportar nada más que a sí mismos para ser curados. De ese modo aprendí que un hospital para los pobres, para funcionar bien, debía tener siempre déficit. Os resultará difícil comprender lo que supuso para mí entrar en esa lógica… Y cuando se agotaron mis fondos, empezaron a llegar las aportaciones de mis amigos, de los obreros de las fábricas que me pertenecieron, etc. ». Y constata igualmente otra maravilla : la transformación de algunas personas de Macapá, que se muestran dispuestas a ayudarle y hallan de ese modo dignidad y fe.
Marcello Candia nos ofrece un hermoso ejemplo de uso juicioso de las riquezas. En su Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco escribe : « No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar » (11 de abril de 2015, núm. 19). En efecto, « Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo » (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1022). Además, Jesús nos dijo que, en el último día, vendrá a juzgar a todos los hombres : Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones… Entonces dirá el Rey a los de su derecha : “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer ; tuve sed, y me disteis de beber ; era forastero, y me acogisteis ; estaba desnudo, y me vestisteis ; enfermo, y me visitasteis ; en la cárcel, y vinisteis a verme”… Entonces dirá también a los de su izquierda : “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer ; tuve sed, y no me disteis de beber ; era forastero, y no me acogisteis ; estaba desnudo, y no me vestisteis ; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna (Mt 25, 32-46).


Un modesto instrumento

A pesar de la numerosa oposición que encuentra, Marcello es alabado y aplaudido ya en vida. En 1975, un periódico brasileño de gran difusión le dedica un largo artículo titulado “El mejor hombre de Brasil”. Ante tales cumplidos, él responde : « Para mí, no soy nadie ; no soy más que un modesto instrumento de la Providencia… No soy yo quien ha dado algo, sino que son los pobres quienes me dan… Quien ha recibido mucho de la vida, debe dar mucho ». Ese mismo año, en consideración a lo que le había dicho el cardenal Montini, Marcello decide confiar la obra a los Religiosos Hospitalarios Camilianos. Al respecto, afirmará : « No es cristiano buscarse a sí mismo en una obra, sino que hay que realizarse en Dios… Doy gracias al Señor por haber podido empezar la obra con los medios que me dio, pero después tenía que considerarme inútil. Era también necesario que quienes han venido después de mí pudieran contribuir con su iniciativa… Así pues, me he retirado, y ahora me contento con buscar dinero para que puedan continuar la tarea ».
La causa de los leprosos siempre conmovió su corazón. A partir de 1967, organizó para ellos la leprosería de Marituba, perdida en la selva virgen a 400 km al sur de Macapá. Hasta entonces, esos enfermos estaban recluidos en un perímetro prohibido a los no leprosos. La colonia estaba formada por un millar de enfermos que sobrevivían en unas condiciones más que miserables, donde la solidaridad y la higiene eran desconocidas. Cuando visita por primera vez esos lugares, gracias a un permiso especial, Marcello comprende que lo primero es inyectar la esperanza en el corazón de aquellos marginados, implantando entre ellos una comunidad de personas consagradas, con un sacerdote. Marcello establece entonces un centro urbano con casas individuales, agua corriente, drenaje mediante alcantarillas, dispensario, centro social gestionado por los propios enfermos, etc. También se fundan otras leproserías y centros de oración en otras localidades (dos de ellos carmelitas, donde gusta acudir a rezar cada día…). En 1980, el Papa Juan Pablo II visitará sus obras, que le causarán gran impresión y le llevarán a erigir la fundación “Doctor Marcello Candia”. Es una gran alegría para todos los colaboradores de Marcello, pero éste lamenta que hayan puesto su nombre a la fundación.
En 1983, regresa a Milán gravemente enfermo. Desde 1967, ha padecido cuatro crisis cardíacas, pero lo vence un cáncer de piel con metástasis en el hígado, falleciendo el 31 de agosto. El 9 de julio de 2014, el Sumo Pontífice Francisco reconoció la heroicidad de sus virtudes, concediéndole por ello el título de “venerable”. Su proceso de beatificación está en curso.
Jesús de Nazaret —según el testimonio de san Pedro— pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 38). Que el venerable Marcello Candia nos conceda la gracia de seguir a Cristo consagrándonos a aliviar a aquellos y aquellas que sufren, teniendo siempre presente que —como afirmaba la beata madre Teresa— « la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo » (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006).

ER>Muy estimados Amigos:


«Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás —escribía el Papa Francisco—, surgen las verdaderas vocaciones. Entre éstas no deben olvidarse las vocaciones laicales a la misión. Hace tiempo que se ha tomado conciencia de la identidad y de la misión de los fieles laicos en la Iglesia, así como del papel cada vez más importante que ellos están llamados a desempeñar en la difusión del Evangelio » (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 2014). En el siglo xx, la vida de Marcello Candia ilustra muy bien esas frases ; después de haber vivido en el seno de una familia acomodada de la alta burguesía milanesa, se comprometió como laico en las misiones y construyó, gracias a la venta de sus bienes, un hospital para los pobres en Brasil.
Marcello Candia nace en 1916 en Portici (Campania, Italia), tercero de cinco hijos. Su padre, Camillo, es industrial y ha fundado en Milán, y después en Nápoles, Pisa y Aquilea, una serie de fábricas de ácido carbónico. Si bien no practica la religión, ha conservado de su educación católica un sentido elevado de la rectitud, del respeto por las personas y de la justicia profesional y social. Es un entregado cabeza de familia y un dedicado jefe de empresa, con gran sentido del deber y de la responsabilidad. Se opone al fascismo desde sus inicios, confiando a sus hijos a escuelas privadas para que no les alcance la ideología totalitaria dominante.


Pasión por los pobres

Marcello aprende de su madre, Luigia Bice Mussato, los primeros rudimentos de la fe. Es una mujer culta y dotada de grandes cualidades humanas, que se consagra por entero a los suyos así como a los pobres mediante obras caritativas, en especial en la Sociedad de San Vicente de Paúl. Marcello acompaña con gusto a su madre, con quien visita a los pobres, pero pasando previamente por una iglesia para encontrar a Jesús en la Eucaristía. En su corazón se desarrolla una verdadera pasión por los desheredados y los que sufren, lo que representará la principal orientación de su vida. A partir de los doce años de edad, ayuda a los padres capuchinos de la vía Piave de Roma a distribuir sopa a los pobres. Pero su madre fallece el 7 de febrero de 1933, a los 42 años de edad. Marcello tiene entonces diecisiete años, y su pena es tan profunda que cae enfermo. A partir de ese día, sufrirá frecuentes dolores de cabeza e insomnios.
La profunda devoción de Marcello impresiona a sus allegados, que le acusan de llevar una “doble vida”, pues se muestra, por una parte, como joven rico, elegante y seductor, alumno brillante y buen compañero, mientras que, por otra parte, todos constatan que se halla inmerso en un incesante diálogo con Dios. En 1939, Marcello obtiene el doctorado en química. A principios de la Segunda Guerra Mundial, ocupa por un tiempo un puesto de químico en una fábrica de explosivos, siendo luego desmovilizado. Prosigue entonces sus estudios, trabajando profesionalmente con su padre. En 1943, obtiene los doctorados en biología y en farmacia. Durante esos tiempos de guerra, participa en la resistencia contra el ocupante alemán, poniendo en riesgo varias veces su libertad e incluso su vida, y se compromete con los padres capuchinos en la ayuda a los judíos amenazados de deportación. Al final de la guerra, asiste a los deportados y prisioneros que regresan al país. Junto con tres amigos, organiza una acogida a la vez médica y humanitaria en las estaciones, además de mandar instalar en el parque del palacio Sormani, en gran parte asumiendo él los gastos, refugios provisionales prefabricados. En una ocasión, un capellán capitán autoritario anuncia : « La Misa va a empezar ; quienes no vengan, no tendrán comida ». Marcello se apodera del micrófono y rectifica : « ¡ No, todos tendrán comida ! ».
Con objeto de poder dedicar todo su tiempo a aliviar los sufrimientos de los demás, Marcello renuncia a casarse. Con Elda Scarsella Marzocchi, funda el “Pueblo de la madre y el niño” para asistir a las madres solteras en dificultades. Al principio, esconde esta iniciativa a su padre, sabiendo que no se mostrará favorable a ella, pero éste será consciente, después, de todo el bien realizado por su hijo y la aprobará. El señor Candia es exigente, pero respeta las decisiones de su hijo ; aunque considera que su vida devota y su apego a la Misa diaria son exagerados, no pone objeción alguna. Sin embargo, el director espiritual de Marcello se muestra desfavorable a la colaboración con Elda Marzocchi, pues el ambiente de una casa de madres solteras no conviene a un joven que ha elegido el celibato para el Reino de Dios. Por ese motivo, y por obediencia, Marcello pone fin a ese compromiso y se lanza a ayudar a las misiones, primeramente mediante el envío de medicamentos a países pobres y fundando la revista titulada La Misión. Junto a Monseñor J. B. Montini, el futuro Papa Pablo VI, por entonces arzobispo de Milán, y el profesor Lazzati, de la Universidad de Milán, funda un colegio para los estudiantes procedentes de ultramar. En efecto, los obispos de los países de misión comienzan a enviar a Italia sacerdotes para completar su formación sacerdotal, y el destino de esos estudiantes es convertirse en profesores en los seminarios de África, Asia y América Latina. Con frecuencia, el primer contacto se establece directamente entre el obispo del país y Marcello para concertar el alojamiento, conseguir una beca de estudios, etc. El joven participa igualmente en la fundación de varias obras y asociaciones en favor de las misiones.


« ¡Ven! » y «¡ ve! »

En 1950, a sus treinta y cuatro años de edad, Marcello hereda de la empresa de su padre. Poco a poco madura en él la idea de abandonarlo todo para convertirse en misionero laico a tiempo completo. Sin embargo, para realizarla deberá esperar al año 1961, pues su presencia en las fábricas es útil, incluso necesaria, con motivo de la difícil situación de los obreros durante el período de la postguerra. Además, su director espiritual se opone a dicho proyecto.
« La misión es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve” —escribía el Papa Francisco. Quien sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él… ¿ Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico ? La respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio : los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen cómo pagarte (cf. Lc 14, 13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer : existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos » (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones de 2015).
En 1955, la explosión accidental de un depósito de 60.000 litros de ácido carbónico en estado líquido mata a dos personas y destruye una fábrica que acaba de ser completamente renovada. Marcello ve en ese accidente un obstáculo para emprender su proyecto de abandonarlo todo. Ayuda de su bolsillo a las dos familias de las víctimas y asume la reconstrucción y las entregas, a fin de que ningún obrero o cliente se vea perjudicado por el desastre. No obstante, se interesa especialmente por los pobres de Brasil, tras conocer al padre Alberto Beretta, capuchino, hermano de santa Juana Beretta Molla, que se preparaba para partir hacia Brasil. En 1957, Marcello realiza su primera visita a Macapá, al norte del delta del Amazonas. Esa pequeña ciudad cuenta entonces con 18.000 habitantes, parte de los cuales viven en la miseria, sin ninguna asistencia material ni espiritual. Con el obispo de la diócesis, Monseñor Aristide Pirovano, de las Misiones Extranjeras de Milán, estudia los problemas locales. Manda construir una hermosa iglesia para la parroquia de San Benito, y luego le llega la inspiración de edificar un vasto hospital, desproporcionado con respecto a la talla de la ciudad en aquel momento. El futuro le dará la razón, pues la población supera en la actualidad los 400.000 habitantes (2010). El centro, previsto para 150 camas, incluirá también una leprosería.


¡ Vende cuanto tienes !

Marcello comienza las obras en 1961, con el dinero procedente de la venta de las fábricas heredadas de su padre. Es su deseo que el hospital sea dedicado a los santos Camilo y Luis, para honrar la memoria de sus padres. En aquella época, Monseñor Pirovano es reclamado a Milán para tomar las riendas de su Instituto misionero. En 1965, al día siguiente de una audiencia privada que les ha concedido el beato Pablo VI, el prelado entrega a Marcello la cruz de misionero. En junio de ese mismo año, Marcello Candia se instala en Macapá. Después de haber ejercido durante varios años el cargo de director de fábricas, en una época de gran prosperidad económica, está próximo a la cincuentena. Su cambio de vida es radical : de una vida cómoda, pasa a una vida pobre en medio de los pobres. En un auténtico proceso de fe, lo abandona todo por Dios y responde a los que le ponen objeciones que « no solamente hay que dar a los pobres ayuda económica. Debemos compartir su vida en la medida de lo posible. Me resultaría demasiado fácil permanecer aquí en medio de una vida apacible y confortable, y luego decir que envío allá lo superfluo. Soy llamado a vivir con ellos ».
No obstante, Marcello se expone a incomprensiones y contradicciones en los propios ambientes misioneros, lo que le afecta grandemente. « ¿ Para qué construir un hospital tan grande en ese lugar —se preguntan algunos—, si con el mismo gasto se habría podido establecer una decena de centros de asistencia sanitaria ? ¿ Sabrá realmente perseverar ese patrón milanés y quedarse —murmuran otros—, o bien, después de iniciar una obra colosal, se marchará dejando la obra inacabada ? ». En ausencia de Monseñor Pirovano, Marcello se siente aislado espiritualmente. La administración, influenciada por la desconfianza, le rechaza los permisos necesarios. Varios años después, cuando su perseverancia le consiga un mínimo de benevolencia, un funcionario dirá acerca de él : « Hace ya años que estudio a ese Candia y no consigo entenderlo. Debe de estar algo loco, aunque parece cuerdo ». La locura de la Cruz siempre será un misterio para quienes carecen de la fe. Pero él no se da por vencido : « ¡ Dios quiere que haga algo de penitencia ! » —confiesa. De hecho, el aprendizaje de la pobreza le cuesta muchos esfuerzos, pues debe aceptar las privaciones de comodidad, el alimento de los pobres o la promiscuidad con gente inculta en locales miserables. Uno de sus amigos italianos cuenta lo siguiente : « Candia era dinámico, seguro de sí mismo, acostumbrado a mandar y a hablar como patrón…, pero cada vez que regresaba de Amazonia lo encontraba cambiado. Se daba cuenta de que necesitaba la ayuda de los demás para llevar a cabo sus grandes proyectos, cosa a la que no estaba acostumbrado ». Efectivamente, pues Marcello era testarudo por naturaleza, impaciente, perfeccionista, exigente en exceso y persuadido de tener siempre razón. Sin embargo, su espíritu misionero y su dedicación le ayudan a corregir poco a poco esos defectos.


No ser ya necesario

En 1967, sufre un infarto y su salud empieza a decaer. Sin embargo, tras recuperarse, prosigue valerosamente con su trabajo. En 1969, se inaugura el hospital de Macapá, que dispone en un principio de un servicio de pediatría y, algunos meses después, de un centro de investigación sobre las enfermedades tropicales, con especial atención a la lepra, así como de un centro social y otro de acogida. Marcelo lo ha ideado todo, financiado casi solo y realizado contra viento y marea. No obstante, la intuición inicial se la debe al cardenal Montini : « Si funda un hospital en Brasil, hágalo realmente brasileño —le había aconsejado el prelado. Evite cualquier forma de paternalismo, no imponga sus ideas a los demás, incluso si es con las mejores intenciones. Haga el hospital no solamente para los brasileños sino con los brasileños, y propóngase como objetivo final no ser ya necesario. Cuando llegue el momento en que se sienta inútil porque el centro pueda funcionar sin usted, entonces podrá decirse que habrá realizado una verdadera obra de solidaridad humana ». Esas opiniones suponen para Marcelo una gran dosis de paciencia, ya que, en ese país, la mayor parte del personal estable que emplea en el hospital siente inclinación por la apatía y la irresponsabilidad. El cardenal le había recomendado igualmente construir un hospital escuela, ya que, en los países donde hay misiones, es importante curar a los enfermos, pero es más importante aún enseñar seriamente cómo curarlos. Y había añadido : « Debe ser un centro que no rechace nunca a nadie ». Marcello aplica con gran precisión esa recomendación, estableciendo que el personal del hospital no preguntará jamás a un paciente, en el momento de la admisión, si está en condiciones de asumir los gastos.
En el mundo tendréis tribulación —nos previno Jesús (Jn 16, 33). En 1973, el gobierno federal convoca al generoso amigo de los pobres para que responda a la acusación de importación ilegal de medicamentos a Brasil. También debe vigilar incesantemente para que el hospital siga al servicio de los más menesterosos. Afortunadamente, su experiencia como jefe de empresa le ayuda mucho a gestionar con acierto los bienes ; de hecho, no basta con ser generoso, sino que hay que actuar también de manera competente y prudente.
« El fiel laico debe actuar según las exigencias dictadas por la prudencia : es ésta la virtud que dispone para discernir en cada circunstancia el verdadero bien y elegir los medios adecuados para llevarlo a cabo. La prudencia capacita para tomar decisiones coherentes, con realismo y sentido de responsabilidad respecto a las consecuencias de las propias acciones. La visión, muy difundida, que identifica la prudencia con la astucia, el cálculo utilitarista, la desconfianza, o incluso con la timidez y la indecisión, está muy lejos de la recta concepción de esta virtud, propia de la razón práctica, que ayuda a decidir con sensatez y valentía las acciones a realizar, convirtiéndose en medida de las demás virtudes… Es, en definitiva, una virtud que exige el ejercicio maduro del pensamiento y de la responsabilidad, con un conocimiento objetivo de la situación y una recta voluntad que guía la decisión » (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 547-548).


Una lógica diferente

En su calidad de industrial, Marcello tiene la costumbre de llevar y de hacer que se lleve una contabilidad rigurosa, pero en las obras de Dios hay que ir, a veces, más lejos : « Poco a poco —dirá—, me di cuenta de que, cuando se trataba de Dios, había que aplicar una lógica diferente. Las cuentas salen enseguida, pues los enfermos que pueden pagar sus cuidados son aproximadamente uno de cada diez, y aquellos que están asegurados en una mutua suponen el 40%. Los demás no pueden aportar nada más que a sí mismos para ser curados. De ese modo aprendí que un hospital para los pobres, para funcionar bien, debía tener siempre déficit. Os resultará difícil comprender lo que supuso para mí entrar en esa lógica… Y cuando se agotaron mis fondos, empezaron a llegar las aportaciones de mis amigos, de los obreros de las fábricas que me pertenecieron, etc. ». Y constata igualmente otra maravilla : la transformación de algunas personas de Macapá, que se muestran dispuestas a ayudarle y hallan de ese modo dignidad y fe.
Marcello Candia nos ofrece un hermoso ejemplo de uso juicioso de las riquezas. En su Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco escribe : « No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar » (11 de abril de 2015, núm. 19). En efecto, « Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo » (Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1022). Además, Jesús nos dijo que, en el último día, vendrá a juzgar a todos los hombres : Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones… Entonces dirá el Rey a los de su derecha : “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer ; tuve sed, y me disteis de beber ; era forastero, y me acogisteis ; estaba desnudo, y me vestisteis ; enfermo, y me visitasteis ; en la cárcel, y vinisteis a verme”… Entonces dirá también a los de su izquierda : “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer ; tuve sed, y no me disteis de beber ; era forastero, y no me acogisteis ; estaba desnudo, y no me vestisteis ; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna (Mt 25, 32-46).


Un modesto instrumento

A pesar de la numerosa oposición que encuentra, Marcello es alabado y aplaudido ya en vida. En 1975, un periódico brasileño de gran difusión le dedica un largo artículo titulado “El mejor hombre de Brasil”. Ante tales cumplidos, él responde : « Para mí, no soy nadie ; no soy más que un modesto instrumento de la Providencia… No soy yo quien ha dado algo, sino que son los pobres quienes me dan… Quien ha recibido mucho de la vida, debe dar mucho ». Ese mismo año, en consideración a lo que le había dicho el cardenal Montini, Marcello decide confiar la obra a los Religiosos Hospitalarios Camilianos. Al respecto, afirmará : « No es cristiano buscarse a sí mismo en una obra, sino que hay que realizarse en Dios… Doy gracias al Señor por haber podido empezar la obra con los medios que me dio, pero después tenía que considerarme inútil. Era también necesario que quienes han venido después de mí pudieran contribuir con su iniciativa… Así pues, me he retirado, y ahora me contento con buscar dinero para que puedan continuar la tarea ».
La causa de los leprosos siempre conmovió su corazón. A partir de 1967, organizó para ellos la leprosería de Marituba, perdida en la selva virgen a 400 km al sur de Macapá. Hasta entonces, esos enfermos estaban recluidos en un perímetro prohibido a los no leprosos. La colonia estaba formada por un millar de enfermos que sobrevivían en unas condiciones más que miserables, donde la solidaridad y la higiene eran desconocidas. Cuando visita por primera vez esos lugares, gracias a un permiso especial, Marcello comprende que lo primero es inyectar la esperanza en el corazón de aquellos marginados, implantando entre ellos una comunidad de personas consagradas, con un sacerdote. Marcello establece entonces un centro urbano con casas individuales, agua corriente, drenaje mediante alcantarillas, dispensario, centro social gestionado por los propios enfermos, etc. También se fundan otras leproserías y centros de oración en otras localidades (dos de ellos carmelitas, donde gusta acudir a rezar cada día…). En 1980, el Papa Juan Pablo II visitará sus obras, que le causarán gran impresión y le llevarán a erigir la fundación “Doctor Marcello Candia”. Es una gran alegría para todos los colaboradores de Marcello, pero éste lamenta que hayan puesto su nombre a la fundación.
En 1983, regresa a Milán gravemente enfermo. Desde 1967, ha padecido cuatro crisis cardíacas, pero lo vence un cáncer de piel con metástasis en el hígado, falleciendo el 31 de agosto. El 9 de julio de 2014, el Sumo Pontífice Francisco reconoció la heroicidad de sus virtudes, concediéndole por ello el título de “venerable”. Su proceso de beatificación está en curso.
Jesús de Nazaret —según el testimonio de san Pedro— pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 38). Que el venerable Marcello Candia nos conceda la gracia de seguir a Cristo consagrándonos a aliviar a aquellos y aquellas que sufren, teniendo siempre presente que —como afirmaba la beata madre Teresa— « la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo » (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006).

Dom Antoine Marie osb

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