Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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27 de noviembre de 2008
Ntra. Sra. de la Medalla Milagrosa


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

«El camino de santidad recorrido juntos, como matrimonio, es posible, hermoso y extraordinariamente fecundo, y es fundamental para el bien de la familia, de la Iglesia y de la sociedad». Juan Pablo II pronunciaba estas palabras con motivo de la beatificación de los esposos Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, el 21 de octubre de 2001.

Maria Luisa Corsini es la hija única de dos florentinos, y nace el 24 de junio de 1884 en Florencia. Su padre es un oficial del ejército de tierra irascible, y su madre es de temperamento activo y dominante. Desde su más tierna edad, Maria Luisa, de carácter tímido y sensible, adquiere la costumbre, cuando pone la mesa, de depositar una hojita de olivo bajo la servilleta de sus padres, para dejar constancia de su deseo de paz. Un día, asegura a su padre: «Papá, yo no me habría casado contigo, como ha hecho mamá, con tu carácter tan malo». Sin embargo, los esposos Corsini aman mucho a su hija. La familia se instala en Roma en 1893, donde Maria Luisa recibe clases en una escuela de comercio; allí aprende contabilidad, así como la lengua francesa y la inglesa. Sus gustos personales la llevan a inclinarse por las letras, adquiriendo una amplia cultura literaria. Desarrolla también cierto talento musical, hasta el punto de tocar el piano.

Luigi Beltrame viene al mundo el 12 de enero de 1880 en Catania, Sicilia, y es el tercer hijo de la pareja. Al apellido de su padre añadirá el de su tío Quattrocchi, quien, al no poder tener hijos, lo adoptará. En 1891, se instala en Roma con su tío y su tía. Después de seguir estudios de derecho, Luigi comienza su carrera profesional de abogado. Lee con agrado los grandes clásicos de la literatura, le gusta la música, el teatro, la belleza de la naturaleza y los viajes. La amistad entre las familias Corsini y Quattrocchi facilita el encuentro entre Maria y Luigi. Hacia finales del año 1904, Luigi cae gravemente enfermo; Maria, muy afectada, sufre una enorme pena y le envía una imagen de la Madona de Pompeya. Aquel episodio revela a ambos jóvenes amigos la profundidad de su amor mutuo. El 25 de noviembre de 1905, se casan en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, instalándose en la casa familiar de los Corsini, donde conviven con cierta estrechez, a causa de la presencia de los padres y de los abuelos de Maria. No obstante, Luigi da muestras de una gran deferencia hacia sus suegros. Cada noche, los esposos se reencuentran con alegría y se relajan en familia. Cada uno se interesa por el trabajo del otro. A menudo, Luigi debe ausentarse de Roma por motivos profesionales. Ambos lo sufren de manera compartida, pero lo compensan escribiéndose.

El primer embarazo de Maria les proporciona una felicidad indecible, contrariada enseguida por la angustia que siente la futura madre ante la perspectiva del parto; pero la alegría llega al máximo cuando nace Filippo, el 15 de octubre de 1906. La joven madre experimenta en la maternidad el necesario olvido de sí misma: «Ciertamente, para ella, acostumbrada a estar al corriente de las novedades teatrales, musicales y literarias, no era poca cosa aquella actitud de renuncia, que suponía reducir a casi nada la lectura y a cero los espectáculos y conciertos» –escribirá una de sus hijas. En septiembre de 1907, Maria está de nuevo embarazada. Le invade un sentimiento de desasosiego y de soledad, sobre todo porque Luigi se ha marchado a Sicilia por unos días. Ella le escribe: «¿De dónde sacaré fuerzas para pensar en dos hijos, para soportar el cansancio físico y fisiológico del embarazo y de todo lo demás? Puedes creer que me siento realmente desesperada». Poco a poco, gracias a la oración, el alma de Maria recobra la serenidad, con la aceptación de la voluntad de Dios. El 9 de marzo de 1908, nace una pequeña que se llamará Stefania.

Un «no» categórico

El 27 de noviembre de 1909, un tercer hijo, Cesarino, ve la luz tras un parto laborioso. En septiembre de 1913, Maria concibe un nuevo hijo. A partir del cuarto mes, se ve afectada por violentas hemorragias. El diagnóstico cae como una losa: «placenta previa», lo que equivale, en esa época, a una sentencia de muerte para la madre y el hijo. El ginecólogo, un profesor con gran renombre, declara que sólo una interrupción del embarazo permitirá quizás salvar a la madre. Maria y Luigi están aterrados; con la mirada fija en el crucifijo de la pared, consiguen de Él la fuerza para oponerse con un no categórico al aborto. No existen razones, «aun siendo graves y dramáticas, que puedan jamás justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente» –recordará el Papa Juan Pablo II (Evangelium vitae, 25 de marzo de 1995, núm. 58). Desconcertado y desamparado, el profesor se dirige a Luigi con estas palabras: «¿No se da usted cuenta de que, de esta manera, se va a quedar viudo con tres pequeños a su cargo?». La respuesta sigue siendo idéntica: el «no» continúa siendo «no». Una angustia terrible invade a la familia. La única fuente de luz proviene de una confianza ilimitada en Dios y en la Santísima Virgen María. La comunión de ambos esposos, arraigada en Dios, se hace más fuerte que nunca. Cuatro meses transcurren de esa manera, en los que Maria permanece en cama. Finalmente, el 6 de abril de 1914, al cabo del octavo mes, ante el débil estado de la madre, el ginecólogo interviene en el parto, que tiene lugar por medios naturales. Viene al mundo la pequeña Enrichetta. A pesar de los pronósticos pesimistas, la madre y la niña se salvan.

«Apostolado de la pluma»

De mentalidad muy abierta, Maria manifiesta un ansia de conocimientos que no menguará con el paso del tiempo. Así pues, delega muchas tareas materiales en el personal que sirve a la familia, como es costumbre entonces en las familias burguesas. Con el paso de los años, escribe artículos y libros: es su «apostolado de la pluma». Sus textos, en los que también trabaja su esposo, van dirigidos a las madres y a las familias. Maria se compromete igualmente en obras de caridad. En 1925, es llamada a colaborar en la Acción Católica femenina, pero ante ciertas dificultades e incomprensiones, prefiere retirarse. Cada vez que pueden, Maria y Luigi participan en las actividades de la Unión Nacional Italiana de Transporte de Enfermos, acompañando a estos a Loreto o a Lourdes. En política, en un primer momento, los esposos Beltrame siguen el fascismo, con objeto de promover los ideales morales, religiosos, culturales y sociales a los que apela. Poco a poco, sin embargo, se muestran más reticentes con respecto al régimen, llegando a manifestar una desaprobación pura y simple con motivo de las leyes raciales. Entonces, se desviven generosamente para salvar a los judíos.

Luigi, que en 1909 había conseguido el primer puesto en la oposición nacional de abogados del Tesoro Público, ejercerá grandes responsabilidades en diferentes ministerios gracias a su vasta cultura jurídica y administrativa. En 1943, será sondeado por el presidente del Consejo de Ministros para el cargo de abogado general del Estado. Al respecto, uno de sus amigos dirá: «Como eminente personalidad de la abogacía del Estado, tendría que haber sido el primero de todos en asumir ese cargo supremo, pero una campaña solapada promovida por miembros de esa abogacía, de tendencias laicas y anticlericales, se lo impidió. Aquel servidor de Dios, profundamente herido en su fuero interno por la injusticia que acababa de sufrir, no mostró reacción alguna». Luigi puede ser considerado un ejemplo para aquellos que pagan con una marginación profesional la honestidad y la coherencia de una vida de acuerdo con la fe. En 1948, le ofrecerán presentar su candidatura para un escaño del Senado, pero, de acuerdo con Maria, declina el ofrecimiento, pues no comparte algunas orientaciones de sus promotores.

Luigi es un hombre discreto, dotado por naturaleza de cierta distinción y amabilidad en sus relaciones. Más interesado por el apostolado activo que por los cargos, se compromete en actividades parroquiales y nacionales, sobre todo en la formación de los jóvenes y, en particular, de los scouts o exploradores; sacrifica horas para ellos, que podría haber dedicado al ocio o al descanso. Los cargos que ha asumido en la sociedad le hacen merecedor de numerosos títulos honoríficos y condecoraciones, pero, una vez recibidos, los guarda en el fondo de un cajón y ya no habla más de ellos. Uno de sus hijos escribirá de él: «No se sobrevaloraba con respecto a los demás, pero tampoco se devaluaba sistemáticamente« Con quienes se encontraban «lejos de la fe», daba muestras de un tacto particular que siempre atraía su amistad« Y evitaba importunar a quienes se encontraban «lejos de la moral», a menos que ellos mismos abordaran el tema». Luigi escribe: «No debemos esconder nuestros sentimientos religiosos, sino que debemos profesarlos públicamente; pero, ante todo y principalmente, debemos hacerlo mediante nuestras obras. Hacemos profesión de hombres con convicciones religiosas mediante la honestidad y el espíritu cristiano que impregnan nuestra conducta en las relaciones humanas, mediante el desprendimiento, el amor hacia el prójimo y la caridad vivida y practicada». Un amigo de Luigi, descreído y francmasón, emocionado ante los restos mortales de éste, confesará a uno de los hijos del difunto: «¿Sabes?, durante todos estos años de trabajo juntos, tu padre nunca me ha dado la lata con sermones. Sin embargo, puedo decirte que ha sido a través de su vida como he descubierto a Dios y he amado el Evangelio. Reza por mí ».

Rezar no es evadirse de la realidad

El principal compromiso de Maria y de Luigi es hacerse cargo del cuidado de la familia. La oración ocupa un lugar destacado, y Luigi es el alma de ello: «Desde niños« –escribe uno de sus hijos– nos llamaba la atención la actitud especial (de gran recogimiento) de papá durante las visitas al Santísimo, a la iglesia« Siempre era mi padre quien, después de la cena, empezaba y guiaba el rezo del Rosario familiar« Según mis recuerdos, mi padre y mi madre recibían cada día la Eucaristía, transmitiéndonos esa costumbre« Recuerdo también con emoción cuánto le gustaba a mi padre ayudar a Misa« en especial con los numerosos sacerdotes que frecuentaban nuestra casa». Para un cristiano –resaltará el Papa Benedicto XVI– «rezar no es evadirse de la realidad y de las responsabilidades que ésta comporta, sino asumirlas hasta el fondo, confiando en el amor fiel e inagotable del Señor» (4 de marzo de 2007). Además, Luigi se dedica generosamente a ayudar a su esposa, con objeto de aligerarla en lo posible de las inevitables fatigas de la maternidad. Comprende la enseñanza que el Papa Juan Pablo II dará en la Carta Apostólica Mulieris dignitatem del 15 de agosto de 1988 (núm. 18): «El humano engendrar es común al hombre y a la mujer« Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada« Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer« El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia «paternidad»».

En 1922, sus hijos Filippo y Cesarino manifiestan el deseo de entregarse a Dios. El 6 de noviembre de 1924, Filippo ingresa en el seminario, mientras que Cesarino lo hace en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros. Este último se convertirá en el padre Paolino. «La partida de la casa de los dos jóvenes produjo un vacío enorme –relata su hermana Stefania. Quien más lo acusó, hasta el punto de padecer físicamente, fue papá ». Sin embargo, esos sufrimientos afectivos se superan enseguida. Maria escribirá a sus hijos: «Para mí, después de la Misa y de la comunión, pensar en vosotros es el único reposo, y como el único refugio luminoso de mi alma al bendecir al Señor». Al final del primer año de filosofía, Filippo debe dejar el seminario por motivos de salud. Poco después, se une a su hermano y se hace benedictino, llegando a ser el padre Tarcisio.

Un regalo costoso

En 1920, el célebre padre Mateo entroniza el Sagrado Corazón de Jesús en la familia Beltrame. Con su estímulo, Stefania decide consagrarse a Dios. En 1927, ingresa en el convento de las benedictinas de Milán, tomando el nombre de sor Cecilia. Enrichetta lo cuenta así: «La partida de mi hermana provocó un desgarro extremadamente violento en el corazón de papá. Parece que todavía esté viendo, tras más de setenta años de distancia, los lloros silenciosos y púdicos de mi padre arrodillado, mientras se desarrollaba al otro lado de la reja la ceremonia de toma de hábito de su hija». Maria se había dedicado a dar a sus hijos una educación humana y cristiana, piadosa sin excesos: «Me preguntaba a menudo –escribe– si una vida orientada de ese modo debía conducir necesariamente a la vocación. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros (Jn 15, 16), dice el Señor, y mi respuesta es que no« A los padres a quienes Dios ofrece ese regalo real y gratuito, les queda el deber y la necesidad eterna de humillarse, de dar gracias, de vivir el Domine non sum dignus (Señor, no soy digno) en una vida de agradecimiento, de dedicación y de piedad». Por lo demás, Maria no pierde de vista la diversidad de los dones de Dios: «Todos los estados de vida, con tal de que se vivan bajo la suave presión de la voluntad de Dios, son nobles y santos, en tanto que son medios eficaces para alcanzar el fin (la santidad)». Y señala que si los hijos eligen contraer matrimonio «se trata ciertamente de una grande y sublime vocación», pero esa vía tampoco es una vía fácil.

Para la familia Beltrame, la casa representa el mundo de la intimidad donde reina el amor recíproco en Dios. Como toda mujer, Maria concede una gran importancia al cuidado de la casa, en los más mínimos detalles. Pone en práctica el talento de la hospitalidad e instaura con sus huéspedes el clima más adecuado al espíritu del Evangelio, prohibiendo los rencores, los resentimientos y la murmuración. En las conversaciones, se tienen en cuenta los hechos, sin expresar juicios sobre las personas. Las vacaciones las pasan habitualmente en el campo, que Maria prefiere al mar. A partir de 1928, los Beltrame adquieren en Serravalle un terreno, donde mandan construir una casa; allí instalan una pequeña capilla donde, gracias a un permiso especial, pueden conservar el Santísimo Sacramento.

El regreso de la serenidad

En la vida cotidiana, Maria y Luigi rivalizan en caridad. Uno de sus hijos escribe: «Su vida en pareja fue un verdadero concurso de respeto, de entrega, de dependencia amorosa y de obediencia recíproca, en una búsqueda común de lo que era «lo mejor» para el otro, a un nivel eminentemente espiritual, en un acuerdo de las almas en que el concepto mismo de obediencia era superado por una exigencia trascendente de caridad« hasta en el ejercicio amoroso de la corrección fraterna y de una consulta sincera y humilde del pensamiento del otro». No obstante, no faltan las opiniones contrapuestas, las discusiones animadas e incluso las fricciones. Maria no es muy permeable a las influencias externas, y debatir con ella para intentar hacerla cambiar de opinión no es tarea fácil. En esos momentos, Luigi puede sentirse apenado y nervioso, mientras que Maria parece agresiva. Pero no es algo que dure demasiado, y las prontas peticiones de perdón suponen el regreso de la serenidad. El tabaco es un motivo de desavenencia. Luigi ha sido un gran fumador desde su juventud y, para dar buen ejemplo a sus hijos, deja de fumar cuando nace Filippo. Cuando los hijos han tomado su rumbo, vuelve a fumar a pesar de la opinión desfavorable de Maria.

Luigi deja en manos de su esposa la gestión de sus bienes, aunque avaluando con ella los gastos importantes. Maria subraya en sus escritos que, para santificarse, no es necesario desprenderse totalmente de los bienes. Por otra parte, ambos esposos ejercen con gusto el espíritu de solidaridad hacia quienes los solicitan mediante mil peticiones. Además de ayudas económicas, Luigi pone a su servicio sus aptitudes profesionales y el prestigio que ha adquirido en las más altas esferas. Maria, por su parte, ejerce a su manera una especie de «dirección espiritual» con los suyos, pero también con amigos, incluso con sacerdotes y religiosas que se acercan a ella con confianza.

Dirigida durante más de veinte años por el padre franciscano Pellegrino Paoli, la familia Beltrame se afilia a la Orden Tercera franciscana. También el padre Mateo ocupa un lugar preeminente en el progreso espiritual de la familia. En agosto de 1918, Luigi pasa por un período difícil que evoca también uno de sus hijos: «Nuestro padre padeció un momento de crisis espiritual aguda, relacionada con la dura ascesis espiritual emprendida por su mujer por el impulso apostólico del padre Mateo« Se dejó vencer por un momento de desánimo y acabó teniendo «miedo de Dios», casi como a un rival que, al atraer demasiado arriba a su esposa, se la robaba en cierta manera« Ella le ayudó a superar ese obstáculo debido a la naturaleza, y a dejarse llevar también él por el Espíritu, en un amor que nunca disminuyó, sino que se vio aumentado por la presencia viva de la gracia». Mucho más tarde, Maria profesará el voto de lo «más perfecto» en presencia del padre dominico Garrigou-Lagrange, convertido en su director espiritual después del padre Mateo.

Intensa comunión

Después de la partida de sus hijos (excepto Enrichetta, que se queda con sus padres), Luigi y Maria consideran la posibilidad de retirarse a un monasterio, pero comprenden que no es esa la voluntad de Dios. Su deseo de perfección se realizará manteniendo la vida en común, donde la unión de sus almas se hará cada vez más profunda. En 1941, la salud de Luigi se ve sacudida por dos crisis cardiacas, pero consigue reponerse y recobra un estado de salud satisfactorio. El 1 de noviembre de 1951, actualiza su testamento: «Espero que Dios quiera concederme la gracia de la perseverancia final en esta fe que hoy siento tan viva, y que intento conservar con coherencia en mis pensamientos y en mis actos, como sé hacerlo y como puedo hacerlo». El día 5, gracias a un feliz cúmulo de circunstancias, la familia al completo se halla reunida en Roma para la Santa Misa. Durante la noche del 7 al 8, una nueva crisis cardiaca desemboca en la muerte de Luigi el día 9 por la noche, a la edad de 71 años. Unos meses más tarde, Maria escribe: «Luigi sigue siendo –y de forma continuada– el amor y la pena incurable de todos y de cada uno de nosotros, a pesar de que nos asiste, de que está junto a nosotros, de que nos quiere igual y más aún, si es posible, que antes« Poco a poco, me sigue acompañando cada vez más, sobre todo en la oración, en la comunión y ante el altar». Dirigiéndose a ella misma, añade: «¿Te das cuenta de que aquellos pequeños gestos de amor, que intentaban embellecer la casa para él (Luigi) ya no tienen ninguna razón de ser, ningún sentido?« Solamente de la comunicación de las almas, de la comunión entre ellas, cimentada por la fe, nace y vive la unidad, de la cual ya no puedes sustraerte». Durante los años siguientes, Maria abandona poco a poco sus actividades exteriores, empleando todo su tiempo en la oración, en la escritura y en el cuidado de la familia. En 1962, el padre Paulino le revela su deseo de entrar en la Trapa, lo que la llena de gozo. Durante el verano de 1965, pasa un hermoso período de vacaciones, pero el 26 de agosto, fallece a causa de una crisis cardiaca. Tiene 81 años.

Los esposos Beltrame Quattrocchi pasaron por algunas tribulaciones durante su vida, pero no conocieron los sufrimientos que alcanzan a otras familias, como lo resaltaba el Papa Juan Pablo II en la homilía de su beatificación: «La vida matrimonial y familiar puede atravesar también momentos de desconcierto. Sabemos cuántas familias sienten en estos casos la tentación del desaliento. Pienso, en particular, en los que viven el drama de la separación; pienso en los que deben afrontar la enfermedad y en los que sufren la muerte prematura del cónyuge o de un hijo. También en estas situaciones se puede dar un gran testimonio de fidelidad en el amor« Encomiendo a todas las familias probadas a la providente mano de Dios y a la protección amorosa de María« Amadísimos esposos, que jamás os venza el desaliento: la gracia del sacramento os sostiene y ayuda a elevar continuamente los brazos al cielo».

Dom Antoine Marie osb

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