Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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3 de junio de 2015
fiesta de San Carlos Luanga y sus compañeros, mártires


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Una caricia de Dios a nuestro pueblo sufrido » : con esta expresión designa el Papa Francisco a José Gabriel Brochero, sacerdote argentino beatificado el 14 de septiembre de 2013 en la ciudad que, desde hace años, lleva su nombre. Con motivo del acontecimiento, el Santo Padre escribía : « Que finalmente el Cura Brochero esté entre los beatos es una alegría y una bendición muy grande para los argentinos y devotos de este pastor con olor a oveja, que se hizo pobre entre los pobres, que luchó siempre por estar bien cerca de Dios y de la gente ».

José Gabriel Brochero nace el 16 de marzo de 1840 en Villa Santa Rosa, provincia de Córdoba, en el oeste de Argentina. Las revoluciones no consiguen turbar a los sencillos y bondadosos habitantes de ese pueblo alejado de la capital provincial. Los padres de José Gabriel son honorables propietarios, enraizados en la fe. Tendrán diez hijos, siete de los cuales sobrevivirán. José Gabriel, que es el cuarto, dirá más tarde : « Una paz inalterable y una actividad incesante reinaban en el hogar, pobre en cuanto a fortuna pero rico en virtudes que hacían florecer la alegría en todas nuestras ocupaciones ». Los hermanos Brochero aprenden el amor de Dios y la rectitud, y pasan todos por la adolescencia sin perder la inocencia ni la pureza. Aunque es algo enclenque, José Gabriel tiene un carácter alegre y servicial. Desde muy joven, se siente atraído por el sacerdocio pero sin manifestarlo todavía. En cuanto percibe más claramente la llamada del Señor, el niño corre a anunciarlo a sus padres, quienes, como cristianos ejemplares, dan gracias al Cielo por ese don maravilloso que se concede a su hogar.

Un manantial fecundo

En 1856, José Gabriel ingresa en el seminario de Nuestra Señora de Loreto, en Córdoba. No le faltan pruebas y humillaciones durante los años de seminario menor y mayor, pues su condición más bien modesta desentona entre sus condiscípulos ; sin embargo, se aplica al estudio con rigor y perseverancia. Ya desde esa época, José Gabriel descubre los Ejercicios espirituales de san Ignacio, bebiendo constantemente de ese manantial tan fecundo que le ayudará a conocer a Nuestro Señor, a amarlo y a seguirlo. En una ocasión oye a Jesús que le dice : « Quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria » (Ejercicios espirituales, núm. 95). Cada año renueva su retiro en los jesuitas de Córdoba, y muy pronto empieza a colaborar con ellos haciéndose “catequista” y “lector” durante los Ejercicios, es decir, el brazo derecho del sacerdote encargado de dirigir el retiro. Para poder colaborar en esa obra, sacrifica muchas horas de descanso. En 1858, frecuenta la Universidad Nacional Mayor de San Carlos, donde conoce a diversas personalidades que llegarán a ser influyentes.

José Gabriel es ordenado sacerdote el 4 de noviembre de 1866. El fuego del amor divino que prende en su corazón lo iluminará y guiará por todos los caminos. Su misión sacerdotal por la salvación de las almas tendrá el sabor amargo del sacrificio, pero se le aparece tan elevada y tan digna que aspira a realizarla lo más pronto posible. Un día se le ofrece una ocasión providencial de ejercer la misericordia. En 1867, Córdoba padece una epidemia de cólera que se lleva en poco tiempo más de 4.000 personas. La población está presa de aflicción y de pánico. Con peligro de su vida, el joven sacerdote se entrega en cuerpo y alma, mostrando hasta el final de la epidemia una dedicación incansable y una valentía que no desfallece. Un testigo aporta el siguiente testimonio : « Brochero dejó el hogar donde acababa de instalarse para ponerse al servicio de la humanidad sufriente. Tanto en la ciudad como en el campo, se le veía correr de un enfermo a otro, ofreciendo el consuelo religioso a los moribundos, escuchando sus últimas confesiones y dando la absolución. Aquel período fue uno de los más ejemplares y heroicos de su vida ».

En diciembre de 1869, el padre Brochero es nombrado párroco de la parroquia de San Alberto, actualmente denominada “Valle de Traslasierra”, de una inmensa extensión, con más de 4.000 kilómetros cuadrados de valles y montañas, en gran parte desiertos e infestados de bandoleros. Allí sobreviven dispersos diez mil habitantes, en extrema indigencia, sin carreteras ni escuelas, separados de toda comunicación por cimas de más de 2.000 metros de altitud. Para dirigirse desde Córdoba a San Pedro, capital del departamento, el nuevo párroco necesita tres días de viaje a lomos de una mula, a través de la montaña. Poco tiempo después, se instalará definitivamente en Villa del Tránsito, donde permanecerá más de cuarenta años predicando el Evangelio mediante la palabra y el ejemplo, contribuyendo más que nadie al desarrollo de esa zona casi abandonada. El padre Brochero amará profundamente esa tierra y a los fieles que le son confiados.

« Me hace bien imaginar hoy —confiesa el Papa Francisco— a Brochero párroco en su mula, recorriendo los largos caminos áridos y desolados de su inmensa parroquia… Conoció todos los rincones de su parroquia. No se quedó en la sacristía a peinar ovejas. El cura Brochero era una visita del mismo Jesús a cada familia. Él llevaba la imagen de la Virgen, el libro de oraciones con la Palabra de Dios, lo necesario para celebrar la Misa diaria. Lo invitaban con mate, charlaban y Brochero les hablaba de un modo que todos lo entendían porque le salía del corazón, de la fe y el amor que él tenía a Jesús » (14 de septiembre de 2013).

Un “puchero criollo”

El párroco se identifica con sus feligreses, entregándose a todos para ganarlos a Cristo. Como no todos van a la iglesia, con audacia, enarbolando su crucifijo, su bravura y su amabilidad proverbial, parte en busca de las ovejas perdidas. Y éstas, a cambio, lo aman incondicionalmente. Él se lo merece, pues, mientras les habla de Dios y del Evangelio, les construye iglesias y escuelas, puentes y caminos, cunetas y canales. Para alcanzar sus objetivos, no teme presentarse ante el gobernador de la provincia, ante los ministros e incluso ante el mismo presidente de la República cuando la necesidad lo requiere. El padre Brochero acostumbra a leer cada lunes el texto del Evangelio del domingo siguiente para meditarlo todos los días de la semana y adaptarlo a su auditorio en sabrosas homilías. En el mismo púlpito de la catedral de Córdoba, sirve al elegido público que le escucha lo que él denomina un “puchero criollo”, antes que sermones refinados. Capaz como es de superar el respeto humano, no tiene miedo de estigmatizar los vicios. En una ocasión en que predica ante el gobernador en persona y una numerosa asistencia, fustiga la maledicencia y la calumnia, amenazando con la condenación eterna a las lenguas demasiado largas que laceran al prójimo.

El padre Brochero ve en los Ejercicios espirituales de san Ignacio un medio especialmente adaptado para forjar la reforma de las costumbres y el progreso en el bien. « José Gabriel Brochero centró su acción pastoral en la oración —resalta el Papa Francisco—. Apenas llegó a su parroquia, comenzó a llevar a hombres y mujeres a Córdoba para hacer los Ejercicios espirituales con los padres jesuitas. ¡ Con cuánto sacrificio cruzaban primero el macizo de las Sierras Grandes, nevadas en invierno, para rezar en Córdoba capital ! ». El párroco recluta incansablemente personas interesadas en los retiros, por centenares. Gracias a él, fieles de todas las condiciones participan en los retiros ; con ese admirable instrumento, el padre Brochero infunde en las almas y en toda la sociedad el espíritu cristiano, que resplandece en los ámbitos más diversos. « Los Ejercicios de san Ignacio —dirá el Papa Pío XII en 1948— serán siempre uno de los medios más eficaces para la regeneración espiritual del mundo ».

En el tesoro espiritual que son los Ejercicios hay dos perlas, entre otras muchas, que merecen una atención especial. En primer lugar el “Principio y fundamento” (núm. 23), consideración que inaugura el retiro : « El hombre es creado para alabar, honrar y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma ; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden a conseguir el fin para el que fue creado ». De ello se deduce que debe usarlas cuando le ayuden a llegar a Dios, y que debe desprenderse de ellas cuando le distraigan de Él. Tras meditar estas líneas, la persona que está en retiro sabe por qué vive a este mundo, manteniendo luego íntimamente con Jesús en la cruz un diálogo (núm. 53) : « Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, le preguntaré en un coloquio (conversación íntima) cómo, siendo el Creador de todas las cosas, acabó haciéndose hombre ; cómo, poseyendo la vida eterna, se dignó aceptar una muerte temporal y asumirla realmente por mis pecados. Después, mirando a mí mismo, me preguntaré lo que he hecho por Jesucristo, lo que hago por Jesucristo y lo que debo hacer por Jesucristo ; y viéndole así colgado en la cruz, discurriré según las reflexiones que se me presenten ».

« Los pulmones de la vida espiritual »

Los retiros que propone el padre Brochero duran al menos ocho días y los da a menudo él mismo. En su mente toma forma un proyecto : abrir en su parroquia una casa grande para los Ejercicios espirituales. A pesar de los pronósticos pesimistas, su propósito se cumple en 1887, tras dos años de obras. En 1979, san Juan Pablo II definirá los lugares donde se dan los Ejercicios como « los pulmones de la vida espiritual para las almas y las comunidades cristianas ». La casa se inaugura con la asistencia de 500 personas. Los retiros siguientes serán aún más numerosos. En 1878, tienen lugar solamente cinco retiros : dos para mujeres y tres para hombres, pero el número total de participantes es de 3.163. A pesar de esa impresionante cifra, el silencio reina en toda la casa. En la Iglesia, los predicadores desarrollan las grandes verdades del Evangelio : los designios de Dios para el hombre, la eternidad, la muerte, el infierno, el Cielo, la vida, la Pasión y la Resurrección de Cristo. Gracias al silencio exterior que favorece el silencio interior, y gracias a la oración, esas verdades penetran hasta lo más hondo de los corazones, que es donde Dios habla.

« La práctica de los Ejercicios es una escuela insustituible, aún hoy, para introducir a las almas en una intimidad mayor con Dios » —afirmaba el beato Pablo VI el 9 de febrero de 1972. Y, el 17 de noviembre de 1989, san Juan Pablo II subrayaba que « son más necesarios por cuanto la evolución del modo de vida parece despojar cada vez más al hombre moderno del tiempo y de la posibilidad de reflexionar sobre sí mismo ». Los Ejercicios iluminan nuestro camino espiritual mediante preciosas reglas de discernimiento espiritual :

Primera regla : en las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, a fin de retenerlos y sumergirlos aún más en sus vicios y pecados ; en esas personas, el buen espíritu usa de modo contrario, punzándoles y remordiéndoles las conciencias y haciéndoles sentir los reproches de la razón. Segunda regla : en las personas que van intensamente purgando sus pecados y subiendo en el servicio de Dios nuestro Señor, el bueno y el mal espíritu obran en sentido inverso de la regla anterior ; porque entonces es propio del mal espíritu causarles tristeza y remordimientos de conciencia, elevar ante ellas impedimentos y atormentarlas con falsas razones, a fin de detener su progreso en el camino de la virtud ; al contrario, es propio del buen espíritu darles ánimos y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos, para que puedan proceder cada vez más en el bien » (núm. 314 y núm. 315).

El terror del país

Además de los sencillos lugareños de montaña, el padre Brochero invita también al retiro a los “descreídos”, perseguidos por la misericordia divina tanto como por la justicia humana : « La gracia de Dios es como la lluvia, que cae sobre todos » —acostumbra a decir. Algunos de ellos se sienten incómodos, así como las personas que les ven entrar en el remanso de paz que es la casa de retiro. Un día, el fervoroso párroco pide al predicador que imparta por segunda vez la meditación sobre el infierno para cuatro “clientes” que necesitan especialmente de ello : « ¡ Macháquelos, pues tiene delante a cuatro hombres tan duros de pelar que ni el diablo se encarga de ellos ! ». Él mismo intenta reconducir por el camino recto al terror de la región, al bandolero Guayama, que ataca las caravanas con sus bandidos. El padre Brochero consigue encontrarse con él. Pretende hacerle prometer que renuncie a sus malos propósitos y que lleve en adelante una vida honrada alistándose en el ejército. Le asegura que obtendrá del gobernador provincial un indulto que le alivie de toda persecución ; por añadidura, se compromete a ayudarle a pagar sus deudas, con la única condición de que realice un retiro. El bandido firma la petición de indulto exigida por el gobernador. Desgraciadamente, poco después, Guayama sufre una emboscada y es encarcelado. Recurre entonces al padre Brochero, quien remueve cielo y tierra para conseguir el perdón, aunque en vano. Guayama es fusilado. El buen pastor llora a quien consideraba su amigo. Reza y pide oraciones para la salvación de su alma.

« Este coraje apostólico de Brochero lleno de celo misionero —declara el Papa Francisco—, esta valentía de su corazón compasivo como el de Jesús que le hacía decir “¡ Guay de que el diablo me robe un alma !”, le movió a conquistar también para Dios a personas de mala vida y paisanos difíciles. Se cuentan por miles los hombres y mujeres que, con el trabajo sacerdotal de Brochero, dejaron el vicio y las peleas. Todos recibían los sacramentos durante los Ejercicios espirituales y, con ellos, la fuerza y la luz de la fe para ser buenos hijos de Dios, buenos hermanos, buenos padres y madres de familia, en una gran comunidad de amigos comprometidos con el bien de todos, que se respetaban y ayudaban unos a otros ».

Pequeños teólogos

Aún está sin terminar la “casa de los Ejercicios” y el atrevido misionero ya está pensando en fundar las “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”, congregación religiosa femenina dedicada a la educación de las jóvenes. Así que de nuevo debe afrontar gastos para construirles una casa espaciosa. Cuenta con la generosidad de sus amigos, siempre a su lado para secundar sus obras, ya que su bienhechora caridad sabe atraerse los corazones. Sin embargo, no faltan las tribulaciones. Su iglesia es destruida por las tormentas y los terremotos, pero, lejos de desanimarse, el incansable sacerdote cruza la montaña para mendigar dinero de las almas generosas y del gobierno, hasta el punto de que los periódicos se hacen eco de su incesante actividad. Un congreso se prepara en Buenos Aires para desarrollar la enseñanza de la doctrina católica en todo el país, al que se invita a los párrocos para que aporten su opinión. Brochero relata lo que sucede en su parroquia : todos saben el catecismo y, además, « no hay chico ni chica que, a partir de los 12 años, no sea un pequeño teólogo, sabiendo de memoria numerosas páginas de san Alfonso de Ligorio. Incluso los niños de pecho lo saben, porque sus padres se lo explican todos los días ». Por humildad, y sintiendo que sus fuerzas disminuyen, el padre Brochero solicita varias veces ser relevado de sus funciones de párroco de San Alberto, pero el obispo considera más útil que permanezca al servicio de las almas : la casa de los Ejercicios y las religiosas todavía necesitan de él. No obstante, en 1898, el obispo le concede el relevo de su función curial y lo nombra canónigo de la catedral. Todos se alegran de esa distinción salvo el interesado, para quien ese cambio, aunque solicitado, no deja de suponer un gran sacrificio. Se instala en casa de un viejo amigo, pero piensa seguir siendo pobre : todo lo que gana como canónigo lo redistribuye a los pobres, de tal suerte que nunca tiene dinero suficiente para cubrir sus propias necesidades. Cuando se lo reprochan, acostumbra a responder : « Dios proveerá, pues los pobres sufren mayor necesidad que yo ».

El padre Brochero —aclara el Papa Francisco— es « un pionero en salir a las periferias… para llevar a todos el amor, la misericordia de Dios… se desgastó sobre la mula a fuerza de salir a buscar a la gente, como un sacerdote callejero de la fe. Esto es lo que Jesús quiere hoy, discípulos misioneros, ¡ callejeros de la fe ! Brochero era un hombre normal, frágil, como cualquiera de nosotros, pero conoció el amor de Jesús, se dejó trabajar el corazón por la misericordia de Jesús ».

Un mal terrible

La inactividad resulta penosa para el nuevo canónigo, que sigue de lejos los progresos de su antigua parroquia. Los párrocos se suceden sin conseguir que los fieles los acojan, pues solamente aspiran a poder reencontrarse con su antiguo pastor. El 1 de diciembre de 1902, el obispo le concede autorización para retomar su antigua carga pastoral. En el momento de despedirse de sus colegas, quitándose la muceta de canónico como si le molestara, afirma : « Esta albarda no está hecha para mi lomo, ni esta mula para esta cuadra ».

Reinstalarse en su parroquia le aporta nueva savia que lo hace reverdecer, continuando siempre tan ardiente a la hora de sembrar la palabra de Dios. Pero, muy pronto, le aqueja un mal terrible : la lepra. Ha contraído esa enfermedad en sus visitas a un leproso al que quería ganar para Jesucristo, compartiendo con él las comidas y bebiendo en el mismo vaso. A pesar del afecto que recibe de sus fieles, son muchos los que se alejan de él, no atreviéndose a tomar la comunión de su mano por miedo al contagio. En 1908, el obispo le dispensa y nombra a un nuevo párroco para Villa del Tránsito. El pobre enfermo pide hospitalidad a su hermana, añadiendo con insistencia : « Que las religiosas esclavas me presten todo lo necesario para decir Misa, y, además, ayúdame a cubrir las necesidades de los pobres que vengan a llamar a mi puerta ». En 1910, redacta su testamento : « Que mis albaceas busquen a un carpintero del lugar para que me haga una caja sencilla, que gane algo con ese trabajo, y cuando hayan colocado mi cadáver, que lo entierren en cualquier sitio de la avenida principal del cementerio actual ».

Sin embargo, el Señor continúa purificando mediante la tribulación a su fiel servidor ; como consecuencia de la lepra, pierde la vista, pero no por ello deja de celebrar la Misa ni de predicar. Tres días antes de morir, celebra una Misa de difuntos. Ante estas palabras del Evangelio : Et ego resuscitabo eum in novissimo die (Y yo le resucitaré en el último día — Jn 6, 55), se desmaya y luego debe permanecer en cama para prepararse para el último paso : « Aunque el demonio busque algo en mí —afirma—, se equivoca : todo está pagado por la Sangre de Jesucristo ». Fiel a su lenguaje popular, se compara con una bestia de carga : « Ahora, todos mis arreos están listos para partir ». Son sus últimas palabras. Entrega apaciblemente su alma a Dios a la edad de 73 años, el 26 de enero de 1914. El 14 de septiembre de 2013, el cardenal Angelo Amato presidió la ceremonia de beatificación del padre Brochero, en presencia de unos 200.000 fieles, de casi todo el episcopado argentino, de 1.200 sacerdotes, del presidente de la Cámara de diputados y de numerosas autoridades políticas.

El padre Brochero —explica el Papa Francisco— « supo salir del egoísmo mezquino que todos tenemos, venciéndose a sí mismo, superando con la ayuda de Dios esas fuerzas interiores de las que el demonio se vale para encadenarnos a la comodidad, a buscar pasarla bien en el momento, a sacarle el cuerpo al trabajo. Brochero escuchó el llamado de Dios y eligió el sacrificio de trabajar por su Reino, por el bien común…, y fue fiel hasta el final ». Que estas palabras orienten nuestra vida para que sea, con la ayuda de la Virgen María, una fuente de consuelo y esperanza para todos los que sufren.

Dom Antoine Marie osb

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