Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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16 de marzo de 2011
fiesta de San Patricio, obispo


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En mayo de 1873, el vicario apostólico de Hawai,  Monseñor Maigret, manifiesta a algunos de sus sacerdo- tes la preocupación que siente por el estado de abandono de los leprosos. Desde 1864, la terrible plaga de la lepra se propaga por el archipiélago. Ante aquel peligro, el gobierno ha decidido aislar a los enfermos. «Hay una situación que me inquieta mucho. Pienso sobre todo en esos pobres leprosos, muchos de los cuales mueren cada año sin poder purificar su alma antes de comparecer ante Dios, y que carecen, durante su vida, de cualquier alivio moral en sus tribulaciones. –Pero, Monseñor, contesta el padre Aubert, no tiene más que designar a uno de nosotros para que sea su pastor y será obedecido en el acto». Los sacerdotes mantienen una postura unánime y todos están dispuestos a partir. Uno de ellos, el padre Damián de Veuster, dice con voz firme: «Monseñor, al recordar que fui cubierto por el paño mortuorio el día de mi profesión religiosa para aprender que la muerte voluntaria es el principio de una nueva vida, heme aquí dispuesto a amortajarme en vida junto a esos desafortunados, algunos de los cuales conozco personalmente. –¿Qué edad tiene usted?, pregunta Monseñor Maigret. –Treinta y tres años. –La edad que tenía Nuestro Señor cuando fue crucificado», responde el obispo.

Un bromista

La persona que, por canonización del 11 de octubre de  2009, se había convertido en san Damián, había nacido en Tremelo, en el Brabante Flamenco (Bélgica), el 3 de enero de 1840. Bautizado el mismo día, recibe el nombre de José. Su padre tiene una explotación agraria y administra un comercio de grano, lo que permite que su numerosa familia –de ocho hijos– pueda vivir con relativo desahogo. En ese hogar cristiano, donde cuatro hijos llegarán a ser religiosos, no es cosa de faltar a los mandamientos de Dios y de la Iglesia; incluso los trabajos de costura están prohibidos los domingos. Ese día, toda la familia se dirige a la iglesia parroquial para la Misa y las Vísperas. Entre semana, la oración en familia dicta el desarrollo de la jornada, y por la noche se lee la vida de los santos. José, el penúltimo, de constitución robusta, se convierte enseguida en el bromista de la casa entera, y su fogosidad en los juegos le vale una reputación de atolondrado. Pero, a pesar de ese carácter atrevido y siempre activo, tiene verdadera disposición por la meditación. Un día en que le buscan por todas partes, su madre descubre a su José de siete años rezando en la iglesia. El maestro lo considera muy inteligente, pero sus padres lo destinan a la agricultura. Así pues, a los trece años José deja de ir a la escuela para tomar parte en los trabajos agrícolas.

En 1858, sigue una misión parroquial que presentan los padres redentoristas en Braine-le-Comte, en el transcurso de la cual se decide su vocación. «Ya sabéis –escribe a sus padres– que todos debemos elegir el estado para el que nos ha destinado Dios, a fin de ser felices eternamente; por eso precisamente no podéis estar afligidos a causa de mi vocación». Su elección se dirige a la Congregación de los Sagrados Corazones, en la cual uno de sus hermanos ya se ha entregado a Dios. Esa familia religiosa, fundada en 1880 por el padre Coudrin, se desarrolló primeramente en Francia a partir de la casa madre, situada en la calle Picpus de París. A partir de 1825, la Santa Sede le confió la evangelización de la Oceanía oriental. El año siguiente, un grupo de misioneros se embarcaba para las islas Hawai. En 1840, se abre el convento de Lovaina para recibir las vocaciones misioneras de Bélgica, Holanda y Alemania. Es allí donde, el 2 de febrero de 1859, José se reúne con su primogénito. Al proceder de la escuela primaria y no tener conocimientos de latín, acepta ser hermano de coro con el nombre de Damián. Pero Dios tiene otros designios para él. El novicio aprende él solo el latín en seis meses y da muestras de una atracción y una gran facilidad por los estudios; de ahí que el superior le acepte entre los novicios estudiantes. El 7 de octubre de 1860, en París, el hermano Damián profesa sus votos perpetuos; prosternado en la losa de la capilla, lo cubren con un paño mortuorio como señal de muerte de su vida anterior y para nacer a una nueva vida, la de Cristo. Este rito, que puede sorprender hoy en día, lo marcará para toda la vida, abriéndole el camino de la entrega de sí mismo. Primero en París y luego en Lovaina, prosigue sus estudios con seriedad y tenacidad. En 1863, su hermano está a punto de embarcarse para Oceanía, pero debe renunciar a causa de una enfermedad. Damián aprovecha la ocasión y solicita autorización al superior general para partir en su lugar, a pesar de no haber concluido su formación.

En busca de las ovejas descarriadas

Así pues, el 30 de octubre, un grupo de misioneros  del que forma parte se embarca para las islas Hawai. El buque entra en la ensenada de Honolulu el día de San José, el 19 de marzo de 1864. Ordenado sacerdote el 21 de mayo siguiente, el padre Damián es asignado al distrito de Puna, donde no falta el trabajo apostólico, ya que hace ocho años que no cuenta con sacerdote residente. A pie o a caballo, corre en pos de las ovejas descarriadas. Muy pronto todos conocen a Kamiano (Damián en Hawaiano). Escribe a su hermano que desea para sí mismo «poseer ese amor puro de Dios, ese celo ardiente por la salvación de las almas que inflamaba a Juan María Vianney (el cura de Ars)« Nuestros pobres isleños –prosigue– se consideran muy dichosos cuando ven llegar a Kamiano. Y yo los quiero mucho, y daría de buen grado mi vida por ellos, como lo hizo nuestro divino Salvador». En marzo de 1865, Kamiano experimenta una aflicción aún mayor que la de estar separado de su familia: debe dejar a sus cristianos. Un compañero, cuya salud decae, ya no está en condiciones de asumir la carga del vasto distrito de Koala. El padre Damián acepta pues cambiar su ministerio por el suyo; él solo debe cumplir con una tarea que habría necesitado diez misioneros. Su constitución robusta le permite obtener resultados rápidos: forma excelentes comunidades cristianas, organiza casas de oración, predica, confiesa, visita enfermos, se hace arquitecto, carpintero y albañil construyendo él mismo iglesias y escuelas. Llega hasta las regiones más inaccesibles, a costa de escaladas peligrosas y de travesías en las que, varias veces, corre el peligro de perecer ahogado. La energía del misionero galvaniza la valentía de sus fieles, a los que las tentaciones acosan por todas partes: astucias de los médicos brujos, inestabilidad de los matrimonios, incontinencia general y, en el caso de los buenos, la pereza por el ejercicio de la oración. «Esas son las armas del infierno para hacer caer a los mejores de ellos» –escribe el 22 de diciembre de 1866. Esos años fueron para el padre Damián como una preparación para la heroica misión que le esperaba.

En el transcurso de sus visitas a los poblados, Kamiano descubre cada vez más indígenas aquejados de lepra. En 1865, el gobierno decreta la segregación de los enfermos, que son deportados de común acuerdo o por la fuerza a la «leprosería» instalada en la península de Kalawao, al norte de la isla de Molokai. Se trata de la lengua de tierra desértica de 17 km2, encajonada entre una costa casi inabordable y una cadena de montañas abruptas. Una comisión gubernamental se encarga de la gestión de Kalawao; de hecho, el miedo a la lepra y la dejadez habitual de la administración han hecho de ese lugar una zona sin ley. El gobierno suministra los víveres y las ropas a los reclusos, pero no hay nada para albergarlos, a no ser algunas miserables cabañas donde los leprosos vegetan en medio de una sórdida promiscuidad. A la lepra que roe las carnes de forma horripilante se añaden todas las miserias, físicas y morales, de quienes son presas de la desesperanza y de la pereza. La mayor parte son paganos, y entre ellos reinan todas las vilezas, aguzadas por la idea de un fin próximo entre crueles sufrimientos. Se emborrachan y obligan a las mujeres a prostituirse; sus orgías tienen lugar ante los altares de la diosa Laka, la Venus de los canacos. También a los leprosos cristianos les cuesta resistirse al arrebato de las pasiones. Es una situación que pesa en todas las conciencias, pero ¿cómo poner remedio a la epidemia? El obispo, Monseñor Maigret, está preocupado por el pequeño grupo de católicos enviados a Molokai. Manda edificar en el lugar una capilla dedicada a santa Filomena, donde permanecen sacerdotes por turnos y por algunos días. Algo es algo. Sin embargo, esas cortas visitas son muy espaciadas y los periódicos subrayan su insuficiencia: «Lo que necesitan ahora los leprosos es un fiel ministro del Evangelio y un médico que quieran sacrificarse por el bien de esa desdichada comunidad».

A partir de 1865, Kamiano ha tenido ocasión de asistir, impotente, al espantoso progreso de la plaga que diezma a su pueblo. Además de la tribulación de la enfermedad, a los leprosos se les añade otra aún mayor: la de ser arrancados de su familia, de su poblado, sin esperanza alguna de regresar. El padre Damián promete visitar a quienes se van, acompañándolos lo más lejos que puede en el camino. Así pues, cuando se presenta voluntario el 4 de mayo de 1873, lo hace con pleno conocimiento de causa, a fin de reunirse con los leprosos.

Un camino de esperanza

En su encíclica Spe salvi del 30 de noviembre de 2007,  el Papa Benedicto XVI nos ilumina acerca de compartir el sufrimiento y de la compasión: «el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza. En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. La palabra latina consolatio, consolación, lo expresa de manera muy bella, sugiriendo un «ser-con» en la soledad, que entonces ya no es soledad«

Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecer. El hombre tiene un valor tan grande para Dios que se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza» (núm. 38 y 39).

Vivir y morir con vosotros

El 10 de mayo, acompañado de su obispo, el padre  Damián desembarca en Kalawao con su breviario como único equipaje. Numerosos leprosos válidos acuden a recibir al prelado y al joven misionero de treinta y tres años. «Hasta este momento, hijos míos –les dice Monseñor Maigret–, estabais solos y abandonados; ahora ya no lo estaréis. Aquí tenéis a alguien que será un padre para vosotros. Os ama tan ardientemente que, por vuestra felicidad y por la salvación de vuestras almas inmortales, no duda en convertirse en uno de los vuestros y en solicitar poder vivir y morir con vosotros». Los leprosos no pueden disimular su emoción. Monseñor abraza a su sacerdote, lo bendice y lo deja con su heroica y sobrehumana tarea. Los primeros tiempos son difíciles: por la noche, su único abrigo es un árbol junto a la capilla. La visión de los leprosos y el hedor fétido que exhalan sus miembros roídos son lo más difícil de soportar, pero él escribe: «son un alma redimida al precio de la Sangre adorable de nuestro divino Salvador. Si no puedo curarlos como Nuestro Señor, al menos puedo consolarlos». En nombre de Cristo, comparte su causa. De entrada, se identifica con esos desdichados: «Me hago leproso entre los leprosos –confiesa. Cuando predico, empleo la frase «Nosotros los leprosos«» ¡Ojalá pudiera ganarlos a todos para Cristo!». La presencia de Kamiano aporta un fulgor de esperanza a aquellos desheredados –800 en el momento de su llegada. Cada semana da una vuelta por todas las chozas, sin distinguir entre creyentes y no creyentes, protestantes o católicos. Para salvar sus almas, se encarga de aliviar los cuerpos e intenta ganar su confianza. Unas veces como enfermero, carpintero, ingeniero, sepulturero, abogado o director de orquesta« nada detiene al padre Damián por el bien de los leprosos.

Su heroísmo provoca un verdadero contagio de generosidad. Los propios protestantes rivalizan con los católicos, por lo que son considerables las donaciones que afluyen a Molokai. Los periódicos celebran unánimemente al sacerdote belga. Un periodista protestante alemán escribe: «Sólo un sacerdote católico ha penetrado en ese infierno de los leprosos. Ha permanecido en medio de esos moribundos, de esos desesperados, para llevarles los consuelos de la vida eterna». Esos elogios no son del agrado de la comisión de higiene con sede en Honolulu, que ve con malos ojos que ese sacerdote católico se haya instalado en Molokai, pues quizás la actividad desbordante que despliega podría sugerir que la acción de la comisión es insuficiente. Así pues, se prohíbe el acceso a la isla de cualquiera que no tenga lepra. Ahora el padre se halla aislado e «internado», pues se le ha prohibido abandonar el lazareto; mediante esa medida esperan desanimarlo y obligarlo a que abandone su puesto. Lo que más le cuesta es no poder confesarse. Sin embargo, al cabo de algunos meses, gracias a un cambio de gobierno, la medida es revocada.

Allí donde, hasta ayer, reinaba la ley de la selva, se desarrolla una comunidad donde el más débil tiene su lugar, ¡el primero! Kamiano descubre que la semilla evangélica necesita, para poder fructificar, del apoyo de las virtudes humanas: hay que levantar a todo el hombre. El propio Cristo se acercó a los leprosos para curarles el cuerpo y devolverles la alegría de vivir. Mediante su alegría y su presencia afectuosa, Kamiano contribuye a ello: «Desde la mañana hasta la noche, estoy en medio de miserias físicas y morales que afligen el corazón. Sin embargo, intento mostrarme siempre alegre a fin de levantar el ánimo de mis lisiados» (17 de diciembre de 1874). Movido por el deseo de aliviar sus sufrimientos, el padre Damián se interesa también por los progresos de la ciencia y, cuando él mismo se halle afectado, experimentará los nuevos tratamientos. En 1884, dieciséis años después de su primera visita, un profesor norteamericano de paso por Molokai no da crédito a lo que está viendo. El pudridero ha dejado paso a dos hermosos poblados de casas blancas rodeadas de jardines floridos y de cultivos, con camino de acceso y conducción de agua. Hay también un hospital, donde son convenientemente curados los más afectados, orfanatos llenos de niños alegres, dos iglesias atestadas de fieles y un hermoso cementerio. También hay fiestas, espléndidas procesiones y carreras de caballos que dan lugar a festejos de todo tipo, realzados por una banda de música. Solamente el amor que se entrega en el humilde servicio es capaz de hacer reflorecer los desiertos de la humanidad.

«El padre Damián –dirá Juan Pablo II con motivo de la Misa de beatificación en 1995– era a la vez sacerdote, religioso y misionero. Mediante esa triple cualidad, dio testimonio del rostro de Cristo, mostrando el camino de la Salvación y enseñando el Evangelio, actuando incansablemente a favor del desarrollo. Organizó la vida religiosa, social y fraterna en Molokai, isla de destierro de la sociedad; con él, cada persona tenía su lugar, cada persona era reconocida y amada por sus hermanos».

El secreto del padre Damián

¿De dónde consigue el padre Damián ese amor y esa  fuerza que generan tantas iniciativas hermosas? Siguiendo a su fundador, el padre Coudrin, vibra al unísono con los Corazones de Jesús y de María, adoptando sus sentimientos, alegrías y penas. Pero, sobre todo, se entrega por completo él mismo al Corazón de Jesús en la adoración eucarística. «Sin la constante presencia de nuestro divino Maestro en la pobre capilla –anota el padre Damián– nunca habría podido perseverar en mi resolución de compartir el destino de los leprosos». Su vida es la Eucaristía. «Teniendo a Nuestro Señor junto a mí, sigo estando alegre y contento, y trabajo con dedicación por el bien de esos pobres desdichados». Por eso, en cuanto puede, instaura en Kalawao la adoración perpetua. «Todos los días –relata un testigo–, los buenos cristianos van a buscar alivio para sus penas junto al divino Consuelo de todos aquellos que sufren. Pero hacen todavía más, pues se ofrecen como víctimas para reparar los ultrajes que reciben los divinos Corazones por parte de hijos ingratos a los que la civilización cristiana ha prodigado sus favores.

El camino del padre Damián está salpicado de dificultades, en ocasiones aumentadas por su carácter impetuoso que no obstante intenta contener, manteniendo la mirada puesta en Dios. La jornada comienza para él con la oración. Nunca abandona el Rosario, pues rezar se ha convertido en la respiración de su alma, y Dios siempre está presente. Su confianza en Él es inquebrantable: «Desde el principio –escribe– dejé en manos de Nuestro Señor, de su santa Madre y de san José el asunto de mi salud». Compartiendo la vida con los leprosos, se expone al contagio. A partir de 1876, evoca el tiempo «en que el Señor querrá regalarme esa terrible lepra».

Leproso entre los leprosos

¿Toma el padre Damián las precauciones de higiene  que corresponden? Se liberó muy pronto de las estrictas normas. Es imposible en ese lugar aplicar las reglas que se observan en un hospital. ¿Cómo ser el padre de esas pobres gentes sin acercarse a ellos, sin tocarlos, sin aceptar su invitación o tomar el alimento con la mano en la bandeja familiar? En una palabra: eligió vivir con ellos para salvarlos. «Se expuso a la enfermedad que ellos sufrían –dirá Benedicto XVI con motivo de su canonización. Con los leprosos se sintió como en su casa. El servidor de la Palabra se convirtió así en un servidor que sufrió, leproso entre los leprosos, durante los últimos cuatro años de su vida».

La idea de la muerte no le da miedo, ya que, situado en la frontera de su tierra de exilio, está tocando la bienaventurada eternidad. «El cementerio y la choza de los moribundos –dice– son mis mejores libros de meditación». En 1885, ya ha enterrado a 1.800 de sus hermanos leprosos, es decir, una media de tres a la semana. Los había cuidado, confesado, asistido en su agonía como a sus propios hijos. El padre Damián descubre entonces en su cuerpo los primeros síntomas de la lepra. En octubre, informa de ello a su provincial: «No tengo ninguna duda: tengo lepra. ¡Bendito sea Dios!». Escribe lo siguiente a su obispo: «He afrontado el peligro de contraer esta terrible enfermedad cumpliendo aquí con mi deber e intentando morir cada vez más a mí mismo. A medida que la enfermedad avanza, me siento contento y feliz». A esa degradación terrible para él, tan vigoroso, se añaden las angustias de la soledad, las incomprensiones de sus superiores, las calumnias« Pero el padre Damián, desfigurado ya por la lepra, no se encuentra abatido, «sino siempre alegre y sonriente, según las palabras de un testigo. A pesar de todo está contento, y a su alrededor todos están contentos». En 1887, escribe a su hermano religioso: «El gozo y la satisfacción del corazón que me prodigan los Sagrados Corazones hacen que me sienta el misionero más feliz del mundo». En 1888, el padre Damián recibe el gozo de ser secundado por un misionero valón, el padre Conrardy. Ese mismo año, tres religiosas franciscanas vienen a instalarse en la leprosería. Es la culminación de quince años de gestiones. Dios concede al padre, en el atardecer de su vida, el consuelo de ver que otros continuarán la tarea que él emprendió. La enfermedad se agrava enseguida, atacando los órganos internos. El 9 de marzo de 1889, el padre sube al altar por última vez. A finales de marzo ya no deja la habitación y declara: «Es el final; el Señor me llama a celebrar la Pascua con Él». El lunes santo, 15 de abril de 1889, a la edad de 49 años, dieciséis de ellos transcurridos al servicio de los leprosos, se apaga sonriendo, proveído con los sacramentos de la Iglesia, como se duerme un hijo en brazos de su Madre.

Con motivo de la canonización del padre Damián, el Papa Benedicto XVI afirmaba: «Siguiendo a san Pablo, san Damián nos lleva a elegir los buenos combates (cf. 1 Tm 1, 18), no los que conducen a la división, sino los que reúnen. Nos invita a abrir los ojos a las lepras que desfiguran la humanidad de nuestros hermanos y piden, todavía hoy, más que nuestra generosidad, la caridad de nuestra presencia de servidores».

Dom Antoine Marie osb

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