Blason  Abadía San José de Clairval

F-21150 Flavigny-sur-Ozerain

Francia


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17 de enero de 2008
San Antonio Magno, Abad


Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?« Pero en todo caso salimos completamente vencedores, gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida« podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8, 35-39). Estas frases de san Pablo se aplican especialmente a la vida de Monseñor Sloskans, obispo letón que, después de un año de episcopado, sufrió a causa de la fe. Fue encarcelado en diecisiete cárceles soviéticas, conociendo la deportación en Siberia y un exilio de más de treinta años lejos de su patria. Su vida da testimonio de la presencia de Jesucristo en su Iglesia y en cada uno de sus discípulos, ya que el Salvador les da fuerza y luz, incluso en condiciones humanamente insoportables.

Boleslas Sloskans nace el 31 de agosto de 1893 en Tilgale, en Letonia, país que entonces formaba parte del imperio ruso de los zares. Los padres de Boleslas, que son católicos, sienten el gozo de dar la vida a seis hijos. La formación religiosa se da en el seno de la familia. Al terminar los estudios primarios, Boleslas comunica a su padre su intención de hacerse sacerdote. Éste manifiesta su acuerdo dando un puñetazo sobre la mesa, imponiéndole como condición el compromiso de llegar a ser un buen sacerdote. Al término de sus estudios en San Petesburgo, en Rusia, Boleslas es ordenado sacerdote el 21 de enero de 1917. Al otoño siguiente estalla la revolución bolchevique y los comunistas toman el poder. Poco a poco se va prohibiendo la enseñanza religiosa, las iglesias se cierran, los obispos y los sacerdotes son encarcelados« En noviembre de 1918, Letonia recobra la independencia con respecto a Rusia, pero las fronteras permanecen cerradas y Boleslas se ve obligado a permanecer en Petrogrado. Allí se encarga de la parroquia de Santa Catalina, donde su celo pastoral y la sabiduría de su buen juicio hacen maravillas.

«Un hombre sencillo pero santo»

Después de la revolución de octubre de 1917, la Santa Sede se preocupa de la situación de la Iglesia Católica en la Unión Soviética. Es necesario consagrar nuevos obispos para poder asegurar mejores condiciones de supervivencia para la Iglesia latina. El padre Michel d'Herbigny, jesuita y delegado del Vaticano en las negociaciones con los nuevos amos del Kremlin, recibe de Pío XI la misión de realizar esas consagraciones episcopales. En 1926, consigue un visado para poder visitar las comunidades francesas de Rusia y, de camino a Moscú, el padre d'Herbigny es recibido en Berlín por el nuncio apostólico Monseñor Pacelli, futuro Papa Pío XII, quien lo consagra obispo en secreto. En Moscú, Monseñor d'Herbigny consagra como obispo a un sacerdote francés, el padre Neveu. Éste le recomienda a Boleslas Sloskans, un «hombre sencillo pero santo», que, con la esperanza de continuar su misión pastoral en Petrogrado, ha adquirido la nacionalidad rusa. Boleslas, que conoce perfectamente los peligros que comporta ser obispo bajo el régimen comunista, acepta el cargo con valentía. El 10 de mayo, es consagrado en medio del mayor de los secretos y se le encargan las diócesis de Mohilev y Minsk, en Bielorrusia, a título de vicario apostólico. Tiene treinta y tres años. En el mes de septiembre siguiente, da a conocer oficialmente su consagración episcopal, lo que no le impide adoptar una línea de conducta sin complacencia respecto a las autoridades públicas.

En Mohilev, se percata de que es espiado por los agentes del Guepeu, la policía de seguridad del Estado. Así pues, sopesa con cuidado cada una de las frases que pronuncia en público. A principios de septiembre de 1927, emprende un viaje de quince días para visitar las regiones que dependen de su jurisdicción. Durante su ausencia, el Guepeu organiza registros en su casa. A su regreso, el 16 de septiembre por la noche, recibe la visita de unos agentes de la policía que proceden a un nuevo registro. Descubren entonces cartas del estado mayor y documentos militares escondidos detrás de unos cuadros, documentos que habían colocado allí los esbirros del Guepeu en uno de los registros anteriores. Es detenido inmediatamente. Se organiza un simulacro de instrucción, cuyos extenuantes interrogatorios tienen lugar preferentemente durante la noche. Tras haber sufrido durante varios meses tratos inhumanos en diversas cárceles, Monseñor Sloskans es condenado al exilio y a tres años de trabajos forzados en los campos de concentración de Solovki, un archipiélago del Mar Blanco cubierto de bosques, de clima glacial y húmedo. Más tarde le confesarán que la acusación de espionaje no era más que un pretexto para alejarlo de su diócesis, ya que, de haberlo reconocido realmente como espía, la pena habría sido mucho más dura.

«Lo que me hace tan feliz»

A pesar de los tormentos ya sufridos, Monseñor Sloskans escribe a sus padres: «Os habéis enterado seguramente por los periódicos de que me han detenido. Después de seis meses, me es posible finalmente escribiros. Siempre me ha gustado predicar la palabra de Nuestro Señor: No caerá ni un solo cabello de vuestra cabeza sin que Dios lo quiera (cf. Mt 10, 30). Ahora sé por experiencia que todo lo que ocurre por voluntad o permiso de Dios es obra de salvación. En el transcurso de los últimos quince años de mi vida, nunca había recibido tantas gracias como durante los cinco meses de mi cautiverio. El cautiverio es el mayor y más hermoso acontecimiento de mi vida interior, aunque sienta no poder celebrar la Misa. Queridos padres, rezad por mí, pero hacedlo sin angustia ni tristeza. Dejad que vuestro corazón se abra al mayor amor posible. Me encuentro tan feliz porque ahora he aprendido a amar a todos los hombres, sin excepción, incluso a los que parecen no merecer este amor. Son los más desdichados. Os lo suplico, no permitáis que ningún sentimiento de venganza o de amargura penetre en vuestro corazón. Si lo permitiéramos, ya no seríamos cristianos, sino fanáticos. Me han condenado a tres años. Os lo pido otra vez: ¡Rezad! Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca por siempre».

La fe profunda de Monseñor Sloskans en la acción de la providencia divina se apoya en unas verdades que recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia« «Porque el Dios Todopoderoso («) por ser soberanamente bueno, no permitiría jamás que en sus obras existiera algún mal, si Él no fuera suficientemente poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal» (S. Agustín)« Todo coopera al bien de los que aman a Dios (Rm 8, 28). El testimonio de los santos no cesa de confirmar esta verdad. Así, Santa Catalina de Siena dice a «los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede»: «Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin». Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor»» (CEC 303, 311-313).

Las condiciones de detención en el archipiélago Solovki son muy duras: trabajos pesados, régimen alimentario por debajo de lo mínimo y privaciones y tratos inhumanos de toda clase. Gran número de prisioneros hallan la muerte. Monseñor Sloskans y los demás sacerdotes detenidos en el archipiélago se organizan para celebrar la Misa. Ponen a su disposición una habitación, a la que llamarán «Capilla San Germán». Usan un vaso a modo de cáliz y la tapa de una lata de conservas como patena. Su único hábito litúrgico es una estola que ellos mismos han confeccionado; saben de memoria la mayor parte de los textos de la Misa. Las hostias y el vino les llegan gracias a la benevolencia de un carcelero, pero cuando falta el vino, Monseñor Sloskans lo fabrica a partir de uva seca remojada en agua. El 7 de septiembre de 1928, en el mayor de los secretos, Monseñor Sloskans ordena sacerdote a uno de los presos, Donat Nowicki.

El hilo que une los siglos

A finales de octubre de 1928, la capilla San Germán es cerrada por las autoridades del campo. Los sacerdotes deciden entonces celebrar la Misa a escondidas, por la noche, en un desván que está encima de su celda. Por la mañana, en el convoy que se dirige al trabajo, Monseñor Sloskans reparte con toda discreción las hostias consagradas a los católicos que lo desean, escondiendo las restantes bajo las raíces de un árbol, envueltas en un trozo de tela púrpura, para que los que no hayan podido comulgar por la mañana puedan hacerlo durante la jornada. Este episodio ilustra la siguiente afirmación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: «La Eucaristía constituye el hilo rojo que, a partir de la Última Cena, une todos los siglos de la historia de la Iglesia hasta la actualidad. Las palabras de la consagración «Esto es mi Cuerpo» y «Ésta es mi Sangre» se han pronunciado, siempre y en todas partes, incluso en los gulags, en los campos de concentración, en las miles de cárceles que todavía hoy existen. Precisamente en ese horizonte eucarístico funda la Iglesia su vida, su comunión y su misión» (Introducción de la 2a parte: Explicación del cuadro «Jesús da la Comunión a los doce apóstoles», en la editorial católica del Benino).

Sin embargo, en enero de 1929, los sacerdotes son dispersados en otros grupos de prisioneros o en celdas aisladas. Monseñor Sloskans es trasladado a la isla de Anser. A mediados de octubre de 1930, después de haber purgado su pena de tres años, es puesto en libertad. Elige regresar a Mohilev, donde constata que muchos de sus fieles han desaparecido sin dejar rastro, sobre todo quienes habían enviado paquetes a sacerdotes en cautividad. Muchos niños, influenciados por la enseñanza atea, están dispuestos a denunciar a sus padres a la policía cuando éstos manifiestan convicciones contrarias a la propaganda comunista. Ocho días después de su regreso, Monseñor Sloskans es detenido de nuevo: durante su ausencia, y sin juicio, había sido condenado a un período suplementario de exilio.

En diciembre de 1930, durante el largo y agotador viaje hacia Siberia, arraiga en él una convicción inquebrantable: no está solo. Recuerda las palabras del salmo: El Señor es mi pastor, nada me falta« Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré; pues junto a mí tu vara y tu cayado, ellos me consuelan (Sal 23 [22]). En Yeniséi baja del tren; en el momento en que éste reemprende la marcha, alguien le lanza un paquete mal atado. Contiene un librito titulado Historia de un alma, la autobiografía de santa Teresita del Niño Jesús. En el mes de junio siguiente, tiene que partir aún más al norte, hacia un lugar llamado Sharo-Turuchansk, donde vive una pequeña colonia de trece familias, instaladas en llanuras heladas. El hábitat está formado por barracas de madera de una sola estancia donde mora y vive toda la familia. Monseñor Sloskans es albergado por una de las familias, que le cede un rincón de su barraca. Es libre para desplazarse, pero el pueblo está rodeado de inmensos campos nevados, y la ciudad más cercana se encuentra a 1.400 kilómetros. En uno de los escasos bosques del lugar, se fija en una roca que emerge del suelo. Allí, solo en medio de los árboles, ante la vasta creación de Dios, consigue celebrar la Misa, el misterio de la fe, la victoria de la vida sobre la muerte, la resurrección tras el sufrimiento.

Un rayo que atraviesa las nubes

Monseñor Sloskans obtiene de la Eucaristía la fuerza sobrenatural que le es indispensable para vivir su vida de exiliado. «La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra –afirmaba el Papa Juan Pablo II. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino» (Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, 19). «La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación« Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y «se realiza la obra de nuestra redención». Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes» (Ibíd. 11). En la comunión, el obispo exiliado recibe un sabor anticipado del cielo: «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra» (Ibíd. 18).

Para atender sus necesidades, Monseñor Sloskans fabrica unas redes y pasa mucho tiempo pescando. A la espera de tiempos mejores, ese pastor de la Iglesia de Dios se abandona por entero a la Providencia, en medio de una vida de oración y de sacrificio. En noviembre de 1932, es conducido a Krasnoiarsk, ciudad que alcanza después de 35 días en trineo. Llega la víspera de Navidad, y es encerrado en una celda glacial donde permanece, solo, durante dos días y sin alimento. Al respecto, escribirá: «Fue la fiesta de Navidad más dura de mi vida». Pero pronto abandona ese calabozo para ser conducido a Moscú, donde le asignan una celda relativamente confortable; allí recibe la visita del embajador de la República de Letonia, que le anuncia su liberación para el día siguiente. Esa liberación es un intercambio entre él y un espía soviético detenido por Letonia.

El buen pastor

El mayor deseo de Monseñor Sloskans no es regresar al país natal, sino volver a encontrarse con sus fieles en Mohilev y en Minsk: «¡El buen pastor no abandona su rebaño!» –exclama. Solamente una orden del Papa podría decidirlo a abandonar la URSS. Entonces, un personaje influyente consigue convencerlo de que ese es precisamente el deseo del Papa, y, con espíritu de obediencia, acepta y llega a Riga, capital de Letonia, el 22 de enero de 1933. Poco después parte hacia Roma, donde es recibido como un «confesor de la fe». El Papa lo invita a celebrar junto a él la apertura de la puerta santa de la basílica de San Pedro para el jubileo del año santo de 1933, que conmemora el decimonoveno centenario de la muerte de Cristo. Luego, el Santo Padre le sugiere que se quede un año en Roma para recuperar la salud. Un día, hablando con el Papa de las circunstancias de su puesta en libertad, se entera de que, contrariamente a lo que le habían dicho, éste nunca había pedido que saliera de la URSS y dejara a sus fieles rusos. Dicha revelación le resulta muy dolorosa, y la guardará amargamente en secreto hasta su muerte, comentándolo sólo a unos pocos amigos íntimos.

De regreso a Riga, Monseñor Sloskans imparte clases de teología moral en la Facultad de Teología, recorriendo el país para dictar conferencias o predicar retiros espirituales. El 17 de junio de 1940, Letonia es invadida por el ejército ruso y anexada por Stalin. La persecución contra los creyentes se pone en marcha. Monseñor Sloskans consigue escapar a los agentes de la policía política, que lo están buscando. Pero en 1941, Alemania se apodera a su vez de Letonia, estableciéndose el libre acceso a los edificios de culto. En 1944, los alemanes son expulsados de Letonia por los rusos, por lo que, temiendo que su obispo fuera de nuevo detenido y exiliado en Siberia, un grupo de fieles organiza su huida hacia Alemania.

En la primavera de 1947, Monseñor Sloskans se desplaza hasta Bélgica, donde se le encarga atender a los seminaristas letones refugiados en ese país. En 1948, esos jóvenes van a estudiar a Lovaina, donde les recibe el obispo letón. En 1951, el padre abad de Mont-César invita a Monseñor Sloskans a instalarse en su abadía, donde comparte en adelante la vida de los monjes. Sin embargo, no se encuentra recluido, ya que el Papa Pío XII le encomienda varias misiones. Por otra parte, ejerce su ministerio episcopal en numerosas ocasiones: confirmaciones y ordenaciones. Cada año, se dirige en peregrinación a Lourdes con la Liga campesina belga. También adquiere la costumbre de hospedarse todos los años con las Hermanas del Niño Jesús Pobre, en Simpelveld, Limburgo. Pero lleva, sobre todo, una intensa vida de oración, ofreciendo el exilio a sus fieles y rezando por sus antiguos verdugos, hacia los que no guarda rencor alguno. A veces, permanece varias horas arrodillado o sentado, meditando ante el Santísimo Sacramento.

Un verdadero diálogo de amor

El ejemplo de Monseñor Sloskans es un estímulo a la oración. En su carta apostólica Novo millenio ineunte, el Papa Juan Pablo II escribía: «Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el «arte de la oración»« Pero sabemos bien que rezar tampoco es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: Señor, enséñanos a orar (Lc 11, 1)« La gran tradición mística de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, puede enseñar mucho a este respecto. Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre. Entonces se realiza la experiencia viva de la promesa de Cristo: El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14,21)« Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato del corazón»« Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino «cristianos con riesgo»« Convendría valorizar, con el oportuno discernimiento, las formas populares y sobre todo educar en las litúrgicas» (Novo millenio ineunte 32-34).

Monseñor Sloskans pasa los últimos dieciocho meses de su vida en una casa de reposo regentada por las hermanas del convento de Belén de Duffel. Destacan en él su sonriente sencillez y su continuada plegaria, y lleva siempre en la mano el rosario. El 18 de abril de 1981, Sábado Santo, pierde el conocimiento. Enseguida, los que le acompañan rezan por él en voz alta. Entonan la Salve Regina y, de repente, su rostro se transforma y su fisonomía se ilumina; levanta la vista al cielo y entrega el alma a Dios en el momento en que cantan: post hoc exilium (después de este destierroO clemens Virgo Maria! (¡Oh clementísima Virgen María!). El 10 de octubre de 1993, los restos de Monseñor Sloskans fueron trasladados a Letonia, de nuevo un país libre. Fueron depositados en la cripta del santuario nacional de la Virgen de Aglona, a 270 km de Riga, donde esperan la resurrección. En Roma, ya se ha iniciado el proceso de beatificación de Monseñor Sloskans.

La vida de Monseñor Sloskans, exiliado durante más de medio siglo, puede parecer a ojos de los hombres como una serie de fracasos. Pero Dios lo juzga de otro modo: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros (Mt 5, 10-12). Que también nosotros, siguiendo el ejemplo de Monseñor Sloskans, podamos aceptar las cruces de nuestra vida y ofrecerlas, en unión con el sacrificio de Cristo, por la salvación de las almas.

Dom Antoine Marie osb

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