Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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5 de junio de 2008
San Bonifacio, mártir


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un día de otoño de 1885, el Papa León XIII recibe en audiencia al embajador Merry del Val, que se encuentra en Roma para presentar a su hijo Rafael al Colegio Escocés. El Papa, en ese primer encuentro con el joven, le interroga sobre sus estudios y le pregunta: «¿Por qué quiere ingresar en el Colegio Escocés?». Después, tras escuchar la respuesta, añade con un tono imperativo: «No. No en el Colegio Escocés, sino en la Academia de los nobles eclesiásticos». La intervención del Vicario de Cristo orientará de manera decisiva el futuro de aquel joven.

Rafael Merry del Val nace el 10 de octubre de 1865 en Londres, donde su padre, diplomático español de origen irlandés, es secretario de la embajada de España. Desde muy pronto, Rafael da pruebas de una inteligencia y firmeza de carácter por encima de su edad, manifestando una inclinación natural por la religiosidad. Sigue brillantemente sus estudios en el Colegio preparatorio de Bayliss House, en Slough. El muchacho es un apasionado de los deportes: tenis, cricket, equitación y esgrima; también le gusta el ajedrez. Sin embargo, en su corazón arde otra pasión, mucho mas fuerte: la de ser sacerdote, de trabajar por la salvación de las almas y la conversión de Inglaterra. Para ponerlo a prueba, su padre le pregunta en una ocasión: «¿Cómo te las arreglarás, Rafael, si te haces sacerdote, ya que tanto te gusta el deporte, los juegos y la equitación?». El joven response sin dudarlo: «¡Por Dios puedo y debo sacrificarlo todo!». A la edad de dieciocho años, cuando la juventud le sonríe con sus promesas y encantos, el hijo del embajador entra en el Colegio Universitario de Ushaw para iniciar los estudios que le conducirán al sacerdocio.

Después de los estudios de filosofía y de recibir las órdenes menores, el seminarista Merry del Val, siguiendo el deseo del cardenal Vaughan, arzobispo de Westminster, parte hacia Roma para seguir su formación. Como joven clérigo entre sacerdotes que se preparan para los cargos diplomáticos de la Iglesia, Rafael se impone una norma de vida, repartiendo su jornada entre el trabajo y la oración, y renunciando a las pequeñas libertades concedidas a los alumnos. Con motivo de sus vacaciones en familia, se halla en contacto con la más alta aristocracia, pero rehuye en lo posible las visitas y las recepciones, llevando una vida retirada, edificando con su piedad a todos los que se relacionan con él.

Su equilibrada educación, su perfecto conocimiento de las principales lenguas europeas, así como las tradiciones diplomáticas heredadas de la familia, no tardan en llamar la atención de León XIII, que le confía varias misiones importantes. Aunque todavía no es presbítero, recibe el nombre de «Monseñor». No obstante, sin dejarse distraer por los honores precoces, aspira a subir al altar para poder consagrarse, por fin, al ministerio de las almas. Es ordenado sacerdote el 30 de diciembre de 1888; fiel a su divisa (Da mihi animas, caetera tolle – Dame almas y quédate con lo demás), emplea sus horas libres en ejercer el ministerio entre los niños del barrio populoso del Trastévere y junto a la aristocracia de lengua inglesa residente en Roma.

Un deseo contrariado

El 31 de diciembre de 1891, León XIII lo llama al Vaticano en calidad de «Camarero Secreto Participante», un puesto que le convierte en uno de los colaboradores más próximos al Papa. El joven sacerdote toma conciencia entonces de que no podrá realizar su deseo de consagrarse al ministerio de las almas. Así pues, confía su turbación al Sumo Pontífice, revelándole sus aspiraciones más íntimas y suplicándole que le permita seguir su vocación de simple sacerdote. El Papa le responde: «Dígame, Monseñor, si está dispuesto a obedecer al Papa y a servir a la Iglesia. – Sí, si Su Santidad lo ordena, responde emocionado. – Muy bien, concluye el Santo Padre». Monseñor Merry del Val se somete, y, sin mirar atrás, avanza por el camino que le traza la Providencia. Más tarde anotará: «Cuando Dios nos llama para cumplir alguna cosa por Él, nos da una prueba de confianza; debemos responder fielmente sin traicionar la confianza de Jesús« Hay que aceptar, al instante y con entera sumisión, las disposiciones de la Providencia, viendo en todo la voluntad de Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y cambiará por una gracia aún mayor aquello de lo que parecíamos ser privados». También dará el siguiente consejo: «Carece de toda importancia que una cosa os guste o que no os guste. Lo que importa es conocer la voluntad de Dios y decidir según ella« Dejaos llevar, al día, por Dios, con entera confianza en su misericordia y en su amor por vosotros«».

León XIII cuenta con la presencia a su lado de Monseñor Merry del Val para valorar la situación religiosa de los países anglófonos, especialmente de Inglaterra. El joven prelado desempeña un importante papel en la redacción de la encíclica que el Papa publica en 1895 para recomendar a los cristianos de Inglaterra la unidad de la fe. Ejerce igualmente el cargo de secretario de la comisión instituida para examinar las ordenaciones anglicanas. La culminación de ese examen será la carta apostólica Apostolicae curae, del 13 de septiembre de 1896, donde León XIII declara la invalidez de esas ordenaciones. En octubre de 1899, Monseñor Merry del Val es nombrado presidente de la Academia de los nobles eclesiásticos; después, en abril de 1900, recibe, a la edad de treinta y cuatro años, la consagración episcopal.

«¡Sea valiente, el Señor le ayudará!»

León XIII muere el 20 de julio de 1903. Los cardenales reunidos en Roma eligen a Monseñor Merry del Val como secretario del cónclave. Contrariamente a todas las previsiones, los cardenales orientan su elección hacia el patriarca de Venecia, el cardenal Giuseppe Sarto. Éste, sintiéndose incapaz de asumir el cargo de Sumo Pontífice, responde rehusándolo. Son varios los cardenales que intervienen para rogarle que acepte; finalmente, el cardenal decano encarga a Monseñor Merry del Val que pregunte al elegido si persiste en su rechazo, y si, en ese caso, autoriza a que el cónclave elabore una declaración pública en ese sentido. Monseñor Merry del Val lo cuenta de este modo: «Era casi mediodía cuando entré en la capilla (Paulina) silenciosa y oscura« Percibí a un cardenal arrodillado en el pavimento de mármol cerca del altar, hundido en la oración, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en un pequeño banco. Era el cardenal Sarto. Me arrodillé a su lado, y, en voz baja, le transmití el mensaje que me habían encomendado. Su Eminencia, nada más oírme, levantó la mirada y giró lentamente la cabeza hacia mi lado, mientras brotaban abundantes lágrimas de sus ojos« «Sí, sí, Monseñor –añadió en voz baja–, diga al cardenal decano que tenga la bondad«». Las únicas palabras que pude pronunciar y que me vinieron espontáneamente a los labios fueron: «Eminencia, ¡sea valiente, el Señor le ayudará!»». En el escrutinio del día siguiente, el cardenal Sarto, tras obtener el número de votos requerido, acepta el pontificado «como una cruz, para obedecer la voluntad de Dios». El nuevo Papa toma el nombre de Pío X. Quizás Monseñor Merry del Val pensaba en aquellas dramáticas circunstancias cuando escribía más tarde: «Los momentos de desánimo son una parte de la cruz que debéis sobrellevar. No debéis sorprenderos por esos momentos de pena. Si con frecuencia os sucede que caéis bajo la cruz, levantaos con valentía. Aceptad esa parte de la Cruz».

La misma noche de la elección, Monseñor Merry del Val se presenta ante el nuevo Papa a fin de que firme las cartas dirigidas a los Jefes de Estado para anunciarles oficialmente su elección. Luego, tras haber cumplido su función, se dispone a despedirse. «¡Cómo, Monseñor! –exclama Pío X–. ¿Pretende abandonarme? No, no, quédese, quédese conmigo. Tenga la bondad». Ante las reticencias del prelado, el Papa añade: «Le pido que continúe con su tarea hasta que tome una decisión. Tenga la bondad. Es la voluntad de Dios, trabajaremos juntos y sufriremos juntos por el amor y el honor de la Iglesia». Dos meses más tarde, Pío X le nombra secretario de estado y cardenal.

Un hombre modesto y santo

El nombramiento como secretario de estado de un prelado de treinta y ocho años, y por añadidura no italiano, no deja de sorprender. Se ponen de manifiesto entonces oposiciones, críticas, incluso calumnias. Pío X se explica: «Lo he elegido porque es políglota. Nació en Inglaterra, se educó en Bélgica, es español de origen, ha vivido en Italia y es hijo de diplomático, y es diplomático también; conoce los problemas de todos los países. Es un hombre modesto y santo. Acude a mi presencia todas las mañanas y me informa de todas las cuestiones del mundo. Jamás tengo que hacerle ninguna observación. Además, no tiene compromisos». El cardenal Merry del Val, consciente de los sufrimientos que le aguardan, se aplica a la dura tarea que le confía el Santo Padre. En adelante, ya no es dueño de sí mismo. Su nombre y su obra quedarán ligados al nombre y a la obra del Papa San Pío X, en medio de una íntima identidad de pensamientos y de aspiraciones. Las líneas que siguen permiten apreciar la disposición de espíritu con que asume su cargo: «He prometido a Dios, con su gracia, que no emprenderé nada sin recordar que Él es testigo de ello, que obramos juntos y que es Él quien me concede los medios para actuar; que no terminaré ninguna acción sin el mismo pensamiento, ofreciéndola a Dios como algo que le pertenece; y si, en el transcurso de la acción, me vuelve ese pensamiento, me detendré un momento para renovar mi deseo de complacerle».

Durante once años, Pío X se entrega sin descanso a importantes reformas: música sacra, breviario y calendario romano, codificación del derecho canónico y formación catequética. A ello hay que añadir las dificultades políticas: en Italia, al haber sido injustamente expoliados los Estados Pontificios en 1870, el Papa se encuentra prisionero, en cierto modo, en el Vaticano; en Francia, el gobierno se dispone a romper las relaciones diplomáticas, a expulsar a las órdenes religiosas y a confiscar los bienes de la Iglesia; en España y Portugal, los gobiernos liberales combaten a la Iglesia y al Papa. La masonería no desperdicia ocasión alguna de mancillar a la Iglesia. La situación de ésta es tal que un librepensador de la época llegó a escribir: «Ninguna fuerza podrá remontar la corriente; el catolicismo ha sido definitivamente vencido, la fe está del todo muerta, y el libre pensamiento triunfante se extiende como mancha de aceite por toda Europa».

Quedarse en la Iglesia para cambiar la fe

Existe todavía una preocupación mayor para el nuevo pontificado: la tormenta hace estragos en el propio seno de la Iglesia. Se trata de una corriente de pensamiento que apareció a finales del siglo XIX: un grupo de intelectuales, bajo la apariencia de adaptarse a la mentalidad moderna (de ahí el nombre de «modernistas»), pretenden renovar la Iglesia cambiando radicalmente su enseñanza dogmática y moral. Decididos a permanecer en el interior de la Iglesia para transformarla con mayor eficacia, tienen la habilidad de conservar el vocabulario católico, al que confieren un nuevo significado, conforme a sus propias ideas. Pío X, tras varias llamadas de atención caritativas a los descarriados, y ante su obstinación, publica el 3 de julio de 1907 el decreto Lamentabili, que enumera los errores modernistas; dos meses después, la encíclica Pascendi expone magistralmente las razones por las cuales ese sistema es contrario a la sana filosofía y a la fe católica.

El sistema modernista sostiene que la razón humana se halla encerrada en el ámbito de las apariencias y que no puede elevarse hasta Dios mediante las criaturas. La Iglesia enseña lo contrario, en plena coherencia con la experiencia de todos los tiempos: «A partir de la Creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita» (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 3). Los principios del modernismo conducen a negar la existencia de una verdad objetiva y, en consecuencia, la certeza e incluso la posibilidad de una revelación divina. La religión queda reducida a unos símbolos. El mismo Dios ni siquiera es el Creador trascendente (es decir, preexistente al universo y superándolo), sino solamente una fuerza inmanente, «el alma universal del mundo», lo que conduce directamente al panteísmo (identificación del mundo con Dios); Jesucristo sólo es un hombre extraordinario transfigurado por la fe. De ahí la distinción moderna entre el «Cristo de la historia», que no es más que un hombre muerto en una cruz en Palestina, y el «Cristo de la fe», que los discípulos imaginan «resucitado» y al que «divinizan» en su corazón. Este conjunto de errores mueve a Pío X a definir así el modernismo: «La síntesis y la confluencia de todas las herejías que intentan destruir los cimientos de la fe y hacer desaparecer el cristianismo». Las medidas adoptadas por el Santo Padre y sus colaboradores consiguen que, en pocos años, ese mal esté en declive, después de haber entrado «casi en las propias entrañas y venas de la Iglesia».

La dictadura del relativismo

Al aproximarnos al centenario de la encíclica Pascendi, debemos constatar no obstante que la hidra modernista ha levantado la cabeza. Ya en 1965, la crisis de la fe era tal que el cardenal Charles Journet llegaba a escribir lo siguiente en una carta a un religioso: «Lo que me dice sobre el gran desconcierto de las mentalidades, no lo ignoro, y lo sufro en el fondo de mi corazón« ¡Dios quiera que este sufrimiento reciba una bendición! No se puede cuestionar, sin traicionar la Revelación, los dogmas del Credo, sustituir a Jesús-Dios por el «Dios de Jesús», interpretar las definiciones del Concilio de Trento sobre la doctrina católica despojándolas de su significado realista. Todo el significado de la Revelación bíblica es realista« La crisis actual es ciertamente más grave que la del modernismo. Algún día, los creyentes se rebelarán y tomarán conciencia de haber sido intoxicados por el espíritu del mundo». En el año 2005, la víspera de su elección al Sumo Pontificado, el cardenal Ratzinger declaraba: «Cuántas doctrinas hemos conocido en el transcurso de estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántos modos de pensar« La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido no raramente agitada por esas olas –botada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo y así sucesivamente. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza cuanto dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a arrastrarlos hacia el error (cf. Ef 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, viene constantemente etiquetado como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir el dejarse llevar «de aquí hacia allá por cualquier tipo de doctrina», aparece como la única actitud a la altura de los tiempos modernos. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos» (Homilía del 18 de abril de 2005). Semejantes males nos incitan a dirigir nuestra mirada hacia los remedios adoptados por San Pío X para conjurar el modernismo: el estudio de la sana filosofía, el retorno a la Tradición, en particular a la doctrina de Santo Tomás de Aquino, y la sumisión al Magisterio de la Iglesia.

En ese combate contra los poderes del infierno, el cardenal Merry del Val permanece junto a San Pío X, compartiendo la carga y soportando con valentía los ataques, en ocasiones virulentos. En una de sus misivas, escribe: «No actuemos nunca para complacer al mundo. Tengamos la valentía de soportar las críticas, las desaprobaciones del mundo; no tengamos ningún respeto humano; si Dios está contento, qué importa el resto« Debemos tener la valentía de afirmar la Verdad, y de no retroceder nunca ante el deber. Debemos tener la valentía de enfrentarnos al ridículo, porque el deber es, a menudo, burla del mundo. Actuad así por amor a Nuestro Señor y para ser semejante a Él». Y en otra carta: «Soportad en paz, y con resignación, las penas y las ansiedades de cada día. Recordad que no se puede ser discípulo de Jesús si no se toma parte en la Pasión de Jesús».

El 20 de agosto de 1914, Pío X se duerme en el Señor, con el corazón destrozado por el desencadenamiento de la primera guerra mundial. El cardenal Merry del Val relató su última entrevista con él: «Penetré en la habitación. Inmediatamente, se giró hacia mí, siguiéndome con su penetrante mirada« Me tomó la mano y la apretó con tanta fuerza que quedé estupefacto. Me miró tan intensamente que sus ojos penetraban los míos« Me retuvo cerca de él, a veces soltándome la mano y otras retomándola. Finalmente, cansado, dejó caer la cabeza sobre las almohadas, con los párpados cerrados«».

La mayor enseñanza de Nuestro Señor

Después de la muerte de Pío X, el cardenal Merry del Val ejerce la función de arcipreste de la basílica de San Pedro, además de colaborar con las congregaciones romanas; su sabiduría y experiencia merecen el siguiente comentario: «Es un maestro nato». Ejerce su profunda caridad fraterna por su acción, sobre todo a favor de la conversión de los anglicanos, y asegura la dirección espiritual de numerosas almas. Insiste en la confianza ilimitada y filial que debemos tener en Dios, y recomienda que nos mantengamos en paz allí donde Dios nos ha situado para cumplir su voluntad. Comparándola con su cargo anterior de secretario de estado, su nueva situación lo deja en la sombra, lo que no le resulta desagradable. De ese modo, encuentra la ocasión de conceder más tiempo a la oración y al estudio silencioso, poniendo en práctica su ideal: «Encontrar a Dios en la prosa santificante del deber cotidiano. Silencio y recogimiento. Oración y actividad. Sacrificio y amor». El cardenal Merry del Val es, en efecto, un hombre de oración.

Todos los días, después de la Misa, recita lo que él llama las «Letanías de la humildad», compuestas por él pero desconocidas hasta su muerte. Nos revelan un alma que ama intensamente a Nuestro Señor y que ha contemplado asiduamente las renuncias de su Pasión. Ávido de humildad, y no habiendo buscado nunca honores, el siervo de Dios desea desaparecer a los ojos del mundo. Escribe lo siguiente: «Considerad que la humildad es la base de la Sagrada Familia. En la humildad de las relaciones familiares, podréis llegar a conseguir la paz. Nuestro Señor pasó treinta años de su vida enseñando la humildad de las virtudes domésticas, para hacer comprender su importancia y merecer la gracia de imitarlo. La primera, la mayor enseñanza de Nuestro Señor es la humildad: la humildad de espíritu, de voluntad, de corazón. Debemos esforzarnos en imitar la humildad del Corazón de Jesús, su unión con el Padre, su abandono, su docilidad a la voluntad del Padre. Como Él, abandonaos a la voluntad de Dios, en las pequeñas cosas y en las importantes, en las penas de cada día, en las contrariedades y las dificultades de la vida. Aceptad de manos de Nuestro Señor las penas por amor a Él, y considerad, en los consuelos que os concede, las pruebas de su misericordiosa ternura».

A los 64 años, el cardenal Merry del Val se encuentra todavía en pleno vigor. Pero el 24 de febrero de 1930 por la noche, siente una ligera indisposición. Al día siguiente, sufre un ataque de apendicitis cuya gravedad nadie sospecha. Durante la tarde del 26 de febrero, se duerme en la muerte. Había escrito: «Morir significa cerrar los ojos y dormirse para despertar en lo alto, en el Cielo« En el momento de la muerte, lo que se necesita es tranquilidad, pensando que se pasa de esta vida a la otra, como por una puerta que se abre para conducir a Dios». En su testamento se lee: «Acepto amorosamente la muerte, cuando y como Dios quiera, en expiación de mis pecados y adorando sus decretos».

El cardenal Merry del Val no solamente nos ha dejado el ejemplo luminoso de una vida ofrecida por entero al servicio de la Iglesia, sino también preciosas recomendaciones, de entre las cuales destacamos ésta: «Nuestra Patria no es de este mundo; después de pasar algunos años aquí, debemos abandonar esta tierra para seguir a Nuestro Señor, si hemos permanecido fieles a Él. Qué error, qué locura ligarse a las cosas de aquí, fuera de la voluntad de Dios, hasta ofenderlo, transformando de ese modo en obstáculo aquello que ha puesto a nuestra disposición para conseguir la Vida eterna».

Dom Antoine Marie osb

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