Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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1 de noviembre de 2012
Solemnidad de Todos los Santos


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Transcurre el año 1943. Las autoridades alemanas se niegan a autorizar la construcción de una capellanía oficial para los trabajadores franceses en Alemania. El padre Rodhain, capellán general de los prisioneros de guerra, hace un llamamiento a los sacerdotes para que se dirijan a Alemania como sacerdotes obreros clandestinos. Muchos consideran que hay que estar loco para responder a semejante llamamiento. Sin embargo, más de cuarenta sacerdotes se presentan voluntarios; entre ellos hay uno del departamento de Vendée, el padre René Giraudet, que suplica a su obispo, Monseñor Cazaux: «Monseñor, no me dispense». ¿Cómo ha llegado este joven a amar de tal modo a Jesús hasta llegar a la locura de la Cruz?

Luis, auxiliar de farmacia, y Octavia Giraudet se alegran del nacimiento de su primer hijo, Renato, el 4 de diciembre de 1907; es bautizado el día 8, festividad de la Inmaculada Concepción, en la catedral de Luçon (Vendée). En ese primer encuentro con la Virgen, el día de su bautismo, Renato verá una señal del Cielo. En 1912 nacerá una hermanita, María José. Durante el verano de 1915, Renato pasa unos días en Sainte-Hermine, en casa de su abuela paterna. A esa ferviente vendeana le gustaría que Dios suscitara una vocación religiosa en la familia. Cuando acaban de realizar el vía crucis en la iglesia del lugar, parece que le hayan escuchado: «¿Sabes, abuela? –le declara Renato–, quiero ser sacerdote. – ¡Cuánto me gustaría! Pero tengo miedo de no verte; para entonces me habré muerto ya. – No importa. Será más bonito para ti, porque me verás de lo alto del Cielo». Después de la Confirmación, en 1917, y la Comunión al año siguiente, la vocación de Renato se consolida; incluso quiere llegar a ser misionero.

«Es un buen muchacho»

En octubre de 1920, entra en el seminario menor de  Chavagnes-en-Paillers. Aquel muchacho risueño y deportista no teme sentir pena. Por el contrario, en él se asocian tanto la sencillez y la devoción como la travesura y la revuelta: es como un potrillo que cocea por las aceras, con exuberante falta de atención que rivaliza con la pereza por los estudios; sus padres, perturbados por las quejas del superior y de los profesores, quieren por dos veces sacarlo del seminario. Solamente el padre espiritual de Renato lo defiende: «No. Les digo que es un buen muchacho. No hay que sacarlo de aquí, pues cometerían un disparate. Todo eso se le pasará». Después, en efecto, se notan en él ciertos progresos. Animado por un vivo deseo de entrar en la Congregación de la Santísima Virgen, cada 8 de diciembre, en el aniversario de su bautismo, se consagra a Nuestra Señora; también se esfuerza por dominar su temperamento y merecer que le admitan entre los miembros de la congregación. Pero sólo es admitido, a modo de consuelo, en junio de 1925, antes de marcharse de Chavagnes. Toma entonces por lema «Siempre renacer y siempre morir», en alusión a su nombre de pila y a su ideal de mortificación.

En septiembre de 1925, la familia de Renato se instala en Chantonnay, donde abre una droguería. La señora Giraudet propone a su hijo que se una a ellos en ese comercio familiar. «No, madrecita –contesta–, quiero ser sacerdote misionero». En el seminario mayor de Luçon, a pesar de los buenos propósitos, las tendencias de antaño se despiertan; los superiores se preguntan entonces por la aptitud del joven hacia el estado eclesiástico. En 1929, no obstante, lo aceptan en el seminario de las Misiones Extranjeras, situado en la rue du Bac de París. Tras su ordenación como diácono, en el mes de junio de 1931, su salud se resiente; con gran desconsuelo, los médicos lo declaran no apto para las misiones, enviándole a reposar con su familia. El 19 de diciembre siguiente es ordenado sacerdote en la capilla de la rue du Bac. Celebrar Misa es para él un gozo inenarrable. Su imagen de ordenación representa a un sacerdote atado a la Cruz que abre los brazos al mundo; en la inscripción puede leerse: Estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo (Ga 2, 19). ¿Será acaso el anuncio de lo que va a vivir? Después de la ordenación, el padre Giraudet recibe el consejo de regresar a su diócesis, pues su salud no le permite una larga estancia en los climas de Extremo Oriente. En febrero de 1932, es nombrado vicario en Saint-Hilaire-de-Loulay (1.680 habitantes), cerca de Montaigu. En la parroquia, la práctica religiosa es muy importante; el joven vicario descubre a todo un pueblo serio y reservado, al que no le gusta oír ni una ligera broma en labios de un sacerdote. Renato se dedica a conocer a los parroquianos y a apreciarlos. Admira su fe robusta, y más tarde proclamará a menudo que nunca había encontrado a cristianos más completos que los vendeanos de aquellos sotos. Con admirable celo, se encarga de los niños y de los jóvenes, organizando un grupo de “Corazones Valientes” y lanzando con éxito una sección de la Juventud Agrícola Católica.

«No se puede seguir a Jesús en solitario –decía el Papa Benedicto XVI con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid. Quien cede a la tentación de ir “por su cuenta” o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él… Os pido, queridos amigos, que améis a la Iglesia, que os ha engendrado en la fe, que os ha ayudado a conocer mejor a Cristo, que os ha hecho descubrir la belleza de su amor. Para el crecimiento de vuestra amistad con Cristo es fundamental reconocer la importancia de vuestra gozosa inserción en las parroquias, comunidades y movimientos, así como la participación en la Eucaristía de cada domingo, la recepción frecuente del sacramento del perdón, y el cultivo de la oración y meditación de la Palabra de Dios» (21 de agosto de 2011).

El pequeño recinto

Ante todo, el padre se preocupa por las almas, pasan- do mucho tiempo en el confesionario: «La primera de las cualidades de un pastor –escribe– es amar literalmente ese pequeño recinto tan incómodo y no sentirse feliz hasta que no esté en él el mayor tiempo posible y lo más a menudo posible». Se esfuerza para que la confesión ser “amistosa”, procurando establecer un diálogo confiado y familiar, a fin de que las almas puedan desahogarse a sus anchas y sentir que el sacerdote es un amigo que los comprende y quiere ayudarlos. Recomienda a sus penitentes que establezcan una regla de vida, con una hora fija para levantarse y acostarse, un tiempo para cada ejercicio de devoción, incluso si es corto, y por encima de todo un examen de conciencia cada noche. El propio padre Giraudet lo practica con gran fidelidad, considerándolo como uno de los medios más eficaces para el progreso espiritual.

En febrero de 1942, el padre Giraudet es nombrado párroco de Saint-Hilaire-du-Bois, municipio de 600 habitantes al sudeste de Chantonnay. Desde el primer contacto, los feligreses quedan prendados de ese sacerdote que habla sin afectación pero con una sinceridad que va directa al corazón. Le escuchan con interés y a nadie le entra sueño cuando predica. Cada tarde, al rezar el Rosario, añade una lectura espiritual tomada de la vida de un santo, con objeto de que la fuerza del ejemplo remate sus palabras. Los sábados hay que conseguir que el boletín parroquial entre en cada hogar: cuatro hojas a multicopista que son una obra de arte. Contienen las frases del párroco, los anuncios de la parroquia, los del ayuntamiento, noticias del Comité de los Prisioneros; en definitiva, todo lo que puede interesar a los lugareños. Estos, con el paso de los días, descubren en su párroco a un padre que les ama como a hijos suyos, preocupándose de todo lo que les atañe, en lo temporal y en lo espiritual. La restauración de la iglesia es una de sus grandes preocupaciones, pues es como la casa de la familia y quiere que sea agradable y hermosa. Entre sus feligreses, hay algunos que han sufrido especialmente a causa de la guerra: los prisioneros, sus mujeres y los refugiados procedentes de territorios ocupados. Para los primeros, hace colectas y manda expedir paquetes, proporcionándoles alimento tanto para el cuerpo como para el alma. Sus esposas se agrupan en una pequeña asociación; él les da ánimos y les enseña a depositar su esperanza en Dios. Poco a poco, se enteran de que el padre Renato duerme sobre un tablero y se calienta muy mal. Le sorprenden en medio de sus largas oraciones por la mañana en la iglesia. Su forma de celebrar el Santo Sacrificio suscita admiración; la asistencia a Misa y las comuniones aumentan. Todos los feligreses aman a su pastor y hacen piña con él. Sus siembras reciben el rocío del Cielo. En la página de guarda de su breviario escribe: «La Cruz planea sobre una parroquia cuando el pastor, por amor a sus ovejas, se ha clavado en ella». En su despacho, ha colocado el dibujo de una piedra de altar con el siguiente texto: «El corazón del sacerdote debe parecerse a una piedra de altar: estar marcada con cinco cruces y contener reliquias de mártires». Debajo de la sotana lleva un crucifijo de misionero, que saca con frecuencia para besarlo.

«Me equivoqué totalmente»

A partir de 1942, Alemania reclama a Francia la  afluencia de obreros. Ante el fracaso de su propaganda, el Reich organiza la requisición de trabajadores. No se autoriza la presencia de sacerdotes entre esos jóvenes trabajadores. Para introducirlos clandestinamente, el padre Rodhain lanza un llamamiento en las diócesis. En marzo de 1943, se reúne con los sacerdotes voluntarios y selecciona unos veinte, pero al padre Giraudet se le considera no apto: «Es un sacerdote del campo que sólo ha tratado con campesinos –dice el padre Rodhain. Además, parece tímido, sin empuje y sin envergadura». Más tarde, confesará: «Aquel día, me equivoqué por completo». Sin embargo, la secretaria del padre interviene, pues adivina en ese sacerdote una profunda llama interior, una capacidad de dedicación sin igual, así como una fina inteligencia capaz de plantar cara a las dificultades. Después de muchas vacilaciones, el padre Rodhain lo apunta en la cola de la lista.

En abril, Renato es acogido en Berlín por el padre Bousquet, primer sacerdote clandestino, que había llegado en enero. «No he venido aquí –escribe– para hacer política, ni a favor ni en contra de lo que sea. He venido para salvar a las almas y me dedico a ello tanto como puedo durante mi tiempo libre». Contratado primeramente en una imprenta donde trabajan numerosos franceses, se aloja en un “Lager”, un dormitorio, donde la mayoría de sus camaradas se muestran indiferentes, incluso hostiles hacia la religión. Ignoran su condición de sacerdote, pero ese católico se impone enseguida a los “golfillos parisinos”, quienes perciben sus cualidades y lo respetan; sucederá lo mismo en los diversos “Lagers” donde se alojará. Mediante su actitud desinteresada y su desbordante caridad, se gana los corazones de aquellos jóvenes, que le amarán como a un hermano. Pronto encuentra un cuartucho encima de un hueco de ascensor, donde puede estar tranquilo y, sobre todo, celebrar a escondidas la santa Misa. Aquellos jóvenes franceses viven en un gran desamparo físico y moral. Les atenaza sobre todo el hambre. Tras escribir a sus feligreses y amigos de Vendée, le llegan numerosos paquetes que distribuye a todos aquellos jóvenes, sean cristianos o no. Se priva de alimentos a favor de quienes carecen de ellos y comparte su ropa; todo lo que recibe, lo da. Cuando se halla solo en su cuarto, oye a veces a través del tabique las conversaciones, y da gracias a Dios por la estima que provoca su caridad: «Los católicos, los de verdad, son estupendos. Están predispuestos a ayudar. Por ejemplo, el católico de ese rincón es un tipo verdaderamente estupendo». El padre Giraudet toma a su cargo a los que han conducido al hospital a causa de su enfermedad. Allí, los jóvenes están muy impresionados por ese camarada mayor que cuida de ellos. Cuando el sacerdote encuentra un alma bien dispuesta, le dice en voz baja: «Escucha, compañero, soy sacerdote. ¡Guarda el secreto!». Es una sorpresa, pero también una profunda alegría, y la conversación se torna más íntima. Entre semana, se sienta en un banco público para confesar o entra en una cabina telefónica para dar la Comunión eucarística; los domingos, organiza salidas a los bosques que rodean Berlín para predicar retiros y celebrar la Misa para los seminaristas, los “scouts” o los miembros de la Juventud Obrera Cristiana. Y se entrega a todo ello a pesar del cansancio por el trabajo en la fábrica y el estruendo de los bombardeos nocturnos. Sabe darse por completo a todos. La devoción de los jóvenes suscita admiración en él: «Si pudierais ver –escribe a sus feligreses– de qué modo esta juventud, ansiosa de su destino eterno, daría lecciones a tantos cristianos de Vendée que no captan la felicidad que supone haber recibido la fe desde su más tierna edad… Haced, como nosotros, esa ofrenda diaria en la hora en que Jesús murió por nosotros, acordándoos de nuestro lema: “Para el trabajador en el extranjero, todos los días son Viernes Santo”».

Como un hermano mayor

Mediante su trabajo metódico y preciso, el padre  Giraudet desarrolla un gran papel en la organización de la vida religiosa en Berlín. No obstante, se limita a realizar la tarea que se le ha encomendado sin excederse en sus atribuciones. Sabe estar al alcance de todos. «Es un sacerdote humilde, lleno de dulzura, que no emplea expresiones complicadas, sino que nos habla como un hermano mayor» –subraya un joven. Desde que fue ordenado, Renato quiere convertirse en «el verdadero sacerdote que todo lo ve desde el punto de vista sobrenatural, y que no tiene otro objetivo que el bien supremo en todo. Según dice, si se concibe el sacerdocio de otra manera, más vale no ser sacerdote». Siempre está dispuesto para las almas: pueden pasar las noches, puede espiarlo la Gestapo, puede que los jefes de servicio castiguen sus ausencias, pero ningún sacrificio, ningún miedo le detiene en el camino de su deber de estado. Su apostolado clandestino le obliga a reducir el trabajo en la fábrica. Los capataces lo evalúan mal, por lo que se encuentra en el último escalafón de la clase obrera. Él confiesa: «Estoy muy contento de estar por ello en el escalafón de mis hermanos más humildes, lo que me permite abordarlos más fácilmente… ¡Bendito trabajo manual, tan humillante para el carácter, sobre todo cuando empujo vagonetas por los recintos como un inepto no especializado, y que me permite vivir tan libre de pensamiento y tan cerca de Dios!».

Su verdadera misión

A principios de cuaresma de 1944, organiza una cam- paña para que Cristo le conceda la conversión de un gran número de franceses. Los jóvenes hacen “promesas pascuales” que pretenden tres objetivos: sacrificios, vida espiritual y apostolado. En Pascua, más de quinientos jóvenes que, en Francia, habían abandonado los deberes religiosos desde hacía varios años, reencuentran, por los senderos del exilio, el camino de la fe y de la práctica religiosa. De ese modo, cada militante ha conseguido conducir hasta Cristo a uno o dos camaradas. «Nuestros actos son muy humildes –escribe Renato el 14 de abril–, y el Espíritu Santo se encarga de vez en cuando de llevarnos a la realidad mediante pequeñas humillaciones; resulta necesario para que permanezcamos convencidos de que, lo que constatamos, es obra de la gracia de Dios». Es consciente de que su verdadera misión no es tanto predicar como sufrir con Jesús por la redención de las almas: «Nuestro apostolado aquí se compone tanto de nuestro sufrimiento moral como de nuestra actividad exterior». A partir de agosto de 1943, precisa: «Cuando dejéis de recibir noticias mías, rezad por mí, a fin de que mi misión, que empezará realmente entonces, sea útil para la gloria de Dios».

«Nosotros vemos –explica Benedicto XVI– que en la historia ha vencido la Cruz y no la sabiduría que se opone a la Cruz. El Crucificado es sabiduría, porque manifiesta de verdad quién es Dios, es decir, poder de amor que llega hasta la Cruz para salvar al hombre. Dios se sirve de modos e instrumentos que a nosotros, a primera vista, nos parecen sólo debilidad. El Crucificado desvela, por una parte, la debilidad del hombre; y, por otra, el verdadero poder de Dios, es decir, la gratuidad del amor: precisamente esta gratuidad total del amor es la verdadera sabiduría» (Audiencia del 29 de octubre de 2008).

El domingo 14 de mayo de 1944, el padre Giraudet siente una gran alegría. Al dirigirse a un grupo de capellanes clandestinos y de responsables de la Acción Católica, comenta una oración del movimiento: «Para ti, Jesús, nuestras penas, nuestros sudores, nuestras heridas en el terror de los bombardeos, nuestras propias vidas si así lo pides, por la redención de nuestros hermanos». Les enseña la amenazadora persecución, comprometiendo a sus oyentes a sufrir con alegría por el reino de Dios. Luego, en una escena caballeresca, todos se prosternan, con el rostro en el suelo, y piden con insistencia al Espíritu Santo que les conceda fuerza; finalmente, ante el Santísimo expuesto, prometen servir a Cristo con toda su alma, aunque su dedicación les cueste la vida. La ola de arrestos que se despliega entre febrero y agosto de 1944 azota a los católicos implicados en estructuras que los nazis consideran contrarias al régimen; y Renato no se libra de ella. Arrestado el 12 de junio a causa de su actividad apostólica, coincide en prisión con un cierto número de sus militantes, que una vida religiosa intensa prepara para los largos interrogatorios destinados a hacer confesar una actividad política, de hecho inexistente. Después del fallido atentado del 20 de julio contra Hitler, le envían, sin juicio ni sentencia, al campo de Sachsenhausen, donde también allí prosigue su apostolado. Durante los últimos meses es el único francés, en un bloque ocupado por los SS ladrones y asesinos que tienen a su cargo la disciplina interior del campo.

«¡Qué contento estoy!»

En enero de 1945, le trasladan a Bergen-Belsen, el  “mortuorio”. Ya tuberculoso, en ese lugar contrae el tifus. Dicho campo es liberado por los aliados el 15 de abril. Entre los miembros de la Misión vaticana enviada al lugar, Renato reconoce a un hermano vendeano, el padre Hauret, a quien confiesa: «He pasado hambre, he pasado frío, he pasado miedo. Sólo tengo un deseo: partir a mi parroquia y morir allí. No me gustaría dejar aquí mis huesos». En cuanto su estado lo permite, es repatriado. Al llegar a París el 11 de junio y ser hospitalizado en el Kremlin-Bicêtre, confía lo siguiente al padre Bousquet: «He sido humillado; si supieras…». Éste le trae buenas noticias de los jóvenes franceses de Berlín. «¡Qué contento estoy! –repite continuamente Renato–, ¡qué feliz soy!». Al día siguiente, el 12 de junio, el padre Rodhain, que le trae la Sagrada Comunión, se emociona al ver su rostro sereno donde se expande el gozo de morir por Cristo. Se apaga poco después, apaciblemente, a la edad de 38 años. Después de una desgarradora velada fúnebre y solemnes exequias en los Inválidos, presididas por el cardenal Suhard, arzobispo de París, el cuerpo del padre Giraudet es acogido en su parroquia por toda una multitud. Los funerales, presididos por Monseñor Cazaux, se celebran el 18 de junio, seguidos de la inhumación en el cementerio de Chantonnay.

El padre Giraudet forma parte de un grupo de unos cincuenta sacerdotes, religiosos, seminaristas, miembros de la Juventud Obrera Cristiana y “scouts” que fueron víctimas del nazismo, cuya causa de canonización como mártires de la fe se inició en 1988. Dieron su vida por Cristo: ¡que intercedan a favor de los cristianos de nuestro tiempo, a fin de que sigan su ejemplo! En la actualidad, la persecución es más insidiosa, pues adormece la resistencia y endurece los corazones por medio de los bienes de consumo y del bienestar a corto plazo. Pero el camino de la verdadera vida no es ése; Benedicto XVI indicaba sus características a los jóvenes reunidos en Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud:

«La fe tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona sólo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo. Así, la pregunta de Jesús: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?, en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a Él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados… Queridos jóvenes, también hoy Cristo se dirige a vosotros con la misma pregunta que hizo a los apóstoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondedle con generosidad y valentía, como corresponde a un corazón joven como el vuestro. Decidle: “Jesús, yo sé que Tú eres el Hijo de Dios que has dado tu vida por mí. Quiero seguirte con fidelidad y dejarme guiar por tu palabra. Tú me conoces y me amas. Yo me fío de ti y pongo mi vida entera en tus manos. Quiero que seas la fuerza que me sostenga, la alegría que nunca me abandone”» (21 de agosto de 2011).

Dom Antoine Marie osb

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