Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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31 de agosto de 2016
fiesta de Dominguito del Val, mártir


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Las madres transmiten a menudo a sus hijos el sentido más profundo de la práctica religiosa —decía el Papa Francisco el 7 de enero de 2015— : en las primeras oraciones, en los primeros gestos de devoción que aprende un niño, está inscrito el valor de la fe en la vida de un ser humano. Es un mensaje que las madres creyentes saben transmitir sin muchas explicaciones : éstas llegarán después, pero la semilla de la fe está en esos primeros, valiosísimos momentos ». Santa Joaquina de Vedruna fue una de esas madres de familia por las que se realizó la transmisión de la fe. Su vida conllevó las alegrías de la maternidad, el dolor de la viudedad y, después, la consagración total de la vida religiosa.

Joaquina (Joaquima en catalán) de Vedruna nace en Barcelona (España) el 16 de abril de 1783, recibiendo ese mismo día el Bautismo. Sus padres, Lorenzo de Vedruna, notario y alto empleado del Ministerio de Justicia en la ciudad, y Teresa Vidal, tendrán ocho hijos, dos de los cuales serán varones ; uno de ellos, Ramón, llegará a ser miembro de la Academia de las Letras. En aquella época, Cataluña está sometida, mal que bien, al centralismo instaurado por los Borbones, a la vez que la “Ilustración francesa” (es decir, el espíritu escéptico y racionalista infundido por filósofos como Voltaire) comienza a penetrar en las mentalidades. La familia Vedruna, por su parte, seguirá siendo siempre profundamente católica.

Una petición ingenua

La niña suele mostrarse muy recogida, y responde así a su madre cuando ésta le pregunta por el secreto de ese recogimiento : « Lo que hago está al alcance de todos. Cuando arranco una mala hierba en el jardín, pido al Señor que arranque también un defecto de mi corazón. Cuando uso alfileres para hacer encaje, veo en ellos espinas que, a causa de mis pecados, perforaron la cabeza de Jesús… ». A la edad de doce años, siente una llamada de Dios a la vida religiosa. Como quiera que los Vedruna acostumbran a ir a Misa a un convento de carmelitas, la pequeña pide ingenuamente a la priora que la admita en el Carmelo, pero ésta le responde con dulzura que su edad aún no permite ese trámite.

En la sede del Ministerio de Justicia de Barcelona, trabaja con el señor Vedruna un joven abogado llamado Teodoro de Mas, originario de Vic, ciudad alejada unos 70 km aproximadamente. Tal distancia no permite, en aquella época, regresar cada día a casa. Así pues, Lorenzo de Vedruna abre la suya al joven Teodoro, quien no tarda en sentirse atraído por la encantadora Joaquina, que apenas cuenta dieciséis años. El padre se regocija ante la idea de tenerlo como yerno, comentándoselo a su hija. Joaquina, aunque se siente todavía llamada a la vida religiosa, ve en el deseo de su padre la expresión de la voluntad de Dios hacia ella. La boda queda fijada para el domingo de Pascua, el 24 de marzo de 1799. Teodoro conduce a su esposa al hogar familiar, pero la joven barcelonesa no tiene la suerte de gustar a sus suegros, lo que acarrea grandes incomprensiones y tensiones que solamente se atenuarán con la llegada al mundo de su primera hija : Ana. Después, los nacimientos se suceden, hasta un total de nueve hijos : dos niños y siete niñas, tres de los cuales (un niño y dos niñas) morirán en plena infancia ; cuatro hijas abrazarán la vida religiosa.

« La alegría de los hijos estremece el corazón de los padres y vuelve a abrir el futuro —afirmaba el Papa Francisco el 11 de febrero de 2015—. Los hijos son la alegría de la familia y de la sociedad. No son un problema de biología reproductiva, ni uno de los tantos modos de realizarse. Y mucho menos son una posesión de los padres… No. Los hijos son un don, son un regalo… Cada uno es único e irrepetible y, al mismo tiempo, está inconfundiblemente unido a sus raíces… Una sociedad avara de procreación, a la que no le gusta rodearse de hijos que considera, sobre todo, una preocupación, un peso, un riesgo, es una sociedad deprimida… Si a una familia numerosa la miran como si fuera un peso, hay algo que está mal. La procreación de los hijos debe ser responsable, tal como enseña la encíclica Humanæ vitæ del beato Pablo VI, pero tener más hijos no puede considerarse automáticamente una elección irresponsable. No tener hijos es una elección egoísta. La vida se rejuvenece y adquiere energías multiplicándose : se enriquece, no se empobrece. Los hijos aprenden a ocuparse de su familia, maduran al compartir sus sacrificios, crecen en el aprecio de sus dones. La experiencia feliz de la fraternidad favorece el respeto y el cuidado de los padres, a quienes debemos agradecimiento ».

El siglo xix español es especialmente turbulento ; el país se ve agitado por continuas guerras, tentativas revolucionarias y encarnizadas luchas por el poder. Aprovechando el conflicto familiar que sufre la casa reinante, Napoleón se apodera de la península. En 1808, Barcelona es ocupada por el ejército francés, y la familia Vedruna se refugia en el campo. Teodoro es reclutado como oficial en el ejército español, contra Napoleón. Recuperada la paz, la familia se instala en Barcelona, donde Teodoro abre una gestoría. Aunque su salud se resiente como consecuencia de la guerra, trabaja con ahínco para procurar a los suyos el sustento diario. El 26 de enero de 1816, escribe lo siguiente a su esposa, que se encuentra en la casa de campo familiar : « Querida Joaquina : Gracias por tu atenta carta… Me alegra que tú y la pequeña os encontréis bien… Por mi parte, deseo que regreses lo más pronto posible, pues los niños me vuelven loco : uno quiere ir al teatro, otro con los pastorcitos, y soy yo quien debe llevarlos… Las facturas de los clientes no me fueron pagadas y tengo vergüenza de pedir lo que me deben… Dios quiera que vivamos muchos años para gozar uno del otro. Tu esposo Teodoro, que te ama, despierto, durmiendo, soñando y descansando ».

« ¡ Te elijo ! »

Dos meses más tarde, la tuberculosis se apodera de Teodoro y lo lleva a la tumba, al cabo de ocho días, el 6 de marzo de 1816. Joaquina está destrozada de dolor, pero consigue en la contemplación de Jesús crucificado una inquebrantable confianza en Dios Padre. La misma noche del fallecimiento de su esposo, recibe esta frase de Jesús : « Ahora te elijo como esposa ». Se instala en la casa de campo familiar del Mas Escorial, en Vic, propiedad heredada del marido, y no duda en dedicarse a las tareas de gestión de una explotación agrícola : encargarse de los granjeros, cuidar el ganado, cultivar las tierras, pagar los impuestos, defenderse en procesos judiciales… En medio de esa enorme actividad, tiene tiempo para largos momentos de oración que la confortan en su competencia de ama de casa y en su dulzura atenta con los niños, apaciguando su corazón herido por el fallecimiento de su esposo. Se muestra igualmente solícita con los sirvientes, velando por sus necesidades corporales y espirituales. Se la puede ver junto a sus criadas a la hora de barrer la casa y fregar los platos. De ese modo transcurren diez años de su viudez (1816-1826).

« Las madres —decía el Papa Francisco el 7 de enero de 2015— son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. “Individuo” quiere decir “que no se puede dividir”. Las madres, en cambio, se “dividen” a partir del momento en el que acogen a un hijo para darlo al mundo y criarlo… ¡ Cómo sufre una madre ! Son ellas quienes testimonian la belleza de la vida. El arzobispo Óscar Arnulfo Romero decía que las madres viven un “martirio materno”… Sí, ser madre no significa sólo traer un hijo al mundo, sino que es también una opción de vida… La opción de vida de una madre es la opción de dar la vida. Y esto es grande, esto es hermoso. Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral… Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. Y la Iglesia es madre, con todo esto, es nuestra madre. Nosotros no somos huérfanos, tenemos una madre… No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres ».

El Señor quiere otra cosa

Como joven viuda de treinta y tres años, Joaquina deja huella en la sociedad mundana de Vic, pero lo único que la atrae es seguir la llamada del Señor, que se ha convertido en una prueba de fuego que le abrasa el corazón, ahora que ya varios de sus hijos están ya bien colocados en la vida. Intensifica la acogida de los pobres, tan numerosos en aquella época. En ocasiones, acompañada de sus hijas, se dirige al hospital para curar enfermos o para ayudarles a una buena muerte. Un día de 1819, su yegua se niega a obedecerla y se detiene ante la iglesia de los capuchinos. Un religioso se acerca y le dice : « La esperaba ». Se trata del hermano Esteban, recientemente encargado de predicar en Vic y en los alrededores. Ese capuchino de vida muy austera se convierte en su director espiritual. Con motivo de sus peregrinaciones por los pueblos de la Cataluña rural, ese religioso misionero constata la pobreza, el abandono y el sufrimiento en que vive la población, así como la necesidad urgente de que exista una organización estable que les preste ayuda. Del encuentro de ambos apóstoles nace el proyecto de fundar un nuevo tipo de congregación religiosa apostólica que dé respuesta a esas necesidades. Dejando de lado sus aspiraciones a una vida de clausura, Joaquina se compromete en la fundación de una nueva orden femenina de enfermeras y maestras dedicadas al servicio de los pobres. Como ella misma explica : « Mi intención era entrar en un convento, pero creo que el Señor quiere otra cosa de mí : la formación de hermanas que abarquen todas las necesidades de la gente, curando a los enfermos o instruyendo a las niñas ».

Al instituir el año jubilar de la Misericordia, el Papa Francisco exhorta a los cristianos a que practiquen obras de misericordia : « Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales… La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales : dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales : dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos… Nos acompañen las palabras del Apóstol : El que practica misericordia, que lo haga con alegría (Rm 12, 8) ». (Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, 11 de abril de 2015).

Como preparación a su misión de fundadora, Joaquina practica largas horas de oración, pero sin por ello privar a los suyos de su ternura de madre, y se consagra tanto a las obras de caridad como a duras penitencias. Demuestra un marcado gusto por las plegarias litúrgicas, cuya riqueza y sabor consigue asimilar. Su espiritualidad se apoya igualmente en la profunda experiencia del amor de Dios Padre, un amor que la humanidad de Jesús hace visible y que el Espíritu inspira para seguir a Cristo. El alma de Joaquina se transforma y el Señor la gratifica con dones espirituales extraordinarios : éxtasis, arrebatos, levitaciones… Esos fenómenos jalonarán el resto de su existencia y, a pesar del cuidado que pondrá en esconderlos, tendrán numerosos testigos.

Incomprensiones y críticas

En el mes de abril de 1825, el nuevo obispo Monseñor Corcuera llega a Vic para substituir a su predecesor que había sido asesinado. El prelado se interesa por el proyecto de Joaquina, por muy insólito e innovador que sea. El 6 de enero de 1826, en el transcurso de una Misa, ella profesa, a la edad de cuarenta y dos años, los tres votos religiosos entre las manos del prelado. La más joven de sus hijas sólo tiene once años, lo que le vale incomprensiones y críticas. En realidad, incluso comprometida en la vida religiosa, la fundadora permanecerá cerca de sus hijos. Muy pronto se le unen un grupo de jóvenes animadas por el mismo ideal. Esas jóvenes de origen humilde sienten la llamada de Dios a la vida religiosa, pero no pueden aportar ninguna dote ; en consecuencia, según las disposiciones del derecho canónico de la época, no tienen posibilidad de entrar en religión. En su petición oficial al obispo, con vistas al establecimiento de la comunidad, la fundadora escribe : « Joaquina de Vedruna y de Mas aspira a trabajar por la gloria de Dios y el bien del prójimo uniéndose a algunas almas pobres, henchidas del amor de Dios ; deseosas éstas de convertirse en religiosas, pero no siendo admitidas en los conventos, no podrían de otra manera saciar su amor por Jesús. Por ello, suplico a Su Excelencia… ».

Joaquina no construye convento alguno, ya que la cuna de la nueva congregación será la casa solariega heredada de su marido. El 26 de febrero de 1826, en el transcurso de una Misa en los capuchinos de la ciudad, se funda oficialmente el instituto, comprometiéndose en él nueve jóvenes ; por exigencia del obispo, se pone bajo el patronazgo de Nuestra Señora del Carmen. En 1850, será aprobado definitivamente con el nombre de “Congregación de las Hermanas Carmelitas de la Caridad”. En la casa solariega, que se ha convertido en noviciado, esas carmelitas apostólicas abren una escuela para chicas ; además, se ofrecen para velar a enfermos por las noches. Joaquina es una verdadera madre para sus compañeras, la mayoría de las cuales son más jóvenes que sus propios hijos. El hermano Esteban, que les había redactado una Regla impregnada de espiritualidad franciscana, muere en 1828, y Joaquina debe asumir la obra naciente sin el apoyo de ese preciado guía espiritual. Ella es muy sensible ante la amistad de los sacerdotes que conoce, y sufre cuando parece que la olvidan. En una carta a la priora de un convento, escribe : « Dígale al padre Francisco que no sé si está vivo o muerto ; yo no puedo olvidarlo, pero creo que él sí, pues no he recibido ni una sola nota suya. En fin, transmítale recuerdos míos ».

« ¡ Tranquilizadla ! »

Por esa época, la población del país es en su mayoría analfabeta y la instrucción se da sobre todo a los hombres. Joaquina se dirige a los ayuntamientos para obtener la protección de la ley y abrir locales destinados a la formación de las jóvenes. Sus discípulas son las primeras religiosas dedicadas a la enseñanza en España. La madre no quiere castigos corporales en las escuelas, transformando el refrán “La letra con sangre entra” en “La letra, no con sangre, sino con cariño entra”. Y recomienda lo siguiente a sus religiosas : « No permitáis que una alumna abandone el colegio descontenta y enojada. Si ha sido necesario enfadaros con alguna de ellas durante la clase, tranquilizadla antes de que salga y haced que se sienta muy amada ». Para que esas religiosas puedan dedicarse a tareas muy exigentes, necesitan tener una salud robusta, por lo que la fundadora les asegura : « Deseo veros a todas contentas, comiendo con buen apetito y descansando bien por la noche. Sí, sed felices, pues Jesús se complace en habitar en el corazón de una religiosa que acepta todo con santa alegría ». En una carta dirigida a una maestra de novicias, Joaquina escribe : « Puesto que hay timoratas entre las novicias, esos miedos deben desaparecer. ¡ Que se apliquen a hacer siempre lo que Dios quiere que hagan ! ».

Aprovechando las nuevas leyes que protegen la beneficencia, Joaquina y sus hijas pueden ofrecer sus servicios en los hospitales municipales. En calidad de hija y esposa de hombres de leyes, sabe sacar provecho de la legislación vigente para acudir en ayuda de los pobres, sus protegidos. El impacto de la obra en las administraciones municipales y en las poblaciones se acrecienta hasta el punto de que las vocaciones afluyen, y en todas las ciudades se solicitan los servicios de las Carmelitas de la Caridad. No obstante, en el momento en que la congregación sólo tiene siete años de existencia, la primera guerra carlista (1833-1839) ocasiona el cierre de casi todas las casas, así como la encarcelación de Joaquina. Se la trata como enemiga del Estado vencedor, pues uno de sus hijos se ha enrolado en las filas carlistas (monárquicos legitimistas, partidarios de Don Carlos, opuestos a la monarquía liberal de Madrid). Después de una dura persecución y un breve paso por la cárcel, debe finalmente exiliarse en Francia, donde la ciudad de Perpiñán la acoge durante un período que durará tres años (1840-1843). Desde allí puede sin embargo mantener intercambios epistolares con sus comunidades consentidas por el gobierno. La vida en la capital del Rosellón no es fácil ; instaladas en un apartamento demasiado pequeño donde sobreviven gracias a trabajos ocasionales, las quince hermanas y la superiora serán testigos de la muerte de tres de ellas. La fundadora escribe a su substituta en las comunidades españolas : « A pesar de lo que estoy viviendo, de lo que ya he vivido y de todo lo que veo, Dios me sigue sosteniendo dándome valentía para no sucumbir del todo. De ese modo, hija mía, puedo afirmar que, en el camino de la cruz, quien todo lo lleva es Jesús. ¡ Amén ! ¡ Adelante ! ». Las circunstancias tan diversas, imprevistas y desconcertantes de su vida han enseñado a Joaquina que abandonarse en manos de Dios permite superarlo todo. Por otra parte, su dinamismo apostólico sigue estando impregnado de vida contemplativa. En sus múltiples ocupaciones, permanece estrechamente unida a Dios, y su divisa podría ser la siguiente : “La acción por la contemplación”.

Un inestimable consuelo

De regreso a Vic, en 1843, Joaquina comprueba la hostilidad del obispo hacia ella a causa de las simpatías carlistas de su hijo, de las que no es responsable ; pero ella acepta en silencio esa injusticia. Afortunadamente, el encuentro con san Antonio María Claret le aporta un inestimable consuelo. Ese apóstol se hace cargo de la defensa de las hermanas, como lo haría un padre y un hermano. Apoya a la fundadora con todo lo que está en su mano, especialmente en cuanto a la formación de las novicias, y le propone una remodelación de la regla primitiva, que se demostrará extremadamente fructífera. Gracias a ello se abre un nuevo noviciado, que se había cerrado en 1840. Tras el fallecimiento del padre Claret, los Misioneros Claretianos, sus hijos espirituales, seguirán aportando ayuda fraterna a las religiosas. A pesar de los numerosos problemas causados por la guerra civil, el instituto consigue desarrollarse, primero en Cataluña y después en toda España y hasta en Sudamérica. Entre 1843 y 1853, la madre Joaquina instaura diecinueve comunidades destinadas a mantener escuelas públicas y hospitales municipales.

Agotadas por tanta dedicación, las fuerzas de la madre flaquean. En 1849, ya había sufrido un accidente vascular cerebral. Así pues, asiste desde su silla de ruedas a la expansión constante de su obra que está en manos de quien debe sucederla. La mañana del 28 de agosto de 1854, en Barcelona, donde se había instalado a finales de 1852, es víctima de una crisis de apoplejía. La epidemia del cólera se la lleva ese mismo día hacia las tres de la tarde, a la edad de setenta y un años ; la plaga de esa enfermedad provocará cuatrocientas víctimas en la Casa de la Caridad que ella misma había fundado. Como viuda, Joaquina de Vedruna deja seis hijos vivos, once nietos y un instituto que cuenta con 150 hermanas repartidas en treinta comunidades. Fue beatificada por el Papa Pío XII el 19 de mayo de 1940, y canonizada el 12 de abril de 1959 por san Juan XXIII. Protegidas por el manto de Nuestra Señora del Carmen, las Terciarias Carmelitas de la Caridad-Vedruna continúan todavía hoy su incansable dedicación al servicio de los pueblos. Actualmente son más de 2.500 religiosas, que ejercen su misión en veintitres países y cuatro continentes.

Santa Joaquina nos recuerda que podemos santificarnos cualquiera que sea nuestro estado de vida, así como corresponder a las expectativas del Señor « que llama » ; nos muestra que la vida de sacrificios, iluminada por la humildad y la oración, es un camino directo hacia el Cielo. Aprovechemos su enseñanza en nuestra vida.

Dom Antoine Marie osb

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