Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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16 de septiembre de 2008
San Cornelio y San Cipriano


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

En septiembre de 1828, en un carruaje oficial que se dirige de Saint-Étienne à Saint-Chamond, dos sacerdotes viajan en compañía de tres jóvenes vestidos de hábito religioso. Uno de los eclesiásticos pregunta a su compañero quiénes son esos religiosos cuya modestia le llama la atención: «Se trata –responde el otro sacerdote– de unos hermanos que dan clase a los niños que viven en el campo. – ¿Cómo se llaman? –Se llaman los Hermanitos de María. – ¿Quién fundó esa comunidad? – No se sabe muy bien. Unos cuantos jóvenes se reunieron, elaboraron una regla de acuerdo con su objetivo, recibieron las atenciones de un vicario y Dios bendijo su comunidad, haciéndola prosperar más allá de toda previsión humana». El sacerdote que habla tan modestamente, disimulando su nombre y su cometido, es su fundador, el padre Marcelino Champagnat.

Marcelino era el noveno hijo de una familia con diez vástagos, y había nacido el 20 de mayo de 1789 en Le Rosey, pequeña aldea del municipio de Marlhes, en el departamento francés del Loira. Marlhes es un pueblo de agricultores alejado de toda vía de comunicación importante, donde la fe se ha mantenido intacta, alimentada por el celo de fervorosos sacerdotes. No obstante, las noticias sobre la Revolución llegan hasta Marlhes, y las nuevas ideas dejan su impronta. Juan Bautista Champagnat, el padre de Marcelino, dotado de cierta formación, es ascendido a coronel de la Guardia Nacional del cantón. Dicho cargo le obliga a celebrar el culto «decadario», que sustituye a la Misa dominical en la iglesia de Marlhes, transformada en templo de la diosa Razón. Sin embargo, cobija en su casa a su hermana, que es religiosa, y deja que su esposa e hijos asistan a las Misas de los sacerdotes refractarios escondidos en la región. Su esposa, aunque más retraída que él, no carece de personalidad.

Un método desafortunado

Bajo la dirección de su madre y de su tía, Marcelino aprende las verdades de la fe, pero su primera escolarización no cuaja. En efecto, pues ya el primer día de clase el maestro le llama a la pizarra; otro alumno más rápido se le adelanta, pero recibe un par de bofetadas. Marcelino queda tan aterrorizado por aquello que se niega a volver a la escuela al día siguiente, a pesar de la insistencia de sus padres. En el futuro, recordará con frecuencia aquel episodio, que le parecía el ejemplo que no había que seguir. En la educación de los niños, lo primero será prohibir toda violencia. La autoridad, tal como él la concibe, no requiere semejantes procedimientos.

A Marcelino le encanta acompañar a su padre a todas partes: al horno, al molino, a los campos o a los pastos. Se muestra constante en el trabajo, y desarrolla una aptitud especial por los negocios: le han asignado dos corderos jóvenes que cuida y revende unos meses después. Junto a su hermano, Juan Pedro, proyecta montar un negocio lucrativo.

Durante el transcurso del verano de 1803, dos sacerdotes se presentan en casa de los Champagnat. Están recorriendo la diócesis, por encargo del arzobispo de Lión, monseñor Fesch, tío de Napoleón, para alentar las vocaciones sacerdotales. El párroco de Marlhes les ha sugerido que visitaran a esa familia, que cuenta con tres muchachos de buena reputación. Algo sorprendido por la visita, el señor Champagnat responde: «Mis hijos nunca me han manifestado el deseo de hacerse sacerdotes. Pero están aquí al lado; pueden comprobarlo ustedes mismos». Sus hermanos responden que no, pero Marcelino manifiesta su inclinación, hasta entonces inconfesada, por el sacerdocio. Para darle una educación, le mandan a casa del cuñado, maestro en una localidad vecina. Allí encuentra buenas condiciones para recuperar el retraso que lleva, pero sufre el dolor de perder súbitamente a su padre. Al finalizar el curso escolar, el cuñado afirma a la señora Champagnat: «Tu hijo se empeña en querer seguir estudios, pero es una equivocación acceder a ello. Tiene muy poco talento para conseguirlo y demasiadas desventajas para alcanzarlo». Marcelino es consciente de sus limitaciones, pero su madre le apoya; ambos se desplazan a La Louvesc, a una jornada de camino de Marlhes, donde se halla la sepultura de san Francisco Régis, el apóstol de la región en el siglo XVI. De regreso, el joven declara: «Prepare mis cosas, quiero ir al seminario. Lo conseguiré, ya que Dios lo quiere». Así pues, parte hacia el seminario menor de Verrières en otoño de 1805, donde se aplica al estudio lo mejor que puede. Tiene dieciséis años cumplidos, y sus compañeros de curso, mucho más jóvenes que él, no le ahorran burlas. Los comienzos son muy difíciles y los maestros poco alentadores. Además, el comportamiento de Marcelino deja a veces mucho que desear; el día de su santo, por influencia de algunos compañeros, va a tomar unas copas a una taberna. Al final del primer año, Marcelino es considerado incapaz de continuar. Sin embargo, sigue estando convencido de la llamada de Dios y emprende una nueva peregrinación a La Louvesc, y después suplica al superior del seminario que le deje intentarlo un año más. Gracias al apoyo de un sacerdote y de un condiscípulo, ese nuevo intento se ve coronado por el éxito. En 1810, Marcelino pierde a su madre. No obstante, prosigue sus estudios durante ocho años en el seminario menor antes de ingresar, el 1 de noviembre de 1813, en el seminario mayor San Ireneo de Lión. Los tres años que allí pasa se desarrollan en una atmósfera de paz, de piedad y de estudio, a pesar de los acontecimientos políticos relacionados con la caída de Napoleón. En el seminarista se produce una transformación, en el sentido de una mayor fidelidad a sus deberes. Durante las vacaciones, enseña el catecismo a los niños de su pueblo.

«Hágase cargo de los hermanos»

Durante el último año de seminario, Marcelino y algunos compañeros, conmovidos por el estado de descristianización del país, se plantean la posibilidad de constituir la «Sociedad de los Padres Maristas», cuyos miembros serán misioneros consagrados a la renovación de la fe en los cristianos, bajo la protección de la Santísima Virgen. Esta Sociedad nacerá y se organizará, poco a poco, de 1817 a 1836, fecha de su aprobación por la Santa Sede. Marcelino, que ha sufrido mucho en su infancia por su falta de instrucción, insiste para que también puedan hacerse cargo de la educación escolar de los niños. Le gustaría formar hermanos educadores. Su insistencia mueve a los demás a decirle: «Pues bien, hágase cargo de los hermanos, ya que ha tenido esa idea». En ello ve una invitación de Dios.

El 22 de julio de 1816, Marcelino recibe la ordenación sacerdotal junto a cincuenta y un compañeros. Al día siguiente, doce de ellos suben hasta el santuario mariano de Fourvière para consagrar su ministerio y su vida a la Virgen, y para comprometerse a fundar la Congregación de los Padres Maristas. El 13 de agosto siguiente, el padre Champagnat llega al pueblo de La Valla, en las cuestas del Monte Pilat, donde es nombrado vicario. La región es pobre, ya que sus terrenos montañosos dejan poco sitio para los cultivos. La práctica religiosa es débil, por causa de un hábitat disperso y de los efectos de la Revolución. El párroco con el que Marcelino ejercerá de vicario durante ocho años, es un hombre de edad y de palabra vacilante, que predica lo menos posible y que no enseña el catecismo. Marcelino, entonces de veintisiete años de edad, se pone manos a la obra. Su dedicación va dirigida especialmente a los niños, a quienes reúne todos los domingos y, en invierno, todas las mañanas. Sus explicaciones son concisas, claras y salpicadas de comparaciones tomadas del entorno en que viven sus oyentes, de trazos extraídos de la Sagrada Escritura y de la vida de los santos. En sus homilías de los domingos, Marcelino recuerda las grandes verdades de la fe. A veces da muestras de cierto rigor, pero su enorme bondad ayuda a aceptarlo. Como ama a sus fieles, puede permitirse reprenderlos cuando los ve perderse en el alcoholismo o en los bailes de pueblo, peligrosos para las almas. No soporta las envidias y las peleas entre allegados.

Cada día estudia por su cuenta teología y, muy pronto, con la autorización del párroco, los domingos por la tarde celebra un oficio al que añade algunas reflexiones prácticas de tal naturaleza que puedan conmover a los oyentes; éstos acuden cada vez en mayor número a la reunión. Sus palabras, sencillas y apacibles, mueven a sus oyentes a opinar lo siguiente: «Bien se ve que es de Le Rosey (su aldea natal); sus palabras son suaves como las rosas». En todas las estaciones, incluso durante las tormentas y los torbellinos de nieve, Marcelino se impone horas de marcha para visitar a los enfermos, administrar el sacramento de la penitencia o asistir a los moribundos. Poco a poco, una verdadera transformación se produce en los cristianos de La Valla y los alrededores.

El 28 de octubre de 1816, el vicario es solicitado de una aldea lejana para que acuda a la cabecera de un niño enfermo llamado Juan Bautista Montagne. Allí puede comprobar, con dolorosa sorpresa, que aquel muchacho lo ignora todo de la religión, no sabiendo siquiera que exista un Dios. Durante dos horas, le instruye con los rudimentos de la fe, confesándolo después. Cuando regresa tras haber visitado a otro enfermo, el niño ya no está en este mundo. Lleno de agradecimiento a la divina Providencia por haberlo conducido junto a ese moribundo, se siente también impresionado por haber constatado una ignorancia tan profunda en una parroquia considerada cristiana. En adelante, la idea de fundar sin demora una sociedad de hermanos que den instrucción cristiana a los niños ya no le abandonará.

«Emergencia educativa»

Todavía hoy en día, la educación cristiana de los niños sigue siendo una tarea primordial. El Papa Benedicto XVI nos lo recuerda: «Se habla de una gran «emergencia educativa», de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia« Podemos añadir que se trata de una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo –el relativismo se ha convertido en una especie de dogma–, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera «autoritario», y se acaba por dudar de la bondad de la vida« y por tanto es una prioridad esencial de nuestro trabajo pastoral: acercar a Cristo y al Padre a la nueva generación, que vive en un mundo en gran parte alejado de Dios. Queridos hermanos y hermanas, debemos ser siempre conscientes de que no podemos realizar esa obra con nuestras fuerzas, sino sólo con el poder del Espíritu Santo. Son necesarias la luz y la gracia que proceden de Dios y actúan en lo más íntimo de los corazones y de las conciencias. Así pues, para la educación y la formación cristiana son decisivas ante todo la oración y nuestra amistad personal con Jesús, pues sólo quien conoce y ama a Jesucristo puede introducir a sus hermanos en una relación vital con Él« A la escuela católica corresponde una tarea muy importante en la educación en la fe. En efecto, cumple su misión basándose en un proyecto educativo que pone en el centro el Evangelio y lo tiene como punto de referencia decisivo para la formación de la persona y para toda la propuesta cultural. Por tanto, la escuela católica, en convencida colaboración con las familias y con la comunidad eclesial, trata de promover la unidad entre la fe, la cultura y la vida, que es objetivo fundamental de la educación cristiana» (Discurso del 11 de junio de 2007).

Al regresar de la visita al joven Montagne, Marcelino recibe a dos jóvenes que van a constituir los cimientos de su nueva congregación. Los comienzos de la obra son muy humildes. El 2 de enero de 1817, el padre Champagnat instala a sus dos novicios en una pequeña casa cerca del presbiterio. La pobreza es extrema. El tiempo pasa entre la oración, el estudio y el trabajo manual. Para vivir fabrican clavos, como hacen todas las familias del vecindario. Muy pronto, cuatro postulantes se unen a los dos primeros novicios. Uno de ellos, Gabriel Rivat, es un niño de diez años, educado en la piedad. Hace dos años que sigue asiduamente las clases de catecismo del padre Champagnat y, después de su primera comunión, ha sentido la llamada de unirse al grupo de los hermanos reunidos en La Valla. El 6 de mayo de 1818, su madre, que durante la infancia lo ha consagrado a María, lo lleva junto al vicario. Gabriel, que toma el nombre de fray Francisco, llegará a ser el sucesor del fundador al frente de los Hermanos Maristas.

«Es vuestra obra»

El cuidado de los hermanos no impide que el padre Champagnat cumpla con sus funciones parroquiales. Sin embargo, el párroco considera que su vicario realiza demasiadas. Marcelino pide entonces permiso, obteniéndolo, para instalarse en la casa de los hermanos, para cuya formación solicita ayuda a un maestro. Pero, cuatro años después de su llegada a La Valla, al constatar que no encontrará en el lugar otras vocaciones de hermanos, ofrece una novena a la Virgen: «Es vuestra obra –le dice–, no la mía. Enviadme hermanos». Su plegaria es escuchada, y se presentan unos jóvenes llegados de más lejos. Sin embargo, los locales resultan enseguida demasiado pequeños, por lo que se hace urgente construir. Toda la comunidad se pone manos a la obra bajo la dirección de Marcelino, que realiza las tareas de albañil o carpintero.

Mientras tanto, el padre Champagnat ha empezado la fundación de escuelas, una de las cuales se halla en Marlhes, su parroquia natal. No obstante, en los presbiterios de la región, corren observaciones ásperas sobre el vicario de La Valla: «Su congregación –según se insinúa– es una quimera creada por el orgullo y la temeridad. ¿Cómo puede él, que carece de recursos y de talento, pensar en crear una comunidad?». Lejos de apoyar su obra, algunos párrocos desvían las vocaciones. «Se equivocaban al desconfiar de nosotros –dirá uno de los discípulos de Marcelino–, al poner en duda los motivos que nos conducían al padre Champagnat. Si aquellos motivos hubieran sido humanos, no nos habríamos quedado ni un solo día. ¿Quién habría podido retenernos en una casa donde teníamos como dormitorio un granero, como cama un poco de paja u hojas secas, como alimento pan negro que se deshacía en migas de mal cocido que estaba, algunas verduras y agua como bebida?« Lo que podía gustarnos en una situación tan contraria a la naturaleza« fue la devoción profesada a María. Mientras estuvimos allí, nos conmovieron tantas cosas hermosas que nuestro padre Champagnat nos decía de la Virgen, que nada en el mundo habría podido desviarnos de nuestra vocación».

En medio del desconcierto

Los rumores en contra de la obra del vicario de La Valla llegan hasta el arzobispado de Lión. Uno de los vicarios generales, que de hecho gobierna la diócesis, hace reproches al padre Champagnat; otro vicario general lo aprueba. Poco a poco, se va desarrollando un ambiente de desconfianza contra los padres educadores, por lo que la comunidad vive a la espera de una catástrofe. En medio del desconcierto, vuelven su rostro hacia la Virgen. Sin embargo, el 22 de diciembre de 1823, monseñor de Pins es nombrado administrador apostólico de la diócesis de Lión, mostrándose favorable al padre Champagnat.

Para que le ayude en su cometido, Marcelino acude al párroco Courveille, su antiguo condiscípulo del seminario, que dirige la Sociedad de los Padres Maristas. En la misma época, es relevado de sus funciones de vicario de La Valla. Ambos sacerdotes deciden adquirir un gran terreno cerca de Saint-Chamond y construir allí un gran edificio para ciento cincuenta hermanos. El proyecto es inaudito y, en la vecindad, son muchos los que no lo conciben. Se desata entonces una nueva campaña de denigración. A pesar de todo, la obra avanza rápidamente. Recibirá el nombre de casa de Nuestra Señora de la Ermita.

Sin embargo, el padre Courveille se atribuye la potestad de dirigir a los hermanos, quienes, no obstante, consideran a Marcelino como padre. Su obstinación le lleva a someter a votación la elección del superior. Marcelino es elegido por unanimidad. Pero el padre Courveille no depone su actitud, aprovechando las ausencias del fundador, que está visitando las escuelas, para turbar a los hermanos. A finales de diciembre de 1825, cuando Marcelino regresa de un viaje, le colma de reproches. Agotado por la fatiga y socavado por numerosas preocupaciones, especialmente en lo relacionado con la economía de la obra, el padre Champagnat se derrumba y debe permanecer en cama. Una semana más tarde, se halla a las puertas de la muerte. Ante la noticia, los acreedores se presentan en tropel. Afortunadamente, el párroco de Saint-Chamond asume una parte de las deudas, pero el desconcierto es total en la casa. La congregación parece estar perdida cuando, contra toda esperanza, la salud del fundador empieza a restablecerse. No obstante, el padre Champagnat nunca recobrará todas sus fuerzas. El padre Courveille sigue intentando que le reconozcan como superior de los hermanos, pero, en 1826, una falta notable le obliga a retirarse a la Trapa de Aiguebelle. Preocupado por la estabilidad de la vocación de los hermanos, el fundador les hace profesar los votos religiosos con motivo del retiro comunitario de 1826.

Saber mantenerse tranquilo

Diez años después de la fundación, el instituto cuenta con más de ochenta hermanos repartidos en dieciséis centros. El padre Champagnat se preocupa de su reconocimiento oficial por parte de los poderes públicos, especialmente para conseguir que sus hermanos queden dispensados del servicio militar, que entonces duraba siete años. Ante el fracaso de sus esfuerzos, escribe: «Tarde o temprano obtendremos esa autorización« Lo que nos importa por encima de todo es hacer por nuestra parte lo que Dios quiere que hagamos; quiero decir, lo que nos es posible; más allá de eso, sólo tenemos que mantenernos tranquilos y dejar a la Providencia que obre. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, lo que es bueno para nosotros. Estoy completamente seguro de que un poco de demora no irá en nuestra contra». De hecho, el reconocimiento público sólo se producirá tras la muerte del fundador.

A menudo, Marcelino invita a sus hermanos a entregarse por completo a Dios y a los demás. Él mismo predica con el ejemplo. Cuando se le reprocha de hacer demasiadas cosas, él responde: «Nadie es indispensable, pero Jesús nos dice: «Caminad mientras tenéis la luz» (Jn 12, 35). Se empeña en suscitar una sólida devoción a la Virgen. «Otros religiosos –dice– se santifican, unos mediante la pobreza, otros mediante la obediencia, otros finalmente mediante un celo ardiente por la salvación de las almas. Quiero que nadie supere a nuestros hermanos en amor a María, en devoción a María». No solamente María es la patrona de los hermanos, que llevan con orgullo su nombre, sino que además es su Madre, su modelo, su primera superiora, y, según la expresión del fundador, su «recurso ordinario». A ella se dirigen en toda ocasión, recurren a ella en todos los peligros, y a ella devuelven la gloria de todos los éxitos. «Es ella –proclama el padre– quien todo lo ha hecho en nosotros». El 12 de mayo de 2007, el Papa Benedicto XVI decía en el mismo sentido: «No existe fruto alguno de gracia, en nuestra historia de salvación, que no tenga como instrumento necesario la mediación de Nuestra Señora».

Hacia finales del año 1839, las fuerzas de Marcelino disminuyen considerablemente. El padre Colin, superior de la Sociedad de los Padres Maristas, le sugiere que nombre un sucesor al frente de los hermanos. En el mes de octubre, una votación culmina con la elección del hermano Francisco Rivat. El fundador, sin embargo, no permanece inactivo, pero una afección del estómago le impide muy pronto alimentarse, obligándole a cuidar de su salud. A principios del mes de mayo, inaugura los ejercicios del mes de María; de regreso a su habitación, afirma: «Estoy acabado, siento que me voy». El 11 de mayo recibe la extremaunción en presencia de toda la comunidad. «Amigos míos –dice a sus hermanos–, lo importante es amarnos los unos a los otros. Recordad que sois hermanos, que María es vuestra Madre y que todos sois llamados a la misma heredad que se halla en el cielo». El final del mes de mayo resulta muy penoso para el padre. El 6 de junio, hacia las dos y media de la madrugada, Marcelino señala al hermano que le está velando que la lámpara se apaga. El hermano lo desengaña: la lámpara no ha perdido su resplandor. «Ya entiendo, es la vista que se me va –responde el moribundo–; ha llegado mi hora. ¡Bendito sea Dios!». Poco después, entra en la agonía. La comunidad, reunida al alba, canta junto a él la Salve Regina, y el fundador acaba dulcemente su estancia en la tierra.

Juan Pablo II dirá lo siguiente en la homilía de canonización de Marcelino Champagnat, el 18 de abril de 1999: «Gracias a su fe inquebrantable, permaneció fiel a Cristo, incluso en las dificultades, en medio de un mundo en ocasiones privado del sentido de Dios. También nosotros estamos llamados a conseguir nuestra fuerza en la contemplación de Cristo resucitado, siguiendo la enseñanza de la Virgen María».

Dom Antoine Marie osb

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