Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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29 de julio de 2009
Santa Marta


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un día del año 1886, un capellán del círculo militar de Arras (Francia) se dirige al padre Georges Bellanger  para pedirle ayuda en el ministerio del sacramento de la Penitencia. El joven sacerdote acepta y se presenta en el círculo, donde descubre enseguida su vocación al servicio de los soldados. Y afirmará a quien le había invitado: «A usted debo mi vocación, pues era la persona menos indicada para ser capellán de soldados». En 1998, el Papa Juan Pablo II declarará la heroicidad de las virtudes del venerable Georges Bellanger.

Jorge nace el 24 de mayo de 1861, festividad de Nuestra Señora María Auxiliadora, en Bourbourg, en el norte de Francia, y recibe el bautismo dos días después. En cuanto tiene la ocasión, su madre lo lleva a la antigua iglesia de Nuestra Señora de los Milagros de Saint-Omer para consagrarlo a la Virgen. Su padre muere el 24 de febrero de 1865, como consecuencia de un accidente, dejando seis hijos. La viuda permanece varias horas como anonadada. Encontrándose sola con el pequeño Jorge, cerca del lecho fúnebre, le dice: «Hijo mío, eres huérfano. Pues bien, no olvides que san José será a partir de ahora el padre de nuestro hogar». Con la confianza puesta en ese poderoso padrinazgo, la señora Bellanger se hace cargo de la explotación agrícola familiar. Es la primera en levantarse de buena mañana, empezando con una larga oración, distribuyendo después las tareas a los jornaleros agrícolas y, si es posible, dirigiéndose a la iglesia para asistir a Misa. Todos los días se reza en común al Ángelus, el Rosario y la oración de la tarde.

Un niño difícil

Para que le ayude en la educación de sus hijos, la señora Bellanger acoge en su casa a la madrina de Jorge, que es maestra. Según ésta confesaba, su ahijado le «causó más problemas que todos los demás». En efecto, Jorge manifiesta una fuerte tendencia a la obstinación, a la cólera y a la mentira. Ante la mínima contrariedad, enseguida palidece y enrojece alternativamente, se tira rodando por el suelo y se pone a gritar. En una ocasión, durante un paseo, el muchacho, cautivado por las flores, cae al agua, y la maestra lo saca. Una vez en casa, todavía empapado de pies a cabeza, Jorge afirma no haberse acercado al agua, sin que nadie consiga que confiese lo contrario. Comprendiendo que los correctivos hacen bien poca mella en el carácter empecinado y caprichoso de su hijo, la señora Bellanger se encomienda a Dios y se dedica a formar a Jorge mediante los dones de la fe, recurriendo a su corazón bueno y delicado. Hacia la edad de siete u ocho años, el niño se deja llevar por una gran mentira. La madre lo sienta sobre sus rodillas y le pide que no lo vuelva a hacer, añadiendo: «Antes preferiría verte morir». Esa frase deja una huella imborrable en el corazón del muchacho.

Una de las ocupaciones preferidas de Jorge es simular la celebración de la Misa. Celebra «su misa» a una hora fija, y exige que los que están en casa asistan a ella con seriedad. La señora Bellanger se apoya en esa afición de su hijo para hacerlo reflexionar cuando entra en cólera, diciéndole: ¡Mira pues, el malo que se enfada y que después dirá misa!« ¡El buen Jesús ni siquiera querrá mirar las flores!». Los cuidados maternos darán fruto, de modo que las pataletas de Jorge se hacen más raras y menos violentas; además, van seguidas de un verdadero arrepentimiento. A partir de entonces demuestra gran interés por los relatos procedentes del Evangelio, y sobre todo por el papel que desempeña la Virgen María. Le gusta especialmente rezar el Avemaría.

En primavera de 1870, la familia Bellanger se establece en Moulle. En septiembre de 1871, Jorge ingresa en el colegio eclesiástico Saint-Bertin de Saint-Omer. La separación de los suyos le resulta un duro sacrificio, pero enseguida se acostumbra al régimen del internado; su mayor alegría es ir a rezar a la capilla. En clase da muestras de buena voluntad y de mucha seriedad, pero le falta imaginación y sobre todo memoria. El 1 de junio de 1873 toma la primera Comunión y, el 18 de julio siguiente, recibe el sacramento de la Confirmación. Durante las vacaciones que siguen, una de sus primas percibe el cambio de su carácter, que se ha convertido en razonable, dócil, humilde y solícito. En el colegio, su conducta le ha servido para que le admitan en la congregación de la Virgen, y, el año siguiente, recibe el deseado cargo de sacristán. En 1876, ya es un adolescente de quince años lleno de salud. Sin embargo, experimenta algunas penas interiores. Sus exámenes de conciencia, que podrían considerarse fáciles después de las jornadas regladas del internado, suponen para él un suplicio. Sus confesiones son angustiosas. Afortunadamente, con la ayuda del confesor, consigue salir de ese penoso estado.

Sin embargo, otros sufrimientos le esperan. Al regreso de un paseo, llega arrastrando la pierna. El mal se muestra pronto extremadamente doloroso. El médico diagnostica una coxalgia (tuberculosis de la cadera). Con el paso del tiempo, se pone de manifiesto el absceso característico de esa enfermedad. Las punciones que recibe para vaciarlo son especialmente dolorosas. Jorge teme sobre todo que lo cambien de posición, pero cuando sostiene el rosario entre las manos se siente mejor. El 30 de mayo de 1876, dos médicos confiesan a la señora Bellanger que el final está próximo. En un ardiente impulso de fe, ésta exclama: «¡Virgen Santa, cura a nuestro pequeño Jorge, pero sólo si ha de ser un santo sacerdote!». El día 31, Jorge se siente completamente curado, aunque se queda cojo para el resto de su vida.

Demasiado austero

En octubre de 1876, Jorge regresa al colegio Saint-Bertin. Su mirada refleja cierta tristeza, pero el sufrimiento le ha hecho madurar. En otoño de 1879, ingresa en el seminario mayor de Arras. Su director le comenta que su aspecto es demasiado austero, diciéndole: «¿Cómo entiende usted este consejo de san Pablo, hombre serio donde los hubo: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres« pero sin perder la modestia? (cf. Flp 4, 4-5)». Jorge comprende la lección y escribe en su diario: «No debo imaginarme que para que me anime un celo verdadero haya de hablar siempre de las cosas de Dios. A menudo, hay que tomar parte con alegría en conversaciones indiferentes, callarse otras y esperar el momento favorable para decir algunas palabras edificantes».

A pesar de sus esfuerzos de sociabilidad, Jorge queda marcado por cierta tristeza. Le asaltan con frecuencia fuertes migrañas, pero, sin desanimarse, consigue fortaleza de la adoración eucarística y de la proximidad de María. Estando próximo el día de su ordenación como subdiácono, de nuevo le invaden tentaciones. Su director emplea toda su influencia para devolverle la paz. El 15 de julio de 1883, el padre Bellanger recibe el subdiaconato, y es ordenado diácono en Navidad. Demasiado joven para ser ordenado presbítero en 1884, Jorge es nombrado profesor en el seminario menor de Arras. El 12 de julio de 1885, recibe con gran fervor la ordenación sacerdotal, retomando después sus funciones de profesor. Tras ser invitado a colaborar en el círculo militar, el padre Bellanger se gana rápidamente simpatías y confianzas. Son muchos los jóvenes militares que proceden de provincias lejanas y que se sienten solos y abandonados, y los placeres peligrosos son para ellos una permanente tentación. Con el sacerdote se sienten en familia, y las tardes que pasan en el círculo les reconfortan. El apostolado del joven sacerdote se resume en dos palabras: un corazón para amar a los soldados, sobre todo a los más abandonados, y la devoción mariana. El primer lugar lo ocupan los medios sobrenaturales, convencido como está de que la mayor necesidad de los soldados es la de Dios. No obstante, no descuida las sanas distracciones, lo que le supone incluso tener que tocar el piano. Desde el principio de su obra, manda que se rece el Rosario y concede un lugar de honor a María. Más tarde, colocará en el vestíbulo del círculo militar una imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo con un reclinatorio y una inscripción que invita al visitante a saludar con un Avemaría al «ama de la casa». Él mismo ha ingresado en la Tercera Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Se consagrará a María en la forma preconizada por san Luis María Grignion de Monfort.

Sin embargo, los hombres de quienes se ocupa no siempre son dóciles. Conoce con ellos horas amargas, pero persevera contra viento y marea. «Hemos intentado conducir primero a los soldados a la Santísima Virgen –escribirá–, les hemos dado un rosario, lo han rezado y María se ha apresurado a conducirlos a su divino Hijo en su Eucaristía». Y seguirá dando más testimonios: «Allí, en la obra, casi todas las tardes tenemos a esos valientes soldados que van a rezar el Rosario de rodillas. He sorprendido a algunos rezándolo con los brazos en cruz« Pero lo que casi todos hacen es, por así decirlo, conversar con Ella durante las largas horas de guardia del día y de la noche». El sacerdote habilita una capilla en el círculo militar y suscita en los soldados el amor por la adoración eucarística y la santa Misa: «Asistamos a la Misa con gran fidelidad –les dice–. Es con mucho el acto más importante de la semana». Pero también relata con dolor este comentario de un joven oficial: «Lo que me desconsuela, lo que para mí es un enigma, es ver con qué facilidad unos soldados cristianos prescinden del Santo Sacrificio del domingo».

«Sine dominico non possumus»

No era esa la actitud de los primeros cristianos, pues en el año 304, el emperador Diocleciano les prohibió, bajo pena de muerte, que se reunieran los domingos para celebrar la Eucaristía. En Abitene, pequeña localidad del actual Túnez, 49 de ellos fueron sorprendidos un domingo mientras celebraban la Eucaristía. Al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la orden del emperador, uno de ellos, Eméritus, le respondía: «Sine dominico non possumus», lo que significa: sin la asamblea del domingo, en que celebramos la Eucaristía, no podemos vivir. A causa de su fidelidad a la Misa dominical, fueron condenados a muerte. «Tenemos que reflexionar también nosotros, cristianos del siglo xxi, sobre la experiencia de los mártires de Abitene –decía el papa Benedicto XVI el 25 de mayo de 2005« Tenemos necesidad de este Pan (la Eucaristía) para afrontar los esfuerzos y cansancios del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerza de Él, que es el Señor de la vida. El precepto festivo no es por tanto un simple deber impuesto desde el exterior. Participar en la celebración dominical y alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad para el cristiano, quien de este modo puede encontrar la energía necesaria para el camino que hay que recorrer».

La relación del hombre con Dios necesita un tiempo explícito de oración. El domingo, que conmemora la Resurrección del Señor, es por excelencia el día de la oración. Es el día en que se celebra el sacrificio de la Misa, que hace presente el misterio pascual, misterio que constituye la plena revelación del de la creación, la cima de la historia de la salvación y la anticipación de la vida eterna.

A su sacrificio Cristo une el de la Iglesia. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo.

Para que la presencia del Resucitado sea anunciada y vivida de manera adecuada, no basta que los discípulos de Cristo oren individualmente« En efecto, los que han recibido la gracia del Bautismo no han sido salvados sólo a título personal, sino como miembros del Cuerpo místico. Por eso es importante que se reúnan, para expresar así plenamente la identidad misma de la Iglesia.

Santificación, alegría y esparcimiento

En memoria del descanso de Dios tras la creación –y el día séptimo cesó Dios de toda la tarea que había hecho (Gn 2, 2)–, los cristianos hacen del domingo un día inhábil, absteniéndose de los trabajos y de los asuntos incompatibles con la santificación del día del Señor, con la alegría que le es propia y con el esparcimiento necesario. De igual modo, el domingo ofrece la ocasión a los fieles de consagrar un tiempo a las obras de misericordia, de caridad y de apostolado.

En la Carta Apostólica Dies Domini (El día del Señor) del 31 de mayo de 1998, el Papa Juan Pablo II subrayaba la riqueza espiritual y pastoral del domingo: «es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor significa tanto para la Iglesia y es una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical».

El celo apostólico del padre Bellanger se ejerce también en el ministerio del sacramento de la Penitencia. Un día, un joven capellán militar le pregunta: «¿Cómo hacer que los soldados decidan confesarse? – Seguro que ha leído usted en el Evangelio el episodio del encuentro de Nuestro Señor con la samaritana, en el que Jesús se interesa por esa mujer, le habla de su vida, de lo que ha hecho; y es precisamente eso lo que la conmueve y le hace abrir el corazón« Pues bien, haga con sus soldados lo mismo que el Maestro. Hábleles de su familia, de sus pequeños asuntos, y luego, enseguida, de su alma, probablemente enferma. Inmediatamente encontrará la puerta del corazón». El padre Bellanger escribirá: «El sacerdote debe recordar que nada puede sin la Santísima Virgen« Así pues, que sitúe a la Santísima Virgen entre sus papeles, mediante la medalla milagrosa o el escapulario que se entrega al penitente antes de la confesión, mediante el Avemaría que reza con su penitente en el momento de empezar a confesarse». Cuando tiene ocasión, el padre visita a los soldados enfermos en el hospital de Arras; les hace numerosos favores, pero sobre todo cuida de sus almas, ayudándoles, si se da el caso, a una buena muerte.

El 8 de marzo de 1891, el padre Bellanger procede a la bendición de una nueva capilla, mayor que la precedente, que se ha construido en un terreno privado. Su alegría es inmensa. Pero en aquella época el gobierno francés ataca las obras católicas y, el 23 de abril, la autoridad militar local recibe de París la orden de cerrar esa capilla. El golpe es muy duro para el sacerdote, que tantas gracias esperaba en ese lugar. Sin embargo, no pierde la serenidad y conduce a sus soldados a los santuarios de Arras. Un amigo pone a su servicio el salón de su casa, donde se organizan noches de oración. Además, el sacerdote consigue acondicionar un pequeño oratorio cerca de su despacho, donde los soldados gustan de acudir y pasar horas en adoración.

Un noviciado extenuante

El padre Bellanger piensa en la vida religiosa. Querría establecer una agrupación de sacerdotes que, bajo el patronazgo de la Virgen, uniendo la contemplación y la acción, se ocuparan especialmente de los jóvenes, de los soldados, de los pobres y de los desamparados. Al buscar una obra que se aproxime a su ideal, descubre la Congregación de los Religiosos de San Vicente de Paúl, fundada en 1845 por el siervo de Dios Juan León Le Prévost (†1874). Esos religiosos sirven en patronazgos de jóvenes obreros y de hijos del pueblo, y se encargan de diversas acciones caritativas con el objetivo de recristianizar la sociedad y de dar una respuesta cristiana a los graves problemas sociales. A principios de febrero de 1894, el padre Bellanger visita al superior general. Dos años más tarde, tras innumerables Avemarías rezadas por esa intención por parte de las Clarisas de Arras, obtiene finalmente permiso del obispo para ingresar en los Religiosos de San Vicente de Paúl, con la condición de poder continuar su apostolado en Arras. El 4 de mayo, entra pues en el noviciado de París. De carácter empecinado e independiente, acostumbrado a organizarse él mismo la vida en todas las cosas, ahora debe someterse al control permanente del maestro de novicios. A pesar de su buena voluntad, el esfuerzo y la lucha pueden leerse a veces en su rostro.

El 2 de julio de 1898, el padre Bellanger profesa sus primeros votos religiosos, con paz y alegría. Continúa su apostolado en Arras y lanza una llamada apremiante a todos los conventos de Francia, suscita la oración de los niños, de los seminaristas de todo el país y de los sacerdotes, a quienes pide la celebración de Misas a favor de los soldados. En el transcurso del año 1899, escribe: «Nuestros soldados tendrán de nuevo durante este año miles de Misas y cientos de miles de Rosarios en todos los seminarios o casas religiosas de educación de Francia« ¡Qué buena es Nuestra Señora del Buen Consejo, que me ha dado el medio de hacer que toda Francia rece sin tener que abandonar mi silla!». Ante su ardor apostólico, y a pesar de sus dolencias, sus superiores le autorizan a predicar, a dar retiros espirituales y novenas en la diócesis de Arras.

Su gran devoción a Nuestra Señora del Buen Consejo se manifiesta mediante la obra de arte que encarga para poner de relieve el cuadro de esa Virgen en la capilla de la obra militar. Allí, la Virgen es considerada como Reina, guardiana y Madre. La alegría del capellán es inmensa cuando Roma autoriza a los Hermanos de San Vicente de Paúl a rezar el oficio divino y a celebrar la Misa de Nuestra Señora del Buen Consejo, el día de su festividad, el 26 de abril. Se ha entregado por completo a la Santísima Virgen para que, mediante ella, el homenaje de todo su ser y de todos sus actos sea del agrado de Jesús. Recurre a María en todo momento, haciendo de sus jornadas, mediante el rezo habitual del santo Rosario, una alabanza y una oración marianas casi ininterrumpidas. Y también cuenta con ella para asegurar el triunfo de Jesús en las almas. Su gracia consiste en predicar a María y ganar las almas para Jesús.

Buena parte del año 1899 transcurre en medio del sufrimiento por su enfermedad. El padre Bellanger se ve obligado a interrumpir su actividad apostólica para descansar, y el médico le pide que se descargue de la obra militar. El 25 de marzo de 1900 es nombrado maestro de novicios, en París. Ese nombramiento le afecta muy dolorosamente, pues habría preferido reencontrarse con sus soldados, pero aún así lo acepta. Su primer acto es poner su cargo en manos de la Santísima Virgen. El método que aplica consiste sobre todo en dar ejemplo, desvelando a sus novicios lo que supone la base de su vida: la gloria de Dios. Dios «nos ha creado en primer lugar para que lo conozcamos y lo sirvamos –explica–; nuestra salvación no debe ser otra cosa que la consecuencia del reinado y de la gloria de Dios. Nuestra felicidad sólo está inscrita en el reverso del libro de la vida, y la gloria de Dios ocupa el anverso».

Un larga mirada de amor

En 1901, el gobierno anticlerical de Francia aprueba la ley sobre las congregaciones. Los Hermanos de San Vicente de Paúl deciden exiliarse antes que solicitar la autorización para existir que esa nueva ley exige y que les será probablemente denegada. A principios de octubre, el padre Bellanger y sus novicios hallan refugio en Tournai, en Bélgica. El padre pasa por tribulaciones espirituales profundas, ya que una terrible aridez invade su alma. Por añadidura, su salud se ve alterada de nuevo: padece de tisis (tuberculosis pulmonar). El 12 de abril de 1902, el médico aconseja insistentemente que vuelva con su familia para que repose. Él comprende que esa marcha es definitiva, y su alma se llena de gran sufrimiento, como expresa en una misiva que un amigo escribe por él: «Me dejo llevar sin alegría, con tristeza. Mi pobre alma no merece otra cosa». La última semana de julio, la enfermedad manifiesta nuevos avances. Inmóvil en su lecho, en una mano sostiene un crucifijo y, en la otra, un pequeño cuadro de Nuestra Señora del Buen Consejo, sobre la cual fija de vez en cuando una larga mirada de angustia, de desamparo y de amor. El 16 de agosto, al son del Ángelus vespertino, entrega su alma a Dios. «Hago entrega de mi vida en sacrificio –había dicho a su hermana– por el bien de mi querida Congregación« por el noviciado« Sólo les pido una cosa a mis novicios: ¡que no se olviden del Rosario!« Manda grabar en mi pequeña cruz de madera estas palabras: «Ave María»».

Que Nuestra Señora del Buen Consejo nos conceda la gracia de seguir los ejemplos del venerable Jorge Bellanger en su celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Dom Antoine Marie osb

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