Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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4 de noviembre de 2014
fiesta de San Carlos Borromeo


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Con motivo de su viaje apostólico de 2006 a Polonia, el Papa Benedicto XVI se dirigía a la multitud del siguiente modo: «Os pido que cultivéis esa rica herencia de fe que os transmitieron las precedentes generaciones, la herencia del pensamiento y del servicio de ese gran polaco que fue el Papa Juan Pablo II. Permaneced fuertes en la fe, transmitidla a vuestros hijos, dad testimonio de la gracia que tan abundantemente habéis experimentado en vuestra historia a través del Espíritu Santo». La fecundidad espiritual de la tierra polaca se ha visto ilustrada especialmente por la familia Ledochowski, dos de cuyas hijas han sido elevadas a los altares, así como un hijo, Vladimir, que ejerció el cargo de prepósito general de los jesuitas entre 1915 y 1942. María Teresa Ledochowska, beatificada por el Papa Pablo VI el 19 de octubre de 1975, es la fundadora de las Hermanas Misioneras de San Pedro Claver, que apoyan a las misiones mediante diversas publicaciones. Julia, su hermana, fue beatificada en 1986 y canonizada en 2003 por san Juan Pablo II. Fue la fundadora de las Ursulinas grises, dedicadas especialmente a la educación de los más pobres.

El conde Antonio Halka Ledochowski es descendiente de una familia de la antigua nobleza polaca que siempre destacó por su dedicación a su soberano y fidelidad a Dios. Tiene tres hijos de un primer matrimonio; al quedarse viudo, se casa en 1862 con una suiza, Josefina de Salis-Zizer. Mamá Sefina, como la llaman, se comporta como una verdadera madre con los hijos del conde, a los cuales se añade pronto María Teresa, el 29 de abril de 1863, y después otros ocho hijos, entre ellos Julia en 1865 y Vladimir en 1866. La familia se ha establecido en una rica propiedad en Loosdorf, cerca de Melk, en la Baja Austria. Las aptitudes artísticas musicales, pictóricas y literarias de los hijos se desarrollan bajo la atenta mirada de los padres. Mamá Sefina dirige sus pequeños asuntos con dulzura y firmeza. Nunca transige con la fidelidad al deber y el dominio de sí mismo, que obtiene incluso a precio de sacrificio. La fe cristiana se transmite a los hijos por la frecuentación de los sacramentos, la oración, la lectura del Evangelio y la vida de los santos. La vida transcurre felizmente, animada por numerosas salidas y puntuada por estancias en las suntuosas moradas de las ricas familias amigas.

Merecer mucho más

María Teresa, a quien le gusta brillar, envidia las aptitudes de los demás hermanos y se aplica para superarlos. Renuncia fácilmente a los juegos de los más jóvenes para sumergirse en la lectura, pero su madre le pide con frecuencia que sacrifique sus gustos para encargarse de ellos. Sus defectos son el reverso de una naturaleza generosa. A la edad de nueve años, revela su carácter en un poema en que relata un sueño donde su ángel de la guarda la conduce al Paraíso; quienes más han sufrido y tenido paciencia obtienen una corona más hermosa. Concluye así: «Se lo agradecí a Dios y me regocijé del plazo que me concedía para merecer mucho más». Para la pequeña Julia, ese sueño es pura imaginación; sin embargo, “sufrir y trabajar” será el lema de su gran corazón.

En 1873, como consecuencia de un revés de fortuna, se vende el castillo de Loosdorf, instalándose la familia en un piso en Sankt Pölten. Las jóvenes van a clase con las madres irlandesas, completadas con clases particulares. Música, teatro, visitas, deporte, excursiones y juegos forman parte de su vida. Julia toca la cítara, pero también le gusta la danza y el deporte. Entre los Ledochowski, los placeres de la vida suscitan la acción de gracias a Dios sin menoscabo de un profundo espíritu sobrenatural.

«El trabajo y la fiesta están íntimamente ligados a la vida de las familias –escribía el Papa Benedicto XVI el 23 de agosto de 2010–; condicionan las decisiones, influyen en las relaciones entre los cónyuges y entre los padres y los hijos, e inciden en la relación de la familia con la sociedad y con la Iglesia. La Sagrada Escritura (cf. Gn 1-2) nos dice que familia, trabajo y día festivo son dones y bendiciones de Dios para ayudarnos a vivir una existencia plenamente humana. La experiencia cotidiana confirma que el desarrollo auténtico de la persona incluye tanto la dimensión individual, familiar y comunitaria, como las actividades y las relaciones funcionales, así como la apertura a la esperanza y al Bien sin límites».

María Teresa aspira al Bien eterno. A la edad de once años, escribe en su diario: «Los perseguidores de la Iglesia perecerán mientras que ella resucitará gloriosa, y lo que no recibimos en esta vida mortal lo encontraremos en el Cielo si perseveramos valientemente hasta la muerte». A los trece años, conoce a su tío el cardenal Mieczyslaw Ledochowski, encarcelado en tiempos de Bismarck, en el transcurso del “Kulturkampf” por la fe católica. Durante su cautividad en Ostrowo, había recibido una poesía de su sobrina, a la que anima en sus trabajos literarios. La joven queda impresionada por la hermosa y noble fisonomía del prelado, debilitado no obstante por las privaciones. A la edad de 15 años, confecciona una revista mensual denominada “La mariposa” que circula entre los círculos cultos; esto le vale cierto éxito, aunque también las críticas de quienes opinan que una joven condesa no debe exhibirse en público. A los 16 años, acompaña a su padre en un viaje por Polonia. Es un gozo enorme, ya que, junto a sus hermanos y hermanas, se ha aplicado mucho en aprender la lengua de la patria del padre. Por donde va, todo le encanta, y anota sus impresiones en un pequeño libro titulado “Mi Polonia”. Sin embargo, pronto contrae el tifus y debe permanecer en cama seis semanas.

Un hogar agradable

En 1882, queriendo regresar definitivamente a la tierra de sus antepasados, el conde adquiere la hacienda agrícola de Lipnica Murowana, cerca de Cracovia. La nueva propiedad está formada por una casa señorial con anexos, jardín, campos y bosques. María Teresa ayuda a su padre en la administración de la hacienda, de modo que, en adelante para la joven, las tareas materiales como la compraventa de ganado, la dirección de los trabajos o la vigilancia del personal se substituyen a las bellas artes; consigue rápidamente gobernar caballos de tiro con destreza. Julia aporta su parte en el trabajo, y Vladimir, alumno de la Academia Teresiana de Viena, colabora cuando termina sus estudios. Sefina convierte la casa de campo en un hogar agradable. Numerosas salidas al mundo aristocrático de Cracovia rompen la monotonía de las tareas agrícolas. Todas las puertas están abiertas a los Ledochowski, y la compañía de las dos jóvenes condesas es muy apreciada. Sin embargo, sus éxitos mundanos las dejan insatisfechas.

La fe de ambas hermanas, fuente de su libertad respecto a los éxitos que hallan en el mundo, ha sido cultivada y desarrollada en el ambiente familiar. En su primera encíclica, el Papa Francisco escribía: «El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer… En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos» (Lumen fidei, 29 de junio de 2013, n. 52-53).

A los 22 años, María Teresa contrae la viruela, por lo que debe estar aislada para evitar el contagio. A pesar de la dedicación de su madre, se hace necesaria la presencia de una religiosa enfermera. Desafiando el peligro, Julia está igualmente muy cerca, y la relación entre ambas hermanas se hace más estrecha. Animada desde hace tiempo del deseo de hacerse religiosa, Julia conversa con gusto acerca de su propósito con la hermana enfermera. «¡Yo también quiero hacer algo grande por Dios! –exclama María Teresa. Sin embargo, Sefina se alarma del aspecto del rostro de su hija, picado de viruela, por lo que manda retirar todos los espejos. Pero un día, encuentra uno cerca de la cama de la enferma, quien presiente la aprensión de su madre: «No pasa nada, pues ya sé desde hace tiempo que estoy desfigurada de por vida». Embargada de emoción ante la humildad heroica de su hija, la señora Ledochowska se retira para llorar. María Teresa consigue superar la enfermedad, pero su padre, aquejado también de ella, muere poco tiempo después.

Dama de la corte

La joven se convierte entonces en dama de honor al servicio de la archiduquesa de Toscana, en Salzburgo. Paradójicamente, su vida interior gana en profundidad en el mismo corazón de una corte principesca con numerosas distracciones. Un tiempo antes había escrito a su tío cardenal: «Sé muy bien que la carrera que voy a emprender es tan dura y penosa como brillante es su apariencia. Sin embargo, lo afronto con valentía con la convicción de que Dios no escatimará su ayuda, siempre que guarde la firme voluntad y el deseo formal de seguir siendo fiel servidora suya. No obstante, para no desviarme del buen camino, tus plegarias me resultan más necesarias que nunca, querido tío». La vida de lujo y colmada de diversiones de la corte es agotadora a causa de la etiqueta, la asiduidad y la puntualidad que exige. Pero María Teresa acompaña a la archiduquesa a la Misa diaria y se confiesa cada semana. Con motivo de una estancia de religiosas franciscanas misioneras de María en la corte, se apodera de ella un ardiente deseo por las almas. Esa atracción le lleva hacia las lejanas misiones, pero su precaria salud le impide acceder a ello. Al enterarse de que una de las franciscanas es una antigua dama de la corte que lo dejó todo para curar a leprosos en Madagascar, se entusiasma e ingresa en la tercera orden franciscana.

Una amiga protestante le da a leer, un día, una conferencia del cardenal Lavigerie sobre la esclavitud en África y la cruzada por su abolición, en la que pide a las mujeres de Europa que saben hacerlo que escriban a favor de la causa. Consciente de sus aptitudes literarias, María Teresa ve en ello una llamada de Dios para servir a las almas desfavorecidas. Enseguida se pone manos a la obra y publica artículos en la tribuna que le ofrece un periódico. Afluye tal cantidad de cartas y de donaciones que acaricia la idea de dejar la corte para dedicarse exclusivamente a dicha misión. Incluso llega a presentar a Monseñor Lavigerie un drama que ha compuesto bajo el seudónimo de Africanus: “Zaida, la joven negra”. El cardenal pregunta por la identidad del autor, pero ella le contesta que “Su condición le impide darse a conocer”. Dirigiéndole entonces una penetrante mirada, el primado de África le dice con seriedad: «Pues bien, ¡arrodíllese para que pueda bendecir a Africanus!».

En 1891, María Teresa obtiene permiso de la corte y se consagra por entero a las misiones. Con motivo de una cura de reposo, es víctima de una agresión por parte de una persona misteriosa, de la que consigue liberarse invocando a san Luis; durante toda la vida sufrirá secuelas de ello en forma de ataques de migraña, a los que denominará “querido mal”. A pesar del incidente, y superando críticas y obstáculos, consigue editar su propia revista, “El Eco de África”, y publica los relatos de las misiones. También suscita, recoge y canaliza los donativos de los fieles para la evangelización. Por esa época, empujada por las circunstancias, María Teresa forja sus primeras armas en la carrera oratoria. Se ve obligada a tomar la palabra ante los obispos, pero también impartirá centenares de conferencias en toda Europa para dar a conocer la obra y suscitar la cooperación.

Un don precioso

En 1894, con la ayuda de los jesuitas de Viena, María Teresa esboza el plan de una asociación llamada “Cofradía (“Sodalidad”) de San Pedro Claver”. El 29 de abril, día de su cumpleaños, es recibida en audiencia por el Papa León XIII, quien bendice la empresa. Muy pronto, los voluntarios se unen a la Cofradía como miembros externos. El 13 de junio, se encuentra con Julia, convertida en sor Úrzsula en el convento de las ursulinas de Cracovia; ambas asisten juntas a la primera Misa de su hermano Vladimir, que es jesuita. En 1897 consigue la primera aprobación de las constituciones de una orden dedicada a la oración y al apostolado de las misiones por medio de la imprenta. Esa orden religiosa responde a un atractivo personal suyo y permite asegurar la estabilidad y la dedicación que la obra reclama. Las primeras compañeras se establecen en un valle que se halla a dos horas de marcha de Salzburgo: la propiedad de María Sorg. María Teresa elige como patrona celestial a Nuestra Señora del Buen Consejo: «Vivimos en tiempos de inquietud y de actividades febriles, en que nos entregamos con demasiada frecuencia en brazos de la prudencia humana… En nuestra pobreza, deseamos ardientemente que ese don precioso del Espíritu Santo, el don de Consejo, dirija todos nuestros actos. Sin embargo, semejante don es una gracia que solamente nos será concedida a través de la oración. ¿Y a quién podríamos invocar mejor como mediadora que a María, Madre del Buen Consejo?».

No obstante, la vida religiosa no se improvisa, y la fundadora recurre a tres franciscanas misioneras de María, que se encargan durante un año de la formación de las primeras compañeras. Muy pronto, doce postulantas aportarán su ayuda en las labores agrícolas y en las de la imprenta, que difundirá en ultramar catecismos, silabarios, libros de plegarias y todas las obras en lenguas indígenas que necesitan los misioneros. Todavía en vida de la madre María Teresa, la obra se implantará en diversos países: Alemania, Austria, Polonia, Italia, Suiza, Francia y Estados Unidos. Esos centros se beneficiarán de las relaciones que la madre había mantenido durante su juventud en el mundo aristocrático. En 1900, el cardenal Sarto, patriarca en ese momento de Venecia y pronto elegido Papa con el nombre de Pío X, invita a la cofradía a su diócesis. En 1905, la casa generalicia se instala definitivamente en Roma, cerca de Santa María la Mayor. Ese mismo año, la obra se establece en Inglaterra, Portugal y España, donde la reina María Cristina recordaba a María Teresa, que había sido compañera suya de juegos durante la infancia.

A pesar de la Primera Guerra Mundial, la madre continúa enviando fondos a África, además de gran cantidad de impresos: 1.500.000 en 1915, 2.700.000 en 1916 y el doble en 1917. Obtiene su inagotable energía en la oración personal ante el sagrario, donde todo parece desvanecerse para ella y donde solamente queda el Creador y su criatura. Su incesante labor le cuesta esfuerzos sobrehumanos: «Está del todo claro que Dios me apoya de una manera que no resulta natural, pues mi estado de salud es lastimoso y no debería ser capaz de nada» –confiesa el 17 de mayo de 1922. No obstante, poco después debe permanecer en cama, donde recibe la visita diaria de su hermano Vladimir. El 6 de julio por la mañana, la fisonomía de la madre se ilumina con una celestial sonrisa que parece decir que no se arrepiente en absoluto de la locura que la llevó a abandonar una vida brillante y segura para trabajar sin tregua en favor de las misiones. Poco después, entrega su alma a Dios. En el umbral de la Segunda Guerra Mundial, las imprentas de la “Madre de África” habían publicado 3.000.000 de libros en 160 lenguas indígenas. En la actualidad las Hermanas Misioneras de San Pedro Claver forman 43 comunidades presentes en 23 países de todos los continentes.

Julia

Al igual que su hermana María Teresa, Julia se benefició de una cuidada educación que le permitió permanecer fiel a su fe en medio de las seducciones del mundo. La conciencia de tal protección la orientó a consagrar toda su vida a Dios en la educación de la juventud. Había percibido la belleza y la dificultad de esa obra, cuyo papel primordial debía poner de relieve el concilio Vaticano II:

«Todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, en cuanto participantes de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable de una educación, que responda al propio fin… Mas la verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez… Hermosa es, por tanto, y de suma importancia la vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las escuelas. Esta vocación requiere dotes especiales de alma y de corazón, una preparación diligentísima y una facilidad constante para renovarse y adaptarse» (Declaración sobre la educación cristiana, 28 de octubre de 1965).

Antes de morir, el conde Ledochowski había consentido que su hija Julia ingresara en el convento. En 1886, a la edad de 21 años, ésta se presenta a las ursulinas de Cracovia y recibe el nombre de sor María Úrzsula de Jesús. Después de su formación, se dedica a la educación de las jóvenes, llegando a superiora en 1904; al año siguiente, abre el primer internado de estudiantes polacas que acceden a la Universidad Jagelónica. La madre Úrzsula se encarga igualmente de la formación de jóvenes polacas procedentes de Rusia. Un párroco católico de San Petersburgo la llama para levantar de nuevo el internado de Santa Catalina, que está decayendo. En 1907, la madre es enviada oficialmente a Rusia por el Papa Pío X, quien le dice: «Tome hábitos de color rosa si quiere, ¡pero vaya a Rusia!». Así pues, se establece en San Petersburgo con algunas hermanas. Como quiera que el gobierno de Nicolás II no tolera la presencia de religiosas católicas, se presentan como laicas. A pesar de todo, la comunidad crece y recibe la autonomía canónica respecto a las ursulinas de Cracovia.

Las ursulinas grises

En 1914, a causa de la guerra, la madre Úrzsula y sus compañeras son expulsadas del territorio ruso. Se refugian en Estocolmo, donde la madre funda “El rayo de sol”, una revista en sueco, una de las nueve lenguas que ella habla con soltura. Desde allí, ejerce su influencia en toda Escandinavia (Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia), fundando patronatos, orfanatos, centros de retiro espiritual y, secretamente, un noviciado para las vocaciones que afluían. De regreso a Cracovia en 1920, la madre solicita a Roma el reconocimiento de su comunidad como congregación autónoma. Por prudencia, el Papa Benedicto XV le pide que regrese al convento, a lo que ella se somete con agrado. Pero el Papa, al enterarse de que le guía su hermano, general de los jesuitas, le permite seguir con su obra. El 23 de junio de 1923, obtiene la aprobación de las constituciones de la nueva “Congregación Apostólica de las Ursulinas del Corazón de Jesús Agonizante” o “Ursulinas grises”. La espiritualidad de esa congregación se centra en la contemplación del amor redentor de Cristo. Las hermanas participan en esa misión de salvación mediante la educación, la enseñanza y el servicio a las personas que sufren, desamparadas, marginadas y que buscan el sentido de su vida. «Salvar a las almas, conducirlas a Jesús, darles a conocer la infinita bondad de su Corazón, ese es el ideal al que debemos consagrarnos» –resume la madre.

Poco tiempo después, el Papa Pío XI llama a Roma a la madre Úrzsula, donde ella establecerá la casa general. Abre internados y casas de educación para jóvenes, escribe y actúa en favor de los jóvenes, de los pobres y de las mujeres. El Papa Juan Pablo II, que siempre tuvo una gran devoción por esa habitante de Cracovia, definirá su espiritualidad del siguiente modo: «Obtenía en el amor de la Eucaristía la inspiración y la fuerza por la gran obra del apostolado… Escribía así a las hermanas: “El Santísimo es el sol de nuestra vida… ¡Amad a Jesús en el sagrario! Que allí permanezca siempre vuestro corazón, aunque materialmente estéis trabajando”… A la luz de este amor eucarístico, santa Úrzsula sabía descubrir en cada circunstancia un signo de los tiempos, para servir a Dios y a los hermanos. Sabía que para quien cree, todos los acontecimientos, incluso los menos importantes, son una ocasión para realizar los designios de Dios. Convertía en extraordinario lo ordinario; transformaba lo diario en perenne; hacía santo lo que era banal» (Homilía del 18 de mayo de 2003). La madre Úrzsula muere en Roma en 1939, asistida por su hermano Vladimir. En 1989, su cuerpo incorrupto será trasladado a la casa madre de Pniewy. Las ursulinas grises cuentan actualmente con 786 hermanas repartidas en 14 países de los 4 continentes.

Todavía en la actualidad, la Iglesia nos invita a trasmitir la fe y a cuidar a los más pobres. Que las hermanas Ledochowska nos concedan la gracia de estar disponibles al servicio del Señor, ya que supieron poner en práctica su precepto: De gracia lo recibisteis; dadlo de gracia (Mt 10, 8).

Dom Antoine Marie osb

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