Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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14 de diciembre de 2009
San Juan de la Cruz


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«La Iglesia es su obra, en la cual Él se prolonga, se refleja y está siempre presente en el mundo. Ella es su Esposa, a la  que se ha entregado en plenitud« Si Jesucristo amó, pues, a la Iglesia hasta morir por ella, esto significa que ella es digna de ser amada también por nosotros» (Juan Pablo II, 3 de marzo de 1983). El 24 de abril de 1988, el Papa Juan Pablo II beatificaba a Francisco Palau, un religioso colmado de un amor excepcional por la Iglesia.

Francisco Palau ve la luz el 29 de diciembre de 1811, siendo el séptimo hijo entre nueve hermanos de una familia de campesinos catalanes de Aitona (Lérida, España), en un contexto político muy difícil. En efecto, pues la España del siglo XIX tuvo, según un historiador, «ciento treinta gobiernos, nueve constituciones, tres reyes destronados, cinco guerras civiles, decenas de gobiernos provisionales y un número casi incalculable de revoluciones». A pesar de la dura ocupación del país por la Francia napoleónica, la familia Palau, sólidamente cristiana, continúa mal que bien con su vida campesina. Francisco desea ser sacerdote y es admitido en el Seminario de Lérida en 1828. Cuatro años más tarde, decide ingresar en los carmelitas. El noviciado lo acoge el 23 de octubre de 1832, tomando enseguida el hábito con el nombre de Francisco de Jesús, María y José. A pesar de las observancias religiosas, no todo funciona bien en el convento. Algunas mentalidades están imbuidas de las ideas revolucionarias en boga y, además, las órdenes religiosas se ven amenazadas de disolución por parte de las fuerzas revolucionarias. No obstante, Francisco no duda en realizar su profesión religiosa el 15 de noviembre de 1833.

El 25 de julio de 1835, una revuelta hábilmente utilizada contra los religiosos devasta el convento donde vive Francisco. Éste consigue huir por una ventana y halla refugio en casa de una viuda que lo encierra en un armario. Los rebeldes registran la casa. Uno de ellos, al pretender abrir el armario, rompe la llave en la cerradura y abandona la búsqueda. En marzo de 1836, el gobierno suprime las órdenes religiosas y se apodera de sus bienes, preludio de violencias sin fin en toda España. Durante los años siguientes, algunos radicales instalados provisionalmente en el poder prohíben toda comunicación con la Santa Sede. Las cárceles se llenan de obispos y de sacerdotes, y la venta de los bienes eclesiásticos se acelera. En julio de 1843, sin embargo, el partido moderado recuperará el poder e intentará restablecer relaciones con Roma.

Francisco se plantea renunciar al sacerdocio y elegir el estado de fraile. Como hijo de agricultor, posee destacadas capacidades y gusto para el trabajo manual, pero sus superiores le aconsejan más bien que se prepare para el sacerdocio. Así pues, recibe la ordenación sacerdotal el 2 abril de 1836, ejerciendo primeramente su ministerio en la parroquia de San Antolín de Aitona. Enseguida comienza una larga serie de tribulaciones para su corazón de sacerdote. En junio de 1837, se le retiran los poderes de confesar y de predicar; luego, en marzo de 1838, se le restituye el permiso de confesión, pero no el de predicación. Parece ser que su verbo, demasiado enérgico y carente de diplomacia, molesta. Aprenderá a corregir ese rasgo de su carácter, pero nunca lo conseguirá por completo.

Dios deja hacer

En agosto de 1838, el gobernador civil de Lérida le emplaza a permanecer en Aitona bajo vigilancia domiciliaria, pues se le acusa de hacer propaganda contra la monarquía en el confesionario. Se retira, pues, en una cueva, donde la vida de penitencia y de contemplación que lleva conmueve el corazón de muchas personas, sin que por ello sea del agrado de todo el mundo; una noche, por ejemplo, tres individuos penetran en su morada decididos a matarlo. Unas palabras del sacerdote zarandean sus corazones, marchándose confesados. Pronto, cansado de esa forzada inactividad, el padre Palau parte con su hermano y un seminarista hacia Tortosa, donde se dedica a predicar en misiones parroquiales por Cataluña. Después, comprendiendo que la situación política va a degradarse de nuevo, decide exiliarse en Francia, cruzando la frontera el 21 de julio de 1840. Con objeto de ser independiente, tanto del gobierno francés como de sus compatriotas exiliados, decide vivir como ermitaño. Sus meditaciones le llevan a pensar en la situación de la Iglesia en España: matanzas de sacerdotes y religiosos, quema de iglesias, conventos, bibliotecas y manuscritos, mutilación de obras de arte, descrédito de la Iglesia ante el pueblo mediante abyectas calumnias« «¿Cómo concebir que Dios permita esas cosas? –se pregunta. La fe nos enseña que a Jesucristo no le falta poder ni voluntad« ¿Cómo es que no pone calma a la tempestad, cuando le bastaría mandar«? Es un misterio que me tiene ocupado en profundas meditaciones«». Y concluye: «Solamente la oración puede salvar a la Iglesia española del naufragio».

Sin embargo, las luchas entre facciones rivales que desgarran España se extienden hasta Francia, por lo que, para escapar de ellas, el padre Palau emprende una travesía a través de las regiones montañosas del Aude y del Tarn. A principios de 1843, se instala con su hermano y algunos jóvenes españoles en una cueva en medio de un espeso bosque, propiedad de una familia con la que ha entablado amistad, en la diócesis de Montauban. Enseguida consigue la confianza del vicario general, que le concede poderes para confesar. Así pues, recorre los campos con el crucifijo en la mano, y son muchos los que acuden a él, unos por necesidades materiales, otros por necesidades espirituales, y todos buscando consuelo.

Una exreligiosa clarisa y una joven toman al padre Palau como guía espiritual. Él organiza con ellas una pequeña comunidad contemplativa, a la que pronto se unen otras dos jóvenes. En la primavera de 1846, el padre Palau cruza los Pirineos y se presenta en Aitona, pero un año más tarde regresa a Francia, donde se halla expuesto a nuevas contradicciones a causa de la actitud de algunos de sus compañeros españoles que han permanecido en Francia durante su estancia en España. Se retira entonces en un lugar todavía más apartado, donde recupera la vida de ermitaño. Calumniado ante el obispo de Montauban, el padre Palau se defiende por el honor del sacerdocio; sin embargo, se somete a ciertas prescripciones de su ministerio, en especial absteniéndose de celebrar Misa. Al no poder resolverse el conflicto de forma amistosa, regresa a España en abril de 1851.

La « Escuela de la Virtud »

El padre viaja hasta Lérida, pero no quieren recibirlo; así que dirige sus pasos a Barcelona, donde el obispo le acoge paternalmente. Prodiga cuidados a las jóvenes que dirige, y a las que llama «Hermanas Terciarias del Carmelo», hasta marzo de 1852, cuando las dos pequeñas comunidades que se han formado en Lérida y en Aitona son disueltas por orden del gobernador civil. Con su hermano Juan y algunos compañeros, el padre se instala en una cueva, donde llevan una vida de penitencia. Pero el obispo de Barcelona lo llama para una nueva misión evangelizadora, confiándole la dirección espiritual de sus seminaristas. El padre organiza una especie de misión continua, un ciclo de charlas dominicales que presenta a los adultos un curso sistemático sobre la fe católica. Más tarde, esta catequesis se llamará «Escuela de la Virtud». Su objetivo es reconciliar al pueblo con la Iglesia, la ciencia con la fe, la política con la religión, es decir, conseguir que el espíritu del cristianismo penetre en las instituciones. Al constatar hasta qué punto crece el foso entre fuertes y débiles, entre ricos y pobres, el padre pretende conseguir una verdadera inserción del mundo obrero en la sociedad.

La Escuela de la Virtud es dirigida por una grupo de sacerdotes y de laicos con un método original que conjuga la clase magistral con la participación activa de los oyentes, permitiendo el diálogo, las preguntas y las respuestas dentro de los límites de lo posible, sin olvidar los momentos de oración en común. La primera parte del programa recupera el tratado de santo Tomás de Aquino sobre las virtudes, en forma de catecismo. La segunda parte trata de la doctrina social de la Iglesia, estableciendo los derechos de la persona, de la familia y el derecho de asociación. El padre exhorta a las personas a que cumplan sus deberes temporales siguiendo la norma evangélica, y proclama, frente a las acusaciones oscurantistas esgrimidas contra la Iglesia, que ésta impone como un deber a los cristianos el progreso intelectual y material. «A los laicos pertenece por propia vocación –recordará el Concilio vaticano II– buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales« A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor» (Lumen gentium, 31).

La paz de Cristo

En la gran ciudad de Barcelona, donde empieza su andadura la Escuela de la Virtud, la riqueza y el éxito de unos se construye a expensas de la miseria y del sufrimiento de otros. El padre Palau explica que la paz y la felicidad temporal, así como espiritual de los pueblos, exigen que los derechos sociales se vean reconocidos, aceptados, respetados y protegidos. «La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas» –recordaba el Papa Benedicto XVI el 13 de mayo de 2007. Sin que exista adhesión de los corazones al mandamiento de amor de Cristo –considera con razón el padre Palau– nunca habrá aquí en la tierra paz, justicia, fraternidad, ni libertad verdaderas y duraderas. Su éxito es inmenso: consigue reunir a dos mil personas en la iglesia donde, el domingo por la tarde, se habla de amor y de justicia al obrero y al empresario, donde se predica la verdad al alumno y al profesor, donde el médico y el abogado verifican la armonía entre ciencia y revelación. De ese modo, muchas almas atormentadas recobran la paz.

Buena parte de los alumnos de la Escuela de la Virtud pertenecen a la clase obrera, y algunos gobernantes fingen creer que en ella se promueven ideas socialistas consideradas peligrosas. En 1854, unas huelgas de obreros estallan en Barcelona. La autoridad militar decreta la suspensión de la Escuela de la Virtud, acusada de haber desempeñado un papel destacado en dichas huelgas. Tanto los obreros como los responsables de la Sociedad de Tejedores se arrogan en defensores de la Escuela, pero, el 6 de abril y a pesar de ello, el gobernador decreta el exilio inmediato del padre Palau a la isla de Ibiza (Baleares). El padre escribirá lo que sigue: «Si la política hubiera dejado intacta la religión, del mismo modo que nos abstuvimos de mezclarnos en política, la Escuela de la Virtud habría continuado pacíficamente su camino». El Papa Benedicto XVI dirá: «La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres, precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector» (13 de mayo de 2007).

« Yo contemplaba »

En Ibiza, el padre Palau sufre profundamente a causa de su forzada inacción. Con dos de sus fieles compañeros, consigue transformar el terreno sin cultivar que se le ha asignado en una huerta y un vergel. Sensible a todas las bellezas artísticas, el padre Palau ejerce a veces como poeta. «En todas las estaciones –escribe– abría las ventanas y, con mi catalejo, contemplaba todo lo que había de hermoso en invierno, en primavera, en verano y en otoño». Además, prodiga sus cuidados espirituales a la población de la isla. Durante ese exilio, su vida espiritual se intensifica. Comprende más profundamente el lazo existente entre el amor de Dios y el amor al prójimo: «Si el amor busca solamente a Dios, creyendo que Dios, sin la relación para con el prójimo, es suficiente, se queda sólo en eso, permanece inmóvil; y si no se manifestara para derramarse en el prójimo, el egoísmo espiritual lo consumiría y lo perdería».

Entre 1856 y 1857 se promulgan decretos de amnistía; el padre espera poder beneficiarse de ellos, pero no quieren aplicárselos. Deberá esperar la amnistía general del 1 de mayo de 1860. El 30 de agosto siguiente, un periódico católico hace saber a los barceloneses que «el gobierno ha escuchado favorablemente las justas reclamaciones del padre sabio y virtuoso (el padre Palau), quien, desde hace tanto tiempo, soportaba las consecuencias de una persecución injusta; los altos tribunales de la nación han hecho plena justicia a su inocencia».

A finales de 1860, Francisco Palau es favorecido con una visión mística de la Iglesia representada por una joven. Como Virgen pura y Madre fecunda, la Iglesia es peregrina aquí en la tierra y se muestra pecadora en sus miembros falibles. La cizaña del pecado se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 827). Consciente de esa verdad, el cardenal Ratzinger proponía, el Viernes Santo 25 de marzo de 2005, la siguiente plegaria: «Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Somos nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, te arrastramos al suelo y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podrás levantarte; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes también levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos» (Via Crucis, novena estación).

Apasionado por la Iglesia

No obstante, a pesar de las debilidades de sus miembros, la Iglesia es santa en sí misma: «La Iglesia es santa porque Dios santísimo es su autor; Cristo se ha entregado a sí mismo por ella, para santificarla y hacerla santificante; el Espíritu Santo la vivifica con la caridad. En la Iglesia se encuentra la plenitud de los medios de salvación. La santidad es la vocación de cada uno de sus miembros y el fin de toda su actividad. Cuenta en su seno con la Virgen María e innumerables santos, como modelos e intercesores. La santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos, los cuales, aquí en la tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación» (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 165). En defensa de la Iglesia, el padre Palau se muestra apasionado: le empuja su amor, su deseo de servir a esa Iglesia hecha de piedras vivas que son sus hermanos. Más tarde dirá que todos sus momentos de oración, todas sus actividades apostólicas o contemplativas tuvieron una sola finalidad: unirlo en la fe, la esperanza y el amor con la Iglesia. Ésta es para él Cristo «contemplado y amado no como un solo individuo, sino como la cabeza del cuerpo, un todo», un misterio para vivir, más que una verdad para creer, el único instrumento de la Salvación. La unión con la Iglesia es el medio más íntimo de la comunión con Cristo que se realiza de una manera privilegiada en la Eucaristía.

«Debo ir de un extremo a otro de España y trabajar con todas mis fuerzas por la salvación de las almas, allí donde se me abra un camino» –escribe el padre Palau. A partir de entonces, su apostolado se diversifica, se torna febril, intenso, sin por ello abandonar la oración en solitario y la penitencia. Al analizar con lucidez la situación de Barcelona, constata que la implantación de industrias atrae a miles de personas con necesidades materiales y espirituales inmensas. Por eso establece por doquier grupos de cristianos activos que, con sus párrocos, puedan garantizar conferencias dominicales para los jóvenes, reuniones que les protejan de la desocupación y de las distracciones peligrosas; lucha contra la ignorancia, la superstición y las desviaciones del sentimiento religioso. Sin embargo, no se olvida de la Congregación que se ha propuesto fundar, sus Terciarios del Carmelo, hermanos y hermanas. La rama masculina se fundó en 1860 en Mallorca; poco después, en febrero de 1861, las hermanas se instalan en Menorca. Sin abandonar el carácter contemplativo, la Congregación se hace cargo de escuelas y, luego, de la asistencia a los enfermos a domicilio o en hospital. No obstante, el centro de Menorca no perdura; en contrapartida, se abre un campo de expansión en Aragón y Cataluña.

En 1865, unas misiones en Ibiza y en la diócesis de Barcelona absorben al padre Palau. En diciembre de 1866, se dirige a Roma para obtener el reconocimiento oficial de la Congregación de los Terciarios del Carmelo. A partir del 8 de enero de 1867, consigue el derecho de que sus hijos e hijas espirituales reciban los votos religiosos, con el consentimiento previo del obispo del lugar. Ese mismo año escribe los estatutos de los que él denomina Hermanos Terciarios de la Virgen del Carmen. Esos hermanos, entonces en número de veintiséis, son repartidos en seis casas. Esa fundación masculina, de la que el padre espera mucho, durará hasta la guerra civil de 1936, cuando todos sus miembros que trabajaban en la península, excepto uno, sean asesinados a partir de las primeras revueltas. En cuanto a las hermanas procedentes de la fundación primitiva, se constituirán finalmente en dos congregaciones femeninas que se dispersarán por cuatro continentes: las Hermanas Carmelitas Misioneras Teresianas y las Carmelitas Misioneras.

En 1868, el padre lanza un semanario, «El Ermitaño», donde da muestras de un verdadero talento de polemista, sobre todo cuando se trata de defender a la Iglesia, pues en esos momentos los dardos percutantes prorrumpen con naturalidad en su pluma. Su sentido del humor le permite sonreír de sus propias aventuras, devolviendo el ánimo a los destinatarios de sus cartas, desconcertados por la evolución de los acontecimientos. Como consecuencia de la revolución de 1868, una nueva ola de persecuciones se extiende por España. El padre Palau es encarcelado, en octubre de 1870, junto a varios de sus hermanos y hermanas. Tras dos meses en prisión preventiva es liberado, pero hasta que no transcurre un año el juez no reconocerá su inocencia.

« ¡ Teresa, ya es la hora ! »

Al final de su vida, el padre viaja mucho, angustiado por la idea de dejar inacabada su obra, pues son varias las fundaciones que se están preparando, pero carece de medios económicos y de personal. Por otra parte, algunos de sus compañeros lo abandonan y siembran desavenencias con sus críticas. Instala en Tarragona una casa central desde donde podrá dirigir el conjunto de su obra. El 14 de febrero de 1872, publica un librito con las Reglas y Constituciones de la Orden Terciaria de Carmelitas Descalzos. En esa misma época, el padre Palau acompaña a tres de sus hermanas a Calasanz, en Aragón, donde una epidemia hace estragos. La dedicación de los cuatro a los enfermos se aproxima a veces al heroísmo. Tras regresar a Tarragona, agotado por esa caritativa actividad, recomienda por última vez la Iglesia a quienes le rodean: «Rezad por el triunfo de la Iglesia, uniendo vuestras súplicas a las de san José, pues él es nuestro mediador« Jamás me aparté de la Iglesia ni en el mínimo detalle; en mis opiniones, siempre he expuesto mi criterio sin otro interés que el de la gloria de Dios». Ante toda la comunidad reunida en su habitación, dice: «¡Arrodillaos para que os bendiga!». Levantando el brazo derecho, bendice a sus hijos y añade, dirigiéndose a santa Teresa de Ávila: «¡Teresa, ya es la hora!», y con el brazo levantado entrega su último suspiro.

El padre Palau siempre manifestó una ternura filial hacia la Virgen María. En 1864, ésta se le reveló como la figura más perfecta de la Iglesia. Y así fue como la presentó a los fieles. «La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María » (CEC, 829). Pidamos a Nuestra Señora que nos conceda un amor indefectible hacia la Iglesia.

Cf. Armand Duval (1987): Fecundidad del fracaso:

el padre Francisco Palau y Quer,

Roma, Carmelitas Descalzas Teresianas.

Dom Antoine Marie osb

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