Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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25 de marzo de 2015
festividad de la Anunciación


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Del 13 de mayo al 13 de octubre de 1917, la bienaventurada Virgen María se apareció siete veces a tres jóvenes pastores portugueses en Fátima. En su última aparición, la Virgen llevaba en la mano dos piezas cuadradas de lana marrón unidas por cordones: era un escapulario del Carmen. En agosto de 1950, sor Lucía, una de las videntes, que se había hecho carmelita, explicó: «Nuestra Señora desea que llevemos el santo escapulario». ¿Cuál es el origen de ese “hábito” presentado por María?

Los profetas cantaron la belleza del Carmelo, esa montaña de Galilea que avanza en promontorio sobre el Mediterráneo. El profeta Elías la ilustra por sus virtudes y prodigios en el siglo ix antes de la Encarnación del Hijo de Dios. Hacia el siglo iv de nuestra era había allí monasterios bizantinos, sobre cuyas ruinas se agruparon, a finales del siglo xii, ermitaños de Europa que habían acudido a Palestina durante el gran movimiento de las cruzadas. Aquellos monjes construyeron en el Carmelo una pequeña y hermosa iglesia dedicada a Nuestra Señora, donde la Madre de Dios recibirá el nombre de “Princesa y Madre del Carmelo”. Es el origen de los religiosos de Nuestra Señora del Carmelo, o carmelitas, apelación que recibieron a partir de entonces. Sin embargo, en el siglo xiii, expulsados de Tierra Santa por la persecución musulmana, aquellos carmelitas se vieron obligados a regresar a Europa.

Sorprendente privilegio

San Simón Stock, nacido en Inglaterra hacia finales del siglo xii, fue probablemente testigo de los comienzos de la orden de los carmelitas en el monte Carmelo. Al regresar a Inglaterra, a mediados del siglo xiii, es elegido prior general de la orden. En aquella época, un gran número de sus religiosos se pasan a otras órdenes mendicantes, a los franciscanos o a los dominicos, hasta el punto de amenazar la propia existencia de la orden carmelita. En esos extremos, Simón Stock dirige su mirada a María. La Virgen responde a su petición y se le aparece, probablemente el 16 de julio de 1251. He aquí lo que relata un antiguo documento: «Simón, hombre de gran templanza y devoción hacia María Santísima, rezaba a menudo con humildad e insistencia a la Virgen, gloriosa Madre de Dios y Patrona de la orden carmelita, a fin de que concediera un privilegio a esa orden que se distinguía por su nombre. Así pues, un día, Nuestra Señora se le apareció rodeada de multitud de ángeles, llevando en la mano un escapulario. (El escapulario es la parte exterior del hábito monástico, una especie de gran delantal que se lleva sobre los hombros: “scapulæ” en latín). La Virgen dijo a Simón: “He aquí un símbolo para ti y un privilegio para todos los carmelitas; quien muera llevando este hábito estará a salvo del fuego eterno”». La visión es reconocida enseguida por el Papa Inocencio IV, y la noticia del maravilloso presente de la Virgen a la orden del Carmelo se extiende rápidamente. Acuden de todas partes personas de toda condición, ávidas de participar de los grandes favores prometidos, pues el don del escapulario se había concedido a toda la Iglesia (la Virgen había dicho «cualquiera que muera con el símbolo de la orden…»). Al adherirse a la cofradía del escapulario, también los laicos podían beneficiarse del mensaje de salvación otorgado a los carmelitas. Para poderlo llevar con discreción, la medida del escapulario se ha reducido.

Ese favor del escapulario concedido por María obliga a todos los hombres a plantearse la cuestión de su salvación eterna. Recuerda que nuestra vida en la tierra tiene un final y que, al morir, seremos juzgados por Dios según nuestros actos. «¿Qué es el juicio particular?», pregunta el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Y responde: «Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna del infierno» (núm. 208). Esas verdades acerca del fin último del hombre adquieren una importancia capital, pues nuestro comportamiento en esta vida prepara nuestra eternidad. La negación por parte de muchos de esas verdades reveladas no las convierte en caducas y no cambia la realidad.

De manera reiterada, en efecto, Nuestro Señor alude en su predicación al reto que supone la vida eterna, y subraya hasta qué punto resulta insensato arriesgar la eternidad por bienes que duran poco: Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26). Es preferible pasar por la puerta estrecha y la senda angosta que llevan a la vida eterna que por la puerta ancha y el camino espacioso que llevan a la perdición del infierno (cf. Mt 7, 13-14). Jesús habla con frecuencia de la gehenna del fuego que no se apaga (cf. Mt 5, 22, 29-30), reservada a quienes, hasta el final de su vida, rechazan creer y convertirse, y donde pueden perderse a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Anuncia en términos solemnes que seremos separados de Él si omitimos ocuparnos de las necesidades perentorias de los pobres y de los más pequeños, que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Por otra parte, nos previene de que nos resulta imposible saber en qué momento Él vendrá a pedirnos cuentas de nuestros actos, pues la muerte se presenta de improviso, como un ladrón (cf. Mt 24, 42-44). El colmo del error es infravalorar la importancia de la salvación eterna –decía san Euquerio, obispo de Lyon, citado por san Alfonso.

El primer grado

Desde el Prólogo de su Regla, san Benito dirige las miradas de sus monjes hacia estas grandes verdades: «Porque, efectivamente, en todo momento hemos de estar a punto para servirle en la obediencia (a Dios) con los dones que ha depositado en nosotros, de manera que no sólo no llegue a desheredarnos algún día como padre airado, a pesar de ser sus hijos, sino que ni como señor temible, encolerizado por nuestras maldades, nos entregue al castigo eterno por ser unos siervos miserables empeñados en no seguirle a su gloria». Y, en su capítulo sobre la humildad, el santo se expresa del siguiente modo: «El primer grado de humildad es que el monje mantenga siempre ante sus ojos el temor de Dios y evite por todos los medios echarlo en olvido; que recuerde siempre todo lo que Dios ha mandado y medite constantemente en su espíritu cómo el infierno abrasa por sus pecados a los que menosprecian a Dios y que la vida eterna está ya preparada para los que le temen».

Precisamente por eso, el Concilio Vaticano II dirige a todos esta exhortación: «Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena, merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos, y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos, ir al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes» (Lumen gentium, 48). El camino que conduce a la vida eterna es ante todo el de la fe: Id por todo el mundo –pide Jesús a sus apóstoles– y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará (Mc 16, 15-16). Pero la verdadera fe se traduce en buenas obras y, en primer lugar, por la observancia de los mandamientos de Dios: En esto se acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir vida eterna?». Jesús le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» –replicó él. Y Jesús le dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19). A la inversa, las malas obras conducen al infierno, como nos los recuerda San Pablo: ¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

El 6 de agosto de 1950, el Papa Pío XII afirmaba: «¡Cuántas almas, en circunstancias humanamente desesperadas, alcanzaron su suprema conversión y salvación eterna gracias al escapulario que llevaban! ¡Y cuántas también, en medio de los peligros del cuerpo y del alma, sintieron, gracias a él, la protección materna de María!». Antiguos relatos cuentan que el primer milagro del escapulario fue la conversión, en su lecho de muerte, de un noble inglés que escandalizaba la región. San Simón Stock lo había conseguido lanzando su escapulario sobre el moribundo, por lo que interpretó ese prodigio como una invitación a revelar el secreto a sus hermanos y a mostrarles el precioso ropaje recibido de manos de María. Son innumerables los santos y personajes célebres que llevaron el escapulario, por ejemplo los santos Roberto Belarmino, Carlos Borromeo, Alfonso de Ligorio, Juan Bosco, Bernarda Soubirous, así como la mayor parte de los Papas de los últimos tres siglos, en especial san Juan Pablo II.

La moral natural

A principios del siglo xx, un joven africano permaneció fiel al escapulario hasta su sangrienta muerte. Isidoro Bakanja había nacido en Bokendela, en la actual República Democrática del Congo, hacia 1885. Su padre, Iyonzwa, procede de una familia de agricultores; la familia de su madre, Inyuka, vive de la pesca. Bakanja tiene un hermano mayor y una hermana menor. La familia es pagana, pero los valores de la moral natural, vehiculados por las mejores tradiciones africanas, ocupan un lugar de privilegio. Iyonzwa no practica la poligamia. Bakanja se muestra ejemplar en la obediencia a sus padres. Mucho después, el verdugo intentará justificar sus violencias hacia el joven acusándolo de haber robado botellas de vino, pero todos los testigos refutarán esa calumnia, ya que nadie sorprendió nunca a Isidoro Bakanja cometiendo el más mínimo robo.

En la época en que nace Bakanja, la conferencia de Berlín había reconocido la soberanía del rey de los belgas, Leopoldo II, sobre el territorio que más tarde se convertiría en el Estado independiente del Congo. A partir de ese momento, la región ha visto afluir misioneros, pero también aventureros en busca de riqueza a bajo coste. Desde entonces, diversos explotadores acumulan, a cuenta del rey, las riquezas de la cuenca congoleña, especialmente el caucho y el marfil, dirigiéndolas hacia la costa del Océano Atlántico. Las poblaciones locales suministran, para ese trabajo, una mano de obra barata. Como otros muchos jóvenes de su poblado, Bakanja sueña con ir a trabajar a Mbandaka, ciudad situada al sur, no muy lejos de allí. Poco después de cumplir la mayoría de edad, desciende el río y es contratado como albañil en Mbandaka. Allí tiene relación con unos monjes de la Trapa (cistercienses) en la misión de Bolokwa-Nsimba, descubriendo con admiración la fe cristiana. Impresionado por la acogida, la bondad y la dedicación de los misioneros para con los pobres y los enfermos, pide ser bautizado. Instruido por los padres trapenses, recibe el Bautismo en la parroquia de San Eugenio, en Bolokwa-Nsimba, el 6 de mayo de 1906, con el nombre de Isidoro. Ese mismo día es investido con el escapulario del Carmen. El 25 de noviembre siguiente, recibe la Confirmación y, el 8 de agosto de 1907, según las costumbres de la época, toma la primera Comunión. Isidoro profesa una gran devoción por el Rosario y el escapulario, que siempre lleva consigo, pues es el modo que tiene de manifestar su fe. Se constituye en apóstol de sus amigos y compañeros de trabajo, atrayéndolos a la fe cristiana mediante la palabra y el ejemplo.

Abandono de los amuletos

Una vez vencido el contrato de trabajo, Isidoro regresa a su poblado. Su padre le pregunta qué ha hecho de los amuletos que le había confiado antes de irse. Él contesta claramente que los ha abandonado porque, en adelante, goza de una protección mucho más eficaz: la de Cristo, el Hijo de Dios, y la de su Madre, la Virgen María. A pesar de las advertencias de sus amigos que temen a los europeos, Isidoro acepta un puesto de sirviente en Busira, en la casa de un vigilante de la plantación, llamado Reynders, de la S.A.B. (Sociedad Anónima Belga) que explota el caucho y el marfil. En ese puesto, es reconocido como obrero ejemplar, trabajador y concienzudo; impresionados por su cordura, muchos lo eligen como catequista. Al ser trasladado a Ikili, Reynders se lleva consigo a Isidoro, cuyas cualidades humanas aprecia. El gerente local de la S.A.B, Van Cauter, es conocido por su dureza y su feroz oposición al cristianismo y a los misioneros cristianos. Reynders aconseja a Isidoro que disimule su fe cristiana para evitar problemas. Sin embargo, Isidoro es el único cristiano en Ikili y no puede guardarse para él solo el gozo que le invade de conocer a Cristo. Van Cauter se percata de ello y le prohíbe que enseñe a rezar a sus compañeros de trabajo.

El 1 de febrero de 1909, Van Cauter ordena toscamente a Isidoro, que sirve la mesa, que se quite el escapulario. El joven responde: «Amo, exiges que me quite el hábito de la Virgen, pero no lo haré. Como cristiano que soy, tengo derecho a llevar el escapulario». Lleno de furia, el director de la plantación ordena que le propinen veinticinco azotes de chicote, látigo de cuero. Isidoro acepta con angelical paciencia ese injusto castigo, uniéndose en espíritu a Jesús en la Pasión. Más tarde, una investigación demostrará que el caso de Isidoro no era ni mucho menos aislado, pues los directivos de la S.A.B. habían organizado una verdadera persecución contra las misiones católicas. La consigna era impedir, por todos los medios, que los empleados africanos llevasen consigo un escapulario o un rosario.

Poco después, Van Cauter ordena a Isidoro que deje de difundir «las bazofias aprendidas con los padres», y añade: «¡Ya no quiero cristianos aquí! ¿Entendido?». Luego, arrancando el escapulario del cuello del joven, se lo lanza a su perro. Después, él mismo va en busca de un chicote de piel de elefante que lleva incorporados dos clavos y manda azotar a Isidoro hasta hacerlo sangrar. En un primer momento, los empleados encargados de ese cometido no quieren obedecer, pero, ante la amenaza de recibir el mismo suplicio, acaban sometiéndose mientras Van Cauter golpea a Isidoro a patadas. A pesar de todo, el joven cristiano continúa manifestando libre y abiertamente su fe, retirándose para rezar el Rosario y para meditar, ya sea solo o en compañía de algunos obreros deseosos de aprender el catecismo. Un día, durante una pausa, Van Cauter lo ve en actitud de rezar. Furioso, ordena fustigarlo en el acto. Isidoro recibe numerosos golpes de un látigo de piel de hipopótamo provisto de clavos, que le arrancan la piel y le cortan la carne. (Con motivo del proceso de beatificación, en 1913, los testigos hablarán de, al menos, doscientos golpes). A continuación, es arrastrado inconsciente hasta la prisión, donde permanece durante cuatro días, sin recibir curas ni alimentos, con los pies apretados en dos anillas metálicas cerradas con un candado y unidas a un enorme peso.

¿Qué has hecho?

En aquel momento, se anuncia en Ikili la noticia de la llegada de un inspector de la S.A.B. Aterrorizado, Van Cauter manda que trasladen a Isidoro a Isako para ocultarlo. Pero Isidoro escapa del verdugo, siendo descubierto muy pronto por un africano que lo conduce a su propio poblado. Allí lo encuentra un geólogo alemán empleado de la S.A.B, el doctor Dörpinghaus, quien intenta curarlo. El cuerpo de Isidoro no es más que una llaga; sus huesos, que están a vista, le provocan un enorme sufrimiento. «Vi a un hombre –testificará Dörpinghaus– con la espalda labrada de profundas llagas… ayudándose de dos bastones para acercarse a mí, reptando más que caminando. Interrogué al desdichado: “¿Qué has hecho para merecer semejante castigo?”. Me respondió que, como catequista de la misión católica de los trapenses de Bamanya, había querido convertir a los trabajadores de la factoría, y que por ello el blanco le había mandado azotar con una pesada fusta provista de clavos puntiagudos».

Sin embargo, la infección resultaba irreversible, declarándose una septicemia, por lo que llevan a Isidoro a casa de un primo, a Busira, para ser curado. Los días 24 y 25 de julio, dos padres trapenses acuden a administrarle los últimos sacramentos: Confesión, Unción de los enfermos y Comunión. Isidoro perdona a sus verdugos y reza por ellos. «Padre –dice a uno de los misioneros–, no estoy enfadado. El blanco me ha golpeado, pero es asunto suyo. Él sabrá lo que hace. En el Cielo rezaré por él, claro». El 15 de agosto, los cristianos del lugar se reúnen ante la casa donde yace el moribundo; éste resplandece de gozo de poder unirse a la comunidad para alabar a María en el misterio de su Asunción al Cielo. Ante el asombro de todos, se levanta y da algunos pasos, en silencio, con el rosario en la mano; luego, se vuelve a acostar, entra en agonía y se apaga, llevando en el cuello el escapulario.

El 7 de junio de 1919, sus restos se trasladan a la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción de Bokote. El 24 de abril de 1994, durante la asamblea especial del sínodo de los obispos para África, el Papa Juan Pablo II beatifica a Isidoro Bakanja, que será proclamado patrono de los laicos de la República Democrática del Congo en 1999.

Un segundo privilegio

Entre los numerosos favores espirituales concedidos a quienes llevan el escapulario, “el privilegio sabatino” ocupa un lugar preeminente. Su origen es la “Bula Sabatina” que el Papa Juan XXII habría concedido en 1317, tras haber sido favorecido con una visión de la Bienaventurada Reina del Carmelo. La Virgen prometía al Santo Padre que libraría del purgatorio, el sábado posterior a su muerte, a aquellos que llevasen su escapulario. Se fijaban dos condiciones para beneficiarse de esa nueva promesa: la observancia por parte de los cofrades del escapulario de la castidad propia de su estado (completa en el celibato y conyugal en el matrimonio) y el rezo del breviario (o del Pequeño Oficio de la Virgen). Al imponer el escapulario, los sacerdotes tienen poder para conmutar la obligación algo difícil de rezar el breviario, prescribiendo por ejemplo, en su lugar, el rezo diario del Rosario. La autoridad eclesiástica ha confirmado en repetidas ocasiones, de la manera más formal, el contenido de esa bula, a saber: el “privilegio sabatino”. Son pocas las indulgencias que hayan recibido aprobaciones pontificias tan numerosas y solemnes.

En la víspera de su muerte, acontecida un viernes por la noche, san Juan de la Cruz recordaba con complacencia «de qué modo la Madre de Dios del Carmelo acudía el día del sábado al purgatorio con su socorro y su gracia, y cómo sacaba de allí a las almas de los religiosos o de las personas que hubieran llevado su escapulario». No obstante, el escapulario no es un “seguro de salvación” que dispensaría de santificar y de obedecer los mandamientos de Dios, como si el pecador, después de haber recibido el escapulario, pudiera entregarse con total seguridad a todos los pecados diciéndose: «Como llevo el escapulario, estoy seguro de no ser condenado». Quien abusara de ese modo de la devoción a la Virgen sería indigno de sus favores, y contaría equivocadamente con su escapulario para pecar con mayor libertad, pues de Dios nadie se burla (Ga 6, 7). En su deseo de ver cómo sus hijos consiguen alcanzar la felicidad del Cielo, la Virgen les ha otorgado el regalo del escapulario como si de un hábito de salvación se tratara, una coraza y un escudo espirituales, un vestido de inocencia con el cual los cubre para ayudarles a vivir sin pecado y a seguir a Jesús bajo la conducta del Espíritu Santo.

El escapulario pone de manifiesto la consagración y la pertenencia voluntaria a María: «Por mediación del escapulario –afirmaba san Juan Pablo II– los devotos de la Virgen del Carmen expresan su voluntad de modelar su existencia según el ejemplo de María, la Madre, la Patrona, la Hermana, la Virgen Purísima, acogiendo con corazón puro la Palabra de Dios y consagrándose con celo al servicio de los hermanos» (Osservatore Romano del 26 de julio de 1988). En contrapartida, Nuestra Señora se ha comprometido a proteger a quien lleve ese hábito, en cualquier ocasión, pero especialmente en la hora de la muerte. Así pues, pongamos nuestra total confianza en María, quien nos mantendrá en el amor de Dios y del prójimo.

Dom Antoine Marie osb

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