Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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30 de mayo de 2013
Festividad del Corpus Christi


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este lla- mamiento que lanzó el beato Juan Pablo II en agosto de 1989, duran- te las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma, seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo puede una muchacha de 17 ó 18 años vivir un sufrimiento así, humanamente sin esperanza, difundiendo amor, serenidad, paz, fe?».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y Maria Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, Maria Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

«¡No, que son míos!»

Desde la tierna infancia, Chiara es invitada a escuchar  en su corazón “una vocecita”; le explican que es la voz de Jesús y le inculcan que es importante escucharla para poder actuar haciendo el bien. Es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter: cuando se le pide ayuda o esfuerzo, la primera respuesta es a menudo un “no” categórico, como el día en que su madre le propone dar algunos juguetes a los pobres: «¡No, que son míos!». Poco después, en medio del silencio, se oye una vocecita que repite, mientras elige sus juguetes: «Éste sí, éste no…». Explica a su madre las razones de su elección: «No puedo dar juguetes rotos a unos niños que no tienen». En otra ocasión, Chiara manifiesta su alegría al entender la parábola evangélica del padre que pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña (Mt 21, 28-30), y confiesa que se reconoce en el primero, quien, tras haberse negado, decide cumplir la voluntad del padre. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». Ruggero se reserva un papel firme en la educación de su hija: «Me parecía que para educarla correctamente debía exigir alguna cosa de su parte, pero lo hacía siempre por amor, nunca por despecho, fatiga u otra razón».

Al dirigirse a las familias y a los jóvenes de Sicilia, el Papa Benedicto XVI subrayaba: los esposos Badano «fueron los primeros en encender en el alma de su hija la pequeña llama de la fe y ayudaron a Chiara a mantenerla siempre encendida, incluso en los momentos difíciles del crecimiento y sobre todo en la prueba grande y larga del sufrimiento… La relación entre padres e hijos es fundamental; pero no sólo por una buena tradición. Es algo más, que Jesús mismo nos enseñó: es la antorcha de la fe que se transmite de generación en generación; la llama que está presente también en el rito del Bautismo, cuando el sacerdote dice: “Recibid la luz de Cristo… A vosotros se os confía esta luz, que debéis alimentar siempre”. La familia es fundamental porque allí brota en el alma humana la primera percepción del sentido de la vida. Brota en la relación con la madre y con el padre, los cuales no son dueños de la vida de sus hijos, sino los primeros colaboradores de Dios para la transmisión de la vida y de la fe. Esto sucedió de modo extraordinario en la familia de la beata Chiara Badano» (3 de octubre de 2010).

Después de la primera Comunión, Chiara participa en un encuentro de niños organizado por los Focolares, en septiembre de 1980. Ese Movimiento, denominado también “Obra de María”, había sido fundado en 1944 por Chiara Lubich (1920-2008), una joven maestra originaria de Trento. Chiara Badano descubre allí una manera de vivir y de pensar que se corresponde a su sed de Dios. La espiritualidad de los Focolares se apoya en Dios-Amor: «Esa fe en el amor que Dios manifiesta por nosotros –escribe la fundadora– nos ha movido a buscar todos los medios para responder mediante nuestro propio amor. Cumplir la voluntad de Dios: ésta es la mejor manera de amar a Dios». Los demás pilares de esa espiritualidad son: la presencia de Jesús en medio de sus discípulos (cf. Mt 18, 20), la búsqueda de la unidad, que es el objetivo particular del Movimiento nacido con vistas a la “unidad de los hombres con Dios y entre ellos”, la Pasión de Jesús, la Palabra de Dios, la Eucaristía y la devoción a María, Madre del Movimiento.

Jesús abandonado

La vida de Chiara cambia: se vuelve más piadosa, par- ticipa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. Sus padres se adhieren a su vez a ese ideal. La niña descubre también lo que Chiara Lubich denomina el misterio de “Jesús abandonado” en la Cruz. En 1983, participa en un congreso del Movimiento cerca de Roma. Unos meses después, cuando acaba de cumplir los doce años, escribe a la fundadora: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios; quiero elegirlo como a mi primer Esposo y prepararme para su venida. ¡Preferirlo! He comprendido que puedo encontrarlo en quienes están lejos, en los ateos, y que debo amarlos de una manera muy especial, sin esperar nada a cambio». Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. Uno de sus primos aportará el siguiente testimonio: «Mantenía una relación maravillosa con nuestros abuelos. Conversaba durante largo tiempo y afectuosamente con ellos. Los asistió de forma destacada a pesar de su corta edad». Chiara considera también el Evangelio como su tesoro más preciado; lo medita y desea conocerlo a fondo: «Comprendí que no era una auténtica cristiana –escribe en 1984–, porque no lo vivía a fondo. Ahora quiero que ese libro magnífico sea el único objetivo de mi vida. No puedo seguir siendo analfabeta de ese extraordinario mensaje. Del mismo modo que me resulta fácil aprender el alfabeto, así también debe serlo para mí aprender a vivir el Evangelio». Su correspondencia asidua con la fundadora de los Focolares resulta vital para la niña. Entre ellas se entabla una profunda amistad espiritual. Dirá que todo se lo debe a Dios y a Chiara Lubich.

La joven posee una hermosa voz, ama la música y también la danza. Además, siente pasión por los paseos por la montaña, por el deporte, el tenis y la natación. Rodeada siempre de amigos, chicos y chicas, sabe hacerse apreciar, de tal modo que todos están impresionados por la profundidad de su pensamiento, su madurez y la energía espiritual que emana de ella. Chiara se halla muy a gusto tanto con los jóvenes como con los adultos, y es capaz de conversar sobre temas importantes y profundos, sin esconder nunca sus convicciones cristianas. El secreto de semejante madurez estriba en su unión con Dios. Mantiene con Él un diálogo constante, natural, sencillo, de auténtica relación filial, alimentada por una confianza extrema. Ve en Jesús al Amigo, al Hermano y al Esposo, buscando su rostro en todos los encuentros y acontecimientos de su vida; pero donde consigue hallarlo sobre todo es en la Eucaristía. Esa unión con Dios es la fuente de donde obtiene la fuerza para dominar su carácter ardiente. Por ejemplo, cuando oye opiniones que no aprueba, aprende a dominarse para no saltar, reteniendo un momento su opinión personal para que el Espíritu Santo le sugiera la respuesta correcta.

«Hermosa por dentro»

A Chiara no le gusta hablar de ella, y todavía menos  atraer las miradas. Es alta y esbelta, por lo que no pasa desapercibida. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera, y unos rasgos finos y delicados. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». En sus gestos y manera de vestir sigue las orientaciones que aportan su familia y el Movimiento. Si se produce algún ataque a su pureza, no duda en actuar de manera decidida. El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad, y muy pronto se percata de que, para permanecer fiel a esos valores, «hay que ir a contracorriente».

Esa valiente disposición interior recuerda a la de san Antonio de Sant’Anna Galvao (1739-1822), que se había consagrado a la Virgen en estos términos: «¡Señor, quítame la vida antes que ofender a tu bendito Hijo!». Con motivo de la canonización de este religioso brasileño, el 11 de mayo de 2007, Benedicto XVI comentaba del siguiente modo esas palabras: «Suenan muy actuales para nosotros, que vivimos en una época tan llena de hedonismo. Son palabras fuertes, de un alma apasionada, palabras que deberían formar parte de la vida normal de cada cristiano, consagrado o no, y que despiertan deseos de fidelidad a Dios dentro o fuera del matrimonio. El mundo necesita de vidas limpias, de almas claras, de inteligencias sencillas que rechacen ser consideradas criaturas objeto de placer. Es necesario decir no a esos medios de comunicación social que ridiculizan la santidad del matrimonio y la virginidad antes de él. Precisamente en ese momento tendremos en la Virgen la mejor defensa contra los males que afligen la vida moderna; la devoción mariana es garantía cierta de protección maternal y de amparo en la hora de la tentación».

No hay conexión

Durante el otoño de 1985, Chiara prosigue sus estu- dios en el instituto, a fin de cumplir su sueño: estudiar medicina y marchar a África para curar a los niños. La familia se traslada entonces a Savona, donde posee un apartamento. Los fines de semana, con gran alegría por parte de todos, regresan al pueblo. El curso académico resulta una dura prueba para la joven, y, a pesar de su gran dedicación, los resultados son decepcionantes. No hay conexión con una de las docentes, quien la evalúa de manera inadecuada y la obligará a repetir. En esa situación particularmente difícil, queda de manifiesto la caridad de Chiara. La incomprensión de esa profesora le causa mucho sufrimiento, pero de sus labios nunca sale opinión ni palabras de descortesía hacia ella. Un episodio, en particular, revela su caridad. Un día, unos alumnos se percatan de que dicha profesora está a punto de tomar una escalera; en un abrir y cerrar de ojos, se precipitan detrás de ella con la finalidad de hacerla caer, pues son muchos los que tienen quejas contra ella. Chiara se apresura a detenerlos y los desvía de ese acto de venganza. Comprendiendo lo que acaba de ocurrir, la docente dirige hacia Chiara una mirada de agradecimiento.

Por la misma época, surgen algunas dificultades en el grupo de jóvenes de los Focolares, con motivo de una nueva asistenta, más austera, con la que Chiara no se lleva bien. Incluso se pregunta sobre la oportunidad de proseguir su camino en el Movimiento. Pero ella reza y ofrece a Jesús ese nuevo sufrimiento, sin dejar entrever nada a los demás miembros del grupo. Solamente una amiga se da cuenta de hasta qué punto Chiara se reprime para que las dificultades que encuentra, incluidos sus fracasos académicos, no pesen sobre sus compañeras, y aporta el siguiente testimonio: «Vive constantemente para los demás, para la buena marcha del grupo. Se muestra serena y sonriente, a pesar de lo que está viviendo». Al final del curso académico, Chiara escribe a otra amiga: «Puede que ya sepas que me catearon. Para mí, fue un dolor muy grande. No conseguí ofrecer enseguida ese dolor a Jesús. Necesité mucho tiempo para recuperarme, y aún hoy, cuando lo pienso, tengo ganas de llorar un poco. ¡Pero es Jesús abandonado!».

Los dos cursos académicos siguientes resultan más fáciles, pero la cruz, presente ya en la vida de Chiara, se muestra muy pronto con toda su crudeza. Jesús abandonado, al que ha escogido como Esposo, le toma la palabra. A partir de junio de 1988, la palidez domina a menudo en su rostro, y su sonrisa se difumina. En ocasiones siente un dolor en el hombro izquierdo, pero ni ella ni su familia hacen caso de ello. Sin embargo, hacia finales del verano, mientras está jugando a tenis, el dolor se manifiesta con violencia hasta el punto de que pierde la raqueta. Los médicos intentan tratamientos que resultan inútiles. Finalmente, Ruggero y Maria Teresa son los primeros en enterarse de los resultados de unos análisis especiales: su hija está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos. Comienza entonces un interminable calvario de analíticas, hospitalizaciones, terapias e intervenciones. Chiara confía en curarse y conserva su maravillosa sonrisa; su atención por los demás no se debilita, particularmente hacia esa joven drogadicta que, en el hospital, ocupa la habitación de al lado, a quien acompaña durante largos paseos por los pasillos. Sus padres la invitan a dosificar las fuerzas, pero ella les responde: «Ya tendré tiempo de dormir más tarde». En el mes de marzo siguiente, con motivo de su primera sesión de quimioterapia, se percata plenamente de la gravedad de su dolencia. De regreso a casa, lívida, se aísla, rechaza hablar y permanece postrada en la cama. Veinticinco minutos después, se gira hacia su madre, sonriendo: «Ahora ya puedes hablar». Chiara acaba de participar en la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos; acaba de dar su “sí” sin reservas a la voluntad de Dios y ya nunca mirará atrás. La sonrisa que desde siempre la caracterizaba reaparece en sus labios.

Blanca como la nieve

Sabedora en adelante de hacia dónde va, Chiara  comienza una ascensión espiritual, fruto de toda su vida pasada. A pesar de su permanente sufrimiento, no se queja. En el transcurso de esos diecisiete meses de calvario, repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «”Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!”… Jesús me limpia con lejía hasta los poros más pequeños, y la lejía quema. De ese modo, cuando llegue al paraíso, estaré blanca como la nieve». A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera». Como deportista, le cuesta mucho aceptar la parálisis progresiva de las piernas, pero llegará a decir al respecto: «Si me preguntaran si querría volver a caminar, diría que no, porque de este modo estoy más cerca de Jesús». Repite con frecuencia a sus padres: «Cada instante es precioso, y no hay que desperdiciarlo; viviendo de este modo, todo adquiere sentido. Cada cosa encuentra sus dimensiones justas, incluso en las horas más terribles, si se ofrece a Jesús. No hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús».

«Podemos tratar de limitar el sufrimiento –afirma el Papa Benedicto XVI–, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo… Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito» (Encíclica Spe salvi, 30 de noviembre de 2007, 37).

La inquietud misionera no abandona a Chiara. Cientos de personas la visitan y quedan impresionadas por su resplandeciente caridad. Su habitación se convierte en escenario de encuentros gozosos, incluso entusiastas. Monseñor Maritano, obispo de Acqui, de donde depende Sassello, la visita varias veces; juntos, recomiendan a Dios a los jóvenes de la diócesis. «Daba muestras –dirá– de una madurez humana y cristiana por encima de lo normal… La disminución de sus capacidades físicas concedía más relieve a su espíritu indomable, sostenido sin duda por la gracia. Esa gracia le daba la certeza de la verdadera vida, del encuentro con el Señor, sin vacilación, a lo largo de la evolución de la enfermedad. Chiara vivió realmente la esperanza cristiana». Sus allegados también son testigos de la ascensión espiritual de los padres, quienes, conducidos por su hija y unidos a ella en un mismo ideal, reconocen, más allá del dolor, el amor de Dios. Su conducta provoca asombro entre los médicos: «No entendíamos –dirá uno de ellos– por qué no estaban desesperados. Eran tres, pero sólo veía a una persona».

Un nuevo nombre

En aquella época, Chiara Lubich le pone, según la  costumbre de los Focolares, un nuevo nombre: Chiara Luce. Su luz, en efecto, resplandece a lo lejos; ella, que había soñado curar a los niños africanos, se apasiona ahora por el proyecto de un amigo que se ha marchado a perforar pozos en Benín. Le entrega todo el dinero que había recibido con motivo de su dieciocho cumpleaños: es el principio de una hermosa aventura que verá la construcción de un dispensario para los huérfanos y de un “Centro de acogida Chiara Luce”. Finalmente, utiliza sus últimas fuerzas para preparar junto a su madre y amigos la «fiesta de su boda». Después de elegir las lecturas, los cantos y el vestido blanco con el cinturón rosa que desea llevar para sus «esponsales» con Jesús, se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!». Dos mil personas asisten a las exequias celebradas por Monseñor Maritano. Muy pronto, el resplandor de Chiara traspasa las fronteras de Italia; cada vez son más numerosas las gracias atribuidas a su intercesión, de tal modo que el proceso para su beatificación quedó abierto en 1999. Fue beatificada en Roma el 25 de septiembre de 2010.

Chiara Luce tenía la certeza de ser inmensamente amada por Dios; su confianza inquebrantable en la bondad divina le daba la seguridad de que Dios no puede elegir para nosotros más que el bien. Según el testimonio de su obispo, «sabía que lo más importante es abandonarse a la voluntad de Dios, y ella lo hacía». Que mediante su ejemplo, podamos en toda circunstancia reconocer el Amor de Dios y confiar en Él, persuadidos de que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman (Rom 8, 28).

Dom Antoine Marie osb

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