Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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17 de julio de 2012
san Alejo, confesor


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un día de 1676, un guerrero iroqués entra sin avisar en la tienda de  una joven india cristiana para obligarla a abandonar la fe, levan- tando su tomahawk (hacha) por encima de la cabeza como para golpearla. A modo de respuesta, ella cae de rodillas con los brazos cruzados sobre el pecho, rezando de todo corazón. El guerrero queda desamparado y el tomahawk le cae de las manos. Se siente avergonzado de su propia debilidad ante la determinación espiritual de esa joven llamada Kateri.

En el año 1656, nacía en América del Norte, en el actual estado de Nueva York, una niña cuya madre, Kahenta, una india algonquina, había sido tomada como esposa por el jefe mohawk Kenhoronkwa. “Mohawk” es el nombre del río que atraviesa todo el territorio de los iroqueses. La joven pareja vive en la región de los “agniers”, una rama todavía pagana de la tribu de los iroqueses, en la aldea de Ossernenon, llamada hoy en día Auriesville. En ese mismo lugar, unos años antes, los santos misioneros jesuitas Isaac Jogues, René Goupil y Jean de La Lande habían sufrido martirio por la fe. Kahenta es cristiana y su mayor deseo es bautizar a su hija, pero ninguna mujer india osaría bautizar a su propio hijo, pues es algo que compete a los “ropas negras”, los jesuitas, que llevan grandes sotanas negras. Pero ningún misionero ha pasado por el poblado desde hace dos años y, además, su marido se muestra muy hostil hacia los cristianos. Así pues, debe contentarse con instruir secretamente a su hija en los misterios de la verdadera fe.

«Interroga la belleza…»

La pureza brilla en la frente de la niña, a quien le  gusta escuchar a la madre cuando le cuenta la historia de Jesús, de María y de los santos. «Mamá, ¿de dónde vienen los pájaros? – Los ha hecho Dios, vida vía. Dios ha hecho todas las cosas bellas del mundo: ha hecho los árboles, las flores, los pájaros y los lagos; Él lo ha hecho todo».

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «A partir de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo» (CEC, 32). «Interroga a la belleza de la tierra –sugiere san Agustín–, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: “Ve, nosotras somos bellas”. Su belleza es una profesión (‘confesio’, un testimonio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (‘Pulcher’, Dios) no sujeto a cambio? (Sermón 241).

En 1660, una desgracia se abate sobre el poblado: una epidemia de viruela diezma a un tercio de sus habitantes, entre los cuales se hallan los padres y el hermano pequeño de la niña. Ella no muere, pero queda marcada en el rostro por las huellas de la enfermedad, y sus ojos se debilitan hasta el punto de ya no poder soportar la luz directa. Cuando sale en pleno día, debe protegerse los ojos con el chal. Cuando avanza lo hace a tientas con las manos más que con la mirada de los ojos, y de ahí el nombre que recibe: Tekakwitha, es decir, “la que avanza a tientas”. Más tarde, en consideración a sus numerosos milagros, se la llamará “La que mueve todo ante ella”.

Al morir sus padres, es acogida por su tío, quien la deja en manos de sus tías, según la costumbre iroquesa. La llegada de una niña significa la ayuda de dos brazos suplementarios, ya que, entre los iroqueses, corresponden a la mujer los cuidados de la casa, los trabajos penosos, ir al río a por agua, cortar madera y transportarla a la cabaña, así como la tarea de moler el maíz, fabricar los muebles, tejidos y objetos artesanales. El hombre se contenta con ir de caza e indicar dónde se halla la pieza que ha matado. Entonces, la mujer debe acudir al lugar y arrastrar la pieza hasta la cabaña y, luego, despedazarla. Las tías son exigentes y encargan a la sobrina tantas ocupaciones que casi no le queda tiempo libre. La joven, que ama el trabajo bien hecho, se somete con generosidad a todo lo que se le encomienda; además, se muestra muy hábil con los dedos.

Su deseo de agradar a Dios es muy grande. A imitación de Nuestra Señora, quiere ser toda para Él y permanecer virgen, por lo que rechaza las ofertas de matrimonio que le proponen. Es algo que no resulta fácil, pues Tekakwitha es hija de un jefe de tribu. Su tío le ha destinado un orgulloso guerrero a quien aprecia, pero todo resulta inútil. La voluntad invencible de Tekakwitha acaba por provocar en su tío y en sus tías una violenta ira. En adelante, será tratada prácticamente como una esclava, de manera que cada vez que rechace el matrimonio le supondrá un incremento de trabajo y de desprecio.

Sed del bautismo

En 1667, tres misioneros jesuitas llegan al poblado.  Por una delicadeza de la Providencia, encargan a Tekakwitha que se ocupe de ofrecerles hospitalidad. El padre Cholenec dará testimonio de la modestia de la joven y de la dulzura con la que cumple el cometido de anfitriona. Se empapa con avidez de las palabras de los padres así como de las migajas de conversaciones que escucha en la intimidad de la cabaña, pero aún no puede expresar su deseo del bautismo. En otoño de 1675, el padre de Lamberville se encuentra en el poblado. Recibe las confidencias de la joven y se percata del valor espiritual de aquella alma dispuesta ya a recibir el bautismo; en la indagación que realiza sobre la vida de Tekakwitha, no encuentra a nadie que no elogie a la joven catecúmena, a pesar de la inclinación de los indios por hablar mal de otros, sobre todo de las mujeres. Incluso los que más abiertamente la han perseguido no pueden evitar dar testimonio de su virtud. Conocedor de la mentalidad de los iroqueses, el padre considera el hecho como realmente extraordinario. Dispuesta a todo por recibir el bautismo, Tekakwitha osa pedir permiso a su tío, a sabiendas de que es hostil al cristianismo. El cielo bendice su determinación, pues, en contra de lo esperado, el tío no se opone a ello. El día de Pascua, 18 de abril de 1676, Tekakwitha es bautizada con el nombre de Kateri, en honor a santa Catalina de Alejandría.

«El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana –enseña el Catecismo de la Iglesia Católica–, el pórtico de la vida en el Espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión» (CEC, 1213). San Gregorio Nacianceno explica: «El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios… Lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real… iluminación, porque es la luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (Or. 40, 3-4, cf. CEC, 1216).

El bautismo es para Kateri la aurora de una vida nueva que va a tener sus exigencias, pues, como dice Nuestro Señor: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mc 8, 34). Su tío y su tía quieren hacerla trabajar en domingo «como todo el mundo», pero Kateri se resiste, explicando que ese día está consagrado al Señor. Porque ella ha aprendido que el amor de Dios y la obtención de la vida eterna pasan por la observancia de los Mandamientos: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos –dice Jesús al joven rico (Mt 19, 17). Tratada como perezosa, la joven oye decir que, si no quiere trabajar, tampoco comerá. De ese modo, durante largos meses, pasa los domingos en ayuno casi absoluto. Mientras la familia toma una copiosa comida, ella permanece sentada cerca de su lecho, llena de debilidad y mareos a causa del hambre. Y lo que es peor: animan a los demás niños del poblado a que le tiren piedras y a que le insulten cuando pasa. La llaman, en tono despectivo, “la cristiana” o “la bruja”.

El día del Señor

El beato Juan Pablo II explicó el sentido de la santifi- cación y del reposo del domingo: «Si en la primera página del Génesis es ejemplar para el hombre el trabajo de Dios, lo es también su descanso: Concluyó en el séptimo día su trabajo (Gn 2, 2)… El día del descanso es tal ante todo porque es el día bendecido y santificado por Dios, o sea, separado de los otros días para ser, entre todos, el “día del Señor”… En realidad, toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita también momentos de oración explícita… El “día del Señor” es, por excelencia, el día de esta relación, en la que el hombre eleva a Dios su canto, haciéndose voz de toda la creación. Precisamente por esto es también el día del descanso. La interrupción del ritmo a menudo avasallador de las ocupaciones expresa… el reconocimiento de la dependencia propia y del cosmos respecto a Dios. ¡Todo es de Dios! El día del Señor recalca continuamente este principio… (Carta Apostólica Dies Domini, del 31 de mayo de 1998, 11, 14, 15).

El Catecismo de la Iglesia Católica explica de qué modo el sabat (el séptimo día) ha cedido su lugar al domingo (el primer día): « Jesús resucitó de entre los muertos el primer día de la semana (Mt 28, 1). En cuanto es el primer día, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto es el octavo día, que sigue al sábado, significa la nueva creación inaugurada con la Resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor, el domingo (CEC, 2174).

En medio de sus tribulaciones, Kateri se encuentra sola y sufre sin cesar vejaciones. Su amiga Anastasia y numerosos indios cristianos se han marchado a Canadá para vivir en un poblado fundado por los padres jesuitas: la misión San Francisco Javier, en la ribera sur del río San Lorenzo, frente a Montreal. Kateri aspira a unirse a ellos para poder practicar su fe libremente, y también el padre de Lamberville considera prudente que se marche. Aprovechando una ausencia del viejo tío de Kateri, el misionero la manda marcharse con dos cristianos, y escribe al padre Frémin, superior de la misión de San Francisco Javier: «Le envío un tesoro, ¡guárdelo bien!». De regreso al poblado, el tío se entera de la huída de su sobrina y se lanza enseguida en su persecución, pero no consigue alcanzarla. Después de un largo viaje, Kateri llega a su destino. Por fin puede llevar una vida cristiana, libre de cualquier traba. Las lágrimas brotan de sus ojos cuando vislumbra la capilla: es la primera vez que ve una iglesia.

Lo más agradable a Dios

El padre Cholenec no tarda en admitir a Kateri entre  los neófitos que preparan la primera comunión. Al ver su entusiasmo excepcional y conociendo con qué caridad pasa el tiempo curando a los enfermos, cuidando a los niños y desvelándose en todos los servicios posibles, la dispensa de la regla que obliga a los recién bautizados a esperar un año antes de tomar la primera comunión. El día de Navidad de 1676, Kateri recibe en su casto corazón por primera vez al que ama por encima de todo. Permanece largo tiempo sola en la iglesia en acción de gracias con Jesús. Su fervor se acrecienta después día tras día. En su diario, el padre Cholenec anotará : «A partir de aquel día, Kateri nos pareció diferente, pues permaneció completamente colmada de Dios y de amor por Él». Ella se pregunta: «¿Quién me enseñará lo que resulta más agradable a Dios, para que lo haga?». Sin embargo, como lo atestiguan los misioneros, su gran unión a Dios no hace en absoluto que desatienda el trabajo; al contrario, lo cumple con mayor amor.

La Navidad es también la víspera de la gran partida para la expedición anual de caza. Para los iroqueses, la caza forma parte de la vida y es el gran acontecimiento del año. Constituye para la aldea entera y para cada una de las familias, una empresa de abastecimiento. Se trae carne en abundante cantidad y, sobre todo, ricas pieles que hay que trocar con los blancos, a cambio de armas y mercancías. Significa también el esparcimiento general. Para las mujeres es una fiesta, pues la vida en el bosque es, para ellas, mucho más libre. Sin duda, deberán despedazar las presas abatidas y preparar las pieles, pero el rico botín obtenido es ocasión de fiestas y danzas ruidosas a las que todos, hombres y mujeres, se entregan con entusiasmo.

Para Kateri, ese período de caza es una prueba, a causa de la lejanía de la iglesia, de la imposibilidad de acudir a Misa, de recibir los sacramentos y de la promiscuidad. Un día, un hombre regresa a la choza muy cansado, se deja caer en el primer camastro que encuentra y se duerme; pero ese lecho está cerca del de Kateri. Al día siguiente, la mujer de ese hombre cree que se han acostado juntos; además, se ha fijado en que Kateri parte regularmente para ir sola al bosque, lo que aviva todavía más sus sospechas. Traslada a las amigas esas dudas y, de regreso al poblado, se lo confiesa abiertamente al misionero. Éste interroga a Kateri; la joven confiesa que iba cada día a rezar a Jesús en la soledad de los bosques, donde había acondicionado un pequeño oratorio con una cruz de madera. Para ella era una buena forma de escapar de la desocupación, de los juegos y de las conversaciones frívolas de las compañeras. «Quisiera que quedara en secreto –añade ella– y le ruego que no lo diga a las demás mujeres. Poco importa si sospechan que haya actuado mal. Mi alma sólo debe responder ante Dios». Esas palabras serenas convencen al padre Cholenec de su inocencia. Asegura a la mujer celosa que sus sospechas no tienen fundamento alguno, pero, durante algún tiempo, Kateri continúa siendo vigilada, humillación que ofrece a Dios en unión con Jesucristo coronado de espinas.

Una profunda impresión

El día de Pascua de 1678, Kateri es admitida en la  cofradía de la Sagrada Familia, instituida en Nueva Francia por el obispo de Quebec, Monseñor de Laval, para invitar a los fieles a reproducir en su vida individual y en cada hogar las virtudes de Jesús, María y José. Un día, Kateri visita Montreal y conoce a las religiosas hospitalarias de San José, del Hospital. Está impresionada por esas mujeres consagradas a Dios por el voto de castidad. Junto con dos amigas, considera la posibilidad de vivir en solitario en la isla de los Garzones, del San Lorenzo, pero el padre Frémin le objeta su poca experiencia de vida cristiana y el peligro que representa para las tres mujeres vivir de manera tan solitaria. Kateri se somete y se dedica a confortar su vida interior, permaneciendo en medio del mundo. Sin embargo, sigue conservando el deseo de pertenecer a Cristo.

La elección de la virginidad por amor de Dios hace presente desde este mundo el Reino de Dios, como lo explicaba a los religiosos el beato Juan Pablo II en la exhortación apostólica Vita consecrata, del 25 de marzo de 1996 (n. 26): «Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6, 21): el tesoro único del Reino suscita el deseo, la espera, el compromiso y el testimonio. En la Iglesia primitiva, la espera de la venida del Señor se vivía de un modo particularmente intenso. A pesar del paso de los siglos, la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud de esperanza: ha seguido invitando a los fieles a dirigir la mirada hacia la salvación que va a manifestarse, porque la apariencia de este mundo pasa (1 Co 7, 31)… En efecto, es constante la doctrina que la presenta [la vida consagrada] como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración [de los religiosos] “anuncia ya la resurrección futura y la gloria del Reino de los cielos” (Lumen gentium, 44). Esto lo realiza sobre todo la opción por la virginidad, entendida siempre por la Tradición como una anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y transforma al hombre en su totalidad».

Kateri tiene ahora 23 años, edad muy superior a la que son entregadas en matrimonio las jóvenes indias. Todas sus amigas la animan a casarse, pues, entre esos jóvenes grupos cristianos, abrazar la virginidad por amor de Cristo es algo totalmente desconocido. Kateri es incomprendida y se la considera una “excéntrica”. Sufre por ello, sobre todo cuando Anastasia le hace duros reproches al respecto: «¡Es inaudito que una mohawk no se case! Hay que obedecer a los antepasados. Además, ¿quién te va a mantener? Si no te casas, serás una carga para todos. Hay varios jóvenes que querrían tu mano». Pero todo ello sirve únicamente para confortarla en su deseo de pertenecer solamente a Dios. Consulta al misionero, pero éste la remite prudentemente a una decisión personal: «Eso depende sólo de ti». Pero su resolución es inquebrantable: solamente Cristo será su Esposo. El padre está asombrado y satisfecho por semejante decisión, nunca vista hasta entonces en la tribu. Kateri le solicita permiso para hacer el voto de virginidad. Al ver que está ante la presencia de un alma elegida de Dios, da su consentimiento. El 25 de marzo de 1679, la que será llamada “lirio de los mohawks”, después de haberse preparado seriamente, realiza en su corazón el voto de virginidad perpetua.

La virginidad consagrada es un testimonio importante del poder del amor de Dios en la fragilidad de la condición humana. Atestigua que lo que la mayoría considera imposible se convierte en posible con la gracia del Señor Jesús, y en manantial de auténtica liberación. La virginidad elegida por los consagrados recuerda a todos los fieles la necesidad de la virtud de castidad. «Todos los bautizados, siguiendo a Cristo modelo de castidad, están llamados a llevar una vida casta según el propio estado de vida: unos, viviendo en la virginidad o en el celibato consagrado, modo eminente de dedicarse más fácilmente a Dios, con corazón indiviso; otros, si están casados, viviendo la castidad conyugal; los no casados, practicando la castidad en la continencia» (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 491).

La nueva estrella

Kateri se entrega por completo a los pobres, los enfer- mos y las personas mayores. Lleva normalmente alrededor del cuello su rosario, que reza mientras camina con los pies descalzos en la nieve, multiplicando las penitencias por la conversión de su pueblo. El padre Cholenec intenta moderarla un poco en sus austeridades, pero ella se encuentra pronto al borde de la tumba y, en el transcurso del invierno, se ve afectada por una violenta tos, dolores de cabeza y fiebre. Sus días de agonía los pasa rezando y hablando del “Gran Espíritu” a todos los que quieren escucharla, que son numerosos, pues todos se han beneficiado de su caridad. El Martes Santo, le llevan el Santo Viático a su pobre cabaña. Al día siguiente, 17 de abril de 1680, rodeada de todo el poblado y después de haber susurrado « ¡ Jesús ! ¡ María ! ¡Os amo!», se reúne con el Esposo eterno de su alma. Inmediatamente parece transfigurada, y su rostro queda liso y con una sorprendente belleza, aun cuando había conservado siempre las marcas de la viruela.

Su culto se propagó rápidamente entre las poblaciones, tanto indígena como francesa, y los relatos de curaciones milagrosas, gracias a su intercesión, se multiplicaron. Sesenta años después, era considerada universalmente como la protectora del Canadá y como la “nueva estrella del Nuevo Mundo”. Fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 22 de junio de 1980.

Con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Toronto (Canadá), el beato Juan Pablo II se dirigía de este modo a compatriotas de la beata: «Saludo al grupo de jóvenes indígenas que proceden de la región de la beata Kateri Tekakwitha. Con justicia la llamáis kaiatano (es decir, muy noble y muy digna persona); que sea para vosotros un modelo, mostrándoos de qué modo los cristianos pueden ser sal y luz de la tierra» (28 de julio de 2002).

Dom Antoine Marie osb

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