Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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13 de mayo de 2014
Nuestra Señora de Fátima


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Poco antes de su ejecución, decidida por un tribunal revolucionario a finales del verano de 1936, el beato y sacerdote catalán Josep Samsó decía: «A nosotros, cristianos, nos basta recordar la enseñanza del Maestro: Amad a vuestros enemigos, responded al mal con el bien… Quizás de ese modo se resuelva el conflicto social». El 24 de enero de 2010, al día siguiente de la beatificación de este mártir, el Papa Benedicto XVI lo propuso como modelo a los sacerdotes y sobre todo a los párrocos, para el ministerio de la catequesis.

Josep Samsó nace el 17 de enero de 1887 en la localidad catalana de Castellbisbal (Barcelona), siendo bautizado el 22 del mismo mes. El 20 de octubre siguiente, según la costumbre de la época, recibe el sacramento de la Confirmación. Es hijo del farmacéutico Jaume Samsó y de Josefa Elías. En 1888, una pequeña aporta de nuevo alegría al hogar. Sin embargo, el 12 de noviembre de 1894, el padre abandona este mundo hacia la eternidad. Al quedarse sin recursos, la viuda recurre a su hermana, que vive en una localidad vecina y que no tiene hijos; ella y su marido ayudarán a los pequeños huérfanos. Josep es escolarizado en los maristas, y su hermana en las monjas teresianas. Nada más tener uso de razón, el niño manifiesta su deseo de ser sacerdote; ayudar a Misa es para él una verdadera pasión. Está muy dotado para los estudios, destacando sobre todo en matemáticas. En 1900, la familia se instala en Barcelona y Josep entra en el seminario menor como externo. Para sufragar sus estudios, la viuda y su hija trabajan intensamente como modistas. Un día, un fuerte dolor en el pecho fulmina al muchacho. El médico prescribe un medicamento, advirtiendo sin embargo que, si no hace efecto, el niño perecerá a corto plazo. La madre, enloquecida, acude a prosternarse ante la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón venerada en la iglesia que tiene dedicada en Barcelona. Promete abonarse a la revista del santuario si el niño se cura. Un mes después, Josep ha recuperado del todo la salud.

¿Qué hacer el domingo?

Tras ingresar en el seminario mayor, Josep da clases particulares para ganar algo de dinero y colaborar así en el presupuesto de su madre. Como es un estudiante brillante, a veces se le solicita para substituir a algún profesor. El 25 de junio de 1909, obtiene la licenciatura en teología, lo que le da derecho al título de doctor. En adelante, se le conocerá como “Doctor Samsó”. El obispo de Barcelona lo llama entonces a su servicio como secretario. En el transcurso de ese mismo año, es ordenado diácono. Es investido sacerdote el 12 de marzo de 1910, con dispensa, pues todavía no ha cumplido veinticuatro años. El 19 de marzo, festividad de san José, celebra la primera Misa en la humilde parroquia barcelonesa del Centro Obrero, en la calle Calabria. Persuadido de que el padre Samsó tiene verdadera vocación de párroco, su director espiritual interviene ante el obispo para pedirle que no lo retenga como secretario. Muy pronto, el padre es nombrado vicario en Sant Julià d’Argentona, pequeña población de la región. Su párroco, el padre Francesc Botey, es un buen sacerdote que se encorva por el peso de la edad, así que Josep Samsó se encarga del catecismo parroquial, por entonces algo abandonado. Posee verdadero talento para enseñarlo, hasta tal punto de que los propios adultos se interesan en él. A veces hace preguntas de un modo algo provocador: «¿Qué hay que hacer el domingo? – Hay que ir a Misa. – Muy bien, pero también se puede trabajar, ¿verdad? – No, padre. – ¿Por qué? – Porque Dios lo prohíbe» –responden con orgullo los niños.

El precepto del descanso dominical se refiere al tercer mandamiento de Dios: Guardarás el día del sábado para santificarlo (Dt 5, 12). Seis días se trabajará; pero el día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor (Ex 31, 15). La Iglesia nos explica ese precepto en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: «En este día del sábado se hace memoria del descanso de Dios el séptimo día de la creación, así como de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto y de la Alianza que Dios hizo con su pueblo». A la pregunta «¿Por qué motivo, para los cristianos, el sábado ha sido sustituido por el domingo?», el Compendio responde: «Porque éste es el día de la Resurrección de Cristo. Como primer día de la semana (Mc 16, 2), recuerda la primera Creación; como octavo día, que sigue al sábado, significa la nueva Creación inaugurada con la Resurrección de Cristo. Es considerado, así, por los cristianos como el primero de todos los días y de todas las fiestas: el día del Señor, en el que Jesús, con su Pascua, lleva a cumplimiento la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios».

«Los cristianos santifican el domingo y las demás fiestas de precepto participando en la Eucaristía del Señor y absteniéndose de las actividades que les impidan rendir culto a Dios, o perturben la alegría propia del día del Señor o el descanso necesario del alma y del cuerpo. Se permiten las actividades relacionadas con las necesidades familiares o los servicios de gran utilidad social, siempre que no introduzcan hábitos perjudiciales a la santificación del domingo, a la vida de familia y a la salud». Por eso es importante que el domingo sea reconocido civilmente como día festivo, «a fin de que todos tengan la posibilidad real de disfrutar del suficiente descanso y del tiempo libre que les permitan cuidar la vida religiosa, familiar, cultural y social; de disponer de tiempo propicio para la meditación, la reflexión, el silencio y el estudio, y de dedicarse a hacer el bien, en particular en favor de los enfermos y de los ancianos» (Cf. Compendio, 450-454; Catecismo de la Iglesia Católica, 2189).

¿Cuántos le hacen falta?

En el territorio adscrito a la parroquia del padre Samsó vive un hombre muy contrario a la religión. Para evitar conflictos, su esposa acude a Misa a escondidas. Al enterarse por sus amigos de que el nuevo vicario es muy simpático y de que enseña maravillosamente a los niños, ese hombre permite a su mujer que lleve los suyos al catecismo. La esposa le pone como condición que la deje ir a Misa con toda libertad. Tras la aquiescencia del marido, ella se lo cuenta al sacerdote, quien le propone rezar tres “Avemarías” por su conversión. Poco después, el párroco y su vicario organizan un retiro según los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Sin embargo, para que pueda realizarse, es necesario encontrar suficientes participantes, y de momento solamente son seis. Informado de ese proyecto de retiro, el marido afirma a su esposa (quien no da crédito a lo que oye) que «Si me invitara, me apuntaría». El vicario no tarda en coincidir con él, y ese hombre le pregunta cuántos participantes se han apuntado. El sacerdote, un tanto confuso, duda, confesando después que son poco numerosos. «¿Cuántos le hacen falta? – Una treintena –responde el sacerdote. – No se preocupe, padre, ya le encuentro yo el resto». Al empezar el retiro, hay treinta y dos participantes.

En esa época, un novicio jesuita, Francisco de Paula Vallet, cautivado por el dinamismo de los Ejercicios de san Ignacio, promueve una campaña de predicación de retiros en Cataluña. Su objetivo es que los Ejercicios estén al alcance de los laicos comprometidos en todos los sectores de la vida social; para ello concibe un plan de retiro de cinco días, en el que se inspiran aún en la actualidad varias obras organizadoras de retiros. Tras llegar al sacerdocio en 1923, dedicará su carisma personal de predicador al servicio de esa obra evangelizadora. Entre 1923 y 1926, aportará el retiro ignaciano a más de 8.500 hombres. Muy pronto, por la gracia de Dios, surgirán numerosos frutos espirituales: conversiones, reconciliaciones, vocaciones, compromisos sociales, renovación de parroquias… (cf. El padre Vallet, por A. Sospedra, 1995).

Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio «representan un camino y un método especialmente preciosos para buscar y hallar a Dios, en nosotros, alrededor de nosotros y en todas las cosas» –declaraba el Papa Bene-dicto XVI el 21 de febrero de 2008. San Roberto Belarmino, jesuita del siglo XVI, basándose en la enseñanza que aportaban los Ejercicios, había escrito: «Si tienes sabiduría, comprendes que eres creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación. Este es tu fin, este el centro de tu alma, este el tesoro de tu corazón. Por eso, considera auténtico bien para ti lo que te lleva a tu fin, y auténtico mal lo que te impide alcanzarlo. El sabio no debe ni buscar acontecimientos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores y ultrajes, vida y muerte, ni huir de ellos de por sí. Son buenos y deseables sólo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna; son malos y hay que huir de ellos si la obstaculizan» (De ascensione mentis in Deum). «Obviamente –comenta el Papa Benedicto XVI–, estas palabras no pasan de moda; deberíamos meditarlas largamente a fin de orientar nuestro camino en esta tierra» (Audiencia del 23 de febrero de 2011).

A fuerza de plegarias

Un nuevo obispo nombrado en Barcelona organiza, según la costumbre de entonces, un concurso para adjudicar la rectoría de una pequeña parroquia rural: San Joan de Mediona. El padre Samsó pasa la prueba con brillantez; sin embargo, en el momento de su entrevista con el obispo, éste le reprocha su espíritu independiente, que le ha llevado a dejar de estar al servicio de su predecesor. Felizmente, el prelado no tarda en darse cuenta de que los comentarios malintencionados que ha oído y en los que se basaba su acusación no son justos, por lo que, el 11 de enero de 1917, el sacerdote toma posesión de la rectoría. La acogida de los feligreses, muy apegados al sacerdote que ha administrado la parroquia en ausencia de párroco, resulta glacial. Poco tiempo después, se produce el fallecimiento de un niño de once años cuya familia manifiesta el deseo de que sea enterrado en un ataúd blanco. El joven párroco señala que, según las disposiciones litúrgicas, los ataúdes blancos se reservan para los niños fallecidos antes de tener uso de razón. Con gran descontento por parte de todos, él se atiene, según su costumbre, a los usos litúrgicos. Al terminar la ceremonia, algunos exaltados le amenazan con tirarle piedras… No obstante, a fuerza de plegarias y de lágrimas, el sacerdote consigue ganarse la confianza de sus feligreses. En los momentos difíciles, suele repetir: «Dios ante todo». Un feligrés dará testimonio de lo siguiente: «Cuando llegó entre nosotros, nadie le quería, porque no le conocíamos. Cuando nos dejó, todos lloramos, pues entonces le conocíamos».

En agosto de 1919, fallece el párroco de la ciudad costera de Mataró, dejando una enorme parroquia dividida en dos facciones de afinidades políticas bien delimitadas, sostenidas cada una por un grupo de una decena de sacerdotes. El arzobispo de Barcelona desea enviar como administrador al padre Samsó, ya que ese sacerdote de treinta y dos años le parece el hombre providencial para pacificar la parroquia. El sacerdote pide un tiempo de reflexión, y su director espiritual le aconseja aceptar. «Hijo mío, no eres tú quien lo ha buscado. Es Dios quien te lo propone a través de tu superior. Acepta el cargo con humildad y ten confianza, pero sabiendo que, allí donde no puedas llegar, llegará Dios».

Una sonrisa característica

El doctor Samsó es más bien alto y de buena presencia, y lleva siempre el pelo muy corto. Su paso es grave, con aspecto algo marcial y un matiz de severidad que intenta suavizar mediante una sonrisa característica, heredada de su madre. Con su familia, sabe mostrarse muy afectuoso. Su fuerte temperamento le mueve a ser exígente consigo mismo y a veces demasiado exigente con los demás. «Si el padre Samsó no hubiera muerto mártir, jamás se habría pensado en su beatificación» –dirán algunos. No obstante, también sabe hacerse apreciar y perdonar; las obras de san Francisco de Sales que lee y medita le ayudan a conseguir progresos sensibles para corregir su natural rigidez. «En esa parroquia de Santa María, de Mataró –reconocerá uno de sus sacerdotes–, a pesar de la disciplina que reinaba y que a veces padecíamos, nosotros los vicarios aprendimos enormemente, pues el padre Samsó era un sabio y un santo». El autor de esas líneas era, sin embargo, uno de los más indisciplinados del grupo, y el joven administrador había tenido que ejercer con él una gran paciencia. Un día, por ejemplo, en que el padre Samsó insiste en la puntualidad para cumplir los horarios, éste le responde: «Ya sabe, doctor Samsó, que soy de tal pueblo donde todo el mundo me conoce; en todas las parroquias por donde he pasado, me soportan un mes; al segundo, me detestan, y al tercero, me echan. Así que ya sabe que la puntualidad no encaja con mi temperamento».

El padre Samsó quiere ser el sacerdote de todos. La primera de sus preocupaciones, en Mataró, es la de abrir más generosamente a las familias más desfavorecidas la participación a las celebraciones litúrgicas. Con él, por ejemplo, a los obreros se les permite llevar el palio durante la procesión del Santísimo Sacramento. Desde esa misma perspectiva, provoca un gran alboroto cuando pide a los fieles que simplifiquen los costosos atavíos confeccionados para los niños que van a tomar la primera Comunión. En contrapartida, insiste para que todos se beneficien de una preparación catequética muy cuidada, indispensable para tener el corazón en buena disposición. «Hijos míos –dice–, no os sintáis nunca culpables de recibir indignamente el Cuerpo de Cristo. Purificad vuestra conciencia, incluso de los pecados veniales y de los actos desordenados. Si lo hacéis, el fruto de vuestras Comuniones será muy grande». También los dirige a la Virgen María: «Mirad a la Madre Inmaculada; cuando veáis su manto, pensad en el Cielo, ¡desead el Cielo! Aprovisionaos de las alas de la pureza; cuanto más puras sean esas alas, más cerca estaréis del Cielo». Para facilitar el acceso al sacramento de la Penitencia, hay que añadir confesionarios a la basílica.

«El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía –recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica–: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53)… Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo… Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar… Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf. Código de Derecho Canónico, can. 919: “Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada Comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas”). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped» (CEC 1384, 1385, 1387).

Todos estamos llamados

El obispo de Segovia dará testimonio de que el padre Samsó había instaurado en Mataró el catecismo mejor organizado de toda España. Para ese sacerdote, las clases de catecismo son el vivero de la parroquia y del seminario. Su objetivo es que esos catequizados se conviertan más tarde, a su vez, en catequistas: «No debemos pensar que la poca disposición personal nos exime de convertirnos en catequistas, pues todos, padres, religiosos, sacerdotes y laicos, estamos llamados a la obra evangelizadora de las almas». Consciente de los trastornos causados por los grupos mixtos, sobre todo en adolescentes varones, el padre Samsó no es en absoluto favorable, especialmente en los momentos de esparcimiento organizados por el “Patronato de los Jóvenes Obreros”. En ese punto, se opone a otro sacerdote que opina lo contrario.

Mientras tanto, en el país se propaga un odio antirreligioso, agitado por poderosas facciones revolucionarias. El 6 de octubre de 1934, unos individuos armados irrumpen en la basílica de Mataró, amenazando de muerte al padre Samsó al que acompañan un colega suyo y dos laicos. Apuntándoles con pistolas, les conminan a incendiar en el acto la iglesia. Imperturbables, el padre y sus amigos dejan ver que prefieren morir. Los agresores no osan disparar, prendiendo ellos mismos fuego y dándose a la fuga. Los vecinos, alertados, acuden y apagan el incendio como pueden. En medio de un presentimiento, el padre afirma: «Pase lo que pase, pongámonos por completo en las manos de Dios. Por mi parte, con la oración diaria me preparo para el martirio… Hay que confesar que se cometen muchos pecados, y que hay que lavar esas manchas con sangre inocente que se una generosamente al sacrificio del Cordero Inmaculado».

Durante la noche del 18 al 19 de julio de 1936, resuenan unos golpes en la puerta del presbiterio. Son policías que vienen a efectuar un registro, pues creen que los sacerdotes esconden armas. Hay sospechas de que los católicos quieren derrocar la República. Sentado en un banco, el padre Samsó conversa amistosamente con los policías. «Pueden escudriñar cuanto quieran, pues siempre he considerado defender a la Iglesia por todos los medios posibles excepto por las armas. Jesús, mi divino Maestro, no mató a nadie para defender a su Iglesia, sino que entregó la vida. – ¡Ah!, ¡si todos los sacerdotes fueran como usted! –responde un policía. – No conocen ustedes bien a los sacerdotes –replica el padre Samsó–, y con demasiada frecuencia tienen una idea completamente equivocada al respecto».

«¡Soy yo!»

Muy pronto, el gobierno republicano se ve desbordado por los elementos extremistas. Milicias obreras instigadas por las ideologías marxista y anarquista se apoderan de los ayuntamientos y de la calle. Para ellas, la Iglesia es el enemigo que hay que abatir. Consciente del peligro, el padre Samsó busca refugio en una casa amiga. El 30 de julio de 1936, disfrazado como hombre de negocios, deja a sus protectores para no comprometerlos. De ese modo, con bigote postizo, cabello teñido, gafas de sol, cigarrillo en los labios y cartera bajo el brazo, se apresura a alcanzar la estación. Al llegar, pregunta a una mujer la hora de salida del tren. Pero esa mujer reconoce la voz del sacerdote que tantas veces ha escuchado, advirtiendo a los milicianos que merodean por los parajes. Interpelado por ellos, el sacerdote les responde sin rubor: «¡Soy yo a quien buscáis!». Lo llevan al ayuntamiento para que le juzgue el comité antifascista. Lo tendrán encerrado en un cuarto junto con otras diez personas, que después serán treinta y cinco, donde permanecerá treinta y tres días. Enseguida organiza las jornadas: meditación, breviario, Rosario con los detenidos, a quienes confiesa y apoya dándoles ánimos: «No tengáis miedo, yo soy el elegido para el sacrificio; ¡bendito sea Dios!». Uno de sus compañeros de cautividad dirá: «Todas las mañanas, cuando había que limpiar la celda, teníamos que arrebatarle la escoba de las manos. Su estancia en la cárcel era una verdadera misión para nosotros». El 15 de agosto de 1936, recibe por primera vez en la cárcel la sagrada Comunión, que una familia amiga ha aportado. Dicha gracia le será renovada dos veces por semana y hasta el 1 de septiembre. El 29 de agosto, otro sacerdote se une a los detenidos. Se trata del sacerdote con quien el padre Samsó había tenido algunas desavenencias con respecto a la conveniencia de grupos mixtos en el “Patronato de los Jóvenes Obreros”. Acoge a su colega con los brazos abiertos, sellando una profunda reconciliación; ambos sacerdotes se dan mutuamente el sacramento de la Penitencia. «El padre Samsó murió como un santo, como había vivido» –afirmará ese sacerdote, que conseguirá escapar a la muerte.

El 1 de septiembre de 1936, vienen a buscarlo para la ejecución. Durante el trayecto, conversa placidamente con sus verdugos. Uno de ellos le dice: «Estamos cumpliendo órdenes; de ningún modo quisiéramos matarle. – Haced lo que os han ordenado hacer» –responde simplemente el padre. Al llegar al lugar de la ejecución, perdona a sus verdugos con tanta cordialidad que la turbación se apodera de ellos. Él se acerca para abrazarlos. De los tres hombres, sólo uno rehúsa dejarse tocar, y solamente él descarga el arma sobre el sacerdote. Más tarde, dirá: «Si lo hubiera tocado, no habría podido disparar». Al enterarse de su ejecución, uno de los jefes revolucionarios que lo había conocido bien, exclamó: «¡Ladrones! ¡Asesinos! ¡Me lo habéis robado; estaba bajo mi protección! No será así como triunfe nuestra causa…».

Josep Samsó fue beatificado el 23 de enero de 2010 en Mataró, en la basílica de Santa María de donde fue arcipreste. Pidámosle que comparta con nosotros su celo por la transmisión de la fe mediante la catequesis. ¡Que nos ayude a ser testigos de Cristo en el mundo de hoy en día!

Dom Antoine Marie osb

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