Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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27 de julio de 2016
fiesta de san Pantaleón,mártir


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Es de noche. La escena se desarrolla en la víspera de la Primera Guerra Mundial, en Patagonia, al sur de la actual Argentina, muy lejos de los conflictos políticos del Viejo Mundo. El silencio nocturno adormece la actividad del puerto de Viedma ; un ciclista con bata blanca pasa como un ángel de Dios por las calles oscuras. Si por ventura alguien lo ve, no se extraña de ello, pues todos saben aquí que se trata de don Zatti, figura emblemática de la pequeña ciudad, que se dirige junto a un enfermo para curarlo a domicilio. Cuando el pobre hombre encamado ve llegar a su cabecera al caritativo hermano salesiano, se excusa por mandarlo llamar a esas horas. La respuesta resuena con entusiasmo : « ¡ Su deber es llamarme y mi deber es acudir ! ». Si alguien hubiera predicho al adolescente de la llanura del Po que un día sería la providencia de los pobres al otro extremo del mundo, éste habría probablemente soltado una risotada.

Artémides Zatti nace el 17 de octubre de 1880 en Boretto, en Reggio Emilia, al nordeste de Italia, segundo de los ocho hijos de Luigi Zatti y de Albina Vecchi. Para poder alimentar a la familia, esos modestos agricultores se esfuerzan y padecen en una tierra que nos les pertenece. Cuando la madre se halla en el campo, es la hija mayor quien se encarga de los hijos. A partir de los cuatro años de edad, Artémides ayuda a sus padres en la granja. Sin embargo, frecuenta la escuela elemental hasta los nueve años, antes de ser contratado como obrero agrícola por un propietario de la vecindad. Se levanta a las tres de la mañana, come de prisa un poco de polenta con leche y parte a los campos. Su diligencia en el trabajo y su sentido de la responsabilidad, adquiridos previamente al compartir con su madre el cuidado de los hermanos y hermanas más pequeños, le distinguen de los adolescentes de su edad. ¿ Su salario ? ¡ Veinticinco liras al año ! No solamente está contento de ello, sino que, cuando le preparan un pastel en reconocimiento por su dedicación, lo lleva a casa en lugar de guardarlo para él ; entonces, se regocija de ver cómo sus siete hermanos y hermanas devoran la golosina en un abrir y cerrar de ojos, pues es verdad que Mayor felicidad hay en dar que en recibir (cf. Hch 20, 35).

El marasmo económico en el que se ha enredado Europa entera durante ese último cuarto del siglo xix afecta cruelmente al mundo agrícola : los negocios van de mal en peor, falta maquinaria y los obreros se encuentran en paro. La desnutrición causa graves enfermedades, en especial la pelagra (una dolencia que puede acarrear la demencia y la muerte), que devasta la llanura del Po. Así pues, los Zatti deciden reunirse en América del Sur con un tío que se ha instalado allí. Llegan en 1897 a Bahía Blanca, al norte de la Patagonia. La casi totalidad de la población de esa vasta región semidesértica reside en las ciudades del litoral atlántico. En un principio simple base militar, Bahía Blanca se ha desarrollado gracias al enlace ferroviario con Buenos Aires, creado en 1885 ; se ha convertido en una verdadera encrucijada comercial y su población ha aumentado rápidamente como consecuencia de la llegada de emigrantes españoles e italianos.

« Iré para morir »

Luigi Zatti es contratado en una parada del mercado. Por su parte, Artémides trabaja durante un tiempo en un albergue, y después en una tejería. Muy cerca de allí, unos religiosos salesianos de origen italiano gestionan una misión desde 1875. En sus momentos libres, Artémides ayuda al párroco, el padre Carlo Cavalli, o bien va a leer a su biblioteca. Fascinado por la vida de don Bosco (el fundador de la congregación salesiana), no tarda en sentir una llamada de Dios a la vida religiosa. De hecho, el párroco habla con el señor Zatti, quien concede permiso a su hijo para que ingrese en el prenoviciado salesiano de Bernal, cerca de Buenos Aires. Allí, Artémides se topa con las primeras dificultades. Con diecinueve años, es el mayor de todos los aspirantes al sacerdocio. Habla sobre todo el dialecto de su país de origen, mezclado con un poco de italiano y de español, y halla dificultades en el estudio del latín. Le encargan que cuide a un sacerdote tuberculoso, por lo que contrae la enfermedad y debe permanecer en cama. El día en que ha de vestir la sotana, agobiado por la fiebre y una fuerte tos, no puede participar en la ceremonia ni recibir el hábito eclesiástico. En aquella época, la tuberculosis siega gran número de vidas, por lo que el médico aconseja que el enfermo sea trasladado más al sur, a Viedma, donde el aire es más sano. Artémides lo acepta de buen grado : « ¡ Iré a Viedma para morir, si es la voluntad de Dios ! ».

Situada en la orilla izquierda del río Negro, a 30 km de su desembocadura en el océano Atlántico, Viedma está unida a Bahía Blanca por una vía férrea de 250 km. En esa avanzadilla misionera poblada de soldados, aventureros y obreros desatendidos, los salesianos regentan una farmacia y un hospital que han habilitado en una antigua cuadra. Algunas enfermedades, que son frecuentes en Europa, hallan a los indígenas sin defensas inmunitarias, y mueren a centenares por falta de asistencia sanitaria. El padre Evasio Garrone, que acoge a Artémides, es el único “medico” (sin título oficial) en el lugar. Ha adquirido una gran experiencia como enfermero en el ejército italiano, y todos se dirigen a él llamándolo “doctor”. Ese sacerdote invita al joven tuberculoso a rezar a la Virgen para obtener su curación, y le sugiere la fórmula siguiente : « Si me curas, consagraré el resto de mi vida a los enfermos de este centro ». Ante la sorpresa de todos, Artémides se restablece rápidamente : « Creí —dice—, prometí y me curé ». Se implica entonces con entusiasmo en ese camino, en adelante perfectamente trazado. El 11 de enero de 1908, emite su primera profesión como hermano coadjutor, profesando después sus votos perpetuos el 8 de febrero de 1912. Fiel a su promesa, se hace cargo primero de la farmacia, implicándose después cada vez más, como enfermero, en el cuidado de los enfermos. Tras la muerte del padre Garrone, recaen sobre sus hombros tanto el peso del hospital de San José como el de la farmacia de San Francisco.

Sin título

El joven religioso adquiere tal competencia que se le considera muy pronto indispensable. Pero no tiene ningún título y debe ponerse en regla con la legislación, pues el Estado —aunque del todo incapaz de atender las necesidades sanitarias de Viedma— exige un título a quienes se ocupan de los enfermos. Con objeto de asegurar la legalidad de la institución y su futuro, los superiores salesianos llaman a un médico cualificado. Sin embargo, es Artémides quien debe hacer frente a los imprevistos, comprometerse responsablemente y, en una palabra, gestionar el centro ; ¡ incluso debe realizar las tareas de limpieza ! En 1913, a fuerza de trabajo y de gestiones, consigue reconstruir por completo el hospital y dotarlo de todo el equipamiento necesario para ofrecer los mejores cuidados a los enfermos. Estos afluyen, pero son pocos los que están en condiciones de asumir los gastos de hospitalización. Por eso recorre Artémides toda la ciudad con su bicicleta para colectar fondos. Cuando lo ven con ese sombrero grande, comprenden que se dirige a casa de un banquero o a la de un generoso bienhechor.

Al haber conocido personalmente la enfermedad, el humilde hermano percibe mejor que nadie las necesidades de los demás, y el conocimiento efectivo de su vocación le lleva a abrazar de todo corazón el dolor y la miseria del prójimo, en quien ve a Cristo crucificado.

« En esto hemos conocido lo que es amor : en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1 Jn 3, 16). Me dirijo de manera particular a las personas enfermas y a todos los que les aportan asistencia y cuidados —decía el Papa Francisco el 11 de febrero de 2014. La Iglesia reconoce en vosotros, queridos enfermos, una presencia especial de Cristo sufriente. Porque así es : junto a nuestro sufrimiento, o mejor aún, en nuestro sufrimiento, está el de Jesús, que soporta la carga con nosotros y nos revela su sentido ».

Un regreso triunfal

En 1914, Artémides consigue la nacionalidad argentina, lo que es una alegría, pues ama entonces el río Negro tanto como el Po, su río natal. Como quiera que la enfermería de la prisión de Viedma se ha quedado demasiado pequeña, los detenidos son enviados al hospital de San José. Una noche, uno de los prisioneros consigue fugarse. Zatti es condenado a una pena de cárcel por « incumplimiento en la custodia de los prisioneros ». Esa escandalosa decisión produce estupor entre las gentes de la región. Para manifestar su indignación, enfermeros, escolares, convalecientes y todos los que se habían beneficiado de su caridad salen en comitiva, con música a la cabeza. Tras cinco días de detención, el hermano es liberado y su regreso es triunfal. « ¡ Necesitaba tanto reposo ! » —bromea sencillamente ante la multitud, pues sabe ver en todas las circunstancias la mano de Dios, que actúa por su bien.

En 1915, un farmacéutico con título oficial se establece en el vecindario. A los ojos de la administración, la farmacia de San Francisco regentada por los salesianos ya no tiene razón de ser ni debe ser tolerada por el Estado. Artémides, que no tiene ningún título, se verá obligado a cerrar su local… Pero no puede resignarse : ¿ cómo tendrán acceso los pobres a los medicamentos a precios asequibles ? Así que se marcha a La Plata, aprueba los exámenes necesarios y regresa titulado.

Las jornadas del hermano Artémides en Viedma están repletas del servicio a Dios y a los pobres. Cada mañana, se levanta a las cuatro y media, enciende la lumbre y se dirige a la iglesia, donde reza con frecuencia prosternado con la frente en el suelo. Luego asiste a Misa antes de visitar a sus enfermos del hospital, quienes lo saludan con el título honorífico y afectuoso de “don Zatti”. Al pasar cerca del refectorio, toma rápidamente un café con leche antes de subirse a la bicicleta para ofrecer sus cuidados a domicilio. A mediodía, toca la campana y reza el ángelus con la comunidad. Después de la comida, a veces juega a los bolos con los enfermos, lleno de un entusiasmo digno de don Bosco. A las catorce horas, regresa a sus rondas en bicicleta. Antes de cenar, trabaja en su correspondencia y contacta con el personal del hospital dando con precisión consejos y consignas. Por su influencia, sus colaboradores crecen en delicadeza y caridad cristiana. Por la noche, Artémides cena con la comunidad antes de visitar por última vez a los enfermos encamados. Si no tiene obligaciones en el exterior, lee obras piadosas y tratados de medicina, hasta las diez o las once de la noche. En plena noche, lo requieren a menudo a la cabecera de la cama de un enfermo. Fiel a la divisa de don Bosco “trabajo y templanza”, da muestras de un espíritu de sacrificio verdaderamente heroico : una noche, en el hospital, él mismo traslada el cuerpo de un enfermo fallecido, para evitar que los demás pacientes lo vean.

Tanto de día como de noche, don Zatti siente la llamada de Cristo en el gemido de cada enfermo. Responde con prontitud y diligencia a ese amor que le invita a entregarse, a imitación del Señor, que se entregó para salvarnos. En ese sentido, el Papa Francisco afirmaba el 11 de febrero de 2014 : « Jesús es la vida y, con su Espíritu, podemos seguirlo. Al igual que el Padre entregó a su Hijo por amor —y el Hijo se entregó Él mismo por el mismo amor—, también nosotros podemos amar a los demás como Dios nos ha amado, dando la vida por nuestros hermanos. La fe en Dios bueno se convierte en bondad, la fe en Cristo crucificado se convierte en fuerza de amar hasta el final e incluso a nuestros enemigos. La prueba de la fe auténtica en Cristo es la entrega de sí mismo, la difusión del amor hacia el prójimo, sobre todo hacia quien no lo merece, hacia quien sufre o está marginado ».

Servicio gratuito a cualquier hora

Los servicios de Artémides se extienden a las localidades vecinas, a lo largo del río Negro. En caso de necesidad, se desplaza gratis a cualquier hora, hasta las casas más miserables de las periferias. Es tal su reputación que a veces le traen enfermos procedentes del sur de la Patagonia. Por otra parte, no es extraño que los enfermos prefieran que les visite él antes que un médico. Su simple presencia, rebosante de gozo interior, consuela los corazones doloridos ; prodiga cuidados competentes mientras canta y deleita a los enfermos con mil ocurrencias y bromas. Prefiere curar él mismo los casos más desesperados, así como las enfermedades y las llagas más repugnantes, cargando con su dolor y comunicándoles su alegría. Solamente llora cuando ya no puede hacer más por ellos, y los que mueren en sus brazos lo hacen con la sonrisa en los labios. Cuando visita a los enfermos pobres, siempre les deja alguna limosna. Incluso en una ocasión, para afrontar una situación urgente y a falta de mejor solución, el generoso hermano llega a alojar en su propia habitación a un hombre gravemente enfermo, dejándole su propia cama y contentándose con una silla para su descanso nocturno. En lugar de quejarse porque los ronquidos de su huésped no le dejan dormir, da gracias al Señor : « ¡ Gracias a Dios, aún está vivo ! ». Imbuido interiormente del gozo del Espíritu Santo, nunca se encoleriza, no habla mal de nadie y tampoco acepta que hablen mal en su presencia de ninguna persona.

La acogida que don Zatti reserva a las personas más desamparadas por causa del sufrimiento y las enfermedades es una luz y un ejemplo para la vida social. « Una sociedad acoge verdaderamente la vida —explicaba el Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo— cuando reconoce que ésta es preciosa incluso en la vejez, la incapacidad, la enfermedad grave, y también cuando se está apagando ; cuando enseña que la llamada a la realización humana no excluye el sufrimiento ; y más aún, cuando enseña a ver en la persona enferma y que sufre un regalo para toda la comunidad, una presencia que mueve a la solidaridad y a la responsabilidad. Eso es precisamente el Evangelio de la vida » (11 de febrero de 2014).

Don Zatti acoge en el hospital a una mujer que quedó muda en su infancia a causa de malos tratos y cuyo comportamiento es extravagante debido a la merma de sus facultades. Artémides mantiene su dulzura y rechaza importunarla a pesar de los consejos de quienes la toleran con dificultad : « Ya ha sufrido bastante y no quiero abundar en ello —les dice ». Esa mujer vivirá cuarenta y ocho años en el hospital… Las peores desgracias encuentran la mejor acogida en el caritativo hermano. Un día, recibe a un niño indio cubierto de llagas y prácticamente desnudo : « Hermana —pide a su asistenta—, mire a ver si hay algo con que vestir a un Niño Jesús de diez años ». Considera que el más pobre atrae la bendición de Dios. Aunque no haya cursado estudios universitarios, los médicos consideran a Zatti como uno de los suyos. Impresionados por su inteligencia y competencias, admiran en él aún más su ascendiente moral. Un médico ateo confiesa en una ocasión : « En presencia de Zatti, mi incredulidad vacila. Si hay santos en la tierra, he aquí uno de ellos ! ».

Una huella imborrable

«Los santos —decía el Papa Benedicto XVI el 20 de agosto de 2011— son los testigos que nos enseñan a vivir el drama del sufrimiento para nuestro bien y la salvación del mundo. Estos testigos nos hablan, ante todo, de la dignidad de cada vida humana, creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Y no sólo : desde que el Hijo de Dios quiso abrazar libremente el dolor y la muerte, la imagen de Dios se nos ofrece también en el rostro de quien padece. Esta especial predilección del Señor por el que sufre nos lleva a mirar al otro con ojos limpios, para darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor que necesita. Pero esto únicamente es posible realizarlo como fruto de un encuentro personal con Cristo ».

En 1934, en Viedma se crea la sede de un obispado, y el hospital de San José debe ceder el lugar a la morada episcopal. Los nuevos acondicionamientos destruyen las instalaciones que tantos sacrificios habían costado a don Zatti. Entonces, los salesianos ponen a su disposición una granja, algo alejada de la ciudad. El santo hermano organiza la mudanza sin perder su hermosa sonrisa. Todo está por hacer, pero sus “parientes pobres” valen realmente la pena. Así pues, se arremanga la camisa y se sube al sillín para hacer la colecta. Su reputación no hace más que crecer, y las madres le traen a sus bebés para que los bendiga. Ante la simpatía de la que Artémides es objeto, un responsable político exclama : « ¡ Ojalá el cielo nos concediera, a nosotros los políticos, tener tanta influencia ! ».

Un día, sin embargo, ven al hermano salesiano apoyado en la ventanilla del banco, entre lágrimas y plegarias. Un testigo de la escena se precipita donde el obispo para advertirle que don Zatti está en peligro : « ¡ Esta vez será la quiebra y la cárcel ! ». En efecto, debe una gran suma de dinero y nadie ha acudido en su ayuda. « ¡ Siempre el mismo, ese Zatti ! » —murmura el prelado, que envía en el acto al pobre hermano lo que le queda en la caja. Ya hace mucho tiempo que los superiores están preocupados por la manera en que gestiona su economía. Le han aconsejado varias veces de manera precisa, y al final le acaban asignando un contable alemán. El carácter puntilloso de este último, que no soporta los modos de Artémides en asuntos de gestión, provoca que se marche antes de que transcurra un año. Para el hermano salesiano, la contabilidad es, de hecho, algo muy sencillo : por una parte, el dinero que recibe ; por otra, el que debe. Sus deudas, proverbiales en toda la región, no consiguen desanimarlo ; cuanto más aumentan, más brega, poniendo su confianza en la divina Providencia. « No pido a Dios que me envíe dinero —dice— ; solamente le pido que me diga dónde hay ». Y repite constantemente : « Si el dinero no sirve para hacer el bien, para nada sirve ». Por sus manos pasan sumas importantes, pero prefiere seguir siendo pobre. Desde 1907, lleva el mismo sombrero de anchas alas para protegerse del sol y de la lluvia. La bicicleta es su único medio de trasporte ; cuando le ofrecen un ciclomotor o un coche pequeño, él los rechaza afirmando : « Me sentiría incómodo ».

¡ Hacia lo mejor !

A comienzos del año 1951, cae de lo alto de un tejado que está reparando a causa de la lluvia. Pero se necesita más para detenerlo, así que, un mes después de ese accidente, se encuentra de nuevo montado en la bicicleta. Por esa época, sin embargo, le avisan de que tiene mal aspecto y una tez verdosa. Él ríe : « Soy como los limones que aún no han madurado, pero que acabarán siendo amarillos ». Detrás de esa broma, disimula su propio diagnóstico : tumor maligno en el páncreas. Lejos de afligirse por ello, afirma : « Vine aquí hace cincuenta años para morir, y ahora que se acerca el momento, ¿ qué más podría querer ? Me he preparado para ello toda la vida ». Cuando el médico le pregunta cómo va, él responde alzando la vista al cielo : « Hacia lo mejor, doctor, hacia lo mejor ». Y, siempre de buen humor, reprende amablemente a quienes se lamentan por él. El 8 de marzo, escribe en una hoja de papel los cuidados que debe recibir durante los siete días siguientes. Es su última prescripción, que, como siempre, somete al médico para que dé su aprobación. El tratamiento terminaba el 14 de marzo. La mañana del día 15, cuando recibe la visita del médico, éste halla el certificado de defunción redactado por el propio enfermo, que ha reservado un espacio en blanco para que se pueda indicar la hora de su muerte. Después de fallecer, la capilla mortuoria se llena de flores del campo que han traído los pobres. El día de las exequias, el 16 de marzo de 1951, toda la ciudad está de luto : las fábricas, los talleres, y hasta los servicios públicos suspenden su actividad.

Artémides Zatti fue proclamado beato el 14 de abril de 2002 por san Juan Pablo II, siendo el primer hermano coadjutor salesiano en recibir ese honor. Que su ejemplo y su intercesión nos ayuden a buscar siempre la presencia del Señor y a acogerlo en todos nuestros hermanos, especialmente en los más desfavorecidos.

Dom Antoine Marie osb

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