Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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13 de abril de 2016
fiesta de san Hermenegildo


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Qué corazón hay más adorable, más amable y más admirable que el Corazón de ese Hombre Dios llamado Jesús ? —escribía san Juan Eudes a los sacerdotes de su congregación—. ¿ Qué honor merece ese Corazón divino que siempre rindió y rendirá eternamente a Dios más gloria y amor, en cada momento, que todos los corazones de los hombres y de los ángeles le podrán rendir en toda la eternidad ? » (29 de julio de 1672). San Juan Eudes fue, en el siglo xvii, un ardiente apóstol del culto litúrgico de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

Juan Eudes nace en Ri, Normandía, en la diócesis de Sées, el 14 de noviembre de 1601. Su padre es un modesto granjero ; habría deseado ser sacerdote, pero al llevarse la peste a todos sus hermanos, tuvo que regresar al hogar familiar. Así relata el propio santo su concepción : « Como quiera que habían transcurrido tres años desde el principio de su matrimonio sin poder tener hijos, mi padre y mi madre hicieron voto, en honor a la bienaventurada Virgen, de ir a Nuestra Señora de Recouvrance, que es un lugar de devoción a la Virgen ; como consecuencia de ello, al quedarse encinta mi madre, hizo una peregrinación con mi padre a dicha capilla, donde me ofrecieron y entregaron a Nuestro Señor y a Nuestra Señora ». La Virgen se mostró generosa y Juan tuvo dos hermanos y cuatro hermanas. Uno de ellos, Francisco Eudes de Mezeray, escribió una historia de Francia e ingresó en la Academia Francesa. La vieja casa paterna de Ri muestra todavía la siguiente inscripción, atribuida al otro hermano, Carlos Eudes d’Houay, que fue cirujano : « Somos tres hermanos, adoradores de la verdad : el mayor la predica, el segundo la escribe, y yo la defenderé hasta mi último suspiro ». La mayor de las hijas, María, tuvo cuatro hijos, dos chicos y dos chicas ; todas ellas ingresarán en la Congregación fundada por Juan Eudes : la Orden de Nuestra Señora de la Caridad.

Una cohorte de santos

Durante el siglo anterior, las guerras de religión en Francia habían exacerbado las pasiones, engendrado miseria y abierto la puerta a numerosos excesos. La Iglesia de Francia no se encuentra mejor que el reino. No obstante, mientras se difunde el desprecio hacia la fe cristiana, bajo la influencia de algunas corrientes de pensamiento, el Espíritu Santo suscitará una ferviente renovación espiritual. Ese renacimiento católico en Francia se verá animado sobre todo por san Francisco de Sales, san Vicente de Paúl, san Luis María Griñón de Monfort, Juan Jacobo Olier, san Juan Eudes, San Francisco de Laval y santa María de la Encarnación.

El padre de Juan da muestras de una gran generosidad hacia los menesterosos. Su esposa, dotada de profundo fervor y de carácter decidido, vela muy especialmente por la educación religiosa y moral de Juan, niño de carácter apacible, de inteligencia despierta y de devoción precoz. Desde muy pronto, éste adquiere la costumbre de desplazarse solo a la iglesia parroquial, que está muy cerca de la casa paterna. Un día, su madre le busca angustiosamente por todas partes, encontrándolo al fin allí en oración. A la edad de nueve años, tras recibir una bofetada de uno de sus compañeros, se pone de rodillas y, siguiendo el consejo evangélico, pone la otra mejilla. Cinco años después, Juan hace voto de castidad, dando muestras ya de esa fuerza de voluntad que se convertirá en su principal característica. Sin embargo, tiene una salud precaria, por lo que sus padres no están seguros de enviarlo a la escuela, situada en una localidad distante de algunos kilómetros. Pero el niño insiste tanto que acaban viendo en esa obstinación la voluntad misma de Dios. El 16 de mayo de 1613, Juan toma la primera Comunión. A partir de ese día, redoblan sus esfuerzos para vivir como verdadero cristiano. Consigue permiso de su párroco para recibir la Sagrada Eucaristía todos los meses, ya que en la época, por influencia del jansenismo, era costumbre confesarse y comulgar únicamente en las grandes festividades.

Considerando las aptitudes y los brillantes resultados escolares de Juan, en 1615 su padre lo envía al colegio de los jesuitas de Caen. El adolescente se halla, en un principio, algo desubicado, pero su fuerte carácter y su confianza en la divina providencia le ayudan a superar las dificultades, de tal modo que pronto consigue brillantes resultados, sin perjuicio de su fervor espiritual. En el transcurso del año de filosofía, percibe claramente la llamada al sacerdocio. Sus padres, que desean verle instalado junto a ellos, tienen planes de matrimonio para él, pero, ante su resolución, aceptan su vocación. La tonsura, que recibe de manos del obispo de Sées, es ya para él una verdadera y total consagración al servicio del Señor. Durante los estudios que sigue para acceder al sacerdocio, comprende que Dios le llama a la vida religiosa. En Caen hay desde hace poco tiempo una casa del Oratorio, relacionada con el Oratorio de Francia fundado por Pedro de Bérulle en 1611 para contribuir a la reforma del clero. Influenciado grandemente por el fervor de los oratorianos, Juan obtiene, aunque a duras penas, el consentimiento de sus padres y se incorpora a su comunidad ; más tarde se dirige a París, a la casa de formación, donde Pedro de Bérulle comienza formándole en profundidad en la práctica de la oración mental.

La roca de la oración

En una de sus obras, Juan Eudes escribirá : « El santo ejercicio de la oración debe ser catalogado entre los principales fundamentos de la vida y de la santidad cristianas, puesto que toda la vida de Jesucristo no fue sino una perpetua oración… Tan importante es esto y tan necesario, que la tierra que pisamos, el aire que respiramos, el pan que nos nutre y alimenta, el corazón que palpita en nuestro pecho, no son tan necesarios a nuestra existencia como la oración a nuestro cristianismo. Así pues, la oración es una elevación respetuosa y llena de amor de nuestro espíritu y de nuestro corazón a Dios. Es una dulce conversación, una santa familiaridad y entretenimiento del alma cristiana con su Dios. En ella, lo considera y contempla en sus divinas perfecciones, misterios y obras ; en ella, lo bendice, adora, ama y glorifica, se entrega a Él, se humilla ante Él anonadada a la vista de sus pecados e ingratitudes, implora misericordia, aprende a asemejarse a Él por la imitación de sus virtudes y perfecciones divinas y le pide finalmente cuanto necesita para servirlo y amarlo » (Vida y reino de Jesús en las almas cristianas, 1637).

A partir de 1623, Bérulle pide a su joven discípulo, que todavía no ha sido ordenado, que empiece a predicar. Afirma que ya no puede ocultar esa lámpara encendida bajo el celemín. Por aquel tiempo, Juan hace voto de ponerse al servicio de Jesús y María, comprometiéndose a no negarles nada de lo que él percibiera que pudiera ser su voluntad o deseo respecto él. El 24 de diciembre de 1625, a la edad de 24 años, es ordenado sacerdote en París. Se toma entonces varios meses de descanso, que le permiten profundizar en el conocimiento de la teología y la ciencia de las vías espirituales. Inaugura después su ministerio dedicándose a aliviar a las poblaciones de Normandía, entonces diezmadas por la peste. Llega tan lejos en su dedicación a los apestados que nadie le da asilo en Caen, por temor al contagio ; durante varias semanas se ve obligado a alojarse fuera de la ciudad, en un enorme tonel.

Una obra necesaria

A partir de 1632, el padre Eudes se entrega a la obra primordial de su vida : las “misiones”. Con la finalidad de poner remedio a la ignorancia religiosa y al relajamiento de las costumbres, recorre Normandía, Borgoña, Isla de Francia y otros muchos lugares ; incluso llegará a predicar ante el rey en París y en Versalles, en 1671. Su popular elocuencia y su auténtica santidad ejercen una influencia considerable sobre todas las capas sociales. Esas misiones suponen una tarea completa de evangelización. En ocasiones son muy largas ; en Rennes, por ejemplo, el padre Eudes y sus compañeros pasan cuatro meses y medio. Predican, visitan a los enfermos, dan catequesis a los niños y también a muchos adultos, y siempre y en todas partes exhortan a los oyentes a confesarse. El propio Juan Eudes dará testimonio de ello : « Treinta misioneros no bastarían ahora, de tantas personas que vienen de todas partes a las predicaciones, quienes, profundamente conmovidas, permanecen a menudo ocho días alrededor de los confesores antes de poder confesarse. En fin, que la bendición de Dios es muy abundante en esta misión (Vasteville, 9 de julio de 1659). Al considerar el fruto espiritual que las misiones procuran, escribirá : « ¡ Qué bien inmenso son las misiones ! ¡ Cuán necesarias son ! ¡ Qué mal tan grande es oponerse a ellas !… Oremos, mi muy querido hermano, al Señor de la mies que envíe a ella obreros… ¿ Qué hacen en París tantos doctores y tantos bachilleres, mientras las almas perecen a millares, por falta de personas que les tiendan la mano para retirarlas de la perdición y preservarlas del fuego eterno ? » (al señor Blouet, 23 de julio de 1659). Se calcula que Juan Eudes predicó ciento diez misiones a lo largo de su vida.

En nuestros días, el Papa Francisco exhorta a todos los cristianos a ser misioneros : « La fe es un don precioso de Dios, que abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar. Él quiere relacionarse con nosotros para hacernos partícipes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, que sea más buena, más bella. Dios nos ama. Pero la fe necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente. Todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación. Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido… La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida » (19 de mayo de 2013).

Sin embargo, el bien que las misiones de Juan Eudes procuran se consigue a veces mediante fuertes contradicciones : « Me encuentro ahora en una población, para comenzar una misión —escribirá a una madre abadesa—… En la anterior me adornaron con hermosas cualidades, pues unos dijeron que era el precursor del Anticristo ; otros, que era el propio Anticristo ; otros, que era un seductor, un diablo en quien no había que creer ; y otros, un brujo que atraía a toda la gente a su alrededor. Algunos deliberaban con expulsarme, y quizás habrían ejecutado su propósito si nuestros sacerdotes no hubieran llegado ese mismo día. Todo ello no son más que rosas, pues las espinas que atraviesan mi corazón son el ver a un grupo de pobres gentes que a veces me siguen durante ocho días sin poder acercarse para confesar, aunque seamos diez confesores » (verano de 1636). No obstante, la preocupación por las almas no impide que el misionero se ocupe de las miserias corporales. En las grandes ciudades, establece o reorganiza casas de refugio para los pobres y los tullidos, así como hospitales.

Dolorosa decisión

Los éxitos de las misiones son rotundos, aunque poco duraderos, por falta de sacerdotes competentes y celosos por mantener la llama que esas misiones prenden en los corazones. Si bien los sacerdotes abundan en aquella época, con frecuencia no les han preparado bien para el ministerio. Abandonados a su albedrío, llevan una vida ociosa, a veces escandalosa o bien animada por un entusiasmo poco ilustrado. A partir de 1641, Juan Eudes adquiere la costumbre de reunir a los sacerdotes a parte durante las misiones. Pero harán falta seminarios donde enseñar a esos sacerdotes las exigencias de su vocación. El concilio de Trento había obligado, además, que todos los obispos dispusieran de un seminario. En Francia, esa disposición quedó en papel mojado, por lo que Juan proyecta abrir uno en Caen. Richelieu, el cardenal ministro, lo anima, y el obispo de Bayeux colabora en ello. Sin embargo, por motivos desconocidos, el padre Bourgoing, superior del Oratorio de Francia desde 1641, se opone a ello. Juan Eudes toma entonces la dolorosa decisión de abandonar el Oratorio de Caen, del que es superior, pero al que no le une voto alguno. El 19 de marzo de 1643, se une a un grupo de sacerdotes jóvenes que le esperan en la casa que llevará el nombre de “La Misión” ; ninguno de ellos ha formado parte del Oratorio. El martes 24 de marzo, se dirigen todos en peregrinación a Nuestra Señora de la Délivrance, à 15 km de allí. Después de haber velado y rezado toda la noche, el 25 de marzo, festividad de la Anunciación, celebran la Misa en honor a ese misterio y fundan la Congregación de Jesús y de María, cuyo principal objetivo es la formación de los sacerdotes, y después cualquier actividad apostólica, en especial la de las misiones en el interior del país. Son seis, y los comienzos son modestos. Se trata en primer lugar de recibir, en un embrión de seminario, a los candidatos al sacerdocio para darles una formación espiritual y pastoral de algunos meses. Se constituyen fundaciones semejantes en Normandía y Bretaña. Poco a poco, esas casas se convierten en el lugar habitual de la formación sacerdotal, y el tiempo que hay que pasar en ellas se va alargando.

Pero su salida del Oratorio procura a Juan Eudes muchas contradicciones. Se le acusa de ser inconstante, ambicioso, independiente, así como de haber sido expulsado por sus superiores. Un año antes de su muerte, escribirá : « La infinita bondad de Nuestro Señor Jesús y la caridad incomparable de su divina Madre nos concedieron diversos favores especiales… Pero uno de los mayores, y quizás el mayor de todos, fue haber constituido nuestra congregación sobre la Cruz. Pues, ¿ quién podría contar lo que ha habido que sufrir al respecto, de todas las maneras, de todas partes, y durante más de treinta y seis años ? ¿ Acaso no fuimos abandonados, durante algún tiempo, por nuestros mejores amigos ? ¿ Acaso no fuimos ensombrecidos y desprestigiados por una infinidad de calumnias y de libelos difamatorios ?… ¿ Acaso el mundo y el infierno no se esforzaron todo lo posible para aniquilar esa pequeña congregación desde su nacimiento ? Pero, ¿ qué pueden todas las fuerzas del universo, incluso contra una lombriz, o contra un átomo que se encuentre en la mano del Todopoderoso y bajo la protección de la Reina del Cielo ?… Porque, cuanto más participan las obras de Dios en la Cruz de su Hijo, más parte tienen en las gracias y en las bendiciones que proceden de ella ».

Primero, la Virgen

Las misiones procuran sobre todo la conversión de numerosas mujeres escandalosas. Una modesta persona de Caen, Magdalena Lamy, empuja al padre Eudes a proporcionar a esas mujeres el apoyo y la dirección de que carecen. Éste las reúne, el 25 de noviembre de 1641, en una casa donde se instala primero una pequeña estatua de la Santísima Virgen para asegurar a las “arrepentidas” la protección maternal de la Madre de Dios. Gracias al favor de Richelieu, se asegura la existencia legal de la casa. Sin embargo, con el tiempo, aparecen disensiones en el interior del establecimiento, y el padre decide poner al frente a religiosas experimentadas. El 16 de agosto de 1644, tres religiosas de la Visitación toman la dirección de la casa, que lleva el nombre de “Nuestra Señora de la Caridad”. La Orden de Nuestra Señora de la Caridad, en favor de las “arrepentidas”, será erigida por el Papa Alejandro VII el 2 de enero de 1666. Tras siglo y medio de existencia, llegará a contar con ocho monasterios.

A Juan Eudes le gusta erigir cofradías, sea en honor del Sacratísimo Corazón de la Madre de Dios, sea con el nombre de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, en las cuales enrola a un buen número de personas de todo rango y condición. Algunos de los miembros de esas cofradías, al no poder abrazar la vida religiosa, querrían sin embargo vivir su espíritu guardando la virginidad o la viudez perpetuas. Juan establece para ellos una nueva sociedad donde hallarán medios de santificación apropiados a su situación : la “Sociedad del Sacratísimo Corazón de la Madre admirable”. Esa asociación está compuesta por dos corporaciones : una de hombres (tanto eclesiásticos como laicos) y otra de mujeres. Sus objetivos son glorificar los Corazones de Jesús y de María, así como trabajar por la salvación de las almas propagando el amor, el culto y la imitación de los Sagrados Corazones. Durante la Revolución Francesa, más de un sacerdote deberá la vida a los miembros de la Sociedad. A falta de sacerdotes, esos laicos reunirán a sus vecinos en un desván o en medio de los bosques, para rezar el Rosario o cantar cánticos ; enseñarán el catecismo a los niños, acompañarán a los moribundos e irán a visitar a los prisioneros.

El apostolado de Juan Eudes se nutre del culto litúrgico de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, devoción ya presente en san Bernardo en el siglo xii, santa Matilde y santa Gertrudis en el xiv, san Francisco de sales en el xvi, etc. A partir de la institución de su congregación de sacerdotes, Juan Eudes hace que sus hijos celebren fiestas solemnes en honor a los Sagrados Corazones, componiendo él mismo las obras litúrgicas. La primera de ellas es la festividad del Corazón de María (1643). « El Corazón de María es la auténtica arpa del verdadero David, es decir, de Nuestro Señor Jesucristo —escribe Juan Eudes—. Pues Él mismo la ha hecho con sus propias manos… Las cuerdas de esa santa arpa son todas las virtudes del Corazón de María » (El Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios, 1681).

En todas las estaciones

La plena confianza en el amor de Dios revelado a la humanidad a través del Corazón sacerdotal de Jesús y el Corazón maternal de María es, en efecto, el fundamento del camino de santidad recorrido por Juan Eudes. « Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo —afirma el Papa Francisco—, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo : Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Y el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida : en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad » (27 de junio de 2014). A partir de 1673, un año después de la primera celebración solemne y pública de la festividad del Sagrado Corazón por Juan Eudes, santa Margarita María será favorecida, en su claustro de Paray-le-Monial, con su primera revelación del Corazón de Jesús.

Los últimos años de la vida de Juan Eudes se ven marcados por un acrecentamiento de las contradicciones exteriores, hasta tal punto que la obra que con tantas dificultades ha llevado a cabo parece comprometida. No obstante, gracias a la influencia positiva de sus amigos, la tormenta pasa. Pero la salud de Juan, que siempre ha sido delicada, se deteriora. En 1678, debe someterse a dolorosas intervenciones quirúrgicas en el abdomen. Así pues, dimite de su cargo de superior y manda elegir a un sucesor, preparándose después para la muerte, antes que nada mediante un retiro personal. En sus últimos días, le oyen decir o murmurar con frecuencia : « ¡ Jesús mío y mi todo ! ¡ Mi Bienamado es mío ! ¡ Venid, oh amable Jesús ! ». En los momentos de plena lucidez, conversa sobre la eternidad con quienes rodean su cama, los consuela por su muerte cercana y los exhorta a la paz y a la caridad fraterna. Expira apaciblemente el 19 de agosto de 1680, hacia las tres de la tarde, a la edad de 79 años. Juan Eudes fue canonizado el 31 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI ; su fiesta litúrgica se celebra el 19 de agosto. En 2014, los eudistas alcanzaban el número de 380 en el mundo.

San Juan Eudes decía a los sacerdotes : « Entregaos a Jesús, para entrar en la inmensidad de su gran Corazón, que contiene el Corazón de su Santa Madre y de todos los santos, y para perderos en ese abismo de amor, de caridad, de misericordia, de humildad, de pureza, de paciencia, de sumisión y de santidad (El Corazón admirable, III, 2). Grabemos en nuestra alma la divisa que el santo nos dejó : « Honrar a Dios y cumplir su voluntad con gran corazón y con gran amor ».

Dom Antoine Marie osb

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