Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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9 de noviembre de 2016
Dedicación de la Basílica de Letrán


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«En la época moderna se ha pensado que la luz de la fe podía bastar para las sociedades antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón, ávido de explorar el futuro de una nueva forma. En este sentido, la fe se veía como una luz ilusoria, que impedía al hombre seguir la audacia del saber… La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego ; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino » (Papa Francisco, encíclica Lumen fidei, 29 de junio de 2013, 2-3).

Sin embargo, los recientes milagros eucarísticos, sometidos a los análisis de la técnica moderna, aportan una luz que confirma los datos de la fe y recuerdan a la ciencia que no puede explicar toda la realidad. Esos milagros aportan una prueba de la presencia real objetiva del Cuerpo y de la Sangre del Señor en el Santísimo.

Una substancia sanguinolenta

El 18 de agosto de 1996, el padre Alejandro Pezet celebra la Misa en la iglesia del centro comercial de la ciudad de Buenos Aires, en Argentina. Cuando termina de dar la sagrada Comunión, una mujer le dice que ha visto una sagrada forma que alguien ha tirado en el fondo de la iglesia. Tras dirigirse al lugar indicado, el sacerdote ve que la sagrada forma está sucia, la recoge y la pone en un pequeño recipiente de agua que deposita en el sagrario de la capilla del Santísimo. El lunes 26 de agosto, al abrir el sagrario, comprueba estupefacto que la sagrada forma se ha convertido en una substancia sanguinolenta. Informa de ello a Monseñor Jorge Bergoglio, obispo auxiliar del cardenal Quarracino y futuro Papa, que da instrucciones para que la sagrada forma así transformada sea fotografiada por un profesional. Las fotografías, tomadas el 6 de septiembre, muestran claramente que la sagrada forma, convertida en un fragmento de carne sangrienta, ha aumentado mucho de tamaño. Durante tres años, permanece conservada en el sagrario, guardándose en secreto el asunto ; sin embargo, al constatar que la sagrada forma no sufre ninguna descomposición visible, Monseñor Bergoglio decide que sea analizada científicamente.

A partir de octubre de 1999, se realizan análisis de unas muestras de la sagrada forma, que desembocan en la declaración realizada en 2005 por el doctor Frederick Zugibe, experto en cardiología y patólogo médico-legal : « El material analizado es un fragmento del músculo del corazón que se encuentra en la pared del ventrículo izquierdo, cerca de las válvulas. Este músculo es responsable de la contracción del corazón. Hay que tener en cuenta que el ventrículo cardíaco izquierdo bombea sangre a todas las partes del cuerpo. El músculo cardíaco está en una condición inflamatoria y contiene un gran número de glóbulos blancos de la sangre. Esto indica que el corazón estaba vivo en el momento en que se tomó la muestra. Mi argumento es que el corazón estaba vivo, ya que los glóbulos blancos de la sangre mueren fuera de un organismo vivo ; requieren un organismo vivo para mantenerse. Por lo tanto, su presencia indica que el corazón estaba vivo cuando se tomó la muestra. Además, esos glóbulos blancos habían penetrado el tejido, lo que indica que el corazón había estado bajo estrés severo, como si el propietario hubiera sido fuertemente golpeado en el pecho ».

Dos australianos, el periodista Mike Willesee y el jurista Ron Tesoriero, fueron testigos de esos análisis. Tras la conclusión del médico, se informa al doctor Zugibe de que la substancia de donde procedía la muestra databa de 1996, ante lo cual pregunta : « Deben explicarme una cosa : si esa muestra procede de una persona muerta, ¿ cómo es posible que, mientras la examinaba, las células de la muestra estuvieran en movimiento y animadas por pulsaciones ? Si ese corazón precede de alguien que murió en 1996, ¿ cómo puede seguir estando vivo ? ». Solamente entonces, Mike Willesee explica al doctor Zugibe que la muestra analizada procede de una hostia consagrada que se transformó misteriosamente en carne humana sanguinolenta. Estupefacto ante esa información, el doctor responde : « ¿ Cómo y por qué una hostia consagrada puede mudar su carácter y convertirse en carne y sangre humanas vivas ? Es algo que quedará como un misterio inexplicable para la ciencia, un misterio que va más allá de su competencia ».

Dificultades en creer

En Lanciano, en la región italiana de Abruzos, tuvo lugar hacia el año 750 un hecho prodigioso semejante. Había un monje que tenía dificultades en creer en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, y que rezaba constantemente para aliviar sus penosas incertidumbres. Una mañana, asaltado siempre por las dudas, comenzó la celebración de la Misa ante los habitantes de un pueblo vecino. De repente, después de consagrar el pan y el vino, vio algo en el altar que le provocó temblor en las manos, quedando completamente atónito durante un momento, que a los feligreses les pareció una eternidad. Luego, poco a poco, se giró hacia ellos y les dijo : « ¡ Oh, dichosos testigos a quien Dios bendice ! Para contradecir mi incredulidad, Él mismo ha querido revelarse en este bendito Sacramento y hacerse visible a nuestros ojos. Venid a ver a nuestro Dios tan cercano a nosotros : he aquí la Carne y la Sangre de nuestro Cristo bien amado ». ¡ La sagrada forma se había convertido en carne y el vino en sangre ! Aquel mismo día, el rumor del milagro recorrió todo el pueblo como fuego que abrasa un bosque, y enseguida alcanzó los pueblos vecinos y se propagó hasta Roma.

Aquel milagro sigue siendo visible para nosotros en la actualidad, ya que la forma convertida en carne y el vino convertido en sangre han permanecido, durante más de doce siglos, perfectamente intactos. En 1970, el arzobispo de Lanciano y el ministro provincial de los Conventuales de la zona de los Abruzos, con autorización de Roma, pidieron al profesor Edoardo Linoli, director del hospital de Arezzo, que realizara un examen científico profundo de las reliquias del prodigio acontecido doce siglos antes. El 4 de marzo de 1971, el profesor presentó sus conclusiones : 1) La “carne milagrosa” es una carne constituida por el tejido muscular estriado del miocardio (corazón). 2) La “sangre milagrosa” es verdadera sangre, lo que queda probado indiscutiblemente por el análisis cromatográfico. 3) La carne y la sangre son de naturaleza humana, y la prueba inmunológica afirma que pertenecen al grupo sanguíneo AB, que es el mismo que la del hombre de la Sábana Santa (de Turín), y característico de las poblaciones de Oriente Medio. 4) Las proteínas contenidas en la sangre se reparten en un porcentaje idéntico al del esquema seroproteico de la sangre fresca normal. 5) Ninguna sección histológica ha revelado la presencia de huellas de infiltraciones de sales o de substancias utilizadas en otra época con propósitos de momificación.

Además, debemos hacer constar que, una vez licuada, la sangre eucarística de Lanciano (que habitualmente está seca) conserva todas sus propiedades químicas y físicas sin deteriorarse en forma alguna. Ahora bien, normalmente, quince minutos después de la extracción de sangre humana ordinaria, todas las actividades biológicas perecen irremisiblemente.

El informe médico, publicado en los Cahiers Sclavo (fasc. 3, 1971), suscitó un gran interés en el ámbito científico. En 1973, el Consejo Superior de la Organización Mundial de la Salud nombró una comisión científica para verificar las conclusiones del profesor Linoli. Los trabajos duraron 15 meses, realizándose 500 exámenes. La comisión declaró que se trataba de un tejido vivo que respondía a todas las reacciones clínicas de los seres vivos. Desde el siglo viii, la carne y la sangre de Lanciano permanecen igual que si acabaran de ser extraídas ese mismo día de un ser vivo. La síntesis de los trabajos de la comisión, publicada en diciembre de 1976 en Nueva York y en Ginebra, reconoce que la ciencia, consciente de sus límites, se enfrenta a la imposibilidad de aportar una explicación.

Otros expertos procedieron a comparar los informes de laboratorio posteriores al milagro de Buenos Aires con los elaborados por el milagro de Lanciano. Y esos científicos, que desconocían el origen de las muestras, concluyeron que los dos informes de los laboratorios correspondían a muestras de material procedente, según parecía, de la misma persona.

La búsqueda de una luz grande

En la encíclica Lumen fidei, el Papa Francisco escribe : « Poco a poco, sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro ; al final, éste queda en la oscuridad, y deja al hombre con el miedo a lo desconocido. De este modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, y se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija » (LF, 3). Para evitar ese mal, necesitamos la fe : « Por tanto —afirma además el Papa—, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos ; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo » (ibíd. 4). 

Una nueva prueba

Como confirmación de la fe de la Iglesia, el Señor quiso ofrecer al mundo, en 2008, una nueva prueba de su amor mediante otro milagro eucarístico que presenta características muy parecidas a las del milagro de Buenos Aires. El 12 de octubre de ese año, el padre Jacek Ingielewicz estaba oficiando la Misa en la iglesia de San Antonio de Padua, en Sokó?ka (Polonia), en presencia de doscientas personas. Durante el reparto de la Comunión, una forma cae al suelo. El padre Jacek la recoge y la pone en un pequeño vaso litúrgico de plata que llena de agua para que la sagrada forma se disuelva ; luego, lo deposita en una caja fuerte de la sacristía. De hecho, después de que una sagrada forma se haya disuelto por completo, el Cuerpo de Cristo ya no está presente.

Informado por el padre Jacek, el padre Stanislaw Gniedziejko, que es el párroco, deja el recipiente en la caja fuerte durante dos semanas, constatando entonces que, no solamente la sagrada forma no se ha disuelto en el agua, sino que ha aparecido algo que recuerda una mancha de sangre. « Estaba conmocionado y no sabía qué pensar de aquello —afirmará el padre Stanislaw— ; me temblaban las manos cuando cerré la caja fuerte y apenas podía hablar ». Decide entonces referir el caso al metropolitano de Bialystok, la ciudad vecina, Monseñor Edward Ozorowski. Cuando éste acude a Sokó?ka, le enseñan la sagrada forma que han depositado en un corporal, viendo allí, además de una mancha de sangre, una cosa que se asemeja a una substancia orgánica. Es de constitución parecida —comenta el padre Jacek— a la de los tejidos que « muchos de nosotros hemos analizado en nuestras clases de biología ».

El 5 de enero de 2009, el obispo pide a dos profesores de medicina de la Universidad de Bialystok, Maria Elizabeth Sobaniec-?otowska y Stanislaw Sulkowski, que efectúen un análisis de un fragmento de la sagrada forma. Ambos han trabajado en el campo de la histopatología durante más de treinta años. El padre Andrzej Kakareko, canciller de la curia metropolitana de Bialystok, entrega a cada uno de los expertos una muestra de la sagrada forma. El estudio se lleva a cabo en el Instituto de Patología de la Universidad. Cuando las muestras fueron separadas, la parte que permanecía intacta de la sagrada forma quedaba íntimamente unida al tejido por analizar, sin haber perdido nada de su blancura. Los dos especialistas, después de haber trabajado separadamente, llegaron a la misma conclusión : lo que les habían entregado procedía del tejido de un musculo cardíaco humano todavía vivo, pero en el momento de la agonía. El profesor Sulkowski declaró haber observado la presencia « de numerosos indicadores típicos biomorfológicos de los tejidos del músculo cardíaco », así como daños visibles en forma de pequeñas rupturas de las fibras del tejido. Y añadió : « Esos daños solamente pueden observarse en fibras vivas y son señales de espasmos rápidos del músculo cardíaco en el período que precede a la muerte ».

La profesora Sobaniec-?otowska confirmó lo siguiente : « Se trata del tejido del músculo cardíaco en vida ». Después de reflexionar, manifestó su estupefacción ante el hecho de hallar un tejido vivo después de haber sido separado del organismo del que formaba parte, manifestando que se trataba de « ¡ un fenómeno increíble ! ». Y dio una explicación : « Durante mucho tiempo, la sagrada forma ha estado sumergida en el agua, y luego se depositó sobre el corporal ; en consecuencia, el tejido debería haber sufrido el proceso “de asfixia”, pero ello no se ha observado en nuestros análisis… El estado actual de los conocimientos en biología no nos permite explicar científicamente ese fenómeno ». La profesora, muy intrigada igualmente por la relación del tejido cardíaco con la hostia consagrada, declaró que « ese fenómeno extraordinario de la inter-absorción del tejido del músculo cardíaco y de la sagrada forma, observado tanto al microscopio como mediante transmisión electrónica, prueba que no ha podido tener lugar ninguna intervención humana sobre la muestra ». De hecho, la estructura de las fibras del miocardio y la estructura del pan están en este caso tan estrechamente relacionadas que no puede admitirse que ninguna intervención humana lo haya realizado (cf. declaración de la profesora M. E. Sobaniec-?otowska en el informe « El milagro de la Eucaristía de Sokó?ka », Lux Veritatis, 2010). Por otra parte, la sangre de la sagrada forma posee las mismas características que la de la Sábana Santa de Turín y la del milagro de Lanciano (grupo AB).

La devoción aumenta

Después de haber obtenido los resultados de los análisis, el arzobispo informa de ello al nuncio apostólico en Varsovia, quien transmite el expediente a Roma para su examen. En septiembre de 2009, el público, que ha tenido conocimiento del informe de los dos expertos, empieza a acudir a Sokó?ka desde todas partes de Polonia, pero también desde Bielorrusia y Lituania. En la propia Sokó?ka, se constata un aumento inmediato de la devoción a la Sagrada Eucaristía. Las gentes acuden a rezar a la iglesia por las familias rotas, por los hijos que abandonan la fe, por la obtención de curaciones… Después de haber declarado oficialmente que el tejido visible en la sagrada forma es realmente milagroso, Monseñor Ozorowski la coloca en una custodia para la devoción de los fieles en una capilla de la iglesia de San Antonio.

Con respecto a la Eucaristía, la Iglesia exige el culto de latría, « es decir la adoración reservada a Dios, tanto durante la celebración eucarística, como fuera de ella » (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 286). San Juan Pablo II escribía : « Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo » (Carta apostólica Mane nobiscum Domine, 7 de octubre de 2014, 18). Con este propósito, « Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la “sala grande”, la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio… Aunque la lógica del “convite” inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta “cordialidad” con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el “banquete” sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la Sangre derramada en el Gólgota » (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, Jueves Santo de 2003, 48).

« La Eucaristía… hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad… El sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticos la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse : de manera cruenta en la cruz, incruenta en la Eucaristía » (Compendio del CIC, 280). Ya que del Sacrificio de la Misa se derivan todas las gracias necesarias a nuestra salvación, « La Iglesia establece que los fieles tienen obligación de participar de la Santa Misa todos los domingos y fiestas de precepto, y recomienda que se participe también en los demás días » (ibíd. 289).

« Hay que aprender a vivir la Misa » —dijo un día san Juan Pablo II a unos jóvenes que le preguntaban sobre el profundo recogimiento con el que celebraba (18 de octubre de 1981). San Padre Pío nos ofrece un hermoso ejemplo : « Cuando el Padre Pío celebraba la Misa, daba la impresión de estar en una íntima, intensa y completa unión con quien se ofrecía al Padre Eterno como víctima de expiación por los pecados de los hombres. En cuanto llegaba al pie del altar, el rostro del celebrante se transfiguraba… El Padre Pío poseía el don de hacer rezar a los demás. Se vivía la Misa » (Fr. Narsi Decoste, El Padre Pío).

El fruto del Sacrificio actualizado en el altar es la comunión en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo, anticipo de la comunión eterna del Cielo. Un don tan grande solamente puede recibirlo quien está « plenamente incorporado a la Iglesia Católica y en gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo » (Compendio, 291). « La sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia… nos fortalece en la peregrinación de nuestra vida terrena y nos hace desear la vida eterna, uniéndonos a Cristo, sentado a la derecha del Padre, a la Iglesia del cielo, a la Santísima Virgen y a todos los santos » (ibíd. 292 y 294).

El cumplimiento supremo

Los milagros eucarísticos son hechos incuestionables y nos sitúan ante la gran Realidad : Dios existe, se hizo carne, está presente y actúa en nuestra historia, se expuso al sufrimiento y a la muerte para destruir la muerte y darnos la Vida. La felicidad que todos buscamos depende de nuestra relación de amor con Él. En la encíclica Fides et ratio, san Juan Pablo II escribía : « Diversos sistemas filosóficos, engañándolo, lo han convencido [al hombre] de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo » (107).

¡ Tomemos de la Eucaristía la fuerza que necesitamos para seguir a Jesús en el camino de la vida eterna !

Dom Antoine Marie osb

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