Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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7 de octubre de 2009
Nuestra Señora del Rosario


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Toulouse (Francia), 10 de febrero de 1907. Una muchedumbre – los periódicos estiman en cincuenta mil personas –, se agolpa durante el recorrido de un cortejo fúnebre. El cuerpo que llevan a enterrar no es el de una persona importante, sino el de un humilde religioso, un capuchino, el padre María Antonio de Lavaur. El rumor del pueblo lo ha apodado «El santo de Toulouse». Incluso La Dépêche, periódico anticlerical local, saluda a «ese hijo de san Francisco, muy popular en ciertos ambientes, que no sabía guardar ni un céntimo y que todo lo daba a los pobres. No conocía ni el amor propio ni el respeto humano; se dirigía directamente a su objetivo, y en sus audaces gestiones nadie veía un pretexto de burla«».

Nacido en Lavaur, departamento de Tarn, el 23 de diciembre de 1825, León Clergue es bautizado el mismo día. Su padre, Federico, escribiente de notario y profundo devoto, presenta a su primogénito ante el altar de la Virgen María: «Virgen Santa, a ti lo consagro, es tuyo». Su madre, Rosa, mujer de energía viril, lleva el apodo de «la vendeana» desde que, durante las revueltas de 1830, arrancara a unos jóvenes una bandera revolucionaria. Los rasgos de esos dos temperamentos se unen y se armonizan en León, forjando un carácter a la vez enérgico y amable. El niño tendrá un hermano y una hermana: Celestino y María. El pequeño León sólo tiene un ideal: ser sacerdote, celebrar Misa y predicar. Su tierna devoción le inspira ya grandes deseos: «Cuando sea mayor, quiero ser santo». Desde la edad de seis años, durante los juegos llenos de viveza y de alegría con sus compañeros, poseído por un ardor impetuoso e inflamado de celo oratorio, actúa como predicador espontáneo: se sube a un púlpito improvisado para predicar y hacer cantar alabanzas al Señor. Por eso le llaman «el pequeño papa». Pero no le gusta que se le resistan: «Una cabeza dura» –dirá su preocupada madre.

A comienzos del curso de 1836, sus padres lo envían al seminario menor de Esquile, en Toulouse, donde destaca no solamente como persona obediente y estudiosa, sino también como apóstol que ya se afirma y que inaugura sus conquistas. Unos años más tarde, en el transcurso de sus estudios de teología, recorre la ciudad de Toulouse en todas direcciones para evangelizar a los adolescentes que intentan ganarse la vida con un penoso trabajo; sin domicilio fijo y casi siempre errantes, esos pequeños amoladores, zapateros o vendedores ambulantes que escapan a la vigilancia pastoral de la Iglesia, son reunidos por el joven seminarista en diversas cofradías o asociaciones.

El 21 de septiembre de 1850, León es ordenado sacerdote por Monseñor Mioland, arzobispo de Toulouse. Tras su nombramiento como vicario en Saint-Gaudens, se distingue por su celo ardiente, recorriendo los campos en busca de los granjeros que, privados de auxilio religioso, se han convertido en paganos; allí funda la Sociedad de San Vicente de Paúl, a la que se adhieren los magistrados y el subprefecto, y agrupa a las jóvenes bajo el estandarte de María, para protegerlas de los peligros del mundo. Su dedicación le mueve a volverse hacia los pobres, a quienes guarda los platos de su mesa, entrega incluso su colchón y su madera para la calefacción. En enero de 1854, el padre Clergue lucha con energía contra el cólera que abate numerosas víctimas en la región.

Dejarlo todo para encontrarlo todo

Como ferviente peregrino del santuario de Nuestra Señora de Bout-du-Puy, León escucha un día al Señor que le dice: «¡Serás capuchino!». Después de dos años de discernimiento, toma esa decisión, a pesar de la oposición de su familia y de sus amigos. Uno de ellos, que sin duda no concibe la predicación si no es de forma solemne, le pregunta sorprendido: «¿Qué piensa hacer en una orden de predicadores, si no sabe predicar? –Le diré a Dios: He aquí tu fusil; si quieres que salga un tiro, cárgalo». Y Dios lo cargó tan bien que el futuro capuchino se convertirá en el gran misionero del sur de Francia. El 1 de junio de 1855, León ingresa en Marsella en el noviciado de los capuchinos. El día 13, en la festividad de san Antonio de Padua, se viste con la saya y se convierte en el padre María Antonio de Lavaur. «Soy feliz –afirma–, hay que dejarlo todo para encontrarlo todo». Sin embargo, sus superiores se preguntan si sabrá predicar. Después de haber escrito y aprendido de memoria, por orden de ellos, un sermón solemne, se siente incapaz de pronunciarlo y, tras un silencio humillante, recurre a una improvisación que produce una profunda impresión y consigue conversiones. A lo largo de su vida, el padre María Antonio se contentará con escribir bocetos de sus homilías, que meditará largamente ante Dios; luego, se entregará a la inspiración. Profesa sus votos el 13 de junio de 1856. Sus superiores le confían muy pronto el ministerio de la predicación. Su elevada estatura, su larga barba, su mirada vivaz, la dulzura de su sonrisa y su elocuencia espontánea cautivan enseguida los barrios populares de Marsella.

En 1857, el padre María Antonio funda el convento de San Luís de Toulouse, que será su residencia durante los cincuenta años que durará su apostolado de predicador. Se convierte en el «Apóstol del Midi», un «Midi» que se extiende por treinta y cinco departamentos. Ya sea como invitado por la cuaresma o por un mes de María, el padre predica una misión, con una constante: «Cada misión –dice– es un combate. Por eso he sentido la necesidad de ponerlas bajo el estandarte de la Madre de los combatientes (María)». Sus predicaciones producen frutos extraordinarios, atrayendo a las multitudes a las iglesias, y son muchos quienes retoman la práctica de los sacramentos, en especial los pecadores más empedernidos, para cuya conversión recibe una gracia especial de Dios. Por lo demás, su única preocupación es reconducir a los hombres a Dios. Desde el noviciado, su plegaria habitual consiste en pedir así: «Dios mío, dame un alma, otra y otra». ¿Debía cargar madera? «Dios mío, un alma más». ¿Arrancar hierbas? «Dios mío, por cada una dame un alma».

Un gran estímulo

Cuando el padre María Antonio llega a una parroquia, manda que repiquen las campanas, que se distribuyan folletos y que se peguen carteles. Primero se dirige al párroco y a su grey más fiel: «En los tiempos que corren no basta con tener una fe grande, activa, sabia e iluminada. Tiene que ser militante y triunfante. Hay que vencer el mal con la fe. No existe otra arma». Los niños son los mejores embajadores en las familias; por eso reserva para ellos el jueves. Les recomienda sobre todo que recen, que se pongan de rodillas, dirigiéndoles, antes de la señal de la cruz, algunas palabras muy apropiadas, ilustradas con hermosas historias, para que sientan la importancia de la oración, las cualidades que ésta debe tener. La oración es su gran estímulo, sobre todo la de los niños. «Cuando todo parece perdido o imposible –escribe–, buscad a un niño pequeño, pero muy pequeño y apenas balbuceante. Haced que junte las manitas y que recite: «Dios te salve, María». Recitadlo también vosotros, piadosamente con él». Mucho antes de los decretos de Pío X, el padre comprende los deseos de la Iglesia con respecto a la comunión precoz de los niños. Para preparar esos jóvenes corazones, les explica lo que es la contrición, les conduce ante Jesús en el sagrario y realiza con ellos un acto fervoroso de contrición.

El padre María Antonio hace que las mujeres cristianas entren en la escuela de Jesús crucificado. Pero sabe igualmente hablar a los hombres, pues son pocos los que se pierden los sermones que da para ellos después del trabajo. Sus instrucciones giran a menudo entorno al diálogo sobre las dificultades de la vida cotidiana; repletas de anécdotas y de historias divertidas, las palabras del predicador disponen a sus oyentes a escuchar austeras y útiles verdades que les conducen al confesionario. Una vez allí, el padre no se pierde en formalidades, sino que va al grano, penetrando hasta lo más hondo de las conciencias y acaba, en pocos instantes, con una confesión complicada; el penitente, feliz de haber sido descubierto, se marcha en paz. A veces, al padre María Antonio le gusta sorprender con golpes de efecto, como en la misión de Meymac, que empieza unos días antes de la festividad de san Léger, patrono de esa ciudad. Pero la festividad, religiosa en su origen, se ha convertido, a causa de un extraño abuso, en pretexto para la disipación, los bailes y las reuniones mundanas. El misionero anuncia que la procesión hasta el cementerio tendrá lugar ese mismo día, convoca a las mujeres, vestidas de negro, y ordena que las banderas se cubran con crespones. En lugar de fiesta, de bailes y de música alegre, en aquella ciudad sorprendida sólo hay un largo cortejo de duelo, con cantos fúnebres: «Con la muerte, con la muerte, pecador, todo acabará ». Aquella escenificación propia de la época iba destinada a recordar verdades profundas: en la hora de la muerte, los placeres y los honores de este mundo cederán su lugar al juicio de Dios del que depende el destino eterno del alma. El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Benedicto XVI en 2005, plantea la siguiente pregunta: «¿Qué es el juicio particular?». Y responde: «Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno» (núm. 208).

Un beso que emociona

El padre María Antonio tiene la facultad de superar los obstáculos que se oponen al buen desarrollo de las misiones. A finales de enero de 1875, se encuentra en Gondrin, en el departamento de Gers. Desde el fondo de su tienda, un zapatero se burla de quienes acuden al sermón: «¡Eso, eso, id a escuchar a ese desharrapado, que os las contará gordas!». El padre se dirige a él y le encarga, con la mayor de las amabilidades, un par de sandalias. Dos días después, acude a recogerlas, las encuentra perfectas y abraza efusivamente al zapatero. Hay que decir que éste padece un tumor en la cara, que produce gran horror en el pueblo. Sentir los labios del misionero en su llaga virulenta, y su mirada amistosa y apacible, lo transforma. A partir de ese día, publica por todas partes que ese desharrapado es un santo.

La prudencia del mundo no hace mella en el padre María Antonio. Con un vigor que algunos consideran excesivo, combate un vicio que ya estaba muy extendido en el siglo xix: el onanismo (cf. Gn 33, 8-10), es decir, el hecho de disociar en el acto conyugal la unión de los esposos y la disponibilidad a la procreación. El Papa Pablo VI explicará en la Encíclica Humanæ Vitæ: «Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad» (núm. 12). En consecuencia, es intrínsecamente perniciosa «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» (Ibíd., 14; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2369-2370). El asunto es delicado, y son muchos los que evitan hablar de él. La autoridad y el papel misionero del padre María Antonio le permiten recordar esa verdad y despertar las conciencias. «¡Ay!, el vicio y la esterilidad tienen su lugar en el hogar y la familia!« Ese vicio conduce infaliblemente a la sociedad hacia la muerte, porque ataca la fuente de la vida y viola la ley fundamental de la creación« Al sublevarse contra la sagrada voluntad del Creador, los esposos, infieles a los castos y sagrados deberes de su sublime vocación, le hieren en el corazón».

«Me ha asistido visiblemente»

El padre María Antonio atribuye todos esos éxitos a la Virgen María. Por eso su ternura y delicadeza no tienen parangón cuando habla de Nuestra Señora: «El corazón de una madre es una obra de arte de Dios, y el corazón de María es el más hermoso de todos los corazones de las madres. En ella, Dios y el hombre se han encontrado para darse el beso del sagrado y eterno amor». Sus predicaciones versan sobre María, le consagra parroquias, funda cofradías y asociaciones bajo su patronazgo e inaugura peregrinaciones en las capillas que le son dedicadas. «En todas mis misiones –nos dice–, la Virgen me ha asistido visiblemente». Además, donde haya un lugar próximo de peregrinación, allí conduce en acción de gracias a las parroquias que viene a evangelizar. Allí, los fieles repiten el incesante grito de su corazón: ¡Omnia per Mariam!, ¡Todo por María! Pronto conducirá a las multitudes hasta Lourdes.

El padre María Antonio coincide por primera vez con Bernadette Soubirous en julio de 1858, al final de las apariciones de Lourdes, y escribe: «Al crecer, esa angélica niña ha conservado toda su sublime y santa sencillez« Me hacía los mismos gestos que María. Si no se han visto ni oído esas cosas, no se ha conocido aún a María ». Pío IX había definido el dogma de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre de 1854, y la Virgen acudió a confirmarlo el 25 de marzo de 1858. El 18 de enero de 1862, una carta pastoral de Monseñor Laurence, obispo de Tarbes, reconoce las apariciones y anuncia la construcción de un santuario. Con motivo de una de las apariciones, María había pedido, en efecto, «Que la gente acuda en peregrinación aquí« Que se construya una capilla». Esas frases no dejan indiferente al capuchino, al gran removedor de almas, al devoto de María. No cejará en su empeño de satisfacer a su Buena Madre que reclama peregrinos. Junto al párroco de Lourdes, el padre Peyramale, cimienta muchos proyectos. Es el padre María Antonio quien lleva hasta la gruta a los primeros peregrinos organizados. En gran parte, es el impulsor de la liturgia popular de Lourdes: la procesión de las antorchas desde 1863, la procesión del Santo Sacramento y la oración nocturna en 1886, y la procesión de los enfermos. Por iniciativa suya, se realizan en 1886 el vía crucis y los calvarios cerca de los santuarios, así como las grutas Espélugues en 1887, dedicadas a Nuestra Señora de los Siete Dolores y a santa María Magdalena.

Lourdes se convierte en el hogar principal del entusiasmo del capuchino y en el centro de sus operaciones durante más de treinta años. Allí se encuentra en su elemento, convirtiéndose en el predicador, confesor y convertidor más popular. Parece que sea el confidente de la Virgen, el obrero de sus misericordias, y, al verle rezar con tanto fervor, dicen que ve a María, como antes Bernadette. «Ayuda usted a la Virgen a hacer milagros» –le sueltan algunas veces, no sin algo de malicia. Él se contenta con sonreír, ya que su impulsiva fe encuentra del todo natural que una oración sea atendida y que el corazón de María no pueda resistirse al amor de sus hijos. Un día, una peregrinación de la región de Poitou está a punto de partir, sin que ninguno de los numerosos enfermos que han llevado haya notado ni siquiera un principio de mejoría. Algunos sacerdotes comunican su pena al capuchino. «Venid, venid –les dice–, vamos a rezar juntos». Y, a partir de ese momento, los milagros se multiplican.

Antes de tomar la pluma

En Lourdes, el padre María Antonio se encuentra con Émile Zola, escritor agasajado y cubierto de elogios por todos. El padre le exhorta a la conversión: «Toda la filosofía cristiana, señor Zola, se resume en lo siguiente: la carne lucha contra el espíritu, el espíritu lucha contra la carne. Si gana la carne, es la muerte. Si gana el espíritu, es la vida: la vida que Jesucristo ha dado al mundo« Debe encontrar aquí –continúa el padre– su camino de Damasco». Después de esa entrevista, el padre María Antonio dirige una carta al escritor, que está preparando un libro: «El acontecimiento de Lourdes es el gran acontecimiento divino de nuestro siglo, y solamente el corazón comprende las cosas divinas; pero para comprenderlas tiene que ser puro. ¡Bienaventurados los corazones puros, porque ellos verán a Dios! Así pues, antes de tomar la pluma, purifique su corazón. Purifíquelo mediante una buena confesión, y póngalo en relación con Dios mediante una santa y fervorosa comunión. Después de eso, tome la pluma y empiece su libro». Pero en lugar de escucharle, Zola escribirá una novela contra la peregrinación de Lourdes. El padre María Antonio escribe también a uno de sus compatriotas, el muy anticlerical Émile Combes, entonces en peligro de muerte: «Han llegado para usted los tempora nubila (los tiempos sombríos). Es la hora en que llegan los verdaderos amigos. Aquí estoy. Acaba usted de ser derribado, como san Pablo en el camino de Damasco. Escuche a Jesús que le dice como a él: Soy Jesús, a quien tú persigues. ¡Cuántos niños arrancados a su enseñanza y a su amor! Tantas víctimas ha provocado, tantas veces le ha crucificado. Diga como san Pablo: Señor, ¿qué quieres que haga? Dígalo, conviértase, vuélvase hacia Jesús. Ya sabe lo que hay que hacer: renunciar a Satanás, es decir, a sus infernales logias, venir golpeándose el pecho, llorar sus pecados, pidiendo perdón a Dios y a los hombres; finalmente, postrarse a los pies del sacerdote del Señor con gran arrepentimiento, para recibir el perdón».

Cuestión social, cuestión de amor

Ningún tipo de ministerio es extraño para el padre María Antonio. Su amor a los pobres lo hace aún más popular que sus predicaciones y, a la intención de los más desfavorecidos, propaga la obra del «Pan de San Antonio de Padua». Para él, la cuestión social, las injusticias sociales, antes que un asunto de leyes y de derechos son sobre todo un asunto de amor, al cual el Evangelio aporta la única y verdadera solución: «San Francisco está ahí para resolver la cuestión social, que no es otra cosa que una cuestión de amor; amémonos, demostremos al pueblo que lo amamos, y el triunfo queda asegurado». Otro de sus carismas es el estímulo de las vocaciones. Son muchos los sacerdotes, religiosos y misioneros que pueden decir: «Debemos nuestra vocación al padre María Antonio, a una invitación suya, a uno de sus sermones que hemos escuchado».

El demonio persigue con especial odio a ese hombre que tantas almas le ha arrebatado y que lucha en todos los terrenos. «Si no me quedan dientes –podrá decir el padre María Antonio al final de su vida– es porque los he dejado todos en la piel del diablo». A los perseguidores que se ensañan con la Iglesia y las órdenes religiosas a partir de 1880, les dice: «Queréis matar a Dios, ¡pero estáis locos! Matar a Dios: lo que nadie, desde el principio de los siglos, jamás habría osado imaginar sin temblar. ¿Acaso no sabéis que la naturaleza siente horror por el vacío? Otros ídolos lo reemplazarán: el poder, el dinero, el sexo, mucho más exigentes. Y entonces, ¡menuda libertad tendréis!».

En la primavera de 1903, los conventos son precintados y entregados a los liquidadores, a excepción del de los capuchinos de Toulouse, pero que ha sido vaciado de todo el mobiliario. Lo único que queda es una Virgen monumental que domina el coro de la despojada capilla. La notoriedad del padre María Antonio para con el pueblo y su capacidad de resistencia le evitan la expulsión, mientras sus hermanos de religión encuentran refugio en Burgos, en España.

A principios de febrero de 1907, cuando se dirige a visitar a un sacerdote amigo suyo, sufre un enfriamiento; el mal empeora rápidamente. Consciente de su estado, el padre recibe los últimos sacramentos y se prepara para la muerte. Pasa su última noche rezando en voz alta. A sus enfermeros, que le invitan a descansar, les afirma: «¡Nunca me he cansado de rezar!». Al día siguiente, 8 de febrero, dice además, y son sus últimas palabras: «Sabed que voy directo al cielo. No escuchéis jamás al demonio. Yo nunca he escuchado al demonio; por eso voy directo al cielo». Su cuerpo reposa en la capilla del convento que fundó en Toulouse, en la actualidad el Convento de los Carmelitas. Una asociación (APMA, con domicilio en 25 rue de la Concorde, 31000 Toulouse, Francia), creada en el año 2005, trabaja para la causa de su beatificación).

El ejemplo del padre María Antonio nos anima a seguir una recomendación del Papa Benedicto XVI, fechada el 23 de julio de 2006: «Debemos hacer llegar nuestro amor, tanto como podamos, a todos los que sufren, sabiendo que el Juez del juicio final se identifica con los que sufren. Es importante que llevemos su victoria al mundo, participando de su caridad« Necesitamos el rostro de Cristo, para conocer el verdadero rostro de Dios y llevar de ese modo la reconciliación y la luz al mundo».

Dom Antoine Marie osb

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