Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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20 de diciembre de 2011
santo Domingo de Silos


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Sabéis que hay una cosa que nunca he podido entender? Que, siendo Nuestro Señor infinitamente bueno y amándonos sin medida, los hombres le amen tan poco». Estas palabras nos revelan el corazón de un gran apóstol, san Antonio María Claret.

Nacido la víspera de Navidad de 1807 en la ciudad industrial de Sallent, provincia de Barcelona, en Cataluña (noreste de España), Antonio Claret es bautizado el mismo día del nacimiento del Salvador. Sus padres, tejedores de algodón, son profundamente cristianos. Las primeras palabras que enseñan a sus hijos son los santos nombres de Jesús y de María. El joven Antonio siente una gran devoción hacia la Santísima Virgen, cuyos santuarios le gusta frecuentar. El día de su primera Comunión, se considera el muchacho más feliz del mundo. Desde muy pronto se siente atraído por el sacerdocio, pero su padre lo destina al oficio de tejedor, y Antonio se apasiona por ese arte que domina muy pronto. Aunque es un muchacho modelo, no por ello deja de luchar para ser fiel al Señor. La lujuria y la avaricia se le presentan en forma de seductoras tentaciones y, para vencerlas, se esfuerza en rezar más, sobre todo a la Virgen. Más tarde, en su Catecismo de la doctrina cristiana, dará el siguiente consejo de salvación: «Si te asalta alguna tentación, invoca a María en ese momento, venera su imagen, y te aseguro que si la invocas constantemente« te ayudará infaliblemente y no pecarás».

Demasiados obstáculos

Un día, el joven se da cuenta de que, más allá de su

fidelidad a la oración diaria, encuentra en el mundo demasiados obstáculos para vivir en unión con Dios. Hallándose en la iglesia, se siente asaltado por tantas distracciones que, a pesar de sus esfuerzos por apartarlas, tiene «en la cabeza más chismes que santos hay en el Cielo». Cuando su padre le habla de una oferta que permitiría ampliar la fábrica, choca con las dudas del hijo. De hecho, hace ya tiempo que éste oye resonar en su corazón la frase del Evangelio: ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26). Poco tiempo después, un accidente lo lleva al borde de la muerte; comprendiendo entonces que Dios le llama, decide abandonarlo todo.

Su primer pensamiento es dejar el mundo para hacerse cartujo, pero, tras reflexionar, ingresa en el seminario de Vic. Bajo la dirección de un padre oratoriano, progresa con rapidez en la vida interior, en especial en la humildad. Cuando le alaban por sus dotes naturales y sobrenaturales, que posee en abundancia, él responde: «Sí, soy como un asno cargado de joyas y pedrerías, pero que no deja de ser un asno». Recibe la ordenación sacerdotal el 13 de junio de 1835, y después es nombrado vicario en su parroquia natal, de la que será párroco dos años más tarde. Los habitantes de Sallent se sienten edificados por el joven sacerdote, tan preciso en los oficios y tan atento en la celebración de la Santa Misa. Enseguida se hace patente su caridad hacia los pobres y enfermos, pues el padre Claret da sin medida, hasta el punto de no guardarse nada para él. Su celo por instruir es ardiente, y aprovecha su tiempo libre para entregarse al estudio.

Alrededor del joven sacerdote, el mundo está perdiendo sus referentes: muchos de sus contemporáneos tienen una fe insípida; incluso en los medios católicos, el liberalismo se infiltra en las almas. «El liberalismo en religión –subrayaba el beato John Newman, contemporáneo de Antonio Claret– es la doctrina según la cual no existe una verdad absoluta en religión, sino que un credo vale por otro« No admite que una religión pueda considerarse como verdadera« Enseña que la religión revelada no es una verdad, sino una cuestión de sentimiento y de gusto, que no es ni un hecho objetivo ni milagrosa». Sin embargo, Jesús nos reveló que Él mismo era la Verdad (Jn 14, 6). El padre Claret lucha contra esa ola de liberalismo filosófico y religioso, y para hacer arraigar profundamente en los corazones los principios de la fe y de la moral cristianas, el destino final del hombre y la vanidad del mundo.

En 1839, se dirige a Roma para ingresar en el noviciado de la Compañía de Jesús. El intento solamente dura unos meses, pero le confiere un nuevo impulso para trabajar por la salvación de las almas. «Dios me ha concedido una inmensa gracia –escribirá en su autobiografía– al conducirme a Roma para hacer que viviera, aunque por poco tiempo, entre esos religiosos tan fervientes. ¡Ojalá Dios hubiera querido que lo aprovechara mejor! Pero, si bien el provecho ha sido poco para mí, ha sido considerable para el prójimo. Allí he podido aprender el método correcto de impartir los Ejercicios de san Ignacio y de predicar, de enseñar el catecismo y de confesar con gran provecho para las almas. ¡Bendito seáis por todo, Dios mío, y haced que os ame y que os haga amar y servir por todos! ¡Que todas las criaturas experimenten cuán bueno y misericordioso sois!». Más tarde, dirá acerca de los Ejercicios: «son uno de los medios más poderosos de los que me he servido para la reforma del clero».

Tras su regreso a España, en 1840, el padre Antonio Claret es nombrado párroco de Viladrau, donde da muestras de todo lo que es capaz en su amor por el prójimo. «Cuando yo estaba instalado en la parroquia de Viladrau –anotará–, velaba lo mejor posible por las necesidades espirituales de los fieles. Los domingos y días festivos explicaba el Evangelio en la Misa Mayor, y por la tarde enseñaba el catecismo a los chicos y a las chicas. Visita a los enfermos todos los días. Por desgracia, aquella ciudad no disponía de médico. De esa manera me convertí a la vez en médico de almas y médico de cuerpos, poniendo en práctica mis conocimientos generales y los que localizaba en obras de medicina« El Señor secundó tan bien mi celo que ninguno de los enfermos que pasó por mis manos falleció ».

Buscar las causas verdaderas

«Cuando llegué a Viladrau –revelará además–, los que

se consideraban poseídos (por el demonio) eran muy numerosos, y sus familias me instaban a exorcizarlos, pues tenía poderes para ello. Constaté que sólo uno de cada mil estaba realmente poseído; el malestar de los demás se debía a causas físicas o morales». Para remediarlo, el padre Claret ofrece algunos consejos adecuados: al comprobar que, con frecuencia, los supuestos poseídos se dejaban llevar por la ira y el abuso de alcohol, les recomienda que sean pacientes con su mal, que no se enfaden nunca y que vivan con sobriedad. Luego, les sugiere que recen tres veces al día siete Padrenuestros y siete Avemarías en honor a los Siete Dolores de la Santísima Virgen, que hagan Confesión completa de todos los pecados de su vida y que reciban enseguida la Sagrada Comunión. La mayoría de las veces, los que siguen sus consejos acuden pronto a darle las gracias y a afirmar que se hallan completamente curados.

Una de las ocupaciones preferidas por Antonio Claret es la enseñanza del catecismo: «Al ser el catecismo la base de la instrucción moral y religiosa de los niños, siempre he creído que era la forma de apostolado más importante. Como el alma de los niños es más maleable que la de los adultos, pueden aprenderlo con facilidad y guardarlo como quien dice impreso en su alma« Lo que más fuertemente me empujó a instruir a los niños fue el ejemplo de Jesucristo y de los santos. Dejad que los niños vengan a mí –dijo Nuestro Señor–, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios (Mc 10, 14). Es verdad que, a los ojos de Dios, un niño que ha conservado la inocencia mediante una buena educación es un tesoro más preciado que todas las riquezas del mundo». Y añade: «El catecismo para las personas adultas es, en mi opinión, el mejor método para ayudarlos. Mediante el catecismo los sacamos de su ignorancia, que es mayor de lo que imaginamos. Los predicadores creen, a veces, que los que acuden a escuchar sus sermones están ya instruidos en la religión y en sus obligaciones; pero se equivocan por completo« La materia de mi catecismo se basaba siempre en los Mandamientos de Dios, que comentaba con mayor o menor desarrollo« Jamás atacaba desde el principio los vicios predominantes entre mi auditorio, sino que, para hacerlo, esperaba tener al público atrapado. Y entonces, adivinándolo bien preparado, abordaba los temas más graves; mis oyentes, al ver que derribaba sus pequeños ídolos, no se rebelaban y, muchos de ellos, se arrepentían de sus pecados».

Un medio de acción eficaz

Además de las instrucciones catequéticas, el padre

Claret se esfuerza en hacer el bien a todos los que encuentra. «Las conversaciones familiares son otro medio de acción sobre las almas, ¡y cuán eficaz! Cuando era estudiante, leí que entre los primeros miembros de la Compañía de Jesús, había un hermano laico que se encargaba de las compras. Salía todos los días para cumplir con los deberes de su empleo y, en las conversaciones con los seculares, era tan edificante y tan amable que convirtió a más almas que cualquier otro misionero. Ese ejemplo me causó tan buena impresión que siempre me he esforzado en imitarlo».

Se propone igualmente participar en misiones populares en las que no duda en predicar sobre las «postrimerías días del hombre»: la muerte, el juicio final, el Cielo o el infierno. Ya en su infancia le habían marcado esas verdades fundamentales: «Los primeros pensamientos que ocuparon mi alma infantil –escribe–, al menos los que guardo en el recuerdo, tienen que ver con la eternidad. Tenía cinco años; estaba en la cama pero no podía dormirme y pensaba en estas palabras: ¡siempre, siempre, eternidad! Me imaginaba una distancia enorme, a la cual añadía otra y otra, y aún otra, y nunca llegaba al final. Entonces mi corazoncito se estremecía y yo me decía a mí mismo: ¿Los que vayan al infierno no terminarán nunca de sufrir? No, nunca. ¿Sufrirán siempre? Siempre. Me invadía una gran compasión por quienes caen en las llamas, y el corazón se me partía de dolor, pues, por naturaleza, soy muy compasivo. Desde aquel momento, aquel pensamiento se me quedó grabado profundamente, y puedo decir que continúa estando presente en mí. Es el que me ha movido a trabajar por la conversión de los pecadores. A menudo me digo a mí mismo: es de fe que hay un Cielo para los buenos y un infierno para los malos; es de fe que las penas del infierno son eternas; es de fe que basta con un solo pecado mortal para que un alma se condene, a causa de la infinita malicia del pecado mortal, que es una ofensa a Dios infinito. A partir de estos principios absolutamente ciertos, cuando veo la facilidad con que se comete el pecado, cuando veo la multitud de personas que están continuamente en pecado mortal y que caminan, de ese modo, hacia la muerte y hacia el infierno, ¿cómo podría quedarme con los brazos cruzados? Es necesario que corra, que grite. Me digo a mí mismo: si viera caer a alguien en un pozo, en una hoguera, seguro que me pondría a correr y a gritar para impedir que cayera; ¿por qué no iba a hacer lo mismo para impedir que las personas caigan en la hoguera del infierno?».

Como un buen hijo

En sus exhortaciones, don Antonio recuerda la nece-

sidad de obedecer a los Mandamientos de Dios para alcanzar la felicidad eterna del Cielo: «Es cierto que Dios es tu Padre; Él te ha creado y ha puesto en ti su imagen y semejanza, y quiere hacerte heredero del patrimonio del Cielo; te ha creado para ese fin. Pero también quiere que te comportes como un buen hijo; y si no lo haces, es decir, si violas sus Mandamientos y mueres sin arrepentimiento, no podrás alcanzar el fin para el cual has sido creado« Dios es tu Padre y te ama en extremo. Ese amor que te manifiesta le movió a enviar a su Hijo para que fuera tu Maestro y Médico, quien, para curar tu enfermedad mortal, entregó como remedio la sangre de sus venas, empleando la dosis de ese divino medicamento en los Santos Sacramentos». Y para ayudar a los hombres a practicar los Mandamientos, que pueden parecerles una carga demasiado pesada, escribe además: «Querido cristiano: debes saber que lo que me anima a escribir lo que voy a decirte es el amor que tengo por ti« Pongo a Dios por testigo de que lo que digo es la verdad, y que solamente deseo tu felicidad. ¿Quieres ser feliz en este mundo y en el otro? Hay un secreto para ello: no peques y lo conseguirás. ¿Quieres no pecar? Para eso hay un remedio infalible: recuerda la muerte; piensa que debes morir, y así no pecarás« Así pues, presta atención a los consejos que me dicta el deseo que tengo por tu bien. Pon orden ahora en tus asuntos y adopta el estado en el que querrías encontrarte en la hora de la muerte. Realiza una confesión sincera y llena de dolor por tus pecados; huye del mal; haz reserva de buenas obras, ya que son las únicas que podrás llevarte contigo de este mundo».

Antonio Claret edita más de 150 obras y folletos, y manda imprimir cantidad de imágenes piadosas. Esta modesta medida provoca más de una conversión. Funda igualmente numerosas cofradías. Sin embargo, la gran obra de su vida es la fundación de la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María, establecida el 16 de julio de 1849. Se trata de un grupo de sacerdotes que se dedican a la predicación y a la catequesis, a la vez que llevan una ferviente vida religiosa. Él mismo escribe cómo debe ser un miembro de esa congregación: «Un Hijo del Corazón Inmaculado de María es un hombre que se consume de amor y que abraza todo en su camino. Es un hombre que se desgasta sin cesar con objeto de encender en el mundo el fuego del amor divino« Que no piensa más que en una cosa: trabajar, sufrir y buscar siempre la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas, a fin de imitar a Nuestro Señor Jesucristo ».

Esa imitación del Señor pasa por la práctica de la virtud de humildad. El padre Claret escribe: «He intentado imitar a Jesús, quien nos dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 29). Además, lo contemplaba siempre en el pesebre, en su taller, en el Calvario. Meditaba sobre sus palabras, sus sermones, sus actos, su manera de comer, de vestir, de ir de una ciudad a otra. Me animaba siempre a seguir ese ejemplo y me decía a mí mismo: en la circunstancia en que me encuentro, ¿cómo actuaría Jesús? Luego, me esforzaba en imitarlo y me sentía feliz de pensar en el placer que le procuraba imitándolo».

Una carga temible

Tantos trabajos y virtudes hacen que Antonio Claret

destaque. En agosto de 1849 es nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, en las Antillas españolas. Por humildad, lo rechaza enérgicamente, pero debe ceder a instancias del Nuncio apostólico. Recibe la consagración episcopal el 6 de octubre de 1850, a la edad de 42 años, y a partir de entonces añade a su nombre de pila el de María. El nuevo arzobispo llega a una diócesis extensa en superficie, pero pobre material y espiritualmente. Su primer desvelo es crear un seminario que formará a numerosos y santos sacerdotes, pero debe velar igualmente por la reforma del clero ya existente. Por ello insta a todos los sacerdotes a pasar un mes al año en el seminario para perfeccionar sus estudios.

El contexto político de Cuba es difícil. Los esclavistas locales reprochan al nuevo arzobispo su mansedumbre y lo tratan de revolucionario, mientras que los separatistas le reprochan que sea español. A pesar de ese contexto, el santo permanece en paz: «¡Me quedaré en la cruz hasta que el Señor me quite los clavos!». A quienes desean verlo replicar a sus enemigos, él responde: «Dejadlos; yo sé lo que me conviene. Las persecuciones me mantienen en la humildad y en la resignación. Sufro sin duda de la ofensa que hacen a Nuestro Señor, pero me ayudan a alcanzar mi objetivo, y me ofrecen la ocasión de sufrir por el amor de Dios».

Un gran desorden moral reina entonces en Cuba, donde muchas personas cohabitan sin estar casadas. Monseñor Claret visita la diócesis, predica misiones y regulariza las situaciones matrimoniales.

Ese desvelo pastoral del santo prelado a favor del matrimonio cristiano es del todo comprensible, ya que la relación íntima de unión corporal entre un hombre y una mujer es un acto que tiene una profunda significación. Indica la entrega total, exclusiva y definitiva de sí mismo al otro. Por eso solamente es legítima cuando las personas se han entregado una a la otra mediante el matrimonio. «¿Qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir?», pregunta el Catecismo de la Iglesia Católica, que prosigue afirmando que el concubinato y «la unión libre» son situaciones que «ofenden la dignidad del matrimonio, destruyen la idea misma de la familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental» (CEC, 2390).

Permanecer en su puesto

Durante el mes de agosto de 1852, Monseñor Claret

predice un terremoto que sacude efectivamente Santiago: ni un solo edificio escapa de él, pero, gracias a las oraciones del santo, no se contabilizan víctimas mortales. El 1 de febrero de 1856, escapa por poco a una agresión contra él perpetrada por un hombre armado con una navaja de afeitar que le produce una profunda cicatriz en el rostro, desde la frente hasta el mentón. Tras reponerse de ese atentado, el arzobispo emprende un viaje a Roma, donde el Papa Pío IX le pide que permanezca en su puesto. Con espíritu de fe y obediencia, regresa pues a Santiago. Pero un año más tarde, es llamado a España por la reina Isabel II para que sea su confesor. No obstante, hasta 1860 continuará administrando la diócesis de Santiago. A su llegada a España, la reina le explica las razones de su elección: quiere a toda costa cumplir la voluntad de Dios y asegurar la salvación de su alma. Antes de aceptar ese ministerio, Monseñor Claret pone como condición que no vivirá en el palacio real, y que será libre para dedicarse a la predicación y a visitar hospitales. Durante los doce años en que el santo ejerce el cargo de capellán, la pareja real lleva una vida muy cristiana –frecuentación de los sacramentos, rezo diario del rosario, práctica de la lectura espiritual– y se mantiene en perfecta armonía. Las cenas suntuosas, los bailes, el teatro son menos frecuentes. Los vestidos provocadores desaparecen, ya que Monseñor Claret había amenazado varias veces a la reina con que se retiraría si no se ponía fin a ese escándalo.

Isabel II es especialmente dócil a su director. Monseñor Claret dio el siguiente testimonio: «A nadie digo las verdades de manera tan clara como a la reina. Cuando se trata de otras personas, estudio la manera de presentarles las verdades menos duramente, pero a esta señora se las puedo decir completas y sin fingimiento, como me vienen al pensamiento». Los viajes de la reina son aprovechados por Monseñor Claret para predicar sermones, misiones y retiros espirituales a través de toda España.

En noviembre de 1868, Isabel II es destronada por una revolución, por lo que debe exiliarse en Francia, donde la sigue su confesor, que abandona definitivamente España. A pesar de una salud cada vez más precaria, Monseñor Claret vela activamente por la colonia española de París. El 30 de marzo de 1869, se dirige a Roma para participar en el primer concilio del Vaticano. De regreso a Francia en julio de 1870, a la vez que el embajador de España pide su detención, Monseñor Claret, prevenido a tiempo por el obispo de Perpiñán, se refugia en la abadía cisterciense de Fontfroide, en Languedoc. En ese ambiente de paz monástica, entrega su alma a Dios el 24 de octubre de 1870. Fue canonizado el 7 de mayo de 1950 por el Papa Pío XII. En la actualidad, los Hijos del Corazón Inmaculado de María o Misioneros Claretianos son aproximadamente 3.000 en todo el mundo.

Que san Antonio María Claret nos conceda el don de un celo renovado por la gloria de Dios y la salvación del prójimo, con la fuerza de ánimo necesaria para predicar con nuestra vida y nuestras palabras la verdad de Cristo, el único que conduce a la felicidad eterna.

Dom Antoine Marie osb

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