Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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25 de abril de 2013
san Marcos, evangelista


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Las leyes del Evangelio y los mandamientos de Cristo conducen a la  alegría y a la felicidad: ésta es la verdad que san Felipe Neri procla- maba a los jóvenes con los que se encontraba en su trabajo apostólico diario. Su anuncio venía dictado por su íntima experiencia de Dios, sobre todo en la oración» (beato Juan Pablo II, 7 de octubre de 1994, con ocasión del cuarto centenario de la muerte del santo). Pocos hombres dejaron tanta huella, tan profunda y duradera en la ciudad de Roma como san Felipe Neri, ese “loco de Dios”. Sin embargo, nunca ocupó un lugar importante en la Iglesia, si bien su considerable proyección personal todavía se percibe hoy en día.

Felipe nace en Florencia, Toscana, el 21 de julio de 1515, segundo de una familia de cuatro hijos. Su padre, Francisco, es notario, y su madre, Lucrecia, fallece cuando él tiene cinco años. Enseguida es sustituida en el hogar por Alejandra, segunda esposa de Francisco, que trata al niño con especial ternura. Florencia es entonces esa capital de las artes y de los banqueros cuyo brillo se proyecta muy lejos. Desde muy joven, Felipe, que destaca ya por su carácter jovial y dócil, frecuenta a los padres dominicos del convento de San Marcos, donde recibe una doble influencia: la de la belleza artística, gracias a las pinturas realizadas en los muros por el beato Fray Angélico, y la de Savonarola, ese dominico que, mediante su predicación, había sublevado a la ciudad unos treinta años antes. Felipe conserva de esa relación un ardiente amor de Jesús y la llamada a la conversión, pero, lejos de compartir la exaltación de Savonarola, demostrará equilibrio y dulzura.

Tras el saqueo de Roma por los lansquenetes imperiales en 1527, seguido del de Florencia en 1530, Felipe es enviado a casa de un pariente rico que ha hecho fortuna con la industria textil, donde emprende una vida llena de cálculos de rentabilidad sobre el comercio de los tejidos y de las lanas, donde lo único que cuenta es la ganancia. Muy pronto, el joven queda confuso y se pregunta cómo se puede amasar lícitamente tanto dinero mientras los pobres son tan numerosos. Decide entonces dejar a su generoso bienhechor para dirigirse a Roma y llevar una vida más evangélica. Allí le acoge un compatriota florentino, director de aduanas, quien le hace preceptor de sus dos hijos, llevando una vida muy ascética y alimentándose de aceitunas, de pan y de agua. Roma se levanta con dificultades de las devastaciones del terrible saqueo de 1527. La consideran una ciudad de mala reputación, si bien alberga corrientes espirituales que hacen augurar un renacimiento de la vida religiosa. Felipe aprovecha la vecindad de la Universidad Pontificia de Roma, “La Sapiencia”, para estudiar filosofía y teología, pero no según un programa sistemático sino profundizando en las materias más útiles para ayudar a las personas que se dirigirán a él.

La irradiación de la caridad

El joven se dirige con frecuencia de noche a la cata- cumba de San Sebastián para rezar. Allí, la víspera de Pentecostés de 1544, el Espíritu Santo le concede una gracia excepcional: siente una irradiación de caridad en su corazón y ve una llama en forma de globo que franquea sus labios; siente que esa llama llega hasta su corazón y lo hace vibrar muy intensamente. Esa gracia tendrá repercusión en toda su vida, ya que el corazón se le ha engrandecido por el amor divino. Con motivo de una visita médica por una leve bronquitis, el médico quedará estupefacto al constatar unas costillas rotas a causa del ensanchamiento físico del corazón. Más tarde, el Señor gratificará con frecuencia a Felipe con éxtasis y dones sobrenaturales.

Felipe obtiene de sus largas horas de oración un intenso amor al prójimo que le mueve a visitar los hospitales y a adquirir una sólida formación de enfermero. En aquella época, se trataba de un ministerio casi heroico, teniendo en cuenta el estado de las instituciones encargadas de curar a los enfermos; no obstante, el joven comprende enseguida que los enfermos necesitan, sobre todo, sentirse amados. También se ocupa de los peregrinos pobres y enfermos que llegan a Roma, para quienes abre, juntamente con su confesor Persiano Rosa, una casa de acogida. Pronto recibe igualmente a convalecientes, quienes, en cuanto mejoran en su estado, son desalojados de los hospitales para dejar sitio a otros y se encuentran a menudo en la calle, con grandes peligros de recaída. Esa actividad se desarrolla hasta tal punto que, en 1548, funda la “Cofradía de la Trinidad de los Peregrinos”.

La hora de hacer el bien

Felipe Neri coincide frecuentemente con san Ignacio  de Loyola y sus primeros compañeros, sobre todo san Francisco Javier; en algún momento, incluso, considera la posibilidad de unirse a ellos. Gracias a su influencia, se introduce en Roma la devoción eucarística denominada de las “Cuarenta Horas”, tiempo de adoración en reparación de los escándalos ocasionados por las fiestas del carnaval. Toma parte en la organización de los grupos de adoradores, exhortando a quienes han terminado su tiempo de oración con estas palabras: «Ánimo, la hora de vuestra oración ha terminado, pero no la de hacer el bien».

Convencido por su confesor, a pesar de la resistencia de su humildad, de recibir el sacerdocio, Felipe es ordenado el 23 de mayo de 1551, a la edad de 35 años. Consciente de su indignidad, retrasa la celebración de su primera Misa, pero poco a poco llega a concebir el Santo Sacrificio como un gozo divino y el acto más sublime que un hombre pueda realizar. No obstante, sus éxtasis y levitaciones se hacen cada vez más frecuentes, y evita celebrar en público. Por otra parte, la administración del sacramento de la Penitencia convierte en más fecundo su ministerio para con las almas. A partir de 1551, se instala en la comunidad sacerdotal de San Girolamo de la Carità. Desde el alba hasta mediodía, atiende las confesiones en la iglesia; luego celebra la Santa Misa y recibe y confiesa de nuevo en su habitación. Sabe cómo hacer para que sus penitentes se encuentren a gusto y para que sientan de golpe su benevolencia y caridad sacerdotal, hablando a cada uno de parte del Señor y aconsejando la comunión frecuente. Todos salen de allí aliviados y reconfortados; el número de sus fieles crece sin cesar. Sin embargo, su influencia le ocasiona persecuciones y calumnias, invadiéndole entonces un profundo desconcierto y un intenso sufrimiento al pensar que sus detractores impiden que se cumpla el bien. «¡Oh, Jesús –dice en su plegaria–, no he dejado de pedirte la virtud de la paciencia, ¿por qué no me la concedes? ¿Por qué permites que se me presenten tantas ocasiones de inquietud, de cólera e impaciencia?». Su petición es justificada, pues, como subrayaba santa Teresa de Jesús en un célebre poema, «La paciencia todo lo alcanza».

Felipe Neri reúne a jóvenes en cenáculo. Posee el carisma de explicar las cosas difíciles, pero sabe igualmente hacer participar de la conversación a sus oyentes. Su humor, a veces audaz, le procura la estima de muchos jóvenes curiosos, que pronto son arrastrados por la estela de su ardiente fe. Un día, un estudiante le expone sus sueños y ambiciones, y el santo se contenta con responderle mediante una pregunta, siempre la misma: «¿Y después?». El joven termina percatándose de la vanidad de sus proyectos cuando se sopesan con el peso de la eternidad.

En su mensaje para la Cuaresma de 2012, el Papa Benedicto XVI escribía: «Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último».

Reunidos en su nombre

En las reuniones organizadas para los jóvenes se  habla sobre las Sagradas Escrituras, sobre todo del Evangelio según san Juan, pero también sobre autores espirituales tales como Juan Casiano, santa Gertrudis, etc. Todos pueden expresar libremente su opinión acerca del pasaje que se ha leído, bajo el control de Felipe, quien está convencido de que el Espíritu Santo actúa grandemente en esas reuniones, pues Jesús prometió: donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20). Poco a poco, esos jóvenes se forman en la vida espiritual, prenda de entusiasmo y de renovación de los corazones. Es el nacimiento del “Oratorio”. Ese término designa en un principio el local donde se reúnen para rezar, y después el grupo de quienes lo frecuentan, denominados “Oratorianos”. Las reuniones se componen de dos sesiones, una de oración y otra de reflexión en cuatro ámbitos: la historia de la Iglesia, la vida de los santos, los asuntos que afectan a la vida moral y, por último, la oración y sus dificultades. Los propios jóvenes preparan exposiciones; Felipe desea que se hable de realidades concretas, ilustradas mediante experiencias tomadas de la vida de los santos o de la historia de la Iglesia. Después de las reuniones, lleva a sus discípulos a visitar una iglesia o un hospital; luego, todos se reúnen al aire libre, por ejemplo en el Monte Janículo, lugar donde los recreos musicales se convierten pronto en verdaderos conciertos, gracias a la participación de músicos como Palestrina y miembros de la capilla pontificia. A su vez, esa música de primera calidad atrae a otras personas. Convencido de que la belleza conduce al bien, Felipe Neri procura que el arte forme parte de su proyecto educativo, promoviendo iniciativas capaces de conducir a la verdad y al bien.

Entre las personalidades que confían en Felipe se encuentra Juan Bautista Salviati, primo lejano de la reina Catalina de Médicis, quien se convierte y pasa del gran fasto a la extrema humildad; sin embargo, el santo debe intervenir para disuadirlo de buscar demasiadas humillaciones.

César Baronius entra en el Oratorio siendo aún joven, en 1557. Desentrañando el temple de su alma, Felipe lo somete a una serie de pruebas que le proporcionan paciencia y humildad. Después, con intención apologética frente a la historiografía protestante, lo orienta hacia el estudio de la historia de la Iglesia, en la cual destacará, especialmente por los Anales eclesiásticos, obra monumental que se convertirá en una de las bases de la ciencia moderna de la historia de la Iglesia. Más tarde será nombrado cardenal.

Gabriel Tana, joven afectado de tuberculosis, se subleva contra esa enfermedad, pasando por un período de tentaciones de desesperación y de desierto espiritual con visiones diabólicas. Felipe devuelve la paz a su corazón; el joven recobra la serenidad y, en el momento de su muerte, manifiesta un gran gozo. Felipe Neri es reclamado a menudo en el lecho de los moribundos, y el efecto de su presencia es impresionante, acompañada con frecuencia de curaciones milagrosas. Junto a sus discípulos, visita asiduamente a los enfermos y envía a sus jóvenes a mendigar para los pobres a la puerta de las iglesias, lo que resulta especialmente difícil para los hidalgos vestidos a la última moda.

Recogimiento y alegría

A partir de 1559, Felipe inaugura las peregrinaciones a  las siete basílicas mayores de Roma, en espíritu de penitencia. El ambiente es de recogimiento y alegría espiritual. Al principio participan en esa peregrinación unos treinta jóvenes, pero más tarde serán cientos, incluso miles. La víspera se empieza visitando San Pedro; al día siguiente se encuentran en San Pablo, luego en la catacumba de San Sebastián, en San Juan de Letrán, en la Santa Cruz de Jerusalén, en San Lorenzo Extramuros, para acabar en Santa María la Mayor. En esa misma época, se reanudan los debates en torno a la memoria de Savonarola, y hay quienes pretenden condenar sus obras; Felipe contribuye a que se abandone ese proyecto, pero su posicionamiento ha atraído la atención hacia él y lo han convertido en sospechoso a los ojos de quienes no aprecian a Savonarola. Interviene entonces el Cardenal Vicario (es decir, el vicario del Papa para la diócesis de Roma), quien, temeroso de que las grandes procesiones del Oratorio degeneren en revueltas, intima a Felipe prohibiéndole organizar reuniones y confesar durante quince días. El santo se somete y disuade a sus fieles de protestar contra las decisiones de la autoridad eclesiástica: «Yo siempre he antepuesto las órdenes de mis superiores a todo lo demás, y me resulta grato ser obediente». Al morir de repente el Cardenal Vicario, se levantan todas las sanciones.

Sucede a veces que la Iglesia, en la persona de sus ministros, haga sufrir a sus hijos. En semejantes circunstancias, los santos saben permanecer fieles. La fe les recuerda que entre «Jesús, nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salvación de nuestras almas, porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra Santa Madre Iglesia» (Ejercicios de san Ignacio, 365).

Una delegación de florentinos, compatriotas suyos, pide a Felipe que tome a su cargo la iglesia de San Juan de los Florentinos, a orillas del Tíber; se instala entonces allí una comunidad del Oratorio. En esa época se establece la vida comunitaria de los padres del Oratorio. En efecto, a instancias de quienes a él se dirigen, el fundador ha invitado a algunos de sus discípulos más antiguos a recibir también las órdenes para consagrarse a los fieles del Oratorio. Pero no les da ninguna Regla: es su dirección espiritual lo que hace las veces de ella, adornada de algunas prescripciones de simple sentido común que reflejan un profundo conocimiento del corazón humano.

Un gusto criticado

En 1567, en tiempos del Papa san Pío V, un oscuro  complot está a punto de desembocar en la supresión del Oratorio. San Carlos Borromeo, entonces arzobispo de Milán, consigue salvar la fundación. Siguiendo las órdenes del Papa, dos dominicos habían acudido a seguir los sermones de Felipe, pero se sienten tan satisfechos y edificados que, tras el final de su misión, siguen acudiendo a escucharlo. Siete años más tarde, un joven que ha sido excluido del Oratorio a causa de su mal comportamiento, lanza una campaña de calumnias. Se critica el gusto del fundador por el espectáculo público y las bromas, dos medios de apostolado que utiliza a menudo. Felipe se siente apenado, pues las persecuciones de las que es objeto lo afectan siempre profundamente. Después de la muerte de san Pío V, el nuevo Papa Gregorio XIII confía al Oratorio una pequeña iglesia en ruinas dedicada a María: Santa María de Vallicelli. Muy pronto surge la necesidad de reconstruir por completo la iglesia. El arquitecto está horrorizado por el proyecto: «Cómo hacer una iglesia tan grande?». Pero cuando se excava en el lugar indicado por el santo, se halla un sólido muro, dispuesto a servir como fundamento.

En 1575, el Oratorio queda oficialmente erigido por el Papa, y, en 1577, el fundador es elegido primer Preposito general. Los postulantes afluyen. Felipe no desea que el Oratorio se disperse fuera de Roma. Sin embargo, se constituyen fundaciones de Oratorios independientes en San Severino, Milán, Padua, etc., tomando como modelo la casa romana, pero sin quedar sometidas a ella. En 1586, no obstante, la asamblea plenaria de los Oratorianos se pronuncia a favor de una fundación en Nápoles. Más tarde, dicha fundación evolucionará hacia una vida religiosa más reglada, contrariamente al Oratorio de Roma, que conservará el estilo informal deseado por el fundador.

En marzo de 1583, Pablo Máximo, hijo de noble familia, de catorce años de edad, cae gravemente enfermo. Felipe lo visita todos los días. En el momento de la agonía, el adolescente lo manda llamar. El santo llega después de su muerte, pero lo estrecha contra su pecho y se pone rezar llamándole dos veces por su nombre. El muchacho abre los ojos y Felipe le pregunta si quiere vivir o prefiere morir. Él responde claramente que prefiere morir: «¡Ve! –le dice Felipe–, bendito seas y ruega por mí», y Pablo muere. Todavía hoy, el 16 de marzo de cada año, el acontecimiento es celebrado en el palacio Massimi, cerca de la plaza Navona. Esa resurrección, así como curaciones extraordinarias, son conocidas rápidamente en la ciudad, contribuyendo a la reputación de santidad de Felipe Neri, quien inventa toda suerte de excentricidades para intentar engañar a las gentes. Está encantado cuando le dicen: «¡Mirad a ese viejo loco!». Prescribe también a sus compañeros y penitentes que cumplan tal o cual cosa humillante, para preservarlos del orgullo. En 1590, resiste a Gregorio XIV, nuevamente elegido Papa, quien desea elevarlo al cardenalato.

Felipe Neri concede gran importancia a los sacramentos. «Los confesores –dice– deben conseguir que penetre en sus penitentes una parte de la ternura del amor de Dios… Esforzaos siempre en conducir a los pecadores a Cristo mediante vuestra amabilidad y amor… Esforzaos en hacerles comprender el amor de Dios, el único capaz de cumplir realmente grandes cosas». El amor de Cristo es la base del apostolado del santo, caracterizado por la afabilidad y la dulzura, pues acoge amablemente a todos los que se presentan, sabe escucharlos, alegrarse con quienes están llenos de gozo y afligirse con quienes lloran. A una religiosa depresiva que se declara perdida, Felipe le asegura: «Te digo que estás destinada al paraíso y te lo probaré. Dime, pues, por quien murió Cristo. – Por los pecadores. – Exacto. ¿Y qué eres tú? – Una pecadora. – Entonces, el paraíso es para ti porque lamentas tus pecados». Para él, la humildad es la compañera del amor: «Ante todo, hay que ser muy humilde» –repite a menudo a sus discípulos. Sabe que, en la vida espiritual, «por la altivez se baja y por la humildad se sube» (Regla de san Benito, cap. 7). Felipe busca la santificación de todos: «Las gentes que viven en el mundo –afirma– deben esforzarse por alcanzar la santidad en su propia casa. La vida en la corte, la profesión o el trabajo no son obstáculos para quien quiere servir a Dios».

«¡Sé lo que digo!»

Al deteriorarse cada vez más su salud, Felipe Neri  dimite, en diciembre de 1593, de su cargo de Preposito general, y la asamblea plenaria del Oratorio elige a Baronius para sucederle. Pero el santo continúa recibiendo visitas en su habitación y, de vez en cuando, baja a la iglesia para escuchar en confesión a tres o cuatro pobres ancianas. Cuando las fuerzas se lo permiten, visita a amigos en dificultad o a enfermos, llevándoles un pequeño regalo. En la primavera de 1594, la Santísima Virgen se le aparece en su habitación. A los médicos les asegura lo siguiente: «Ya no les necesito. La Virgen me ha curado», lo que se revela como verdadero. Felipe ha sentido siempre una devoción profunda por la Santísima Virgen: «Hijos míos, sed devotos de María –le gusta recomendar–, pues ¡sé lo que digo! ¡Sed devotos de María !».

Un año más tarde, el 12 de mayo de 1595, siente un grave malestar y pierde el conocimiento. En presencia de la Sagrada Eucaristía que le ha llevado el padre Baronius, se reanima de repente y dice: «¡Este es mi Dios! ¡Dádmelo enseguida!». La mañana del 26 de mayo, festividad del Santísimo Sacramento, muy temprano, pide que llamen a quienes desean confesarse con él. Durante la jornada, el médico le dice: «Nunca le he visto con tan buena salud». Durante la noche siguiente, siente otro malestar y todos sus hermanos acuden a su cabecera. El padre Baronius encomienda el alma del moribundo a Dios y le pide su bendición. Felipe levanta la mano y permanece unos instantes en esa posición, con la mirada dirigida al cielo; luego, tras bajar la mano y cerrar los ojos, expira tranquilamente, como alguien que se duerme.

Gregorio XV lo canonizó el 12 de marzo de 1622. Su cuerpo, expuesto en un féretro de cristal, se conserva en “su iglesia” de Santa María de Vallicelli. A la muerte del santo había siete Oratorios en Italia. Actualmente existe una federación de unas 80 comunidades con el nombre de “Congregación del Oratorio”, que cuentan con unos 500 religiosos repartidos en 19 países.

Ese santo de la alegría vivió en una época difícil de la historia de la Iglesia (relajamiento moral de numerosos miembros del clero, Reforma protestante y convulsiones políticas), pero nos enseña que la Iglesia, fundada en Pedro (cf. Mt 16, 18), nunca deja de poseer las promesas de la vida eterna.

Dom Antoine Marie osb

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