Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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1 de marzo de 2012
Mes de san JOSÉ


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«Si de verdad queremos conocer el rostro de Dios, sólo tenemos que  contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es  Dios y cómo es Dios» (Benedicto XVI, 6 de septiembre de 2006). La imagen de la Santa Faz de Nuestro Señor ha sido honrada por numerosos cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia. Entre ellos se cuenta, en el siglo XIX, un piadoso laico, el señor Dupont, apodado en vida «el santo varón de Tours». En 1851 instauró el culto de la Santa Faz, que transformó su casa en un lugar de peregrinación donde abundaron las gracias.

«El Marqués de las atenciones»

León Papin-Dupont nace en Martinica el 24 de  enero de 1797. Apenas llega a conocer a su padre, un oficial de origen bretón, fallecido en 1803, que deja a su joven esposa la responsabilidad de una gran propiedad y la educación de sus dos hijos. Desde pequeño, León destaca por la franqueza de su carácter y por el candor de su alma. Entre 1811 y 1815, junto a su hermano Teobaldo, realiza sus estudios secundarios en Francia, en el colegio de Pontlevoy, en la región de Touraine. Un tío cuida de ellos como si fueran sus hijos y los recibe en su castillo de Chissay, cerca de Blois. En 1818, León se encuentra en París para seguir estudios de derecho. La estancia en la capital está llena de peligros para aquel joven y muy distinguido criollo, a quien sus camaradas apodan «el Marqués de las atenciones»; goza de una holgada fortuna, llevando una vida acomodada sin abandonar por ello la práctica religiosa. A León le gusta apasionadamente divertirse, bailar y montar a caballo, pero es extremadamente generoso. La Providencia le ayuda a descubrir la Obra de los Pequeños Saboyanos, dirigida por jóvenes laicos de su rango que pertenecen a la Congregación de la Santísima Virgen. Esta Obra, fundada en París en 1666 con la finalidad de catequizar a jóvenes deshollinadores, le emociona vivamente: ¿hay hombres que practican a fondo esa religión que sólo conoce superficialmente, hombres que sacrifican su libertad por la salvación de esos pobres niños? En comparación, su vida le parece vacía y miserable. Le escribe a un amigo: «De pronto la luz se hizo enorme ante mis ojos. Aquel rayo de luz me mostraba la importancia de la vida cristiana, el indispensable asunto de la Salvación. ¡Pero tenía que intervenir la gracia!». E interviene con fuerza y triunfante: León rompe con sus costumbres mundanas y se entrega por entero a una vida de piedad y de buenas obras.

Conquistado por la Obra de los Pequeños Saboyanos, decide unirse a ellos, emprendiendo estudios que completan su formación religiosa. Es admitido a pronunciar su consagración en el seno de la Congregación mariana el 12 de noviembre de 1820, y se propone firmemente cumplir todas las reglas. Así, un domingo en que se halla de viaje, entra en una iglesia y, dirigiéndose a un vicario, le pide que le escuche en confesión con la intención de comulgar. El sacerdote, en el contexto de la época, no está acostumbrado a ver que un joven desafíe el respeto humano y pida públicamente la sagrada comunión un domingo cualquiera, y duda, creyendo que se trata de una broma. Entonces el estudiante le explica que es congregante y que se ha impuesto la norma de acercarse a los sacramentos cada ocho días. Pronto su generosidad queda de manifiesto con sacrificios heroicos: un día acude a casa de un papelero pobre y cargado de familia, cuyos acreedores se han presentado para declararlo en quiebra. León se informa y, luego, haciendo un gesto hacia la calle, le dice: «Tome mi caballo y mi tílburi, véndalos y pague». De ese modo, el fabricante puede salir a flote. El año siguiente, con los estudios terminados, regresa a Martinica y llega a ser consejero auditor en el tribunal real de Saint-Pierre, capital de la isla.

León tiene dudas acerca de su futura orientación: ¿sacerdocio o vida seglar? La muerte de su hermano, en 1826, y el deseo de su madre lo determinan a fundar un hogar. El 9 de mayo de 1827, contrae matrimonio con Carolina d'Audiffredy, una joven criolla que había conocido en el castillo de Chissay, cuando ella estudiaba en las Ursulinas de Tours. En 1832, León es padre de una pequeña, Enriqueta; pero su esposa muere ocho meses después, socavada por la tuberculosis; es un golpe tremendo y una inmensa pena para el joven esposo. Más tarde, León y su madre deciden partir a Francia, con la intención de establecerse en Tours, donde Enriqueta podrá recibir una buena educación en Santa Úrsula. Una vez allí, a partir de 1835, el señor Dupont –así es como se hace llamar, por sencillez– entabla dos amistades importantes, con el párroco de la catedral y con la superiora de las Ursulinas. Con ellos, considera de nuevo su vocación; los dos consejeros, tras haberlo reflexionado y haber rezado, le aconsejan que permanezca célibe, pensando que de ese modo ejercerá más influencia en la sociedad. Su actitud causa sensación en la ciudad. Sin respeto humano, no teme mostrar por doquier lo que es y lo que quiere ser: un cristiano sincero y ferviente que oye Misa todos los días, que no duda en ayudar en ella cuando falta acólito, y que se confiesa y comulga con regularidad. Sin embargo, según él, lo que él denomina su conversión se remonta a una gracia recibida el 22 de julio de 1837, festividad de santa María Magdalena, en la capilla de Chissay. Se trata de una experiencia de Dios que transforma interiormente su existencia y que le convierte en hombre del absoluto, en penitente; tras entrever algo de la Majestad infinita de Dios, siente un extremo horror hacia el pecado. A partir de esa fecha, toma la decisión de vivir únicamente para Dios; aún conserva la educación, la urbanidad de los hombres bien educados, pero se libera de todo lo mundano.

La felicidad de una vida

León alimenta en su corazón el amor de Dios con lec- tura y meditación asiduas de la Sagrada Escritura. En el centro de su habitación, sobre un amplio pupitre, hay dos gruesas biblias, una latina y otra francesa. Sin «ese libro que me dio la felicidad durante muchos años y que cada día me alumbraba sobre las cosas del Cielo, ¿en qué me habría convertido bajo el peso de mis pasiones e ignorancias?» –escribirá al final de su vida. Muy pronto, las expresiones bíblicas brotan espontáneamente de sus labios o de su pluma.

«Quien conoce la Palabra divina conoce también plenamente el sentido de cada criatura –afirma el Papa Benedicto XVI« La Palabra de Dios nos impulsa a cambiar nuestro concepto de realismo: realista es quien reconoce en el Verbo de Dios el fundamento de todo. De esto tenemos especial necesidad en nuestros días, en los que muchas cosas en las que se confía para construir la vida, en las que se siente la tentación de poner la propia esperanza, se demuestran efímeras. Antes o después, el tener, el placer y el poder se manifiestan incapaces de colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano« En realidad, puesto que tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo y la fidelidad del Señor dura de generación en generación (Sal 119,89-90), quien construye sobre esta palabra edifica la casa de la propia vida sobre roca» (Exhortación apostólica Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, n. 10).

En el transcurso de sus meditaciones de la Sagrada Escritura, el señor Dupont descubre la vía de la infancia espiritual. Formula en diversas ocasiones el principio de esa espiritualidad, cuarenta años antes que Santa Teresita de Lisieux, que había de practicarla tan bien. Dupont escribe: «Nuestro cometido principal, en todas las circunstancias, es adelantarnos en el santo amor de Dios e intentar adquirir, con todas nuestras fuerzas, la sencillez de la infancia cristiana. Si miramos a un niño, veremos que no hace nada« que ni siquiera sabe que no hace nada, y sin embargo vive en continua acción en los brazos de su madre. Así también nosotros debemos perdernos por completo en los brazos de Dios». León aprecia todos los signos externos de la devoción: escapularios, cordones y medallas, pero siente una especial devoción por la medalla de san Benito, de la que se convierte en gran propagador, por la conversión de los pecadores y el alivio de toda suerte de preocupaciones. Su celo y su fe se manifiestan igualmente mediante frecuentes peregrinaciones, antigua devoción que en aquellos momentos ha caído en desuso. Se puede ver al «peregrino», como gusta llamarse, dirigirse a rezar a los emplazamientos o ruinas de los antiguos santuarios que la Revolución profanó o destruyó, en especial ante los restos de la basílica de San Martín de Tours, y en los santuarios dedicados a la Virgen María. Ante la noticia de las apariciones de La Salette (19 de septiembre de 1846), es uno de los primeros en subir a la santa montaña, trayendo agua milagrosa y conservando un recuerdo imborrable de sus entrevistas con los pastorcillos.

Después de su viaje a Santiago de Compostela, el 6 de noviembre de 2010, el Papa Benedicto XVI se preguntaba acerca de lo que «anima a tantas personas a abandonar sus ocupaciones cotidianas y a emprender un camino de penitencia, un camino a veces largo y penoso: es el deseo de alcanzar la luz de Cristo, a la que aspiran desde lo más hondo de su corazón« en los momentos de extravío, de búsqueda, de dificultad, así como en la aspiración por reforzar la fe y vivir de manera más coherente, los peregrinos emprenden un profundo itinerario de conversión a Cristo, que asumió la debilidad, el pecado de la humanidad y las pobrezas del mundo, llevándolas donde el mal carece de poder, donde la luz del bien ilumina todas las cosas. Se trata de un pueblo de caminantes silenciosos« que redescubren la antigua tradición medieval y cristiana de la peregrinación».

«No me abandonarás»

En 1847, León sufre la prueba más difícil de su vida.  Enriqueta, hermosa y esbelta joven de quince años, vivo retrato de su madre, mostraba dones excepcionales: una vida inteligente, mucha imaginación y sensibilidad y una gran fe; sin embargo, demasiado mimada por su padre y su abuela, daba muestras de una voluntad menos firme de lo que cabría desear. La mirada vigilante del padre se inquieta al ver en ella cierta atracción hacia el mundo y sus placeres. «Dios mío –dice–, si prevéis que deba separarse del camino recto, doy mi consentimiento para que me la quitéis, antes que ver cómo se entrega a las vanidades del mundo». Parece que Dios escucha esa heroica plegaria: Enriqueta se ve afectada por una fiebre tifoidea fulminante. Cuando se ha perdido toda esperanza, el señor Dupont prepara personalmente a su hija a una buena muerte, hablándole del Cielo con piadoso entusiasmo. Después de administrarle los últimos sacramentos, le pregunta: «Hija mía, ahora que has recibido tantas gracias, ¿estás contenta? – Sí, papá. – ¿Añoras algo en la tierra? – Sí, papá. – ¿Y qué es? – Tener que dejarte. – No, no me dejarás, no nos separaremos. Dios está en todas partes, estarás con Él en el Cielo y lo verás; yo rezaré aquí, y a través de Él estaré contigo». Cuando la joven exhala el último suspiro, el padre se dirige al médico: «Doctor, ¡mi hija acaba de ver a Dios!», y recita el Magníficat.

Durante su vida, León está en contacto con numerosas miserias morales y materiales, por lo que no puede sustraerse de actuar, pues todo desamparo le conmueve. De forma discreta, secunda a los jóvenes que se han unido en una Conferencia de San Vicente de Paúl. Asimismo, financia una fundación de las Hermanitas de los Pobres, que hace trasladar hasta Tours, y se profesa un gran afecto por esa casa, donde, cada domingo, pasa las tardes con los ancianos, ayudando a las hermanas en las tareas más humildes. En la región de Touraine vive toda una colonia de ingleses; mantiene numerosos contactos con algunos de ellos y reconduce a varios anglicanos a la plena comunión de la Iglesia Católica. Por otro lado, se esfuerza a favor de las misiones de América del Norte (Indiana) y de Polinesia. Pero existen tres obras que considera especialmente importantes: la Adoración nocturna del Santísimo, el renacimiento de la peregrinación de San Martín y el culto de reparación a la Santa Faz de Jesús.

A los pies de Nuestro Señor

La Adoración nocturna del Santísimo nació como  consecuencia de una iniciativa parisina durante los disturbios de 1848: se reúnen algunas jóvenes y mujeres para velar rezando ante la imagen de la Santa Faz, y luego ante el Santísimo en la capilla del Carmelo de la calle Enfer. La intención es ofrecer a Dios ofendido una reparación por los pecados de los hombres y lograr para ellos gracias de conversión. Estimulado por ese ejemplo, se forma igualmente un grupo masculino, instigado por un judío converso, Herman Cohen. La Adoración nocturna de los hombres se inaugura en Nuestra Señora de las Victorias el 6 de diciembre de 1848; dos meses más tarde, el 2 de febrero de 1849, el señor Dupont consigue de su obispo, Monseñor Morlot, el permiso para iniciarla en Tours; anima a los primeros voluntarios mediante el soplo de su fe, y vela por los mínimos detalles materiales para el buen desarrollo de las adoraciones. Su celo se expande lejos, en numerosas ciudades. No obstante, disimula en lo posible su acción personal, poniendo a la cabeza a amigos y conocidos. «La mejor manera de rezar –dice– es reunirse de noche con un mismo pensamiento a los pies de Nuestro Señor, adorarlo, hacer reparación de su honor y mostrarle nuestras necesidades. ¡Oh! ¡Qué felicidad para la presente generación si tal pensamiento se realizara en toda Francia!».

La basílica de San Martín había sido destruida durante la Revolución, y se había construido un barrio en el emplazamiento del antiguo monasterio. La epidemia de cólera de 1849 provoca, sin embargo, un despertar en la devoción, con la procesión de las reliquias del santo por las calles de la ciudad. El señor Dupont funda el año siguiente, en Tours, una obra en honor de san Martín, gran evangelizador de la Galia en el siglo iv. Se trata de recoger ropa y de repararla antes de distribuirla a los pobres: nace así el «Vestuario de San Martín». Dicha asociación asume el proyecto de reconstrucción de la Basílica. El 14 de diciembre de 1860 se descubre el sepulcro de san Martín, en un ambiente de gozo y de intenso fervor. Se acondiciona un oratorio provisional a la espera de una nueva basílica, que el señor Dupont no llegará a conocer.

La Santa Faz

En el Carmelo de Tours, una joven religiosa, sor María  de Saint-Pierre (1816-1848), recibe, a partir de 1843, mensajes del Cielo invitándola a reparar los ultrajes cometidos contra Nuestro Señor: debe animar la devoción al Santo Nombre de Dios, a la Infancia de Jesús y a la Santa Faz desfigurada y ultrajada a causa de la Pasión. Tras la muerte de sor María de Saint-Pierre, el señor Dupont prosigue su misión propagando sus peticiones y su deseo de reparación. Pero no será hasta la Semana Santa de 1851 cuando comience realmente ese apostolado. El domingo de Ramos, la madre priora del Carmelo le envía un grabado de la Santa Faz, un facsímil de la «Verónica» (la verdadera imagen) venerada entonces en San Pedro de Roma. La expone en su salón y enciende un candil. Desea que esa luz suscite preguntas y le da ocasión de hablar de Dios, de los pecados y del deber de reparación que se impone a las almas fervorosas. El Sábado Santo, el señor Dupont recibe la visita de una señorita que sufre intensamente de los ojos. Junto a ella, reza ante la Santa Faz y le sugiere que bañe sus párpados con un poco de aceite del candil. «¡Ya no me duelen los ojos!» –exclama. Los milagros se multiplican de manera incontrolable en beneficio de los peregrinos que acuden a casa del «santo varón de Tours» para rezar en espíritu de reparación y amor. Algunos días, cerca de trescientas personas pasan por su salón y terminan su peregrinación acudiendo a confesarse y comulgar. La fama del salón de la calle Saint-Étienne se expande entonces en Francia y por el mundo, convirtiéndose en el lugar de peregrinación más frecuentado de Francia después de Ars. El Señor Dupont hace frente como puede a la correspondencia, que se acumula desmesuradamente, reduciendo todas sus demás ocupaciones, excepto la Adoración nocturna. Le reclaman gotas de aceite del candil que alumbra día y noche la Santa Faz. En 1854, ya ha entregado o expedido más de sesenta mil frasquitos. Ese mismo año, distribuye veinticinco mil imágenes de la Santa Faz. Apunta las gracias obtenidas, las conversiones y los prodigios operados, a fin de conservar el recuerdo de la bondad divina.

Para el señor Dupont, el culto de la Santa Faz no es una devoción entre las demás, sino la devoción a la persona misma del Verbo hecho carne en su humanidad humillada en la Pasión, y él mismo se compromete a seguir las huellas de quien es el destinatario de su ternura. En la misma línea, el Papa Juan Pablo II dirá ante el Santo Sudario de Turín:

«La Sábana Santa es también imagen del amor de Dios, así como del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa última de la muerte redentora de Jesús« Haciéndose eco de la Palabra de Dios y de los siglos de conciencia cristiana, el Santo Sudario murmura: cree en el amor de Dios, el mayor tesoro que se haya podido dar a la humanidad, y huye del pecado, la mayor desgracia de la historia» (24 de mayo de 1998).

A imitación de Cristo sufriente, el «santo varón de Tours» avanza por el camino de la humildad y de la pobreza espiritual. Con la guerra de 1870, el número de peregrinos disminuye. Pero, muy pronto, el señor Dupont ya no puede recibirlos personalmente, pues la parálisis se apodera progresivamente de su cuerpo. Después, sin tener ni siquiera la libertad de escribir ni de leer, condenado al aislamiento y en ocasiones a atroces dolores, reza sin desmayo, día y noche, sin quejarse. Repite su hermosa invocación: «Que expire sediento de la ardiente sed de ver la Faz tan deseada de Nuestro Señor Jesucristo ». Su última frase es para reclamar al Dios de la Eucaristía, entrando después en una agonía que se prolonga durante ocho días. Finalmente, la mañana del sábado 18 de marzo de 1876, se apaga apaciblemente a la edad de 79 años. En sus funerales, toda la ciudad le acompaña en séquito hasta el cementerio. El 29 de junio siguiente, el arzobispo de Tours, Monseñor Collet, convierte en capilla la casa de la calle Saint-Étienne (actualmente calle Bernard Palissy), donde un sagrario preside el salón. La multitud reanuda la devoción a la Santa Faz. Para poder acoger a los peregrinos, se encarga del servicio de la capilla una asociación de sacerdotes auxiliares. Monseñor Collet erige en ese lugar la Cofradía reparadora de las blasfemias y de la profanación del domingo, cuya misión consiste en propagar el culto de la Santa Faz según el espíritu de sor María de Saint-Pierre. La obra se desarrolla con rapidez.

«Allí, podrás ver cómo nos ama»

En Lisieux, por ejemplo, las carmelitas trabajan en la  construcción de la Cofradía en su ciudad. El 26 de abril de 1885, el señor Martin, padre de santa Teresita, se inscribe junto a sus hijas. La imagen de la Santa Faz marcará profundamente la vida espiritual de Teresa Martin. La fundadora del Carmelo de Lisieux, la madre Genoveva, había inculcado a sus novicias una profunda devoción a la Santa Faz. Una de sus primeras lecturas era la vida de sor María de Saint-Pierre. De hecho, desde su ingreso en el Carmelo, la Santa Faz se convierte en la imagen preferida de Teresa, pues le recuerda que, para salvarnos, Jesús no dudó en dejarse insultar y desfigurar: «Mira a Jesús en su Faz –escribe a Celina el 4 de abril de 1889. Allí, podrás ver cómo nos ama». A fuerza de mirarla, Teresa desea a su vez ser olvidada y despreciada. Un mes después de la toma de hábito de sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, su padre es ingresado en el hospital del Salvador de Caen, donde permanecerá más de tres años. El señor Martin está aquejado de accesos de arteriosclerosis que afectan a sus facultades mentales. Esa enfermedad del señor Martin confiere un nuevo impulso a la devoción de sor Teresa por la Santa Faz. A la luz del capítulo 53 de Isaías, ella escribirá: «De igual modo que la Faz adorable de Jesús fue cubierta durante su Pasión, así también la faz de su fiel servidor (el señor Martin) había de ser cubierta en sus días de dolor, a fin de poder brillar en la patria celestial junto a su Señor, el Verbo Eterno» (Manuscrito A, 20 vº). El 6 de agosto de 1896, sor Teresa se consagra a la Santa Faz junto a dos de sus novicias. Cuando, por causa de su enfermedad, la trasladen a la enfermería, el 8 de julio de 1897, mandará que enganchen a la cortina de su cama la imagen de la Santa Faz propagada por el señor Dupont, y dirá: «¡Cuánto bien me ha hecho esa Santa Faz en mi vida!».

Sor Teresa era todavía una joven profesa cuando, en 1891, se abrió el proceso de beatificación de León Papin-Dupont. El 21 de marzo de 1983, el Papa Juan Pablo II promulgó el decreto que certificaba la heroicidad de las virtudes del «santo varón de Tours».

Que el venerable señor Dupont nos enseñe a vivir bajo la mirada del Padre misericordioso que nos reveló su Rostro en la Santa Faz de su Hijo Jesucristo.

Dom Antoine Marie osb

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