Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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19 de junio de 2014
festividad del Corpus Christi


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Una noche, desde la ventana de su habitación, una niña percibe a unas mujeres vestidas de blanco que van y vienen por un jardín mientras entonan salmos. Pregunta a su madre lo que hacen: «Son religiosas y están rezando. – ¿Qué es una religiosa? ¿Y qué rezan?» –insiste la pequeña. «Rezan a su Dios. – ¿Dónde está Dios? ¿Por qué rezan en lugar de ir a dormir?». La madre, que es agnóstica, no sabe qué responderle. «Qué bueno debe ser poder rezar a Dios…» –suspira la pequeña, que añade susurrando: «¡Dios mío, yo también quisiera rezar!». Hildegard acaba de dar su primer paso en un largo camino de búsqueda de la Verdad.

Hildegard Lea Freund nace el 30 de enero de 1883 en Görlitz, Sajonia (actualmente en la frontera germano-polaca), en el seno de una familia judía no practicante. En 1895, la familia Freund se instala en Berlín, donde Hildegard cursará los estudios secundarios. Da muestras de grandes dotes intelectuales y de un profundo deseo de rectitud moral; quiere llegar a ser una “persona ética”, lo que, para ella, significa una mujer de convicción y de principios. No le preocupa lo que apasiona a las adolescentes, como el vestido, el ocio, la vida mundana… En contrapartida, le interesa la filosofía, el arte y la cultura; sin embargo, su mirada no va más allá de la vida presente. Después de haber leído a Schopenhauer, para quien la creencia en un absoluto trascendente y la búsqueda de una felicidad sin fin no son otra cosa que ilusión y vacío, escribirá un poema de estribillo desencantado: «Las alegrías y las penas pasan; el mundo pasa, ¡y nada queda!». Poco antes del nacimiento de Jesucristo, ya el libro de la Sabiduría ponía en labios de los incrédulos estas palabras: Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido (Sb 2, 2). Tras su conversión, Hildegard confiará lo siguiente en relación con una persona que se había suicidado: «¿Por qué deberíamos batirnos con este mundo si no creemos en el más allá? Estoy segura de que yo también me daría muerte si no fuera creyente. No comprendo cómo hay hombres que pueden vivir sin creer en Dios». También el Papa Benedicto XVI constataba en la encíclica Caritas in veritate (2009): «Sin Dios, el hombre no sabe dónde ir y ni siquiera logra entender quién es».

En 1899, la familia Freund se instala en Zúrich, Suiza. Después de haber superado el bachillerato en 1903, Hildegard se matricula en la universidad, raro privilegio para las jóvenes de la época. Allí estudia literatura alemana y filosofía, bajo la dirección de dos profesores protestantes, Saitschik y Förster, quienes enseñan un método, la “filosofía de la vida”, que va en contra del racionalismo imperante y que afirma que el hombre es capaz de conocer a Dios. Saitschik insiste en la pureza del corazón y en la rectitud del alma requeridas para alcanzar ese conocimiento. Hildegard, influida por ello pero no convencida, repite sin cesar, en medio de lágrimas y súplicas, la “oración del incrédulo”: «¡Dios mío, si existes, haz que te encuentre!». De momento, sin embargo, no recibe respuesta alguna.

El sentido profundo de la vida

En 1907, Hildegard regresa a Berlín para estudiar economía y política social. Allí conoce a Alexander Burjan, un ingeniero judío húngaro hasta entonces agnóstico que, al igual que ella, busca el sentido profundo de la vida; ese mismo año contraen matrimonio. En octubre de 1908, un cólico nefrítico obliga a la joven a recibir hospitalización en el hospital católico Santa Eduviges de Berlín. Hasta tal punto se agrava su estado de salud que debe ser intervenida quirúrgicamente en varias ocasiones. Durante la Semana Santa de 1909, se halla al borde de la muerte y los médicos pierden toda esperanza de salvarla. Contra todo pronóstico, el lunes de Pascua su salud mejora sensiblemente. Tras siete meses de hospitalización, puede volver a casa, aunque a lo largo de su vida padecerá diversas recaídas a causa de esa enfermedad renal.

Durante su larga estancia en el hospital, Hildegard ha podido admirar la dedicación y la caridad de las religiosas hospitalarias “borromeas” (componentes de una Orden fundada por san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, fallecido en 1584). De ahí que ella misma resalte: «Solamente la Iglesia Católica puede realizar ese milagro de colmar a una comunidad entera con tal espíritu… El hombre abandonado a sus únicas fuerzas naturales no puede hacer lo que hacen esas hermanas; al verlas, he experimentado el poder de la gracia». Como consecuencia de esa revelación de la “verdad inquebrantable” de la Iglesia a través de la santidad de sus miembros, Hildegard se convierte. Después de un período de catecumenado, recibe el Bautismo el 11 de agosto de 1909. Ese decisivo acto es el desenlace de un largo recorrido espiritual; después de haber creído durante mucho tiempo que los hombres podían, a base de inteligencia y voluntad, realizar por sí mismos el progreso moral, ahora escribe lo siguiente: «No podemos hacer el bien solamente a partir de la sabiduría humana, sino únicamente gracias a la unión con Cristo; en Él todo lo podemos, y sin Él estamos en la completa indigencia».

«El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas –escribía el Papa Benedicto XVI en Caritatis in veritate… A lo largo de la historia, se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo. Desafortunadamente, se ha depositado una confianza excesiva en dichas instituciones, casi como si ellas pudieran conseguir el objetivo deseado de manera automática. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación… Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Por lo demás, sólo el encuentro con Dios permite no ver siempre en el prójimo solamente al otro, sino reconocer en él la imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y a madurar un amor que es ocuparse del otro y preocuparse por el otro» (n. 11).

«¡El niño debe vivir!»

El Bautismo significa, para Hildegard, el principio de una nueva vida. Está radiante y confía su felicidad a sus allegados. A partir de agosto de 1910, siente el gozo de ver cómo su marido Alexander también se bautiza. Poco después, ya encinta, Hildegard se prepara para un parto difícil. Con motivo del grave riesgo que corre, los médicos le aconsejan abortar, pero ella lo rechaza enérgicamente: «¡Sería un crimen! Si muero, entonces seré víctima de mi “oficio” de madre, pero el niño debe vivir». El parto transcurre con normalidad y una pequeña Lisa viene al mundo; será el único hijo de la familia Burjan, cuya vida se desarrolla a partir de entonces en Viena, donde Alexander llegará a ser director de una sociedad de material telefónico.

Hildegard está segura de que su vida, providencialmente preservada, debe consagrarse por entero a Dios y a los hombres. Su vocación es anunciar a los pobres, mediante la acción social, el amor de Dios hacia ellos. Pronto descubre la terrible realidad de la condición obrera. La población pobre, instalada recientemente en la capital austríaca, vive apiñada en alojamientos insalubres. Hombres, mujeres y niños trabajan en las fábricas de doce a quince horas diarias por un mísero salario. En ese ambiente, las mujeres se hallan expuestas a la tentación de prostituirse y de abandonar a los hijos. Para remediarlo, la Iglesia se dispone a crear asociaciones de mujeres católicas que lucharán no solamente para preservar la moralidad de las obreras, sino también para defender sus derechos frente a empresarios sin escrúpulos. Hildegard se compromete a fondo en esa tarea, imbuida de conocimientos profundos sobre las cuestiones sociales que ha adquirido en la universidad. En especial, se encarga de la defensa de las obreras que realizan trabajos a domicilio en beneficio del empresario, pero sin la mínima protección social.

En septiembre de 1912, Hildegard toma la palabra con motivo de una asamblea anual de las Ligas Católicas Femeninas que tiene lugar en Viena: «Comprobemos si no somos cómplices de la miseria del pueblo. Compremos solamente a comerciantes concienzudos, no hagamos que bajen tanto los precios, exijamos de vez en cuando a los fabricantes que nos rindan cuentas en relación a la procedencia de los productos. Sucede con demasiada frecuencia que la mujer acomodada incita a los comerciantes a entregar en condiciones irrealistas, y ello se hace siempre en detrimento de las pobres obreras a domicilio». Aunque al principio está casi sola para defender a esas “sin voz”, consigue reclutar a colaboradoras voluntarias procedentes de las clases acomodadas.

Pequeños esclavos

Ese mismo año, Hildegard funda la “Asociación de obreras cristianas a domicilio”, que ofrece a sus componentes una remuneración ventajosa, protección social, asistencia jurídica y la posibilidad de estudiar. A costa de grandes esfuerzos y de frecuentes humillaciones, se esfuerza en ganarse la colaboración de personas reticentes, incluso hostiles. Cree que las mujeres tienen derecho a ejercer una profesión, incluida una de cariz intelectual, en la medida en que ese trabajo no obstaculice su función natural de esposa y de madre; pero ese derecho no debe ser un pretexto para una explotación de su debilidad. Se ocupa igualmente de los niños obligados a ganarse la vida (un tercio de los niños vieneses se halla en esa situación); en contra de la ley, hay niños de seis años empleados durante catorce horas al día, en fábricas o en domicilios. Una espantosa mortalidad alcanza a esos pequeños esclavos, e incluso los supervivientes se ven afectados mentalmente.

Conmocionada por ese escándalo, Hildegard denuncia en un folleto la explotación de los niños, inspirándose en la enseñanza del Papa León XIII en la encíclica Rerum novarum (1891). La caridad para con los pobres no debe limitarse a aliviar los sufrimientos aislados, sin intentar poner remedio a las injusticias que los provocan. Cada persona debe asumir sus responsabilidades, inclusive en el plano político, para suprimir de raíz las estructuras de pecado y establecer la justicia social. Durante la Primera Guerra Mundial, Hildegard asume la defensa de las mujeres que substituyen en las fábricas a los hombres movilizados. Su objetivo es aplicar en provecho de las obreras el principio “a igual trabajo, igual salario”. En noviembre de 1918, la derrota de los imperios centrales (Alemania y Austria-Hungría) desencadena en Viena una insurrección y la proclamación de la república. Propuesta como candidata a las elecciones legislativas, Hildegard Burjan se convierte en la única mujer diputada del partido socialcristiano. En el Parlamento, promueve reformas sociales, pero no con espíritu revolucionario, sino en la fidelidad a la doctrina social de la Iglesia; propone leyes en favor de los derechos de las obreras y de la protección de la infancia. Instigados por ella, los partidos se ponen de acuerdo para aprobar una ley que ofrezca una protección social a la asistencia doméstica.

La conciencia del Parlamento

Hildegard había dicho: «El cristianismo práctico abarca el pleno interés hacia la política». Setenta años más tarde, san Juan Pablo II afirmará:

«Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común» (Exhortación post-sinodal Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, n. 42).

Durante los dos años de su mandato, Hildegard se gana el aprecio de todos en el Parlamento. El canciller Ignaz Seipel comentará que nunca se había encontrado con una persona más entusiasta en su acción política ni más sensata en sus intuiciones. Por su parte, el cardenal Piffl, arzobispo de Viena, ve en ella “la conciencia del Parlamento”. Tras ser invitada a presentarse a las elecciones de 1920 y con posibilidades de ocupar el puesto de ministra de Asuntos Sociales, ella declina esas ofertas a causa de su delicada salud, pero sobre todo para consagrarse a la organización de la Caritas Socialis (Caridad Social), una obra cuya finalidad y nombre le han sido inspirados por la exclamación de san Pablo (2 Co 5, 14): Caritas Christi urget nos (el amor de Cristo nos apremia).

Hildegard ha comprendido que, para alcanzar su objetivo y ser realmente eficaz, una acción social requiere por parte de las personas que se comprometen, que estén totalmente motivadas por el ideal evangélico: de ahí su idea de fundar una comunidad de mujeres consagradas a Dios para promover la justicia social en el corazón de las ciudades obreras alejadas del cristianismo. Animadas por la divina caridad, esas personas vivirán según los “consejos evangélicos” (pobreza, castidad y obediencia), bajo un hábito religioso sencillo y discreto, al lado de los obreros. Hildegard formula de ese modo la intuición fundadora de la Caritas Socialis: «En el transcurso de los siglos, la Iglesia Católica ha despertado la eclosión de las más variadas flores. Ante cada situación de desamparo que se presentaba, enviaba a personas llenas del Espíritu Santo para remediarla… Quizás nuestra Caritas pueda, a su vez, en medio del paganismo moderno, aparecer como una rama discreta en el tronco de la Iglesia». El proyecto es aprobado por el cardenal Piffl y bendecido por el Papa Benedicto XV.

El 4 de octubre de 1919, las diez primeras hermanas de la “Sociedad Apostólica de las Hermanas de la Caritas Socialis” profesan su compromiso ante Dios en el transcurso de una Misa, en Viena. La ambición de la Caritas es consagrarse a nuevas obras de caridad: procurar alojamiento a las mujeres sin techo, socorrer a las jóvenes pobres en peligro, acoger a las madres solteras para evitarles la tentación de abortar (en 1924, se abre en Viena un “Hogar para la madre y el hijo”), arrancar del vicio a las prostitutas rehabilitándolas, curar a las mujeres aquejadas de enfermedades venéreas, etc. Ese apostolado escandaliza a algunos católicos, que ven en ello un aliento o, al menos, una excusa a la inmoralidad. En realidad, como lo escribe Hildegard, «no se trata solamente de aliviar la miseria material, sino de despertar una vida nueva en Cristo». Las mujeres “perdidas” o amenazadas son llamadas a la conversión y a llevar, a partir de ese momento, una vida cristiana. La Caritas les suministrará el medio.

Al frente de las hermanas

En su condición de mujer casada y madre de familia, Hildegard Burjan ejerce como fundadora la función de superiora de las hermanas, anomalía que levanta críticas por parte de algunos fieles. El cardenal Piffl les responde: «Disponer de la señora Burjan en mi diócesis es una gracia de la que seré responsable ante Dios. Tengo la sagrada convicción de que debe permanecer al frente de las hermanas hasta su último suspiro». Sobrecargada y agotada por el trabajo, la fundadora acostumbra a decir: «Ya descansaré y dormiré cuando esté bajo tierra». Dedica mucho tiempo a acoger y aconsejar a las hermanas, presentándoles el testimonio de atenciones procedentes de mujeres consagradas a Dios en el celibato. Modestia, discreción en las palabras, pero también caridad y calor humano son las cualidades de que da muestra en esa dirección espiritual. Le cuesta mucho reprender a una hermana por una falta, pero habla con franqueza cuando es su deber, y lo hace de una forma tan amable y constructiva que la interlocutora se marcha convencida y en paz. Una tarea tan absorbente no impide que Hildegard siga siendo una esposa amantísima y una madre de familia disponible. Un tiempo antes de morir, dirá a su marido: «He sido muy feliz contigo. Te doy las gracias por esos hermosos años que hemos pasado juntos, por tu comprensión y tu ayuda en mi trabajo».

La oración es una necesidad fundamental para Hildegard; sin Dios, nada útil puede hacerse (cf. Jn 15, 5). Reza sobre todo de noche, por falta de tiempo durante el día, y lo hace restándoselo al sueño. Su condición de diabética obliga a Hildegard a inyectarse insulina durante quince años. Soporta con paciencia todos los sufrimientos de la enfermedad: dolores en los riñones y en el intestino, agotamiento, hambre causada por la severa dieta que se le impone y, sobre todo, una ardiente sed. Todos los días, asiste a Misa y comulga. Según las normas en vigor en la época, para comulgar hay que estar en ayunas, sin haber comido ni bebido, desde medianoche. Cada mañana, espera a que su marido tome el desayuno y se marche a la oficina para ir después a Misa, y no bebe hasta la vuelta. Nunca pedirá una dispensa del ayuno eucarístico. Hablando de experiencia, Hildegard escribirá a una de sus religiosas: «Créame, la vida es un combate para todas las personas; se den cuenta o no, todas avanzan lentamente por el camino pedregoso del calvario. Demos gracias a Dios por concedernos la posibilidad de ascender por él, y de poder reconocer nuestros pecados mediante su luz».

Cuando cesa toda ilusión

En Pentecostés de 1933, se le presenta una inflamación renal muy dolorosa. A pesar de unos pronósticos médicos tranquilizadores, Hildegard se prepara con calma a la muerte, que siente cercana. Su médico aportó el siguiente testimonio acerca de sus últimos días: «He visto a innumerables pacientes próximos a la muerte, pero las últimas horas de Hildegard Burjan permanecen en mi memoria como un caso único. Plenamente consciente de estar cerca del fin, se preocupaba por los suyos y por sus obras. En cuanto a ella, no tenía temor alguno, abandonándose al destino; consideraba con gozo la muerte, como un rescate de la existencia terrenal, y manifestaba una confianza plena de entrar en la vida eterna».

Por su parte, Hildegard confía lo siguiente: «Mi muerte es un tranquilo Deo gratias. Hace veinticinco años, al declararse esta enfermedad, Dios me atrajo hacia Él y me eligió, me llevó en sus brazos como a un hijo, y ahora me rescata de esta enfermedad para conducirme hasta Él. Con frecuencia reflexiono sobre lo que podría causarme temor en el momento de presentarme ante Dios… Si bien es verdad que he cometido muchas malas acciones en mi vida, también sé que solamente he buscado su Voluntad. Y por eso precisamente no veo nada de lo que pueda tener miedo». También da testimonio de su fe serena: «A veces, en el transcurso de mi vida, me ha venido al pensamiento cómo sería el momento de mi muerte, ese momento en que cesa toda ilusión. Me preguntaba si no iba todo a derrumbarse, apareciéndoseme como una quimera… Pues bien, ahora veo que todo es cierto, que todo eso es Verdad». El 11 de junio de 1933, festividad de la Santísima Trinidad, murmura: «¡Qué hermoso será reposar en Dios!». Luego, besando su crucifijo, dice con voz pausada y clara: «Querido Salvador, haz que todos los hombres sean amables, a fin de que puedas amarlos. ¡Enriquécelos solamente de ti!», Poco después, expira.

A la muerte de Hildegard, la Caritas Socialis contaba con 150 miembros y 35 centros en Austria y en el extranjero. Erigida en 1960 como instituto religioso de derecho pontificio, esa “Comunidad de vida apostólica” está formada en la actualidad por 900 hermanas y colaboradoras seglares que ejercen diversos apostolados, especialmente en favor de las madres embarazadas en dificultades (hogares de acogida) y de las personas mayores aquejadas de graves enfermedades (síndrome de Alzheimer). Como consecuencia de un decreto del Papa Benedicto XVI, Hildegard Burjan fue proclamada beata el 29 de enero de 2012, en Viena. En la fórmula de su compromiso, compuesta por la beata, las hermanas de la Caritas dicen a Dios: «Te doy gracias de todo corazón por considerarme digna de ser un instrumento de tu amor».

Pidamos a Jesucristo, enviado al mundo por su Padre para encender el fuego del Amor (cf. Lc 12, 49), que nos convierta también a nosotros en instrumentos de su Amor redentor.

Dom Antoine Marie osb

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