Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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5 de mayo de 2010
Santos Felipe y Santiago el menor


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¿Cuál es la necesidad primordial y última de nuestra querida y Santa Iglesia?, preguntaba el Papa Pablo VI«  Esa necesidad es el Espíritu Santo, que anima y santifica la Iglesia« La Iglesia necesita el Espíritu Santo, en nosotros, en cada uno de nosotros» (29 de diciembre de 1972). El Espíritu Santo es, en efecto, nuestro Maestro en la vida espiritual, y algunas veces nos deja simplemente que actuemos por nosotros mismos; entonces somos como una embarcación que avanza a remo. Si bien es el Espíritu Santo quien nos mueve a la acción, nosotros conservamos el dominio, el mando de nuestra vida. En otras ocasiones, Él mismo nos impulsa mediante inspiraciones que corresponden a sus «dones»; entonces nos parecemos a un barco que avanza a vela: cuando sopla el viento, vamos más de prisa con menos fatiga. En ese momento no tenemos más que consentir su obra, que se realiza sin grandes esfuerzos y con mayor perfección. La acción del Espíritu Santo con sus «dones» es muy destacable en la vida de la beata Ulrica Nisch, beatificada por Juan Pablo II el 1 de noviembre de 1987.

Francisca Nisch nace el 18 de septiembre de 1882 en Oberdorf, población del suroeste de Alemania. Sus padres la han concebido fuera del matrimonio, lo que apena a la familia, profundamente cristiana. Sin embargo, es acogida y su bautizo tiene lugar al día siguiente de nacer. Su madre había conocido a un palafrenero en el albergue donde trabajaba, y se había enamorado de él. Al ser ambos jóvenes extremadamente pobres, sus padres les negaron el consentimiento para contraer matrimonio, como ellos deseaban. El rechazo les hizo pensar que la llegada de un hijo les procuraría el permiso esperado, pero Ulrico y Clotilde no podrán casarse hasta un año después de nacer Francisca. Se instalan en Unterstadion, un pueblecito próximo al Danubio. Tendrán catorce hijos, pero solamente cinco alcanzarán la edad adulta; Francisca es la primogénita. Poco tiempo después de nacer, es confiada a su abuela y a su tía Gertrudis, su madrina, quienes le prodigan un gran afecto y una educación cristiana. A la edad de seis años, Francisca regresa con sus padres, pero le resulta muy difícil aclimatarse a ese ambiente familiar. El señor Nisch es muy severo y, a veces, se muestra muy duro con la primogénita. No obstante, ésta cumple concienzudamente con sus deberes y conserva gran estima y respeto hacia sus padres, obteniendo desde aquel momento la fuerza gracias a la oración. Siente una atracción especial hacia el Sagrario y la imagen de Nuestra Señora, en la capilla próxima a su casa.

En la escuela de Unterstadion, Francisca logra resultados medianos, pero es muy asidua al catecismo. Después de las clases, regresa a casa para contribuir en lo posible en las tareas familiares. Una de sus compañeras dirá: «Francisca era realmente buena. Era tranquila y algo torpe« No pensaba en ella y no le gustaba destacar en nada». Después de cinco años en la escuela, la joven regresa a casa de su tía Gertrudis, que necesita ayuda en la cocina del albergue que regenta con su marido, y también para encargarse de sus tres hijos.

Unos receptores

El 21 de abril de 1895, toma la primera Comunión y, el mismo año, la Confirmación. A partir de entonces, los dones del Espíritu Santo, recibidos ya en el Bautismo al mismo tiempo que la gracia santificante y las virtudes infusas, despliegan en ella toda su energía. Esos dones son como receptores que nos permiten captar las inspiraciones del Espíritu Santo, como las velas que permiten captar el soplo del viento para hacer que avance el navío. De ese modo, el alma se torna apta para realizar las obras más perfectas de la vida cristiana, constantemente y sin padecimiento, con una alegría tranquila, a pesar de los sacrificios exigidos y de las dificultades que se presenten. Esos dones no son fenómenos extraordinarios, y nos ayudan tanto en los detalles más insignificantes como en los actos más importantes de nuestra vida.

En 1898, Francisca se va a casa de un tío que tiene una tienda de ultramarinos en Sauggart. Con lo que gana, podrá ayudar económicamente a sus padres. Sin embargo, la tarea supera sus fuerzas: debe encargarse del comercio, del trabajo de la casa, del cuidado de los hijos, todavía de tierna edad, y permanecer junto a su tía, que padece una enfermedad mental. Día tras día, las críticas y las reprobaciones injustificadas caen sobre ella. Al cabo de un año, abandona Sauggart y se desplaza a Biberach para trabajar en una panadería-pastelería. Al darse cuenta de que las sirvientas alemanas están mejor retribuidas en Suiza que en su propio país, en octubre de 1901 consigue ser contratada al servicio de la familia Morder, en Rorschach, Suiza, donde se encarga de los cuatro hijos.

En 1904, Francisca sufre una erisipela facial tan grave que se llega a temer por su vida. En el hospital, conoce a las hermanas de Ingenbohl. En 1844, el padre Teodosio Florentini, capuchino, había fundado en Suiza la Congregación de las Hermanas de la Cruz, para dedicarse a la enseñanza y a la asistencia a los pobres. En 1856, se establece una nueva rama de la Congregación para el cuidado de los enfermos, con la madre Teresa Scherer (beatificada por el Papa Juan Pablo II el 29 de octubre de 1995): se trata de las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, que se establecen en Ingenbohl y pronto se propagan por diversos países. El espíritu de sacrificio, de oración y de abandono a Dios de esas Hermanas impresiona a Francisca hasta el punto de decidirla a hacerse religiosa. El 17 de octubre de 1904, ingresa con las Hermanas de la Cruz, en el convento de Hegne, pequeña ciudad alemana de la ribera del lago Constanza. Se la destina al servicio de la cocina. Se trata de un trabajo fatigoso que impone sacrificios como la privación frecuente, durante la semana, de la Misa y de la comunión, de la oración en común y del recreo. Durante la segunda etapa del postulado es trasladada a otra casa, a Zell-Weierbach, donde sólo hay tres religiosas y la superiora, mayor y enferma, que necesita ayuda. Francisca la substituye en la cocina, trabaja en el mantenimiento de la casa, que pronto reluce de limpia, y con los enfermos. Lejos de sufrir, su fervor se intensifica.

El dulce nombre del Padre

Lo que da apoyo a Francisca es el don del fervor, que nos ayuda a formar en lo más íntimo de nuestras almas el dulce nombre del Padre celestial, con algo del acento que Jesús ponía al pronunciarlo. Ese sentido de la paternidad divina nos mueve enseguida a considerar a los demás como hijos del mismo Padre; por eso, en nuestras relaciones con ellos, aportamos la misma dulzura y la misma ternura que con el Padre. La conciencia de ser hija del Padre aleja de Francisca toda ansiedad, toda desconfianza con respecto a Dios y a su Providencia. Además, el Espíritu Santo le enseña a convertir el trabajo en oración. No se trata de un violento esfuerzo para querer pensar siempre en Dios, ni de una actitud afectada, sino de una sencilla atención ante la presencia de Dios, sin coacción alguna. Gracias al don del fervor, Francisca capta que Cristo es su esposo, y se sabe unida muy íntimamente al Espíritu Santo. También abriga una gran devoción hacia la Virgen, san José y san Francisco de Asís, así como a su ángel de la guarda. Por otra parte, desde la infancia se ha visto favorecida por un privilegio especial: poder ver a su ángel de la guarda. En su ingenuidad, cree que sucede lo mismo con todo el mundo. Cuando se percate de su error, sufrirá una conmoción que le durará varios días, temiendo que esa gracia no sea más que una ilusión.

Tras ser llamada a Hegne para empezar su noviciado, toma el hábito religioso el 24 de abril de 1905, con el nombre de sor Ulrica (según el nombre de pila de su padre, Ulrico; san Ulrico fue obispo de Augsburgo). A partir del día siguiente, retoma su servicio en la cocina. No es lo que había soñado, pues el trabajo es duro, pero sabe adaptarse a la situación. Cuando le preguntan cómo consigue soportar el calor del fogón, aguantar las humillaciones y acabar tanta faena, ella responde invariablemente: «Por amor al Salvador; por el Salvador, todo se puede». Sor Ulrica se muestra a veces distraída y, de vez en cuando, le ocurre algún contratiempo. Una tarde en que ha preparado unos refrescos para las hermanas que penan en la lavandería hasta muy entrada la noche, se le olvida llevárselos. En otra ocasión, tras haber prometido a una novicia que cargaría el fogón por ella, en lugar de poner el carbón en el fuego lo hace en la corredera de las cenizas. Todo ello le causa severas reprimendas, pero ella conserva la calma. «Por lo menos, cuando se le dice algo –resalta sor Adama, la cocinera jefa–, ella no se incomoda».

Beneficios de la vida en comunidad

Sor Ulrica abraza su profesión religiosa el 24 de abril de 1907. Bajo la dirección del Espíritu Santo, sigue llevando la vida en comunidad de manera sencilla y humilde. Ésta constituye una protección contra los peligros de una ascesis y de un fervor falaces; es una seguridad especialmente necesaria para un alma como la de sor Ulrica, con inclinación por la vida mística, en la que corre el riesgo de extraviarse en el egocentrismo. La vida en común vivida con seriedad impide replegarse en sí mismo, ya que, de la mañana hasta la noche, la obediencia al orden establecido, la renuncia a uno mismo, a sus propios deseos, la atención plena a las consideraciones, deseos e intereses del prójimo, favorecen la Caridad, de la cual el Apóstol dice que es paciente, benigna; no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca su provecho, no se irrita, no piensa mal (1 Co 13, 4-5). Asidua como es a la oración en común, a la mesa en común y al recreo, cuando sus obligaciones no la retienen en la cocina, sor Ulrica no es hosca, sino que sabe reír de buen grado con las demás. No obstante, su atractivo interior sigue siendo la contemplación, como escribe en su diario íntimo: «Sí, incluso me cuesta rezar el breviario. Siento siempre inclinación por la quietud en el amor». Se deja guiar por el don de la sabiduría que ilumina el alma y que le concede saborear las cosas de Dios, cuyas infinitas perfecciones degusta: la vida trinitaria, la misericordia, la justicia, la eternidad, la sencillez, etc.

Al día siguiente de su profesión, sor Ulrica es enviada a Bühl (Alemania), donde se encarga de la cocina del hospital. Una sirvienta testaruda e intratable, que trabaja también en la cocina, causa continuas dificultades a las religiosas, si bien es verdad que está sobrecargada de trabajo. Contra toda esperanza, sor Ulrica consigue vivir en paz con ella, sabiendo, según las ocasiones, ceder o prevenir sabiamente las dificultades; es un verdadero alivio para la superiora. Sor Ulrica, con una seguridad sorprendente, sabe elegir el momento oportuno, hallar la palabra justa o hacer lo que procede gracias al don de consejo. Éste perfecciona la virtud de la prudencia y hace que el hombre sea capaz de ver objetivamente, de discernir en los casos particulares lo que está bien para sí y para los demás, y le concede que se aplique a ello inmediatamente, incluso en los actos más corrientes de la vida.

Un día, al ser preguntada por el objeto de su meditación, sor Ulrica responde: «Los atributos de Dios. Lo que más me gusta es contemplar la sencillez divina». El don de inteligencia, que perfecciona la fe, le ayuda a penetrar profundamente en los misterios de Dios y en el significado escondido de las frases de la Sagrada Escritura. Además, percibe especialmente el significado profundo del Santo Sacrificio de la Misa, que es para ella «la mayor acción de gracias, el sacrificio de súplica más elevado y más brillante, el mayor gozo y la mayor felicidad». Una de sus hermanas relata: «Hablaba de una manera tan sublime de los atributos divinos que, con mi débil entendimiento humano, no alcanzaba a entenderlo, y me quedaba pasmada: ¿de dónde sacaba esa hermana tan sencilla semejante ciencia?».

Una sorprendente serenidad

En el mes de octubre de 1908, sor Ulrica es trasladada a la casa de San Vicente de Baden-Baden, de la que pronto sor Buenaventura llega a ser superiora. Competente, enérgica y meticulosamente exacta, ésta hace gala ante las demás de su superioridad. A medida que aprende a conocer a la joven hermana cocinera, sor Buenaventura queda persuadida de su virtud poco común. Sor Ulrica trabaja bajo la autoridad de una hermana que no es dueña de sí misma, que se muestra frecuentemente dura con las demás y que, al mismo tiempo, tiene cierta inclinación hacia la bebida. La sencillez de sor Ulrica la irrita, y engendra cierta envidia de la veneración que sienten por ella las jóvenes empleadas en la cocina. Un día, su irritación alcanza el paroxismo, lo que la lleva a humillarla con dureza. La joven hermana guarda silencio, pero no puede reprimir las lágrimas. Tras eclipsarse discretamente para refugiarse en la capilla, regresa poco después, con las mejillas aún mojadas pero con el rostro tranquilo y sonriente. Una hermana, testigo del incidente, relata: «Habría regañado a sor Ulrica por dejarse tratar de ese modo y no reaccionar. Si hubiera sido yo, habría sido capaz de moler a palos a la hermana». La superiora llegará a decir: «Si sor Ulrica no hubiera recibido insignes gracias, no habría podido soportar con tanta serenidad aquellas grandes pruebas». Queda de manifiesto en sor Ulrica la influencia del don de la fuerza. Este don nos ayuda a cumplir perfectamente las obras de la vida cristiana a pesar de las numerosas dificultades y de los obstáculos del camino. Previene el alma contra los movimientos desordenados, las pasiones, la inconstancia y el capricho, asegurándole el dominio de sí misma y la perseverancia en la firme orientación hacia el bien. Sin ese don, no podemos estar a la altura de una tarea difícil, ni de una vida cristiana perfecta, no seremos nunca dueños en el arte de sacrificar de buen grado el tiempo disponible, la salud o la vida por fidelidad a la propia vocación, cualquiera que ésta sea. El don de la fuerza comunica a veces un vigor y una tenacidad que sobrepasan con creces las posibilidades humanas, como por ejemplo en el caso de los mártires.

Sor Ulrica padece violentos dolores de cabeza y un catarro que degenera en una sinusitis maxilar purulenta. Sufre con valentía la imprescindible operación, y luego reemprende tranquilamente su trabajo. Está convencida de que si confiamos en Dios y en su ayuda, nunca seremos abandonados: «Lo mejor es desconfiar de sí mismo y confiar en Dios» –dice. En la luz de la contemplación, consigue captar el valor de la humildad y de la humillación. Comprende claramente que las múltiples ocasiones de ser censurada o regañada adquieren su razón de ser más profunda en el hecho de que Dios las permite, y que son, ante todo, los medios de una unión más íntima con Jesús, quien también sufrió desprecios.

Pequeñas atenciones

Con su carácter apacible y alegre, sor Ulrica consigue mantener elevada la moral de todas mediante divertidas réplicas. Enseña hermosos cánticos a las jóvenes que están a su cargo en la cocina, e incluso algunas veces llega a bailar con ellas. Su amor por el prójimo se manifiesta especialmente hacia una empleada desdichada llamada Gusti. Desde muy joven ha trabajado en un albergue donde ha conocido a un seductor. Encinta y abandonada, torturada por la angustia y la desesperación, ha dado a luz un hijo al que ha echado en un foso. Condenada a tres años de cárcel, pronto ha conseguido la libertad vigilada gracias a su buena conducta. Las Hermanas de la Santa Cruz la han acogido, pero en su entorno la vigilan y la mantienen a distancia. Enterada de esos hechos, sor Ulrica empieza a ocuparse de ella con particular esmero. La empresa es difícil, pues la sirvienta manifiesta hacia todos un odio implacable. Sor Ulrica reza y ofrece a Dios sus humillaciones y sufrimientos cotidianos por la conversión de su protegida. Poco a poco, gracias a pequeñas atenciones, sonrisas y frases de consuelo, Gusti cambia de humor y se hace sociable. «Sor Ulrica me dio una nueva alma» –afirmará. Gusti contraerá un feliz matrimonio.

Sor Ulrica explica de este modo uno de sus mayores sufrimientos: «A pesar de las enormes gracias, ¡todavía tengo defectos!». Se trata de faltas que escapan a la vista de los demás, pecados de debilidad, de omisión o de precipitación debidos a la fragilidad humana. Confiesa lo siguiente a un sacerdote: «Las relaciones con mis hermanas se tornan cada día más difíciles. No consigo soportar gran cosa, sobre todo por la mañana. Si al menos se callaran« pues me enfado tan a menudo«». Y además anota: «No me siento en absoluto contenta de mí misma« ¡qué débil soy en esto (la gula)!». Sin embargo, a una hermana le escribe: «Podemos y debemos llorar nuestros pecados, pero no debemos perder el valor y convertirnos en temerosas. Cualquier pecado debe fortalecerla en la humildad y serle útil hasta hacerle reconocer cada vez más que no es nada». Sor Ulrica está llena del don del temor de Dios. Se trata del temor de disgustar a Dios y de perder su amor. Es un sentimiento vivo de la santidad de Dios que penetra en el alma con todas sus facultades, e incluso en el cuerpo con sus sentidos, suscitando en el hombre un odio eficaz por el pecado. Sor Ulrica implora la misericordia para todos los pecadores: «¡Oh, dulce Corazón de Jesús, sálvalos! ¡Cura a tu pueblo! Si yo pudiera hacer que todos conocieran el Amor, y hacerles sentir la ardorosa sed de Jesús«».

« Nos vamos a casa »

En 1912, sor Ulrica está muy débil y saca fuerzas de flaqueza para poder seguir con su trabajo. Una revisión médica desvela una tuberculosis avanzada. La enferma no parece estar sorprendida, y responde lo siguiente a su superiora, que le reprocha haber guardado silencio sobre su dolencia: «Nos vamos a casa. Nuestra patria está allá arriba y no aquí abajo. Me muero de buen grado». Esta aspiración por la patria celestial le hacía decir: «Debemos preocuparnos sobre todo por la vida futura, porque la vida terrenal pasa, mientras que aquélla permanece eternamente». Iluminada por el don de ciencia, sor Ulrica es consciente de la brevedad, de la pequeñez de las cosas terrestres, de su impotencia de contentar nuestro ávido corazón con la verdadera felicidad. Ha comprendido la poca consistencia de todo lo que excita normalmente la ambición de los hombres: el dinero, los honores, la ciencia e incluso la salud. No obstante, esa convicción, que libera de la excesiva influencia de las criaturas, coexiste, por el mismo don de ciencia, con la capacidad de ver en las criaturas la belleza, la bondad y el valor que Dios ha insuflado en ellas. De hecho, el don de ciencia concede una gran pureza de mirada y muestra en las criaturas un reflejo de la bondad, de la sabiduría, de la belleza y de la santidad del Creador; aunque son en sí mismas débiles, las criaturas constituyen de ese modo un medio de ascender a Dios. Para sor Buenaventura, la plegaria de sor Ulrica se parecía a la de san Francisco, que veía a Dios a través de toda la creación.

Durante su estancia en el hospital, sor Ulrica es objeto de atentos cuidados. A quienes le dan muestras de simpatía, ella responde sonriendo: «Cuando esté en el paraíso, rezaré por vosotras». Incluso se las ingenia para bromear acerca de su nuevo estado: «Ahora llevo una buena vida, como los clientes que se curan aquí: ¡comer bien, pasear y dormir!». En septiembre de 1912, los médicos solicitan que sea trasladada a Hegne. Allí, se le priva de dirección espiritual, lo que le resulta muy penoso. «No tengo a nadie a quien hablar de mi vida interior –escribirá a sor Buenaventura. Ahora ya no me queda consuelo, ni divino ni humano, y a veces resulta muy duro». Otro sufrimiento es, para ella, la tentación de creer que todo lo que ha vivido con el Señor no era más que una ilusión proveniente del enemigo.

Sus últimos días los pasa en permanente oración, siempre con el rosario entre las manos. Cuando la tos la zarandea, ella repite: «¡Todo por mi Señor bienamado!». El 8 de mayo de 1913, de noche, una enfermera se acerca a su lecho para ver si le falta algo; en ese momento, en la habitación de al lado, otra hermana enferma sufre un violento ataque de tos. «Vaya primero con esa hermana» –murmura sor Ulrica. Cuando la enfermera regresa, sor Ulrica ya ha exhalado su último suspiro.

«Esta doctrina sobre los Dones del Espíritu Santo –decía el Papa Juan Pablo II– es para nosotros un magisterio de vida espiritual utilísimo para orientarnos« en un diálogo incesante con el Espíritu Santo y en un abandono confiado y amoroso en su guía« Por eso, es de fundamental importancia sintonizar con el eterno Espíritu-Don» (3 de abril de 1991). Pidamos a la beata Ulrica Nisch que nos conceda una gran docilidad respecto a la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Que María, la Reina de todos los santos, Madre y refugio de los pecadores, nos conceda esa gracia.

Dom Antoine Marie osb

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