Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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7 de enero de 2013
San Raimundo de Peñafort


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Todo visitante que entre en la iglesia de San Valentino di  Castellanaro, en la Italia central, podrá advertir la tumba de un  adolescente muerto a los catorce años y sobre la cual se lee la inscripción Io sono di Gesù. Pertenezco a Jesús: es una frase que Rolando Rivi repetía en todo momento, viniera a cuento o no. Esa pertenencia incondicional a Jesucristo, confirmada por la muerte cruenta, constituye una respuesta firme a las ideologías del siglo xx, que pretendían que el hombre pertenecía a la raza o al Estado; es igualmente una respuesta cristiana a la mentalidad según la cual el hombre no tiene otro amo que él mismo y sus deseos.

Rolando había nacido el 7 de enero de 1931 en San Valentino, en la diócesis de Regio-Emilia, en el seno de una familia de agricultores numerosa, unida y sostenida por una ardiente fe cristiana. Su padre, Roberto, consagra al niño desde el día de su bautismo a la Virgen del Carmen. De su abuela, Rolando aprenderá la devoción del Rosario. En la escuela elemental, es confiado a la maestra Clotilde Selmi, fervorosa cristiana que obtiene su fuerza de la Comunión diaria. Un año, por Navidad, el niño aporta al belén un saquito y dice en voz alta: «¡Oh, buen Jesús!, estos son mis pecados; hay cien, porque los he contado. Pero te prometo que otro año te traeré un saco de virtudes». Rolando toma la primera Comunión el 16 de junio de 1938. Sus compañeros lo describirán como un muchacho lleno de vitalidad, de carácter entusiasta, desenfrenado durante los juegos, el más rápido en las carreras, pero igualmente el más asiduo a la oración. Es inteligente, está dotado de una influencia natural y es un cabecilla que sabe organizar las distracciones, pero que, una vez pasado el tiempo del juego, también sabe conducir a sus compañeros a la iglesia. Les enseña a rezar el Rosario, les incita a ayudar a Misa con él y les instruye en la caridad fraterna: «Si amas al Señor, entonces ama a todo el mundo». Para Rolando, la caridad hacia los pobres es inseparable del amor de Dios; cuando un pobre llama a la puerta del hogar paterno, es el primero en acogerlo, en traerle pan y abrigo.

La confesión frecuente

Roberto Rivi es un excelente cantor en la coral parro- quial y enseña ese arte a su hijo. Rolando se apasiona muy pronto por la música, cantando y tocando el armonio. Más tarde, en el seminario, será un excelente corista. Nada más levantarse, se arrodilla y realiza la oración de la mañana. Como su padre, adquiere la costumbre de asistir cada día a Misa. La vocación sacerdotal madura rápidamente en su corazón tras encontrarse con un sacerdote ejemplar: el padre Olinto Marzocchini, párroco de San Valentino, quien ejerce una gran influencia en Rolando por su profunda vida interior y sus cualidades de organizador. Además, invita a los jóvenes a confesarse con frecuencia, a fin de vivir en amistad con Jesús.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «El sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera resurrección espiritual, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios» (CEC, 1468). La confesión de los pecados veniales es, también, benéfica: «Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC, 1458). Por eso el Papa Benedicto XVI afirmaba el 7 de marzo de 2008: «Si, a pesar de estar imbuidos del deseo de seguir a Jesús, no nos confesamos regularmente, nos arriesgamos poco a poco a ralentizar el ritmo espiritual hasta debilitarlo cada vez más y quizá incluso apagarlo».

En septiembre de 1939, al declararse la guerra, dos tíos de Rolando son movilizados y morirán en el frente. Tras su Confirmación en 1940, el niño desea convertirse en «un perfecto cristiano y soldado de Jesucristo ». En la primavera de 1942, anuncia a su párroco la firme decisión de hacerse sacerdote; animado por el padre Olinto, habla de ello a sus padres, quienes acceden con alegría. En octubre de 1942, a los once años y medio, Rolando ingresa en el seminario menor de su diócesis, en Marola; en esa ocasión viste la sotana, como era costumbre entonces. Quizás hoy pueda sorprendernos ese gesto tan prematuro, aunque llevar la sotana no equivalía a un compromiso definitivo, que se asumía más tarde con toda libertad. Sin embargo, para un niño tan maduro como Rolando, llevar la sotana significaba ya estar consagrado a Dios para siempre.

Su sueño: ser misionero

En el seminario, la jornada transcurre a un ritmo  intenso con ejercicios de piedad y clases, equilibrados mediante períodos de asueto. Rolando, que no es el último en aprovechar los momentos de recreo –su querida sotana saldrá más de una vez deshilachada–, se somete con entusiasmo a ese austero reglamento que es difícil de soportar para varios de sus compañeros. Lee muchos relatos sobre las misiones; le fascina especialmente el ejemplo entonces muy reciente del beato Miguel Pro, jesuita mejicano fusilado en 1928 por orden del gobierno anticristiano. El joven desea partir a lejanas misiones para evangelizar a quienes todavía no han oído hablar del Señor Jesús, y, en 1944, confiará ese proyecto misionero al vicario de San Valentino, el padre Camellini. De momento, Rolando se une de todo corazón, junto a los demás seminaristas, a la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, forjada el 8 de diciembre de 1942 por el Papa Pío XII como respuesta a la demanda de Nuestra Señora de Fátima.

En un discurso pronunciado en Aparecida, en Brasil, el 13 de mayo de 2007, el Papa Benedicto XVI propuso algunas reflexiones que ayudan a entender mejor el amor apasionado que numerosos jóvenes sintieron por Jesús: «¿Qué nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser discípulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la comunión con él la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en Él. Pero, ¿es esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?

Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida en Él& podría surgir también otra cuestión: esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?& Podemos responder a esta pregunta con otra: ¿Qué es esta realidad? ¿Qué es lo real? ¿Son realidad sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la verdad fundadora y por ende decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas».

En 1943, tras el desembarco angloamericano en Sicilia, el Duce Benito Mussolini es destituido y el gobierno italiano firma un armisticio con los aliados. Esa denuncia del Eje Roma-Berlín provoca la ocupación de gran parte de la península por el ejército alemán; la Emilia-Romaña se convierte, especialmente, en teatro de enfrentamientos dramáticos entre los grupos alemanes y los resistentes, llamados partisanos. El 22 de junio de 1944, una compañía de soldados alemanes indaga en el seminario de Marola, acusado de ser una guarida de partisanos, y se apodera de los vasos sagrados de la catedral de Reggio, que se habían depositado allí como previsión de un eventual bombardeo. La gravedad de las circunstancias obliga a los superiores del seminario a cerrar el centro en espera de días mejores.

Una opción peligrosa

De regreso a casa, Rolando se esfuerza en proseguir  en la medida de lo posible su vida de seminarista. Sigue llevando habitualmente la sotana. Dicha opción resulta peligrosa en una zona donde los maquis de partisanos, muy activos, están controlados por los comunistas. Para los adeptos del marxismo-leninismo, la Iglesia Católica no debería tener cabida en la sociedad de posguerra; el clero figura en la primera fila de los enemigos por abatir. Según una circular interna difundida por el partido en la región de Módena, hay que «liberar a la humanidad del concepto de religión y de la esclavitud que han creado siglos de barbarie cristiana». En la diócesis de Reggio, cuatro sacerdotes han sido ya asesinados por partisanos. Una noche, el padre Olinto, párroco de San Valentino, cae en una trampa y es golpeado y desnudado; amenazado de asesinato, debe alejarse temporalmente. Su sustituto, el padre Alberto Camellini, al visitar la parroquia en compañía de Rolando, se topa un día con dos partisanos que le espetan: «A partir de ahora, nuestros enemigos ya no son los alemanes ni los fascistas, que están acorralados, sino los ricos y los curas».

En el seminario, Rolando había oído hablar de la encíclica Divini Redemptoris sobre el comunismo ateo, publicada el 19 de marzo de 1937 por el Papa Pío XI, conjuntamente con otra encíclica sobre el nacional-socialismo. El Papa escribía: «En las regiones en que el comunismo ha podido consolidarse y dominar& se ha esforzado con toda clase de medios por destruir desde sus cimientos la civilización y la religión cristiana y borrar totalmente su recuerdo en el corazón de los hombres, especialmente de la juventud. Obispos y sacerdotes han sido desterrados, condenados a trabajos forzados, fusilados y asesinados de modo inhumano; simples seglares, por haber defendido la religión, han sido considerados como sospechosos, han sido vejados, perseguidos, detenidos y llevados a los tribunales» (núm. 19).

Rolando es consciente de la violencia antirreligiosa que es intrínseca al comunismo; sabe que los partisanos son poderosos en la región. No obstante, no consiente en quitarse la sotana, como le aconseja su familia y como lo han hecho otros seminaristas de la vecindad. «No hago daño a nadie dice , y no veo por qué iba a quitarme la sotana que es el signo de mi consagración a Jesús». El muchacho ejerce una influencia decisiva en los jóvenes seminaristas retirados a San Valentino, a quienes anima a seguir su ejemplo en el estudio del latín, gracias a las clases particulares impartidas por una maestra. Por su madurez, el joven hace las veces de jefe de fila de la juventud católica del municipio. No concibe en absoluto que haya que ceder ante una intimidación; ello significaría decepcionar a los jóvenes católicos, quienes mediante su ejemplo procuran resistir ante el contagio comunista.

El tiempo de rezar una oración

El 10 de abril de 1945, durante la semana de Pascua,  Rolando asiste a la Santa Misa en San Valentino. De regreso a casa, se retira cerca de un pequeño bosque, en un lugar donde acude con frecuencia a estudiar con plena tranquilidad. Como no regresa a la hora de la comida, su padre va a buscarlo, pero, en lugar de encontrar a su hijo, Roberto ve sus libros de clase esparcidos por el suelo; en una hoja desgarrada de uno de los cuadernos, puede leer: «No lo busquen. Pasa un rato con nosotros. Los partisanos». Temiendo poner en peligro la vida de su hijo, los padres aplazarán durante 24 horas la noticia de su desaparición, permitiendo así que los raptores se alejen como habían previsto.

A pie, Rolando es conducido hasta Monchio, a 25 kilómetros de San Valentino, a una granja que sirve de refugio a un grupo de partisanos comunistas: el batallón Frittelli. Desde su llegada, el prisionero es tratado con brutalidad y sin seguir las reglas de disciplina aplicadas por los partisanos (según las cuales un acusado debía ser juzgado por el tribunal de distrito). Encerrado en la pocilga vecina de la granja, es sometido a diversos interrogatorios para intentar arrebatarle algunas confesiones. Le acusan de ser un espía al servicio de los nazis, de haber robado a los partisanos una pistola y de haberla usado para disparar sobre ellos. Al llevar encima una pequeña suma de dinero, que había ganado por sus servicios como sacristán, interpretan que es el precio de su traición pagado por el ocupante. Rolando lo niega todo. Sus agresores lo insultan y lo muelen a golpes de cinturón y puñetazos. La propietaria de la granja, que lo ha oído todo, contará detalles sobre las torturas que sufrió el adolescente. Sin embargo, él persiste en negar las acusaciones. El seminarista es despojado de su sotana, que es arrugada y tratada con irrisión; los partisanos no permiten que se la vuelva a poner. El viernes 13 de abril, a las tres de la tarde, llevan al prisionero, herido y agotado por los malos tratos padecidos durante dos días y medio, hasta un pequeño bosque cercano a la casa. Cuando percibe la fosa que han excavado justo al lado, Rolando comprende la suerte que le espera, y pide llorando: «Dejadme el tiempo de rezar una oración por mi papá y mi mamá». Ese muchacho que vive su última hora no piensa en él, sino en sus familiares, a quienes más ama en el mundo. Se arrodilla junto a la fosa y, en ese instante, un partisano dispara dos tiros a bocajarro que impactan en el joven, quien cae mortalmente herido en la sien y el corazón. El asesino, un comisario político, será descrito en la sentencia dictada por el tribunal que lo condenará en 1952 como «un hombre fanático, defensor a ultranza de la lucha de clases». Unos partisanos que habían intentado salvar al joven dirán que el asesino les había cerrado la boca gritando para justificar su acto: «¡Mañana habrá un cura menos!».

Pío XI, en la encíclica Divini Redemptoris, había explicado la ausencia total de escrúpulos que se constataba con frecuencia entre los militantes comunistas: «Cuando se arranca del corazón de los hombres la idea misma de Dios, los hombres se ven impulsados necesariamente a la moral feroz de una salvaje barbarie. Y esto es lo que con sumo dolor estamos presenciando: por primera vez en la historia asistimos a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada contra todo lo que es divino. Porque el comunismo es por su misma naturaleza totalmente antirreligioso y considera la religión como el opio del pueblo, ya que los principios religiosos, que hablan de la vida ultraterrena, desvían al proletariado del esfuerzo por realizar aquel paraíso comunista que debe alcanzarse en la tierra» (núm. 21-22).

La verdad sobre Dios y sobre el hombre

En la encíclica Centesimus annus (1 de mayo de  1991), el beato Juan Pablo II muestra dónde arraiga el totalitarismo moderno, del que el comunismo ha sido la forma más mortífera: «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente… tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros… La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado» (núm. 44).

El Catecismo de la Iglesia Católica retoma esta doctrina: «Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la verdad sobre Dios y sobre el hombre: Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia (cf. Juan Pablo II, Centesimus annus, núm. 45-46» (CEC, 2244).

Rolando dejó este mundo rezando. Al igual que su gran amigo, Jesucristo, murió en viernes, a las tres de la tarde, después de una larga y dolorosa pasión. Hasta ese mismo día, 13 de abril, el padre Camellini, vicario de San Valentino, no se entera del lugar donde han llevado a Rolando. Él y Roberto parten enseguida hacia Farneta, ciudad próxima donde tiene su sede el tribunal de los partisanos de la región; pero nadie sabe nada. Finalmente, encuentran al comandante del batallón Frittelli, quien les anuncia fríamente: «Hemos matado a Rivi en Piane di Monchio, porque era un espía». Llegados a la granja de Piane, se encuentran con el comisario político, quien empieza negándolo y luego confiesa: «He sido yo quien lo ha matado, pero tengo la conciencia perfectamente tranquila: era un espía al servicio de los alemanes; los había llevado dos veces hasta nuestros campamentos». Y ante una pregunta del sacerdote acerca de si el adolescente había sufrido, el asesino, mintiendo descaradamente, responde con la negativa enseñando su revólver: «Mira, con esto no se tiene tiempo de sufrir».

En la luz

El 15 de abril, domingo in albis, el padre Camellini y  Roberto proceden a desenterrar el cuerpo del mártir, que es sepultado provisionalmente en el cementerio vecino. El 25 de mayo de 1945, los restos mortales se trasladan a San Valentino, rodeados de una muchedumbre compuesta por centenares de jóvenes católicos que habían conocido al difunto. Sobre la tumba, su padre ha mandado inscribir estas palabras: «Descansa en la luz y en la paz, tú que fuiste apagado por el odio y las tinieblas».

Durante largos años, resultará imposible publicar nada respecto a la muerte de Rolando Rivi, así como sobre el asesinato de numerosos sacerdotes, considerados por los comunistas como enemigos de clase; sólo en esa región de Emilia-Romaña, se calcula en 15.000 el número de víctimas de aquella depuración, 93 de ellas sacerdotes y seminaristas. El juicio de los asesinos de Rolando puso de manifiesto los motivos de su ejecución: «El seminarista Rolando Rivi, por su conducta piadosa e irreprochable, por su celo en la práctica de la fe&, constituía para la juventud local un ejemplo edificante de las virtudes cívicas y cristianas que, por él mismo, debía necesariamente conllevar la adhesión de muchos al catolicismo& Así pues, su captura y supresión tuvieron como móvil y efecto eliminar para siempre un obstáculo eficaz de penetración de la doctrina comunista en la juventud& El pretexto invocado por los asesinos, según el cual Rolando habría sido un espía, fue inventado por necesidades de la causa».

En 1997, los restos mortales de Rolando se trasladaron a la iglesia parroquial de San Valentino. El 4 de abril de 2001, un niño inglés, James, quedó sanado de una leucemia incurable tras serle aplicada una reliquia (cabellos y sangre) de Rolando bajo su almohada, acompañada de una novena de oraciones de la familia y amigos del enfermo. Esa curación, que los médicos declararon inexplicable, se presentó a la Santa Sede con vistas a la beatificación, que podría sobrevenir pronto si la Iglesia considera oportuno reconocer oficialmente que Rolando fue martirizado por odio a la fe.

«Si pudiésemos creer en Jesucristo con la prontitud, espontaneidad, sencillez y docilidad con las que Rolando Rivi creyó, nuestra fe se haría fuerte como la suya, y nuestra Iglesia se haría fuerte como la Iglesia que tenía en su corazón y por la cual no dudó en morir» (Monseñor Negri, obispo de Montefeltre). Podemos pedir, mediante la intercesión del siervo de Dios Rolando Rivi, la gracia de pertenecer a Jesús sin acomodo ni restricción; entonces gozaremos de la verdadera libertad y reinaremos por siempre con Cristo.

Dom Antoine Marie osb

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