Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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11 de junio de 2010
festividad del Sagrado Corazón de JESÚS


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«En este momento de nuestra historia –escribía el Papa Bene-- dicto XVI el 10 de marzo de 2009–, el verdadero problema es que  Dios desaparece del horizonte de los hombres y que, mientras la luz proveniente de Dios se apaga, la humanidad adolece de orientación y los efectos destructores de ello se manifiestan cada vez más en su seno». Muy a menudo, la luz procedente de Dios se ha manifestado a nosotros a través de la vida de los santos. «El escritor francés Jean Guitton –decía el Papa Benedicto XVI, el 20 de agosto de 2008–, describía a los santos como los colores del espectro en relación a la luz, porque con tonalidades y acentuaciones propias de cada uno de ellos reflejan la luz de la santidad de Dios. ¡Qué importante y provechoso es, por tanto, el empeño por cultivar el conocimiento y la devoción de los santos, junto a la cotidiana meditación de la Palabra de Dios y el amor filial hacia la Virgen!».

Guillermo de Grimoard, que llegará a ser el Papa Urbano V, beatificado en 1870, nace hacia 1310 en la comarca francesa de Gévaudan (actualmente Lozère), en el castillo familiar de Grizac, en el seno de una familia conocida por sus virtudes cristianas. Su padre es una persona dulce y humilde, aunque bravo caballero, y muestra compasión hacia los pobres; su madre tiene una reputación de persona muy caritativa. Ambos se alegrarán de la vocación del hijo. A la edad de doce años, Guillermo se marcha a estudiar a Montpellier, y luego a Toulouse para estudiar derecho civil durante cuatro años. Sus profesores, deslumbrados por su inteligencia y capacidades, le presentan la perspectiva de una cátedra de derecho. Sin embargo, de forma repentina y sin decir nada a nadie, abraza la vida monástica en un convento benedictino de doce monjes, cuyo prior es uno de sus tíos, en Chirac, en la comarca de su madre, en la Lozère.

Una palabra cálida y persuasiva

Muy pronto, Guillermo es enviado a la abadía Saint- Victor, en Marsella, para terminar su formación monástica, donde profesa los votos y da muestras de bellas cualidades: humildad, obediencia, amor por la oración y la mortificación. De regreso a su primer monasterio, es ordenado sacerdote, pero no tarda en volverse a ir, siguiendo los consejos de sus superiores, para enseñar como profesor universitario en Toulouse, Montpellier, París y Aviñón. Tiene veinticinco años. Por la festividad de Todos los Santos del año 1342, en Montpellier, obtiene el título de doctor en derecho canónico. Como profesor amante de su trabajo y apreciado por sus alumnos, conoce un gran éxito, hasta el punto de que son miles los oyentes que afluyen al pie de su cátedra. Son muchos los que acuden a consultarlo: los ricos lo buscan para que arbitre sus discrepancias, y los pobres le piden consejo sobre sus pequeños asuntos familiares. Después de las clases, nunca se olvida de ir a las iglesias para dirigir piadosas exhortaciones a los fieles. Su palabra cálida y persuasiva, afectuosa y condescendiente, conquista el corazón de los pobres. Sus cualidades atraen la atención de la jerarquía eclesiástica, siendo nombrado vicario general en Clermond (1349) y, más tarde, en Uzès (1357). Además, gobierna como prior un monasterio de la diócesis de Auxerre, y, en 1352, el Papa Clemente VI le pone al frente de la abadía Saint-Germain de Auxerre.

El papado se había instalado en Aviñón a partir de 1309 para escapar de las revoluciones que se sucedían en Roma, y Clemente VI oficializó esa situación en 1348 mediante la compra de Aviñón a la condesa de Provenza, Juana I, reina de Sicilia. En 1352, el Papa confía a Guillermo de Grimoard una misión difícil ante el arzobispo de Milán, propenso a la usurpación del poder temporal de la Santa Sede en Italia. Inocencio VI, sucesor de Clemente VI, le confía a su vez diversas misiones diplomáticas que se verán coronadas por el éxito. En 1361, el Papa lo nombra abad de Saint-Victor de Marsella, donde Guillermo emprende la renovación de la abadía, cuyos edificios se encuentran muy deteriorados. Pero Inocencio VI lo envía muy pronto en misión a Nápoles, donde la reina Juana, que ha enviudado hace poco, necesita consejo y apoyo frente a una población inquieta. En septiembre de 1362, tras la muerte del Papa y como resultado de un cónclave difícil, Guillermo de Grimoard es elegido para sucederlo. Se trata de un hecho excepcional, pues un simple monje, abad, que ni siquiera es obispo, es elegido Papa. En ese momento tiene 52 años.

La coronación del nuevo Pontífice tiene lugar en Aviñón, el 6 de noviembre de 1362. Guillermo elige el nombre de Urbano porque, como él explica, «los otros cuatro Urbano fueron todos hombres santos». Su única ambición es, de hecho, llegar a ser santo. A partir de ese día, se empeña en que su pontificado siga la vía de la austeridad. Aunque todo está preparado, según la costumbre, para que atraviese la ciudad engalanado, montado en un caballo enjaezado de oro y rodeado de una multitud de príncipes y de obispos a caballo, él rechaza esa cabalgata, conserva su hábito de benedictino y se queda en el castillo. Él mismo escribe a los soberanos católicos de Europa. El rey de Francia, Juan II el Bueno, que acaba de llegar a Villeneuve-lez-Avignon, tan solo puede arrodillarse ante el Papa, sin ninguna ceremonia. Ha acudido para participar en el cortejo que no ha tenido lugar, y quiere conseguir de Urbano la creación de cuatro cardenalatos de su elección, pero el Papa rehúsa.

Sombras y luces de un siglo

El contexto histórico del pontificado de Urbano V es,  para Francia e Inglaterra, el de la Guerra de los Cien Años; para Europa, es la amenaza de la invasión musulmana; para Italia, son las luchas continuas entre las ciudades. El siglo xiv conoce, además, la terrible epidemia de la Peste Negra de 1348, que, en sólo un año, causa considerables estragos y desorganiza toda la vida social. Su espantosa mortalidad (se considera que fue víctima de ella la tercera parte de la población europea) marca duramente esa generación, y las mentalidades se transforman. Los habitantes de las ciudades se refugian en el campo, donde, a modo de conjuro contra la muerte, se entregan a todos los vicios. Hasta los propios monasterios quedan vacíos por miedo al contagio. El clero abandona las ciudades, excepto los mejores de sus miembros, que se sacrifican para administrar los últimos sacramentos a los moribundos. Pasada la epidemia, los supervivientes regresan a sus casas, los monjes y las monjas vuelven a sus conventos, y los obispos a su sede episcopal, pero tanto unos como otros han tomado gusto por la independencia y la vida mundana. No obstante, durante ese mismo siglo, la reforma de varias órdenes monásticas es estimulada por el brillo de numerosos santos como Vicente Ferrer, Brígida de Suecia y su hija Catalina, Catalina de Siena, etc.

En medio de esas circunstancias, y desde el mismo momento de su advenimiento, Urbano V da ejemplo de vida de oración y de sencillez, pues su carácter profundamente monacal le lleva a seguir un modo de vida monástico. Es muy generoso con los demás, pero él se alimenta solamente de comida normal y duerme en una cama muy dura; ayuna dos o tres veces a la semana, y se confiesa con humildad cada día antes de celebrar Misa. Además, multiplica las limosnas y se consagra a atender las necesidades de los más pobres. Su gusto por la belleza se manifiesta en el culto divino a través de los objetos litúrgicos y de la magnificencia de las construcciones.

Mediante pequeños retoques y con cierta pizca de humor, más que mediante importantes decretos, el Papa comienza la reforma de la Iglesia por los cardenales: suprime el derecho de asilo, que convertía las casas cardenalicias en verdaderas guaridas de bandoleros, regula el uso del vino y recuerda sus deberes a los príncipes de la Iglesia. A los obispos les notifica su deber de residir en su obispado, ya que «una barca sin timonel no puede evitar los escollos y perece miserablemente». Reprime severamente la simonía, por la cual se compran o venden bienes espirituales, y prohíbe la pluralidad de los beneficios; el beneficio eclesiástico era un patrimonio ligado a una función o dignidad de la Iglesia. Celoso de la independencia del papado con respecto a las potencias temporales, rechaza cualquier regalo por parte de ellas. Para sus nombramientos, no escucha ni las peticiones de los reyes ni las súplicas de sus amigos o familiares, sino que elige a las personas más aptas. Reforma cierto número de monasterios, lo que en ocasiones suscita recelos. Proyecta imponer la Regla de San Benito a los cartujos, pero, iluminado acerca de la naturaleza de esa orden eremítica, les deja seguir con sus propias costumbres, heredadas de su fundador san Bruno. Los Hermanos Predicadores (los dominicos) y los Hermanos Menores (los franciscanos) visitan, a petición suya, los monasterios y los hospitales, y exigen sobre todo cuentas del uso de los ingresos.

Un Papa reformista

Urbano V pone igualmente orden en las costumbres  y la práctica religiosa de los fieles, restablece la justicia, destierra a los usureros y castiga a los ladrones. Durante su corta estancia de tres años en Roma, más de veinte mil personas reciben por primera vez los sacramentos de la Iglesia. Se opone por decreto en el Condado Venesino (región alrededor de Aviñón) a los lujos y a las modas indecentes o ridículas. Además, y con mayor profundidad, la reforma procura salvaguardar la doctrina cristiana, pues la corrupción de las costumbres sigue al desorden de las ideas. El Papa lucha contra diversas herejías (doctrinas que atentan contra los dogmas revelados por Dios y enseñados por la Iglesia); algunas de esas herejías niegan la necesidad del bautismo, el pecado original, la eternidad de las penas del infierno y la gracia divina. Urbano V nombra cardenales, obispos y profesores competentes para defender la fe católica allí donde es atacada.

A lo largo de todo su pontificado, Urbano V promueve la vida intelectual, pretendiendo mejorar también de ese modo las condiciones sociales, ya que quiere dar posibilidades de acceso a la educación a todo el mundo. Así, en beneficio de los polacos que no pueden desplazarse a Francia o Italia, funda en 1364 una universidad en Cracovia, donde envía a los mejores profesores. Y hace lo mismo en Pecz (Hungría), en Viena (Austria) y en Ginebra (Suiza). Funda las universidades francesas de Orange y de Angers, e instaura en numerosos lugares facultades de derecho civil y eclesiástico, de teología y de letras. Crea «studiums» que funcionan como pequeñas facultades pluridisciplinares, que son casas para todos, ricos o pobres. Los pobres reciben en ellas una enseñanza gratuita; además, mediante un sistema de becas por cuenta de su propio bolsillo, Urbano V financia sus otros gastos. Se esfuerza igualmente por desterrar las costumbres lujosas de los estudiantes, imponiéndoles el uso de ropa sencilla; de ese modo, los ricos no humillarán a los pobres y no les forzarán a abandonar la escuela. Cuando le reprochan por gastar su patrimonio en beneficio de personas que no serán clérigos, él responde que «cualquiera que sea su estado y lo que hagan en la vida, siempre les resultará útil haber aprendido», pues está convencido de que cada uno, según su estado –padre de familia, clérigo o artesano–, asume mejor sus responsabilidades si es instruido en la medida de sus capacidades. Por otra parte, opina que la ciencia ayuda al hombre a practicar la virtud.

Junto a los estudios y las bellas letras, Urbano V impulsa también las demás artes; gracias a él, son numerosos los artistas, miniaturistas, iluminadores, grabadores y tapiceros que acuden a enriquecer el Palacio de los Papas de Aviñón. Además, impulsa por doquier el trabajo de los artesanos para confeccionar relicarios y otros objetos de culto, vidrieras, ornamentos, etc. De ese modo, toda la vida artística e intelectual conoce un auge excepcional durante su pontificado. Urbano V procura también que las poblaciones que dependen de él estén protegidas mediante poderosas murallas contra la amenaza de las bandas armadas que ensangrientan la época. Con objeto de asegurar el desarrollo universitario, necesita construir nuevos edificios; así, las ciudades de Montpellier, Mende, Aviñón, Marsella y Roma conservan todavía huellas de su genio constructor.

Una preocupación: la unidad

Como hombre de paz, Urbano V trabaja por la reconciliación de las Iglesias de Oriente y de Occidente, escribiendo para ello, con autoridad y afecto, al emperador de Constantinopla Juan Paleólogo, y enviándole legados. Impresionado por la celebridad de Urbano V y por sus argumentos, el emperador, cuyos estados padecen graves amenazas internas y externas, sobre todo por parte de los turcos, se presenta en Roma a principios de 1369, acompañado de su esposa, la emperatriz Elena Cantacucena, y de una multitud de obispos, señores y monjes. El Papa, como se verá, había regresado a Roma en 1367. El emperador pasa seis meses en Roma, conversando frecuentemente sobre las cosas de Dios con el Papa, quien le recibe a cualquier hora y sin cita. Cuando se presenta de improviso a las horas de comer, enseguida le preparan un cubierto; Juan Paleólogo prefiere esas sencillas comidas a los suntuosos festines que le sirven en medio de pompas mundanas. También los cardenales mantienen largas conversaciones con él, asegurándose de su sinceridad y respondiendo a sus objeciones. El 8 de octubre de 1369, el emperador proclama solemnemente su adhesión a la fe de la Iglesia Católica, en presencia de varios cardenales. En esa profesión de fe, confiesa todos los artículos del Credo católico, en especial que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, así como la primacía de la Iglesia Romana y la autoridad del Papa sobre los propios obispos y patriarcas. El emperador y la emperatriz regresan a Constantinopla muy satisfechos de las atenciones de que han sido objeto. Muchos griegos, impresionados por la benevolencia del Pontífice, se unen a la Iglesia de Roma. Esa reconciliación es una de las mayores alegrías de Urbano V. Con el deseo de que se extienda a todos los orientales, escribe lo siguiente en una encíclica del 8 de marzo de 1370, el mismo año de su muerte: «¡Oh!, si Dios nos concediera la gracia de que, durante nuestro pontificado, la Iglesia Latina y la Iglesia de Oriente pudieran reunificarse, después de haber estado tanto tiempo separadas, cerraríamos con gusto nuestros ojos a la luz y entonaríamos el cántico del viejo Simeón Nunc dimittis, Domine (Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz)». En un principio, son muchos en Oriente los que siguen el ejemplo de los griegos. Los nestorianos pretendían que en Jesucristo había que distinguir dos personas, al igual que se distinguen dos naturalezas, la divina y la humana; su patriarca, Marauze, viaja de Mosul a Roma y hace profesión de fe católica entre las manos del Papa.

Desgraciadamente, esos acontecimientos no tienen continuidad; todavía en nuestros días, la unidad de los cristianos sigue siendo una preocupación del Papa y de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI afirma: «Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia, es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –mediante el ecumenismo– está incluido en la prioridad suprema» (Carta a los obispos, del 10 de marzo de 2009).

El celo apostólico de Urbano V se manifiesta igualmente en las misiones que envía por todo el mundo: en Bulgaria, Lituania, Georgia, Bosnia, Dalmacia, Serbia y hasta Mongolia y China, donde se crea el primer obispado de Pekín en 1370.

Las bases de una paz duradera

Preocupado por las guerras y actos de violencia de su época, Urbano V se aplica a sentar las bases de una paz duradera y a extender la civilización por toda Europa. Su principal objetivo es volver a instalarse en Roma. Gracias a la labor política, militar y jurídica llevada a cabo por el Cardenal Albornoz, el regreso es posible en 1367. Tras su llegada a la Ciudad Santa en el mes de octubre, el Papa se esfuerza por mejorar las costumbres del desorientado pueblo romano: crea grandes jardines en la colina del Vaticano para dar empleo a obreros en paro, manda restaurar numerosos monumentos, e incluso impulsa excavaciones para hallar a las cabezas de los apóstoles, san Pedro y san Pablo, que son descubiertas bajo el altar de la basílica de Letrán.

Con la finalidad de mantener la integridad del Estado de la Iglesia, asegurar la libertad de los soberanos pontífices y la de Italia, que son inseparables, el Papa concibe el proyecto de agrupar alrededor de él todos los Estados de Italia en una especie de liga de la cual él sería la cabeza. El emperador Carlos IV de Bohemia y el rey de Hungría son los primeros en adherirse a ese plan. Les siguen los Estados de Italia, excepto Florencia. Todos los príncipes de la cristiandad, desde el rey de Dinamarca hasta el rey de Bulgaria, mantienen abundante correspondencia con Urbano V o acuden junto a él para pedir consejo.

Por otra parte, si bien la Guerra de los Cien Años conoce cierto respiro después del tratado anglo-francés de Brétigny, en 1360, los mercenarios ociosos, esparcidos por los caminos y rutas (de ahí el nombre de «routiers»), lo devastan todo. Urbano V, aunando diplomacia y firmeza, excomulga a esas bandas y las exhorta a partir de cruzada, tanto para alejarlas de las comarcas europeas como para intentar detener el empuje de los musulmanes que amenazan el Imperio de Oriente. Sin embargo, unos años después del tratado de Brétigny, un nuevo brote de violencia entre franceses e ingleses convence al Papa de abandonar Roma por Aviñón a fin de preparar un encuentro entre ambos reyes e imponerles su mediación. En su opinión, el vacío dejado por el debilitamiento del Sacro Imperio Romano Germánico solamente puede ser colmado por el reconocimiento mutuo de los Estados formados a partir de ese Imperio (Francia, Estados alemanes e italianos), con objeto de constituir una Europa pacificada y unida, arraigada en la fe cristiana.

Un auténtico humanismo

La formación de Europa se ha venido realizando a lo  largo de los siglos. «Europa no constituye una unidad definida desde el punto de vista geográfico —afirmaba el Papa Juan Pablo II el 14 de diciembre de 2000—, y solamente con la aceptación de la fe cristiana se convirtió en un continente que, a lo largo de los siglos, ha conseguido extender sus valores a casi todas las otras partes de la tierra, para el bien de la humanidad. Al mismo tiempo, no podemos dejar de subrayar que las ideologías que fueron la causa de tantos ríos de lágrimas y sangre en el transcurso del siglo xx, aparecieron en una Europa que había pretendido olvidar sus fundamentos cristianos« No podemos olvidar que fue la negación de Dios y de sus mandamientos lo que creó, en el siglo pasado, la tiranía de los ídolos, que se expresó mediante la glorificación de una raza, de una clase, del Estado, de la nación, de un partido, en lugar de la glorificación del Dios vivo y verdadero. Porque sólo a la luz de las desgracias que se han vertido en el siglo xx se puede comprender hasta qué punto los derechos de Dios y de la persona se afirman o caen a la vez». Por eso precisamente ese mismo Papa deseaba una Europa sin fronteras, que no renegara de las raíces cristianas que la vieron nacer y que no renunciara al auténtico humanismo del Evangelio de Cristo.

El regreso de Urbano V a Aviñón se vio motivado posiblemente también por el deseo de asegurar la serenidad y la independencia de los cardenales con motivo del cónclave que se inauguraría tras su muerte, que presentía próxima; en efecto, pues Italia era de nuevo escenario de peligrosas agitaciones. De hecho, Urbano V muere, tras varias semanas de enorme sufrimiento, el 19 de diciembre de 1370. Hacía dos meses que había regresado a Aviñón.

La fuerza del beato Urbano V le venía de su unión con Dios. Un cronista, testigo muy cercano de ese Papa, escribió: «Solamente desahogaba su corazón en Dios, solamente tenía sus pensamientos en Dios, y se consagraba por entero a su servicio». En nuestros días, el Papa Benedicto XVI también se dedica a conducir a los hombres a Dios: «La primera prioridad para el Sucesor de Pedro —escribía el 10 de marzo de 2009— fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: Tú« confirma a tus hermanos (Lc 22, 32)« En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), en Jesucristo crucificado y resucitado».

Dom Antoine Marie osb

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