Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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3 de septiembre de 2009
San Gregorio Magno


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«¡Si no hay sacerdote, sea el catequista el buen pastor de las ovejas de Jesucristo! –decía en 1942 el beato Pedro  To Rot, catequista, con motivo de la detención de un misionero; él mismo había de morir mártir en 1945, a la edad de 29 años, por haber rechazado la poligamia; el Papa Juan Pablo II lo beatificó el 16 de enero de 1995.

Pedro To Rot nace en 1916 en Rakunai, en la actual Papúa-Nueva Guinea (Oceanía). Nueva Guinea es una isla más grande que Francia y está rodeada de numerosos archipiélagos, donde viven más de mil tribus que hablan setecientos dialectos diferentes. Es una región que había sido evangelizada a partir de 1890 por misioneros franceses y alemanes. El padre de Pedro To Rot, To Puia, es el jefe del poblado; es un católico muy apreciado, que enseña él mismo a su hijo los principios fundamentales del catecismo, mientras que su madre le enseña a rezar. La escuela del poblado está regentada por misioneros, y el muchacho da muestras de ser trabajador y de tener gran interés por la religión. Se le conoce por su prontitud a la hora de ayudar; es muy ágil encaramándose a los cocoteros y acude voluntariamente a la recogida de cocos en ayuda de los lugareños de más edad. Esa amabilidad sorprende, ya que procede de un hijo de jefe, que podría reclamar que le sirvieran. Pero la frase de Nuestro Señor Mayor felicidad hay en dar que en recibir (Hch 20, 35) le ha llegado al corazón.

En la escuela, el joven papuense se muestra travieso, pero su franqueza (virtud rara en los tolai, etnia a la que pertenece) es total. En 1930, el padre Laufer, que está a cargo de la parroquia de Rakunai, pregunta al padre del muchacho si le dejaría estudiar para ser sacerdote. Entonces, el acceso al sacerdocio de un papuense era algo rarísimo. Ante aquella halagadora propuesta, To Puia responde con sabiduría: «Creo que los tiempos no están maduros para que uno de mis hijos, u otro hombre de aquí, se haga sacerdote. Pero si quieres enviarlo a la escuela de catequistas de Taliligap, estoy de acuerdo». Así pues, el adolescente parte para esa escuela, donde jóvenes escogidos estudian para complementar a los misioneros, que son poco numerosos en aquel inmenso campo de apostolado. Pedro es activo y optimista, entregándose con idéntico ánimo en los Oficios religiosos, en las clases y en los trabajos manuales (la escuela debe en buena parte su subsistencia al trabajo agrícola de los alumnos). Además, es un estímulo para sus compañeros, a menudo llevados por la indolencia a causa de aquel ardiente clima ecuatorial. La comunión diaria, la confesión frecuente y el rezo del Rosario son su fuerza contra las tentaciones. Poco a poco, va corrigiendo su temperamento burlón del que son víctimas sus profesores. Sin embargo, es un compañero alegre, único a la hora de desarmar disputas mediante sus bromas.

En 1934, de manera totalmente satisfactoria, Pedro To Rot recibe de su obispo la cruz de catequista, y luego es enviado a su poblado natal para ayudar al padre Laufer. Allí, ejerce sobre los cristianos una vigilancia discreta, anima a los tibios a participar en la Misa dominical, prepara a los pecadores para una seria confesión y reconduce a las ovejas descarriadas al redil del Buen Pastor. Sobre todo le gusta conocer a las personas, y su celo le lleva a combatir las prácticas de hechicería todavía vigentes, incluso entre los cristianos.

Unos testigos directos

«Queridos catequistas –decía el Papa Juan Pablo II con motivo de la beatificación de Pedro To Rot–, sed testigos directos, evangelizadores irreemplazables, la fuerza y el fundamento de las comunidades cristianas. Desde el principio, la obra de los catequistas laicos en Papúa-Nueva Guinea ha contribuido de manera singular e insustituible a la propagación de la fe y de la Iglesia. En nombre de toda la Iglesia, os doy las gracias por la obra santa que estáis cumpliendo».

Para guiar la catequesis actual, el Papa Juan Pablo II publicó en 1992 el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC). Éste iba dirigido principalmente al episcopado «como texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, y en particular para la elaboración de los catecismos locales». En el año 2005, Bene–dicto XVI publicó un resumen de ese Catecismo: «El Compendio, que ahora presento a la Iglesia Universal, es una síntesis fiel y segura del Catecismo de la Iglesia Católica. Contiene, de modo conciso, todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia, de manera tal que constituye, como deseaba mi Predecesor, una especie de vademécum» (Benedicto XVI, 28 de junio de 2005). [El vademécum es un libro que se puede llevar normalmente y cómodamente consigo, destinado a recordar en pocas palabras las nociones principales de una ciencia o de un arte].

La catequesis es ante todo una educación de la fe. ¿Qué significa concretamente, para el hombre, creer en Dios? Según responde el Compendio, «significa para el hombre adherirse a Dios mismo, confiando plenamente en Él y dando pleno asentimiento a todas las verdades por Él reveladas» (n. 27). «El Concilio Vaticano II enseña que «cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe» (Dei Verbum, n. 5). Con esta afirmación breve pero densa, se indica una verdad fundamental del cristianismo» (Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, 14 de septiembre de 1998, n. 13). «El hombre, sostenido por la gracia divina, responde a la Revelación de Dios con la obediencia de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acoger su Verdad, en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma» (Compendio, n. 25).

Una llave preciosa

En la Encíclica Spe salvi, del 30 de noviembre de 2007, el Papa Benedicto XVI recuerda que la fe es la llave de la vida eterna, evocando al respecto el ritual del Bautismo: «En la búsqueda de una respuesta quisiera partir de la forma clásica del diálogo con el cual el rito del Bautismo expresaba la acogida del recién nacido en la comunidad de los creyentes y su renacimiento en Cristo. El sacerdote preguntaba ante todo a los padres qué nombre habían elegido para el niño, y continuaba después con la pregunta: «¿Qué pedís a la Iglesia?» Se respondía: «La fe». Y «¿Qué te da la fe?». «La vida eterna». Según este diálogo, los padres buscaban para el niño la entrada en la fe, la comunión con los creyentes, porque veían en la fe la llave para «la vida eterna». En efecto, ayer como hoy, en el Bautismo, cuando uno se convierte en cristiano, se trata de esto: no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia» (n. 10).

Como llave de la vida eterna, la fe es «necesaria para salvarse» (Compendio, n. 28). Pero cuando es auténtica, la fe guía la manera de vivir. Al joven que le pregunta sobre la vida eterna, Jesús responde: si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos, y luego añade: ven y sígueme (Mt 19, 16-21). «Seguir a Jesús implica cumplir los Mandamientos. La Ley no es abolida. Por el contrario, el hombre es invitado a encontrarla en la persona del divino Maestro, que la realiza perfectamente en sí mismo, revela su pleno significado y atestigua su perennidad» (Compendio, n. 434). Gracias a los sacramentos resulta posible vivir según la fe: «Lo que se profesa en el Símbolo de la fe, los sacramentos lo comunican. En efecto, con ellos los fieles reciben la gracia de Cristo y los dones del Espíritu Santo, que les hacen capaces de vivir la vida nueva de hijos de Dios en Cristo, acogido con fe» (Compendio, n. 357).

En 1942, Japón, en guerra contra las potencias occidentales, invade Nueva Guinea; nada más desembarcar en Rabaul, los japoneses detienen a sacerdotes, religiosos y religiosas. El padre Laufer es arrestado enseguida; Pedro To Rot se esfuerza entonces en suplir en la medida de lo posible la ausencia del sacerdote, bautizando a los recién nacidos, asistiendo con testigos a los casamientos o presidiendo los entierros. Todos los domingos, dirige en la iglesia una reunión de rogativa en la que exhorta a los fieles a la perseverancia. Para que puedan recibir los sacramentos, los conduce en secreto hasta un misionero que ha evitado la detención y que vive en la jungla. Muy pronto, los soldados japoneses se entregan al pillaje y a la destrucción de las iglesias, y To Rot debe construir en la maleza una capilla de madera, así como escondrijos subterráneos para el mobiliario y los vasos sagrados. A causa de los numerosos espías, debe efectuar habitualmente de noche sus visitas a los cristianos. A menudo va a Vunapopé, localidad alejada donde un sacerdote le entrega el Santísimo, que entonces puede distribuir a los moribundos y a los enfermos, en virtud de un permiso especial del obispo.

Por el Reino de Dios

Pedro ha manifestado siempre un gran respeto por la santidad del matrimonio. Desde que se casó en 1936 con Paula Ia Varpit, muchacha de un poblado vecino, es un modelo para los demás hogares, y ha salvado a muchas parejas amenazadas por las disputas o la mala conducta de uno de los cónyuges. Los japoneses alientan el regreso a la poligamia, practicada en el país antes de la evangelización. Mediante esa medida esperan alejar a la población de la influencia «occidental». Ya sea por impulso sexual o por temor a las represalias, son muchos los hombres que toman una segunda mujer. Ante semejante escándalo, Pedro To Rot no puede callar; su fe y sus responsabilidades de catequista le obligan a hablar, cualesquiera que sean las consecuencias: «Nunca serán pocas las cosas que diga a los cristianos sobre la dignidad y el elevado significado del sacramento del Matrimonio» –declara. A su esposa, que teme que esa determinación traiga la desgracia al hogar, To Rot responde: «Si debo morir, será bueno, pues moriré por el Reino de Dios para nuestro pueblo».

La enseñanza de Pedro sobre el Matrimonio es la misma que la de la Iglesia, que en nuestros días recuerda el Compendio: «Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, de manera que ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19, 6)» (n. 337). La unidad que forman los esposos es exclusiva durante su vida: «El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto» (n. 346). Por eso, « Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre (Mc 10, 9)» (n. 338). Además, « Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia (Ef 5, 25)» (n. 341).

«Sin él«»

To Metepa, un católico policía que está al servicio de los japoneses, codicia, a pesar de estar ya casado, a Ia Mentil, esposa de un protestante. El padre de esa mujer, así como To Rot, le impiden que la tome. Lleno de furia, el policía denuncia a To Rot a su superior Kueka, que convoca al catequista y le prohíbe toda actividad pastoral. To Metepa, con la ayuda de otro polígamo, se apodera de Ia Mentil y agravia a su marido, atándolo finalmente a un árbol durante dos días. Pero el jefe del poblado, buen cristiano, llama a To Rot y consiguen poner a salvo a Ia Mentil en Rakunai. Numerosos católicos están a punto de ceder a la tentación de la poligamia, pero Pedro, mediante sus vigorosas exhortaciones, los vuelve a conducir al buen camino. Uno de ellos dará testimonio más tarde: «Sin él, habría tomado una segunda mujer. To Rot era un santo; se preocupaba únicamente por la salvación de las almas. No sentía temor alguno de los ricos ni de los poderosos». Según afirma el Compendio, «conformando su vida con la del Señor Jesús, los fieles atraen a los hombres a la fe en el verdadero Dios, edifican la Iglesia, impregnan el mundo con el espíritu del Evangelio y apresuran la venida del Reino de Dios» (n. 433). El propio hermano de Pedro, Tatamai, abandona a su mujer para «casarse» con otra. Tras negarse a escuchar los reproches de To Rot, lo denuncia a los japoneses. Sin embargo, poco después, afectado por el arrepentimiento, acude a pedirle perdón. Después de la guerra, reconstruirá a expensas suyas la iglesia de Rakunai, como señal de penitencia por su traición.

Nadie consigue disuadir al catequista de continuar su apostolado. Además, recibe amenazas cada vez más directas de algunos japoneses que odian el cristianismo, al que consideran responsable del fracaso militar de Japón. Interrogado por la policía japonesa acerca de sus sentimientos hacia el ocupante, To Rot responde: «La Iglesia Católica desea la paz; pero ella no tiene la culpa si no sois victoriosos. – ¡Silencio! –grita el policía–, prohibimos todas las reuniones religiosas. – Jesús –contesta tranquilamente Pedro– enseñó a sus discípulos que era preferible obedecer a Dios más que a los hombres (Hch 5, 29)». Así pues, continúa reuniendo a los católicos todos los domingos. A partir de entonces es espiado por unos traidores que intentan pillarlo en flagrante delito de oración. Un día en que asiste, en nombre de la Iglesia, a dos casamientos, el atolondramiento de una de las parejas provoca que sea denunciado. Primeramente registran la casa del catequista, donde los policías descubren varios objetos de culto, y luego se dirigen a arrestar a Pedro, que se encuentra plantando hortalizas para los soldados japoneses. Más tarde, él contará su interrogatorio en el cuartel general de Vunaiara: «El jefe de la policía, Meshida, me preguntó: «¿Tuviste ayer una reunión para rezar? – Sí». Entonces me golpeó violentamente en la cara y en la nuca. «¿Es verdad que estás contra la bigamia (matrimonio de un hombre con dos mujeres)?». Cuando respondí que «sí», fui encarcelado. Para Meshida, se trataba de mi culpa más importante».

Pedro sabe que la poligamia se opone a la comunión de los esposos en el matrimonio. «La poligamia niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo» (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, del 22 de noviembre de 1981, n. 19). «Cuando las autoridades legalizaron y alentaron la poligamia –decía el Papa Juan Pablo II–, el beato Pedro, sabiendo que ello iba en contra de los principios cristianos, denunció con firmeza esa práctica. Gracias al Espíritu de Dios que permanecía en él, proclamó valientemente la verdad sobre la santidad del matrimonio. Se negó a tomar «el camino más fácil» (cf. Mt 7, 13) del compromiso moral. «Debo cumplir con mi deber como testigo en la Iglesia de Jesucristo» –explicó. El miedo al sufrimiento y a la muerte no le detuvo».

El verdadero gozo

Pedro confiesa a su madre: «Sé que me van a matar. Pero no te preocupes: estoy dispuesto a ofrecer mi vida por Jesucristo ». «Sí –afirmaba el Papa Juan Pablo II–, la sabiduría del Evangelio nos dice que la vida eterna se adquiere con la muerte, y el verdadero gozo, con el sufrimiento. Para comprenderlo, debemos considerar los criterios divinos, y no los criterios humanos« A los ojos de Dios, los que fueron perseguidos a causa de su fidelidad al Evangelio son realmente bienaventurados, pues su recompensa será grande en los cielos (Mt 5, 12)« En el plan salvífico de Dios, el sufrimiento, más que cualquier otra cosa, hace presentes en la historia de la humanidad las fuerzas de la Redención. Precisamente porque el Señor Jesús salvó a su pueblo amándolo hasta el extremo (Jn 13, 1), hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 8), continúa llamando a cada uno de sus discípulos a sufrir por el Reino de Dios. Cuando va unido a la Pasión redentora de Cristo, el sufrimiento humano se convierte en instrumento de madurez espiritual y en una magnífica escuela de amor evangélico» (Homilía de beatificación).

Encarcelado en una celda minúscula sin ventana, Pedro sólo sale para encargarse de los cerdos. Su madre y su esposa le traen los alimentos. Un día, en presencia de sus dos hijos, su mujer le suplica que diga a los japoneses que renuncia a su empleo de catequista y que quiere vivir en adelante como un hombre normal en su poblado. Piensa que de ese modo puede conseguir su liberación, mediante la intervención de los notables del poblado. To Rot le responde con gravedad: «Eso no te incumbe. Debo glorificar –añade santiguándose– el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y ayudar así a mi pueblo». Y pide a su esposa que le traiga su cruz de catequista, que le acompañará hasta el final. Ese mismo día –en junio de 1945– confiesa a su madre: «Los policías me han dicho que, esta noche, un médico japonés vendrá a darme un medicamento. Me extraña, porque no estoy enfermo. Vuelve enseguida a casa y reza por mí ». Al día siguiente, un policía llega a Rakunai y anuncia: «Vuestro catequista ha muerto». Dominando su emoción, el jefe del poblado pregunta: «¿Qué le habéis hecho?, porque tenía buena salud. – Ha enfermado y ha muerto».

La fecundidad de una muerte

Muy pronto, Tarua, el tío de To Rot, es enviado a la prisión, acompañado del comandante Meshida, para reconocer y retirar el cuerpo. El mártir yace acurrucado, con el cuerpo todavía caliente y la mirada hacia el cielo. Lleva algodón rojo de sangre en algunos sitios, en la nariz, ojos y orejas. En el cuello lleva ceñido un pañuelo rojo, y la nuca está hinchada y llena de llagas. Es bien visible la huella de un pinchazo en el brazo derecho. Le han inyectado mandioca (producto que contiene cianuro), según se desprende del olor del ambiente. Al ver que el veneno tardaba en cumplir su cometido, los soldados han estrangulado a la víctima y le han golpeado en la nuca con una viga. Pedro To Rot es enterrado en el cementerio de Rakunai, donde su tumba se convierte en un lugar de peregrinación. Lejos de desanimar y de intimidar a los cristianos, la muerte de To Rot fue para todos un poderoso estímulo. El poblado de Rakunai, desde 1945, ha dado a la Iglesia una docena de sacerdotes y religiosas. Esa fecundidad espiritual fue subrayada por el Papa Juan Pablo II: «En los períodos de persecución, la fe de las personas y de las comunidades es probada por el fuego (1 P 1, 7). Pero Cristo nos dice que no hay motivo para tener miedo. Los que son perseguidos a causa de su fe serán más elocuentes que nunca: Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre es el que hablará en vosotros (Mt 10, 20). Así sucedió con el beato Pedro To Rot« También él como un cordero al degüello era llevado (Is 53, 7). Y sin embargo, ese pequeño grano de trigo que cayó silenciosamente en la tierra (cf. Jn 12, 24) ha producido una cosecha de bendiciones para la Iglesia de Papúa-Nueva Guinea».

El beato Pedro To Rot fue elegido para figurar entre los patronos de la Jornada Mundial de la Juventud de 2008 de Sydney, en Australia. Con motivo de su beatificación, en 1995, el Papa Juan Pablo II se dirigía de este modo a los jóvenes: «El beato Pedro To Rot es también un modelo para vosotros, pues os enseña a no preocuparos solamente de vosotros, sino a poneros generosamente al servicio de los demás« No tengáis miedo a comprometeros en la tarea de dar a conocer y amar a Cristo». «El ejemplo del beato mártir Pedro To Rot habla a las parejas casadas –afirmaba el Papa. Tenía en muy alta estima el matrimonio; a pesar de los graves riesgos que corría y de la oposición del contexto, defendía la posición de la Iglesia relativa a la unidad del matrimonio y a la necesidad de la fidelidad recíproca. Demostró un gran respeto a su esposa Paula, con quien rezaba cada mañana y cada tarde. Alimentaba un afecto enorme hacia sus hijos, y pasaba el mayor tiempo posible con ellos. Si las familias son buenas, vuestras regiones seguirán siendo pacíficas y buenas. Permaneced fieles a las tradiciones que defienden y refuerzan la vida familiar».

El ejemplo del beato catequista Pedro To Rot nos anima a profundizar en nuestra fe y a vivir en perfecta coherencia con ella, conforme a las peticiones que el Papa Benedicto XVI dirigía a los cristianos el 18 de mayo de 2008: «Cuidad la formación espiritual y catequística, formación «sustanciosa», más necesaria que nunca para vivir bien la vocación cristiana en el mundo de hoy. Lo digo a los adultos y a los jóvenes: cultivad una fe pensada, capaz de dialogar en profundidad con todos, con los hermanos no católicos, con los no cristianos y los no creyentes».

Dom Antoine Marie osb

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