Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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12 de abril de 2009
Pascua de Resurrección


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Agosto de 1943. En la prisión militar de Berlín-Tegel, un condenado a muerte traza con mano torpe las †siguientes líneas: «Aunque escriba con las manos encadenadas, es preferible a tener la voluntad encadenada. A veces, Dios se manifiesta dando fuerza a quienes le aman y no anteponen las cosas terrenales a las realidades eternas. Ni el calabozo, ni las cadenas, ni siquiera la muerte pueden separar a alguien del amor de Dios, ni arrebatarle la fe y el libre albedrío. El poder de Dios es invencible». Este «mártir de la conciencia» fue beatificado por la Iglesia el 26 de octubre de 2007, en presencia de su esposa, de 94 años de edad.

Franz (Francisco) Jägerstätter nace el 20 de mayo de 1907, hijo natural de Rosalia Huber, en Santa Radegonda, localidad situada en la Alta Austria, muy cerca de la frontera Alemana. Es bautizado al día siguiente y será educado entre la pobreza en casa de su abuela. En 1917, al casarse su madre con el granjero Heinrich Jägerstätter, Franz es legitimado; será el heredero de la granja de su padrastro. Es un muchacho despierto y buen lector, que aprende a tocar la cítara y que representa un papel en la «Pasión de Cristo» de Santa Radegonda, que atrae todos los años a miles de espectadores. Franz, que también tiene defectos, da muestras de ser pendenciero. A la edad de veinte años, se gana la vida en una explotación minera. El joven se halla en un ambiente materialista y hostil a la Iglesia, lo que le provoca una crisis religiosa. Durante un tiempo deja de ir a Misa, pero enseguida volverá a la práctica cristiana; ésta, probablemente insuficiente, no le impedirá caer en un pecado grave: en agosto de 1933, Franz es padre de una hija natural, de la que se ocupará de por vida. A pesar de ello, decide pronto llevar una vida responsable.

Un giro crucial

En el pueblo todos quieren y aprecian a Franz, por su disposición a ayudar. El 9 de abril de 1936, se casa con Franziska Schwaninger, una camarera de restaurante nacida en 1913. Los esposos se unen a un grupo de peregrinos y van a Roma en viaje de novios. Franziska, fervorosa cristiana de comunión frecuente y que santifica los primeros viernes de mes, es una joven llena de encanto y de buen humor. Franz ha encontrado la perla preciosa. Más tarde, escribirá a su esposa: «Jamás pude imaginar que el matrimonio fuera algo tan hermoso». Empujado por el ejemplo de Franziska, también él empieza a comulgar con frecuencia, lo que supone un giro crucial en su vida espiritual.

En 1933, Hitler toma el poder en Alemania y, muy pronto, las relaciones con Austria se vuelven tirantes. El obispo de Linz, Monseñor Gföllner, en cuya diócesis se encuentra Santa Radegonda, constata desde ese año la incompatibilidad entre la doctrina católica y la del nacionalsocialismo. Franz seguirá esa línea de conducta: no comprometerse con el neopaganismo. El 10 de abril de 1938, vota «no» en el plebiscito organizado en Austria por los nazis después del Anschluss (anexión forzosa de Austria por Alemania). Es el único del pueblo que osa hacerlo. El 17 de junio de 1940, Jägerstätter es llamado al servicio militar activo a Braunau, lugar de nacimiento de Hitler. Sin embargo, es declarado exento gracias a la intervención de las autoridades de su municipio, ya que tiene tres hijas de corta edad, una de las cuales acaba de nacer. Pero en octubre se le convoca para que se presente en Enns, con los zapadores alpinos. El 8 de diciembre, es admitido en la Tercera Orden Franciscana, de la que su esposa también es miembro. En abril de 1941, y de nuevo gracias a las autoridades de su municipio, Franz consigue regresar a casa. Disfrutará durante dos años de relativa tranquilidad, pero, durante todo el tiempo, su esposa y él esperan con temor un correo de la Wehrmacht.

Franz no se niega, en principio, a empuñar las armas, pues asume la enseñanza de la Iglesia, formulada en el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2310): «Los poderes públicos tienen en este caso (si se cumplen las condiciones de la «guerra justa») el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional. Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz». Sin embargo, a partir de abril de 1941, Franz está decidido a no obedecer una nueva llamada de servir en los ejércitos del tercer Reich. Después de una larga y prudente reflexión, está convencido de que, si lo hace, cometerá pecado, al colaborar directamente en una guerra injusta.

En la parroquia de Santa Radegonda aconsejan a Franz que se muestre más conciliador. Pero él rechaza todo tipo de colaboración con el régimen y cualquier apoyo económico al NSDAP (el partido único). Por el contrario, paga gustosamente la ofrenda del culto para procurarle a la Iglesia expoliada los medios necesarios para su subsistencia, y distribuye en secreto víveres a los indigentes, con objeto de no hacerlo a través de los organismos oficiales de beneficencia. A partir de entonces, su asistencia a la Misa es diaria. En 1940, se convierte en el sacristán de la parroquia, tomándose en serio sus funciones; aconseja discretamente al sacerdote que hable más a menudo de las penas del purgatorio, para comprometer a los parroquianos a buscar la perfección y a hacer penitencia –consejo que el párroco seguirá. Por su parte, también él hace penitencia, ayuna e intensifica sus oraciones. Pero de donde consigue la fuerza es, sobre todo, de la sagrada comunión. Ante la pregunta «¿Podemos aún hacer algo?», Franz responde: «Con frecuencia oímos decir: «No se puede hacer nada; decir algo supondría exponerse inútilmente a la cárcel y a la muerte. No podemos cambiar solos el destino del mundo»« Pero para salvarse uno mismo, y para conseguir quizás para Cristo algunas almas, creo que nunca es demasiado tarde, mientras nosotros, los hombres, vivamos en este mundo».

Expuesto a la contradicción

La decisión que toma Franz de sustraerse a una nueva llamada a filas le vale numerosas críticas en su entorno. Su madre le muestra las consecuencias trágicas y temibles para él y para su familia. El sacerdote Joseph Karobath, su párroco, intenta tranquilizarlo afirmando que puede participar en la guerra sin cometer pecado, ya que no existe otra salida posible. Pero, según dirá el sacerdote, «Franz siempre me refutaba, citando la Escritura: No hagamos el mal para conseguir un bien (cf. Rm 3, 8). En mayo de 1942, Jägerstätter escribe: «Acaso significa lo mismo hoy en día hacer una guerra justa o injusta? ¿Hay algo peor que tener que asesinar y despojar de todo a hombres que defienden su patria, sólo para ayudar a que un poder anticristiano triunfe para establecer un imperio sin Dios?». Franz no cree en la «cruzada contra el bolchevismo» (eslogan utilizado para justificar la agresión de junio de 1942 contra Rusia). No ignora que «el comunismo es intrínsecamente perverso», como enseñó Pío XI en 1937 (Encíclica Divini Redemptoris), pero también sabe que un buen fin no justifica medios inmorales. Así pues, los medios utilizados en Rusia por Hitler no son conformes con los principios de humanidad y de respeto a las poblaciones civiles.

Franz pregunta a su obispo, Monseñor Joseph Fliesser, quien –según su propio testimonio– se esfuerza por convencerlo para que obedezca a la llamada a filas: la cuestión de saber si la guerra es justa excede la competencia de un simple ciudadano, y Franz se debe ante todo a su familia. Esta respuesta no satisface a Jägerstätter, quien sospecha que el obispo ha debido tomarlo por un provocador nazi. Además, al ver en su entorno la multitud de soldados que han muerto en el frente de Rusia, Franz se percata de que tan peligroso es mantenerse en rebeldía como dejar que le lleven como soldado al frente del Este. «Creo que si Dios nos pide que muramos por nuestra fe, no es algo demasiado difícil, sobre todo si se piensa en los miles de jóvenes que, en estos difíciles años de guerra, se han visto obligados a dar la vida por el nacionalsocialismo».

Primero hay que servir a Dios

En nuestros días, la cuestión de la objeción de conciencia se plantea especialmente a las personas que se ven en la disyuntiva de aplicar leyes homicidas que autorizan el aborto o la eutanasia. En su Encíclica Evangelium vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II enseñaba al respecto: «Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29)» (n. 73).

En febrero de 1943, el ministro Goebbels proclama la «guerra total». A partir de ese momento, los reservistas deben ser llamados a filas. Jägerstätter recibe la temida convocatoria. Al rellenar el acuse de recibo, exclama: «Acabo de firmar mi sentencia de muerte». Mientras su madre le suplica que olvide su obstinación, su esposa, por su parte, renuncia a hacerle cambiar de opinión. Al ser requerido en el cuartel de Enns el 25 de febrero, Franz escribe al padre Karobath, entonces exiliado: «Debo anunciarle que quizás vaya a perder a uno de sus feligreses« Como nadie puede conseguir que me dispensen de cumplir una cosa que pondría en peligro mi salvación eterna, nada puedo cambiar respecto a mi resolución, que usted ya conoce». El sacerdote comprende entonces la posición de su amigo y la aprueba.

En un primer momento, Franz no se dirige al cuartel; su idea es esconderse en el bosque. Después, al considerar que su conducta provocaría represalias contra su familia, se presenta en Enns el 1 de marzo. Ya el día 2 anuncia al oficial de reclutamiento que rehúsa tomar las armas, en razón de su oposición a los principios del nacionalsocialismo. El mismo día, escribe a su esposa una carta llena de amor donde le explica los motivos de su decisión, que termina del siguiente modo: «Que Dios te conceda todo lo que deseas, con la condición de que ello no comprometa tu salvación eterna« Si Dios no permite que os vuelva a ver en este mundo, espero que podamos reunirnos pronto en el Cielo». Pide a Franziska que le envíe un folleto de las apariciones de la Virgen María en Fátima.

Franz es conducido a la prisión militar de Linz. Allí recibe la visita del padre Baldinger, que le invita a aceptar la llamada a filas. El sacerdote afirma que tomar las armas no implica adherirse al régimen nazi, que se trata solamente de un acto de obediencia civil que no compromete la conciencia. Pero Franz mantiene su decisión, mil veces expuesta ante Dios: no puede prestar el juramento de obediencia incondicional a Hitler que se exige a todo soldado. El padre Baldinger dará testimonio, después de la guerra, de la perfecta salud mental de Jägerstätter y de su sosiego: no hay nada en él de fanatismo. Por otra parte, Franz dice con frecuencia: «Tengo puesta mi confianza en Dios; si Él quiere que actúe de otro modo, me lo hará saber».

En el corazón del hombre

Jägerstätter sigue el dictado de su conciencia para obedecer a Dios y salvar su alma. «En lo más profundo de su conciencia –enseña el concilio Vaticano II– descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente» (Gaudium et spes, n. 16). «La conciencia –escribe san Buenaventura– es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar».

No obstante «La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo»; al contrario, «La dignidad de esta instancia racional y la autoridad de su voz y de sus juicios derivan de la verdad sobre el bien y sobre el mal moral, que está llamada a escuchar y expresar. Esta verdad está indicada por la «ley divina», norma universal y objetiva de la moralidad» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 1995, n. 60). Queda claro que «La conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la llamada, a la voz de Dios» (Ibíd., n. 58).

El concilio Vaticano II enseña: «Por su parte, los fieles en la formación de su conciencia deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia. Pues por la voluntad de Cristo, la Iglesia Católica es maestra de la verdad, y su misión consiste en anunciar y enseñar auténticamente la verdad que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios morales que fluyen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis humanae, n. 14).

No es el único

A principios de mayo, Franz es trasladado a la prisión militar de Berlín-Tegel. Allí se da cuenta de que no es el único que ha rechazado el servicio de las armas, y que otros muchos han sido protagonistas de actos heroicos de resistencia contra el nacionalsocialismo. Su papel será ayudar a algunos de ellos a convertirse y a aceptar su muerte inminente. Se entera con gozo que unos S.S. se han convertido antes de morir. El capellán Heinrich Kreutzberg, que ya ha asistido a doscientos católicos condenados a muerte, le da muestras de afecto y respeto. En la prisión, Franz, que siempre ha sido un granjero concienzudo y competente, manifiesta ternura hacia su familia y preocupación por su explotación agrícola. El 12 de marzo de 1943, escribe a su mujer: «Pronto será el momento de sembrar la avena. Si tienes preguntas respecto a la granja, escríbeme para que te ayude con mis consejos. Sabe Dios que preferiría ayudarte en persona». A su padrastro, le deja caer con tacto un pequeño consejo: «No haga trabajar a los míos demasiado duro; que les quede al menos algo de tiempo para meditar y rezar».

Jägerstätter pasa, sin embargo, por momentos de prueba, con el temor de que su familia sea perseguida por su causa. Su esposa le reconforta al aceptar cristianamente la prueba que sobrelleva. El 7 de marzo, Franziska le escribe: «Queridísimo esposo: « que sea la voluntad de Dios, incluso si hace mucho daño« Tus tres pequeñas te siguen reclamando y ofrecen sacrificios de cuaresma por tu regreso». El 9 de abril, Franz escribe a su mujer, con motivo del séptimo aniversario de su boda: «Cuando rememoro todos los favores que he recibido durante estos siete años, me parecen a veces un milagro« Por eso precisamente, incluso si tememos por el futuro, podemos estar seguros de que quien nos ha apoyado y colmado no nos abandonará. Si sabemos darle las gracias y seguir esforzándonos para ser perfectos, Dios nos concederá un gozo eterno« Aunque tuviera que abandonar esta vida, descansaría en paz en la tumba, ya que sabes que no soy un criminal».

Las notas íntimas que Jägerstätter escribe durante sus últimos días son una muestra de su fuerza y libertad interiores: «Intentan siempre doblegar mi resolución por el hecho de ser casado y de tener hijos. Sin embargo, el hecho de tener esposa e hijos, ¿convierte en buena una mala acción? O también, ¿acaso una acción se convierte en buena o en mala simplemente porque miles de católicos la realizan? ¿De qué sirve pedir a Dios los siete dones del Espíritu Santo si de todos modos hay que practicar la obediencia ciega? ¿De qué le sirve al hombre haber recibido de Dios inteligencia y libre albedrío si, como se pretende, no le corresponde a él discernir si esta guerra provocada por Alemania es justa o injusta?».

Antes del juicio, el abogado de Franz, Feldmann, que quiere salvar a toda costa la vida de su cliente, consigue que el reo pueda reunirse cara a cara con sus jueces. Estos le exhortan a «no obligarles a condenarlo a muerte», aceptando servir en una unidad sanitaria. Pero Franz declina el ofrecimiento, pues tendría que prestar el juramento de obediencia incondicional, lo que no quiere hacer a ningún precio. El fallo del tribunal militar de Berlín, fechado el 6 de julio de 1943, constata que ese rechazo del servicio de las armas es un crimen punible según la ley del Reich, y que los motivos de conciencia alegados no son admisibles y que no se considera al acusado enfermo mental. Franz es condenado a muerte.

«¡Me habría gustado tanto!«»

El 12 de julio, Franziska es autorizada a visitar a su marido; la entrevista, de veinte minutos, tiene lugar en presencia del capellán sustituto de Santa Radegonda, el padre Fürthauer. Ese sacerdote pusilánime se esfuerza en vano en convencer al condenado para que se someta y salve la vida. El 8 de agosto de 1943, Franz es trasladado a la prisión de Brandeburgo. Allí le anuncian que ha sido condenado a muerte y que la sentencia se ejecutará al día siguiente. Ese mismo día, Franz escribe a los suyos: «¡Me habría gustado tanto ahorraros todo este sufrimiento que debéis soportar por mi causa!« Pero ya sabéis lo que dijo Cristo: El que quiere a su padre, a su madre, a su esposa o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí (cf. Mt 10, 37)». En su carta de despedida, escrita pocas horas antes de la ejecución, añade: «Doy gracias a nuestro Salvador por el hecho de poder sufrir e incluso morir por Él« Espero que Dios se digne aceptar la ofrenda de mi vida en sacrificio de expiación no solamente por mis pecados, sino también por los de los demás». Luego, recomienda que no se alimenten pensamientos de ira ni de venganza contra nadie: «Durante todo el tiempo que un hombre esté vivo, es nuestro deber ayudarle con nuestro amor para que camine por el camino del Cielo».

A las 16 horas del 9 de agosto, Franz Jägerstätter es decapitado. La noche del mismo día, el padre Jochmann, capellán de la prisión, declara a las religiosas austríacas que rigen una clínica en Brandeburgo: «No puedo más que felicitarles por tener semejante compatriota, que ha vivido como un santo y ha muerto como un héroe. Tengo la certeza de que ese hombre sencillo es el único santo que he tenido la oportunidad de encontrar en la vida». El cuerpo de Jägerstätter es incinerado por orden de las autoridades. La urna funeraria será enterrada, después de la guerra, en el cementerio de Santa Radegonda.

El padre Kreuzberg, que ha conocido a Franz durante sus últimos días, se preguntará más tarde: «¿De dónde procede la determinación de ese hombre sencillo? Sus cartas nos enseñan hasta qué punto vivía de las grandes verdades de la fe católica: Dios, el pecado, la muerte, el juicio final, la eternidad, el Cielo y el infierno; había recibido esas verdades en el transcurso de las homilías parroquiales del domingo. De manera especial, la idea de la eternidad y de los gozos del Cielo fue para él una gran ayuda y un precioso consuelo en sus sufrimientos y en la dolorosa despedida a su familia».

El 1 de noviembre de 2007, el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, declaraba: «Lo que resulta fascinante en Jägerstätter es la clarividencia del mártir que, mejor que numerosos académicos de su tiempo, supo discernir la incompatibilidad entre el nacionalsocialismo y la fe cristiana. No obstante, sería un profundo error pensar que, mediante la beatificación de Jägerstätter, resultan condenados todos los que realizaron el servicio militar. El propio Jägerstätter jamás juzgó a los demás, sino que obedeció solamente a su conciencia hasta el final».

Beato Franz Jägerstätter, concédenos poder seguir la voz de nuestra conciencia, guiados por nuestra Madre la Santa Iglesia, sin permitir que nos detenga ninguna consideración humana.

Dom Antoine Marie osb

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