Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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6 de diciembre de 2012
festividad de san Nicolás


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Los pobres son cheques en nuestras manos a la orden de la  Providencia divina. Si comprendierais bien a quién representan  los pobres en la tierra, los serviríais de rodillas. Podéis estar seguras de que el banco de la Providencia jamás quebrará» –decía el padre Jacobo a las Religiosas Franciscanas de la Cruz del Líbano, que él había fundado para el servicio de los enfermos y pobres. Ese padre capuchino desarrolló una energía extraordinaria con objeto de borrar las señales de la pobreza, de la enfermedad y de la ignorancia que las circunstancias habían impuesto al Líbano.

Khalil Haddad, que llegará a ser el padre Jacobo (Abouna Yaacoub), había nacido el 1 de febrero de 1875 en Ghazir, en el Líbano, en el seno de una familia con catorce hijos, seis de los cuales morirían en tierna edad. Sus padres son modistos. Su madre le enseña: «Lo harás todo y lo soportarás todo por amor a Dios… En los momentos difíciles, reza el Rosario». Su padre es un hombre piadoso pero severo en cuanto a la educación de los hijos. Khalil heredará de él un gran sentido común, unido al sentido del humor y de la determinación. La infancia de Khalil se desarrolla tranquilamente, aunque sufre un accidente la víspera de un 15 de agosto: junto a sus amigos, se sube a la terraza de la iglesia donde, siguiendo una costumbre local, se derrama ceniza impregnada de petróleo para encender un fuego en la noche. De repente, su ropa prende fuego. Él se marcha corriendo, pero la huida aviva el incendio y pone en peligro su vida. Afortunadamente, consiguen apagar las llamas, que no han afectado en nada al joven. Él considera su preservación como un favor del cielo.

«¡No, no, yo no!»

Khalil realiza su escolaridad en Ghazir. Es inteligente,  trabajador y concienzudo, por lo que no tiene dificultad alguna en los estudios. Un día, estando a la mesa, la señora El-Haddad abre el corazón a sus hijos: «¡Ah! ¡Qué feliz sería si uno de vosotros llegara a ser sacerdote!», y su mirada se posa en Khalil. «¿Por qué me miras a mí? –exclama éste–; mira a los demás. ¡No, no, yo no!». En julio de 1891, al terminar una clase de literatura, Khalil recibe el “Premio a la sabiduría”, otorgado mediante el sufragio de los alumnos con la aprobación de los maestros. En 1892, Khalil es invitado por un tío lejano que regenta una hospedería en Alejandría, en Egipto. Nada más llegar, es contratado por los Hermanos de las Escuelas Cristianas del colegio San Marcos como profesor de árabe, lengua que domina a la perfección. Después de pagar sus gastos ordinarios, envía el resto del sueldo a su padre, que se siente muy satisfecho. Para conservar su fe y pureza, Khalil se entrega a la oración y a visitar iglesias. Un día, a instancias de un amigo, acepta asistir a un espectáculo aderezado con proyecciones fotográficas. Enseguida, hastiado por imágenes provocadoras, se tapa los ojos con la mano; ya no se dejará atrapar más de ese modo.

El pudor, del que Khalil da ejemplo, designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. El pudor preserva la intimidad de la persona. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas. El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta y mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2521-2523). Si bien en la actualidad el pudor se interpreta a veces como algo ridículo, sigue siendo indispensable y debe enseñarse a todos, porque mueve al respeto de la persona humana y garantiza la libertad como intimidad de cada uno. Hay una relación real entre la pérdida del pudor y el desorden social: asesinatos, pedofilia, aborto…

El 28 de febrero de 1893, con motivo de las exequias de un padre franciscano de 42 años, Khalil comprende que la vida no es nada, pero también capta la belleza del desapego total del que ese religioso había dado ejemplo: «Sí, me haré sacerdote –se dice–, seré de Dios y nada me detendrá». Sin embargo, sus compañeros se burlan de él por sus frecuentes visitas a la iglesia y le cuentan groserías sobre los eclesiásticos, en especial sobre un infeliz sacerdote que no vive conforme al sacerdocio. Profundamente afectado por el estado de ese sacerdote, Khalil pasa las noches rezando por él. Declara a sus compañeros: «¡Pues me haré sacerdote y os demostraré cómo son los buenos sacerdotes! – ¡Ya lo veremos, santo varón! –le replican.

Celebrar al menos una vez…

Cuando el señor El-Haddad se entera de la resolución  de su hijo, se opone vigorosamente. Pero Khalil permanece firme en su propósito, y su padre acaba cediendo: el 25 de agosto de 1893, le acompaña al cercano convento de los padres capuchinos. Khalil no cabe en sí de gozo. Con motivo de su toma de hábito, recibe el nombre de hermano Jacobo. En el convento hay numerosos jóvenes religiosos expulsados de Francia a causa de la persecución. Después de su primera profesión, el 14 de abril de 1895, el hermano Jacobo empieza sus estudios de filosofía y de teología. Los estudiantes deben encargarse de buena parte de las tareas de mantenimiento: coser, barrer, cultivar la huerta y hacer la colada. Durante las vacaciones, se dedican a pesados trabajos de albañilería. El hermano Jacobo, además, se dedica a diversas misiones en las que se aprovecha su conocimiento del árabe y de las costumbres de la región. A partir de 1896 se entrega a servicios apostólicos, en particular mediante ejercicios del mes de María. Realiza su profesión perpetua el 24 de abril de 1898 y aspira a la ordenación sacerdotal: «Dios mío –reza–, concédeme poder celebrar, aunque sólo sea una vez, el Santo Sacrificio de la Misa, y después ya podrás tomarme en tu seno. Será mi mayor gozo y mi mayor consuelo». Es ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1901. Su superior le envía a celebrar la primera Misa a Ghazir. Durante el viaje, el coche de caballos que le lleva se precipita por un profundo barranco. El padre Jacobo se encuentra bloqueado, lleno de sangre, en el vehículo. Al ver llegar su postrera hora, suplica a la Virgen que le asista. Finalmente, consiguen rescatarlo. Al día siguiente, puede celebrar la Misa en su pueblo.

Abouna Yaacoub es nombrado pronto ecónomo de los conventos de capuchinos del Líbano. Ese cargo le obliga a emprender largas caminatas por senderos de montaña. Un día declarará: «Si se hubiera de otorgar un premio basado en el número de kilómetros de marcha, yo sería el campeón». En verano, chorrea de sudor; en invierno, tirita a causa de la lluvia o de la nieve. Sus incesantes caminatas le exponen a múltiples peligros que no le impiden aceptar encargos de los hermanos o hermanas con los que se encuentra. Sus superiores le toman de buena gana como compañero de trayecto en sus desplazamientos, para hacer de intérprete o de guía. En julio de 1910, el padre Jacobo se embarca para Francia. Para agradecerle su labor, sus superiores le regalan una peregrinación a Lourdes, Roma y Asís. Después de pasar tres días en Lourdes, se aleja con pena de la cueva bendita y deja Francia, a la que nunca volverá a ver. Se dirige a Asís y luego a Roma, donde el Papa san Pío X le recibe en audiencia.

A partir de 1905, Abouna Yaacoub es responsable de la dirección de las escuelas creadas por los capuchinos en la montaña. Rechaza la idea de grandes instituciones pedagógicas y favorece la de las pequeñas escuelas gratuitas en todo el Líbano, que ofrecen educación a todos, especialmente a los hijos de los pobres. En cinco años conseguirá que el número de escuelas pase de 15 a 230. Ese apostolado exige de él una paciencia incansable para encontrar los locales, los profesores, el mobiliario, los suministros escolares y el dinero necesario, para escuchar los lamentos de las familias y apaciguar las disputas. Su deseo más profundo es consolidar la fe de los jóvenes. «Hasta ahora –escribe–, la fe sencilla y robusta había continuado siendo patrimonio de nuestras poblaciones libanesas y brillaba con todo su esplendor. Desde hace algunos años, parece oscurecerse. La fiebre del oro fue el primer mal. América apareció como una mina, y los emigrantes se fueron y todavía se van por miles para probar fortuna… Cuando regresan han perdido algo, a veces la totalidad de sus convicciones y sobre todo de sus prácticas religiosas… El remedio para ello es despertar la fe en las almas y proteger a la infancia; también lo es la enseñanza del catecismo, en árabe sobre todo, la predicación de los retiros espirituales y la preparación a la primera Comunión».

Una exigencia ineludible

Todavía en la actualidad, el estudio del catecismo  sigue siendo una prioridad para todos los cristianos. Con motivo de una audiencia general, el 30 de diciembre de 2009, el Papa Benedicto XVI resaltaba: «La presentación orgánica de la fe es una exigencia ineludible… El Catecismo de la Iglesia Católica, así como el Compendio del mismo Catecismo, nos ofrecen precisamente ese marco completo de la Revelación cristiana, que hay que acoger con fe y gratitud. Así pues, quisiera animar a todos los fieles y a las comunidades cristianas a aprovechar esos instrumentos para conocer y profundizar en los contenidos de nuestra fe». Y pedía igualmente a los jóvenes que iban a participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid: «Estudiad el catecismo… Sacrificad vuestro tiempo para eso… Debéis conocer lo que creéis; debéis conocer vuestra fe con la misma precisión de la que hace gala un especialista en informática para conocer el sistema operativo de un ordenador… Sí, debéis estar más profundamente enraizados en la fe que la generación de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y determinación los desafíos y tentaciones de este tiempo» (L’Osservatore Romano, 2 de febrero de 2011).

Con motivo de la visita a las escuelas, el padre es invitado con frecuencia a dar un sermón o a dirigir un retiro espiritual. Se expresa entonces sin énfasis pero con convicción. Se conservan, de su puño y letra, veinticuatro volúmenes de sermones y cantidad de hojas sueltas. En presencia de su auditorio, habla de la abundancia del corazón, aderezando su predicación con anécdotas curiosas y ejemplos sacados de la vida de los santos. «El predicador –dice– es el clarín de Dios… Soy una voz que clama en el desierto, en el corazón del pecador, que se parece al desierto. ¡Cuánta ruina donde no está Dios!». El padre Jacobo se consagra igualmente al ministerio del sacramento de la Penitencia.

Abouna Yaacoub propaga con ardor la Tercera Orden franciscana. Explica que san Francisco exhortaba a los oyentes a odiar el pecado y a llevar una vida de penitencia; varios de ellos quisieron alistarse bajo su pabellón y él les trazó una vía nueva, adaptada a la vida laica: esa es la razón de ser de la Tercera Orden. «El espíritu del mundo actual está trastornando a los elegidos –afirma el padre. Solamente el espíritu cristiano puede triunfar sobre él… Dicho espíritu se halla en las condiciones de admisión del candidato (a la Tercera Orden), siendo las principales las siguientes: una buena conducta, el amor por la paz, la adhesión a la fe católica y la sumisión a la Iglesia». En 1906 funda su primera fraternidad de la Tercera Orden en Beirut. Aproximadamente veinte años después, los terciarios serán más de 10.000. El padre sigue de cerca la buena marcha de sus fraternidades, que confía también a sacerdotes terciarios, reservándose la organización de las agrupaciones regionales o nacionales. El 1 de febrero de 1913 lanza una revista, El Amigo de la Familia, donde aparecen artículos de espiritualidad, de pedagogía, de poesía… Publica también diversas obras, entre ellas una pequeña vida de san Francisco, obras de teatro religioso y textos de vía crucis.

Saber aferrarse

Durante la primera guerra mundial, al tener que  abandonar los capuchinos franceses el Líbano, Abouna Yaacoub recibe el cargo de Superior de los Capuchinos Libaneses. Bajo la ocupación turca, su vida corre enormes riesgos, a la vez que el tifus y el hambre se abaten sobre el país. Él se aferra a la Cruz con una fe inquebrantable: «Consideramos este tiempo terrorífico en que todos los males se han abatido sobre nosotros: el presente nos da miedo, el futuro nos hace temblar. ¿Caeremos en el desánimo y la desesperación? ¡Ah, no!… El cristiano prevenido se aferra a la calma y a la paciencia, pues sabe que Dios tiene en sus manos la clave de los acontecimientos… Las desgracias abren los ojos que el bienestar ha cerrado».

Desde hace mucho tiempo, Abouna Yaacoub prepara la construcción de un centro de reunión general para sus fraternidades. Después de la guerra, otro objetivo viene a añadirse a ese proyecto: erigir un monumento donde acudir a rezar por los miles de libaneses muertos sin que nadie pudiera plantar una cruz sobre sus tumbas. Finalmente, desde allí, se pedirá la bendición de la Virgen sobre todos los libaneses emigrados. En 1919 compra un terreno en Jall-Eddib, sobre una colina donde erige un pequeño convento dedicado a Nuestra Señora del Mar. En 1923 inaugura un nuevo edificio así como una imagen de la Virgen con Jesús, con un navío a sus pies. Dos años después, una gran cruz de diez metros de altura es colocada en lo más alto del edificio. El padre Jacobo está exultante de felicidad. En 1929 emprende en Deir el-Qamar, pequeña ciudad que fue durante largo tiempo capitál del Líbano, la elevación de una cruz monumental de veinte metros que será inaugurada en 1932. Cada año, la fiesta de la Cruz es como una jornada nacional en la que terciarios y simples fieles acuden por miles. Pronto se instala un vía crucis y una iluminación.

A partir de julio de 1925, Abouna Yaacoub amplía el edificio del santuario de Nuestra Señora del Mar. Un día de 1926, le llaman para escuchar en confesión a un padre enfermo. Se trata de un antiguo monje que dejó el convento y ahora está arrepentido, pero abandonado al remordimiento y al desánimo. El padre acoge a ese pobre sacerdote en Nuestra Señora del Mar, y comienza de ese modo una obra de asistencia a los sacerdotes ancianos y a quienes se encuentran aquejados de dolencias crónicas, físicas o mentales. «No oséis rechazar a un sacerdote que llame a la puerta de nuestro convento –recomendará a sus religiosas. Si no hay habitación disponible, dadle la mía… El sacerdote es Cristo en la tierra. Hay que respetarle y honrarle». A partir de entonces, otros sacerdotes así como enfermos y discapacitados de cualquier origen social y religioso acudirán a esos lugares. En 1948, el santuario de la Cruz (Nuestra Señora del Mar) albergará a 400 enfermos.

Tantas como “Avemarías”

Ante el incremento de trabajo que supone acoger a  los sacerdotes y enfermos, Abouna Yaacoub acaricia la idea de fundar una nueva congregación religiosa, afiliada a la Tercera Orden franciscana. Durante el verano de 1929, ayudadas por las Hermanas Franciscanas, un pequeño grupo de jóvenes terciarias que aspiran a la vida religiosa acuden para ocuparse de los sacerdotes, asistir a cursos e iniciarse en toda suerte de trabajos. La vida que llevan es dura: deben amasar pan, acarrear agua de la fuente, hacer leña en los bosques, llevar la colada hasta el pueblo de Jall-Eddib… Pero todo transcurre en medio de la alegría y el entusiasmo, producto del fuego interior que devora esas ardientes almas. El padre Jacobo les da una formación espiritual e insiste sobre el buen entendimiento, la caridad, la dedicación y la vida humilde en el silencio. La comunidad crece rápidamente. Una tarde de 1936, con motivo de una predicación en Palestina, el padre se halla en la iglesia de Nazaret y reza: «¡Oh, María!, haz que en la hora de mi muerte el número de mis religiosas sea el mismo que el número de Avemarías que llegue a decir antes de que la iglesia cierre». Y se pone a pasar las cuentas del Rosario. Acaba justo la cuenta número ciento cincuenta cuando el sacristán viene a cerrar las puertas de la iglesia. Dieciocho años más tarde, a la muerte de Abouna Yaacoub, la Congregación contará con ciento cincuenta religiosas.

A partir de 1937, el gobierno libanés concede al padre Jacobo una subvención por cada persona que acogen las hermanas. Después de ese momento, acuden, enviados por el gobierno o los municipios, lisiados, ancianos, ciegos, disminuidos mentales… Abouna Yaacoub debe abrir otros centros de acogida y de cuidados, ampliar los locales y hallar más financiación. A un amigo que le pregunta sobre la contabilidad, él responde: «No me hables de contabilidad. No es competencia mía. Para mí, mi contable es Dios. No guardo nada conmigo. Lo que me llega, enseguida lo gasto para los pobres». Pero su confianza en Dios no le impide perder de vista la virtud de la prudencia, velando por no tener deudas en la construcción de los catorce centros (escuelas, asilos, hospitales…) que funda. Sus múltiples trabajos le ponen en contacto con numerosas personas, especialmente gobernantes del país; pero, en medio de la complejidad de las relaciones que debe mantener con las autoridades civiles y religiosas, sabe desenvolverse con cada uno como es debido, y no tendrá nunca ningún pleito.

La única vía de salvación

El remate de sus trabajos es el santuario que una lla- mada interior le mueve a erigir a Cristo Rey, a quien quiere consagrar el Líbano cristiano. El Papa Pío XII había afirmado lo siguiente en la encíclica Summi Pontificatus: «El nefasto esfuerzo con que no pocos pretenden arrojar a Cristo de su reino, niegan la ley de la verdad por Él revelada y rechazan el precepto de aquella caridad que abriga y corrobora su imperio como con un vivificante y divino soplo, es la raíz de los males que precipitan a nuestra época por un camino resbaladizo hacia la indigencia espiritual y la carencia de virtudes en las almas. Por lo cual, la reverencia a la realeza de Cristo, el reconocimiento de los derechos de su regia potestad y el procurar la vuelta de los particulares y de toda la sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son los únicos medios que pueden hacer volver a los hombres al camino de la salvación» (20 de octubre de 1939). Abouna Yaacoub elige para ese emplazamiento la colina llamada “Las Ruinas de los Reyes”, donde los antiguos conquistadores habían grabado sobre la roca el recuerdo de sus ejércitos victoriosos. Comenzado en 1950, el santuario comprende una basílica y edificios destinados a acoger a los sacerdotes y religiosas, ancianos o enfermos. Una estatua del Sagrado Corazón, de doce metros de altura, corona el edificio. La solemne inauguración de ese centro tiene lugar el último domingo de octubre de 1952, con motivo de la festividad de Cristo Rey. Durante los trabajos, los obreros han descubierto una cueva subterránea. Lleno de alegría, el padre exclama: «¡Eso es para la Reina!», y manda acondicionar un oratorio en honor a la Inmaculada Concepción de María.

Las obras realizadas por Abouna Yaacoub no le hacen olvidar su vocación de religioso capuchino. Toda su vida se halla jalonada por la oración. Siente una devoción muy especial hacia la Eucaristía y la Cruz de Cristo. En sus últimos días no deja de repetir: «¡La Cruz es mi vida! ¡Oh, Cruz mía, te saludo! Siempre has estado en mi pecho, en mi mesa, en mi habitación, en mis senderos con motivo de mis caminatas». Una de sus últimas frases es esta llamada repetida con frecuencia: «¡Oh, Cruz del Señor!, ¡oh, predilecta del corazón!».

Abouna Yaacoub disfrutó siempre de una robusta salud; no obstante, en mayo de 1954 dicta estas líneas: «Aún conservo la mente clara, aunque estoy lleno de dolencias: insomnio, cataratas, próstata, eczema; todas esas miserias me convierten en un hospital ambulante, pues sigo andando y hago mi trabajo lo mejor que puedo». Por casualidad, un médico descubre que está aquejado de leucemia: «¡Oh, cuánto me alegra y reconforta eso! –exclama el Padre… Para mí, la muerte es una alegría y un consuelo porque voy al encuentro de mi Padre celestial». A la superiora de las hermanas, que se inquieta por su partida, le dice: «No tenga miedo. Cuando un hombre pasa de una habitación a otra, ¿acaso abandona a los suyos y deja de ayudarles?… Yo pasaré al Cielo, pero no dejaré de auxiliarles». Y afirma a las hermanas: «Mientras os halléis en buena armonía y la caridad reine entre vosotras, nadie podrá nada contra vosotras. Quiero que cada una sacrifique su vida por su hermana». En nuestros días, las Franciscanas de la Cruz del Líbano continúan su misión; son 230 religiosas repartidas en seis países.

El 26 de junio, Abouna Yaacoub recibe la Extremaunción y la Eucaristía en viático, entregando su alma a Dios a las tres de la tarde, tras haber murmurado: «Jesús, José y María». Fue beatificado el 22 de junio de 2008.

Con el Papa Benedicto XVI, pidamos que «la intercesión del beato Abouna Yaacoub, unida a la de los santos del Líbano, obtenga que ese país, amado y martirizado, que tanto ha sufrido, progrese finalmente hacia una paz estable».

Dom Antoine Marie osb

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