Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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16 de noviembre de 2011
santa Gertrudis


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

El campo de concentración de Zella-Melhis, en Turingia, en el corazón  de Alemania, alberga a numerosos franceses reclutados para el Servicio  de Trabajo Obligatorio, el S.T.O. El 19 de abril de 1944, muy temprano, un joven bretón llamado Marcelo Callo se dirige, como de costumbre, a la fábrica. Hacia las once, regresa al campamento de barracones. Joel, un compañero que trabaja de noche, se sorprende al verlo venir tan pronto: «¿Qué pasa, Marcelo, estás enfermo? –Estoy detenido». Un agente de la GESTAPO entre inmediatamente, registra las cosas de Marcelo y examina con atención libros y papeles. Joel le pregunta por los motivos del arresto. «Es demasiado católico» –responde con frialdad el policía, que ordena a Marcelo que lo siga. El joven toma su rosario, estrecha la mano a Joel y le encarga: «Escribe a mis padres y a mi novia diciéndoles que me han arrestado».

Nacido el 6 de diciembre de 1921 en Rennes, Marcelo es el segundo de una familia de nueve hijos. Su padre, Juan Callo, es un modesto obrero. Su familia es pobre de bienes terrenales, pero rica en fe. En casa, Marcelo, que ayuda de buena gana, muestra un carácter alegre y travieso; su principal defecto es sin duda la obstinación, pero sabe reconocer sus errores. En la escuela le reprochan su trabajo irregular; en conjunto, no obstante, sus maestros le consideran aplicado, y a todos les llama la atención su rectitud y buena intención. Desde la edad de ocho años, Marcelo se integra en la Cruzada Eucarística, donde se transmite un verdadero amor hacia Jesús en la Eucaristía. Aprende a ofrecer sus jornadas al Corazón de Jesús para la salvación de las almas. Cada mañana ayuda a una Misa, y se confiesa cada quince días, tomándose en serio el lema de los «cruzados»: «Reza, comulga, sacrifícate, sé apóstol».

Una nueva página

En 1933, Marcelo se integra en una unidad scout, la  número cinco de Rennes. El día de la promesa, el 18 de junio de 1934, se abre una nueva página en su vida. El ideal scout de lealtad, coraje, servicio y pureza se corresponde con sus profundas aspiraciones; aplica con fervor la Ley scout, sin olvidar que el deber del scout comienza en casa. A partir de 1936 se le confía la dirección de una patrulla. Marcelo agradecerá al escultismo el haber contribuido a formarlo como dirigente en la Juventud Obrera Cristiana (J.O.C.).

«El escultismo –decía el venerable Pío XII– concede al culto y al servicio de Dios el lugar preponderante que les corresponde en la vida del hombre, y, por ello mismo, dispone al joven a descubrir en cada objeto, en todo orden, en toda belleza creada, su verdadero valor, su verdadero esplendor a la luz del sol divino. Buscar, hallar, sentir, glorificar a Dios en sus obras« eso es lo que constituye el fondo del escultismo» (10 de septiembre de 1946).

Después de conseguir, en 1934, su certificado de estudios, Marcelo entra en una imprenta como aprendiz tipógrafo. Se siente orgulloso, mediante su trabajo, de poder ayudar económicamente a sus padres, ya que en aquella época no existían los subsidios a la familia. Sus comienzos en la imprenta resultan difíciles. El ideal cristiano de Marcelo choca con las preocupaciones malsanas de los obreros, que se jactan de iniciar en sus vicios a los más jóvenes. Cuando ríen estúpidamente a causa de bromas indecorosas, él se abstiene de reír, y luego pregunta a su madre, quien restablece la verdad. Aconsejado por ella, Marcelo adquiere la costumbre de dirigir su corazón hacia la Virgen. Se convierte rápidamente en un obrero competente, apreciado por el capataz y por los nuevos aprendices, a los que sustrae hábilmente de la perversa influencia de los veteranos.

El padre Martinais, vicario de la iglesia de Saint-Aubain, deplora la falta de ideal cristiano en el seno de la sección parroquial de la J.O.C. Por eso empieza a buscar muchachos aptos para enderezar el rumbo. A instancias suyas, y tras un combate interior, Marcelo abandona a regañadientes el escultismo, en 1936, para entrar en la J.O.C. La acogida es bastante fría, ya que esos jóvenes obreros van a las reuniones para distraerse, pero desconfían de la Iglesia y de los «novatos» como Marcelo, a quienes consideran cómplices del clero. Marcelo ha comprendido enseguida que el ideal de la J.O.C. es devolver a los obreros el sentido de la dignidad de su trabajo, que consideran menospreciado, y recordarles que todos son hijos de Dios. Para ello hacen falta apóstoles orgullosos de pertenecer a Cristo, puros, alegres y seductores. Algunas tardes, las discusiones son encarnizadas. Marcelo, que es de naturaleza íntegra, conoce sus primeros conflictos como militante; sin embargo, se hace respetar mediante su comportamiento. A veces, algunas palabras o actuaciones lo sublevan, y entonces no duda en expresar su enfado, sin faltar por ello al respeto hacia sus adversarios. Poco a poco, aprende a dominar sus arrebatos, a domarlos, y una vez ha dicho todo lo que tenía que decir para hacer triunfar la verdad, recupera enseguida la paz.

Presidente a los diecisiete años

Marcelo manifiesta una gran fidelidad hacia el círcu- lo de estudios de la J.O.C., al que sigue con mucha atención. Él mismo, por su cuenta, estudia la doctrina de la Iglesia. En 1938, el equipo directivo de la sección jocista de Saint-Aubain presenta su dimisión. Marcelo se ha ganado de tal manera el aprecio de todos que, a pesar de sus 17 años, es elegido presidente de la sección. Conseguirá que ésta forme un equipo destacable que, mediante su dinamismo, ejercerá una influencia positiva en la parroquia. Animado de la llama apostólica, quiere que ésta se propague, intentando atraer por todos los medios a jóvenes desgraciados y ociosos. Con entusiasmo, Marcelo difunde entre los jóvenes jocistas el método del padre Cardijn, fundador de la J.O.C.: «Aprender a pensar como Cristo, a tener la mentalidad de Cristo». Para Marcelo, lo principal es «vivir en Dios veinticuatro horas al día». El jocista, además de la Misa y comunión diaria, se compromete a meditar un cuarto de hora cada día, reservándose igualmente, una vez a la semana, un tiempo de lectura espiritual, así como una hora de estudio para su formación general.

Marcelo prepara con esmero las reuniones de la sección, la organización de un juego o una excursión en bicicleta. No escatima esfuerzos para que los jocistas encuentren en el local un ambiente fraterno. Para él, las distracciones tienen gran importancia, pues considera que son un medio excelente para entrenar a las almas; y es precisamente eso lo que más le interesa. Su buen carácter le ayuda también mucho a contraer amistades. Ríe y hace el payaso, pero sobre todo resplandece por la vida interior que emana de su persona. Los jóvenes acuden cada vez en más número, recuperando poco a poco el camino de la iglesia. Ya no son unos «don nadie, los malditos de la tierra», como pretenden hacerles creer algunos de sus compañeros revolucionarios; sino que son hijos de Dios, y su trabajo, que realizan en unión con Cristo, salva al mundo.

En su encíclica Laborem Exercens, el Beato Juan Pablo II enseñaba: «Todo trabajo –tanto manual como intelectual– está unido inevitablemente a la fatiga. El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo« Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar« En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros» (14 de septiembre de 1981).

Los tiempos de oración y de reflexión espiritual ocupan un lugar preeminente en ese movimiento, pero siempre en estrecha unión con la vida cotidiana de los obreros jocistas. Marcelo explica: «No es posible ir a Misa con las manos vacías». Uno de sus compañeros cuenta: «Nosotros creíamos que, para ser un buen cristiano, bastaba con rezar por la mañana y por la noche, y oír Misa los domingos. Fuera de aquello, no había gran cosa. Desde que Marcelo me lo enseñó, ya no «oigo» Misa, sino que intento participar, intento no ir con la manos vacías, sino ofrecer algo de mi vida». Marcelo anima con frecuencia a los compañeros a visitar al Santísimo; su recogimiento les impresiona. A partir de 1939, organiza también una «cadena de comuniones» para pedir la paz y para los prisioneros.

El asombro de los feligreses

La ocupación alemana, a partir del verano de 1940,  no desanima el celo del joven apóstol. Durante la Cuaresma de 1941, hace todo lo que está en su mano, con la ayuda de sus jocistas, para atraer al mayor número posible de jóvenes a un retiro espiritual de tres días, que tiene lugar en la iglesia de Saint-Aubain. Los feligreses se sorprenden mucho de ver llegar a todos aquellos muchachos, muchos de los cuales no frecuentaban ya la iglesia. Marcelo comprende que su eficacia de militante pasa por una vida de oración, de verdadera intimidad con Jesús: «Dios lo es todo, y nosotros, nada. Sin el auxilio de Cristo, solos, nuestros esfuerzos serían vanos». Su lucha contra el pecado es pertinaz: «Somos con frecuencia malos instrumentos en manos de Dios porque tenemos malas costumbres, malas tendencias. El pecado disminuye nuestra vida espiritual, nos rebaja, nos impide ser militantes, que nos impliquemos. En la medida en que dejemos que Cristo entre en nosotros, trabajaremos para el bien de la comunidad. Es necesario que cada día consiga ser un poco más conforme con Cristo».

Muy pronto, sin embargo, la J.O.C. es prohibida por los alemanes. Marcelo esconde cuidadosamente carpetas y papeles importantes, y la sección deja el local para convertirse en una «asociación deportiva». Las actividades son las mismas, y la clandestinidad enardece el brío y el celo de los jóvenes. Es realmente la J.O.C. de las catacumbas: las actividades se hacen a escondidas, pero el espíritu es ardiente, la solidaridad no tiene límites y la oración es más fervorosa que nunca, como en la época de los primeros cristianos. Es entonces cuando Marcelo conoce a Margarita, una joven jocista. Más tarde proyectan unir sus vidas, confiando su futuro a Nuestra Señora. El compromiso oficial se prevé para el verano de 1943. ¡El futuro se anuncia radiante para Marcelo! Pero el 8 de marzo de 1943, todo se viene abajo« La ciudad de Rennes es bombardeada por los aliados. Marcelo, como muchas personas, deja el trabajo para acudir en socorro de las víctimas. Descubre, con espanto, que el edificio donde trabaja su hermana pequeña Magdalena está en ruinas. En cuanto es posible retirar los escombros, Marcelo se precipita y no tarda en encontrar el cuerpo de su hermana. Él mismo deberá anunciar la terrible noticia a sus padres. Se encuentra abatido; ¿como superar semejante pena? Sin embargo, «si Dios –dice a sus padres– se ha llevado a Magdalena, es que la consideraba preparada para el Cielo. Si hubiera ocurrido más tarde, ¿habría estado en la misma disposición? Quizás habría podido perderse. La Providencia sabe mejor que nosotros lo que necesitamos».

Drama de conciencia

La tribulación no ha hecho más que empezar para  Marcelo, que lleva en el bolsillo un terrible secreto: su llamamiento para el S.T.O. Una ley obliga a los jóvenes franceses al Servicio de Trabajo Obligatorio, en Alemania, para reemplazar a los obreros y agricultores alemanes movilizados en el ejército. Es un drama de conciencia: ¿debe Marcelo abandonar a su familia, todavía traumatizada por el fallecimiento de Magdalena?, ¿debe abandonar a su prometida Margarita, castamente amada?, ¿a su querida J.O.C.?, ¿o bien quedarse e incorporarse a la resistencia? Pero en este caso habrá sin duda represalias contra su familia, sobre todo contra Juan, su hermano mayor, que será ordenado sacerdote en junio. «No voy como trabajador –dice a los suyos–, sino como misionero; ¡hay tanto que hacer para dar a conocer a Cristo!».

El 19 de marzo de 1943, Marcelo es enviado a Turingia, a Zella-Melhis, donde los franceses trabajan en una fábrica de montaje de pistolas lanza-cohetes; hay que aguantar de pie durante diez horas al día, en medio de una atmósfera cargada, con compañeros que sólo piensan en llevar una vida de desenfreno. A Marcelo le roban sus ahorros. Sus primeras semanas en Alemania son un verdadero calvario. No se permite ningún oficio religioso. Ni siquiera se cuestiona reconstituir allí la J.O.C., prohibida ya en Francia. No hay ninguna iglesia católica en esa región protestante. Un día, no obstante, el horizonte se ilumina: descubre una pequeña sala donde un sacerdote alemán celebra la Misa el domingo. Se ha quemado un dedo en una máquina, le duelen los dientes y el vientre, pero el domingo podrá ir a Misa. Además, cada vez que puede, Marcelo hace una visita al Santísimo y acude a rezar a la Virgen. Allí consigue fuerza y coraje, y recupera su celo por las almas. «Aquí –escribe a su novia– hay muchas heridas morales que curar« Los dos meses siguientes a mi llegada fueron extremadamente duros y penosos. No me gustaba nada, era insensible, sentía que me iba poco a poco« De repente, Cristo me hizo reaccionar« Me dijo que me ocupara de mis compañeros, y entonces recuperé la alegría de vivir». A su hermano, ordenado sacerdote el 29 de junio, le escribe comunicándole el pesar que siente por estar tan lejos de él en aquel hermoso día: «Esta dolorosa separación me ayudará a comprender un poco mejor la vida: es en el sufrimiento cuando nos hacemos mejores».

Poco a poco, Marcelo se lleva a sus compañeros los domingos, esperando que, dentro de cierto tiempo, todos irán a Misa. Cuando llega Pascua, puede sentirse contento: todos los miembros de su dormitorio están presentes, con una excepción. Una vez al mes, ante la petición de Marcelo, el sacerdote celebra una Misa para los francófonos con cantos franceses. «Asistían casi cien franceses. ¡Y cuánto entusiasmo! Cantábamos con una sola voz. Pero lo que más me agradó fue constatar que habíamos conseguido atraer a compañeros que no habían ido a Misa desde hacía años». Para levantarles el ánimo, organiza actividades deportivas y artísticas (cantos, música y teatro). Su influencia se extiende cada vez más. Incluso los corazones endurecidos le respetan, y acuden de buen grado a pedirle consejo. Él siempre está dispuesto a ayudar, a escuchar las confidencias, a compartir su ración alimenticia con compañeros más necesitados y enfermos. Él mismo vive del recuerdo de su prometida, de quien habla con frecuencia, lo que desmonta las conversaciones obscenas de algunos. Por lo demás, basta que él llegue para que el tono cambie, pues su sola presencia impone el respeto.

Una red clandestina

En los diferentes campos de trabajo, la J.O.C. ha  levantado una organización clandestina, y sus responsables aprovechan todas las ocasiones para encontrarse y entrenarse en el apostolado común, constituyendo una verdadera red de resistencia espiritual en Turingia. El cardenal Suhard, arzobispo de París, informado del magnífico entusiasmo de los jocistas, les escribe para bendecirlos y agradecérselo. Por su parte, la GESTAPO, que los está espiando, ve en la J.O.C. un partido político antinazi. En abril de 1944, la policía alemana desmantela la red jocista. El 19, Marcelo coincide, en los calabozos de la GESTAPO, con once de sus amigos, dos de los cuales son sacerdotes y otros dos seminaristas. Unos después de otros, son interrogados, amenazados y maltratados. Quieren saber su plan de acción y los nombres de sus compañeros. El domingo siguiente, desde las diferentes celdas, se alzan las voces de los doce prisioneros, que cantan la Misa de los Ángeles. Tienen miedo, hambre y frío, pero están profundamente unidos de corazón. A finales de abril, son conducidos a la prisión de Gotha, en espera de juicio. Durante el día, van a trabajar con los demás prisioneros a una granja vecina, donde comen cuando tienen hambre. El 16 de julio, en el camino de regreso del trabajo, un jocista entrega discretamente a uno de ellos unas hostias consagradas; es un gozo inmenso para los prisioneros, que pueden recibir a Aquél por quien son perseguidos y que esperan desde hace 88 días.

Se contabilizan 180 cartas o postales escritas por Marcelo desde Alemania. La última, fechada el 6 de julio de 1944, desvela el interior de su alma. Después de haber expresado su pesar por no recibir noticias de su familia, escribe: «Felizmente, existe un amigo que no me abandona ni un instante y que sabe sostenerme en las horas penosas y agobiantes. Con Él, todo se soporta. ¡Cuánto agradezco a Cristo por haberme trazado el camino que sigo en este momento! ¡Cuántas agradables jornadas puedo ofrecerle!« Todos mis sufrimientos, los ofrezco por todos vosotros, queridísimos padres, por mi prometida, y por Juan, para que su ministerio sea fecundo; por todos mis compañeros. Sí, porque resulta muy dulce y reconfortante sufrir por aquellos a quienes se ama« Me esfuerzo por ser mejor acercándome cada vez más a Dios« Mi pensamiento se dirige también a Francia. Sufrimos de verla en el estado en que actualmente se encuentra; nosotros, los que hemos sufrido, la reconstruiremos y sabremos darle su verdadero rostro. Dios, familia y patria, tres palabras que se complementan y que jamás deberíamos separar. Si cada individuo construyera y se apoyara sobre esas tres bases, todo iría bien».

Perjudicial para el régimen

En agosto, tras un nuevo flujo de prisioneros, los  jocistas son agrupados en una misma celda, donde sienten la alegría de rezar y cantar juntos. Los guardias llaman a esa celda «die Kirche», la iglesia. El 25 de septiembre, se les comunica el veredicto procedente de Berlín: se les condena a la deportación en un campo de concentración. Todos deben firmar su orden de internamiento, redactada en estos términos: «Por su acción católica con sus compañeros franceses, durante su servicio de trabajo obligatorio en Alemania, se considera perjudicial para el régimen nazi y para la salvación del pueblo alemán». De los doce, solamente cuatro volverán de los campos de la muerte, con una salud deteriorada.

Marcelo deja Gotha el 6 de octubre para ir al campo de Mauthausen, en Austria, donde sufren 20.000 deportados: torturas, asesinatos y enfermedades los diezman en una proporción del 90%. Deben trabajar en condiciones muy duras. Marcelo es destinado al montaje de aviones, en una fábrica subterránea. Le roban las gafas; sus ojos no soportan ya la luz cegadora que reflejan las placas de aluminio y se enrojecen de sangre hasta el punto de que, algunos días, se queda casi ciego. La menor torpeza es calificada de sabotaje y sancionada con terribles golpes de porra que Marcelo habrá de soportar en cuatro ocasiones. Enflaquecido, agotado y maltratado, todo lo soporta sin que el odio, ni siquiera el rencor, hagan mella en él; jamás insulta a sus verdugos. No deja de dar muestras de caridad, encontrando la manera de sembrar a su alrededor palabras de consuelo: «Confianza –dice–, Cristo está con nosotros« No hay que dejarse llevar, Dios nos guarda». Cerca de él se es feliz. Su fe y paciencia heroicas son un verdadero ánimo para sus camaradas. Reza con quienes aceptan unirse a su plegaria. Sin embargo, su agotamiento físico es tan grande que, a veces, es él quien implora ayuda: «Ayudadme, por favor, ya no puedo más». Contrae tuberculosis y disentería; un edema en las piernas y una furunculosis le hacen sufrir cruelmente. En ese estado, es trasladado a la enfermería del campo. Allí falta de todo, ya que la debacle del ejército alemán –es el mes de marzo de 1945– conlleva la penuria de alimentos y de medicinas. Los enfermos son abandonados y dependen unos de otros. El día 18 al anochecer, Marcelo se desploma. El coronel Tibodo, un detenido francés destinado en la enfermería, lo lleva a su camastro y se asombra de su paciencia. Marcelo se apaga dulcemente ante su mirada, como una lámpara sin aceite: «Sólo le quedaba una mirada –dice–, una mirada que veía otra cosa, y que expresaba una profunda convicción de que partía hacia la Felicidad. Era un acto de Fe y de Esperanza en una vida mejor. Jamás he visto en ninguna parte y en ningún moribundo –y he visto miles– una mirada como la suya. Tenía la mirada de un santo. Para mí fue una revelación». A los 23 años de edad, Marcelo voló al Cielo el 19 de marzo de 1945, en la festividad de san José, patrón de la buena muerte, al que la señora Callo invocaba sin cesar por su hijo.

Con motivo de la beatificación de Marcelo Callo, el 4 de octubre de 1987, el Papa Juan Pablo II afirmaba: Marcelo «muestra el resplandor extraordinario de quienes dejan que Cristo habite en ellos y se entregan a la liberación plena de sus hermanos».

Dom Antoine Marie osb

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