Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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21 de noviembre de 2013
Presentación de Nuestra Señora en el Templo


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Octubre de 1912. Una tormenta agita el hogar de estudiantes semina ristas de Vallendar-Schoenstatt, cerca de Coblenza (Alemania): los alumnos mayores protestan contra un reglamento interno que consideran demasiado severo, y en las paredes se extienden grafitis contestatarios. Los dos sacerdotes encargados de la dirección espiritual presentan su dimisión. En medio de la urgencia, un joven padre, José Kentenich, es designado para substituirlos y restablecer la confianza. Durante su primera entrevista, se presenta a los estudiantes del siguiente modo: «Me pongo a su entera disposición con todo lo que soy y todo lo que tengo: mi sabiduría y mi ignorancia, mi competencia y mi incompetencia, pero sobre todo mi corazón… vamos a aprender a educarnos nosotros mismos bajo la protección de María, para convertirnos en hombres de temperamento firme, libre y sacerdotal». Enseguida se establece una relación fluida entre el nuevo padre espiritual y los seminaristas anteriormente sublevados. De ese encuentro nace la obra de Schoenstatt. ¿Quién es ese sacerdote cuya memoria es venerada actualmente por millones de católicos?

Nacido el 18 de noviembre de 1885 en Gymnich, cerca de Colonia, José es el hijo natural de Catalina Kentenich, una joven muy pobre, aunque piadosa a pesar de la relación que ha tenido fuera del matrimonio y fruto de la cual ha nacido ese hijo. Catalina transmite a José su profunda devoción mariana. Al acompañar a su hijo de ocho años al orfanato de San Vicente de Oberhausen, lleva consigo uno de los pocos objetos preciados que posee: una cadenita de oro de la que pende una cruz; la cuelga del cuello de una estatua de Nuestra Señora, pidiéndole a la Madre de Jesús que asegure en adelante su educación; luego, coloca esa cruz en el cuello de José. Aquellos años de orfanato serán duros para el niño, que se fugará en dos ocasiones y cometerá numerosas travesuras. Sin embargo, conseguirá buenos resultados escolares y, sobre todo, permanecerá marcado profundamente por su consagración a María.

En 1897, José expresa por vez primera su deseo de ser sacerdote. Dos años más tarde es admitido en el seminario menor de Ehrenbreitstein, gestionado por los padres pallotinos, miembros de una congregación misionera fundada en Roma en 1835 por san Vicente Palloti. En 1904, ingresa en el noviciado de los pallotinos de Limburgo. En su diario, formula de la siguiente manera su trayectoria espiritual: «Dios es mi único objetivo, y debe ser también la estrella que me guíe en la vida». No obstante, el novicio se topa con grandes dificultades provenientes de su carácter intelectualista. Hay una cuestión filosófica primordial que atormenta su inteligencia: ¿Existe una verdad, y cómo conocerla?». Siente un vivo deseo de perfección, pero experimenta una gran insensibilidad, una especie de incapacidad para amar a Dios y al prójimo. La devoción mariana le permite superar esa crisis y descubrir el amor personal que Dios, Jesucristo y la Virgen María le aportan, un amor que no es una idea abstracta, sino una realidad tangible.

Tres pilares

José Kentenich es admitido a la profesión religiosa en 1909, siendo ordenado sacerdote en Limburgo el 8 de julio de 1910. Un ataque de tuberculosis le impide cumplir su deseo de partir a África como misionero. Tras llegar en 1912 a Schoenstatt en las circunstancias evocadas anteriormente, funda muy pronto una asociación de laicos que se convertirá en una “congregación mariana” en 1914. Los tres pilares de la obra de Schoenstatt son el amor hacia la Virgen María, la santificación personal y el compromiso apostólico. Sus superiores conceden al fundador poder usar la modesta capilla de San Miguel, desafectada y convertida en una cabaña para herramientas. El 18 de octubre de 1914, el fundador reúne en ese lugar a una veintena de hombres jóvenes, y allí resuena por primera vez la invocación litúrgica que llegará a ser la divisa de la obra: Nos cum prole pia benedicat Virgo Maria (Con su descendencia pía, nos bendiga la Virgen María). La idea del padre Kentenich es que esa capilla se transforme en un gran lugar de peregrinación: «Que todos los que aquí vengan para rezar experimenten el esplendor de María». Ese deseo es colmado muy pronto, pues los peregrinos afluyen.

En 1915, un profesor regala al padre Kentenich un grabado de la Virgen con el Niño. A pesar del poco valor artístico de la obra, el fundador es seducido por la ternura del gesto de María que abraza a Jesús contra su corazón, por lo que coloca la imagen encima del altar. Venerada con el nombre de Mater ter admirabilis (Madre tres veces admirable), figurará en todas las fundaciones de Schoenstatt. En plena guerra, los jóvenes que combaten en el frente reciben una revista que lleva la misma advocación. En 1918, un vecino de Schoenstatt de veinte años, Joseph Engling, seminarista ferviente, partidario de la paz entre las naciones y apóstol entre sus compañeros soldados, hace ofrenda de su vida a la Madre tres veces admirable por el desarrollo de la obra. El 4 de octubre, lo mata un obús en el norte de Francia; el fundador lo presentará como modelo.

Paternidad espiritual

En 1919, el padre Kentenich crea una Unión Apostólica para agrupar a los estudiantes y profesores dispersos en toda Alemania. El objetivo de la Unión es «la formación de apóstoles laicos, según el espíritu de la Iglesia». Los deberes de todo miembro son: a) elegir a un sacerdote como director espiritual; b) practicar el examen de conciencia por escrito; c) establecer un orden del día espiritual y llevarlo controlado; d) rendir cuenta cada mes al director espiritual. Por añadidura, el schoenstattiano pide a la Virgen Inmaculada «una delicada sensibilidad por la virtud de pureza». Por todas partes en Alemania se erigen capillas dedicadas a la Madre tres veces admirable. A partir de 1920, el movimiento se abre a las mujeres a través de la Alianza Apostólica. En 1926, el fundador promueve las Hermanas Marianas de Schoenstatt, unas mujeres consagradas que viven en el mundo. A los numerosos sacerdotes que acuden para seguir un retiro espiritual (serán 1.100 en 1930), el fundador les recuerda el deber de la paternidad espiritual. Según él, una de las causas principales de la crisis moral de nuestra época es la ausencia del padre.

En las familias, esa carencia de padre se sitúa a nivel de la educación, del ejercicio conveniente de la autoridad y del ejemplo de una vida espiritual que incluye la práctica religiosa. El Papa Benedicto XVI aludía a ello en un discurso del 23 de mayo de 2012: «Hoy a menudo no está suficientemente presente la figura paterna, y con frecuencia incluso no es suficientemente positiva en la vida diaria. La ausencia del padre, el problema de un padre que no está presente en la vida del niño, es un gran problema de nuestro tiempo, porque resulta difícil comprender en su profundidad qué quiere decir que Dios es Padre para nosotros».

El padre Kentenich quiere promover el desarrollo de un pensamiento humano “orgánico” y no “mecánico”; quiere resaltar con ello que la religión no debe considerarse como un sistema abstracto, sino como una realidad viva enraizada en el corazón humano. En la época del ascenso de los totalitarismos rojo (comunismo) y pardo (nacionalsocialismo), él se subleva contra la despersonalización del hombre: «Frente a la dominación de la materia y de la masa, nosotros combatimos por el esplendor y el poder de Dios y de la personalidad imbuida de Dios».

A partir de la llegada al poder de Hitler (enero de 1933), la policía vigila Schoenstatt y sobre todo a su fundador, considerados muy peligrosos por la Gestapo porque aspiran a la renovación espiritual de Alemania. Sin embargo, a partir de 1935, son algunos medios eclesiásticos quienes crean al padre Kentenich las mayores dificultades al contestar sus “ideas singulares”: su mariología les parece extravagante. El fundador dice a menudo que los méritos de las almas fervorosas deben ofrecerse a la Virgen, convirtiéndose así en el «capital de gracias» que ella hará fructificar. En ese concepto tomado de la economía moderna se halla una doctrina clásica de la espiritualidad; así, ya a principios del siglo xviii, san Luis María Griñón de Monfort hablaba de los servidores de María como del “capital” del que dispone la Madre de Dios para actuar «para la mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad». No obstante, las críticas contra Schoenstatt continúan, marcadas por penosas incomprensiones. «Incluso si se acrecientan las dificultades –confía el padre Kentenich– tenemos nuestra pequeña divisa que hace maravillas: Mater habebit curam (la Madre se encargará)».

Hacer que aparezca el vacío

A partir de 1940, la persecución nazi contra el clero católico se intensifica; el 20 de septiembre de 1941, el padre Kentenich es convocado por la Gestapo; le citan una de sus frases, pronunciada en privado pero revelada por una delatora: «Mi misión consiste en hacer que aparezca el vacío interior del nacionalsocialismo, a fin de conseguir vencerlo de ese modo». La policía encarcela al religioso durante un mes en una celda sin ventilación, con objeto de quebrantar su voluntad; después es trasladado a la prisión de Coblenza. Gracias a la complicidad de dos guardias, recibe lo necesario para celebrar Misa, intercambiando también correspondencia con Schoenstatt. Se entrega totalmente, ofrece a la Virgen «una firma en blanco sin restricciones» para hacer de él lo que quiera y pide a todos que participen de su sacrificio para conseguir «longevidad, fecundidad y santidad» para su familia espiritual.

En marzo de 1942, el padre Kentenich parte hacia Dachau, campo de concentración situado cerca de Múnich, en el momento en que se agravan las condiciones de vida. Entre los 12.000 detenidos hay 2.600 sacerdotes. Los alemanes están agrupados en un barracón donde tienen derecho a asistir diariamente a Misa, celebrada por uno de ellos; hasta el 19 de marzo de 1943, el padre Kentenich no podrá celebrar su primera Misa en el campo. Cada tarde, dirige una conferencia espiritual a sus compañeros detenidos, y ello gracias a la protección del “kapo” Guttmann (kapo: detenido jefe de barracón), un comunista de violento carácter pero fascinado por el comportamiento del padre, pues le ha visto compartir su escaso pan diario y su sopa con un detenido más necesitado. Guttmann salvará la vida del fundador de Schoenstatt, destinado al exterminio en la cámara de gas a causa de su mala salud, y el kapo lo hace escondiendo al padre Kentenich el día en que un médico de la S.S. realiza la visita de selección; tras ser adscrito a un comando de desinfección, en adelante el padre puede transitar por el campo.

El 16 de julio de 1942, se creaban en Dachau dos nuevas ramas de Schoenstatt, bajo la responsabilidad de dos deportados laicos: la Comunidad de las Familias y la de los Hermanos. Trasladado a diferentes bloques, el fundador reanuda cada vez el apostolado a pesar del riesgo personal al que se expone. Durante el trascurso de los tres últimos meses de 1944, el endurecimiento del régimen nazi y las epidemias provocan la muerte de diez mil detenidos en Dachau. Justo en ese momento, en medio de un sorprendente acto de fe lleno de esperanza, radicado en el seno de un lugar infernal, el padre Kentenich funda con un grupo de discípulos la Obra Internacional, que extiende la fundación de Schoenstatt al mundo entero. En diciembre, Monseñor Piguet, un obispo francés prisionero, ordena sacerdote en el mayor de los secretos a un seminarista schoenstattiano, el beato Carlos Leisner. Tuberculoso y muy debilitado, éste no podrá celebrar más que una Misa antes de morir; será beatificado por Juan Pablo II el 23 de junio de 1996.

El 6 de abril de 1945, al aproximarse los norteamericanos, los detenidos son liberados. El 20 de mayo, día de Pentecostés, el padre Kentenich está de regreso en Schoenstatt. Inmediatamente se pone manos a la obra; se trata de construir un dique contra un doble peligro que el fundador discierne con lucidez: el comunismo en el Este y el materialismo práctico en el Oeste. La experiencia de la deportación le ayudará a enseñar a sus discípulos los medios de conservar la libertad interior. Los padres Reinisch y Eise, dos mártires schoenstattianos, el primero decapitado por los nazis y el segundo muerto de enfermedad en Dachau, serán invocados como protectores celestiales por todos los miembros del Movimiento.

Los Institutos Seglares

En marzo de 1947, el padre Kentenich, recibido en audiencia privada por el Papa Pío XII, da las gracias al Sumo Pontífice por la publicación, dos días antes, de la constitución Provida Mater Ecclesia, que crea los “Institutos Seglares”. Se entiende por ello un grupo de cristianos, laicos y sacerdotes diocesanos, que viven en el mundo y que forman entre ellos una sociedad de vida consagrada. Esos Institutos tienen como finalidad ayudar a sus miembros a tender hacia la perfección de la caridad. Sin ser religiosos en sentido estricto, los miembros de los Institutos Seglares pueden profesar votos privados. En octubre de 1948, la Santa Sede erige en Instituto Seglar a las Hermanas Schoenstattianas de María. Por la misma época, el fundador viaja a Iberoamérica, luego a África y a los Estados Unidos, para implantar su obra.

Sin embargo, hay corrientes de oposición que continúan manifestándose en contra del movimiento, cuya solidaridad y extensión engendran envidias. No se refieren a temas de doctrina, sino principalmente a expresiones utilizadas en algunas oraciones y al papel del fundador, que se considera demasiado exclusivo. El obispo de Trèves, en cuya diócesis se sitúa Schoenstatt, ordena una visita canónica. Aunque globalmente es laudatorio, el informe del Visitador formula algunas críticas de detalle a las que se invita a responder al padre Kentenich. Éste considera un deber entrar en el debate redactando un extenso documento sobre la obra de Schoenstatt que es presentado como remedio a la enfermedad del pensamiento occidental: el idealismo.

A partir del siglo xviii, esta corriente procedente de la filosofía de la Ilustración ha separado radicalmente las ideas de la realidad concreta. Y se encuentra todavía en la actualidad, sobre todo en forma de relativismo, sistema por el cual no existe una verdad absoluta: «Cada uno con su verdad». En el decurso de la Misa de apertura del cónclave de 2005, el cardenal Ratzinger llamaba la atención de los cardenales sobre ese peligro: «Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, viene constantemente etiquetado como fundamentalismo; sin embargo el relativismo, es decir, el dejarse llevar “de aquí hacia allá por cualquier tipo de doctrina”, aparece como la única aproximación a la altura de los tiempos modernos. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida solamente el propio yo y sus deseos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es la fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente radicada en la amistad con Cristo. Es esta amistad la que nos abre a todo aquello que es bueno y nos concede el criterio de discernir entre lo verdadero y lo falso, entre impostura y verdad» (Homilía del 18 de abril de 2005).

Dios habla

Para el fundador, Schoenstatt puede significar un antídoto a ese veneno, porque no se trata de una teoría abstracta sino de una aplicación práctica de la doctrina cristiana. No obstante, su extenso alegato ha indispuesto al Visitador apostólico, quien envía el informe al Santo Oficio, a Roma. En 1951, el padre Tromp, jesuita holandés, es nombrado inspector apostólico con poderes especiales. Desconcertado por la terminología poco clásica que utiliza el padre Kentenich, lo toma por un exaltado, un innovador e incluso un sectario. Tras relevarlo de todas sus funciones en la dirección de la obra, le asigna residencia en el convento de los pallotinos de Milwaukee (Estados Unidos), prohibiéndosele todo intercambio de correspondencia con los responsables de la obra. Sin embargo, lleno de paz y sumiso a la Providencia que actúa a través de la autoridad eclesiástica, el exiliado escribe: «¿Acaso no habla Dios claramente mediante los acontecimientos? La Iglesia quiere poner a prueba nuestra obediencia, para reconocer con ello si la obra, y también el conductor de la obra, llevan la marca de Dios». En 1959, el padre Kentenich es nombrado cura párroco de la parroquia alemana de Milwaukee, que cuenta con muchos emigrantes de ese país. «Nos hablaba del Padre celestial –contarán algunos de sus feligreses– como jamás habíamos oído a nadie hacerlo».

En 1953, el Papa Pío XII, a quien habían sugerido la disolución de Schoenstatt, rechaza esta medida. Se plantea la cuestión del estatuto de la obra: ¿debe integrarse en la congregación de los pallottinos, o bien ser autónoma? Los superiores de la Orden preconizan la primera solución, pero otros religiosos pallotinos consideran con el padre Kentenich que Schoenstatt debe ser plenamente autónoma so pena de marchitarse. En 1962, tras intervención de varios obispos, el beato Juan XXIII confía el informe a la Congregación de los Religiosos. En diciembre de 1963, Pablo VI nombra al obispo de Münster, Monseñor Höffner, como moderador y protector de Schoenstatt. Se designa a un nuevo Visitador apostólico, que entrega un informe favorable. En 1964, con la opinión unánime de los obispos alemanes, un decreto pontificio establece la separación de Schoenstatt de los pallottinos, que tiene lugar sin disputas. Sólo queda pendiente que los miembros de la obra consigan de Roma el regreso del fundador entre los suyos. En octubre de 1965, el padre Kentenich es restablecido en sus funciones a la cabeza de la obra. Ya octogenario, es recibido por Pablo VI unos días después de la clausura del Concilio Vaticano II. Respecto al concilio, pronosticará que «producirá frutos, pero primero tendrá efectos negativos a causa de la incerteza de amplias capas de la jerarquía, del clero y de los laicos con respecto a la imagen de la Iglesia… esa incerteza puede superarse dirigiendo la mirada a María, imagen primera y Madre de la Iglesia».

En Navidad de 1965, el padre Kentenich, cuyo rostro de patriarca se adorna con una larga barba blanca, es acogido con entusiasmo en Schoenstatt. Su obra la formarán en adelante cinco institutos seglares: los Padres de Schoenstatt, los Padres Diocesanos Asociados, los Hermanos de María, las Hermanas de María y el Instituto Nuestra Señora para los laicos consagrados; existen además Uniones y Ligas que agrupan a sacerdotes, laicos y familias. El fundador dedica a partir de entonces sus fuerzas a ejercer para con todos su paternidad espiritual. Una teología influyente en aquellos años postconciliares reclamaba una “fe adulta”, la autonomía del individuo y la aplicación del principio democrático en la Iglesia; contra esas ideas que estaban de moda, el padre Kentenich insiste en la paternidad de Dios y en la que debe ejercer el sacerdocio en la Iglesia, en especial el episcopado. Procedente de la caridad, esa paternidad es también un principio de autoridad e implica la obediencia. El acompañamiento maternal de María es el otro carisma esencial de la obra, y la manera práctica de vivirlo es la alianza de amor con la Madre tres veces admirable.

En un discurso pronunciado ante el Congreso anual de los católicos alemanes en 1967, el padre Kentenich declara: «Vivimos tiempos apocalípticos… Poderes celestiales y diabólicos se enfrentan en la tierra… Ese enfrentamiento tiene el reto de la dominación del mundo, y actualmente eso es bien visible». La solución es recurrir a la Virgen María, «arma privilegiada en la mano del Dios vivo». Durante su último año en la tierra, aquel año de 1968 marcado por el espíritu contestatario en la Iglesia y en el mundo, el padre retoma constantemente ese tema: «La labor de María consiste en traer a Cristo al mundo y el mundo a Cristo… estamos convencidos de que las grandes crisis del tiempo presente no pueden superarse sin María» (12 de septiembre de 1968).

Dilexit Ecclesiam

Tres días más tarde, el padre Kentenich celebra Misa en el novísimo santuario de la Adoración, consagrado poco antes en las alturas de Schoenstatt. Seiscientas Hermanas de María asisten a la ceremonia. Al entrar en la sacristía para la oración de acción de gracias, el celebrante sufre de repente una crisis cardíaca; recibe los últimos sacramentos y expira unos minutos después. Sus restos mortales reposan en el mismo lugar donde entregara su último suspiro. Sobre la sepultura figura, según su deseo, la inscripción «Dilexit Ecclesiam» (Amó a la Iglesia; Ef 5, 25). En la actualidad, el movimiento de Schoenstatt, presente en más de cien países, comprende alrededor de 100.000 miembros y resplandece sobre varios millones de asociados. El proceso de beatificación del fundador se inauguró en 1975.

Que el ejemplo del padre José Kentenich nos anime a concluir con la Santísima Virgen María una alianza de amor que hará de nosotros instrumentos libres en manos de esa Madre tres veces admirable. ¡Que por ella, todos los hombres vayan a Jesucristo, único Salvador, y por Él, a su Padre celestial!

Dom Antoine Marie osb

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